El knowmad y el curriculum: herramientas antiguas para nuevas realidades

“¿Me mandas un curriculum para los de RRHH?”. Me quedé pensando. ¿Un curriculum? ¿Cuánto hace que no hago mi curriculum? Debo tenerlo por ahí, por algún lado. Buf. ¿Y cómo consigo que refleje lo que soy?

Hacía ya varios años que había dejado de tener (y de buscar) “un puesto de trabajo”. Mis actividades profesionales eran variadas, proyecto a proyecto. Cuando surgió la oportunidad de colaborar con una empresa, mi contacto me pidió ese curriculum porque los de RRHH querían participar en el proceso de “selección”. Y en fin, hice lo que pude, pero con la misma sensación que tendría si me hubiesen pedido “enviar un fax”: usando una herramienta extrañamente obsoleta para mí.

La nueva realidad del mundo profesional

Bueno, digo “nueva” aunque realmente llevamos años adentrándonos en ella y algunos directamente viviéndola. Pero una cosa es la teoría y otra la práctica, una cosa somos los “raros” y otra como funcionan las organizaciones en general. Y los teóricos del management nos hablan de organizaciones líquidas, o de organizaciones abiertas o de la “gig economy“, pero mantenemos la tendencia a situar esas realidades en el “futuro del trabajo” o a referirnos a “la próxima generación de empleos“.

En realidad, estamos en esa etapa de transición entre “lo viejo” y “lo nuevo”. Tenemos la sensación (o la constatación) de que “lo viejo” ya no funciona, pero nos cuesta abrazar “lo nuevo”. Y ante esa incertidumbre, por mucho que sepamos recitar el discurso racional, pocos son los que lo afrontan con todas las consecuencias, y nuestros comportamientos tienden a refugiarse en lo conocido. Somos lo que hacemos, y no lo que decimos que hacemos.

El knowmad, el perfil profesional del ¿futuro?

Hace ya tiempo que decidí adoptar la bandera del knowmad como gran definición de los nuevos perfiles profesionales.

Soy un conjunto de habilidades que se van desarrollando y consolidando en el tiempo. Soy unos valores y una forma de ser que determina cómo me comporto. Soy un conjunto de intereses variados y eclécticos, que además no son estables en el tiempo si no que evolucionan. Soy también la gente a la que conozco y con la que me relaciono. Todo eso, y más, es una mezcla en constante ebullición que cristaliza de múltiples y variadas formas que hacen difícil reducirlas a una o dos etiquetas tradicionales.

Todos somos, en gran medida, knowmads. No somos “una profesión”, no somos “un puesto de trabajo”. Y está bien que así sea, porque los puestos de trabajo nacen, evolucionan y desaparecen. Las propias “profesiones” tienen cada vez una fecha de caducidad más corta. En realidad cada vez hay más trabajos, pero menos puestos de trabajo. A veces ese trabajo se plasma de una manera, a veces de otra. A veces se consolida durante más tiempo, a veces durante menos. A veces hay tres en paralelo, y a veces ninguno. A veces cristaliza en una relación formal (¿laboral? ¿mercantil? ¿empresarial?) y a veces es puramente informal. Todo fluye, y más nos vale estar en disposición de fluir nosotros también aunque sea incómodo.

Las limitaciones del curriculum

El curriculum tradicional es una herramienta adaptada a una realidad que es cosa del pasado. Un mundo donde estudiabas una carrera o te iniciabas en un oficio, abrazabas una “profesión”, encontrabas “trabajo de lo tuyo” y dentro de esa profesión ibas encadenando “relaciones laborales” con distintos empleadores, ocupando distintos “puestos de trabajo” con su título bien establecido y una lista de funciones y responsabilidades perfectamente definidas. Una herramienta lineal, de la que se esperaba coherencia (empezar por un sitio e ir “creciendo” dentro de ese mismo ámbito) y continuidad (Dios nos libre de tener “un hueco en el curriculum”). Una herramienta que cada vez es más incapaz de reflejar la nueva realidad profesional:

