8 ideas básicas de marketing de contenidos para profesionales independientes

Va a hacer 13 años que abrí este blog (¡se dice pronto!). Durante la mayor parte de este tiempo he sido bastante inconsciente respecto a llevar una “estrategia editorial”. Básicamente, no ha existido, y nunca me preocupó que existiera. Yo era una persona que tenía un blog, en el que volcaba mis reflexiones y mis inquietudes, y ya. Claro que siempre me ha hecho ilusión que se me leyera, y que tuve mi época de mirar las estadísticas con ansia; pero eso nunca se trasladó a un plan para hacer las cosas de una u otra manera.

Pero desde a un tiempo a esta parte he venido reflexionando un poco más sobre el papel del blog como “plataforma de visibilidad profesional”, y sobre qué contenidos tiene sentido hacer, y cómo hacerlos… Mucho se ha hablado del “marketing de contenidos“, y francamente creo que especialmente muchas empresas y marcas lo han llevado bastante al terreno del absurdo. Y sin embargo, creo que especialmente en el ámbito del “profesional independiente”, puede ser una herramienta fantástica para generar un vínculo con una audiencia que, llegado el caso, pueden llegar a convertirse en clientes (o prescriptores, que para el caso lo mismo da). Como personas individuales tenemos una ocasión estupenda de diferenciarnos de marcas y empresas que, por mucho que lo intenten, no pueden tener una “personalidad” que a nosotros nos viene de serie.

Seré sincero. Para mí, ése es un cambio de chip que estoy teniendo que trabajar. Pensar en mí mismo como “un profesional que ofrece servicios”, y que está “utilizando el blog para conseguir clientes”… a veces me hace sentir raro, casi “sucio”, como si estuviera prostituyendo el sentido del blog. Y sin embargo, me doy cuenta de hasta qué punto esa mentalidad es una barrera mental. Creo que soy un profesional valioso, capaz de aportar cosas positivas. Y no hay nada de malo en pretender vivir de ese valor, ¡todo el mundo vive del valor que aporta a los demás! ¿Qué prejuicio tonto es ése? ¡Vender es humano! Quizás he tenido muy mal concepto de “vender” durante mucho tiempo, asociándolo a prácticas intrusivas y manipuladoras, y lo que necesito es un cambio de perspectiva, una redefinición de la idea de vender

De hecho, el marketing de contenidos es una forma de “vender” que apenas tiene que ver con la imagen tradicional que tenemos de la venta. La idea básica es que si tú generas valor en forma de contenidos para una audiencia de “clientes potenciales”, conseguirás establecer con ellos una relación en la que tú no les “empujas”; son ellos los que vienen a ti en busca de ese contenido que disfrutan. Y así, teniéndolos cerca, estableciendo con ellos una relación de confianza… es cuando puede surgir en ellos la intención de comprarte.

Aquí tienes una serie de ideas básicas para desarrollar una estrategia de marketing de contenidos:

1. Clarifica qué es lo que vendes

Puede parecer una obviedad, pero no lo es tanto… ¿Cuál es tu portfolio de productos/servicios? ¿Qué forma concreta toman? Es algo con lo que yo he luchado durante mucho tiempo… ¿cuál era “mi producto”? Es evidente que todos somos poliédricos, que podemos hacer más de una cosa. Y cuando estamos por libre, a veces nos puede el agobio de no cerrarnos puertas. Pero de cara a un potencial cliente tienes que poner algo en el escaparate. Cuando te visite, tiene que ser fácil para él saber “qué puedo comprar”. ¿Un libro? ¿Un taller? ¿Un proyecto de consultoría para resolver tal problema? ¿Unas sesiones de coaching? ¿Qué? Si no eres capaz de concretar tu valor en algo tangible, le estás poniendo muy difícil comprarte.

Tampoco hay que volverse loco. Tu portfolio de productos/servicios puede ir evolucionando en el tiempo. Puedes inventarte otros productos, y dejar caer alguno que veas que no tenía mucho sentido. Pero tienes que empezar por algún sitio.

2. Identifica a tu cliente objetivo

No hay nada en el mundo que sea “para todos los públicos”. Por mucho que queramos un mercado lo más amplio posible, tenemos que acotarlo. ¿Cuál es el colectivo que podría tener interés en lo que nosotros ofrecemos? ¿Cuáles son las variables que nos permiten segmentarlo? ¿Cuál es su perfil en definitiva?

La técnica de la “persona” puede ser muy útil de cara a fijar nuestros esfuerzos. Definir una persona concreta, con un nombre y una historia detrás, que represente al colectivo de nuestros compradores potenciales. ¿Cómo es? ¿Qué le sucede? ¿Por qué, en definitiva, podría querer comprar lo que nosotros vendemos?

