El declive de las redes sociales

Cuando nacieron las redes sociales profesionales

Cuando aparecieron las “redes sociales profesionales”, allá por mediados de la década anterior, parecían una buena idea. Es verdad que, al principio, sólo las usábamos los “frikis de internet”. Hablarles de eConozco o de Linkedin a gente “normal” sólo provocaba gestos de incomprensión y cierta burla. Sí, es verdad, al principio tenían un punto endogámico. Pero poco a poco se fueron abriendo paso hacia el público en general.

Parecían una buena idea, digo. En cierto modo consistía en una versión digital del clásico “rolodex” pero con un añadido clave: que podías empezar a explorar los “rolodex” de tus contactos. No era solo “poner en internet a la gente que yo conozco”, sino también “ver a la gente que conoce la gente que yo conozco”.

El poder de los vínculos débiles

Se trataba de dar visibilidad a esas relaciones débiles, a esos “amigos de mis amigos”. La teoría de los seis grados de separación decía que podíamos contactar con cualquier persona del mundo en solo seis saltos de amigo en amigo. Lo cual no dejaba de ser muy ambicioso y un poco naif (¿alguien ha contactado realmente con alguien a seis grados de distancia?). Pero activar el segundo grado de separación es algo mucho más fácil: no hay más que pedir a un amigo común que nos ponga en contacto con otro de sus amigos.

¿Y a qué te daba acceso esa nueva visibilidad? A contactar con profesionales valiosos, a oportunidades que antes estaban ocultas, a ampliar de forma orgánica tu círculo de contactos… Podías poner luz sobre un territorio antes en penumbra, y explorar opciones razonablemente fáciles de aprovechar. No era muy diferente a lo que se hacía toda la vida, solo que ahora tenías un “mapa de relaciones” para guiarte.

Contactos reales vs. contactos vacíos

Parecía una buena idea. Pero para eso hacía falta que todos fuésemos muy cuidadosos en la gestión de nuestras redes sociales. Se trata de “tener como contacto” solo a aquellas personas que realmente lo son. Personas a las que conocemos, y que nos conocen. Personas a las que en un momento dado podemos llamar por teléfono, o poner un mail, y que nos van a responder. Personas que, en definitiva, moverían un dedo por nosotros si se lo pedimos y por las que nosotros moveríamos un dedo si nos lo piden.

Ése era el plan. Pero rápidamente empezó a torcerse. Las redes sociales empezaron a convertirse en una jungla en la que pareciera que “tener más contactos” era sinónimo de “tener más éxito”. Así que empezaron a volar las invitaciones para contactar “con cualquiera”. Sin ni siquiera un poquito de vaselina… “invitar a todas las direcciones de email” y otras herramientas similares produjeron una avalancha de peticiones sin sentido, sin un mínimo cariño, sin un triste mensaje de presentación… Y del otro lado, la tentación de aceptarlas: “¿Por qué no? Nunca se sabe… así me ve más gente… así tengo más contactos y parezco más importante… así tengo más audiencia…”

¿El resultado? Un montón de contactos falsos, vacíos. Gente que no sabes quién es, ni qué hace, ni de qué palo va, ni cuándo ni por qué la añadiste… Gente de quien no te interesa lo que pueda decir o hacer (porque, recuerda, apenas sabes quién es), gente a la que no le responderías un mail ni le cogerías el teléfono ni le darías una hora de tu tiempo. Y eso es recíproco, claro: a ellos no les interesas tú, ni te responderían un mail ni te cogerían el teléfono ni te darían una hora de su tiempo. Porque lo único que os une es que “sois contactos en Linkedin”. Menudo mérito.

La resistencia es fútil

Yo procuro seguir siendo escrupuloso, hasta el punto de poder resultar antipático. Pero sé que estoy cada vez más solo en ese empeño. Y que de poco vale si la inmensa mayoría va por otro lado. Soy como uno de los violinistas del Titanic, intentando que suene la melodía mientras todo se hunde alrededor.

Y qué pena. Porque parecía una buena idea…

PD.- Como ves, he añadido un episodio del podcast Diarios de un knowmad dedicado a este tema. Si te gusta, puedes suscribirte en iVoox y en iTunes, comentar, recomendar, compartir…

El último tuit

En algún momento de estas semanas (después de mirarlo, casi lo clavo: el pasado martes 28) se cumplieron 10 años desde que usé por primera vez twitter. “Renegar de mi prejuicio previo y probar el dichoso twitter”, decía por aquel entonces. Recuerdo que me pareció una chorrada, y así lo dije. Pero por la boca muere el pez, y diez años después hay casi 40.000 tuits que lo atestiguan. Hasta hoy.

