¿Y qué es una empresa tecnológica?

Escuchaba no hace mucho, en una charla, que se decía que “el futuro es de las empresas tecnológicas”. Hablaba de Apple, Google… ese tipo de empresas, en contraposición a “las de toda la vida”. Y no pude por menos que levantar una ceja…

¿Qué clase de etiqueta es “empresa tecnológica”? Todas las empresas son tecnológicas, o mejor dicho, tienen un componente más o menos elevado de tecnología. ¿Por qué vamos a diferenciar Apple de, digamos, General Motors? ¿Una es “tecnológica” y la otra no, porque una hace móviles y ordenadores, y la otra hace coches? ¿Acaso los coches no son tecnológicos? ¿Qué es lo que determina que una empresa es “tecnológica” y otra que no?

Me parece una distinción falsa, inexistente, absurda. No hay empresas tecnológicas. Hay empresas que utilizan la tecnología en sus procesos, punto. Inditex es profundamente tecnológica, porque utiliza la tecnología de forma intensiva aunque sea para vender ropa. Amazon es tecnológica, porque utiliza la tecnología para distribuir bienes físicos.

El futuro no es de las empresas tecnológicas. Es de las empresas que mejor sepan integrar la tecnología. Que es distinto.

¿Merece la pena el esfuerzo de cambiar una cultura?

Recupero un artículo de hace ya unos años sobre “Demoler una vieja cultura dentro de una empresa“. Describía Sandopen, con acierto, la analogía entre el cambio cultural y la demolición de un viejo edificio para poder reconstruirlo, y cómo era un ejercicio que había que hacer “pilar a pilar”, introduciendo pequeños cambios en distintos niveles de responsabilidad que, poco a poco, iban surtiendo efecto tanto a nivel interno como externo.

También hacía énfasis en que una cultura “no cae sola ni se le puede empujar, es muy resistente, es una estructura bien diseñada y trabada”. Esto no va de “tenemos que cambiar, ¡hágase el cambio!… y el cambio se hizo”. Es una labor de zapa, de desgaste, que conlleva mucho tiempo y mucho esfuerzo. Podemos vincularlo a la figura de los “agentes del cambio”, de los “intraemprendedores”…

Mi pregunta es… ¿realmente merece la pena? ¿Cuánto esfuerzo hay que hacer, cuantos sinsabores hay que llevarse, cuantos cabezazos contra la pared hay que darse para mover un milímetro una cultura ajada? Bien lo sabe quien haya intentado hacerlo. Es un proceso muy frustrante para quien lo impulsa (en muchas ocasiones saldado con una toalla tirada, o con una cabeza cortada), y que para colmo da unos resultados muy lentos; probablemente para cuando quieras llegar ya sea tarde, y todo el esfuerzo no haya valido para nada.

¿No será mejor dedicar esos esfuerzos a crear una cultura nueva en un sitio diferente, sin el lastre de la “vieja cultura”? Nos costará mucho menos esfuerzo, tardaremos mucho menos tiempo. No tenemos que ir con miedo de qué callo pisamos, o en qué momento nos va a explotar una mina. No hay inercias contrarias, no hay intereses creados.

Claro, cada compañía tiene que velar por su propia supervivencia, no va a resignarse a su decadencia. Pero “la compañía” no es nada en realidad. Los profesionales que la integran (desde el “CEO” hasta cualquier “agente del cambio” en cualquier nivel organizativo), ¿qué incentivo tienen para hacer ese esfuerzo? Incluso los dueños/accionistas… ¿qué les impide desprenderse del negocio viejo e ir a invertir en uno nuevo?

Hay un único factor que equilibra la decisión. Y es que las “culturas viejas”, por muy desgastadas que estén (y en mi opinión condenadas a estrellarse antes o después sin salvación posible) suelen ser las que tienen, aunque solo sea por pura inercia, los recursos. Las que dominan el mercado, las que generan ingresos. Son las que pueden pagarte el sueldo.

Y aquí está el dilema del espíritu transformador… ¿me quedo en una cultura vieja, donde mis esfuerzos van a ser enormes, al igual que los sinsabores, para seguramente acabar no consiguiendo nada… pero “calentito” al fin y al cabo? ¿O vuelco mi potencial creador/transformador en otro lugar virgen, aceptando el riesgo de estrellarme en el intento?

Fideliza… ¿que algo queda?

