Creatividad para knowmads

A veces tenemos el concepto de que la “creatividad” es algo reservado a algunos perfiles muy acotados: artistas, diseñadores, publicitarios… gente así como muy concreta (seguro que te ha venido la imagen de alguien con camisetas molonas, zapatillas y un peinado peculiar). Incluso podemos pensar que “ser creativo” es una especie de talento natural, que hay quien lo tiene y quien no. Y sin embargo…

¿Te has parado a pensar en cuántas ocasiones te vendría bien “ser creativo”? Quizás sea a la hora de plantear una estrategia, o de diseñar un producto, o de crear un contenido… enfocar un documento, plantear alternativas a un proceso, buscar argumentos para una conversación, hacer una presentación… Ya, ya sé que eso no parece “ser creativo”, que no hay colorines (porque parece que “ser creativo” tiene que ver con eso, con los colorines).

El caso es que “ser creativo” tiene mucho de actitud, y de “oficio”. Y que todos nos podemos beneficiar de tener en nuestra “bolsa de herramientas” algunas técnicas que nos permitan resolver problemas de forma diferente y, quizás, mejor.

De todo esto hablaba un día con mi amigo Ata Arróspide, a la sazón creativo publicitario, y pensé: ¿y si grabamos una de estas conversaciones para el podcast? Dicho y hecho, aquí echamos un rato hablando de creatividad, de qué es (y qué no), y de cómo podemos todos intentar ser un poco más creativos.

(Ya sabes, mi podcast Diarios de un knowmad está disponible en iVoox, iTunes y demás plataformas de podcasting… no digo nada :D)

Algunos de los temas que fueron saliendo:

  • 01:45.- ¿El creativo nace o se hace? Ata plantea que la creatividad es sobre todo una actitud, una voluntad de no transitar los caminos trillados a la hora de abordar un problema. La creatividad no es espontánea, sino que se puede trabajar.
  • 05:40.- Hablamos sobre cómo podemos introducir más creatividad a la hora de afrontar un problema. Partiendo de la voluntad de “tirar el manual” y buscar alternativas, exploramos algunas técnicas: preguntar a quien no sabe nada del tema, jugar con el absurdo, cambiar códigos, generar ideas por rutina (al estilo de James Altucher), la exageración, extrapolar una idea a otros agentes…
  • 17:35.- Enfocamos la creatividad desde un punto de vista utilitarista: nos sirve para buscar una mejor solución a un problema. Hablamos del briefing como herramienta para explorar el problema, y de cómo muchas veces el problema está enmascarado y hay que buscarlo, muchas veces dando un pasito para atrás y buscando “el proyecto detrás del proyecto”. Mencionamos design thinking, o la visión de Edgar Schein sobre la “humble inquiry”.
  • 30:47.- Hablamos sobre la probabilidad de que “la primera idea sea la buena”, y cómo hay argumentos a favor (a partir de la frescura vs. el anquilosamiento que viene después) y en contra (la necesidad de explorar distintos caminos antes de decidir que uno es el correcto). No es tanto generar muchas ideas entre las que elegir (que puede generar cierta parálisis) sino buscar distintos enfoques.
  • 36:45.- Planteamos distintos ámbitos en los que la creatividad puede ser útil: incluso para diseñar un aburrido formulario o un triste proceso administrativo.
  • 40:18.- Comentamos las dos fases diferentes que participan en el proceso creativo: la generación vs. la posterior edición y refinamiento. Y la importancia de abordarlos cada uno desde su prisma.
  • 44:00.- Ata plantea, a modo de resumen, algunas recomendaciones para meter más creatividad en nuestros procesos mentales: hacerlo de forma consciente, renunciar al camino habitual, centrarse en el problema, no cortarse (silenciar la crítica, incluida la propia) y permitirse jugar y explorar.
  • 49:24.- Sobre la base de esta última idea, planteamos que la creatividad (como el aprendizaje, como el éxito) tiene mucho más de exploración que de camino recto y perfectamente definido. Hablamos de lo agotador que puede ser vivir en esa incertidumbre permanente, y de cómo determinadas situaciones habituales (las prisas autoimpuestas, el número de intermediarios validan las ideas…) no ayudan.
  • 59:00.- Cerramos retomando un tema clave a la hora de pensar en términos creativos: que “ser creativo” es sobre todo una actitud frente a los problemas, una voluntad de buscar soluciones eficaces que no son las convencionales.

Cuatro imprescindibles para tu mochila profesional

Esta semana participé en la “III Semana Empresa en el Aula” organizada por la Facultad de Ciencias Empresariales y del Trabajo de Soria. Mi objetivo era trasladar a los estudiantes universitarios algunas ideas sobre su futuro profesional con la esperanza de que les sirviese como llamada de atención.