Porque hoy escribiré mi último tuit.

Twitter fue para mí una ventana abierta al mundo. Una evolución de aquella “red social” primigenia que formábamos con nuestros blogs, y nuestros lectores de feeds. Personas creando contenidos, cada uno de su padre y de su madre, con la posibilidad que eso te daba (a poco interés que pusieras) en personalizar tu consumo, y también de interactuar entre nosotros. Porque mira que hay gente interesante en el mundo, y siempre hay en twitter un enlace que leer, un comentario agudo, una historia curiosa, un chiste divertido, o un gif de gatitos.

Pero lo malo es que esa ventana siempre está ahí, abierta, con su scroll infinito, su “hay nuevos tweets”, sus notificaciones. Un recurso fácil y ubicuo para “desconectar”, pero también para “distraerse” o para “evadirse”. ¿Que sientes incomodidad con lo que estás haciendo? Me voy a twitter. ¿Que no sabes muy bien qué hacer? Me voy a twitter. Un chupete digital para adultos, un mecanismo de evasión perverso.

Porque twitter proporciona una falsa sensación de conexión con otras personas. Estás leyendo a fulano, y a mengano. Les lees contar detalles de sus vidas, pensamientos. A veces incluso interactúas con ellos. Parece que tienes un cierto círculo social. Pero es, en el mejor de los casos, un círculo social débil, superficial. Este sucedáneo de relación puede dar el pego, como muchas veces sucede en los “grupos de amigotes”, pero a la hora de la verdad no pueden competir con relaciones más significativas. Piénsalo, ¿cuánto más relevante es un café compartido que horas y horas de lectura diagonal de tu timeline?

Twitter también te engaña al hacerte sentir que estás “enriqueciéndote”. No, tú no eres como esa gente que se pone a ver el Sálvame o el Chiringuito, o las tertulias de la tele. Tú tienes un “timeline” muy cuidado, donde todo son artículos relevantes, historias curiosas y provechosas… ¿De verdad? ¿Cuántos de los artículos que ves pasar en twitter lees realmente? ¿Y de esos, cuántos te sirven para algo más que para decir “ah, pues qué interesante; lo retuiteo”? ¿Cuántos se transforman en algo accionable en tu vida? En vez de centrarnos en una cosa, y trabajar por transformar esas ideas en acciones, nos pasamos el día consumiendo infinitos inputs variados y dispersos, diluyendo nuestra atención y nuestro foco, para acabar básicamente donde estábamos. Disfunción narcotizante a tope.

Y eso cuando no te ves arrastrado a enterarte de cosas completamente irrelevantes, relacionadas con “la noticia del día” o el trending topic de turno. Cosas que te dan igual, y sobre las que sin embargo acabas sintiendo el impulso de dar tu opinión, o de discutir con desconocidos. Porque es fundamental que el mundo oiga la voz de la razón, vea nuestro sólidos argumentos y la endeblez de los del otro.

Y es que twitter genera también una falsa sensación de relevancia. Ahí están tus followers, esperando tus comentarios, tus enlaces, tu sabiduría. Para algo te siguen, ¿no? ¡Qué feliz es mi ego! Pero esa relevancia no es real. Nadie lee tus tuits, nadie hace click en lo que enlazas. Puedes creer que sí, que estás teniendo un gran alcance con tus acciones, que estás construyendo tu “imagen de marca”, que de alguna manera eres el centro de atención. Pero no lo eres, no te engañes. Eres el loco subido en el banco del parque dando un speech a gente que pasa distraída por tu lado, y que a veces simplemente habla solo.

Alguien podrá decir que “bueno, igual que el blog, y aquí sigues”. Lo cual no deja de ser cierto, aunque con una gran diferencia. Porque twitter, con su formato corto e inmediato, está abierto a que sueltes tus pensamientos a vuelapluma, según te salen. Pim, pam, publicar. Mientras que el formato del blog te obliga a elaborar un discurso, a reflexionar sobre lo que quieres decir y a construirlo con un mínimo de criterio. Y en ese sentido es no sólo una herramienta de “difusión”, si no también de trabajo interno a la que yo, de momento, no tengo intención de renunciar.

