El knowmad y el curriculum: herramientas antiguas para nuevas realidades

“¿Me mandas un curriculum para los de RRHH?”. Me quedé pensando. ¿Un curriculum? ¿Cuánto hace que no hago mi curriculum? Debo tenerlo por ahí, por algún lado. Buf. ¿Y cómo consigo que refleje lo que soy?

Hacía ya varios años que había dejado de tener (y de buscar) “un puesto de trabajo”. Mis actividades profesionales eran variadas, proyecto a proyecto. Cuando surgió la oportunidad de colaborar con una empresa, mi contacto me pidió ese curriculum porque los de RRHH querían participar en el proceso de “selección”. Y en fin, hice lo que pude, pero con la misma sensación que tendría si me hubiesen pedido “enviar un fax”: usando una herramienta extrañamente obsoleta para mí.

La nueva realidad del mundo profesional

Bueno, digo “nueva” aunque realmente llevamos años adentrándonos en ella y algunos directamente viviéndola. Pero una cosa es la teoría y otra la práctica, una cosa somos los “raros” y otra como funcionan las organizaciones en general. Y los teóricos del management nos hablan de organizaciones líquidas, o de organizaciones abiertas o de la “gig economy“, pero mantenemos la tendencia a situar esas realidades en el “futuro del trabajo” o a referirnos a “la próxima generación de empleos“.

En realidad, estamos en esa etapa de transición entre “lo viejo” y “lo nuevo”. Tenemos la sensación (o la constatación) de que “lo viejo” ya no funciona, pero nos cuesta abrazar “lo nuevo”. Y ante esa incertidumbre, por mucho que sepamos recitar el discurso racional, pocos son los que lo afrontan con todas las consecuencias, y nuestros comportamientos tienden a refugiarse en lo conocido. Somos lo que hacemos, y no lo que decimos que hacemos.

El knowmad, el perfil profesional del ¿futuro?

Hace ya tiempo que decidí adoptar la bandera del knowmad como gran definición de los nuevos perfiles profesionales.

Soy un conjunto de habilidades que se van desarrollando y consolidando en el tiempo. Soy unos valores y una forma de ser que determina cómo me comporto. Soy un conjunto de intereses variados y eclécticos, que además no son estables en el tiempo si no que evolucionan. Soy también la gente a la que conozco y con la que me relaciono. Todo eso, y más, es una mezcla en constante ebullición que cristaliza de múltiples y variadas formas que hacen difícil reducirlas a una o dos etiquetas tradicionales.

Todos somos, en gran medida, knowmads. No somos “una profesión”, no somos “un puesto de trabajo”. Y está bien que así sea, porque los puestos de trabajo nacen, evolucionan y desaparecen. Las propias “profesiones” tienen cada vez una fecha de caducidad más corta. En realidad cada vez hay más trabajos, pero menos puestos de trabajo. A veces ese trabajo se plasma de una manera, a veces de otra. A veces se consolida durante más tiempo, a veces durante menos. A veces hay tres en paralelo, y a veces ninguno. A veces cristaliza en una relación formal (¿laboral? ¿mercantil? ¿empresarial?) y a veces es puramente informal. Todo fluye, y más nos vale estar en disposición de fluir nosotros también aunque sea incómodo.

Las limitaciones del curriculum

El curriculum tradicional es una herramienta adaptada a una realidad que es cosa del pasado. Un mundo donde estudiabas una carrera o te iniciabas en un oficio, abrazabas una “profesión”, encontrabas “trabajo de lo tuyo” y dentro de esa profesión ibas encadenando “relaciones laborales” con distintos empleadores, ocupando distintos “puestos de trabajo” con su título bien establecido y una lista de funciones y responsabilidades perfectamente definidas. Una herramienta lineal, de la que se esperaba coherencia (empezar por un sitio e ir “creciendo” dentro de ese mismo ámbito) y continuidad (Dios nos libre de tener “un hueco en el curriculum”). Una herramienta que cada vez es más incapaz de reflejar la nueva realidad profesional:

