No necesitas más contenidos para aprender

Más contenidos, es la guerra

Hace unos días me llegó una oferta para suscribirme a una plataforma de contenidos con “miles de libros” y “cientos de expertos a los que seguir”. Y durante unos minutos estuve valorando inscribirme hasta que me di cuenta: ¿cuántos libros tengo YA en mi lista de pendientes? ¿cuántos artículos tengo guardados en el pocket esperando a ser leídos? ¿cuántos cursos interesantes he visto pasar por delante de mis narices?

¿Realmente, si tengo un problema de aprendizaje, se soluciona con “más contenidos”?

Aprendizaje eficaz es actuar diferente

En mi discurso sobre el aprendizaje, enfatizo mucho el concepto de “aprendizaje eficaz”. El aprendizaje eficaz es aquel que me sirve para actuar de forma diferente. Una formación, un curso, un libro… sólo son aprendizaje en la medida en que, después, yo cambio alguno de mis comportamientos.

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La cuestión es… ¿cuántas veces es así? En muchas ocasiones, nos apuntamos a cursos, o compramos libros para leer… y pensamos que ya estamos aprendiendo. Nuestra conciencia se queda tranquila, “sí, mira en todo lo que estoy metido”. A veces incluso vamos a las clases y leemos los libros. ¿Y luego qué? Ésa es la pregunta clave.

Hace tiempo hablaba del mapa del aprendizaje, y de cómo hay diversas rutas que podemos elegir. Algunas nos llevan hacia el aprendizaje deseado, y otras… son como un placebo que tranquiliza nuestra conciencia, pero que no nos llevan a ningún sitio.

El burladero de los contenidos

Hacer un curso, leer un libro… son opciones satisfactorias para la mente, y de muy bajo riesgo. No hay que “actuar”, y por lo tanto no hay incomodidad, error, frustración… Nos da la sensación de que estamos contribuyendo a nuestro aprendizaje, pero sólo estamos haciendo un simulacro que no aporta nada.

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Nos estamos refugiando tras “otra formación” para evitar salir al ruedo y torear. “No, cuando esté realmente preparado”. ¿Cuándo va a ser eso? Nunca vas a estar 100% preparado. Siempre vas a tener que enfrentarte a la incomodidad. Siempre vas a equivocarte cuando te pongas manos a la obra. Siempre vas a tener que gestionar tu frustración.

Regurgitando conocimientos

De hecho, en demasiadas ocasiones esas formaciones transcurren sobre territorios conocidos. Nos refrescan cosas que ya sabemos, nos dicen cosas que nos suenan… El “cognitive ease” hace que nuestro cerebro acoja esas actividades con regocijo: es mucho más fácil digerir cosas “que ya nos suenan” que enfrentarnos de verdad a un conocimiento/habilidad que no tenemos cultivado.

Total, que hemos dedicado tiempo, energía, dinero… a una actividad que no ha contribuido a que realmente hagamos las cosas de forma diferente.

Más acción, menos formación

Cuando tengamos la tentación de apuntarnos a un nuevo curso, o de leer otro libro, deberíamos preguntarnos: ¿realmente he exprimido/puesto en práctica todos los contenidos que he consumido antes? ¿qué me va a aportar esto que quiero consumir? ¿tengo el compromiso de ponerlo en práctica, o sólo quiero calmar mi conciencia?

A partir de ahí, cada uno toma sus decisiones. Pero si no tienes una respuesta clara a todas esas preguntas… con mucha probabilidad, estarás perdiendo el tiempo.

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PD2.- He editado este contenido como un episodio para el podcast Skillopment. Recuerda que puedes revisar todos los episodios del podcast, y suscribirte al mismo tanto en iVoox como en iTunes.

Construyendo tu árbol del conocimiento

Luchando contra el olvido

Cuando terminé de leer el libro, pensé “sí, señor, ¡qué interesante!”. Tenía sentido, encajaba con lo que ya sabía, aportaba varias ideas adicionales. En resumen, una buena lectura, ¡qué bien que lo leí!

Pasados unas semanas, quise hablarle del libro a un compañero. Me sonaba que había algo en él que merecía la pena rescatar. ¿Cuál era esa idea tan interesante que contenía? Sí, hombre, si venía que ni pintada en esta conversación. Pero… no fui capaz de recordarlo, más allá de una cierta sensación nebulosa de que “me había gustado”.