  • Porque no deja sitio a los proyectos paralelos. Porque se supone que en cada momento tienes una única dedicación profesional. ¿Cómo que estás inmerso en dos, tres o cinco proyectos paralelos, en el que cada uno aplicas una combinación distinta de tus habilidades? No, no, aquí hay que poner lo que usted “es”. ¿Cómo que es todo eso y más?
  • Porque le cuesta reflejar las relaciones abiertas. Una posición, un empleador, una fecha de inicio y una de fin. ¿Cómo que ha tenido una relación de intensidad variable con esta organización? ¿Cómo que esa relación no ha sido con una organización, si no con personas concretas con las que ha ido colaborando en distintos momentos? ¿Cómo que esa relación ha ido fluctuando como el Guadiana, a veces sí, y a veces no? No me vuelva loco.
  • Porque se lleva mal con el perfil polímata. Usted es una cosa, o es otra. Como mucho le permito decir que durante un periodo fue una cosa, y después cambió para ser otra (y ya me puede explicar bien clarito la lógica de ese cambio, que obviamente implica abandonar lo anterior para siempre).
  • Porque divide la realidad en tiempo “productivo” e “improductivo”. Uf. Si no estaba empleado por alguien… estaba en el paro, ¿no? La idea de que no tienes un empleador pero estás haciendo algo de valor, o invirtiendo para generar valor futuro, o haciendo proyectos sin rentabilidad directa… Dígame al menos que está apuntado a un master, que ese hueco en su trayectoria es impensable. Y si tenía un puesto de trabajo, todo bien: poco importa que se tirase años adocenado, lo importante es que tenía una nómina.
  • Porque es determinista respecto al pasado: si has tenido una trayectoria, mucho cuidado con meter un giro de guión. Si usted estudió esto, y durante quince años ha trabajado de esto, sólo puede ser esto.
  • Porque se lleva mal con la exploración. Al fin y al cabo, hablamos de “trayectoria profesional”. Trayectoria, camino recto o cuanto menos claramente definido. ¿Explorar, innovar, probar, equivocarse?. No, no, usted tiene que presentar el camino que ha seguido sin titubeos, que eso de titubear está mal visto.
  • Porque da un papel secundario a las habilidades. No es que se ignoren, pero sí están subordinadas al vector “puesto de trabajo”. Me puede contar sus habilidades, sí, pero explicándome cómo se manifestaron mientras desempeñaba un puesto de trabajo concreto.

“Freelance”, un mal parche

En algún momento, ante la presión por “encajar en el curriculum”, te surge la idea de etiquetarte como “freelance”. O de crear tu propia empresa/marca, que parece que le dé empaque a tu situación y sirva como aquellos adaptadores que permitían usar mp3 en reproductores de cassette. Soy un knowmad, sí, pero me disfrazo de “freelance” o de “marca” y así por lo menos puedo poner algo.

Pero no es suficiente. Porque al freelance y a la marca se les supone una cierta cohesión interna. Usted es freelance, vale… ¿pero a qué se dedica? ¿Cuáles son sus servicios? No me puede decir que “a veces una cosa y a veces otra”. “Freelance” se refiere más a la “relación contractual”, pero la expectativa es similar a la del “puesto de trabajo”. Vale, usted es freelance, establece relaciones mercantiles… pero concretas y sobre un tema específico, no me venga con líos. Lo mismo se puede decir respecto a las marcas, que llevan peor si cabe la falta de foco y concreción, aparte de lo absurda que acaba siendo esa tendencia a aparentar ser más de lo que uno es (“Nuestra empresa”… “nuestros servicios”… “nuestros profesionales”… ¡si eres tú contigo mismo!). Al freelance, y a la marca, no tardan en saltárseles las costuras.

Entonces, ¿cuál es la solución?

Personalmente llevo tiempo dándole vueltas y explorando formas de comunicar mi realidad profesional que se adapten mejor a lo que soy y a lo que creo que es la forma de trabajar “del futuro” . Utilizar una nube de tags que dé visibilidad a la vez a muchos de tus vectores (profesionales y personales), hacer un listado no lineal ni exhaustivo ni con intención de coherencia para explicar cosas que he hecho, preguntar y dar visibilidad a lo que la gente dice de mí, publicar cientos de artículos a lo largo de los años, visibilizar mi red de contactos

Lo bueno es que, con estas fórmulas alternativas de “mostrarse al mundo”, pueden conocernos con un nivel de profundidad, detalle y matices que ningún curriculum podrá jamás acotar. “Para quién he trabajado”, “en qué años” y “en qué posición” es una información mucho menos relevante que todo lo que podemos poner a disposición (cómo soy, qué pienso, cuáles son mis habilidades, a quién conozco, con quién me relaciono, cómo trabajo…) a través de estas vías. Eso sí, exige tomarse alguna molestia más que mirar por encima un folio de papel.

