Aprende inglés para ver Juego de Tronos en VO

Paseaba distraído por el pueblo cuando un cartel me llamó la atención. Tanto, que tuve que pararme a hacerle una foto. Anunciaba la próxima apertura de una academia de idiomas, y la parte central llevaba esta frase: “Anímate y así podrás ver en versión original el final de Game of Thrones”.

¡Vaya! A eso le llamo yo un “claim” interesante… Siempre se dice, desde una perspectiva de marketing, que hay que centrarse en vender los beneficios más que las características. A las personas no se nos engancha por lo racional, si no por lo aspiracional. “Si utilizas este desodorante las mujeres caerán rendidas a tus pies”, que diría el otro.

En el aprendizaje no es diferente. Cuando nos decidimos a “comprar” un aprendizaje (y no necesariamente nos va a costar dinero, pero seguro que sí nos va a costar esfuerzo y dedicación) es importante tener un banderín de enganche, una visión (“el quinto elemento” al que me refiero en el modelo Skillopment) que nos ayude. Esa ayuda no es solo para dar el primer paso (p.j. “tomar la decisión de apuntarme a una academia”) sino sobre todo para lo que viene después: el esfuerzo, el no dispersarse, el aguantar los momentos más aburridos o incómodos… y sostener todo eso a largo plazo.

Ya he contado en alguna ocasión mi (muy corta) aventura aprendiendo chino. El día que dije “pues venga, a aprender chino”, lo rápido que busqué un método… y lo rápido que lo abandoné. Reflexionando a posteriori me di cuenta de que lo que me había faltado, sobre todo, era un “para qué” concreto e ilusionante. No había nada en mi vida que hiciese que “aprender chino” fuese casi un imperativo. No era un “must”, si acaso un “nice to have”. Y sin ello, la motivación desaparece rápidamente.

Yo no sé si “ver Juego de Tronos en versión original” me serviría a mí como enganche para aprender inglés. Pero me comentaba Jaime en twitter que para él “ver Star Trek y leer juegos de rol” fue lo que le llevó a lanzarse a ese camino. No sería el primero que aprendió inglés para poder entender las canciones de sus artistas favoritos.

El caso es que cada uno tenemos que buscar lo que nos llama a nosotros, aquella motivación que hace más doloroso el “no aprender” que el “aprender”. Si la encontramos, aprenderemos con el viento a favor; no sin esfuerzo, pero sí con un impulso impagable. Y si no somos capaces de encontrarlo, o si lo dejamos en un deseo difuso y voluntarioso… lo acabaremos pagando más pronto que tarde.

Mi plan 2017-2018

Antes de empezar…

Aviso, éste es un post largo. Me ha costado un montón escribirlo, y no sólo por la longitud. Probablemente sea el post más personal que he escrito en todos estos años. De hecho, una vez terminado, me da cierto apuro ponerlo en público. Pero ése ha sido parte de mi problema durante mucho tiempo: la tendencia a guardarme para mí determinadas cosas, y rumiarlas en solitario (o simplemente evitarlas, según la ocasión). Habla sobre mi situación profesional, cómo he llegado hasta aquí, y qué quiero del futuro.

Un nuevo curso

Termina agosto, y en breve volverán las rutinas. Aunque hace ya 18 años que terminó mi vida de estudiante, los “cursos escolares” no han dejado de tener para mí su relevancia tanto en el ámbito profesional como en el personal. Diría que más incluso que el cambio de año natural. Todo empieza de nuevo, hay que preparar las mochilas, los lápices y los cuadernos, con esa mezcla de ilusión e incertidumbre por lo que nos traerá el nuevo curso. Es el momento de pararse, reflexionar, mirar al futuro y planificar.

Un poco de contexto

Tengo 41 años, camino a los 42. Y nunca he tenido claro qué hacer en la vida.

Es una confesión dura, que me ha costado poner negro sobre blanco. Pero es así. Ya desde bien joven envidiaba a quienes tenían algo parecido a una “vocación”. Más adelante también he envidiado a quienes guiaban sus pasos profesionales con cierto sentido de “carrera”, tomando decisiones que les hacían avanzar hacia algo.

Yo nunca fui así. Se me daban bien los estudios. Estudié Administración y Dirección de Empresas, pero igual podría haber estudiado Ingeniería (estuvo encima de la mesa hasta que pude ver un listado de asignaturas y me di cuenta de que ni entendía de qué iban la mayoría de ellas, ni sabía a qué se dedicaba en realidad un ingeniero… solo sabía que “los que tienen buenas notas pueden ir allí”). Cuando acabé la carrera, empecé a trabajar en una firma de servicios profesionales como podía haber empezado en un banco de inversión: eran el tipo de empresa que iban a mi Universidad a hacer procesos de selección, y fui allí donde me cogieron (junto con otro buen puñado de compañeros de promoción). Era uno más de los “consultores junior”, y si acabé haciendo proyectos de consultoría de RRHH y formación fue por puro azar (podrían haberme asignado a implantar SAP, o a hacer proyectos de normativa financiera, y la historia hubiese sido distinta). Cuando me pasé al “blogging profesional” fue porque un día se me ocurrió ir a un evento de “blogs y empresas”, y porque coincidió que Julio estaba poniendo en marcha su proyecto. Mi proyecto más significativo de los últimos años, que se convirtió en toda una etapa profesional, surgió por una llamada de un conocido que “buscaba a alguien que supiese de Excel”. Y así tantas otras situaciones que me han llevado hasta aquí; una hoja movida por el viento.

