Principio de curso: evalúa tu vida

Curso nuevo, vida nueva

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Empieza el curso. Quién más quien menos disfruta, durante el verano, de unos días de descanso o, en el peor de los casos, de cierta sensación de ritmo más relajado en el ambiente. Y a medida que se aproxima su fin empieza a notarse el “runrún” de la vuelta a la actividad, el tráfico en la ciudad, los anuncios de centros comerciales y fascículos…

A mí, en general, no me gustan demasiado las divisiones artificiales del tiempo. Ni cumpleaños, ni año nuevo, ni principios de curso… creo más en la continuidad, en que hoy simplemente es un día después de ayer, y que no es razonable esperar “grandes cambios” de un día para otro.

Y sin embargo, es cierto que hay momentos en los que parece que el contexto sugiere hacer una especie de “alto en el camino”. En mi caso, más que el “año nuevo”, el principio de curso es el que más me sigue motivando. Y es que, aunque hace ya 20 años que hice mi último “principio de curso” en términos académicos, no he dejado de sentirme muy ligado a ese ciclo. Tiene que ver, supongo, con el reinicio de la actividad después del verano. Y en mi caso, además, tener hijos (con su “vuelta al cole”, su nuevo curso, nuevos libros, nuevos profesores…) me lo refuerza mucho más.

Así que… ¿por qué no aprovechar este “reinicio” para hacer un poco de reflexión?

¿Dónde estás? ¿A dónde vas?

Si quieres dar dirección a tu vida necesitas, primero, un destino. Un “hacia dónde voy”. Porque si no sabes dónde vas, da igual el camino que sigas. Y también saber dónde estás respecto a ese destino, claro. Solo así podrás saber cuáles son los pasos que debes ir dando para llegar a él. Y a partir de ahí, a caminar. Es el “empezar con un fin en mente” de Covey, los “niveles de perspectiva” del GTD

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La reflexión es obvia, casi da vergüenza escribirla. Y sin embargo… ¿cuántas veces, en nuestra vida, la perdemos de vista? Nos metemos en nuestra dinámica cotidiana, en atender nuestras responsabilidades a corto plazo, en levantarnos para ir al trabajo, volver cansados, apurar lo mejor posible los ratos de ocio… Sí, de vez en cuando nos viene un pequeño flash de que algo “no va como nosotros queremos”, pero enseguida se nos surge otro pensamiento y se nos olvida. Y pasa un día y luego otro, pasa una semana y luego otra, pasan los meses… y de repente nos damos cuenta de que llevamos media vida “en piloto automático”, dejándonos arrastrar por la corriente, sin ser conscientes de a dónde nos lleva nuestro día a día y sin tomar ninguna decisión para alterar el rumbo.

Hace unos días escuchaba la entrevista que le hacían Jeroen Sangers y Enrique Gonzalo a Matías Salom en el podcast de Kenso. Salieron muchos temas, ninguno de ellos “revolucionario”, pero sí de esos que merece la pena recordar de vez en cuando. Cuáles son tus objetivos, qué quieres de la vida, qué haces en tu día a día para avanzar hacia ellos, qué es lo que de verdad importa…

El caso es que, como bien decía Matías durante la entrevista, a veces parece que tengas que enfrentar una circunstancia traumática (en su vida fue un accidente de tráfico) para darte cuenta de que se te está yendo la vida y no estás haciendo lo que realmente quieres hacer. Y como dice él, “no deja de sorprenderme la cantidad de gente que nunca se sentó a pensar qué quiere realmente”.

La rueda de la vida

Así que es cosa de sentarse a pensar, de dedicar un tiempo a hacer repaso de las distintas áreas de tu vida y evaluar hasta qué punto estás satisfecho, hacia dónde quieres dirigirlas y qué tienes que cambiar para hacerlo.

Ya, ya sé. Es más fácil decirlo que hacerlo. Cuando te pones a pensar en ello, y más si no tienes costumbre, no tardas en atorarte. Demasiadas cosas, demasiado abstractas, demasiadas conexiones… y muchas veces, ante lo difícil de la tarea… desistimos. “Ya lo haré”. Y luego resulta que no…

Existen herramientas que ayudan a guiar ese proceso. Hace poco hice un vídeo hablando de “la rueda de la vida”, un modelo que popularizó Zig Ziglar.

