Publicaciones sin rumbo

De un tiempo a esta parte vengo observando el auge de un determinado tipo de publicaciones en internet. Publicaciones cuyo criterio editorial es básicamente inexistente. ¿De qué va esta publicación? Básicamente “de cualquier cosa con la que podamos atraer tráfico”. Y haremos unos posts muy simpáticos, muy “virales”. ¿Con chicha? ¿Con algún objetivo? Por dios, no, qué anticuado todo.

Y ya sabemos cómo es (cómo somos) “la gente”. Lo que nos atrae, de forma mayoritaria, son mierdas varias. Así que produzcamos mierdas varias. Incluso los periódicos “serios” caen en esto: aparte de los rollos políticos, lo que importa es llenar bien la web de “artículos chorra” que traigan público, que den para ser compartidos. Carnaza para incautos a los que poder enchufarles la publicidad. Porque al fin y al cabo es de lo que se trata, de generar volumen (da igual el cómo) para venderlo al peso a los anunciantes.

Y como la gente somos como somos, pues ahí entramos como toretes al capote. Y contribuimos alegremente a su difusión (son contenidos diseñados para ser consumidos y compartidos con alegría, snacks de gratificación instantánea). Y gratis todo, claro, porque no estamos dispuestos a pagar por casi nada. Y así, entre unos y otros, conformamos un escenario en el que se prima la producción, el consumo y la distribución de mierdas.

Es difícil resistirse a este escenario. Hay incentivos económicos (los anunciantes lo que pagan es volumen… démosles volumen) y psicológicos. Nos “entra” mejor lo sencillo y banal (“mira, otro video de gatitos”), y nos encanta que nos “folloween” y que “nos den al like”, tener muchas visitas, refuerzo y reconocimiento social. ¿Vacío? Bueno, refuerzo al fin y al cabo.

Al final, como en tantas otras cosas (el consumismo, la “política de slogan”, las “modas”, etc…) la única opción que te queda es la de intentar seguir tu camino intentando no ser arrastrado por la corriente, trabajar la consciencia para darse cuenta de lo que hacen contigo y luchar contra tus propias tentaciones e incongruencias. Intentar hacer las cosas de otra manera, sabiendo que no puedes cambiar el mundo… pero que sí puedes cambiar tu mundo.

Hablar por rellenar

Un periódico tiene que rellenar un número determinado de páginas. Una televisión o una radio tienen que rellenar 24 horas de programación. Rellenar. En eso consiste su labor, para así maximizar los ingresos por publicidad. ¿Y cómo se rellena? Pues como sea, pero hay que hacerlo.

Digo esto porque tengo la sensación (desde hace mucho tiempo) de que en los medios tradicionales, sujetos a esta necesidad de “rellenar”, los contenidos vienen a dar igual. Se trata de llenar minutos y páginas “al peso”. Si hay que dar noticias irrelevantes, se dan. Si hay que alentar debates absurdos e interminables, se alientan. Si hay que centrarse en detalles absurdos, pues sea. Si hay que tirar de refritos, se tira. Todo es cuestión de rellenar. Y en algunos “medios digitales” se detecta una tendencia similar. No se trata de rellenar un espacio determinado, pero sí de “generar tráfico”. Así que si para eso hay que hacer contenidos de cualquier pelaje por docenas, pues se hacen. Todo sea por maximizar el tráfico, y la relevancia en buscadores, o sea, las impresiones publicitarias. Porque al final, el objetivo es el mismo.

Lo que me sorprende es ver otro tipo de “medios”, más personales y/o profesionales en los que esa pulsión “publicitaria” no existe, pero que sin embargo caen en estrategias similares. Veo blogs que repiten una y otra vez las mismas ideas expresadas de forma ligeramente distinta una de otra, que se empeñan en darle vueltas y más vueltas a detalles y casos irrelevantes tratando de hilar finísimo en temas que no aportan gran cosa. ¿Para qué? No lo sé. A mí se me hacen aburridos, intrascendentes y repetitivos… y acaban cayéndose de mi lista de lecturas.

A mí, como lector, me gusta que se vaya al grano. Que me den las ideas importantes, de la forma más clara posible. Pin, pan, y a otra cosa. En una palabra, síntesis. Eso, trasladado a los medios tradicionales, podría ser un periódico de 4 páginas, un informativo de 5 minutos. Eso, el día que haya algo interesante… porque puede que haya días, o semanas, en los que no sea el caso. Decir lo que tengas que decir, y callar cuando no tengas nada relevante que ofrecer.

Por eso, suelo desconfiar mucho de cualquier medio que tenga establecido una “frecuencia de publicación”. Que me van a meter un debate de 3 horas, un programa semanal, un informativo de 35 minutos, un periódico de 48 páginas, o 50 posts por semana… si es con cosas interesantes bien, y si no, con material de relleno. Idem con aquéllos a quienes se les nota la preocupación porque “hace mucho que no escribo”, “no se me ocurre de qué escribir”, “me he propuesto escribir un post semanal”. Porque cuando uno siente que tiene algo interesante que decir, no necesita forzarse. Y si tiene que recurrir a la “fuerza de voluntad”… malo.