Como tampoco tengo intención de renunciar a las relaciones personales. Más bien al contrario: el objetivo es sustituir esa “relación de baja intensidad” a base de tuits por otra diferente. Más cruce de mails, más chats, más conversaciones en persona, más cafés, más skypes. Más profundidad, más foco, más intención, más significado. Inevitablemente habrá con quienes esa relación se fortalezca, y habrá con quienes se diluya; no pasa nada, sucede todos los días en la vida digital y en la vida real.

De la misma manera, espero también aportar más foco, intensidad, profundidad y significado a mi consumo de contenidos. Si de verdad quiero saber sobre un tema, ya buscaré activamente información relevante. Si quiero entretenerme, ya buscaré el momento y la forma de hacerlo. Ser yo el que dirija mi atención, y no dejar que sea ese torrente continuo de inputs quien lo haga.

Adios, twitter. Fue divertido. Pero tu tiempo ya pasó.

El chismorreo como elemento de cohesión

Estás trabajando. Aparece Menganito y te hace señas, “¿tomamos un café?”. Vas a la máquina y te cuenta en voz baja la faena que le ha hecho Fulanito. Vuelves a tu sitio de trabajo y notas cómo Pepita te sigue con la mirada, y te abre una ventana de chat para preguntar “qué ha pasado”. Mientras tanto, en el otro lado de la oficina, un grupito habla por lo bajo mientras mira en vuestra dirección. Chismorreo en estado puro, el pan nuestro de cada día. La forma en la que nos relacionamos en grupos pequeños: creando redes de confianza, acercándonos a los afines, creando coaliciones. Detectando, en cada conversación, en cada gesto, en cada reacción… si son “de nuestra cuerda” o no. Podrías, en cualquier circunstancia, hacer una estimación de “quién está a favor” y “quién está en contra”. Un “status quo” que, desde luego, no es ni mucho menos estable si no que fluye con el tiempo.

No hay “cultura corporativa” que valga, no es una cuestión de “políticas”; es la forma en la que los humanos nos relacionamos. Da lo mismo si hablamos de una pequeña empresa, de un pelotón de un ejército, del vestuario de un equipo deportivo, o de un pueblo, o de una cuadrilla de amigos o de una familia. No importan los títulos, la “autoridad externa”: importan las relaciones, las filias y las fobias, quién te ayuda, quién te hace un favor, quién tiene un buen gesto. Y quién no.. Yuval Noah Harari explica, en su libro Sapiens (un libro estupendo y muy recomendable) cómo este comportamiento es común con nuestros “primos” los simios:

Cuando dos machos se disputan la posición alfa, suelen hacerlo formando extensas coaliciones de partidarios, tanto machos como hembras, en el seno del grupo. Los lazos entre los miembros de la coalición se basan en el contacto íntimo diario: se abrazan, se tocan, se besan, se acicalan y se hacen favores mutuos. De la misma manera que los políticos humanos en las campañas electorales van por ahí estrechando manos y besando a niños, también los aspirantes a la posición suprema en un grupo de chimpancés pasan mucho tiempo abrazando, dando golpecitos a la espalda y besando a los bebés chimpancés. Por lo general, el macho alfa gana su posición no porque sea más fuerte físicamente, sino porque lidera una coalición grande y estable. Estas coaliciones desempeñan un papel central no solo durante las luchas abiertas para la posición alfa, sino en casi todas las actividades cotidianas. Los miembros de una coalición pasan más tiempo juntos, comparten comida y se ayudan unos a otros en tiempos de dificultades.

El desarrollo del lenguaje por parte del homo sapiens permitió que esta “cultura del chismorreo” común con nuestros parientes incrementase su alcance; allí donde los simios solo pueden cohesionar grupos de 20-50 individuos, los humanos podemos llevarlo hasta grupos de 100-150. En todo caso, hay un límite, que se suele establecer en el número de Dunbar. Más allá de eso resulta imposible mantener la cohesión a base de chismorreo: no podemos conocer a tanta gente a un nivel “íntimo”, ni dedicar tiempo a “chismorrear” con ellos.

Es entonces donde entra en juego la capacidad del ser humano para generar “mitos compartidos”: ficciones que permiten a individuos que no se conocen entre sí asumir que “somos de los mismos” y que por lo tanto tiene sentido colaborar juntos. Entran aquí la ciudad de origen, las nacionalidades, las religiones, los equipos de fútbol, las ideologías y también las “culturas corporativas”. Estas ficciones (creadas y nutridas a base de narraciones y refuerzos positivos y negativos a lo largo de los años) dirigen y coordinan el comportamiento de los individuos aunque no se conozcan entre sí, y de acuerdo a Harari son uno de los pilares que han permitido al ser humano llegar hasta aquí.