Tras una vida de certidumbres…

La vida del estudiante no es fácil: clases, apuntes, trabajos, horas de estudio, exámenes… por supuesto, todo eso está ahí. También, no nos vamos a engañar, una nada desdeñable parte lúdica. Pero si algo caracteriza la vida del estudiante es la certidumbre. Desde que entras en el sistema educativo, todo está diseñado como un camino perfectamente delimitado. Empiezas en la educación infantil, luego va la primaria, luego va la secundaria, el bachillerato, la universidad… cada una de esas etapas con los pasos bien claros: primero, segundo, tercero… hay alguien que define “qué tienes que estudiar”, “de qué te vas a examinar”… y quitando un par de decisiones puntuales el resto del tiempo sabes a qué atenerte.

Pero eso llega a su fin. Estás a punto de terminar la carrera… ¿y después qué? Algunos buscan en un master la prolongación de la vida del estudiante. Y funciona, sí. Durante unos meses. Pero al acabarlo, la pregunta es la misma. ¿Y ahora qué?

Hice un ejercicio con los asistentes a la charla, en el que les pedía que expresasen con palabras concretas las sensaciones que tenían respecto al futuro. Y éste es el resultado…

Miedo, incertidumbre. Normal…

Yo he estado allí

¡Cómo no empatizar con ellos! No hace tanto (bueno, el tiempo es relativo) yo era un jovencito universitario exactamente en la misma situación. Después de años con una visión bastante clara de lo que deparaba el futuro, me enfrentaba a lo desconocido, a un viaje con destino incierto.

Y ahora, veinte años después, estoy en condiciones de contarles qué es lo que hay al otro lado. Lo que no sé es si les gustará lo que tengo que decirles… porque son una serie de verdades incómodas.

Antes de hacer el equipaje…

Si vas a iniciar un viaje… ¿qué metes en tu maleta? Pues depende, claro. Depende del tiempo que vaya a hacer, porque no es lo mismo ir a un destino soleado, con 25 grados de temperatura, que ir a un escenario de viento, lluvia y frío.

¿Qué metemos en el equipaje para nuestro viaje profesional? Pues veamos qué dice la previsión del tiempo…

  • La incertidumbre no termina: podría existir la esperanza de que, pasados unos primeros momentos de adaptación al mundo laboral, la cosa se calma y puede uno volver a estar tranquilo. Vana esperanza. La incertidumbre es la norma, y cada vez más. La tecnología, la demografía, los cambios sociales… todo se acelera. Las normas cambian cada dos por tres. Tendremos muchos trabajos, en muchos ámbitos distintos. No hay forma de relajarse y dejarse llevar. Seremos como Sísifo, condenados una y otra vez a reinventarnos.
  • Nadie nos debe nada: no, da igual que tengas dos carreras y un master. Nadie te debe nada. Nadie tiene por qué asumir la responsabilidad de solucionarte la vida. ¿Es un desengaño para ti? Quizás alguien te prometió lo contrario. O quizás a ti te resultó más cómodo entenderlo así. El caso es que no sucede. Y si te quedas esperando a que te den “lo que te deben”… lo llevas crudo.
  • Hace falta valor: pero no del de “ser valiente”, sino del de “ser valioso”. “De la petanca no se puede vivir”, parece claro. ¿Y qué te hace pensar que de “lo que haces tú” sí, así por decreto? No, las cosas no funcionan así. ¿Por qué alguien va a desprenderse de parte de su dinero? Sólo si lo que tú le aportas a cambio le compensa, si le aportas un beneficio mayor que aquello a lo que renuncia. Ése es el punto de partida. Y luego a ver cómo está la oferta y la demanda en ese campo… porque el que tiene más alternativas para elegir tendrá la sartén por el mango.

Al mal tiempo… paraguas

Ojalá la previsión del tiempo fuese diferente. Pero es la que es, y el viaje hay que hacerlo de todas maneras. Así que veamos, ¿qué metemos en nuestro equipaje? ¿Qué habilidades y herramientas nos pueden ser útiles para afrontar un futuro profesional incierto? Aquí van cuatro:

 

No están todas las que son, pero seguro que sí son todas las que están. Meter todas estas cosas en tu mochila no hará que el tiempo cambie, pero te ayudará a sobrellevarlo mejor. Y desde luego, éstos no son consejos que valgan sólo a “jóvenes universitarios”. La previsión del tiempo es la misma para todos. Y en realidad todos estamos haciendo el mismo viaje.