  • Porque no deja sitio a los proyectos paralelos. Porque se supone que en cada momento tienes una única dedicación profesional. ¿Cómo que estás inmerso en dos, tres o cinco proyectos paralelos, en el que cada uno aplicas una combinación distinta de tus habilidades? No, no, aquí hay que poner lo que usted “es”. ¿Cómo que es todo eso y más?
  • Porque le cuesta reflejar las relaciones abiertas. Una posición, un empleador, una fecha de inicio y una de fin. ¿Cómo que ha tenido una relación de intensidad variable con esta organización? ¿Cómo que esa relación no ha sido con una organización, si no con personas concretas con las que ha ido colaborando en distintos momentos? ¿Cómo que esa relación ha ido fluctuando como el Guadiana, a veces sí, y a veces no? No me vuelva loco.
  • Porque se lleva mal con el perfil polímata. Usted es una cosa, o es otra. Como mucho le permito decir que durante un periodo fue una cosa, y después cambió para ser otra (y ya me puede explicar bien clarito la lógica de ese cambio, que obviamente implica abandonar lo anterior para siempre).
  • Porque divide la realidad en tiempo “productivo” e “improductivo”. Uf. Si no estaba empleado por alguien… estaba en el paro, ¿no? La idea de que no tienes un empleador pero estás haciendo algo de valor, o invirtiendo para generar valor futuro, o haciendo proyectos sin rentabilidad directa… Dígame al menos que está apuntado a un master, que ese hueco en su trayectoria es impensable. Y si tenía un puesto de trabajo, todo bien: poco importa que se tirase años adocenado, lo importante es que tenía una nómina.
  • Porque es determinista respecto al pasado: si has tenido una trayectoria, mucho cuidado con meter un giro de guión. Si usted estudió esto, y durante quince años ha trabajado de esto, sólo puede ser esto.
  • Porque se lleva mal con la exploración. Al fin y al cabo, hablamos de “trayectoria profesional”. Trayectoria, camino recto o cuanto menos claramente definido. ¿Explorar, innovar, probar, equivocarse?. No, no, usted tiene que presentar el camino que ha seguido sin titubeos, que eso de titubear está mal visto.
  • Porque da un papel secundario a las habilidades. No es que se ignoren, pero sí están subordinadas al vector “puesto de trabajo”. Me puede contar sus habilidades, sí, pero explicándome cómo se manifestaron mientras desempeñaba un puesto de trabajo concreto.

“Freelance”, un mal parche

En algún momento, ante la presión por “encajar en el curriculum”, te surge la idea de etiquetarte como “freelance”. O de crear tu propia empresa/marca, que parece que le dé empaque a tu situación y sirva como aquellos adaptadores que permitían usar mp3 en reproductores de cassette. Soy un knowmad, sí, pero me disfrazo de “freelance” o de “marca” y así por lo menos puedo poner algo.

Pero no es suficiente. Porque al freelance y a la marca se les supone una cierta cohesión interna. Usted es freelance, vale… ¿pero a qué se dedica? ¿Cuáles son sus servicios? No me puede decir que “a veces una cosa y a veces otra”. “Freelance” se refiere más a la “relación contractual”, pero la expectativa es similar a la del “puesto de trabajo”. Vale, usted es freelance, establece relaciones mercantiles… pero concretas y sobre un tema específico, no me venga con líos. Lo mismo se puede decir respecto a las marcas, que llevan peor si cabe la falta de foco y concreción, aparte de lo absurda que acaba siendo esa tendencia a aparentar ser más de lo que uno es (“Nuestra empresa”… “nuestros servicios”… “nuestros profesionales”… ¡si eres tú contigo mismo!). Al freelance, y a la marca, no tardan en saltárseles las costuras.

Entonces, ¿cuál es la solución?

Personalmente llevo tiempo dándole vueltas y explorando formas de comunicar mi realidad profesional que se adapten mejor a lo que soy y a lo que creo que es la forma de trabajar “del futuro” . Utilizar una nube de tags que dé visibilidad a la vez a muchos de tus vectores (profesionales y personales), hacer un listado no lineal ni exhaustivo ni con intención de coherencia para explicar cosas que he hecho, preguntar y dar visibilidad a lo que la gente dice de mí, publicar cientos de artículos a lo largo de los años, visibilizar mi red de contactos

Lo bueno es que, con estas fórmulas alternativas de “mostrarse al mundo”, pueden conocernos con un nivel de profundidad, detalle y matices que ningún curriculum podrá jamás acotar. “Para quién he trabajado”, “en qué años” y “en qué posición” es una información mucho menos relevante que todo lo que podemos poner a disposición (cómo soy, qué pienso, cuáles son mis habilidades, a quién conozco, con quién me relaciono, cómo trabajo…) a través de estas vías. Eso sí, exige tomarse alguna molestia más que mirar por encima un folio de papel.