Y conste que sé que no puedo quejarme. La vida me ha tratado bien. He trabajado en sitios interesantes, con gente interesante. Me han pagado bien. Pero cuando leo a Covey, o a Allen, o a Robbins… no puedo evitar una punzada de angustia. Todos hablan de la importancia de la visión, de “empezar con un fin en mente”, de “saber cuáles son tus objetivos a largo plazo”. Y yo, cada vez que he intentado mirar ahí y definir ese “futuro deseado”, me he encontrado mirando a un pozo negro. Como consecuencia, siempre he tenido la sensación de carecer de esa guía, esa fuerza motivadora, que te da el saber a dónde vas y lo que quieres conseguir. Lo cual en determinados momentos puede no importar demasiado (por ejemplo si estás en la rutina de un trabajo en el que simplemente son otros los que tiran de ti), pero que en otros (como cuando todo depende de tu impulso) puede ser devastador.

El punto de partida

Desde que acabó mi última etapa profesional digna de llamarse así (con recurrencia, estabilidad en los ingresos y un cierto “sé a lo que me estoy dedicando”) han pasado dos años y medio. En este tiempo no he hecho nada relevante. Es así de crudo.

Los primeros meses fueron de “reposo”, de lamerse un poco las heridas profesionales (no me di cuenta en el momento, pero aquella etapa me dejó más cicatrices de las que pensaba) y sobre todo de recomponer muchas cosas a nivel personal (fueron cuatro años de disociación entre el yo que trabajaba en Madrid y el yo que tenía una familia en Aranda; y aunque parecía que “lo llevaba bien” fue necesario un periodo de reajuste). No me urgía trabajar, necesitaba dejar que las cosas se asentasen y se fuesen encajando por sí solas. En estas surgió a través de un amigo un proyectito de consultoría para una pequeña empresa, que podría haber estado bien pero que acabó de forma abrupta tras un par de meses (no estaba la situación financiera de la empresa para consultorías de ningún tipo… de hecho quebró).

Mientras tanto, yo conceptualizaba Kuraĝigi, una marca para hacer consultoría. ¿Habéis oído hablar de ella? Seguro que no, porque después del impulso creativo inicial, no puse ningún interés en promoverla. Me di cuenta de que aquello no fluía. Podía tener sentido conceptualmente, pero era yo intentando encajar en un rol que se suponía que me iba bien (al fin y al cabo eso es lo que mi trayectoria dicta que soy, ¿no?), pero que no me encajaba, no me inspiraba, no me ponía en marcha. No tenía alma. Y eso, cuando eres tú el que tiene que tirar del carro, no funciona.

Pasados unos meses, surgió la oportunidad a través de un antiguo compañero de volver a explorar la “gran consultoría”. De vuelta a las Big Four. De vuelta a intentar encajarme en el molde de “lo que se supone que soy”… Pero la realidad es tozuda. El choque de culturas fue brutal… si ya diez años antes había salido por patas de aquel mundo, regresar a estas alturas de la vida produjo unos chirridos escalofriantes. Afortunadamente lo habíamos planteado con toda la honestidad y todas las precauciones del mundo como una colaboración “para ver qué tal encajamos”, así visto lo visto tras un par de meses y un proyecto lo dimos por cerrado. No, mi futuro tampoco iba por ahí.

Ha sido (está siendo) un periodo extraño. Aunque en realidad siempre ha sido más o menos igual, en cuanto a no saber qué estaba haciendo; solo que durante la mayor parte de mi carrera hacía un trabajo por el que me pagaban a fin de mes (aunque no me convenciera), y ahora no. Al principio, como digo, lo viví con calma. Una especie de “sabático”. Había colchón, podía permitírmelo, y necesitaba que las cosas volviesen a su cauce. Sabía que debía hacer una reflexión sobre el futuro profesional, pero siempre encontraba la excusa para posponerla. “No corre prisa”, me decía, “un día lo verás con claridad”.