Si ahora me preguntas qué libros leí el año pasado, y qué aprendí de ellos… a lo mejor te sorprende mi cara de haba, pero es posible que no recuerde la mayoría de las cosas que leí. Conclusión: las horas dedicadas a su lectura han sido un desperdicio.

Uno de los errores que cometemos cuando nos sumergimos en un proceso de aprendizaje es que consumimos muchos contenidos, pero consolidamos poco. En el momento en el que estamos leyendo, o viendo un vídeo, o asistiendo a una charla… es fácil tener la sensación de que “es interesante”. Podemos encontrar relaciones con otras cosas que ya sabemos. Y estamos seguros (cómo no estarlo… ¡ni que fuéramos tontos!) de que lo recordaremos.

Pero la realidad es que las ideas se diluyen con gran velocidad. Si no hacemos un trabajo de condensarlas, se nos escapan, erosionando gravemente la eficiencia del aprendizaje. ¿Dónde quedan las decenas y decenas de horas dedicadas a leer, escuchar… ideas que luego no somos capaces de recuperar?

No se trata de volverse locos y convertirse en “máquinas archivadoras”, pero sí de poner en marcha algunos hábitos que nos permitan sacar un mayor rendimiento al tiempo y esfuerzo dedicados al aprendizaje.

Empecemos por tomar notas

Tomar notas es el primer paso. Mientras leemos un libro, o vemos una charla, conviene tener a mano un papel y un bolígrafo para ir anotando ideas (habrá quien prefiera medios digitales, pero yo sigo considerando que la flexibilidad que te da un papel en blanco para organizar la información todavía no está equiparada por la tecnología… y además parece que ayuda a que nuestro cerebro lo procese mejor). No se trata de recopilar palabra por palabra lo que estamos escuchando, sino de hacer un ejercicio paralelo de extracción de las ideas que nos parezcan más importantes/llamativas, de darles orden y jerarquía, de añadir las ideas adicionales que nos surjan mientras escuchamos, de anotar relaciones que nos sugieran… en definitiva, de poner negro sobre blanco (en la medida de lo posible) todos los procesos mentales que se vean estimulados por el contenido que estamos consumiendo.

Hay decenas de “métodos” para tomar notas, y cada uno puede explorar hasta encontrar la combinación que le resulte más cómoda. Al final, por encima de los detalles que pueda aportar un método u otro, lo importante es tener una “versión física” del contenido que hemos procesado y de las ideas que nos ha sugerido.

Es importante, también, dedicar un par de minutos al terminar para sacar las conclusiones principales, las tres o cuatro ideas que nos parecen más relevantes y que hacen que ese contenido merezca la pena. Nos ayudará más adelante, a la hora de recordar de un vistazo.

Archivar las notas es el siguiente paso lógico: ya que hemos hecho el esfuerzo de construir nuestras notas, procuremos archivarlas de algún modo para futura referencia. Podemos optar por un archivo físico o por uno digital, el objetivo es el mismo: poder recuperar las ideas cuando sea necesario. Para eso conviene acudir a algún sistema, aunque sea básico, de clasificación y etiquetado; pocas cosas hay más frustrantes hay que buscar algo que sabes que tienes pero que no sabes dónde está.

(Hace un tiempo escribí sobre los ocho errores que cometemos al tomar notas…)

Consolidando el conocimiento

En todo caso, no deberíamos demorar mucho el momento de procesar nuestras notas. Porque las notas por sí mismas tampoco tienen mucho valor, son píldoras de conocimiento disperso. El valor aflora sobre todo cuando ponemos en relación ese nuevo conocimiento con el que ya tenemos. Nuestro cerebro funciona así, asociando ideas, anclando lo nuevo a lo que ya sabemos. Y lo hace de una forma bastante física, a través de la creación y fortalecimiento de sinapsis neuronales. De esta forma se consolida el aprendizaje, se recuperan los recuerdos, y surge la creatividad.

Nuestro objetivo, en este punto, es realizar un ejercicio de consolidación consciente, reforzando así los procesos automáticos. Queremos tener un “resumen actualizado de todo lo que sabemos de la materia”: una especie de árbol del que van surgiendo nuevas ramas a medida que añadimos conocimiento, a medida que profundizamos por una línea de razonamiento.