Bajo esta perspectiva es fascinante darse cuenta de cómo funciona esta dualidad en nuestra realidad cotidiana. Cómo interactuamos en círculos pequeños, y cómo cambiamos el chip cuando nos vamos a un ámbito más grande, cómo de diferentes son las dinámicas. En serio, mira a tu alrededor. Mirate a ti mismo. Observa cuándo eres un “chismorreador”, cómo “hilas relaciones” en el entorno más pequeño. Y observa también cómo respondes a impulsos grupales, cómo te comportas ante determinadas etiquetas.

En el ámbito profesional también me ha dado que pensar bastante:

  • En cómo las relaciones en entornos “pequeños” (y ese “pequeños” puede abarcar hasta una empresa entera) se sustentan mucho más en el día a día y en las relaciones personales.
  • En que ahí los procesos, las políticas, la “cultura”, los “valores”, la definición de responsabilidades y puestos, la “autoridad nominal”… tienen un impacto limitado, y que la capacidad de dirigir y de cambiar las cosas tiene mucho más que ver con la capacidad de influencia interpersonal, de convencer, de formar coaliciones, de generar confianza… que con “tocar palancas”.
  • En el poder de lo informal por encima de lo formal.
  • En la importancia del feeling.
  • En lo fundamental que es “tener la antena puesta” para saber cómo está el patio, y participar en las dinámicas para poder influir en ellas.
  • En que socializar también es una parte muy importante de trabajar.
  • En lo clave que resulta incorporar personas (y más aún desprenderse de ellas) en función de su contribución a la dinámica interna (y no solo de sus “competencias”).
  • En que las narrativas de “identificación colectiva” quizás solo tienen sentido para cohesionar a grupos más grandes, o para la relación con otros grupos; porque solo entonces entra a jugar el orgullo de pertenencia.
  • En cómo todo esto se suele obviar (porque es difícil de “gestionar”, incluso de “verbalizar”) cuando su impacto es definitivo en el devenir de las empresas.
  • En cómo nos empeñamos en gestionar organizaciones “como si no fuéramos humanos” cuando eso es, precisamente, lo que nos define.

Historias que contar en Snapchat

Han pasado unos días en los que he seguido explorando el maravilloso mundo de Snapchat, haciéndome un poco más a la idea de cómo funciona y para qué puede tener sentido.

Hace unos días Jeroen Sangers hacía una reflexión muy pertinente: “Veo gente explorando Snapchat, pero lo que veo es que, como yo, todavía no tenemos muy claro para qué usarlo… ¿y tú para qué usas Snapchat? ¿cuál es tu objetivo?” (hay que ver estos señores de la efectividad, siempre metiendo el dedo en la llaga :D).

Le respondí con una serie de snaps, que podéis ver a continuación. No os riáis, que hacer el ganso es parte de la diversión (no es un medio para vergonzosos)

Yo me reafirmo en lo que decía en una primera sensación: lo que más me atrae es la funcionalidad de “my story”, la posibilidad de utilizar las posibilidades del “lenguaje snapchat” para contar historias. En problema es… ¿qué historias?

Hice un pequeño gráfico que, a mi entender, refleja el “sweet spot” de las historias que tiene sentido contar en Snapchat:

snapchat

  • Tiene que tener sentido para ti, servirte para algo. No creo en una visión 100% utilitarista del mundo, pero al final si dedicamos tiempo y esfuerzo a algo (y más si tiene que ser algo sostenido en el tiempo) más nos vale que nos refuerce de alguna manera. Como decía Covey, “empezar con un fin en mente”.
  • Tiene que resultar interesante, entretenido, útil… para quienes lo vean. Que pueden ser muchos o pocos. Pero si la gente ve tus snaps y piensa “pfff…” difícilmente van a interesarse por seguir viéndolos. Y para predicar en el desierto pues mejor nos quedamos callados, ¿no?
  • Tiene que adaptarse al “lenguaje Snapchat”. Cada medio tiene sus pros y sus contras, y Snapchat también. La vinculación con “el entorno inmediato”, la imagen, lo “informal”, la caducidad… son características que se pueden aprovechar, pero que también restringen.

