Siete actitudes imprescindibles para aprender a aprender

Learning to learnUno de los elementos fundamentales cuando uno quiere aprender mejor es darse cuenta de que “aprender a aprender” es una habilidad en sí misma. Y como tal, tiene una serie de mecanismos que es bueno dominar para aprender aquello concreto que queríamos, pero que además nos abre la puerta a aprender cualquier otra cosa que nos planteemos.

De alguna manera, esta revelación nos permite elevarnos respecto al aprendizaje concreto en el que estábamos metidos, y nos abre la perspectiva sobre nuestro “rol de aprendiz“.

Hace unos años se llevó a cabo el proyecto “Learning2learn” a nivel europeo en el que se exploraba esta “meta-competencia”. En uno de los documentos resultantes del proyecto (gracias a Juanda de LearningLegendario por la referencia), se plantean una serie de actitudes imprescindibles para ser un buen aprendiz:

  • Entender el aprendizaje más como un proceso que como un objetivo: porque al final, el aprendizaje no sale de la nada, sino que es el resultado de una cadena de acciones sobre las que podemos influir. Es ahí donde podemos concentrar nuestros esfuerzos.
  • Aceptar la responsabilidad propia sobre el proceso de aprendizaje: nosotros somos únicos; nuestro pasado, nuestras circunstancias, nuestros objetivos… y también somos nosotros quienes vamos a disfrutar/sufrir las consecuencias de lo que hagamos. Más nos vale asumir que debemos llevar el timón.
  • Ser consciente de tus propias preferencias respecto al aprendizaje: ¿cómo aprendo mejor? ¿Soy más de leer, de escuchar? ¿De trabajar solo o acompañado? ¿De explorar, o de ser guiado? Darse cuenta de todas esas cosas nos ayuda a tomar decisiones conscientes más adelante.
  • Ser capaz de planificar tu aprendizaje y valorar tus avances: si queremos que el aprendizaje sea eficaz, no podemos dejar que suceda de forma accidental y tácita. Tenemos que ser capaces de dirigirlo, aplicando lógica de gestión al proceso.
  • Ser capaz de observarse y evaluarse a uno mismo: verse desde fuera, abstraerse y analizarse con el menor sesgo posible, nos ayuda a dirigir de forma eficaz nuestro esfuerzo.
  • Autoconfianza para compartir el proceso con otros: porque el aspecto social del aprendizaje es relevante. Y aunque implica exponerse, y hacerse vulnerable, hay que afrontarlo con autoestima para poder extraer los frutos.
  • Dar y recibir feedback: dentro de ese componente social, debemos ser capaces de interactuar con los demás, ofreciendo nuestra opinión y a la vez escuchando y asimilando las ajenas.

En definitiva, “aprender a aprender” exige activarse uno mismo en ese rol de “aprendiz”, y empezar a contemplar el aprendizaje como un proceso que exige sus propias reglas y formas de afrontarlo.



[Entrevista] Gonzalo Álvarez Marañón y el Arte de Presentar

Entrevista Gonzalo Alvarez El Arte de PresentarHace unas semanas estaba comiendo con un buen amigo, y le contaba mi aventura de Skillopment. Y de repente me dijo: “te tengo que poner en contacto con una persona… estuve haciendo un proceso de coaching con él para temas de hablar en público y hacer presentaciones… y los ejercicios que hacíamos iban mucho en esa línea que me cuentas. Mira, se llama Gonzalo Álvarez, y su web es algo así como El Arte de Presentar”…

Lo que mi amigo no sabía es que yo a Gonzalo le tenía ubicado desde hace casi diez años. Por aquel entonces él empezaba su aventura con su blog “El Arte de Presentar“, y yo no hacía tanto que había dejado de ser el “consultor anónimo”. Seguía interesado por los temas de “presentaciones eficaces”, escribía sobre ello… y de hecho por ahí anda un comentario de Gonzalo en este mismo blog de aquella época :).

Lo cierto es que no habíamos tenido mayor contacto en estos años. Pero a raíz de la conversación con mi amigo, pensé que podía ser interesante tener una charla con él. Tenía curiosidad por ver cómo aplica él en concreto, cuando trabaja con sus clientes ayudándoles a desarrollar las habilidades de comunicación, los principios de los que yo hablo de forma más genérica en Skillopment. Se lo propuse, y aceptó muy amablemente.

El resultado es esta conversación, que quizás sea el inicio de una nueva aventura “podcastera”. Lo cierto es que ha sido un rato muy agradable, Gonzalo es (como podréis escuchar, y como posiblemente no podría ser de otra manera) un excelente comunicador, ameno e interesante. Así, la verdad, da gusto estrenarse.