Cuando procesamos las notas procedentes de un nuevo contenido, lo que hacemos es ver cómo encajan esas nuevas ideas en el árbol que ya venimos construyendo. Quizás suponga crear una nueva rama, o quizás una pequeña rama secundaria. A lo mejor sirve para reforzar unas ideas que ya teníamos, pero dándoles mayor grosor. Quizás sean ejemplos que nos permitan visualizar mejor unas ideas que teníamos difusas. O una relación entre ramas que hasta ahora no habíamos visto. A veces lo que queremos añadir supone que tenemos que darle la vuelta y reorganizar todo lo que ya sabíamos, porque hay un nuevo enfoque que hace que todo encaje mejor. No importa. Es un trabajo en permanente construcción; pero, en cualquier momento, refleja nuestro mejor entendimiento de la materia, e integra todo lo que hemos ido aprendiendo, de distintas fuentes, a lo largo del tiempo.

¿No tienes tiempo para eso?

Podemos pensar que hacer todo esto supone demasiado tiempo, un tiempo que no tenemos. Ante esto, quizás haya que plantearse dos cosas. La primera es que sí, es una dedicación adicional de tiempo; pero sobre todo es una cuestión de hábito, de automatizar. Lo que al principio nos puede parecer una tarea engorrosa, se convierte por la fuerza del hábito en una extensión natural del consumo de contenidos.

Porque, y ahí viene la segunda reflexión, si no lo hacemos… ¿estamos realmente aprendiendo? ¿estamos aprovechando el tiempo que estamos dedicando a consumir contenidos? Si lo que nos preocupa es el tiempo, más nos vale hacer un esfuerzo consciente en sacarle rendimiento. Es mejor consumir menos contenidos (pero procesarlos mejor) que consumir mucho sin consolidar. Porque eso sí es perder el tiempo.

PD.- Una versión inicial de este artículo se incluyó en mi ebook “Skillopment: aprende a desarrollar cualquier habilidad de forma eficaz”. Puedes descargar el ebook aquí.

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8 ideas básicas de marketing de contenidos para profesionales independientes

Va a hacer 13 años que abrí este blog (¡se dice pronto!). Durante la mayor parte de este tiempo he sido bastante inconsciente respecto a llevar una “estrategia editorial”. Básicamente, no ha existido, y nunca me preocupó que existiera. Yo era una persona que tenía un blog, en el que volcaba mis reflexiones y mis inquietudes, y ya. Claro que siempre me ha hecho ilusión que se me leyera, y que tuve mi época de mirar las estadísticas con ansia; pero eso nunca se trasladó a un plan para hacer las cosas de una u otra manera.

Pero desde a un tiempo a esta parte he venido reflexionando un poco más sobre el papel del blog como “plataforma de visibilidad profesional”, y sobre qué contenidos tiene sentido hacer, y cómo hacerlos… Mucho se ha hablado del “marketing de contenidos“, y francamente creo que especialmente muchas empresas y marcas lo han llevado bastante al terreno del absurdo. Y sin embargo, creo que especialmente en el ámbito del “profesional independiente”, puede ser una herramienta fantástica para generar un vínculo con una audiencia que, llegado el caso, pueden llegar a convertirse en clientes (o prescriptores, que para el caso lo mismo da). Como personas individuales tenemos una ocasión estupenda de diferenciarnos de marcas y empresas que, por mucho que lo intenten, no pueden tener una “personalidad” que a nosotros nos viene de serie.

Seré sincero. Para mí, ése es un cambio de chip que estoy teniendo que trabajar. Pensar en mí mismo como “un profesional que ofrece servicios”, y que está “utilizando el blog para conseguir clientes”… a veces me hace sentir raro, casi “sucio”, como si estuviera prostituyendo el sentido del blog. Y sin embargo, me doy cuenta de hasta qué punto esa mentalidad es una barrera mental. Creo que soy un profesional valioso, capaz de aportar cosas positivas. Y no hay nada de malo en pretender vivir de ese valor, ¡todo el mundo vive del valor que aporta a los demás! ¿Qué prejuicio tonto es ése? ¡Vender es humano! Quizás he tenido muy mal concepto de “vender” durante mucho tiempo, asociándolo a prácticas intrusivas y manipuladoras, y lo que necesito es un cambio de perspectiva, una redefinición de la idea de vender

De hecho, el marketing de contenidos es una forma de “vender” que apenas tiene que ver con la imagen tradicional que tenemos de la venta. La idea básica es que si tú generas valor en forma de contenidos para una audiencia de “clientes potenciales”, conseguirás establecer con ellos una relación en la que tú no les “empujas”; son ellos los que vienen a ti en busca de ese contenido que disfrutan. Y así, teniéndolos cerca, estableciendo con ellos una relación de confianza… es cuando puede surgir en ellos la intención de comprarte.