A mí particularmente me está costando encontrar el punto. He ido alimentando “my story” estos días, y creo que “el lenguaje Snapchat” lo voy pillando. El problema es que no acabo de saber qué contar: he puesto cómo hacía una tortilla de patata, cómo me iba a cortar el pelo o cómo estaba un rato en el gimnasio. Dudo mucho que eso interese a nadie (aunque oye, cada uno con sus filias :D), y me cuesta ver de qué manera eso me va a aportar nada a mí.

La cuestión es que, viendo lo que publican otras personas a las que sigo, tampoco acabo de ver ejemplos que me inspiren. Uno lleva a cortar jamón, otro se va a hacer unas plantillas para los pies, otro pasea al perro… Todo muy costumbrista, muy cotidiano. También están los que encadenan snaps para hacer un monólogo a cámara fija… ¿no tenías youtube para eso?. Quizás Snapchat me recuerde a aquel twitter original, que con su pregunta “qué estás haciendo” invitaba a ser muy descriptivo. Luego el medio evolucionó. ¿Puede que con Snapchat pase igual? Quizás, pero una de sus características principales es la vinculación con lo que tienes alrededor, lo que puedes captar con el móvil… lo cual te lleva casi de forma inevitable a ceñirte al “mira lo que estoy haciendo justo ahora” que, la verdad, da para lo que da.

Quizás, si tienes una vida muy interesante y muy movida, dé para “retransmitirla”. Mira, hoy he viajado aquí. Mira, hoy he comido allí. Mira, hoy he hecho no sé qué actividad. Pero si tu vida es más o menos normal (de la de levantarte, trabajar, pasar el rato en tu casa con tu familia, ver una serie) pues te quedas pronto sin “aventuras” que retransmitir. La variedad en mi vida está en el ámbito intelectual (lo que leo, lo que escribo, los trabajos que hago), no tanto en el ámbito físico. Y quizás por eso me sigue costando ver cómo hacerle hueco.

Pero bueno, seguimos explorando. Ah, por cierto, mi “snapcode” por si os apetece uniros. Por nombre de usuario, allí soy raulherngonz

snapcode

 

Nuestro tiempo secuestrado por diseño

Hace unas semanas hablaba del control que muchas veces es posible realizar sobre las personas, de forma sutil e inconsciente, explotando algunas vulnerabilidades y automatismos de nuestra forma de procesar la información. El caso es que poco después he llegado a un artículo donde se ejemplifica cómo desde el mundo de la tecnología se utiliza el diseño precisamente para llevarnos, sin darnos cuenta, por donde a ellos les interesa.

¿Cómo?