Quizás suceda que tu producto/servicio es útil para más de un colectivo. Está bien, piensa en dos o tres “personas” diferentes que representen a esos colectivos diferentes. Es posible que tengas que modular tus mensajes para cada uno de ellos, y te vendrá bien tener un interlocutor simulado con el que contrastar tus ideas.

3. Piensa en qué interesa a tu cliente objetivo

Éste es el quid de la cuestión. A nadie le mueve “comprar tus productos”. Lo que les mueve es otra cosa: una problemática, una aspiración, un interés más difuso. De llegar a conocer tu producto, y de llegar a comprarlo, ése sería un medio y no un fin en sí mismo.

Lo que tienes que entender es cuál es ese “fin” que persigue tu cliente objetivo. A qué aspira. De qué manera quiere reafirmarse, de qué manera quiere crecer. Cual es, en definitiva, su inquietud (que, repito, nunca es “comprarte un producto”). Es a esa inquietud a la que tienen que dar respuesta tus contenidos. Ése es el tema del que tiene sentido hablar.

4. Crea contenidos relevantes

Hemos identificado cuál es nuestra oferta, a quién se dirige, y nos hemos esforzado en entender cuál es la inquietud que mueve a ese colectivo de potenciales compradores. Ahora es el momento de darles contenidos relevantes.

¿Qué es un contenido relevante? Algo que encaja con su inquietud, entendida de manera amplia. Algo que alimenta quién es, o quién quiere ser. Algo que le permite reafirmarse en sus visión del mundo, o vislumbrar el futuro al que aspira. Algo que le resuelve un problema, que responde a un “runrún” interno.

A veces esos contenidos tomarán la forma de ideas para poner en práctica, otras veces de reflexiones, de recursos, ejemplos inspiradores, “guiaburros”, críticas de libros, experiencias propias, entretenimiento puro y duro… hay decenas de contenidos que pueden encajar, siempre que orbiten alrededor de ese leit motiv.

Lo importante es entender que existe un interés previo, y tú simplemente le estás dando contenido que es relevante para ese interés.

5. Defiende una idea

Los contenidos tibios, blancos, asépticos… tienen una ventaja: que no molestan a nadie. Pero también tienen una desventaja: que no despiertan la pasión, ni las ganas de volver a por más. La clave del fracaso es intentar contentar a todo el mundo.

Cuando vayas a crear contenido, toma partido. Ten una línea editorial. Defiende una determinada posición, una forma de ver el mundo. Pon pasión en lo que digas. Por supuesto, eso alejará a algunas personas, pero acercará a otras que se sentirán identificadas con lo que defiendes.

No se trata de ser un macarra, ni de pasarse el día generando polémicas. Pero no hay que tener miedo a levantar la voz por lo que uno cree; es la única forma de generar un vínculo.

6. Sé personal

Como profesionales independientes, tenemos una ventaja respecto a marcas y empresas: somos una persona. Tenemos nuestras experiencias, nuestras anécdotas. También nuestra forma de ser. No es una desventaja competitiva, ¡al contrario! Por eso, en tus contenidos, está más que bien que dejes traslucir quién eres, que puedas poner en juego todas esas pequeñas cosas que te hacen ser tú.

Cuenta tus anécdotas, utiliza tu forma de hablar. Cuenta también tus meteduras de pata, tus reflexiones más personales. Todo eso te humaniza, te hacer más cercano.

No se te olvide que en el otro lado también hay una persona, y que se trata de establecer una conexión real, genuina, con ella.

7. Ten paciencia

Esto no va de que tú escribes un artículo, y la gente se vuelve loca a comprarte. No, estás forjando relaciones de confianza, y las relaciones llevan tiempo. Es más, la inmensa mayoría de las personas que te lean (o te escuchen, o te vean…) no te van a comprar nada nunca. ¡No importa! Esas relaciones son importantes en sí mismas, te están dando (con su atención continuada en el tiempo) muchas oportunidades. Te están permitiendo conocerles, te ofrecen la oportunidad de afinar tus productos, tu discurso…

Y también te están ayudando a expandir tu visibilidad, porque si realmente conectan contigo es más fácil que le hablen de ti a otras personas que, quizás, sí acaben comprándote.

8. ¿Y cuándo ofrezco mis productos?

Nunca.

Bueno, casi nunca. Tus productos y servicios deben estar ahí, y está bien que quienes consumen tus contenidos sepan que los vendes. Pero eso se dice muy fácil y muy rápido, y no hay que estar dando la turra con ello cada dos por tres. Quizás de vez en cuando, el contexto de lo que les cuentas puede hacer muy lógico que les deslices un pequeño recordatorio (¡muy rápido!), y ya está.