Aquí tienes una serie de ideas básicas para desarrollar una estrategia de marketing de contenidos:

1. Clarifica qué es lo que vendes

Puede parecer una obviedad, pero no lo es tanto… ¿Cuál es tu portfolio de productos/servicios? ¿Qué forma concreta toman? Es algo con lo que yo he luchado durante mucho tiempo… ¿cuál era “mi producto”? Es evidente que todos somos poliédricos, que podemos hacer más de una cosa. Y cuando estamos por libre, a veces nos puede el agobio de no cerrarnos puertas. Pero de cara a un potencial cliente tienes que poner algo en el escaparate. Cuando te visite, tiene que ser fácil para él saber “qué puedo comprar”. ¿Un libro? ¿Un taller? ¿Un proyecto de consultoría para resolver tal problema? ¿Unas sesiones de coaching? ¿Qué? Si no eres capaz de concretar tu valor en algo tangible, le estás poniendo muy difícil comprarte.

Tampoco hay que volverse loco. Tu portfolio de productos/servicios puede ir evolucionando en el tiempo. Puedes inventarte otros productos, y dejar caer alguno que veas que no tenía mucho sentido. Pero tienes que empezar por algún sitio.

2. Identifica a tu cliente objetivo

No hay nada en el mundo que sea “para todos los públicos”. Por mucho que queramos un mercado lo más amplio posible, tenemos que acotarlo. ¿Cuál es el colectivo que podría tener interés en lo que nosotros ofrecemos? ¿Cuáles son las variables que nos permiten segmentarlo? ¿Cuál es su perfil en definitiva?

La técnica de la “persona” puede ser muy útil de cara a fijar nuestros esfuerzos. Definir una persona concreta, con un nombre y una historia detrás, que represente al colectivo de nuestros compradores potenciales. ¿Cómo es? ¿Qué le sucede? ¿Por qué, en definitiva, podría querer comprar lo que nosotros vendemos?

Quizás suceda que tu producto/servicio es útil para más de un colectivo. Está bien, piensa en dos o tres “personas” diferentes que representen a esos colectivos diferentes. Es posible que tengas que modular tus mensajes para cada uno de ellos, y te vendrá bien tener un interlocutor simulado con el que contrastar tus ideas.

3. Piensa en qué interesa a tu cliente objetivo

Éste es el quid de la cuestión. A nadie le mueve “comprar tus productos”. Lo que les mueve es otra cosa: una problemática, una aspiración, un interés más difuso. De llegar a conocer tu producto, y de llegar a comprarlo, ése sería un medio y no un fin en sí mismo.

Lo que tienes que entender es cuál es ese “fin” que persigue tu cliente objetivo. A qué aspira. De qué manera quiere reafirmarse, de qué manera quiere crecer. Cual es, en definitiva, su inquietud (que, repito, nunca es “comprarte un producto”). Es a esa inquietud a la que tienen que dar respuesta tus contenidos. Ése es el tema del que tiene sentido hablar.

4. Crea contenidos relevantes

Hemos identificado cuál es nuestra oferta, a quién se dirige, y nos hemos esforzado en entender cuál es la inquietud que mueve a ese colectivo de potenciales compradores. Ahora es el momento de darles contenidos relevantes.

¿Qué es un contenido relevante? Algo que encaja con su inquietud, entendida de manera amplia. Algo que alimenta quién es, o quién quiere ser. Algo que le permite reafirmarse en sus visión del mundo, o vislumbrar el futuro al que aspira. Algo que le resuelve un problema, que responde a un “runrún” interno.

A veces esos contenidos tomarán la forma de ideas para poner en práctica, otras veces de reflexiones, de recursos, ejemplos inspiradores, “guiaburros”, críticas de libros, experiencias propias, entretenimiento puro y duro… hay decenas de contenidos que pueden encajar, siempre que orbiten alrededor de ese leit motiv.

