Un gorrito ridículo, y la imagen profesional

Hace unos días aproveché para dar un paseo por el campo con la familia. Me hice una foto con un gorrito ridículo, y una sonrisa bobalicona. Y la subí a Instagram (https://www.instagram.com/p/BlgUVLSFHgS/). ¿Quién la habrá visto? ¿Qué impacto tiene eso en mi “imagen”? ¿No estaré perjudicando mi imagen profesional a base de compartir cosas personales, banales… en redes sociales?

Hay quien defiende que, en nuestra interacción con los demás (y especialmente en redes sociales) debemos ser extremadamente cuidadosos y pulcros, ceñirnos estrictamente a “ser profesionales” y no dejar que nada personal “contamine” nuestra imagen. Yo no lo creo.

Creo que las conexiones verdaderas con los demás se producen a base de pequeños detalles, muchas veces banales. Porque “lo profesional” es muchas veces aburrido, plano, indistinguible de cualquier otra persona.

Y sí, es posible que al mostrar esa parte más personal generes rechazo en algunas personas. Pero a estas alturas de la vida he llegado a la conclusión de que, hagas lo que hagas, siempre va a haber alguien a quien no le gustes. Así que, ya puestos, mejor ser uno mismo y comportarse con naturalidad. Y a quien no le guste… pues qué le vamos a hacer.

A cambio, seguramente encontraremos otras personas a las que sí gustemos así, tal y como somos, y con quienes podremos generar una conexión de verdad.

Consejos (advertencias) para empezar en Youtube


Quizás hayas visto a personas que utilizan Youtube para darse a conocer, o para apoyar sus proyectos profesionales, y te haya picado el gusanillo. Quizás has pensado que, por qué no, tú podrías hacer lo mismo…

Algo parecido pensé yo hace unos meses. Y después de darle un par de vueltas, me lancé. Ahora, pasado un tiempo y basado en mis sensaciones, comparto contigo una serie de consejos (¿o advertencias?) por si quieres tenerlas en consideración…

Sobre el esfuerzo de subir vídeos

Lo primero: subir vídeos a Youtube es extremadamente sencillo. Una cámara (cualquier móvil de hoy en día vale), grabar, y subir. Ya está.

Lo que pasa… es que esos vídeos suelen ser un coñazo. ¿Cuántos vídeos de “persona hablando a la cámara durante minutos” consumes tú? La gracia de los vídeos es que tengan un poquito de variedad, de ritmo, de estímulos diferentes… y el problema es que añadir todo eso cuesta trabajo. Te empiezas a preocupar de la iluminación, y del sonido, y de grabar escenas de recurso, y del montaje, y de añadir sonidos, e insertar vídeos e imágenes… y el esfuerzo se incrementa exponencialmente.

Comparado con otro tipo de contenidos (como publicar en redes sociales, en un blog, o incluso un podcast), el vídeo es notablemente más exigente en términos de dedicación (tanto en la planificación como en la post-producción…) si quieres conseguir un resultado no ya extraordinario, sino medianamente digno.

Sobre tu público objetivo

¿A quién te vas a dirigir? Ya sé, ya sé, la tentación es decir que “yo los subo, y cuanta más gente me vea mejor”. Pero eso no suele funcionar… necesitas centrar el tiro. No es lo mismo hacer un vídeo para niños de 12 años (como mi hijo) que para señores de 42 (yo mismo) o para señores de 70 (mi padre). Cada uno tenemos nuestros gustos, nuestras inquietudes, nuestras referencias. Antes de lanzarte a subir vídeos, conviene que pienses a quién le estás hablando, porque eso determina muchas cosas del proceso.

Sobre el contenido que funciona

Uno tiene la tendencia a pensar en los canales de contenidos como herramientas utilitaristas. “Yo quiero hacer vídeos para hablar de mí, o para hablar de mi curso, o para hablar de mi trabajo, o para hablar de mi libro”. Lo cual está muy bien… pero no funciona. La gente no va a Youtube pensando en ti, sino pensando en ellos mismos. En buscar algo que les entretenga, o que les resulte útil A ELLOS, o que responda a alguna inquietud que ellos tengan. Es importante tener esta perspectiva antes de ponerse a sacar vídeos…

Pero claro, tú no te pegas esta currada “para nada”. También quieres hacer algo útil para ti. Se trata, por tanto, de encontrar esa intersección entre “lo que es útil para los demás” y “lo que es útil para ti”. Verás, cuando te pongas a pensar en ello, que no es tan sencillo como pudiera parecer, y que es muy fácil deslizarse hacia cualquiera de los dos extremos: contenido que te interesa a ti pero que nadie ve porque les da igual, y contenido que interesa a los demás pero que a ti no te aporta nada (acabas siendo un “mono de feria” capaz de hacer cualquier cosa por un like… y seguro que se te ocurre más de un ejemplo).