Foto: Luc de Leeuw

Te entrevistamos… si nos pagas

Vaya por delante que imagino que habrá muchos, con más mundo que yo, que pensarán que parezco tonto, que parece que hubiera nacido ayer y que de qué guindo me he caído. Pero a mí no me había pasado nunca, ni sabía que algunas cosas funcionaban así.

Me llaman por teléfono (de un “número privado”; como no los cojo, mensaje al contestador). Que me quieren entrevistar de un medio por Digitalycia. ¡Hombre, qué guay! ¿Habrán llegado hasta ellos noticias de mis conocimientos? ¿Querrán saber mi opinión sobre este intrincado mundo de las redes sociales y el dospuntocerismo?. Total, que les devuelvo la llamada, a ver de qué va el tema.

Me dicen que están preparando un suplemento que va a tener mucha difusión, en un diario de tirada nacional y en una feria temática, que están preparando entrevistas con distintas empresas en varias categorías para reflejar la variedad del sector, que han seleccionado nuestra empresa porque les parece muy interesante lo que hacemos… que me entrevistará un periodista, y además podré poner una foto o el logo…

A mí a priori me suena raro porque oye, yo no dejo de ser un mindundi, y tampoco yo es que me dedique al sector de la “formación” pero bueno, quién sabe, se habrán fijado en mí, “que esto de las nuevas tecnologías está muy en boga” y que “a veces las empresas pequeñas son más innovadoras que las grandes” y que patatín, patatán… y que bueno lo único es que aunque ellos asumen todo el coste de producción del suplemento, pues que hay una parte (“coste de inserción”, le ha llamado) que no pueden asumir, así que para poder publicar mi entrevista tendría que pagar… nada, algo que está al alcance de cualquier bolsillo, 1.575 si la entrevista es de media página, o 2.520 por página completa, o 4.990 por doble página. Y si quiero contraportada, o página 2, pues un extra.

Acabáramos. O sea, que de entrevista por lo bien que lo hago, lo mucho que les he llamado la atención o lo interesante que pueda ser para los lectores, nada. Que si quiero ponerles un anuncio “que parezca una entrevista”. Amigo, eso es otra cosa. Imagino que mi nombre y mi teléfono habrán aparecido en un listado que haya hecho alguien buscando en internet, soy uno más del listado de llamadas a ver si “pico”. Y yo, iluso, pensando que lo que hago había llamado la atención de alguien.

Al final hay dos mentiras bastante feas aquí metidas. Lo primero es que si me dicen “es para un anuncio” yo pongo el “chip marketing” y calculo. ¿Es una acción de marketing que me merezca la pena? ¿Es una acción de marketing que me parezca ética (eso de hacer pasar un publireportaje pagado como si fuera una entrevista hecha por puro interés editorial)? ¿Tengo alternativas mejores? Valoro, y decido. Pero no, primero te comen la oreja con la entrevista, y lo interesante que es lo que dices, y tal y cual… y luego te sueltan lo de los “costes de inserción” tratando de que parezca otra cosa (cuando es un pago por anunciarse, sin más). Oiga, pero qué me está contando.

Y la segunda, y más grave, es el resultado: un suplemento con apariencia de contenido editorial pero que en realidad es un gran catálogo de anuncios pagados. Imagino que en ningún sitio se advertirá al lector que “cada una de las empresas que aparece aquí ha pagado entre 1.575 y 7.390 por aparecer, ha podido controlar hasta la última coma de lo que se dice de ella y no hemos usado ningún otro criterio, aparte de que aflojaran la pasta, para valorar si merecen la pena o no”.

Lo dicho, que vale, que asumo que parezco nuevo. Pero qué penica, ¿no?

Los invitados a los latenights

(Esta es la típica entrada que escribiría en ¡VayaTele! – Pero como lo he dejado… qué le vamos a hacer, de vez en cuando me siguen surgiendo temas para escribir, pero a un ritmo insuficiente como para permanecer vinculado a una actividad de grupo).

El caso es que estaba leyendo el blog de Buenafuente. Un blog, por cierto, interesante en el contenido pero desastroso en su concepción: no ya por el tema de los comentarios (que puedo llegar a entender, aunque siempre he pensado que la interactividad es una gran parte de la miga de todo esto), sino por cosas como la ausencia de una estructura de enlaces permanentes, o la existencia de archivos “por año”. Lo cual convierte en tarea imposible referenciar un contenido concreto, o localizarlo (a no ser que te quieras recorrer todos los posts de 2007… por si lo encuentras).