A veces pienso que, desde un punto de vista de las empresas y más concretamente de la función de selección, se cae en el “síndrome de la farola“. Son como aquel borracho que buscaba las llaves bajo una farola porque allí había luz, aunque fuese consciente de que las llaves se le habían caído en otro sitio. El curriculum se sigue utilizando porque es cómodo, porque es conveniente; es la luz de la farola. Y parece que poco importa que las llaves estén en otro sitio.

Desde fuera, diría que esto es un problema para las organizaciones; pero ellas sabrán. En lo que a mí respecta, cada día estoy más cerca de abandonar por completo la idea de “hacer un curriculum”. Confieso que todavía hay dentro de mí cierta sensación de incomodidad, una reminiscencia de las “viejas formas de hacer”; si una empresa me pide un curriculum, aunque yo piense que  no sirve de nada y que no refleja bien lo que soy, se lo tendré que dar. Porque la empresa manda, y es una oportunidad que no puedes dejar pasar… ¿verdad? Pero francamente, cada día veo con mayor claridad que, a lo mejor, el mero hecho de que una empresa que quiera comenzar la relación por un curriculum es una señal de advertencia.



Mostrarnos como somos

Estuve el otro día en una charla de un headhunter. El foco estaba centrado en ver “cómo estaba el patio”, qué habilidades profesionales son las que se valoran en el mercado… todo esto desde el punto de vista de alguien que se pasa el día intermediando entre “demandantes” y “ofertantes” de empleo.

El caso es que, en un momento dado de la charla, mencionaba la importancia de tener cierta “visibilidad externa”, y cómo a él le gustaba ver candidatos que por ejemplo “tuviesen un blog”. Y claro, me sentí interpelado y tuve que intervenir :). “¿Hasta qué punto se valora, en esa visibilidad externa, el tener un blog con opiniones contundentes?”.

Llevo casi 12 años con el blog. He escrito mucho, y creo que en ocasiones me he significado bastante con mis ideas. Dentro de una cierta discreción, claro, pero siempre he tenido la duda de cómo se percibiría esto desde fuera… ¿no debería haberme ceñido más al “postureo”? ¿No estaría generándome problemas por escribir algunas de las cosas que escribo? ¿No debería escribir pensando más en “la imagen que transmito”, procurar ser más “el profesional perfecto”, pulcro y aseado, el yerno que gusta a las madres, el candidato perfecto?

La respuesta del headhunter se movió en los terrenos de lo políticamente correcto, claro. “Siempre está bien ver las ideas de las personas, ver la coherencia y el razonamiento… pero claro, tampoco se puede ser un subversivo”. O sea, que sí, que te signifiques pero no mucho. Que no hagamos postureo, pero tampoco nos pasemos de sinceridad.

Siempre he creído que es un poco absurdo intentar maquillar la realidad cuando se trata de encontrar un encaje, lo mismo me da personal que profesional. Hacerte pasar por lo que no eres, esconder bajo la alfombra partes de ti, fabricar un escaparate a base de escamotear información… no sé, es pan para hoy y hambre para mañana. Creo que es mejor exponerse tal y como uno es, “what you see is what you get”. Habrá muchos a quienes no les gustes, claro, e igual te da la sensación de que “estás perdiendo oportunidades”. Pero si somos sinceros, esas oportunidades no son tales. Porque tarde o temprano acabará aflorando la realidad, y entonces…



Son aquellas pequeñas cosas

“Experto en procesos de transformación y coach ejecutivo”. Estoy seguro de que si metes esta cadena de búsqueda en LinkedIn te salen tres millones de personas que se autoetiquetan de forma muy parecida. “A global professional services firm supporting world leading businesses with strategy execution and leadership development”, apuesto a que hay miles de empresas de consultoría que se anuncian con esta frase, o con una combinación parecida de las mismas palabrejas. Blah, blah, blah.