Sobre el impacto esperado

En cualquier caso, vete asumiendo que no te va a ver ni el tato. Sí, ya sé, hay “youtubers” que tienen cientos de miles de suscriptores, y millones de reproducciones acumuladas… Pero es como cualquier otro campo: en el fútbol están Messi y Cristiano Ronaldo, pero la mayoría de personas que juegan al fútbol lo hacen en liguillas de bares. Los “superéxitos” son la excepción.

Ajusta bien tus expectativas, porque tarde o temprano vas a tener que enfrentarte a una pregunta: “¿Realmente merece la pena todo este esfuerzo para conseguir unas decenas, quizás un par de cientos, de reproducciones?”. Por ejemplo, en un año mi vídeo más visto acumula poco más de 700 reproducciones. ¿Merece la pena? La verdad es que me gusta pensar en una sala llena de 700 personas, y pienso “mmm… tampoco está mal”.

Así que no te metas en esto pensando que vas a conseguir miles de visitas, y a generar cientos de nuevos seguidores/potenciales clientes. Lo normal será que tus primeros vídeos los vea tu madre, tu pareja, y quizás algún amigo al que le des la turra por Whatsapp. Ni siquiera te creas que por tener seguidores en redes sociales van a venir todos en peregrinación a verte a ti…

Sobre la incomodidad de la cámara

Ah, la cámara. Hay gente que es supernatural, pero si eres como yo y tienes cierto sentido del ridículo… eso de ponerse delante de la cámara, y hablar, y hacer muecas… es una barrera tremenda. Te grabas, te ves, y quieres meterte debajo de la cama. ¡Es horrible! ¡Me veo fatal! ¡Y esa voz! ¡Por dioooos!.

Pues tengo una mala y una buena noticia. La mala es que no hay forma de evitar esa sensación al principio. Vas a tener que pasar por ella. Una vez, otra vez… sufrir viéndote, vencer tus reticencias a subir el vídeo, tener la sensación de que haces el ridículo… La buena noticia es que, con el tiempo, te acostumbras. Te das cuenta de que no pasa nada, de que nadie está con una escopeta esperando para criticarte. Tu voz empieza a sonar “normal”, te acostumbras a verte en la cámara… y cada vez lo harás mejor.

Conclusiones

Si has pensado en lanzarte a hacer vídeos en Youtube, ajusta tus expectativas. Es un curro notable. Requiere un esfuerzo importante a la hora de definir qué quieres contar, y a quién se lo quieres contar. Los resultados probablemente no serán espectaculares. Y en el camino tendrás que enfrentar momentos de incomodidad.

Y aun así… si te pica el gusanillo, ¿por qué no haces la prueba?. Dale un par de vueltas (pero no muchas más), graba un vídeo, y súbelo. A ver qué tal te sientes. Porque quien sabe… igual te acaba gustando.

¿Hasta dónde debes producirte?

Toda la música pop es mentira

Hace unos días veía este vídeo de Jaime Altozano (un youtuber que es una delicia) en el que explicaba el proceso de producción de una canción. Su frase-enganche: “toda la música pop es mentira”.

El caso es que durante el vídeo, Jaime explica (con demostración práctica incluida) todo lo que sucede en un estudio de producción desde que se graba una voz hasta el resultado final. El proceso está lleno de tecnología y de trabajo de orfebrería, afinando “a mano”, ajustando los tempos, añadiendo efectos a tutiplén… hasta llegar a un producto mucho más elaborado que el input final.

La cuestión que plantea es… ¿esto es “mentir”?

La producción está en todas partes

Lo que defiende Jaime es que esto que sucede en la música no es nada distinto a lo que sucede, por ejemplo, en el cine. Allí hay montones de “trucos” (desde la iluminación, la grabación de múltiples planos, el montaje… por no hablar de los cromas y los efectos digitales) que hacen que lo que nosotros vemos al final no sea “real”. Cuando hay una batalla de superhéroes en pantalla, nadie se plantea que “eso no es una representación fidedigna de la realidad”, lo asumimos como espectáculo visual y adelante.