Lo importante es entender que existe un interés previo, y tú simplemente le estás dando contenido que es relevante para ese interés.

5. Defiende una idea

Los contenidos tibios, blancos, asépticos… tienen una ventaja: que no molestan a nadie. Pero también tienen una desventaja: que no despiertan la pasión, ni las ganas de volver a por más. La clave del fracaso es intentar contentar a todo el mundo.

Cuando vayas a crear contenido, toma partido. Ten una línea editorial. Defiende una determinada posición, una forma de ver el mundo. Pon pasión en lo que digas. Por supuesto, eso alejará a algunas personas, pero acercará a otras que se sentirán identificadas con lo que defiendes.

No se trata de ser un macarra, ni de pasarse el día generando polémicas. Pero no hay que tener miedo a levantar la voz por lo que uno cree; es la única forma de generar un vínculo.

6. Sé personal

Como profesionales independientes, tenemos una ventaja respecto a marcas y empresas: somos una persona. Tenemos nuestras experiencias, nuestras anécdotas. También nuestra forma de ser. No es una desventaja competitiva, ¡al contrario! Por eso, en tus contenidos, está más que bien que dejes traslucir quién eres, que puedas poner en juego todas esas pequeñas cosas que te hacen ser tú.

Cuenta tus anécdotas, utiliza tu forma de hablar. Cuenta también tus meteduras de pata, tus reflexiones más personales. Todo eso te humaniza, te hacer más cercano.

No se te olvide que en el otro lado también hay una persona, y que se trata de establecer una conexión real, genuina, con ella.

7. Ten paciencia

Esto no va de que tú escribes un artículo, y la gente se vuelve loca a comprarte. No, estás forjando relaciones de confianza, y las relaciones llevan tiempo. Es más, la inmensa mayoría de las personas que te lean (o te escuchen, o te vean…) no te van a comprar nada nunca. ¡No importa! Esas relaciones son importantes en sí mismas, te están dando (con su atención continuada en el tiempo) muchas oportunidades. Te están permitiendo conocerles, te ofrecen la oportunidad de afinar tus productos, tu discurso…

Y también te están ayudando a expandir tu visibilidad, porque si realmente conectan contigo es más fácil que le hablen de ti a otras personas que, quizás, sí acaben comprándote.

8. ¿Y cuándo ofrezco mis productos?

Nunca.

Bueno, casi nunca. Tus productos y servicios deben estar ahí, y está bien que quienes consumen tus contenidos sepan que los vendes. Pero eso se dice muy fácil y muy rápido, y no hay que estar dando la turra con ello cada dos por tres. Quizás de vez en cuando, el contexto de lo que les cuentas puede hacer muy lógico que les deslices un pequeño recordatorio (¡muy rápido!), y ya está.

Recuerda que tus productos y servicios te interesan a ti, no a la persona que consume tus contenidos. Ellos vienen aquí a otra cosa, y si tú te excedes (y es muy fácil excederse) en tus acciones “de venta” van a sentirse (con razón) no como alguien con quien estás construyendo una relación genuina, sino como una presa a la que le has puesto el cebo para abalanzarte sobre ella en cuanto puedas.

Y a nadie le gusta sentirse una presa.

 

 

Reflexionando sobre contenidos

Hace más de 12 años que tengo este blog. Durante la inmensa mayoría del tiempo, no me he preocupado demasiado de “qué contenidos” iba creando. De hecho, una de las cosas de las que me he enorgullecido es del carácter “orgánico” del blog, de que he ido hablando de lo que me apetecía y cuando me apetecía. No ha habido un “criterio editorial”, ni un “calendario de publicación”. Al menos no explícito, claro; supongo que de una u otra forma mi mente sí ha ido diciendo “esto cabe” y “esto no cabe”.

El caso es que en los últimos tiempos estoy cambiando un poco el foco. No demasiado, pero si “un poco”. La serie de historias de profesionales independientes, las entrevistas en formato podcast, el canal de youtube, los contenidos sobre aprendizaje, la lista de correo de Skillopment… son iniciativas más concretas, más intencionales. Y como tal, también más sujetas a reflexión y a análisis.

¿Qué tipo de contenido quiero hacer? ¿A quién va dirigido? ¿Qué tal funciona? ¿Gusta, o no gusta? ¿Es “rentable”, cumple sus objetivos? ¿Cómo enfocar los siguientes pasos? Estas son algunas preguntas que me hago. Sin volverme loco, no vayáis a pensar. Sé que esto tampoco es una ciencia exacta, que no se pueden sacar conclusiones en el corto plazo, y sigue habiendo un factor de “esto lo hago porque quiero”. Pero aun así.