La gracia del modelo de “la rueda de la vida” es que te “obliga” a pasar revista de manera sistemática a las distintas áreas de tu vida, a evaluar tu grado de satisfacción con ellas… y a partir de ahí pensar en cómo avanzar. Además, la forma de rueda no es casual; la idea es que debe existir un cierto equilibrio entre las distintas áreas. De nada vale tener mucho éxito en el ámbito profesional si tu vida personal es un desastre, o tener una salud de hierro si financieramente no te consigues mantener… etc.

Hay otro ejercicio que puede ser muy potente, que es la “proyección autobiográfica”, que puedes aplicar a un área concreta de tu vida o al conjunto. Se trata de proyectarte 10-15 años en el futuro, imaginar que tienes “tu vida soñada”, y describir libremente (y con esto quiero decir sin cuestionarte si eso es posible o no, sin dejar que tu “mente crítica” te corte las alas) cómo es esa vida. Qué haces, qué sientes, qué tienes. Hacerlo de la forma más vívida y concreta posible, como quien está describiendo realmente su día a día, con pelos y señales. Y no solo eso, sino describir cómo has llegado hasta ahí, qué has hecho en esos 10-15 años, qué proyectos abordaste y cuáles rechazaste, qué hábitos pusiste en marcha y cuáles abandonaste, con quién te relacionaste y cómo, qué aprendiste. Todo eso te puede dar pistas de por dónde avanzar…

Y ya, si quieres redoblar el impacto, puedes hacer un segundo ejercicio de proyección… imaginando que no has cambiado nada. Proyéctate en el futuro, y describe cómo es tu vida si sigues haciendo lo que haces ahora. Qué haces, qué sientes, qué tienes. ¿Estás satisfecho con lo que ves? A lo mejor es hora de cambiar…

Las áreas relevantes de tu vida

¿Cuáles son esas áreas relevantes de tu vida? Ziglar plantea una categorización de 7 áreas: carrera profesional, finanzas, espiritualidad, físico, intelectual, familiar y social. Que sí, están bien… pero para mi gusto demasiado genéricas, y hacen difícil llevarlas al terreno de lo concreto. Y es en lo concreto donde vas a encontrar más elementos de reflexión.

Yo hace tiempo que definí un esquema parecido, pero creo que más concreto y sobre todo adaptado a mí (obviamente, tus circunstancias pueden ser distintas y tiene sentido adaptarlo a ellas; de hecho yo mismo he ido adaptándolo a lo largo del tiempo). A día de hoy, es éste:

  • Físico/Salud
    • Alimentación
    • Descanso
    • Actividad física
    • Dolencias concretas (si las hay)
  • Desarrollo personal
    • Autoconsciencia
    • Mejora de habilidades
    • Hábitos
    • Productividad
    • Simplificación
  • Administrativo/Financiero
    • Balance ingresos/gastos
    • Planificación financiera a futuro
    • Patrimonio
    • Cumplimiento
  • Familiar
    • Relación de pareja
    • Relación con los hijos
    • Relación con la familia (padres, hermana, familia extendida)
  • Social
    • Relaciones de amistad (cantidad/calidad) en los distintos ámbitos
    • Relaciones sociales
  • Profesional
    • Relaciones profesionales
    • Marca personal (definición/visibilidad)
    • Actividad comercial / generación de oportunidades
    • Desarrollo de habilidades profesionales
    • Equilibrio personal/profesional
  •  Estilo de vida
    • Hobbies
    • Distribución del tiempo
    • Distribución del espacio
    • Relación con la naturaleza
    • Viajes
    • Redes sociales
    • Lectura y audiovisual
    • Relación con la actualidad
  • Contribución
    • Relación con la sociedad (local/general)
    • Contribución a otros (desarrollo, ayuda)

¿Y cómo hago la evaluación?

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Esa es otra pregunta importante. Ziglar plantea una escala de 0 a 10 para “ponernos nota” en cada una de las áreas, pero… ¿cómo llegamos a esa nota?