Pasaban los meses, y la inquietud iba creciendo de forma sorda. Esa inquietud me llevó a mover algunos hilos, pero de nuevo sin haber hecho la reflexión de calado, sin haber resuelto el problema de base. De nuevo sin visión. Mientras tanto, las conversaciones con amigos y conocidos se hacían cada vez más incómodas. “En qué estás, qué estás haciendo, ¿tienes ya trabajo?”. Al principio no me costaba defender mi “periodo de reposo” (lo hacía incluso con orgullo), pero con el paso de los meses las miradas se tornaban más escépticas, y yo me revolvía más en mi asiento. Empecé a “torear” las preguntas con respuestas del tipo “bien, con mis proyectos, ya sabes”. O a evitar directamente situaciones donde pudiese darse esa conversación. Don’t ask, don’t tell. Mejor no hablar de eso, porque hablar de esto supone enfrentarme a pensamientos que dan miedo. “¿Cuanto tiempo vas a estar así? Tendrás que hacer algo con tu vida, ¿no? Porque el dinero se acabará en algún momento. Pero realmente… ¿para qué vales? ¿de qué vas a vivir? ¿y si te has equivocado? ¿y si te has metido en un lío del que no puedes salir?”.

He gestionado esa inquietud creciente como he podido. Afortunadamente no he caído en la rumiación excesiva (aunque ha habido su buena ración de días grises), pero para ello me temo que sí he abusado de la evitación. “No pasa nada, dejemos que la vida siga su curso”. Pero al final, la realidad es la que es; y si quiero que cambie, tengo que hacer algo al respecto. Y lo primero es abordar el problema de fondo.

La visión

Antes me he definido como algo parecido “una hoja movida por el viento”. Como que he llegado hasta aquí fruto de las circunstancias. Pero eso no es exactamente así. La realidad es que he tomado decisiones de bastante calado a lo largo de mi vida. Decidí abandonar la carrera de consultor, porque aquello no iba conmigo. Decidí dejar de vivir en Madrid, porque aquello no iba conmigo. Dejé de escribir en blogs comerciales, primero, y de promover blogs para empresas después, porque aquello no iba conmigo. Cerré mi última etapa profesional cuando vi que aquello había dejado de tener sentido. Durante mucho tiempo he pensado en mí como alguien “sin una visión que le motive a hacer cosas”, pero lo cierto es que he hecho muchas cosas y he tomado muchas decisiones en mi vida, siempre a la búsqueda de “algo más”. Quizás algo etéreo, algo que nunca he sido capaz de conceptualizar, pero que desde luego me ha dicho “por aquí sí” y, sobre todo, “por aquí no”.

En el relato de esta última época me he saltado algo importante: Skillopment. Lo que empezó como un par de reflexiones en el blog se consolidó en una charla, que luego pasó a ebook, que dio lugar a una reordenación de los contenidos del blog, y a lanzar una newsletter, y un podcast, a plantear hacer cursos… A diferencia de otras cosas que he intentado poner en marcha, siento que esto fluye. Es una iniciativa con la que me siento cómodo, en la que creo, y que (casi sin darme cuenta) me impulsa a hacer cosas, a probar, a salir de mi zona de confort. En definitiva, me ilusiona. Quiero ver en ella la demostración de que “la hoja mecida por el viento” no está tal, de que esa visión sí existe, y que el reto está en ser capaz de acotarla primero, y de actuar en sintonía con ella después.

En los últimos tiempos he venido haciendo un esfuerzo para intentar trasladar a palabras esa visión. No está siendo fácil, y creo que sigue siendo un trabajo en curso, aunque me siento cerca de una versión satisfactoria (un “mínimo producto viable” de visión, si queréis). Curiosamente, 12 años de blog me han ayudado bastante porque, cuando uno mira atrás, se da cuenta de que hay una serie de “obsesiones” que aparecen de forma recurrente. Estaban ahí todo este tiempo, esperando a ser condensadas.

Así pues, ¿cómo aspiro a que sea mi vida?