En este contexto, una de las cosas a las que le estoy dando vueltas es a la combinación de “contenido” y “tono”. Y me explico.

Cuando uno crea contenidos pensando en otros, hay una doble aspiración inicial. Por un lado, “resultar útil”. Es decir, alguien llega a ti en busca de algo: respuestas, entretenimiento, información, lo que sea. Puede ser a través de buscadores, o a través de referencias de un tercero. El caso es que viene buscando un contenido concreto, útil, aplicable. Y tú aspiras a crear esos contenidos, a que alguien cuando los lea vea satisfecha esa curiosidad y, si es posible además, le guste tanto que se lo recomiende a otros.

Hay también una voluntad de “construir autoridad”. Es decir, no solo de satisfacer una necesidad puntual, sino de posicionarse como “experto en la materia”. Que quien llegue a tus contenidos se quede con la copla de que merece la pena tenerte en el radar. Ya estos dos primeros objetivos no siempre coinciden: hay veces que construyes autoridad sin ser útil, y hay otras donde puedes ser útil sin construir autoridad.

Pero también creo que, si aspiras a generar una cierta continuidad en el consumo de tus contenidos, tienes que crear una conexión que vaya más allá de lo “intelectual”. Porque reconozcámoslo, si nos ceñimos a lo intelectual hay miles de contenidos potencialmente iguales o mejores que los tuyos. Si te limitas a competir en buscadores con contenidos asépticos estás condenado a pelear por las migajas. Si quieres “construir una audiencia”, necesitas conectar con ella en otros niveles. Y ahí es donde tiene que diluirse la frontera entre “lo que dices” y “quién eres”, donde tiene sentido que entren (en mayores o menores dosis) detalles de tu vida personal, donde cabe contar historias. Que, en definitiva, des motivos para que la gente (alguna gente) quiera escucharte a ti, y no a otro. Que haya gente que tenga curiosidad por saber “qué es de este tipo, en qué andará metido esta semana”. Y todo esto, a ser posible, cumpliendo con las dos primeras aspiraciones de utilidad y construcción de autoridad.

A todo esto cabría añadirle, de una forma más o menos directa, una cuarta dimensión: la voluntad de hacer negocio, de sacar algún rédito más o menos directo (en forma de generación de leads, oportunidades de negocio, “compra mi libro”, clicks de publicidad, “apúntate a mi curso”… lo que sea).

Últimamente me descubro analizando los contenidos bajo este cuádruple prisma. No solo los míos, si no todos los que consumo. Intento ver qué tienen aquellos contenidos “que me apetece seguir”, y cómo equilibran estas cuatro necesidades. Intento sacar conclusiones, y ver cómo me las puedo aplicar a mí mismo. Teniendo en cuenta, claro, cuál es mi propia personalidad, y cuál es la “reputación” que puedo querer construir; no hay soluciones universales.

La verdad es que mirar los contenidos bajo este enfoque me está resultando interesante. Lo cual no quiere decir que el equilibrio sea sencillo de conseguir…

La evolución de las publicaciones

Hace unos días, en el transcurso de una comida, comentaba Antonio Ortiz sus nuevas responsabilidades dentro de Weblogs SL: centrarse en labores de investigación e innovación sobre cómo evoluciona la creación y distribución de contenido online, para así poder dirigir a la empresa en el camino correcto con el transcurso de los años.

Para poner en contexto a quienes no conozcan la historia, Weblogs SL es una empresa que nació hace más de diez años alrededor del concepto de los “blogs temáticos”. Antonio es uno de los socios fundadores, y durante un tiempo yo estuve vinculado a la empresa (como editor y coordinador de alguno de los blogs, y luego realizando labores de servicios a empresas). El caso es que, por aquel entonces, los blogs eran “el futuro”. Todos los que nos acercábamos a ese mundillo teníamos la sensación de estar explorando nuevos caminos (“cómo, ¿que cualquiera puede publicar lo que quiera en internet así sin más?”), y compartíamos la excitación de sentirnos pioneros.