Sigamos caminando.

Un ejemplo de microaprendizaje a demanda: audacity y el podcast

El otro día viví una experiencia de “microaprendizaje a demanda“. Pero mejor primero la cuento, y luego le ponemos la etiqueta.

Desde hace unos meses vengo experimentando en el mundo de los podcasts. Lancé primero el podcast Skillompent (con entrevistas y reflexiones sobre aprendizaje y desarrollo eficaz de habilidades), y más recientemente “Diarios de un knowmad” (sobre desarrollo personal y profesional para trabajadores del conocimiento). El caso es que cuando empecé a hacerlos, elegí la herramienta Audacity para grabar y mezclar el audio.

¿Por qué Audacity? Pues porque es software libre que de hecho tenía instalado desde hace siglos. Tampoco es que nunca lo hubiera usado mucho, un poco de trasteo de higos a brevas… en fin, lo suficiente como para conocer los rudimentos pero desde luego no como para considerarme un experto.

El caso es que durante estos meses he estado grabando y editando los podcasts con ese conocimiento básico. Salía con el empleo, pero con la sensación de que había cosas que tenían que ser más fáciles. Así que el otro día estaba trasteando en Youtube y llegué a un vídeo donde una persona mostraba cómo editaba un episodio de su podcast de principio a fin. Lo estuve viendo y “¡oh!”. De repente vi cómo el tipo hacía de forma sencilla algo que yo llevaba rumiando un tiempo (en concreto; cómo ajustar el inicio de una pista con el final de otra… yo lo hacía metiendo silencio si quería llevarlo a la derecha, o cortando a ojo si quería llevarlo a la izquierda… en fin, pedalero total). “Anda, mira, lo que hace es cortar la pista con esta opción… y luego usa esta herramienta para arrastrarlo a derecha e izquierda”. Y… “anda, mira, aplica un filtro que se llama compresión y que mejora el audio”. Y… “anda, mira, para que no se le acumulen cosas en la pantalla se pueden minimizar las pistas”. Y… “anda, mira, si se puede editar el mono en vez de en estéreo y no pasa nada”.

En definitiva, cuatro cosas super concretas, directamente aplicables, que resuelven problemas concretos que yo tenía. No voy a tener que tomar apuntes, no voy a tener que repasar. No es un “curso experto en edición de audio”, ni un “tutorial completo de Audacity”. Simplemente son un conjunto de microhabilidades que he incorporado de forma natural e inmediata a mi repertorio.

Hablamos de “microaprendizaje”, porque no he tenido que hacer un curso de x semanas para adquirirlo, ni leer un libro de no sé cuántas páginas. Ha sido algo que se ha resuelto de forma concreta y rápida.

Y hablamos de “a demanda“, porque la inquietud por explorar eso ha surgido de una necesidad mía, que ha sido la que me ha impulsado a buscar una respuesta (y de paso he encontrado un par de tips más).

El caso es que, si te paras a pensar, hay muchas cosas que aprendemos así. Tenemos un problema, buscamos la solución. Si es algo que hacemos de forma mínimamente recurrente, el aprendizaje se interioriza de forma natural, casi sin esfuerzo. Te invito a pensar en todo lo que sabes a día de hoy… y cuánto ha venido de esta forma. A lo mejor eso debería darnos alguna pista…

Da igual lo que quieras ser de mayor

Estuve en este evento sobre “el futuro del empleo” (está bastante interesante, especialmente la mesa redonda) y, en un momento dado, el divulgador Pere Estupinyà planteaba una reflexión interesante sobre esa pregunta tan clásica… “¿Qué quieres ser de mayor?”

¿Qué quieres ser de mayor?

Es la típica pregunta que se les hacía (y todavía se les hace, supongo) a los niños. Es gracioso ver como sus mentes infantiles van respondiendo según los estereotipos sociales. Quiero ser astronauta, o policía, o médico/a, o veterinario/a, o profesor/a, o artista, o cocinero/a, o escritor/a, o youtuber… Evidentemente en niños pequeños es totalmente intrascendente, su conocimiento del mundo es limitado y cualquier respuesta que den no va más allá de generar un momento “cuqui”.

La cuestión es que, a medida que van creciendo, la pregunta se les va repitiendo. Y ya no tiene tanta gracia. “¿Ya tienes pensado a qué te quieres dedicar? ¿Qué vas a estudiar?”. Su conocimiento del mundo sigue siendo limitado (aún me acuerdo de mí mismo diciéndome que querría ser “ingeniero”, sin tener ni puñetera idea de lo que implicaba ser un ingeniero… no, al final no fui por ahí), pero la presión crece.