  • Consciente: siempre me ha dado pánico el meterme en esa rueda en la que desconectas el pensamiento, y vas de casa al trabajo, y del trabajo a casa, y de ahí a hacer zapping o a mirar Facebook o a evadirte en fines de semanas y vacaciones para volver a empezar, cualquier amago de reflexión ahogado rápidamente por la rutina. Quiero darme cuenta de las cosas, quiero fijarme en lo que está bien, y en lo que está mal. Es verdad que la consciencia a veces trae dolores de cabeza, o te pone frente a frente a realidades desagradables o decisiones difíciles. Pero también es la que te permite disfrutar de las cosas y avanzar.
  • Dirigida: vinculada a la consciencia, es en realidad el paso siguiente. De nada vale ser consciente de lo que pasa si luego no actúas. Si no trasladas todo lo que hay en tu cabeza a la realidad, a acciones, a hábitos… que te lleven al destino al que aspiras, para tener en tu vida más de lo que quieres, y menos de lo que no quieres.
  • Equilibrada: el ocio y el trabajo, lo creativo y lo productivo, lo físico y lo intelectual, lo solitario y lo social, la familia y los amigos, lo divertido y lo serio, la calma y la aventura, lo material y lo “no material”, el campo y la ciudad… la vida está hecha de dualidades, o más bien, de relaciones múltiples complejas unidas a una limitación (de tiempo, de energía) que hace difícil mantenerse en un punto en el que todo conviva en armonía. Pero pese a la dificultad, incluso asumiendo que ese equilibrio será dinámico y necesariamente flexible, se trata de evitar que pase demasiado tiempo prescindiendo de algo importante.
  • Autónoma: nunca me he sentido bien en entornos gregarios, aceptar cosas por el mero hecho de que otros las dicen. Necesito poder mantener mi independencia, mi libertad. Ser el dueño de mis palabras, de mis compromisos, de mis decisiones. Hacer las cosas a mi manera. Escuchar a los demás, claro, pero reservándome la última palabra. Hacer las cosas convencido es la única manera que conozco de hacer las cosas.
  • Acompañada: tiendo a la soledad, a la independencia y a la introversión. No me interesa “la gente” en términos generales, y me cuesta “ser sociable” así porque sí. Y sin embargo, de vez en cuando aparecen personas con las que me siento bien. Personas con las que tengo feeling, con la que hay una afinidad más profunda. Quiero rodearme de personas así, compartir más momentos, más cafés, más conversaciones, más proyectos…
  • Variada: y aquí es algo llamativo, porque vivo con una dualidad curiosa. Porque para algunas cosas soy totalmente un “animal de costumbres”, poco dado a las sorpresas y con cierta aversión al cambio (nunca he necesitado de experiencias novedosas, viajes a sitios exóticos, hacer cada fin de semana un plan distinto…) pero, sin embargo, a nivel intelectual (tanto en lo profesional como en las aficiones) me aburro con facilidad y enseguida busco nuevos estímulos. La idea de tener un trabajo repetitivo, o de hacer varias veces un proyecto que ya he hecho… me da escalofríos. Me interesa explorar, entender nuevas realidades, darle vueltas a cosas diferentes, aire fresco.
  • Con impacto: tanto a nivel personal (que las personas que se relacionen conmigo consideren que su vida es aunque sea un poquito mejor por ello), como a nivel profesional. He tenido mi dosis de proyectos y trabajos en los que pensaba “y todo esto… ¿para qué vale?”. La consciencia de que todo aquel tiempo, esfuerzo y dinero empleados no servía para absolutamente nada me machacaba. Sí, me pagaban por ello… pero aspiro a otra cosa.
  • Honesta: nunca me ha gustado guardas las apariencias, decir una cosa en un sitio y otra en otro, el postureo… entiendo que hay que vivir en sociedad, y a veces hay que hacer concesiones. Pero quiero que lo que digo, lo que pienso y lo que hago estén lo más cerca lo uno de lo otro.
  • Sostenible: la pieza clave. Porque a veces parece que no sea posible, que para “poder comer” hay que renunciar en mayor o menor medida a muchas de las cosas a las que aspiro. Pero la sostenibilidad es el objetivo. Nunca he querido “hacerme rico”, ni todo el status que parece que viene con el dinero; me vale con poder vivir con un mínimo de bienestar.

La buena noticia es que creo que, en bastantes aspectos, no estoy tan lejos. De una manera quizás no explícita, esa “visión” ha motivado muchas de las decisiones que he ido tomando a lo largo de los años y que me han traído hasta aquí. E incluso cuando veo las cosas más grises, miro alrededor y me encuentro muchas cosas buenas y pienso que “algo habré hecho yo”.

Pero por supuesto, faltan cosas. Nunca me he considerado ambicioso en el sentido habitual del término (el dinero, el poder, el éxito, la posición social…) y sin embargo, cuando pienso en mi visión, me doy cuenta de que es verdaderamente ambiciosa. Un auténtico desafío. ¡Habrá que ponerse manos a la obra!

Fruto de toda esta reflexión, estos son los cinco vectores principales que quiero que guíen mi actividad en este nuevo curso

Skillopment…

Quiero seguir construyendo Skillopment, dándole visibilidad y creando reflexiones y herramientas valiosas para que los individuos y las organizaciones fomenten el aprendizaje y el desarrollo eficaz de habilidades.

Lo he dicho más arriba: Skillopment llegó de una forma discreta y poco a poco, de manera muy orgánica, ha ido creciendo y tomando protagonismo. Me gusta la pinta que va teniendo. Me gusta el discurso, me lo creo, me parece interesante, positivo, útil y que merece la pena; no solo por la parte de la “eficiencia” (aprovechar mejor el tiempo que pasamos aprendiendo) si no también por la finalidad (cuantas más habilidades tienes, y más desarrolladas están, más probable es que tengas suerte). Un mensaje que en este mundo complejo en el que vivimos creo que es importante difundir. Exageraría si dijese que se va a convertir en mi “cruzada personal”, pero casi.