A veces pienso que, desde un punto de vista de las empresas y más concretamente de la función de selección, se cae en el “síndrome de la farola“. Son como aquel borracho que buscaba las llaves bajo una farola porque allí había luz, aunque fuese consciente de que las llaves se le habían caído en otro sitio. El curriculum se sigue utilizando porque es cómodo, porque es conveniente; es la luz de la farola. Y parece que poco importa que las llaves estén en otro sitio.

Desde fuera, diría que esto es un problema para las organizaciones; pero ellas sabrán. En lo que a mí respecta, cada día estoy más cerca de abandonar por completo la idea de “hacer un curriculum”. Confieso que todavía hay dentro de mí cierta sensación de incomodidad, una reminiscencia de las “viejas formas de hacer”; si una empresa me pide un curriculum, aunque yo piense que  no sirve de nada y que no refleja bien lo que soy, se lo tendré que dar. Porque la empresa manda, y es una oportunidad que no puedes dejar pasar… ¿verdad? Pero francamente, cada día veo con mayor claridad que, a lo mejor, el mero hecho de que una empresa que quiera comenzar la relación por un curriculum es una señal de advertencia.



Un valor difícil de vender

Lo bueno de no tener una trayectoria profesional “tradicional” es que no hay una inercia que te lleve a consumir un año tras otro sin darte cuenta. La contrapartida es que hay esa sensación constante de tener que llevar el timón, de decidir por dónde tirar, de no poder “dejarse ir”. Y no es un precio pequeño, no. Me decía un amigo ya hace años, cuando le contaba mis comeduras de coco, que no era sano pasarse la vida replanteándose cosas. No sé si es más o menos sano, pero sí sé que puede llegar a ser un agobio.

Precisamente ahora, que estoy en otro de esas “etapas de transición”, vengo dándole vueltas al “valor” que puedo aportar a una organización o a un proyecto. Y me doy cuenta de que vivo en una paradoja, y me explico:

Creo, sin falsa modestia, que por mis características puedo ser muy valioso dentro de una organización o proyecto. Tengo visión de conjunto, y “me entiendo” con perfiles muy distintos. Hablo “sistemas”, hablo “finanzas”, hablo “RRHH”, hablo “operaciones”, hablo “estrategia”. Soy de construir consensos y de tender puentes, más que de buscar conflictos. Tengo buenas dotes de análisis y de síntesis, lo que me permite poner el foco en lo importante, y mantener ese rumbo sin dejar que los detalles te acaben desviando. Comunico bien, y creo que soy muy “tratable” y cercano en las distancias cortas lo que me ayuda a “ganar adeptos” para la causa, y a trabajar “resistencias” cuando aparecen. En resumen, un perfil transversal que ayuda a que las cosas fluyan dentro de una organización, un “lubricante”. Una amiga y ex-compañera me definía como “el muelle” que hacía que las distintas partes del mecanismo funcionasen mejor entre ellas, que aportaba coherencia y visión de conjunto; siempre me sentí identificado con esa metáfora.

La paradoja reside en que este valor es difícil de vender. Se manifiesta y florece una vez que estoy dentro de un proyecto o de una organización, pero no es un buen argumento de entrada. Las empresas tienden a buscar “posiciones” (sea un “director de RRHH”, un “jefe de proyecto especializado en no sé qué tecnología”, etc.), y se centran en personas que “aporten experiencia acreditable en posiciones equivalentes”. O buscan un consultor “para hacer un proyecto concreto”, y restringen su búsqueda a los que se declaran “especializados” en ese ámbito. Y ahí mi perfil no destaca, mi valor no es evidente. Lo cual hace difícil “meter el pie” y empezar a hacer lo que sé hacer, mientras que otros con un perfil menos valioso pero más “concreto” pasan por delante de mí.

Y sucede que, cuando he intentado “concretarme” para adaptarme mejor a cómo funcionan las cosas… no me reconozco. No soy yo. Y las personas y oportunidades a las que “atraigo” de esa forma pueden llegar a ser muy insatisfactorias, porque están interesadas en un aspecto muy tangencial (el que yo haya “publicitado”) del valor que yo puedo aportar.

Y en esas ando, tratando de buscar una respuesta satisfactoria a esta paradoja que no pase por una casualidad.



Castillos de arena

Verano, “sol, arena y mar” que decía Luis Miguel. Confieso que la playa tiene para mí un efecto hipnótico. Será por aquello de ser de la Meseta, y ser contados los días que puedo disfrutar de ella. O por coincidir esos días en periodos de vacaciones, dados de por sí a la introspección.

