Consciencia para mejorar tu vida (y la de los demás)

Llevo ya tiempo explorando temas relacionados con la meditación, el “mindfulness” y otras gaitas. No, todavía no me he afeitado la cabeza (aún tengo esa posibilidad) y me he puesto una túnica color azafrán. Pero voy dando pasos en ese viaje interior que, la verdad, es muy interesante.

Hace unos días, durante una meditación guiada de Headspace, Andy Puddicombe planteaba una reflexión. ¿Qué te aporta la meditación a ti, y a los demás? El objetivo era vincular la práctica de la meditación a unos determinados efectos.

Mientras respiraba con los ojos cerrados, la imagen que vino a mi mente fue la de un filtro. Una especie de ecualizador.

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Muchas veces, en la vida, funcionamos con el piloto automático. Lo que percibimos, lo que interpretamos, cómo reaccionamos, lo que hacemos… sucede a un nivel por debajo de la consciencia. El resultado es que no podemos actuar sobre ello, porque ni siquiera nos damos cuenta de lo que está pasando.

Sin embargo, a medida que cultivamos la consciencia (de lo que pasa a nuestro alrededor, y de los procesos que nos llevan a pensar, sentir y actuar), ganamos poder de observación primero, y de intervención después. Ahí es donde aparece nuestro poder como “ecualizador”: somos capaces de modular lo que percibimos, lo que nos provoca y nuestra reacción. Podemos reducir, e incluso eliminar, aquellas cosas que generan (en nosotros y en los demás) consecuencias negativas. Y podemos potenciar aquellas otras que generan consecuencias positivas.

Como un filtro que purifica el agua, como una depuradora que evita verter al río la suciedad, como unos riñones que limpian la sangre… nuestra consciencia cada vez más despierta nos ayuda a intervenir en el flujo de las cosas, y a orientar nuestra acción hacia donde queremos.

No, eso no quiere decir que de un día para otro te conviertas en un “maestro zen” con un autodominio completo de ti mismo. Pero cada pasito que avanzas en ese sentido, es un pasito en la buena dirección.

La avalancha de pensamientos

Llorando en el portal

Ayer, cuando volví de mi paseo por los viñedos (que no son míos, pero paseo por ellos como si lo fueran :D), me encontré a mi hijo llorando en el portal de casa, muy nervioso.

Temía que fuese así. Minutos antes me había llamado mi mujer. Al salir del colegio, el niño había ido para casa mientras ella se quedaba un rato más “haciendo patio” con la niña. Ya sabía que yo había salido a caminar, pero contaba que para entonces ya habría vuelto o que, en el peor de los casos, tardaría poco más en volver. El crío ya estaba avisado de esto: si no está tu padre, esperas en el portal que llegará enseguida.

Pero yo me había retrasado, así que el uno por el otro… el crío había pasado un rato más largo del previsto esperando. Más de lo que, en su cabeza, “era normal”.

El cerebro en busca de sentido

Así que su cabeza se puso a buscar posibles explicaciones. Ah, el cerebro, esa maravillosa máquina de “buscar sentido”, que tantas veces nos ayuda… y otras tantas nos lleva por el camino equivocado.

El caso es que su cerebro había decidido que nos había pasado algo terrible. Que nos habían atropellado, secuestrado, o asesinado. Que nunca más volvería a vernos. De todas las posibles explicaciones al retraso, decidió que ésa era la más válida. Y ese pensamiento generó una reacción emocional en consonancia. Pura angustia.

La parte del cerebro más racional (estuve viendo una conferencia muy interesante sobre ese “cerebro ejecutivo”) no fue capaz de parar y analizar la situación con frialdad. De controlar la respiración. De desviar la atención a otra cosa. De buscar otras explicaciones alternativas. En definitiva, no pudo contener la avalancha de pensamiento y emoción que se le vino encima.