  • El propio Ziglar plantea una especie de “test” que ayuda a ir haciendo la reflexión, pero de nuevo peca (en mi opinión) de genérico. Los detalles de mi vida no tienen que ser iguales que los de la tuya, ni la importancia relativa que le damos a cada una. Por lo tanto, pretender automatizar eso en una herramienta que nos genere unos resultados satisfactorios es muy difícil. Pero puede ser un buen punto de partida.
  • A mí una técnica que me resulta muy útil es la de “escritura libre”. Tomar un folio en blanco, poner el título del área en la parte de arriba… y empezar a escribir sin preocuparse demasiado de si lo que vas poniendo tiene sentido o esta perfectamente redactado. De lo que se trata es de ir hilando ideas, de trasladar tus sensaciones al papel, de poner lo que es importante para ti, lo que te está funcionando bien y lo que no, de lo que te sientes satisfecho y lo que echas en falta… es un papel para ti, nadie lo va a leer, así que tienes la oportunidad de ser absolutamente sincero contigo mismo sin temor a las críticas.
  • También puedes ir guiando tu reflexión al estilo de las retrospectivas ágiles, con preguntas como: ¿qué está funcionando bien? ¿qué me gustaría hacer más? ¿qué me gustaría hacer menos? ¿qué me gustaría hacer de forma diferente? ¿qué sería para mí el éxito en este área?
  • Si quieres ir un paso más allá, y eres valiente, puedes hacer un ejercicio de imagen pública. Porque claro, tú puedes tener una visión de ti mismo… y los demás tener otra muy distinta. Es curioso cómo en ocasiones somos tremendamente condescendientes con nosotros mismos, y cómo en otras somos excesivamente duros. Por eso viene bien mirarse con otros ojos que te ayuden a ajustar tu percepción y, quizás, te ayuden a descubrir cosas de ti mismo que ni siquiera tú sabías. Obviamente éste es un ejercicio más exigente, ya que supone salir del secreto de nuestro escritorio y exponerse a los demás. Pero si consigues dar el paso, puedes obtener un gran retorno.

Y después, a actuar

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La reflexión sirve de poco si no lleva a la acción. Las cosas sólo suceden en el mundo real, no en el mundo de las ideas. Hay que superar ese efecto retiro espiritual, y llevar las buenas intenciones al terreno de lo concreto. ¿Qué vas a hacer en los próximos días, semanas, meses… para mejorar en cada una de las áreas y acercarte más a tu ideal? ¿Qué vas a hacer de forma diferente? ¿Qué acciones/proyectos vas a poner en marcha? ¿Qué hábitos vas a adoptar, y cuáles vas a abandonar? Trasladar tu visión a una serie de “objetivos” y “planes de acción” es el primer paso para que se hagan realidad, y no se queden en el terreno de los buenos propósitos.

Y entonces llega la verdadera dificultad. Hay que alejarse del escritorio, y ponerse manos a la obra. Remangarse, pringarse de barro. Enfrentarse a la cruda realidad, a los inconvenientes, a la incomodidad, al desánimo… y además hacerlo no un día, ni dos, sino de forma persistente y consistente a lo largo del tiempo.

Las reflexiones, los objetivos, los planes… no pueden lanzarse una vez y luego quedarse en un cajón durante meses. Hay que incorporar la rutina de reflexión a nuestro día a día, hacer microevaluaciones y correcciones continuas. Verificar si estamos haciendo lo que dijimos que íbamos a hacer, si está funcionando, si tenemos que cambiar algo… y vuelta a empezar. De hecho, si sólo te planteas este ejercicio una vez al año… mala señal. Porque es la reflexión permanente la que da estructura a nuestra acción.

Solo así el curso que viene, cuando llegue el momento de una nueva evaluación, podrás tener una mejora. Si no, probablemente te mirarás al espejo y estarás en el mismo sitio… solo que con un año menos de tiempo para alcanzar lo que quieres.

PD.- Como ves, he añadido un episodio del podcast Diarios de un knowmad dedicado a este tema. Si te gusta, puedes suscribirte en iVoox y en iTunes, comentar, recomendar, compartir…

Por qué la utopía es importante

Hace unos días, Elon Musk se subió a un escenario y dijo “Vamos a ir a Marte”. Y planteó las líneas principales de su plan para conseguirlo.