Y allí estábamos, rodillas en la arena y palas en mano, excavando y amontonando, dando forma a unos castillos en la arena. Creatividad y trabajo compartido con los niños (benditos niños, que nos dan excusa para hacer determinadas cosas sin temor al “qué dirán”).

Terminamos el castillo. Los castillos, en realidad. Muy aparentes, un trabajo muy satisfactorio. Nos sentamos en la cercana toalla. Y niños ajenos que empiezan a revolotear; algunos para mirar con curiosidad e incluso admiración, pero otros con mirada aviesa. Joder, ¿por qué hay gente que es destructiva casi desde la cuna?. “Tchs, eh, ni se te ocurra”. El niño mira desafiante, pero recula. Bien, hemos salvado el castillo.

De momento. Porque no vamos a estar sentados en esta toalla para siempre. Más pronto que tarde llegará un niño (o un adulto, que los hay muy tontos también) y pisoteará nuestro trabajo, reduciéndolo a un montón de arena. Y en el mejor de los casos será cuestión de horas que suba la marea y las olas lo devuelvan a su estado original.

Mientras recogíamos y volvíamos al apartamento, me dio por pensar en todos los castillos que he construido a lo largo de todos estos años. Los de arena, y los otros; los proyectos, las herramientas, las webs, los documentos. En todos los “niños” que los amenazaban con mirada aviesa, sólo refrenados por mi presencia. ¿Cuánto tardaron en pisotearlos? En el mejor de los casos… ¿cuánto tardó la marea en subir y hacerlos desaparecer?

Puede parecer un pensamiento desolador, y en cierto sentido puede llegar a serlo. Pero quizás lo relevante de ese castillo no radique en su (imposible) permanencia, si no el disfrute que nos proporcionó mientras lo ideábamos y lo construíamos. Lo cual, también, puede ser una lección interesante de cara a abordar futuros castillos.



Diez cosas que puedes hacer por tu profesional independiente

Leía ayer un artículo de Hardvard Business Review hablando sobre el auge de la figura del “profesional independiente” y lo que se ha dado en llamar la “gig economy“. Una tendencia de la que estoy convencido hace tiempo, una “ola que llega” y que va más allá de la prestación de servicios profesionales al uso. No es que tú seas una “miniconsultora de uno” con un portfolio de servicios y que aterriza en una empresa para “hacer un proyecto” (hacer unas reuniones de seguimiento, presentar unos hitos, etc.), si no que eres un profesional autónomo y cualificado al que la empresa incorpora por una temporada durante la que formas parte casi al 100% de la dinámica interna . Como suele decir Andrés Pérez Ortega, cada vez hay más trabajo que hacer pero cada vez hay menos espacio para “empleos”, y la figura del “profesional independiente que está una temporada con nosotros” encaja perfectamente con esa realidad. Pero es algo a lo que, tanto los profesionales como las empresas, todavía nos tenemos que acostumbrar.

Como he tenido la suerte de vivir experiencias significativas en este sentido, me he liado la manta a la cabeza y me he atrevido a escribir una pequeña lista de acciones que, desde mi punto de vista, las empresas pueden poner en marcha para hacer más fácil la vida a los profesionales a los que contrata, y que hacen que la relación fluya mejor.