Pero claro, es que cuando haces el esfuerzo por “ponerte una etiqueta” resulta dificilísimo no caer en el cliché. A veces tratas de introducir un matiz, y te parece que has conseguido “ser diferente”; pero en realidad, visto desde fuera, eres básicamente indistinguible de todos los demás. Es como cuando ves esas “referencias de clientes anteriores” y todo el mundo ha trabajado para Telefonica, BBVA, Repsol…

Hace muchos años que vengo pensando que es muy difícil diferenciarse en los rasgos generales. Que el potencial de diferenciación está en las pequeñas cosas, los pequeños matices que solo se aprecian en el día a día. Detalles personales. Opiniones. Gustos. Reacciones. Puede que incluso banalidades y chorradas del día a día que, inadvertidamente, dicen mucho más de nosotros de lo que creemos. Además de mostrar lo que haces y cómo lo haces, también poner el foco en quién eres y cómo eres.

Claro, para eso hace falta mucho roce. No son cosas que quepan en una tarjeta de visita, ni en una web corporativa, ni en un perfil de LinkedIn. Es necesario el contacto sostenido en el tiempo. Por eso siempre he disfrutado tanto de los blogs primero, y de las redes sociales después, y de cualquier otro vehículo que permita tener ese “roce” de una manera natural y no intrusiva. Por eso siempre en mi presencia online he intentado ser “muy yo”. Incluso a riesgo de parecer “menos serio” o “menos focalizado”. Me aburre la gente que se ciñe a su personaje profesional, siempre tan correctos y tan dentro de su “área de conocimiento”, siempre construyendo y cuidando esa imagen prefabricada, esa fachada de cartón piedra para las visitas. No soy así. No quiero ser así. Y no creo que sea positivo ser así. Porque a base de cuidar tanto al personaje te transformas en uno más, indistinguible de todos los demás que hacen lo mismo.



Un valor difícil de vender

Lo bueno de no tener una trayectoria profesional “tradicional” es que no hay una inercia que te lleve a consumir un año tras otro sin darte cuenta. La contrapartida es que hay esa sensación constante de tener que llevar el timón, de decidir por dónde tirar, de no poder “dejarse ir”. Y no es un precio pequeño, no. Me decía un amigo ya hace años, cuando le contaba mis comeduras de coco, que no era sano pasarse la vida replanteándose cosas. No sé si es más o menos sano, pero sí sé que puede llegar a ser un agobio.

Precisamente ahora, que estoy en otro de esas “etapas de transición”, vengo dándole vueltas al “valor” que puedo aportar a una organización o a un proyecto. Y me doy cuenta de que vivo en una paradoja, y me explico:

Creo, sin falsa modestia, que por mis características puedo ser muy valioso dentro de una organización o proyecto. Tengo visión de conjunto, y “me entiendo” con perfiles muy distintos. Hablo “sistemas”, hablo “finanzas”, hablo “RRHH”, hablo “operaciones”, hablo “estrategia”. Soy de construir consensos y de tender puentes, más que de buscar conflictos. Tengo buenas dotes de análisis y de síntesis, lo que me permite poner el foco en lo importante, y mantener ese rumbo sin dejar que los detalles te acaben desviando. Comunico bien, y creo que soy muy “tratable” y cercano en las distancias cortas lo que me ayuda a “ganar adeptos” para la causa, y a trabajar “resistencias” cuando aparecen. En resumen, un perfil transversal que ayuda a que las cosas fluyan dentro de una organización, un “lubricante”. Una amiga y ex-compañera me definía como “el muelle” que hacía que las distintas partes del mecanismo funcionasen mejor entre ellas, que aportaba coherencia y visión de conjunto; siempre me sentí identificado con esa metáfora.

La paradoja reside en que este valor es difícil de vender. Se manifiesta y florece una vez que estoy dentro de un proyecto o de una organización, pero no es un buen argumento de entrada. Las empresas tienden a buscar “posiciones” (sea un “director de RRHH”, un “jefe de proyecto especializado en no sé qué tecnología”, etc.), y se centran en personas que “aporten experiencia acreditable en posiciones equivalentes”. O buscan un consultor “para hacer un proyecto concreto”, y restringen su búsqueda a los que se declaran “especializados” en ese ámbito. Y ahí mi perfil no destaca, mi valor no es evidente. Lo cual hace difícil “meter el pie” y empezar a hacer lo que sé hacer, mientras que otros con un perfil menos valioso pero más “concreto” pasan por delante de mí.