Pero claro, han pasado diez años, y con ellos muchas cosas. Vinieron las redes sociales, vino el video, y muchos otros cambios en la forma de publicar, consumir y distribuir contenidos en la red. Lo que hace diez años era “lo novedoso” ya se ha quedado no sé si obsoleto, pero sí “viejuno”. Más de una vez se ha proclamado su muerte, y aunque es verdad que aquí seguimos, a veces tiene uno la sensación de ser unos “abueletes de internet”, contando batallitas de los “buenos viejos tiempos”.

En este sentido, es obvio que el planteamiento de Antonio de “buscar alternativas/complementos” al blog como concepto tiene todo el sentido. Y de alguna manera vino a ponerle el cascabel a una sensación que yo he venido teniendo en los últimos tiempos. Llevo escribiendo este blog más de 11 años, me siento muy cómodo con él. Me permite expresar ideas e inquietudes, desarrollar razonamientos… Creo que escribo cosas interesantes, sin mucho “bullshit”, que pueden servir como elemento de reflexión a otras personas, y que en paralelo pueden reforzar mi “marca personal”. Y sin embargo, tengo la sensación de que su alcance cada vez es más limitado. Cuando publico algo, me leen un “puñado de incondicionales” que todavía siguen viniendo vía RSS (gracias, amigos :D) o incluso de forma directa (hola, mamá). Si pongo el enlace en twitter o en linkedin, se suma otro piquito de visitas. En algunas ocasiones se genera un pequeño efecto viral gracias a algún retuit o alguna mención, efecto que muere pronto. Y ya, el ciclo de vida del contenido muere ahí.

Siempre he dicho que mi blog tiene mucho de “espacio de reflexión personal” (y por eso escribo lo que quiero, cuando quiero y como quiero) pero sería poco honesto decir que “me daría igual si no me leyese nadie”: a todos nos gusta la sensación de que lo que hacemos gusta a otros, y si son más, mejor. ¿Qué es lo que me gustaría entonces? Desde luego no se trata de “número de visitas” así en bruto: no vendo publicidad por miles de visitas, así que en general lo relacionado con el SEO, el “clickbaiting” y similares me interesa más bien poco. Más bien se trata de buscar visibilidad e interacción, pero sin cambiar el “fondo” de lo que publico (que al fin y al cabo es lo que me gusta y lo que me interesa). Me gustaría llegar a más gente interesante, provocar más reflexiones y más curiosidad, generar más posibilidades de interacción, de debate, de colaboración… en el fondo, recuperar las sensaciones que tenía al principio de mi historia bloguera.

Le estoy dando vueltas a lo que cuento (quizás sea menos interesante de lo que yo mismo creo), a cómo lo cuento (quizás mi estilo no es muy apetecible), a dónde lo cuento (a lo mejor el blog debería mutar en otra cosa, en otros medios, en otros formatos), a cómo lo “muevo”… Por otro lado, siempre me ha dado pereza “fingir”: la idea de tener un calendario editorial, o de seleccionar temas no por lo que a mí me apetezca sino “por lo visible o lo viral que pueda resultar”, o de recurrir a técnicas baratas (en plan “lo que sucedió a continuación te parecerá increíble”), o de ser intencionadamente polémico y macarra para generar ruido, o de ser más “ligero” para ser compartido sin necesidad de pensar mucho, o de ser más “sesudo” para producir contenidos “de referencia”, o…

Hace unos días repescaba un artículo de Blogoff donde se reflexionaba sobre los contenidos que triunfan en redes sociales, y cómo en esta dinámica los contenidos de más “chicha” quedan relegados en favor de contenidos más ligeros, más intrascendentes… pero a la vez más fácilmente consumibles y compartibles. Decía Nicholas Carr que internet nos estaba volviendo tontos, y yo no sé si es que nos vuelve tontos o si simplemente nos pone muy fácil hacer caso a nuestro instinto primario de evasión.

La duda que tengo es… ¿hay espacio, en este contexto, para el tipo de contenido que a mí me apetece y me interesa generar? ¿Puedo hacer algo para que encaje mejor en esta dinámica de consumo y difusión de contenidos, sin “estrujarlo” hasta cambiar su esencia? ¿O debo asumir que la visibilidad y la viralidad están reservados para otro tipo de historias, incompatibles con mi estilo? ¿O directamente hacerme caso a mí mismo y asumir que lo que hacemos en realidad no le importa a (casi) nadie?