  • Las cuentas claras: empecemos por lo obvio. Tener claro cuánto y cuándo se va a cobrar, y qué conceptos incluye. ¿Vas a pagar gastos? ¿Vas a ofrecer alguna ventaja tipo “descuento para empleados”? Para mí lo más cómodo es una cantidad a tanto alzado: no me pidas que te justifique cada hora de trabajo, ni me plantees cobrar una cosa distinta cada mes, ni me pidas que te guarde tickets de todo… en general no me vuelvas loco y centrémonos en trabajar. Y por supuesto, cumplir como un reloj con los pagos, que nada es más odioso que tener que andar pendiente de si te han pagado, de reclamar facturas…
  • No abrumes rollos administrativos y legales: vale que tú eres una empresa grande, con sus correspondientes departamentos para casi cualquier cosa. Pero yo estoy solo, y todo el tiempo y atención que tenga que dedicar a formalismos no lo dedico a trabajar. No me mandes un contrato larguísimo en jerga legal. No me hagas contratar un abogado para revisarlo. No me pidas que te presente no se qué documentos. De nuevo, no me vuelvas loco.
  • Dame un sitio para trabajar: no soy exigente. Me vale con un rinconcito en cualquier lado. Pero que tenga un espacio en el que estar. Que no me tenga que estar buscando ubicación cada día, o aprovechando esquinitas en la mesa auxiliar de un despacho, o en una sala de reuniones de la que me echan cada rato y el de enmedio porque “la tenemos reservada”. No pido mucho, solo no tener la sensación de que estoy invadiendo el espacio de alguien cada vez que me siento a trabajar, la sensación de “eres un extraño aquí”
  • Dame un pequeño briefing genérico sobre tu empresa: su historia, su actividad, su organización, sus localizaciones, un breve “quién es quién”, cuatro teléfonos de contacto. La típica carpeta de bienvenida (que debería darse a cualquier empleado que se incorpore, en realidad) que me permita ubicarme rápido (está claro que los detallitos se cogen con el tiempo, pero cuanto más tengamos avanzado desde un principio mejor), y no sentirme como un idiota cuando se hable de Fulanito y no sepa quien es (cuando resulta que es un vicepresidente con mucho poder).
  • Cuéntale a tu empresa quién soy: la otra cara de la moneda. Dile a tu organización quién soy yo, qué he venido a hacer, cuánto tiempo voy a estar aquí. Para que cuando me cruce en los pasillos o en la máquina de café con gente (no digamos ya en reuniones), al menos, sepa “quién es ese tipo que ha empezado a venir por aquí”
  • Dame un acceso ágil a tu tecnología: lo normal es que yo venga con mi ordenador, con mi teléfono, que trabaje algo desde casa… así que ponme fácil que si quiero imprimir un documento, pueda. Que si tengo que acceder a unos documentos compartidos, pueda. Que si tiene sentido que acceda a los datos de tu ERP, pueda. Que si hay una agenda de teléfonos compartida, pueda consultarla. Que pueda conectarme a tu red. Es terriblemente frustrante verse impedido por la logística.
  • Dame acceso a tus instalaciones: la parte física del punto anterior. Si vengo de visita, es lógico que tenga que dar mi nombre en recepción. Pero si voy a estar viniendo de forma recurrente no me hagas pasar por ese proceso todos los días. Dame una tarjeta de acceso.
  • Inclúyeme en tus comunicaciones globales: si todo el mundo se levanta para ir a una reunión de equipo, es ridículo quedarse en tu sitio porque “no eres empleado”. Si llega un correo informando de cualquier detalle (da igual si es el resumen de ventas que llega a todo el mundo, la comunicación de una estrategia, una referencia que ha aparecido en prensa o una felicitación de navidad), que me llegue a mí también (y no me quede con cara de haba mientras todo el mundo habla de ello, hasta que tenga que pedir “oye, ¿te importa reenviármelo para saber de qué va el tema?”.
  • Respeta mis tiempos: es algo que en realidad habría que hacer con todo el mundo (nadie debería considerarse un dios con el tiempo ajeno), pero en mi caso tiene más relevancia. Puedo estar trabajando con varios clientes en paralelo. O puedo tener que estar preparando mi próximo proyecto, preparando visitas comerciales (porque contigo voy a estar solo un tiempo, los dos lo sabemos… pero la vida sigue), lo que sea. No pongas reuniones sorpresas, ni cambies citas, ni te acostumbres a jugar con mi agenda. No eres dueño de mi tiempo, no has comprado mi presencia, si no mi valor
  • Ábreme puertas: parte de nuestro acuerdo es que voy a estar aquí un tiempo limitado. No hay indemnizaciones por despido, no hay compromisos de por vida, todo es limpio y transparente. ¿Y si me facilitas la transición hacia mis siguientes proyectos? Si te gusta cómo trabajo… ¿por qué no les hablas de mí a tus contactos? ¿Por qué no me presentas a gente interesante que pueda derivar en nuevas aventuras? En el fondo, estás contribuyendo a que hagamos sostenible este modelo

Seguro que hay más, pero éstas son las que me han salido en un primer esbozo. Si eres profesional independiente… ¿qué cosas le pides tú a las empresas que te contratan?



En defensa del knowmad

Screen-Shot-2013-06-07-at-4.39.46-PM

No sé cuánto tiempo hace que tuve mi primer contacto con el término “knowmad“, pero recuerdo que me gustó mucho. Me sentí profundamente identificado con esa forma de calificar a un perfil profesional, a sus características. Desde entonces, siempre he sentido simpatía por este concepto de “nómada del conocimiento”. En este video, su creador John Moravec explica en qué consiste.