Hace unos días me llegaba a casa una carta de mi compañía de seguros (la cansina del “soy, soy, soy”). Me informaban de su “Club” y me enviaban una tarjeta con “descuentos y ventajas”. A saber, veinte euros en una cadena de ópticas, un 7% en una cadena de electrodomésticos, 15% en clínica estética, 25% en unos trasteros… en fin, que apriori podrías pensar “vaya, qué interesante”.

¿Cuál es el partido real que le voy a sacar? Podría afirmar, sin riesgo de equivocarme mucho, que entre CERO y NADA.

No es ya que mi cartera tenga un espacio reducido para tarjetas variadas, que lo tiene. Es que mi atención está mucho más limitada. Francamente, bastantes cosas tengo en la cabeza a diario como para acordarme, el día que tengo que comprarme unas gafas, de que en alguno de los programas de (presunta) fidelización que tengo por ahí podría obtener un 10% de descuento. El día que necesito unas gafas, voy a la óptica, las compro, y punto pelota. Mucha casualidad tiene que ser para que vea algo que quiero/necesito y tenga en mente la existencia por ahí de un cupón descuento.

Iba a decir que envidio a las personas que son capaces de ir por la vida a base de cupones y tarjetas descuento, con un inventario perfectamente actualizado de dónde pueden hacer uso de todas esas ventajas. Pero creo que no. Es posible que al cabo del tiempo puedan ahorrar unos euros más que yo con su estrategia, pero creo que el coste (oculto) de actuar así es también notable y se suele pasar por alto. Qué de tiempo, y qué de atención, dedicada a esto.

Y para las empresas… francamente, si me quieres fidelizar, dame un buen servicio a un precio ajustado. Y déjate de zarandajas.

¿Que la empresa vende menos? A mí plin

“A mí plin”. Esta frasecilla que suena un poco añeja (y que todos los “viejunos” vinculamos a una publicidad de colchones, ¿a que sí?) podría traducirse a un lenguaje más actual como un “me la suda”. Igual incluso hay una forma más moderna de decirlo, pero yo es que ya no estoy al día :)

Me contaban el otro día de una empresa que, como tantas, está pasando una época “achuchá”. No tiene mucho misterio; básicamente, venden menos de lo que vendían antes. “Los clientes no entran tanto como entraban, ni se gastan tanto como se gastaban”. Así de sencilla es la letra de la crisis, mucho más que debates interminables sobre “los mercados”, el déficit, la bolsa o el Banco Central Europeo. El caso es que yo preguntaba “bueno, y la gente (por los empleados), ¿cómo lo lleva?”. “Algunos preocupados, claro, pero luego hay otros… que te dicen que por ellos fenomenal, que como hay menos trabajo están más relajados”.

Fascinante. O sea, la empresa para la que trabajas está atravesando dificultades, ¿y tu pensamiento es “qué bien, así vivo más tranquilo”?. Me resulta inconcebible semejante miopía, por no decir ceguera. ¿No se da cuenta esa gente que, si la empresa no tiene beneficios, deja de existir? ¿Y que si deja de existir desaparecen con ella los puestos de trabajo, incluyendo el suyo? ¿En qué mundo viven?

Hace poco vi en una empresa un pasillo donde colgaban algunos rótulos en grande con mensajes. Uno de ellos decía algo así como que “la rentabilidad es sinónimo de éxito presente y garantía de futuro para todos”. Si no hay rentabilidad, no hay empresa. Ni beneficios para los “capitalistas”, ni trabajo para los “obreros”. Pero parece que hay quien no lo entiende…

Cultura Netflix

Hace tiempo que vi en el agregador que Diego reseñaba esta presentación; como andaba con el móvil, la marqué para leer más adelante. Y el otro día, el entusiasta elogio de Ángel me hizo repescarla. Y vaya si merece la pena. Se trata de una presentación sobre la cultura corporativa de Netflix. Y en ella se recogen un conjunto de mensajes muy interesantes y jugosos sobre cuestiones culturales: tanto, que es más que probable que en los próximos días vaya desgranando algunos de ellos como posts individuales, porque tienen enjundia.

Insisto, es larga. Pero merece la pena su lectura, porque más allá de validar el modelo concreto de Netflix (que habría que vivir desde dentro para ver hasta qué punto es acorde con el documento o no) invita a reflexionar sobre eso tan presuntamente etéreo, pero tan profundamente real, como es la cultura corporativa.