Lo mismo sucede en la fotografía, donde el retoque fotográfico sirve para alterar tonos, colores, arreglar desperfectos… y en definitiva crear imágenes visualmente mucho más potentes de lo que podríamos observar a simple vista (y de lo que capta la cámara originalmente). Y las asumimos como tal, las disfrutamos, y santas pascuas.

Si me apuras, la producción también existe en la vida real. Cuando alguien pasa horas maquillándose o peinándose, o eligiendo un atuendo determinado… y no digamos si luego se hace la foto en instagram, eligiendo la pose más favorecedora y aplicando los filtros que correspondan.

Todo es producción, una alteración de la realidad original que busca simplemente ser más atractivo.

¿Qué es real?

Si yo veo una película, la película es real. Sé que no es una “representación exacta de la realidad”, pero el producto en sí mismo es real, y yo lo disfruto como tal. Cuando veo una imagen llamativa, la imagen también es real. Puede tener una base más o menos real, estar más o menos “trabajada”, pero la imagen es un producto que yo consumo y disfruto. Si escucho un gran éxito en Spotify, la canción es real. Puede que luego el cantante no “sepa cantar”, y que todo sea hiperproducido… pero en última instancia me da igual, yo disfruto con lo que escucho y ya está.

Incluso si yo salgo una noche y veo “gente guapa”, esa gente “es real”. Puedo observarla y “disfrutar de las vistas”. Poco me importa que a la mañana siguiente, sin maquillaje, con el pelo alborotado y una camiseta vieja el efecto sea completamente distinto. Lo mismo me pasa si veo imágenes en instagram, yo disfruto de las imágenes y fin de la historia.

¿Acaso no lo podemos disfrutar sin más?

Mi tesis es que, en general, no me parece mal que exista un esfuerzo de “producción”… siempre y cuando lo que yo consuma sea el “producto final”. Si voy a ver una peli, quiero que esté tan “trabajada” como sea necesario para disfrutarla. Lo mismo con un hit musical, con una fotografía, con el aspecto físico de la gente que me cruzo por la calle o que sale en la televisión. O con el sonido de un podcast, o el estilo de un libro. Me da igual la de veces que hayan tenido que repetir la toma, o que hayan tenido que rescribir un párrafo, o la de horas que hayan pasado en maquillaje o en postproducción.

Yo mismo produzco cosas. Cuando escribo un post suelo hacer un esquema previo, escribo, corrijo, añado fotos, enlaces, formato… desde luego queda mucho más pulido que lo que saldría de mi puño y letra en “escritura automática”. O cuando hago un podcast lo mismo: tengo un guión, quito trozos en los que me atoro, meto un par de efectos para mejorar la voz, añado músicas… Cuando salgo en un vídeo, procuro peinarme y ponerme una ropa medianamente adecuada (y no lo de “andar por casa”). Para la foto que uso de avatar, elijo a ser posible una en la que no tenga cara de asco ¿Qué problema va a haber en eso?

Cuando producir es un engaño

El problema viene cuando no hay una conciencia clara de la producción, y se confunde “lo producido” con la realidad. Cuando ves un anuncio, o una portada de una revista, y crees que esa persona es así (ignorando la cantidad de “trucos” tanto analógicos como digitales que han llevado a que la portada sea así). Cuando ves un reportaje fotográfico de una ciudad y piensas que esas puestas de sol, esos colores brillantes, esa magnificencia… son los que vas a ver tú si vas allí. Cuando escuchas un single de un cantante, y piensas que realmente tiene grandes dotes vocales. Cuando crees que la imagen pública que esa persona transmite en sus entrevistas y demás apariciones televisadas son un reflejo de su carácter real. Etc.

Aquí hace falta tener espíritu crítico, y aceptar con deportividad que lo que estás viendo, escuchando… es un producto, más o menos “basado en hechos reales”, pero no una representación fidedigna de la realidad. Porque luego llegan las decepciones…

Y más problemático aún es cuando se intenta utilizar esa “realidad producida” para que tú compres engañado la (más triste) realidad original. Por ejemplo, cuando alguien “produce” su curriculum para proyectar una valía profesional que no se corresponde con la realidad. O cuando uno retoca su imagen para resultar atractivo en una app de ligar. O cuando se retocan las fotos del “antes/después” en un anuncio de la teletienda. O cuando pones fotos muy retocadas de tu apartamento en una web inmobiliaria para que parezca más grande de lo que es. En cualquiera de estos casos, la producción no es un fin por sí misma, no es algo disfrutable sin más, sino que es un señuelo para engañarte. Y eso sí es un problema.