  • Ofreciéndonos un abanico de opciones. A veces, con apariencia de ser muy variado, “aquí tienes todo lo que necesitas, fíjate todo lo que puedes hacer”. Paradójicamente, el propio hecho de ofrecernos esa selección de opciones nos está condicionando para que elijamos una de ellas, y nos vuelve prácticamente ciegos a “otras opciones que no estén en el menú”. Parece que te ofrecen la libertad de elegir a tu gusto, pero en realidad te están condicionando a que elijas entre las opciones que ellos te presentan… ¿que son las que más te interesan a ti, o las que más les interesan a ellos?
  • El efecto tragaperras; ofrecer una recompensa variable e intermitente ante una acción. Igual que cuando echas una moneda en la tragaperras a veces tienes premio y a veces no (y eso te genera la compulsión de volver a echar), la tecnología nos aplica la misma medicina. Abres el correo y “oh, ¡notificación de nuevo mensaje!”. Abres Instagram y “oh, que suerte, dos likes y tres comentarios… a ver qué hay luego”. Entras en Facebook “a ver qué novedades hay en el newsfeed”. Etc. Como consecuencia, entras de forma compulsiva “a ver qué me encuentro”, y ya que estás allí te quedas un rato.
  • El efecto “si parpadeas te lo pierdes”. Explotar la sensación de que “en cualquier momento puede pasar algo interesante” (una noticia, una actualización de un amigo, una oferta alucinante, una oportunidad de interactuar con alguien, un artículo imprescindible) y que, si no estás atento, se te puede pasar. La aversión al riesgo es un poderoso enemigo, nos da miedo “perder la oportunidad” (Snapchat es un maestro en esto, con sus actualizaciones “que desaparecen”).
  • La aprobación social. La tiranía de los “likes”, los comentarios, las páginas vistas. Sentirnos mejor cuando otros nos validan… ¿y cómo se explota esta vulnerabilidad? ¿Te has fijado lo fácil que te ponen comentar, darle al like, hacer un endorsement en Linkedin, etiquetar a alguien en una foto, agregar nuevas personas a una red social, felicitar un cumpleaños? A veces es más fácil hacerlo que no hacerlo. Y en el otro lado… ¿lo visible que resulta esa acción para quien lo recibe? “¡Enhorabuena, te han etiquetado!” “¡Qué bien, 12 personas le han dado a me gusta en tu foto!” “¡Un retuit!”. Y nos sentimos encantados, felices de que los otros nos consideren. Y volvemos en busca de más.
  • La reciprocidad. Estamos programados para “devolver los favores”, si alguien hace algo por nosotros nos sentimos impulsados a hacer algo por ellos. Si alguien nos hace un comentario o una mención, nos sentimos más favorables a hacer lo mismo, o algo equivalente. Unido al punto anterior (lo fácil que nos ponen “tomar la iniciativa” para interactuar, y con qué énfasis nos lo hacen saber) es fácil desencadenar una espiral de interacciones.
  • El saco sin fondo. Abres twitter, o Facebook, o Instagram, o… y ahí tienes el scroll infinito, donde apenas tienes que deslizar un dedo para tener una lista interminable de contenidos a tu disposición. Pones un video de Youtube, y al terminar ya tienes el siguiente vídeo en reproducción automática, además de un listado de “otros vídeos que te gustará ver”. Acabas un episodio en Netflix, y ya tienes el siguiente preparado. Has entrado en la madriguera del conejo, y van a hacer que sea muy sencillo que te dejes llevar y te quedes allí. La fuerza de voluntad la tienes que hacer para salirte, no para quedarte.
  • El poder de la interrupción. Reaccionamos automáticamente ante las interrupciones, nos sentimos impelidos a actuar casi sin reflexionar. Y ellos lo saben, así que lo explotan tanto como pueden: las notificaciones, el numerito que te avisa de las nuevas interacciones, el mensaje de recordatorio. La chispa que desencadena tu reacción… y ya estás dentro otra vez. Distraído, interrumpido… pero “engaged”.
  • Utilizar tus motivos para disfrazar los suyos. Facebook no te dirá que busca maximizar tu tiempo de presencia en sus redes (más oportunidades de mostrarte publicidad, de provocar que interactúes, de venderte como consumidor de contenidos), si no que “te ayuda a mantener el contacto”. LinkedIn lo mismo, “te ayuda con tu carrera profesional”, nada de engordar sus estadísticas y maximizar la posibilidad de venderte una cuenta premium. Etc. La utilización de tus motivaciones para endosarte su interés.
  • Hacer difíciles las opciones “inconvenientes”. Por supuesto, siempre puedes desuscribirte, darte de baja… ahora, no te lo vamos a poner fácil. Estas opciones siempre suelen estar bien escondidas, en pequeñito, e incorporar dos o tres pasos (“tienes que mandar un email”, “¿estás seguro?”, “te mantenemos el nombre de usuario durante unas semanas”, “sabemos que te dimos de baja, pero… ¿quieres volver?”. Quedarse es fácil, salirse no.
  • Facilitar la entrada. La técnica del pie en la puerta. Ofrecerte una primera interacción aparentemente sencilla e inofensiva (“fulanito te etiquetó en una foto, ¿quieres verla?”… ¿cómo vas a decir que no?), y a partir de ahí engancharte con sucesivas interacciones. Ya que estás aquí…

El punto que defiende el artículo es que debería existir una “ética del diseño”, es decir, que las aplicaciones se diseñasen pensando más en el usuario, en lo que realmente necesita más que en el aprovechamiento de sus debilidades. Yo, personalmente, lo veo ligeramente utópico. Las aplicaciones son negocios, tienen sus intereses propios (ganar dinero) y van a estirar la cuerda todo lo que puedan para arrimar el ascua a su sardina. Si puede ser sin que te des cuenta, y sin que reacciones negativamente, mucho mejor.

Así que nos toca a nosotros, individuos, hacer la reflexión y tomar decisiones de “contradiseño”. Deshabilitar notificaciones, desinstalar aplicaciones, cambiar configuraciones por defecto, etc. Esto supone en muchas ocasiones luchar contra la corriente de nuestros propios impulsos y de un montón de gente muy lista que busca explotarlos. Pero está en juego nuestra atención… y no es poca cosa.