En fin, a lo que iba. Me refiero a un post llamado “Lección de veteranos” que escribía el pasado 25 de enero. En él habla sobre lo difícil que está el mundo del espectáculo, y de cómo eso repercute en su programa. Básicamente, que como la cosa está mal la industria cada vez invierte menos en promoción, y eso implica que muchos músicos, actores, escritores… dejan de “hacer la ronda” de programas televisivos o lo hacen cada vez con menor entusiasmo. Total, “salir en la tele” no se traduce automáticamente en más ventas, ni en más beneficios. Así que “ir pa’ na…”

“Porque somos lo que se dice un escaparate de dicho mundo, en clave de entretenimiento. Invitamos a los que hacen cosas de calidad y quieren contarlas, adaptándose al tono del programa. Cada vez cuesta más, podemos asegurarlo. […] A pesar del desencanto y la desorientación del sector, seguiremos apostando por los buenos contenidos y los buenos invitados. Los que quieran venir. Los que no quieran venir, ya no son buenos invitados. […] No buscamos una gran audiencia. Buscamos una BUENA audiencia. Gente con sensibilidad y sentido común. Ahí estamos y ahí seguiremos.”

Pues personalmente creo que hay algo que falla en este razonamiento. Y es que, por encima de todo, Buenafuente y demás programas televisivos son parte de esa misma industria “desorientada”. Porque lo cierto es que contenidos buenos los hay, diría que cada vez más, gracias a la democratización en el acceso a los medios de producción artística. Ya no hace falta que la industria te conceda el honor de grabar un disco y distribuírtelo: puedes hacerlo tu mismo. No pierde la música, o la cultura: pierde la industria. Hay más cantidad y variedad de arte, de música, de literatura. El problema es que está más disgregado porque la industria está perdiendo la capacidad de dirigir al rebaño hacia quien ellos quieren.

Y el problema de Buenafuente no es que haya “poco” donde elegir. Es que lo que ellos siempre han querido es ayudar a promocionar a aquéllos que venían de la manita de la industria. Porque eso significaba interés del público, audiencia, ingresos por publicidad. Era un binomio perfecto, los unos se promocionan (contribuyendo a la concentración del interés del público en unos pocos) y los otros atraen a la audiencia. Como la industria va perdiendo poder, el interés del público se va disgregando (que no desapareciendo). Cada vez hay menos “estrellas” que generen movimientos de masas, porque cada vez hay menos dinero para fabricarlas. Y como consecuencia, cada vez hay menos personajes cuya presencia en televisión arrastre audicencias.

El problema, Buenafuente, no es que no haya contenidos interesantes. El problema es que el rebaño ya no responde a los estímulos de antes, la industria ya no consigue movilizar a las audiencias como antes. Y eso era, en realidad, lo que queríais. Gente que “haga cosas de calidad y quiera contarlas” me atrevería a decir que cada vez hay más. Gente que con su mera presencia (y no con el interés intrínseco de lo que hace) sea capaz de atraer la atención de cientos de miles de personas, cada vez menos.

Entiendo que la progresiva desaparición del “star system” es una putada para la industria, incluyendo a las cadenas de televisión y a los programas como Buenafuente, buena parte de cuyos contenidos (y de su capacidad para atraer a la audiencia) consisten en traer “artistas en promoción”. Pero no lo disfracemos de “cada vez hay menos cosas interesantes que contar”, que cosas que contar hay muchas y muy variadas. Eso sí, con menos audiencia de por medio. Ergo con menos dinero.

Confesiones de un periodista

Curiosa (por poco habitual) la confesión de Enric González en las páginas dominicales de El País (de hace un par de semanas):

En general, nos arreglamos con materiales aproximativos […] Manipulamos datos, impresiones e imágenes en bruto que generalmente ha obtenido alguien a quien no conocemos, y fabricamos algo más o menos verosímil

Quizás sea uno de los males del periodismo actual. La (probablemente necesaria) industrialización de los medios de comunicación provoca que los periodistas tengan que “montar” noticias a base de piezas sueltas (un teletipo por aquí, un par de noticias de archivo por allá, una foto de agencia por acullá…), haciendo uso de su buena (en ocasiones no tanto) voluntad y experiencia y conocimientos (con suerte) para darle una cierta coherencia al conjunto, aunque en ese proceso la noticia se aleje (en ocasiones demasiado) de la realidad.

Eso lo sabe cualquiera que, por una razón o por otra, haya salido en los papeles: apenas se reconoce en la “versión periodística” de sí mismo.

¿No os ha pasado que, cuando leeis en los periódicos algo sobre un tema que domináis, tenéis la sensación de que las noticias están cogidas, en el mejor de los casos, con alfileres? Yo siempre pienso que si lo hacen con este tema en concreto, probablemente lo estén haciendo con todos los demás. Lo cual me lleva a ver el periodismo con cada vez mayor distancia…