¿Tiene sentido producirse?

Hablemos de ti y de mí, de la imagen que proyectamos. ¿Tiene sentido producirla, añadirle un poco de “magia” para hacerla más atractiva? Quizás sí. Un poquito, sin exagerar. Porque el riesgo de pasarse siempre está ahí. Y bueno, tampoco pasa nada mientras estés fabricando un “producto” de consumo, sin más, y no pretendas engañar a nadie. Lo que pasa es que, como decía hace tiempo…:

Pero ay, ése es un camino por el que es muy fácil deslizarse sin control. Porque un poquito por aquí, otro poquito por allá, acabamos transformando la realidad a nuestro antojo, ofreciendo al mundo una versión de nosotros mismos que no se parece en nada a la original. Y oye, no pasa nada mientras nadie tenga la ocasión de ver el contraste. El problema es cuando alguien puede poner frente a frente la versión hiperretocada que nos hemos inventado, y la versión real de todos los días…

Cuatro imprescindibles para tu mochila profesional

Esta semana participé en la “III Semana Empresa en el Aula” organizada por la Facultad de Ciencias Empresariales y del Trabajo de Soria. Mi objetivo era trasladar a los estudiantes universitarios algunas ideas sobre su futuro profesional con la esperanza de que les sirviese como llamada de atención.

Tras una vida de certidumbres…

La vida del estudiante no es fácil: clases, apuntes, trabajos, horas de estudio, exámenes… por supuesto, todo eso está ahí. También, no nos vamos a engañar, una nada desdeñable parte lúdica. Pero si algo caracteriza la vida del estudiante es la certidumbre. Desde que entras en el sistema educativo, todo está diseñado como un camino perfectamente delimitado. Empiezas en la educación infantil, luego va la primaria, luego va la secundaria, el bachillerato, la universidad… cada una de esas etapas con los pasos bien claros: primero, segundo, tercero… hay alguien que define “qué tienes que estudiar”, “de qué te vas a examinar”… y quitando un par de decisiones puntuales el resto del tiempo sabes a qué atenerte.

Pero eso llega a su fin. Estás a punto de terminar la carrera… ¿y después qué? Algunos buscan en un master la prolongación de la vida del estudiante. Y funciona, sí. Durante unos meses. Pero al acabarlo, la pregunta es la misma. ¿Y ahora qué?

Hice un ejercicio con los asistentes a la charla, en el que les pedía que expresasen con palabras concretas las sensaciones que tenían respecto al futuro. Y éste es el resultado…

Miedo, incertidumbre. Normal…

Yo he estado allí

¡Cómo no empatizar con ellos! No hace tanto (bueno, el tiempo es relativo) yo era un jovencito universitario exactamente en la misma situación. Después de años con una visión bastante clara de lo que deparaba el futuro, me enfrentaba a lo desconocido, a un viaje con destino incierto.

Y ahora, veinte años después, estoy en condiciones de contarles qué es lo que hay al otro lado. Lo que no sé es si les gustará lo que tengo que decirles… porque son una serie de verdades incómodas.

Antes de hacer el equipaje…

Si vas a iniciar un viaje… ¿qué metes en tu maleta? Pues depende, claro. Depende del tiempo que vaya a hacer, porque no es lo mismo ir a un destino soleado, con 25 grados de temperatura, que ir a un escenario de viento, lluvia y frío.

¿Qué metemos en el equipaje para nuestro viaje profesional? Pues veamos qué dice la previsión del tiempo…