Curiosamente, el otro día cuando fui a buscar la referencia en wikipedia para enlazarla, me encontré con que los editores habían decidido eliminarla. Consideran que se trata de un neologismo que básicamente solo se usa en el entorno de su creador, que no ha cogido tracción suficiente en el resto del mundo y que, por lo tanto, no se “merece” tener un espacio propio en la wikipedia.

No puedo entrar a discutir si esto es cierto o no. Pero, independientemente de lo que opine la wikipedia, yo voy a seguir utilizando el concepto, porque después de un montón de años luchando contra una gran dificultad para etiquetarme, creo que se ajusta mejor que ningún otro que conozca a lo que soy como profesional.

Soy un conjunto de habilidades que se van desarrollando y consolidando en el tiempo. Soy unos valores y una forma de ser que determina cómo me comporto. Soy un conjunto de intereses variados y eclécticos, que además no son estables en el tiempo si no que evolucionan. Soy también la gente a la que conozco y con la que me relaciono. Todo eso, y más, es una mezcla en constante ebullición que cristaliza de múltiples y variadas formas que hacen difícil reducirlas a una o dos etiquetas tradicionales.

Durante mucho tiempo esta incapacidad para etiquetarme me hizo sentir mal, de alguna manera inferior a quienes sí podían (por su naturaleza o elección) ceñirse a una categorización más tradicional. Con lo fácil (y productivo) que es definirse como “abogado experto en fusiones y adquisiciones”, “neurocirujano” o “catedrático de teología”, mi obsesión era intentar “centrar el tiro”. El resultado siempre fue frustrante, porque cada vez que me reducía a algo siempre tuve la sensación de estar dejando fuera demasiadas cosas.

Pero eso era antes. Ya hace tiempo que llegué a la conclusión de que todo lo que soy, con todos sus matices y su dificultad para acotarlos, no es un motivo de vergüenza, sino de orgullo. No es una debilidad, sino una fortaleza. Puedo hacer muchas cosas bien, en muchos sitios distintos, con muchas personas distintas, en muchas situaciones diferentes. Mi mezcla de habilidades, conocimientos, experiencias, relaciones, intereses… es un caldo de cultivo excelente para poder aportar valor de muchas maneras distintas, muy por encima de las limitaciones de una etiqueta. Soy adaptable, flexible, polifacético, transversal. Soy un “knowmad”, y ahí fuera hay un mundo lleno de oportunidades para nosotros.



Fin de ciclo

En las próximas semanas voy a ir cerrando esta última etapa profesional que me ha tenido “entretenido” los últimos 4 años. Acaba mi colaboración (aunque ha sido mucho más que eso, claro) con Grupo Vips, al menos en su formato actual (si hay nuevos formatos en el futuro, dios dirá…)

Siempre he dicho que las etapas profesionales empiezan y acaban. Y está bien que así sea. Llega un momento en que las cosas no dan más de sí, que dejan de fluir, ya no sabes si estás construyendo catedrales o simplemente picando piedra, y es bueno no dejarse llevar por la inercia. No hay que tener miedo a poner encima de la mesa tus inquietudes y tus aspiraciones, aunque eso implique abrir la caja de Pandora y no sepas por dónde van a discurrir los acontecimientos.

Como no puede ser de otra manera, se mezclan muchas sensaciones. La satisfacción de todo lo realizado, y la frustración por todo lo que no salió bien y lo que crees que queda por hacer. La incertidumbre respecto al futuro, junto al “subidón” de las infinitas posibilidades que se abren ante ti. El yin y el yang, todo junto, como siempre van.

Para mí ha sido una etapa de crecimiento brutal. Estar dentro de una compañía me ha permitido tener una perspectiva mucho más completa de lo que significan los proyectos, las implantaciones, la estrategia, la política… me ha permitido desarrollar una serie de habilidades que me mejoran y me completan como profesional. Mi mochila, en ese sentido, se va muy llena.

En lo personal también ha sido una etapa fascinante. He vuelto a disfrutar del calor de unos compañeros, de las complicidades y de los chascarrillos. Me han acogido como a uno más, me han dado una cantidad ingente de cariño y de respeto. Hemos trabajado juntos, hombro con hombro. Nos hemos reído, hemos compartido satisfacciones y frustraciones. Y muy importante, me han dejado ser yo, con todas mis virtudes y mis defectos.