Las historias que nos contamos a nosotros mismos

Claro, es un niño. Y un poco tremendista, podéis pensar. Y quizás lo sea. Pero si te fijas bien… esto es algo que nos pasa a todos continuamente.

Nos pasa algo. Quizás un cliente rechaza nuestra propuesta. Quizás tenemos una discusión de pareja. Quizás un compañero nos suelta “una bordería”. O alguien no nos contesta a un mensaje y nos deja “en visto”. Y nuestro cerebro se lanza, muchas veces de forma inconsciente, a dar explicación a ese suceso: “no tengo habilidades comerciales”, o “nuestros productos no son atractivos”. O “no me quiere”, o “siempre me critica y nunca me aprecia”. O “éste tío es gilipollas”. O “está pasando de mí”. Esas explicaciones generan emociones, y generan nuevos pensamientos, y lo más importante generan comportamientos. Como dudamos de nuestra habilidad comercial dejamos de salir a vender. Como pensamos que la pareja “no nos quiere” empezamos a pensar en separarnos. Como “éste tío es gilipollas”, la próxima vez que me pida ayuda le van a dar morcilla. Como no nos contesta, le envío un mensaje desagradable.

Se nos nubla el día, y si no hacemos nada para remediarlo, no sólo lo pasamos mal sino que con nuestras acciones podemos hacer que las cosas empeoren.

La intervención consciente

En todo este proceso muchas veces apenas tenemos conciencia. La avalancha de pensamientos y emociones se desencadena, y nos lleva a actuar… sin que nos demos cuenta. Cuando quizás, si fuésemos capaces de intervenir con nuestro cerebro ejecutivo, podríamos parar y cuestionarlo todo.

¿Realmente las cosas han sucedido como estamos pensando? ¿Realmente la explicación que le estamos dando es la que mejor se ajusta a la realidad? ¿Realmente las acciones que estamos desencadenando son las más útiles para nosotros?

Esta intervención consciente no es fácil. Requiere entrenamiento. A veces la emoción y el pensamiento rumiativo forman una turbulencia muy poderosa, y ni siquiera eres capaz de decirte a ti mismo “para, respira, piensa en otra cosa, tranquilízate, vamos a ver las cosas desde otra perspectiva, vamos a cuestionar lo que estás pensando, veamos qué tiene sentido hacer”. En teoría puedes elegir, pero en la práctica no es tan sencillo. Ésta es una habilidad que no es fácil para los adultos, no digamos para los niños.

Y sin embargo, es posiblemente una de las habilidades más importantes a nivel de autogestión.

De todo esto hablaba ayer a mi hijo, después de que subiésemos a casa y se tranquilizase. De lo importante que es que aprenda a observarse, y a tomar el control. Y del impacto que eso tendrá en su vida.

Ojalá todos fueran como yo

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A veces lo pienso. Es una pesadez, y en muchas ocasiones una fuente de estrés, lidiar con el resto del mundo. Si todos fueran como yo estaríamos siempre de acuerdo, pensaríamos igual, no habría conflicto y nos llevaríamos de maravilla.

Lamentablemente, el mundo no es así:

  • Cada uno somos como somos: somos el producto de nuestro carácter, de nuestra educación, de nuestras experiencias, de nuestro entorno, incluso de nuestro momento vital. Por eso pensamos como pensamos, actuamos como actuamos, nos gusta lo que nos gusta y nos repele lo que no, consideramos aceptables unas cosas y otras no.
  • Hay otros que son distintos de nosotros: consecuencia lógica de lo anterior. Como no todos tenemos ni el mismo carácter, ni la misma educación, ni las mismas experiencias, ni nos rodea el mismo entorno… pensamos diferente, actuamos diferente, nos gustan cosas diferentes, toleramos cosas diferentes.
  • Nuestra forma de ver el mundo no es la única válida, ni la mejor: es difícil (desde luego lo es para mí) aceptarlo. De hecho iniciaba mi argumento deseando que “todo el mundo fuese como yo”. Como individuos, y como sociedad, tendemos a ver el mundo desde nuestra propia perspectiva y nos resulta muy difícil renunciar a ella y aceptar la de los demás.
  • Es normal sentir afinidad por los que se nos parecen, y rechazo por los que no: tendemos a rodearnos de aquellos con quienes compartimos nuestros valores clave, porque es con ellos con quienes nos sentimos cómodos, con quienes nos entendemos, con quienes menos conflictos surgen. En paralelo tendemos a alejarnos de los que no, porque hay incomodidad y hay conflicto.
  • Nunca vamos a poder eliminar al 100% la interacción con los diferentes: están ahí, compartimos el mismo espacio. Puedes intentar minimizar el roce, pero salvo que decidas convertirte en un ermitaño (y creo que ni aun así) vas a tener que socializar, y en consecuencia, a tener que soportar gente que tiene otros valores, otra forma de ser, pensar y comportarse.
  • No existe la afinidad perfecta: incluso aunque te rodees de gente afin, siempre habrá diferencias. Algunas más sutiles, otras más importantes. Unas más previsibles, y otras que solo afloran con el paso del tiempo. Nunca encontrarás a alguien que sea “exactamente igual que yo” en todos los aspectos y todo el tiempo.

Pensar de otra manera son ganas de darse cabezazos contra la pared. “Es más fácil ponerse unas sandalias que cubrir el mundo de alfombras”. El mundo es como es, y tenemos que vivir en él de la mejor manera posible. Hay gente que piensa y actúa de forma molesta para nosotros… igual que nosotros pensamos y actuamos de forma molesta para otros. Esto es algo que en muchas ocasiones no podremos cambiar, y de hecho en muchas ocasiones ni siquiera tendremos la legitimidad para hacerlo (¿por qué vas a imponer tu visión a la de otros?). Vivir en sociedad es precisamente lograr unos acuerdos de mínimos, y a partir de ahí lidiar lo mejor que se pueda con el resto.

¿Significa esto una especie de relatividad moral, que “todo vale” y que “lo que nos queda es resignarnos”? No necesariamente. Las sociedades evolucionan, y lo hacen cuando una masa crítica suficiente de sus componentes lo hacen. Cada uno somos responsables primeramente de vivir la vida como consideremos que debe de hacerse y predicar con el ejemplo (“sé el cambio que quieras ver en el mundo”), y también de elegir cuándo, por qué, para qué y con qué grado de compromiso e intensidad queremos pelearnos con otros. Eso sí, teniendo en cuenta que en cada pelea vamos a desgastarnos (el conflicto, la incomprensión, el riesgo, el sacrificio…), que podemos no ganar… y que en última instancia el número de batallas posibles es infinito mientras que nuestra capacidad es limitada.

No es la mía, creo, una visión conformista; pero sí realista. El mundo es como es (“¿cómo no va a poder ser, si está siendo?“) y nuestra capacidad para cambiarlo es limitada. Así que, como dice la plegaria de la Serenidad, “Señor, concédeme serenidad para aceptar todo aquello que no puedo cambiar, fortaleza para cambiar lo que soy capaz de cambiar y sabiduría para entender la diferencia.”

Si puedes elegir (sí puedes)

El pasado fin de semana tuve un momento “bricomanía”. Estaba mi mujer preparando el típico vestido para la función fin de curso con la máquina de coser, cuando me dice “mira a ver si puedes ayudarme, anda”. Un hilo se había quedado pillado en alguna parte del mecanismo, y no éramos capaces de sacarlo simplemente tirando de él. Había que “operar”.