Y sucede que, cuando he intentado “concretarme” para adaptarme mejor a cómo funcionan las cosas… no me reconozco. No soy yo. Y las personas y oportunidades a las que “atraigo” de esa forma pueden llegar a ser muy insatisfactorias, porque están interesadas en un aspecto muy tangencial (el que yo haya “publicitado”) del valor que yo puedo aportar.

Y en esas ando, tratando de buscar una respuesta satisfactoria a esta paradoja que no pase por una casualidad.



Olvídate de la marca personal; deja que se vea la persona

Llevo años peleándome conmigo mismo sobre mi “marca personal”; no sabiendo si soy capaz de definirme como producto, ni si sé venderme. Leo sobre “branding personal” y hay momentos en los que siento que sí, que tiene sentido (eso de tener un objetivo bien definido, y una estrategia, y un plan, y…) y otros en los que algo dentro de mí se rebela; y supongo que por eso cada vez que he intentado ir por ese camino me he atascado rápidamente.

Hoy leía un artículo al respecto que pone negro sobre blanco algunas de mis inquietudes relacionadas con la marca personal.

Empecemos cuestionando la autenticidad. Dicen los expertos en branding que la autenticidad es una de las claves de una buena marca personal. Y sin embargo, el proceso consiste precisamente en coger tu yo auténtico (que es el que eres cuando no te preocupa cómo te ven los demás) y pulirlo, encauzarlo, “ponerlo bonito”. Tienes que tener una “estrategia”, tienes que “focalizarte”, tienes que dejar de hablar de cosas que distraigan de lo que quieres conseguir, siempre buscando la coherencia, los resultados. Pero claro, como dice la autora del artículo, “¿cómo vas a ser “auténtico” si te ves forzado a censurarte en aras de tu marca?“.

“Ya, pero lo que muestras es parte de ti, no estás engañando a nadie”. Bueno… eso me hace recordar a esos reportajes de las revistas del corazón en los que se hace una foto de la protagonista de turno (¡es ella! ¡es auténtica!) y se retoca hasta límites insospechados, eliminando cualquier presunta imperfección para fabricar (sí, fabricar) la imagen que se quiere mostrar. ¿Es ella? Sí… pero no. De nuevo citando a la autora, “cuanto más pensamos en nosotros en términos de marca, menos personal se vuelve todo. En vez de tu yo real, con todas sus circunstancias, tenemos un yo pulido y artificial, la versión que lanzamos al mercado“.

Pero es que además tengo mis dudas de que sea una estrategia que funcione, más allá de que filosóficamente me pueda gustar más o menos. Imaginemos que desarrollas tu estrategia para tener una marca muy definida, darle visibilidad, etc… con el objetivo de posicionarte como experto y destacar en un determinado segmento. Quieres ser “el detergente que lava más blanco”… igual que lo quieren ser decenas de otros. ¿Pueden destacar todos a la vez? ¿Pueden conseguir todos aparecer en la primera posición cuando se busca en google? Es evidente que no. En el esfuerzo por destacar te conviertes en un commodity, difícilmente distinguible de tantos otros con un perfil básicamente igual que el tuyo. Todos con una foto similar estilo gurú, todos con una frase definitoria que combina el “experto en” con el “apasionado por”, con una bonita web en la que se regurgitan una y otra vez los mismos temas, con una cuenta de twitter que retuitea a intervalos regulares los mismos links de las mismas fuentes, con uno, dos o tres libros publicados que se pierden en la marea de libros de la misma temática…

¿Realmente esto vende? Mmmm… Sí, es verdad que a veces tienes muy claro que necesitas un “experto en X”, te vas a google y revisas los resultados. O intentas pensar en alguien a quien hayas visto en la tele, o cuyo libro se haya reseñado en la prensa del ramo, o que te suene de twitter. Y aun así, lo que ves no es suficiente. Puedes deducir un conocimiento técnico (al menos su apariencia; no olvidemos que estamos viendo la cara pulida que nos quieren mostrar), pero… ¿es alguien con quien vas a trabajar bien? ¿va a tener un encaje cultural con tu organización? ¿compartís unos códigos suficientes como para que la cosa funcione? El que va a contratar a un experto… ¿necesita que sea el “experto number one” (de hecho, ¿está capacitado para evaluarlo?), o le vale que sea un tipo solvente en lo suyo que además te ha dado pistas de que te vas a entender bien con él?