Las reacciones no se hicieron esperar. “Un plan ambicioso… probablemente demasiado ambicioso“, decían unos. Directamente de absurdo lo calificaban otros. Muchos se pusieron a analizar las dificultades técnicas, económicas… “Habría que resolver esto, y esto otro… y eso en el tiempo que ha planteado no parece factible…”

Da igual. Elon Musk ya ha ganado. Ha puesto a la gente a debatir sobre retos técnicos, sobre plazos, sobre costes; pero ha creado el paradigma de que “iremos a Marte” no ya como un deseo abstracto, sino como un plan sobre el que ponerse a trabajar ya. Probablemente no sea tan pronto como él ha planteado, y habrá que resolver muchas cuestiones entre medias. Puede que incluso no se consiga. Pero lo que se discute ahora es el cómo, no el qué. “Es que no ha tenido en cuenta la radiación”; pues vale, veamos cómo resolvemos ese problema. “Es que ni de coña va a empezar en 2022”; bueno, pues si empieza en 2025, o en 2030… habrá empezado. Ha aplicado uno de los principios de la influencia, el “anchoring“. Con su planteamiento inicial ha puesto a todo el mundo en un marco de referencia en el que “colonizar Marte” es una posibilidad tangible. “Pero es muy difícil”. Ya. Pero ya estamos hablando de los detalles.

Siempre he sido muy escéptico con los visionarios. Mi mentalidad está siempre muy “pegada al terreno”. En los “thinking hats” de Edward de Bono lo que me sale natural es ser el del sombrero negro, el que le ve las pegas a todo, “esto probablemente no funcione por esta razón, y esta otra”. Me cuesta ponerme en modo visionario, dibujar la utopía, porque no puedo desconectar mi mente “realista/pesimista”.

Y sin embargo, con el tiempo he ido aprendiendo a valorar la importancia de ese perfil visionario. Es el que indica el camino. Que luego hay que andarlo, sí. Que hay baches y obstáculos, también. Pero tenemos un marco de referencia en el que movernos, una dirección, un objetivo. El que nos pone a andar.

Primero crear, después editar

Cuando hace unas semanas estuve leyendo un poco sobre “narrar historias”, me encontré con que una de las recomendaciones fundamentales que se les da a los escritores es dividir su trabajo en dos fases claramente diferenciadas. Una primera de pura creación, dejando que las ideas fluyan a borbotones, desactivando en la medida de lo posible cualquier tipo de filtro que nuestra mente quiera imponer. Y después, una segunda fase de edición, mucho más analítica en la que se trata de ir refinando lo que has escrito. Son dos fases en las que entran en juego habilidades y focos radicalmente distintos. Y si no se les da a cada una su espacio, la mentalidad “editora” (analítica, detallista, práctica, consciente, censora) puede ahogar facilmente a la mentalidad “creadora”.

En realidad, es el mismo esquema que se suele plantear en ejercicios de creatividad como el brainstorming: la primera fase es de “lanzar ideas sin espacio para el análisis o la crítica”, y solo después de haber agotado ese primer impulso creativo se pasa a agrupar ideas, a analizarlas, a valorar su viabilidad, etc.

Hace poco leía un artículo que hablaba sobre “life design” y cómo, para tener un año extraordinario (o una vida, en realidad) había que aplicar un proceso similar al que mencionábamos antes. Es decir, que en un primer momento hay que plantearse “objetivos sin filtro”, sin pensar en si es más o menos factible o realista. Hay que soñar. Luego ya vendrá “el hombre del mazo” aplicando la realidad, ya afinaremos los detalles.

Las metas imposibles te exigen ser creativo, mirar más allá de tus nociones preconcebidas y de tus miedos. Te ponen en el terreno de “lo que de verdad me gustaría conseguir” y “lo que de verdad me gustaría ser”. Conectan con lo más íntimo de tus deseos, y ponen en tus ojos el brillo de la ilusión.

Si empiezas considerando tus restricciones (o, para ser más exactos, “lo que tú crees que son tus restricciones”; del tipo “para eso soy demasiado mayor”, “para eso yo no tengo talento”, “para eso hace falta dinero que no tengo”, “eso está bien para alguien sin familia, pero yo…”, “mucha gente lo ha intentado y no lo ha conseguido” y otro montón de pensamientos autolimitantes) lo único que vas a hacer es plantearte objetivos rutinarios, fruto de la inercia y carentes de todo poder motivador. Tus restricciones apriorísticas se convierten en muros que delimitan lo que te planteas hacer.

Pero si empiezas considerando lo deseable te estás marcando un camino. Las restricciones aparecen después pero no ya como “muro infranqueable”, sino como “obstáculos a superar”. Ya no son el límite de lo que puedes o no puedes hacer, sino lo que te separa de lo que quieres hacer. Ahora tienes una motivación, un deseo de alcanzar algo que está al otro lado. Puede que lo consigas o puede que no, pero al menos te planteas pelear por ello.