  • La incertidumbre no termina: podría existir la esperanza de que, pasados unos primeros momentos de adaptación al mundo laboral, la cosa se calma y puede uno volver a estar tranquilo. Vana esperanza. La incertidumbre es la norma, y cada vez más. La tecnología, la demografía, los cambios sociales… todo se acelera. Las normas cambian cada dos por tres. Tendremos muchos trabajos, en muchos ámbitos distintos. No hay forma de relajarse y dejarse llevar. Seremos como Sísifo, condenados una y otra vez a reinventarnos.
  • Nadie nos debe nada: no, da igual que tengas dos carreras y un master. Nadie te debe nada. Nadie tiene por qué asumir la responsabilidad de solucionarte la vida. ¿Es un desengaño para ti? Quizás alguien te prometió lo contrario. O quizás a ti te resultó más cómodo entenderlo así. El caso es que no sucede. Y si te quedas esperando a que te den “lo que te deben”… lo llevas crudo.
  • Hace falta valor: pero no del de “ser valiente”, sino del de “ser valioso”. “De la petanca no se puede vivir”, parece claro. ¿Y qué te hace pensar que de “lo que haces tú” sí, así por decreto? No, las cosas no funcionan así. ¿Por qué alguien va a desprenderse de parte de su dinero? Sólo si lo que tú le aportas a cambio le compensa, si le aportas un beneficio mayor que aquello a lo que renuncia. Ése es el punto de partida. Y luego a ver cómo está la oferta y la demanda en ese campo… porque el que tiene más alternativas para elegir tendrá la sartén por el mango.

Al mal tiempo… paraguas

Ojalá la previsión del tiempo fuese diferente. Pero es la que es, y el viaje hay que hacerlo de todas maneras. Así que veamos, ¿qué metemos en nuestro equipaje? ¿Qué habilidades y herramientas nos pueden ser útiles para afrontar un futuro profesional incierto? Aquí van cuatro:

 

No están todas las que son, pero seguro que sí son todas las que están. Meter todas estas cosas en tu mochila no hará que el tiempo cambie, pero te ayudará a sobrellevarlo mejor. Y desde luego, éstos no son consejos que valgan sólo a “jóvenes universitarios”. La previsión del tiempo es la misma para todos. Y en realidad todos estamos haciendo el mismo viaje.

Sigamos caminando.

No tengo nada que aportar

Si está todo inventado…

Hace unos días comentaba alguien en twitter su dilema respecto a la creación de contenidos (en este caso hablaba de un podcast, pero podríamos extenderlo a cualquier otro formato). Por un lado estaban sus ganas/apetencias de hacerlo. Y por otro una vocecita interior que decía: “¿Qué aportaría yo a ese tema? Nada, seguramente. Siempre concluyo que no tengo nada que aportar que no esté aportado.”

No es una reflexión que me resultara ajena. Hace algunos años, mi mujer me preguntó: “¿Qué buscas cuando haces una foto? ¿No la habrá hecho alguien antes que tú, y posiblemente mejor?“. Vaya, pues seguramente sí (y además hay gente que se encarga de demostrártelo). “Está todo inventado”, “nada nuevo bajo el sol”. Sumémosle internet y su capacidad de poner en nuestras pantallas lo mejor de todo el mundo… y es fácil tener esa sensación de futilidad.

Y sin embargo…

Tú lo haces especial

Quiero decir… a ver, no voy a caer en el cliché de que cada uno somos un copo de nieve especial e irrepetible. Que sí, que es verdad, pero al final todos somos copos de nieve, y somos varios miles de millones. O sea, que no nos flipemos. Pero aun así… cada uno tenemos nuestra personalidad, nuestras experiencias, nuestra forma de expresarnos… y todo ello constituye un filtro que le da un matiz diferente a todo lo que hacemos.

¿Hasta qué punto ese matiz es relevante? Pues depende de cómo lo quieras mirar. Si lo haces desde una perspectiva global… pues no, no va a ser diferente. El post que tú escribas no va a ser muy distinto del que escribe un fulano de Oklahoma o de Bangalore, o de tantos otros miles. Puestos uno al lado del otro las diferencias serán prácticamente inapreciables, y para alguien que no te conozca lo mismo le va a dar consumir uno que otro.

Tu red social

La cuestión es que hay otra forma de mirarlo. Y es que, salvo para los que hacen búsquedas genéricas en google (donde sí, eres una commodity), normalmente no se produce esa situación de “competencia perfecta”. Cada uno tenemos nuestros círculos sociales tanto en el mundo analógico como en el digital. Amigos, y amigos de amigos. Es a ésos a los que nosotros llegamos, y ahí la competencia se reduce. Porque esos amigos te leen a ti, y no al tipo de Oklahoma ni al de Bangalore.

Sí, en el mundo global eres una commodity indistinguible, pero para tu círculo ya eres identificable. Cuando ven un contenido tuyo, el hecho de que sea tuyo les aporta un matiz relevante y reconocible. Porque hay por debajo una conexión personal (no hace falta que sea profunda ni que seáis amigos del alma) que consigue que, para ellos, sea diferente.