Puedo visualizarme haciendo de Skillopment mi dedicación principal, y me gusta lo que veo. Haciendo charlas por ahí, creando contenidos, ayudando a individuos y a organizaciones a mejorar la forma en la que se aprende… Hay algunas cosas en las que ya he ido avanzando: alguna charla, el ebook, la lista de correo, el podcast… Alguna más está en desarrollo, como cursos (presenciales y online). Como “deberes” me tengo que plantear darle visibilidad de forma más decidida (especialmente la idea de buscar más oportunidades de hacer charlas, artículos en otros sitios, estrechar lazos con iniciativas afines, etc…) y de buscar un equilibrio entre la “difusión gratuita” y la sostenibilidad económica. En este sentido la idea de cursos y talleres puede tener sentido (pero está por demostrar que haya alguien al otro lado que quiera pagar por ello; también tengo que aprender mucho sobre la distribución de este tipo de iniciativas), al igual que determinados servicios a empresas.

… y otros terrenos relacionados con mi visión

Realmente, cuando pienso en Skillopment, no lo veo como una iniciativa aislada. Forma parte de una gran constelación de ideas que orbitan todas alrededor de los elementos que planteaba en mi visión. Antes mencionaba las “obsesiones” que a lo largo de los años he ido plasmando en el blog, y es a esto a lo que me refiero. Skillopment quizás es la primera que ha tomado una forma más concreta, más “accionable”, pero hay otras que siguen en forma menos definida pero que me atraen igual, en las que creo y que creo que merece la pena difundir. Algunas más personales, otras más profesionales. La consultoría artesana, las metodologías ágiles, los profesionales independientes y las nuevas formas de organizar el trabajo, la carrera profesional, la “conciliación” de vida personal y profesional, los hábitos, la autoconsciencia, la efectividad, el minimalismo, el pensamiento crítico, las organizaciones centradas en las personas, la gestión humanista, los ecosistemas económicos de las ciudades pequeñas, la paternidad… en fin, los que me leéis de forma habitual ya sabéis que hay una serie de cosas sobre las que vuelvo de forma recurrente. Son esas cosas en las que piensas cuando nadie te obliga.

La idea es seguir “rumiando” sobre todas esas ideas. En el blog, en el canal de Youtube… No solo por reflexionar en voz alta, si no también intentando difundir esas ideas que creo positivas y atraer a más personas hacia ellas.

Habrá quien diga que eso es diluir el foco, pero yo no lo veo así. Creo que, dentro de su aparente dispersión, son temas que tienen relación entre sí, que forman parte de una forma determinada de ver el mundo. Explorarlas es, en primer lugar, un ejercicio de autoafirmación y de consolidación. Creo que refuerzan y dan consistencia, más que diluyen, mi “marca personal”. Además, hacerlo en público creo que me permitirá conectar con personas afines, construir relaciones enriquecedoras (como ya ha venido sucediendo a lo largo de estos años) y abrir las puertas a oportunidades que vayan en sintonía con lo que quiero.

El objetivo es dejar que todas estas ideas vayan fluyendo, sin expectativas a priori, pero abierto a que surjan oportunidades de darles forma más concreta/productiva. Quizás un día me apetezca escribir un texto un poco más largo sobre alguna de esas cosas, o preparar una charla, o participar en un proyecto, o idear un curso… y ver qué sale de todo ello.

Dentro de este punto, hace poco un amigo me decía que me veía en el rol de “coach”. Me hizo pensar, porque cuando alguna vez me lo he planteado… me cuesta verlo. Es verdad que, a lo largo de los años, me he dado cuenta de que hay personas a las que les genero confianza, que me utilizan como “frontón” de sus ideas y que encuentran en lo que les digo (a veces por cosas que escribo en el blog; a veces por intercambios individuales tanto en el ámbito personal como en el profesional) elementos interesantes de reflexión. Y me resulta muy satisfactorio, la verdad; lo que quizás me cuesta más es la idea de transformar esos intercambios en algo más formalizado, estructurado y “con precio”. En decir que “ofrezco ese servicio”. Pero quién sabe…

El consultor siempre estuvo allí


A lo largo de los años he reflexionado mucho sobre la consultoría. Sobre lo que es realmente, y sobre muchas cosas que se llaman “consultoría” pero que no lo son. La consultoría de verdad tiene mucho de exploración, de generación de complicidades, de confrontación de ideas, de intervención a muchos niveles en la organización, de acompañamiento a lo largo del tiempo; no de diseño e implantación de proyectos prefabricados, ni de externalización de tareas o decisiones que son propias de la organización. Durante mucho tiempo me he sentido muy ajeno a la etiqueta de “consultor”, porque la industria como tal me resulta decepcionante.

Y sin embargo, la consultoría de verdad me sigue resultando atractiva. Mucho. Llegar a una organización, empezar a explorarla y a entenderla, a establecer conexiones, a proponer cosas y ver cómo resultan… Es apasionante, y además creo que tengo la experiencia y los recursos necesarios para hacerlo bien. Desde luego, sí me veo en el futuro haciendo ese tipo de colaboraciones con empresas. El problema es que es un tipo de consultoría muy específica, muy “alternativa” (en términos de lo que se ve en la industria y de lo que los clientes están acostumbrados a comprar), difícil de poner en el mercado, que requiere que se den una serie de condiciones de confianza difíciles de encontrar, que tiene sus tiempos…

En todo caso, sí quiero promover ese tipo de proyectos. Todavía no sé muy bien cómo, pero quiero que estén en mi “menú” de futuro profesional.