Creo que el CV es una herramienta muy pobre para establecer relaciones profesionales. Y creo que la “marca personal” así construída no deja de ser una evolución del CV: más amplio, multicanal… pero en el fondo una forma de “poner el escaparate” tratando de llevar la atención a un aspecto parcial y prefabricado de tu persona.

¿La alternativa? Creo en mostrarte tal y como eres sin estar continuamente pendiente de si es lo que los demás quieren ver. Creo en mezclar cuestiones profesionales con cuestiones personales, porque no somos compartimentos estancos. Compartir tus éxitos, y también tus tropiezos y tus dudas, porque nadie somos perfectos. Creo que hay que demostrar lo que haces y cómo lo haces, pero también quién eres y cómo eres. Creo que cuanto antes arrojes luz sobre todas tus características relevantes menos tiempo pierdes tú y menos tiempo haces perder a los demás. Creo que establecer conexiones personaleses un camino mucho más fiable para el éxito que el fabricar y publicitar un perfil brillante (y frío), y creo que para que las conexiones personales nazcan y fructifiquen hace falta mucho más que demostrar tu lado técnico; hace falta calidez, hace falta incluso un poquito de banalidad. Hace falta, en definitiva, ver a la persona más que al experto.



Soy una nube (de tags)

Tras un periodo más o menos largo de relativa estabilidad profesional, vuelvo a enfrentarme a uno de mis temas recurrentes: el de”cómo definirme”, el de “cómo presentarme”. Los más viejos del lugar recordaréis que es algo que he tratado en el pasado (de hecho, ¡desde el primer mes de blog!), que cada X meses sentía esa inquietud sobre cómo reflejar mi yo “polímata” y si era posible reducirlo a un nombre. Incluso llegué a preguntar cómo me veían los demás a ver si por ahí sacaba algo en claro.

El otro día charlaba con un compañero que estaba un poco en esa misma tesitura… “¿Qué pongo en mis tarjetas de visita?”. En ese momento lo vi claro… “¿por qué no lo ponemos todo?”. Porque eso es lo que somos. Es imposible que cualquier simplificación nos haga justicia, y en el camino perderemos muchos matices relevantes.

Así que planteé (para él, y para mí) lo siguiente: hagamos un brainstorming en el que pongamos todas las características que creamos que nos definen. Áreas de interés, valores, rasgos de la personalidad… nos salieron decenas de palabras. Intentemos agruparlos/simplificarlos, pero solo hasta donde tenga sentido; a lo mejor pasamos de 90 a 60, pero lo importante es no dejar fuera ningún matiz que nos parezca importante. ¿Somos capaces, además, de establecer una cierta jerarquía entre ellos? ¿De separar los “esenciales” de los “complementarios”? Hagamoslo también.

Y para poder mostrar este batiburrillo, recurrí a la “nube de tags” o nube de etiquetas, una interesante representación visual de texto jerarquizado, donde una serie de conceptos “pesan más” (aquellos que has definido como más relevantes) y otros “menos” (pero ahí están). El que quiera quedarse con lo esencial, se fija en las “letras gordas”. El que quiera bucear en los matices, a la letra más pequeña.

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Me gustó el ejercicio. Me sentí representado, mucho más de lo que me he sentido por otras vías. Tanto, que voy a empezar a usar mi “nube de tags” para identificarme. Porque “lo que soy” son muchas cosas, entre las que creo que tienen mucha importancia el “cómo soy”. Es más, esta nube de tags representa a quien yo soy a día de hoy (o creo ser; que siempre hay una distorsión entre lo que uno cree que es y lo que los demás perciben)… y es muy posible que a lo largo del tiempo (semanas, meses, años) vaya variando; posiblemente no en lo esencial, pero si puliendo matices, añadiendo o eliminando áreas de interés, etc.

Seguramente sea un enfoque confuso para muchas personas, acostumbrados como estamos a “encajonarnos” en clasificaciones cerradas. Pero yo ya me cansé de intentar definirme en dos o tres palabras; son demasiado pocas.



Escondernos tras una marca

Hace poco me sugerían unirme a un colectivo, autodenominado como “think tank”. El objetivo: elaborar contenidos, intercambiar ideas… y potencialmente explotarlas a posteriori. Un nombre chulo, posiblemente una web colectiva…así de inicio suena bien, “qué guay”. Pero luego, en una segunda pensada… ¿qué es eso, más allá de “Fulano, Mengano y Zutano escribiendo cosas”? ¿En qué medida eso supera a “Fulano escribe en su propio blog, lee los blogs de los demás, se comentan mutuamente, comparte cada uno lo que le parece interesante… y si surge una oportunidad concreta de colaborar en un proyecto se ayudan entre ellos”?