Recuerda que tus productos y servicios te interesan a ti, no a la persona que consume tus contenidos. Ellos vienen aquí a otra cosa, y si tú te excedes (y es muy fácil excederse) en tus acciones “de venta” van a sentirse (con razón) no como alguien con quien estás construyendo una relación genuina, sino como una presa a la que le has puesto el cebo para abalanzarte sobre ella en cuanto puedas.

Y a nadie le gusta sentirse una presa.

 

 

Fideliza… ¿que algo queda?

Hace unos días me llegaba a casa una carta de mi compañía de seguros (la cansina del “soy, soy, soy”). Me informaban de su “Club” y me enviaban una tarjeta con “descuentos y ventajas”. A saber, veinte euros en una cadena de ópticas, un 7% en una cadena de electrodomésticos, 15% en clínica estética, 25% en unos trasteros… en fin, que apriori podrías pensar “vaya, qué interesante”.

¿Cuál es el partido real que le voy a sacar? Podría afirmar, sin riesgo de equivocarme mucho, que entre CERO y NADA.

No es ya que mi cartera tenga un espacio reducido para tarjetas variadas, que lo tiene. Es que mi atención está mucho más limitada. Francamente, bastantes cosas tengo en la cabeza a diario como para acordarme, el día que tengo que comprarme unas gafas, de que en alguno de los programas de (presunta) fidelización que tengo por ahí podría obtener un 10% de descuento. El día que necesito unas gafas, voy a la óptica, las compro, y punto pelota. Mucha casualidad tiene que ser para que vea algo que quiero/necesito y tenga en mente la existencia por ahí de un cupón descuento.

Iba a decir que envidio a las personas que son capaces de ir por la vida a base de cupones y tarjetas descuento, con un inventario perfectamente actualizado de dónde pueden hacer uso de todas esas ventajas. Pero creo que no. Es posible que al cabo del tiempo puedan ahorrar unos euros más que yo con su estrategia, pero creo que el coste (oculto) de actuar así es también notable y se suele pasar por alto. Qué de tiempo, y qué de atención, dedicada a esto.

Y para las empresas… francamente, si me quieres fidelizar, dame un buen servicio a un precio ajustado. Y déjate de zarandajas.

Nacionalismo económico como herramienta de marketing

Nacionalismo económico como herramienta de marketing

El otro día, al ir a tirar las etiquetas de una prenda recién comprada, me llamó la atención leer esto: “Fabricado 100% en España. Comprando este producto contribuye a mantener un puesto de trabajo”.

Son tiempos de crisis, y todo vale para conseguir una venta. Incluso apelar a cierta solidaridad entre compatriotas, o a la culpabilidad (“con la que está cayendo, ¿va usted a comprar productos fabricados en otros países mientras aquí tenemos que despedir a gente como usted?”).

No sé, a mí el argumento no me gusta demasiado. El producto se valora en función de su calidad y su precio. Que haya sido fabricado en España, si no se traduce en ninguna de esas variables, no influye en mi decisión de compra. Pero claro, eso soy yo. Igual hay gente que sí prefiere pagar más, o comprar un producto peor, sólo por el hecho de estar fabricado en tu mismo país…

¡Votame!

Que no, que no quiero que me votéis en ningún sitio. Más bien al contrario… voy a despotricar sobre los concursos que funcionan en base a “votación popular”. Ya sabéis, me refiero a esos en los que se anima a los concursantes a “hacer campaña” para conseguir votos, ya que los más votados o bien reciben un premio directo, o bien entran en una “final” en la que un jurado escoge a los ganadores. No voy a personalizar en ninguno: seguro que a los “interneteros” se os vienen a la mente unos cuantos ejemplos, y a los “no interneteros” también.

Pues bien, no me gustan ni un pelo. Me parecen una fuente de ruido y de spam, que no beneficia a los mejores proyectos si no a los que más capacidad de movilizar a “amiguetes” tienen (incluso convirtiéndose en unos coñazos multimedia; que si “votame” en twitter, que si abrirte una ventanita de mensajería para pedirte un voto, que si mails masivos, que si…), y me parecen un método en general bastante burdo por parte de los organizadores para conseguir visibilidad y relevancia a costa del esfuerzo bienintencionado de los concursantes por conseguir votos.

Si alguien tiene interés en montar un concurso serio, lo que hace es solicitar candidatos (y mejor aun, complementar las inscripciones con una selección realizada directamente para evitar dejar fuera a proyectos que no se hayan inscrito) y tener un jurado de expertos que elija, con criterios serios, rigurosos y profesionales, a los mejores. Todo lo demás, puro marketing a costa de los participantes.

O sea que dudo mucho que nunca me vaya a inscribir por voluntad propia en un concurso de esas características o que vaya a hacer campaña en favor de ningún participante (ni de mí mismo, claro) ni a hablar bien de un montaje de este tipo. Y si alguna vez lo hago, caigan sobre mí hordas de comentaristas recordándome este post.