La compañía de los afines


Lo decía en la visión. Quiero una vida “acompañada”, quiero rodearme de gente afín, con la que tenga ese feeling que no es tan fácil de tener. Quiero compartir charlas, lecturas, momentos, alegrías y zozobras… Quiero conocer sus proyectos, ofrecerles mi ayuda y aceptar la suya, quiero ponerlos en contacto entre ellos, quiero ayudarles a pensar y que ellos me ayuden a mí, quiero abrirme a colaborar…

Como he dicho más arriba, en general tiendo a la soledad y a la introversión. No soy un ser “sociable” por naturaleza. Gracias a las redes sociales he ido construyendo un entorno de “personas con las que tengo feeling”, pero a veces tengo la sensación de que me ha faltado un poco más de resolución a la hora de fortalecer esas relaciones, de dar un paso más y hacerlas más sólidas. Con algunos he dado más pasos, pero aun así creo que puedo hacerlo mejor; proponer vernos a menudo, conversaciones por skype, exploración de posibles colaboraciones, etc…

Desde hace mucho tiempo tengo una especie de “mantra”, que es “mover el árbol”. Creo que muchas veces hacemos cosas sin la seguridad de que obtendremos resultados directos, pero convencidos de que es algo positivo y que tarde o temprano, de una forma directa o indirecta, acabará volviendo a nosotros. Hacer cosas, y ver qué sale. Pues se trata de eso mismo pero aplicado a las personas; cultivar esas relaciones de forma positiva, desprendida… y ver qué sale. Y disfrutar en el camino, que ya en sí mismo es una recompensa.

Por otro lado, creo que es importante abrir el abanico de esas relaciones. Se da una paradoja, y es que soy quisquilloso con la gente con la que quiero relacionarme. Es decir, no me vale cualquiera… lo cual, por estadística, me obliga a salir mucho y conocer a mucha gente nueva (dado que a la gran mayoría las voy a acabar “descartando”), lo cual va en contra de mi naturaleza introvertida. Es algo a lo que le he dado muchas vueltas, y sin duda me he dejado llevar demasiado por esa naturaleza “introvertida”. Si quiero ampliar mi círculo de “gente con la que tengo feeling”, tengo que exponerme mucho más, dejarme ver mucho más, ir a más sitios… No será fácil ir contra natura, pero quien algo quiere, algo le cuesta.

Pero hay que comer…


Y llegamos a la madre del cordero. Por que todo lo que he planteado más arriba es estimulante, apetecible, lo que quiero seguir construyendo. Y creo que tiene potencial de ser “rentable”, de ofrecer una vía de ingresos recurrente y sostenible… con el tiempo. El objetivo es que sea así, que cada vez vengan más ingresos por esas vías, y que esa evolución se produzca lo más rápido posible. Pero la realidad es la que es, y las facturas hay que pagarlas hoy. No es urgente, todavía tengo colchón, pero el colchón mengua, y hay que seguir abasteciéndolo. Toca ponerse el mono de trabajo y, mientras sigo construyendo ese futuro, hacer algunos trabajos alimenticios.

Afortunadamente, me encuentro muy cómodo con la idea de la “gig economy”, es decir, la posibilidad de establecer colaboraciones puntuales sin necesidad de un compromiso mayor. No necesito integrarme en tu estructura, no tengo intención de “hacer carrera”, no compito por un puesto. De hecho, no quiero dedicarme a esto en el futuro. Simplemente vengo, hago un trabajo, lo cobro y tan amigos. Creo que hay muchas situaciones en las que pueden ponerse en valor mis habilidades, conocimientos y experiencia de estos 18 años, y creo que hay espacio para hacerlo en una relación “no exclusiva”, que me ocupe x días al mes, o quizás periodos más intensos pero intermitentes.

¿Qué tipo de cosas tengo en mente? Por ejemplo, formación (presencial u online) en temas variados (habilidades directivas, RRHH, internet…). También proyectos de consultoría más “típica”, tanto en materia de organización y gestión de personas como en temas más de procesos, estrategia, tecnología… Gestión de proyectos. Coordinación de equipos editoriales. Apoyo a la gestión general. Etc. En definitiva, cualquier cosa que haya hecho ya o en la que entienda que mi experiencia, conocimiento y recursos pueden ser útiles y ponerse en valor.