No es la primera vez que lo veo. Personas individuales que por algún motivo deciden “unir esfuerzos” y cobijarse bajo una marca. Como si esa marca fuese a darles más fuerza, más importancia. Hasta yo mismo caí en eso en tiempos de “Digitalycia”. Y sin embargo…

Es verdad. Una marca “corporativa” parece más fácil de “empaquetar”, de vender. Más fácil de poner en una tarjeta de visita. Pero por otro lado, tengo la sensación de que agarrota una realidad que es mucho más fluida. Supone congelar algo en el tiempo, y pretender que eso siga vigente. Fulano y Mengano puede que tengan hoy mucha afinidad, pero… ¿esa afinidad (no hablo de “relación personal”, que también es relevante, sino de pensamiento, de intereses, de forma de trabajar…) se mantendrá en el tiempo? ¿Aplica a todos y cada uno de los temas que la “marca común” puede abordar? Y si no es así (que evidentemente pienso que no lo es)… ¿no empezará a chirriar, más pronto que tarde, esa pretendida “marca unitaria”?

Cada día estoy más convencido de que la “organización en red” no puede ser afrontada de otra forma que “entre individuos”. Porque la esencia de la organización en red es la fluidez, el dinamismo. Hoy me siento más afín a ti, mañana me siento más afín a otro. En este tema estamos bastante de acuerdo, en este otro discrepamos. Incluso yo mismo pienso hoy una cosa, y mañana otra. O cambian mis intereses. Cada día se va reformulando la red, creando y fortaleciendo unas relaciones, debilitando e incluso desapareciendo otras. Y las marcas son, para mí, una fuerza en sentido contrario a ese dinamismo.



Marcas personales compatibles con una marca corporativa

El otro día leía un tuit que hablaba sobre marcas personales vs marcas corporativas. Decía Roberto Palencia…

Hay gente que trabaja tanto su “marca personal” que después hace dificil ficharla laboralmente para una “marca corporativa”

Me interesó cómo se planteaba el hecho de tener una marca personal sólida como un problema de cara a integrarse en un momento dado en una marca corporativa. Creo que no le falta razón. Esta dualidad supone un problema… siempre que la marca corporativa tenga un nivel de compatibilidad bajo con la marca personal.

Siempre he defendido el valor de una cultura corporativa fuerte (que normalmente es la base para una marca corporativa fuerte… si no todo es un soufflé del departamento de marketing que no es sostenible a medio plazo). Una marca corporativa fuerte delimita de forma muy clara lo que la compañía quiere y lo que no, lo que defiende y lo que busca. De forma análoga, una marca personal bien definida hace lo propio con el individuo.

Y efectivamente cualquiera de las dos circunstancias hace mucho más complicado el proceso de emparejamiento. Una marca corporativa fuerte no estará dispuesta a integrar a cualquiera; de hecho, si quiere seguir siendo una marca consistente, tenderá a incorporar personas con un elevado nivel de compatibilidad. Pero exactamente lo mismo ocurre desde el punto de vista del individuo… no estará dispuesto a trabajar “con cualquiera”, sino solo con aquellas compañías en las que haya una gran (nunca total, eso es casi imposible) comunión con lo que defiende a nivel individual y que constituye la esencia de su marca personal.

Así que sí. A una persona con marca personal fuerte le costará más “encontrar trabajo”. Y a una compañía con marca corporativa fuerte le costará más “incorporar talento”. Es consecuencia directa del empeño en mantener unos determinados niveles de exigencia. La alternativa es “bajar el listón”, conformarse con cualquiera… y el precio es la dilución de las marcas, tanto de uno como de otro.