Piénsalo. El hecho de salir a tomar una cerveza con alguien… en realidad, ese “alguien” podría ser cualquiera. Total, la actividad en sí, las conversaciones que se tienen… hay miles de personas sólo en tu ciudad con las que podrías hacer lo mismo. Y sin embargo, no tiene nada que ver hacerlo con unos amigos que con un grupo de desconocidos, ¿verdad?

Las comparaciones son odiosas

Cuando uno se plantea crear un contenido, puede pensar… ¿habrá alguien en el mundo que lo haga mejor? La respuesta, en el 99,9999% de los casos, es que SÍ. Hay alguien mejor. Y además es fácil de encontrar, en un par de clics puedes hacerlo.

Pero, ¿sabes qué? También hay mucho contenido peor. Muchísimo más de lo que imaginas. Aunque tú te sientas un mediocre comparado con ese experto de talla mundial, es probable que lo que tú llamas “mediocridad” esté por encima del 80% del nivel de la población mundial. O del 90%. Lo malo es que tendemos a creer que lo que nosotros sabemos hacer… lo sabe hacer todo el mundo. Y no es así, y es algo de lo que te das cuenta en cuanto empiezas a rascar. Piensa en la gente que te rodea, y haz números.

Si a esto le unimos la visión de “red social” de la que hablábamos antes… es más que posible que aunque no seas un “experto a nivel global”, sí que seas un “experto para tu círculo social”. Son gente que ni ha dedicado el tiempo que tú has dedicado el tema (aunque a ti te parezca una chorrada), ni tiene referencias de quiénes son esos expertos mundiales que tú crees que todo el mundo conoce.

Aunque tengas la sensación de que tú no puedes aportar nada “al mundo”… sí que puedes aportar muchas cosas “a tu mundo”.

La zona de desarrollo proximal

Porque esa es otra. Tendemos a creer que un “experto de talla mundial” es el que mejor puede explicar las cosas a cualquiera. Y no es verdad. Las personas somos capaces de entender y aprender cosas sólo en la medida en la que nos las explican “para nuestro nivel”. Y muchas veces eso es más fácil de hacer para alguien que está en ese nivel (o uno ligeramente superior) que para el experto de talla mundial, al que se le hace muy difícil ponerse a esa altura (no necesariamente por ego, sino porque la empatía se hace más complicada).

Que no seas el que más sabe del mundo no te inhabilita para contar cosas relevantes a la gente que tienes cerca. Primero porque es posible que tú seas la única referencia que tengan a mano, y segundo porque es posible que tú seas capaz de contar las cosas de forma más asequible y conectada con su realidad concreta.

Hay quienes conectan contigo

Y aun así, ya he dicho alguna vez que hay que ser consciente de que lo que haces no le importa a (casi) nadie. Creo que es un error hacer cosas pensando que van a “impactar” en los demás, porque es una expectativa poco realista y que lleva a la decepción. Hay que hacer cosas porque a uno le gustan, sin esperar nada.

Y aunque parezca paradójico resulta que es posible que haya un puñado de personas con las que conectes incluso sin buscarlo. Gente a la que le gusta lo que haces, tu forma de expresarte, las cosas que cuentas…

Cuando eso sucede, cuando encuentras aunque sea una persona con la que conectas en base a lo que haces sin expectativa, a lo que te sale de dentro… la sensación es estupenda. Porque esa conexión es genuina, no forzada. Porque desvela una afinidad de esas que son difíciles de generar en un mundo lleno de postureo, y eso es algo gratificante en sí mismo. Algo que se puede producir o no, pero que seguro que si te quedas encerrado en casa sin hacer nunca nada no va a pasar.

Disfrutar del camino

En última instancia, tenemos que plantearnos si realmente tenemos que hacer las cosas “para algo”. Si es necesario darle un matiz finalista/utilitarista. Si no podemos simplemente hacer las cosas porque nos apetecen, disfrutar del proceso, experimentar, jugar, aprender. Hacerlo por nosotros mismos, sin más.

Y si luego resulta que “aporta algo a alguien”, miel sobre hojuelas. Pero que no sea ése el elemento de validación.

PD.- Como ves, he añadido un episodio del podcast Diarios de un knowmad dedicado a este tema. Si te gusta, puedes suscribirte en iVoox y en iTunes, comentar, recomendar, compartir…