Pasé un rato sacando un par de tornillos de difícil acceso. Otro rato intentando ver cómo desmontar las siguientes piezas. El caso es que pude sacar el hilo… pero claro, llegó el momento de volver a montar. “Esperate que esto no encaja bien ahí”, “¿pero cómo narices estaba esta pieza antes?”. Y luego la odisea de los dichosos tornillitos, que si no intenté meter veinte veces (y venga a caerse el tornillo, “y ahora dónde coño ha ido a parar”) no lo intenté ninguna.

Al cabo de unos cuantos esfuerzos (y maldiciones por lo bajini, y un par de borderías tipo “niño, quita de aquí, ¿no ves que estoy haciendo cosas?”), conseguí poner todo en su sitio. No sobraban piezas. ¡Y la máquina funcionaba!

Volví a mis cosas, rumiando para mis adentros. ¿Me sentía mal, por lo torpe que había sido para resolver algo tan “evidente”? ¿O me sentía bien porque, al fin y al cabo, lo había resuelto?

Es curioso. Ahí estaba yo (más concretamente mi mente) diciéndome dos cosas contradictorias. Una me hacía sentir bien, otra mal. ¿A cuál iba a hacerle caso? Pues como dijo alguien en twitter, “si una te hace sentir bien y otra mal, y puedes elegir…”. Y claro que podía elegir. Yo (y nadie más) era quien podía poner el foco en una o en otra. Yo podía elegir, ante un mismo hecho objetivo, si sentirme bien o sentirme mal.

Me recordó a la historia india de los dos lobos que luchan en tu interior. Ante la pregunta de “cuál de los dos ganará”, la respuesta es “aquel al que tú alimentes”. Ganará aquel pensamiento (y por lo tanto el sentimiento derivado) al que le queramos poner foco. Y sí, digo “queramos”, porque es una elección. Muchas veces no evidente (porque nuestra mente funciona “en automático” y no tenemos costumbre ni de observarla ni de intervenir en sus procesos), ni sencilla (porque la mente tiene sus propios trucos enrevesados). Pero con práctica y esfuerzo, podemos aprender a dirigir nuestros pensamientos a aquello que nos haga sentir mejor. Incluso en situaciones dramáticas podemos hacer un encuadre positivo.

De todo lo que nos pasa, de todo lo que nos dicen, y especialmente de todo lo que nos contamos a nosotros mismos… podemos elegir con qué nos quedamos. Hagamoslo bien.

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Encabronamientos cotidianos

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Esta mañana, tras un agradable paseo por el centro de Madrid, me dispuse a tomar el autobús. Me dirigí a la parada, y esperé. Un minuto, dos… tres… cuatro… El autobús no venía. Los letreros con información online no mostraban información. Poco a poco se iba sumando gente a la espera. Un señor mayor empezaba a calentarse: “dónde narices está el autobús”, “esto cada día va de mal en peor”, “no hay derecho”, “estos son unos cabrones, siempre están igual”. Y el autobús sin aparecer. Todavía tardó unos minutos más, durante los cuales el señor se sulfuraba más aún, y conseguía contagiar a dos o tres personas más. Yo los observaba.

Por fin, el autobús llegó. “Ya era hora”, le espetó el señor al conductor nada más abrir la puerta. “Si no es una cosa es otra, siempre estáis igual”. Y todavía se fue refunfuñando en busca de su asiento.

Las expectativas no cubiertas

Qué ganas de amargarse el rato, ¿no? Sí, es verdad; el autobús tardó un poco más de lo previsto (se ve que había una manifestación por las calles de Madrid). Teníamos una expectativa de esperar pocos minutos, y nos ha tocado esperar alguno más. Expectativa no cubierta, frustración, cabreo. Reacción química en nuestro cuerpo, pérdida de control, malestar para nosotros y para los que nos rodean.