Aquí el reto es doble. Por un lado, generar los contactos necesarios para procurarme ese tipo de colaboraciones; y hacerlo de una manera honesta, planteando claramente lo que yo puedo ofrecer y también los términos en los que lo ofrezco. Y por otro lado gestionar mis propias sensaciones: ya sé que estas cosas no son “lo que quiero hacer”, pero si he llegado a la conclusión de que es “lo que tengo que hacer”, toca hacerlo y punto. Es algo que en el pasado no he gestionado bien, y tengo que partir de la aceptación de esa realidad para poder mejorarlo.

¿Descarto entonces la posibilidad de tener un trabajo más… “estable”? No necesariamente. Dentro de mi esquema mental, la idea de las “colaboraciones puntuales” tiene más sentido en la medida en que me permitirían (a priori) equilibrar mejor el tiempo que dedico a “mis cosas”, y también creo que tiene más sentido para las organizaciones con las que colabore (siempre he pensado que asumen menos riesgo). Pero quizás surja la posibilidad (o la necesidad) de tener que darle un carácter más “formal” a la relación, bien sea a tiempo parcial o a tiempo completo, por un periodo determinado de tiempo. Y si eso surge, aunque no es mi prioridad, no estoy cerrado en banda ni mucho menos. De hecho, incluso me planteo la posibilidad de ponerme a “hacer entrevistas” de forma proactiva, como mecanismo para “mover el árbol” que decía antes. Al fin y al cabo, si se trata de pagar las facturas, habrá que mover el árbol de todas las maneras posibles porque nunca se sabe por dónde va a saltar la liebre.

Preparados, listos… ¡ya!

La reflexión queda hecha, y es el momento de actuar. Del dicho al hecho hay mucho trecho, y lo complicado es gestionarse a uno mismo, pero tengo la esperanza de que con las ideas más claras sea más sencillo.

“Vamos a hacer el camino, con decisión y coraje”.

PD.- No sé qué impresión dará esto leído desde fuera. Pero realmente para mí poner todas estas ideas negro sobre blanco ha sido (está siendo) un proceso introspectivo bastante intenso. Enfrentarme a la realidad, a mis debilidades, a mis dudas, a mis autoengaños… Muchas veces siento que me muevo en la bipolaridad del iluminado, con días donde siento que estoy yendo por donde merece la pena ir aunque sea a contracorriente, y otros donde siento que soy un loco al que se le ha ido la olla, un inconsciente que busca lo que no existe y que se está despeñando. Aparte de servirme para ordenar mis pensamientos, compartir estas reflexiones en público le añade un componente de catarsis que espero que cumpla su función. Quizás además dé lugar a conversaciones interesantes que me sirvan para profundizar. A los amigos que habéis leído hasta el final… gracias :_). ¡Cuento con vosotros!

Tecnología y aprendizaje: donde la tecnología no llega

Hoy escribo en el blog de Javier Leiva. Javier profundiza cada día más en la tecnología como medio para el aprendizaje y la enseñanza, y se me ocurrió hacer un poco de “abogado del diablo” con él. Porque sí, la tecnología nos puede ayudar de mil y una maneras a la hora de aprender y desarrollar nuestras habilidades, pero hay un punto fundamental al que no llega.

Cuando me paro a pensar, creo que la capacidad de la tecnología para resolver esas dificultades es limitada. Porque no se trata de un problema externo, si no de un problema interno. Un problema de visión, de saber qué queremos aprender, y sobre todo por qué y para qué queremos aprenderlo.

Podéis leer el artículo allí: Donde la tecnología no llega

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Desaprender: la trampa del pasado

Una dirección

Todos tenemos un pasado, que es el que nos ha traído hasta aquí. Pero… ¿te has planteado hasta qué punto ese pasado restringe nuestras opciones? ¿Es útil aferrarnos a él? Y si la respuesta es no… ¿cuánto nos cuesta olvidarlo y desaprender?

Atrapados por nuestro pasado

En la peli de los 90 “Atrapado por su pasado” se cuenta la historia de un narcotraficante que, después de pasar una larga temporada en la cárcel, sale con la intención de alejarse de ese mundo. Sin embargo, a pesar de su firme voluntad, el entorno le acaba volviendo a atrapar, y no consigue escapar de su quizás inevitable destino.

Recordaba esta peli hace poco, mientras reflexionaba sobre el futuro. Y es que, cuando uno se pone a pensar en definir su “visión”, resulta muy complicado abstraerse de lo que arrastra. Y cuanto más años pasan, mayor es el equipaje. Qué estudiaste, en qué trabajaste, qué decisiones tomaste… determinan, de forma casi inconsciente, el rango de opciones que te planteas. No nos damos cuenta, pero el pasado puede ser una losa. Desaprender, deshacernos de ese lastre, es necesario. Aunque cueste.

La inconsciente necesidad de ser consistentes

Porque dicen que uno de los sesgos psicológicos que tenemos los humanos es la necesidad (casi enfermiza) de “ser coherentes con nosotros mismos”. Somos capaces de alterar nuestros recuerdos (o inventárnoslos, directamente) si eso hace que nuestras acciones tengan “lógica” para nosotros mismos. De hecho, este rasgo puede ser utilizado como mecanismo (perverso) de influencia: si conseguimos que una persona nos diga que sí a algo pequeño, luego le resultará difícil decirnos que no cuando le pidamos algo más grande. Romper con nuestro pasado exige asumir un cierto nivel de incoherencia, o en su defecto buscar una explicación que nos permita justificarnos la transición.