Hay momentos, palabras y gestos de estas últimas semanas que me van acompañar durante toda la vida y que me llenan de felicidad incluso a pesar de la nostalgia de las despedidas. Para mí son una señal de que algo he debido hacer bien.

Y así, como en las viejas pelis del oeste, el vaquero se aleja del pueblo cabalgando hacia la puesta de sol. Para el pueblo, el vaquero se va, desaparece. Pero para el vaquero, es el pueblo el que queda atrás. El camino hacia un nuevo destino acaba de comenzar.



Vivir de la petanca, y otras aspiraciones

Hace unos días me cruzaba con una referencia a esta noticia de 2010 donde se informaba del campeonato juvenil de petanca logrado por un joven local. La noticia la encabeza un titular, probablemente extraído a mala baba, y que compone la escena graciosa: “Volveré a estudiar; de la petanca no se puede vivir“. “Jajajá, qué pringao, pensaba que podía vivir de la petanca…” es la reflexión que convierte esta noticia en un “meme”.

Y hombre, en parte lo es. ¡Qué ingenuo, el chaval, si llegó a pensar alguna vez que podría hacer de la petanca una forma de ganarse la vida!

Pero… cambiemos “la petanca” por otras frases. ¿Quién no ha oído a gente quejarse amargamente de que “de la música no se puede vivir”? ¿O de que “la industria del cine se muere, y eso son miles de familias”? O “yo soy artista, alguien tiene que crear en esta sociedad”. O la de “yo he estudiado dos carreras y un master, y no me dan trabajo”. O la de “yo estudié Historia del Arte y ahora tengo que trabajar en telemarketing”. O…

Ya no es tan gracioso. Habrá muchos que piensen “claro, pero es que éstos tienen razón”. ¿Ah, sí? ¿Por qué estos tienen razón, y el de la petanca no?

A veces parece que hay gente que cree que, por determinadas circunstancias (desde “ser artista” a “seguir mi vocación”, pasando por “haber estudiado” o “tener años de experiencia”), la vida y la sociedad “les deben” un trabajo, unos ingresos, una forma de ganarse la vida. Que en cierto modo es “su derecho”, y que protestan airadamente cuando se encuentran con que eso no se cumple. Y a mí, francamente, me hace gracia. Porque no es verdad. Nadie nos debe nada, no tenemos ningún derecho adquirido (*). Igual que los hombres de las cavernas tenían que mover el culo si querían comer, en nuestra sociedad tenemos que hacer lo mismo. Cada uno es muy libre de escoger el camino que quiera, de tener las aficiones que guste, pero no puede perder de vista que si quiere comer tendrá que realizar alguna actividad de valor añadido (“valor añadido” entendido desde el punto de vista de “alguien está dispuesto a pagar por ello”, no de lo que uno piense de sí mismo). Y así, mientras viva.

Así que la reflexión del chaval de la petanca tiene más miga de la que parece. La idea de “ganarse la vida” sigue siendo fundamental. Y uno no tiene la vida ganada porque sí, y tampoco tiene derecho a ganársela como él decida. Hay caminos que te lo permiten, y caminos que no. Y uno tendrá que elegir entre los primeros. Y el resto, sea jugar a la petanca o cualquier otra cosa… para tus ratos libres.

(*) y perdonadme que me ría por adelantado si alguien menciona algo parecido a que “la Constitución nos garantiza blah, blah”. La Constitución es un papel que unos señores escribieron un día sentados en torno a una mesa. Pusieron lo que pusieron, o podrían haber garantizado “unicornios para todos”; y eso no lo haría más real ni más factible. Una bonita declaración de intenciones, un objetivo deseable… pero un brindis al sol al fin y al cabo.



¿Son sostenibles los proyectos paralelos?

El otro día comentaba con un conocido la situación de su empresa. Tras años de prestar servicios a clientes a modo de consultoría, había decidido enfocarse a desarrollar un “producto propio”. Había cambiado de arriba abajo la empresa para adecuarse a este nuevo enfoque. Y en ellas estaba. Confesaba que con cierta inquietud… porque pasar del modo “trabajo hecho para terceros, trabajo cobrado” al modo “trabajo hecho para uno mismo y ya se verá si fructifica” da miedo. Donde antes entraban ingresos de forma más o menos regular, ahora sólo hay gastos… y quién sabe por cuánto tiempo. Un salto de fe.