¿Y todo por qué? Porque teníamos una expectativa, un ideal contra el que comparar. “El autobús estará esperando en la parada, y si no, tardará pocos minutos en llegar”. Pero resulta que el mundo, por mil y una circunstancias, no es ideal. Vete acostumbrándote, nunca lo va a ser. ¿Y si renunciásemos a esa expectativa, a ese ideal? ¿Y si asumimos un rango más amplio de posibilidades satisfactorias? “El autobús llegará en 5, 10 o 15 minutos… y tampoco pasa nada; y mientras tanto estoy aquí tan tranquilo”. Porque no pasa nada, el impacto real de esa demora es minúsculo, nulo.

Realmente… ¿es para tanto?

Es solo nuestra expectativa defraudada, nada más. ¿Consecuencias reales? Nada. Pero incluso aunque hubiera consecuencias más importantes (“si el autobús no sale a tiempo no llegaré al aeropuerto y perderé el avión”), éstas se pueden relativizar. “Bueno, y qué”.

Porque además… ¿qué ganamos encabronándonos? ¿Conseguimos que el autobús llegue antes? En absoluto. ¿Conseguimos llegar antes a nuestro destino? No. Si hay que tomar alguna decisión, alguna acción alternativa (“pues me cojo un taxi”), lo podemos hacer igual (incluso mejor) desde la tranquilidad y el análisis racional y no desde el cabreo.

La toxicidad del encabronamiento

Y encima, el cabreo tiene un increíble potencial tóxico, se extiende como un virus en el espacio y en el tiempo. Nos estropea ese momento, y nos estropea los siguientes. Porque el señor siguió rumiando durante gran parte de su viaje, negándose a sí mismo la posibilidad de disfrutar del momento, de otros pensamientos agradables, del hecho de ir tranquilamente sentado y calentito, en dirección a donde quería ir con apenas unos minutos de retraso. Las personas que se contagiaron, tres cuartos de lo mismo. El conductor que recibió el exabrupto nada más abrir las puertas posiblemente se encabronó a su vez, empezó a rumiar sobre lo desagradable que es su trabajo, condujo con mayor agresividad, igual llegó a casa mustio y acabó teniendo movida con su mujer o sus hijos ¿Y si el saludo hubiese sido un “buenos días” y una sonrisa?

¿Cuántas veces te encabronas al día?

Esta situación tiene mil réplicas en nuestro día a día. Que si no nos hemos despertado a la hora que queríamos, que si hemos tenido una discusión con la pareja, que si los niños lían alguna, que si fulano no ha hecho la tarea que esperabas que hiciera en el trabajo, que si tu equipo de fútbol ha perdido, que si un cabrón te hace una pirula con el coche, que si un vecino te niega el saludo, que si un amigo no te contesta los whatsapps, que si se ha terminado la leche… etc, etc, etc. Y todo sigue el mismo patrón: una expectativa, una frustración, una reacción automática, un cabreo y una onda expansiva.

Reacciones alternativas al encabronamiento

No merece la pena. Leo Babauta se refería a esto hace un tiempo, mencionando una serie de herramientas útiles para enfrentar ese ciclo. Ser conscientes de nuestras expectativas, e intentar analizarlas de forma crítica (y dejarlas ir, en la medida de lo posible). Percibir la respuesta automática ante la frustración, observarla; porque en el momento en el que somos conscientes de ella, deja de ser automática y nos da la oportunidad de actuar. Y entonces podemos elegir una acción alternativa, racional, más útil (a lo mejor es simplemente sonreir, que es gratis) o que simplemente nos hace sentir mejor. Podemos acotar el impacto que tiene en nosotros, centrándonos en el momento y tratando de ver lo positivo que hay en todo.

Y seguir caminando.

“Eso es más fácil decirlo que hacerlo; habría que verte a ti”. Pues sí, es más fácil de decir que de hacer. Y yo disto mucho de ser perfecto. Pero cada día me voy dando cuenta de más cosas; y cada vez que ejerzo ese “superpoder” (el de abortar o limitar el efecto de un encabronamiento), me ahorro minutos (¿horas? ¿días?) de sufrimiento a mí y a los que me rodean. Eso que gano.