De retoques excesivos

Estos días publicaba la revista “¡Hola!”, por su aniversario, un reportaje protagonizado por Isabel Preysler y Carmen Martínez-Bordiú. Como cuentan las crónicas, “un amplio reportaje fotográfico en el que ambas aparecen radiantes, tanto que no parecen ellas. De hecho, el tratamiento con Photoshop de las imágenes es excesivo y hace que las dos musas del papel couché -que tienen la misma edad, 63 años- parezcan auténticas jovencitas veinteañeras. A los editores se les ha ido la mano con el retoque y tanto sus cuerpos como sus rostros simulan haber hecho un espectacular pacto con el diablo. Un gran trabajo que, sin embargo, ha provocado las burlas en las redes sociales, en donde no han tardado en surgir numerosos comentarios jocosos al respecto.”

Existe la tentación (y el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra) de, cuando nos toca presentarnos en público, ofrecer nuestra mejor cara. Buscar el perfil bueno, ocultar nuestros defectos, aplicar algún filtro discreto, hacer un poco de preproducción y postproducción. En nuestra apariencia física, en lo que decimos, en cómo lo decimos. Mejor el mensaje grabado (y editado) que el directo, mejor la entrevista censurada, mejor la foto retocada. Mejor el control que la naturalidad. Un poquito, ¿quién lo va a notar? Hay que vender el producto.

Pero ay, ése es un camino por el que es muy fácil deslizarse sin control. Porque un poquito por aquí, otro poquito por allá, acabamos transformando la realidad a nuestro antojo, ofreciendo al mundo una versión de nosotros mismos que no se parece en nada a la original.

Y oye, no pasa nada mientras nadie tenga la ocasión de ver el contraste. El problema es cuando alguien puede poner frente a frente la versión hiperretocada que nos hemos inventado, y la versión real de todos los días. Y, como en el caso de la Preysler y la Martínez-Bordiú, las risas se oyen por doquier.



Cuidar tu marca, todos los días

El otro día me invitó un antiguo jefe a dar una charla en un máster en el que él daba clase para contar algunas de las experiencias que habíamos compartido. El perfil, jóvenes post-licenciados (¿se siguen llamando licenciados?). Bueno, gente joven con poca o ninguna experiencia laboral, vamos. El caso es que empezamos la charla contando cómo nos habíamos conocido, cómo habíamos empezado a colaborar; él tenía una necesidad, preguntó en su círculo cercano, y alguien que había trabajado previamente conmigo pensó que podía encajar. Y así fue.

Me pareció interesante, viendo el perfil de la audiencia, enfatizar esta circunstancia. “Pensad”, les dije, “que por mucha licenciatura y mucho máster que tengáis, vuestro curriculum es básicamente indistinguible de otros muchos miles. En un proceso de selección es muy difícil, por no decir imposible, que destaquéis. En vuestra carrera profesional las oportunidades van a venir por otro sitio: la gente a la que vayáis conociendo, y la impresión que tengan de vosotros. Y esa impresión se forja cada día, con vuestra actitud, vuestro trabajo, vuestra forma de actuar. Así que no os descuidéis, porque nunca sabes dónde y cuándo alguien puede estar en situación de hablar bien (o mal) de vosotros, ni qué puertas se os van a abrir o a cerrar en consecuencia”.

Mi anfitrión cogió entonces el testigo y apostilló: “mirad, del tiempo que os he tenido aquí, tengo clarísimo que hay algunas personas con las que no trabajaría nunca; otras con las que creo que me entendería bien; y de muchas otras ni me voy a acordar pasados unos días”. Fue un mensaje contundente, diría que hasta duro. A alguno creo que le resultó incómodo oirlo. Pero…

Va a hacer 15 años que empecé en el mundo profesional. Esto es algo que a estas alturas tengo clarísimo, que he visto con mis propios ojos, que he experimentado en mis propias carnes. El mundo se mueve así. El trabajo que haces cada día, cada interacción con alguien, es una oportunidad para incrementar (o disminuir) la consideración que te tengan. Y cuanta más gente haya pensando que merece la pena trabajar contigo, más oportunidades vas a tener. Cada vez que te muestras profesional, competente, resolutivo, respetuoso, buen compañero… estás incrementando las probabilidades de que te pasen cosas buenas. No, lamentablemente no hay una correlación perfecta, y siempre podremos encontrar a alguien fantástico a quien no le salieron bien las cosas, o a aunténticos imbéciles que consiguen progresar. Pero esos ejemplos no deben desanimarnos, ni hacernos pensar que no hay relación. Es de cajón, piensa en ti mismo… si te dieran la oportunidad de formar tu equipo, de elegir con quién quieres trabajar… ¿a quién elegirías?