You see, when you set possible goals you get focused on logistics. You ask yourself what do I need to do to achieve this? But impossible goals ask you to do more than that. They require you to see beyond your normal methods and get creative. They ask you to consider the kind of person you’re going to have to become in order to create extraordinary results […] The goals they came up with were scary big, but the goals they set actually didn’t matter. What mattered was the look I saw in their eyes when they talked about these impossible goals. They each had a look of wonder and excitement, the kind of look you normally only see with little kids on Christmas morning.

Si los hombres han llegado hasta la luna

Así como el haber llegado a la luna no significa que la mayor parte de la población haya estado en ella, suponer que la evolución del management ha impactado en la mayoría de nuestras organizaciones es, todavía, una presunción alegre que poco tiene que ver con la realidad

Esta frase, que leí en un post de cumClavis, me pareció francamente reseñable porque presenta una analogía realmente poderosa.

Cuando uno tiene cierta curiosidad intelectual, es fácil (y más en nuestro mundo hiperconectado) estar abierto a experiencias ajenas. Lees libros, escuchas conferencias, reseñas y artículos en revistas, posts y demás fuentes de contenidos. En ellos, claro, lo que te llama la atención suele ser lo que llaman el “state of the art”, lo mejor de lo mejor, las mejores prácticas, lo más innovador, lo más cool, lo más rompedor; en definitiva, “lo más de lo más”.

Y entonces, claro, miras a tu alrededor. A tu organización, a las personas que te rodean, a ti mismo. Y piensas en lo lejos que estás de todo eso que se cuenta en los libros y en “el internet”. Es fácil caer en el fatalismo, en creer que tú no tienes nada que hacer, que nunca llegarás allí.

Y seguramente sea cierto. Por mucho que un puñado de seres humanos hayan llegado a la luna, el 99,99999% de nosotros no lo haremos nunca. Por mucho que en no sé qué organización hayan puesto en práctica cualquier innovación, muy probablemente nosotros no lo vayamos a hacer nunca. Y mucho menos seremos capaces de poner en práctica todas las que leemos (desarrolladas en distintos lugares, por distintas personas, en distintos contextos). Pero eso no quiere decir que en nuestra realidad (imperfecta, como todas) no podamos hacer cosas que nos acerquen a esas “utopías” que vemos ahí afuera. Una vez que se acepta el carácter inalcanzable de todo lo que vemos, una vez que asumimos todo lo que no vamos a poder hacer… llega el momento de fijarnos en todo lo que sí está en nuestra mano.

Cosas que te hacen sentir improductivo

Extraídas de este artículo sobre “nuestras obsesiones con la productividad“:

  • Que te interrumpan cuando estás intentando centrarte en algo
  • Que tengas que dejar a medias una tarea que estás a punto de terminar, aunque sólo sea un momento
  • Que algo te impida actuar de la forma más eficiente posible
  • Perder tu trabajo, por poco que sea, por un cuelgue del ordenador
  • Tener la sensación de que otras personas alrededor son más productivas que tú mismo
  • Tener varias tareas sin terminar a la vez
  • Sentir que mis acciones deberían estar dando algún tipo de fruto
  • No tener claro en qué se supone que debería estar trabajando
  • No saber cuál es el propósito de mi trabajo
  • Dejar de sentirme inspirado por cosas que antes sí lo hacían
  • Saber que la tarea que tienes entre manos no tiene ningún impacto relevante

Es curioso. La lista, según la lees, tiene un carácter de “profundidad creciente”. Las primeras tienen que ver con lo que yo llamo “productividad de bajura”, esa que tiene que ver con los atajos de teclado, el aprovechamiento de cada bloque de cinco segundos para “hacer cosas”, la obsesión por la microeficiencia, el conseguir outputs con la mínima cantidad de recursos. Que por supuesto es productividad, claro, y si alguien está con ese chip resulta muy molesto que te distraigan.

Pero la lista, a medida que va descendiendo, pasa a la “productividad de altura”. La que tiene que ver con los “para qués”, con hacer lo que debe hacerse, lo que es importante, lo que tiene un impacto. La que, al menos a mí, más me duele. Y más me hace pensar.

Como suele decirse…

Nada hay más improductivo que hacer de forma eficiente lo que no merece la pena ser hecho