Y no desaparece. En realidad a medida que transcurre nuestra vida seguimos azotándonos con la pregunta… “¿Dónde te ves dentro de cinco años?” no deja de ser la traslación adulta del “qué quieres ser de mayor”. Si en vez de “cinco años” pensamos en veinte, o en treinta… dan escalofríos.

De mayor vas a ser muchas cosas…

La cuestión es que, como planteaba Pere, se trata de una pregunta que si en algún momento tuvo sentido, desde luego ahora ya no lo tiene. “De mayor” vas a ser muchas cosas, porque no vas a tener una “profesión para toda la vida”. Vas a ir desempeñando muchos roles a lo largo de los años, y seguramente sean muy dispares. Distinta ocupación, distinta responsabilidad, distinto sector, distinto lugar, distintas habilidades requeridas…

A veces, de hecho, esos roles se desarrollarán en paralelo: vas a participar en un proyecto ejerciendo de una cosa, mientras que eres voluntario en una asociación, das clases en un master, eres presidente de la comunidad, inversor en un negocio, entrenador del equipo de fútbol de los niños, cuidador de una persona mayor… todo a la vez, sin posibilidad de separar lo uno de lo otro.

Es más, de todas esas ocupaciones diversas que vas a tener a lo largo de tu vida, muchas de ellas ni siquiera eres capaz de conceptualizarlas, ni de saber que van a existir. Piensa en cómo ha cambiado el mundo en los últimos 30 años… ¿te imaginas cómo puede ser dentro de otros 30? Y si piensas en tus hijos… ¿cómo era la vida 50 años de que ellos nacieran, y cómo será cuando ellos tengan esos 50 años? ¿Cómo les vas a pedir que sean capaces de imaginar “qué van a ser de mayores”?

Una pregunta inútil

En este contexto de incertidumbre y de dispersión de opciones, parece claro que “qué quieres ser de mayor” no es una pregunta especialmente útil. Quizás haya que pensar en otras. Como por ejemplo, “qué herramientas vas a desarrollar para poder adaptarte a todos esos cambios”.

Por eso lo que estoy haciendo con Skillopment me resulta estimulante; porque desde esa perspectiva de incertidumbre (o mejor aún, de certidumbre en la inestabilidad y en la variabilidad) es clave ser consciente de que tus habilidades son las que te van a permitir adaptarte a los escenarios que surjan. Y que cuanto más ágil seas a la hora de desarrollar esas habilidades, mejor.

En la vida te va a tocar tirar muchas veces los dados. Y ya sabes, cuantas más habilidades tienes y más desarrolladas están, más probable es que tengas suerte.

¿Merece la pena esforzarse en aprender?

Esta pasada semana tuve la oportunidad de compartir mis ideas sobre aprendizaje y desarrollo eficaz de habilidades en una de mis charlas. Y en el turno de preguntas surgieron varias interesantes, entre ellas la siguiente:

“Con toda la información que hoy tenemos disponibles, a distancia de un click… ¿hasta qué punto merece la pena hacer el esfuerzo de aprender?”

A lo largo de la charla yo había planteado, siguiendo mi discurso habitual, la importancia del desarrollo de habilidades de cara a mejorar nuestras opciones de futuro. Y la exigencia derivada de un verdadero proceso de aprendizaje eficaz, uno que lleve a la verdadera interiorización de esas habilidades.

La pregunta planteaba un dilema: ¿realmente es necesario recorrer ese exigente camino? ¿no nos vale con recurrir, en caso de necesidad, a la información que ya tenemos a mano?

Utilizaré un ejemplo personal para ilustrar mi opinión al respecto

La declaración de la renta

Yo tengo ciertos conocimientos fiscales. Durante la carrera tuvimos una asignatura que nos permitió tener una visión de la estructura del IRPF. Desde que empecé a trabajar me he encargado de hacer mis declaraciones y las de mi mujer.

¿Puedo decir que “sé” hacer declaraciones de la renta? Bueno, con bastantes limitaciones. Sé hacer lo básico, con cuidado y mirando bien las instrucciones. Cuando me he encontrado con alguna cosa especial (p.j. un año que tuve que hacer una complementaria para “deshacer” una aplicación de la exención por reinversión en vivienda habitual, u otro año que tuve que reflejar una venta de un producto financiero) he tenido que recurrir a leer los manuales, y he “sudado tinta” para llegar a hacer lo que tenía que hacer.

Desde luego, no estoy capacitado para dedicarme profesionalmente a hacer declaraciones de la renta, ni a asesorar a nadie en su elaboración. Soy lento, avanzo con inseguridad, y hay muchísimas casuísticas que no controlo.

