La avalancha de pensamientos

Llorando en el portal

Ayer, cuando volví de mi paseo por los viñedos (que no son míos, pero paseo por ellos como si lo fueran :D), me encontré a mi hijo llorando en el portal de casa, muy nervioso.

Temía que fuese así. Minutos antes me había llamado mi mujer. Al salir del colegio, el niño había ido para casa mientras ella se quedaba un rato más “haciendo patio” con la niña. Ya sabía que yo había salido a caminar, pero contaba que para entonces ya habría vuelto o que, en el peor de los casos, tardaría poco más en volver. El crío ya estaba avisado de esto: si no está tu padre, esperas en el portal que llegará enseguida.

Pero yo me había retrasado, así que el uno por el otro… el crío había pasado un rato más largo del previsto esperando. Más de lo que, en su cabeza, “era normal”.

El cerebro en busca de sentido

Así que su cabeza se puso a buscar posibles explicaciones. Ah, el cerebro, esa maravillosa máquina de “buscar sentido”, que tantas veces nos ayuda… y otras tantas nos lleva por el camino equivocado.

El caso es que su cerebro había decidido que nos había pasado algo terrible. Que nos habían atropellado, secuestrado, o asesinado. Que nunca más volvería a vernos. De todas las posibles explicaciones al retraso, decidió que ésa era la más válida. Y ese pensamiento generó una reacción emocional en consonancia. Pura angustia.

La parte del cerebro más racional (estuve viendo una conferencia muy interesante sobre ese “cerebro ejecutivo”) no fue capaz de parar y analizar la situación con frialdad. De controlar la respiración. De desviar la atención a otra cosa. De buscar otras explicaciones alternativas. En definitiva, no pudo contener la avalancha de pensamiento y emoción que se le vino encima.

Las historias que nos contamos a nosotros mismos

Claro, es un niño. Y un poco tremendista, podéis pensar. Y quizás lo sea. Pero si te fijas bien… esto es algo que nos pasa a todos continuamente.

Nos pasa algo. Quizás un cliente rechaza nuestra propuesta. Quizás tenemos una discusión de pareja. Quizás un compañero nos suelta “una bordería”. O alguien no nos contesta a un mensaje y nos deja “en visto”. Y nuestro cerebro se lanza, muchas veces de forma inconsciente, a dar explicación a ese suceso: “no tengo habilidades comerciales”, o “nuestros productos no son atractivos”. O “no me quiere”, o “siempre me critica y nunca me aprecia”. O “éste tío es gilipollas”. O “está pasando de mí”. Esas explicaciones generan emociones, y generan nuevos pensamientos, y lo más importante generan comportamientos. Como dudamos de nuestra habilidad comercial dejamos de salir a vender. Como pensamos que la pareja “no nos quiere” empezamos a pensar en separarnos. Como “éste tío es gilipollas”, la próxima vez que me pida ayuda le van a dar morcilla. Como no nos contesta, le envío un mensaje desagradable.

Se nos nubla el día, y si no hacemos nada para remediarlo, no sólo lo pasamos mal sino que con nuestras acciones podemos hacer que las cosas empeoren.

La intervención consciente

En todo este proceso muchas veces apenas tenemos conciencia. La avalancha de pensamientos y emociones se desencadena, y nos lleva a actuar… sin que nos demos cuenta. Cuando quizás, si fuésemos capaces de intervenir con nuestro cerebro ejecutivo, podríamos parar y cuestionarlo todo.

¿Realmente las cosas han sucedido como estamos pensando? ¿Realmente la explicación que le estamos dando es la que mejor se ajusta a la realidad? ¿Realmente las acciones que estamos desencadenando son las más útiles para nosotros?

Esta intervención consciente no es fácil. Requiere entrenamiento. A veces la emoción y el pensamiento rumiativo forman una turbulencia muy poderosa, y ni siquiera eres capaz de decirte a ti mismo “para, respira, piensa en otra cosa, tranquilízate, vamos a ver las cosas desde otra perspectiva, vamos a cuestionar lo que estás pensando, veamos qué tiene sentido hacer”. En teoría puedes elegir, pero en la práctica no es tan sencillo. Ésta es una habilidad que no es fácil para los adultos, no digamos para los niños.

Y sin embargo, es posiblemente una de las habilidades más importantes a nivel de autogestión.

De todo esto hablaba ayer a mi hijo, después de que subiésemos a casa y se tranquilizase. De lo importante que es que aprenda a observarse, y a tomar el control. Y del impacto que eso tendrá en su vida.