Le preguntaba yo si no se había planteado compatibilizar los dos modelos: que una parte de la empresa siguiera explotando el modelo consultoría, generando ingresos… y financiando así al “proyecto propio”. Y él me comentaba que en realidad era algo que habían intentado… y que no había funcionado. Porque por mucho que quisieras destinar tiempo y recursos al proyecto propio, cuando aparecía un cliente resultaba difícil decirle que no. Con lo cual tus esfuerzos, tu atención… se dedican a ese cliente, y a ese “dinero cierto”, y se desvían de tu incierto proyecto propio. Por lo que al final, la alternativa que había tomado era “quemar las naves” y apostar el 100% al proyecto propio.

En cierto sentido, me sentí identificado. Uno puede plantearse la idea de apostar por un proyecto propio, el que sea. De “tirarse a la piscina”. Pero resulta que, mientras está en ello, surgen oportunidades. Hacer un proyecto que no tiene que ver con lo que quieres desarrollar, pero que te pagan bien. Y oye, tú tienes un alquiler, unos niños… te vienen bien los euros… total, puedo dedicarle un poco de tiempo sin desviarme de lo mío… lo haces. Sin darte cuenta, surge otro… y lo haces. Un compromiso con un antiguo compañero… venga, va. Pasan las semanas, los meses… y de repente te preguntas qué está pasando con “tu proyecto”. No ha avanzado. ¿Cómo va a avanzar, si apenas le has dedicado tiempo? Y cuanto menos avanza, menos “tangible” lo ves, y más dudas te entran.

Lo mismo podría aplicarse a quienes quieren desarrollar un proyecto “a tiempo parcial” mientras mantienen su trabajo por cuenta ajena… “Yo le dedico las tardes, y los fines de semana, y lo que haga falta”. Pero es poco tiempo. Y sobre todo, por mucha ilusión que tengas, es poca energía la que te queda. ¿Durante cuánto tiempo se puede sostener esa situación?

En definitiva… ¿pueden ser sostenibles los proyectos “paralelos”? ¿O es necesario centrarse, ponerse los “guiaburros” para no hacer nada que no tenga que ver con el proyecto, superar el vértigo del “los cien pájaros volando vs. el que está en la mano”… y que sea lo que dios quiera? Imagino que es una cuestión de confianza, de tolerancia al riesgo… no es una papeleta fácil.

Foto: Mykl Roventine



¿Sectores enfermos, o expectativas equivocadas?

Hoy publican en El País el artículo “Ingenieros arrepentidos“. Se trata del artículo del que os hablaba hace unos días para el que buscaban “casos reales”.

Al leerlo, seguro que muchos reconocéis el escenario. Son testimonios de personas desilusionadas por una carrera profesional decepcionante, sin grandes sueldos, sin desarrollo, sin muchas perspectivas de futuro… nada nuevo bajo el sol.

La cuestión es que podría interpretarse, leyendo este artículo, que es un problema del sector. Y ahí es donde a mí me entran las dudas. ¿Acaso no son estos problemas existentes en cualquier profesión? ¿Es que los abogados, los arquitectos, los médicos, los periodistas… viven de forma generalizada carreras profesionales llenas de satisfacciones? Seguro que no. Imagino que cualquier estudiante de arquitectura quiere ser Foster, pero el 99% acabará trabajando en una promotora visando proyectos de edificios residenciales clónicos. Cualquier estudiante de medicina quiere ser un médico de prestigio, pero el 99% acaba de médico de empresa haciendo reconocimientos rutinarios día sí y día también, o atendiendo pacientes en el ambulatorio a razón de 6 por hora. Cualquier aspirante a periodista quiere destapar el Watergate, pero la mayoría pasará su vida profesional en redacciones de medio pelo cubriendo noticias intrascendentes. Etc.

A lo que voy es que quizás deberíamos asumir que, por defecto, el mundo del trabajo nos ofrece carreras profesionales planas y llenas de miserias en entornos laborales poco estimulantes. A los ingenieros, a los economistas y a todo hijo de vecino. Que eso no es la excepción, si no la regla. Que las carreras profesionales brillantes, en contínua progresión, llenas de estímulos… son un privilegio de unos pocos, y que además no surgen de la nada, sino que exigen poner bastante de nuestra parte, asumir riesgos y sacrificios.

Quizás, teniendo unas expectativas más ajustadas a la realidad, existirían menos decepciones.