Ahora bien, ¿me merece la pena esforzarme por aprender con un mayor nivel de profundidad? ¿Llegar al punto donde pueda hacer declaraciones “como churros”, en el que esté perfectamente preparado para saber plasmar cualquier situación por peregrina que sea?

No lo parece. Hago una (o dos) declaraciones al año. El 95% de ellas es muy parecida de un año a otro, y sólo de forma muy ocasional surge un tema que me exige “romperme la cabeza”; incluso en esos casos tengo la opción de recurrir a un experto. En esas circunstancias, no parece que tenga mucho sentido dedicar tiempo, esfuerzo y recursos a interiorizar esa habilidad ni a desarrollarla a mayor nivel.

El usuario avanzado de Excel

Tomemos, por el contrario, una habilidad que a lo largo de los años me ha sido muy útil, como puede ser la de analizar, organizar y presentar información. Pensemos por ejemplo en la herramienta Excel, que he usado de forma extensiva en todo este tiempo. ¿Tendría sentido que, cada vez que me enfrento a la tarea de organizar información en una hoja Excel, tuviese que pararme a pensar “a ver cómo hago esto”, “qué función es la que tengo que usar”, “cómo era la sintaxis de esta función”, “dónde estaba la opción que me permite hacer tal cosa”?. No. A diferencia de “hacer declaraciones de la renta”, ésta es una habilidad que me viene bien tener interiorizada. Hasta el punto en que haga las cosas casi de forma automática, sin pensar. Hasta el punto en el que alguien, viéndome desde fuera, piense “es alucinante, ¿cómo puedes hacer esas cosas?”

No soy el mayor experto en Excel del mundo, ni mucho menos. Llego hasta donde llego, y hay situaciones en las que tengo que recurrir a buscar cosas que no sé hacer. Pero con lo que sí sé hacer me defiendo de forma muy solvente.

Habilidades nucleares y habilidades secundarias

Los ejemplos que he planteado nos llevan a una distinción entre dos tipos de habilidades: las habilidades “nucleares”, y las habilidades “secundarias”.

Las habilidades “nucleares” serían aquéllas que, por frecuencia de uso y por impacto, nos conviene tener interiorizadas. Esas habilidades por las que merece la pena someterse a un proceso de aprendizaje que será exigente, ésas a las que merece la pena dedicarles tiempo, esfuerzo y recursos. Ésas que, una vez adquiridas, nos permitirán ponerlas en uso casi sin pensar, con un nivel de solvencia muy elevado.

Y luego habrá una serie de habilidades “secundarias”. Aquéllas que sólo necesitamos poner en práctica de vez en cuando, y sin un grado elevado de exigencia. Aquéllas en las que podemos permitirnos “salir del paso”, aquéllas en las que no pasa nada si vamos lentos, o si no lo hacemos de forma excelente, o si tenemos que recurrir a buscar información o incluso a la ayuda de un externo.

No diría que ésta sea una categorización estricta, donde una habilidad es “nuclear” o “secundaria”. Más bien hablaría de un continuo, desde el “no tengo ni puta idea (ni falta que me hace)” hasta el “soy un experto de talla mundial”, en la que podríamos situar las habilidades según las necesitemos en nuestra vida. Y según lo necesaria que nos resulte esa habilidad merecerá la pena o no hacer el esfuerzo por aprender.

¿Cuáles son las habilidades “nucleares” que debes desarrollar?

Ya imaginarás la respuesta: depende.

Depende de ti, de tu actividad actual, y de cuál quieres que sea tu actividad en el futuro. “Cocinar” por ejemplo puede estar situada en ese continuo en el extremo más “secundario” (si vives en casa con tus padres y la comida te la ponen en la mesa, y como mucho tienes que calentar una pizza de higos a brevas en el microondas; y si un día te ves obligado a cocinar, sigues la receta y que sea lo que dios quiera) o en el más “nuclear” (si eres un chef en un restaurante de categoría, donde no sólo tienes que sacar los platos perfectos si no encima innovar y promover cambios a diarios).

Por tanto, de cara a plantearse cuáles son las habilidades que uno tiene que desarrollar, a cuáles merece la pena dedicar tiempo, esfuerzo y recursos para llevarlas al nivel “nuclear”, hay que partir de un análisis de qué tenemos y qué necesitamos. Un análisis que merece la pena, porque nos permite enfocar nuestros proyectos de aprendizaje en aquello que más impacto puede tener y sacar el mayor provecho de nuestra capacidad limitada de aprender.