Pero es que además, dirá alguno, es normal. Si siempre has hecho una cosa, es ahí donde tienes experiencia relevante. Serán esas, y no otras, las habilidades que has desarrollado. Tu círculo de contactos está en ese mundillo, así que lo normal es que te vuelvas sobre ellos. Sí, quizás sea lógico. Has “invertido”, y no vas a deshacerte de tu inversión, ¿no? Y sin embargo…

Sostenella y no enmendalla

¿Recuerdas la fiebre de las .com de principios de siglo? ¿Recuerdas Terra? Hubo un momento en el que “comprar acciones de Terra” parecía la forma más segura de ganar dinero, y que eras tonto si no lo hacías. La cotización subía y subía, y muchos se subieron al carro. Pero inevitablemente la cotización llegó a su máximo, y empezó a bajar. Muchos de los que habían comprado mantuvieron sus acciones, con la esperanza de que fuese un ajuste temporal. Incluso cuando ese ajuste llevó la cotización por debajo del precio al que habían comprado: “no, ¿cómo voy a vender ahora y perderle dinero?“. Pero la acción no volvió a subir, y perdió prácticamente todo su valor.

Esa sensación de “estar invertido” en algo es muy habitual. Cuando uno hace una inversión financiera, debe tener claro que en la decisión de mantener o vender no debe influir para nada el precio al que compró; únicamente las expectativas de futuro. Y aun sabiéndolo, resulta casi imposible no mirar de reojo ese punto de referencia del pasado.

Hemos invertido tiempo y esfuerzo en desarrollar unas habilidades, en conocer un sector, en formar una red de contactos, en tener una presencia en el mercado. ¿Cómo vamos a renunciar a todo ello? ¿Cómo vamos a “desperdiciar” esa inversión? Y sin embargo, la forma racional de afrontar esa decisión no es mirando al pasado, si no al futuro. ¿Qué crees que va a pasar en el futuro? ¿Qué quieres que pase? Esa inversión que hiciste… ¿es útil? ¿te lleva a donde quieres ir? Si no… ¿tiene sentido mantenerla solo por esa sensación de “no desperdiciarla”?

Soltar lastre para decidir mejor

En un entorno incierto y cambiante, la habilidad de desaprender, de desembarazarse del pasado por útil que fuese en su momento, es fundamental para poder adaptarse y evitar que las inercias te arrastren.

Por qué la utopía es importante

Hace unos días, Elon Musk se subió a un escenario y dijo “Vamos a ir a Marte”. Y planteó las líneas principales de su plan para conseguirlo.

Las reacciones no se hicieron esperar. “Un plan ambicioso… probablemente demasiado ambicioso“, decían unos. Directamente de absurdo lo calificaban otros. Muchos se pusieron a analizar las dificultades técnicas, económicas… “Habría que resolver esto, y esto otro… y eso en el tiempo que ha planteado no parece factible…”

Da igual. Elon Musk ya ha ganado. Ha puesto a la gente a debatir sobre retos técnicos, sobre plazos, sobre costes; pero ha creado el paradigma de que “iremos a Marte” no ya como un deseo abstracto, sino como un plan sobre el que ponerse a trabajar ya. Probablemente no sea tan pronto como él ha planteado, y habrá que resolver muchas cuestiones entre medias. Puede que incluso no se consiga. Pero lo que se discute ahora es el cómo, no el qué. “Es que no ha tenido en cuenta la radiación”; pues vale, veamos cómo resolvemos ese problema. “Es que ni de coña va a empezar en 2022”; bueno, pues si empieza en 2025, o en 2030… habrá empezado. Ha aplicado uno de los principios de la influencia, el “anchoring“. Con su planteamiento inicial ha puesto a todo el mundo en un marco de referencia en el que “colonizar Marte” es una posibilidad tangible. “Pero es muy difícil”. Ya. Pero ya estamos hablando de los detalles.

Siempre he sido muy escéptico con los visionarios. Mi mentalidad está siempre muy “pegada al terreno”. En los “thinking hats” de Edward de Bono lo que me sale natural es ser el del sombrero negro, el que le ve las pegas a todo, “esto probablemente no funcione por esta razón, y esta otra”. Me cuesta ponerme en modo visionario, dibujar la utopía, porque no puedo desconectar mi mente “realista/pesimista”.

Y sin embargo, con el tiempo he ido aprendiendo a valorar la importancia de ese perfil visionario. Es el que indica el camino. Que luego hay que andarlo, sí. Que hay baches y obstáculos, también. Pero tenemos un marco de referencia en el que movernos, una dirección, un objetivo. El que nos pone a andar.