Os dejo aquí insertado el audio; también podéis encontrarlo en Ivoox.

Éstos son los temas de los que hemos estado hablando:

  • 1:20 – La historia de Gonzalo, o de cómo un Ingeniero de Telecomunicaciones experto en seguridad y criptografía acaba formando en habilidades de comunicación.
  • 5:10 – La importancia de la habilidad de comunicación para casi cualquier profesional, y el contraste con lo poco y mal que se cultiva tanto en el ámbito académico como en el empresarial.
  • 17:00 – El objetivo de la comunicación, y cómo las metáforas que utilizamos (“enfrentarnos al público”) revelan nuestro modelo mental. Deberíamos considerar la comunicación como “hacer un regalo” (me recordó a Tamariz en esto), en el espacio de intersección entre la pasión y la aportación de valor.
  • 24:22 – No hay aprendizaje sin esfuerzo y sin dedicación. No hay pastillas mágicas. De nuevo, aquello de las verdades incómodas y las mentiras reconfortantes.
  • 27:42 – No todo el tiempo que pasamos practicando es igual de eficaz. La práctica deliberada, de nuevo a escena.
  • 30:58 – Estamos rodeados de ejemplos, y a veces puede ganarnos la ansiedad de “no ser tan bueno como…”. Pero no todos tenemos que ser el número uno; cada uno tenemos nuestros objetivos de aprendizaje, y podemos disfrutar igual a nuestro nivel.
  • 34:10 – El talento vs. el trabajo, y las distintas mentalidades con las que afrontamos este dilema. La mentalidad de crecimiento y la mentalidad fija a las que aludía Carol Dweck en su “Mindset“, y cómo para crecer, para diferenciarnos… hay que asumir riesgos y aceptar la posibilidad del error sin complejos. Pero siempre riesgos controlados, suficientes como para hacernos crecer pero no tan grandes como para garantizarnos el fracaso.
  • 45:35 – La importancia de tener referencias externas que nos sirvan para ir probando cosas, pero también de irnos llevando las cosas a nuestro terreno, destilando nuestra propia manera de hacer las cosas.
  • 48:48 – La figura del maestro, en dos roles diferentes: la figura que nos inspira, que nos impulsa a ser como él; y la que desde su conocimiento y su experiencia nos ayuda a corregir lo que hacemos mal.
  • 49:54 – La eficacia del aprendizaje, lo importante que es obtener el máximo rendimiento al tiempo y al esfuerzo que realizas, y hacerlo de forma que ese aprendizaje se consolide y sea real; porque si no sabes aplicarlo, en realidad no lo has aprendido.
  • 51:55 – Cómo se equilibran las acciones formativas puntuales (cursos) con la necesidad de persistir en el esfuerzo para un desarrollo real de las habilidades.
  • 54:58 – Cómo se plantea habitualmente la formación en las empresas, y cómo a veces se pone más énfasis en indicadores fácilmente controlables más que en lo que de verdad importa.
  • 58:04 – Consejos para mejorar tus habilidades de comunicación, con dos grandes protagonistas: cambiar el concepto de la comunicación tradicional (el del emisor y el receptor) por un enfoque mucho más centrado en la empatía, en ser capaz de ponerse en el lugar del otro y, desde ahí, entender qué mensajes necesita y cómo podemos hacérselos llegar. A nivel táctico, grabarse y verse en una cámara (superando el primer trago de “qué mal nos vemos”) ayuda a observarnos desde una posición externa, y a mejorar desde ahí.
  • 1:05:45 – El aprendizaje como proceso en el que, más que ser “ingeniero”, hay que ser constante y enfrentarse a una serie de miedos, y cómo en ese proceso el papel protagonista corresponde al aprendiz mucho más que al maestro (recupero mi “modelo curling de desarrollo“), y donde lo que puedes aportar al que aprende es gradualidad y acompañamiento.


Los ocho errores que cometemos al tomar notas

Tomar notas¿Tienes costumbre de tomar notas cuando consumes contenidos? Quizás estás viendo un vídeo en youtube, leyendo un libro, asistiendo a una charla, siguiendo un curso online… o quizás leyendo un post en internet, como éste. Al final, dedicamos muchas horas de nuestra vida a exponernos a nuevos conocimientos y fuentes de información. Y en el momento, a medida que lo procesamos, parece que todo tiene sentido. Lo entendemos y nos parece evidente que lo recordaremos pasado un tiempo. Pero tras unos días, incluso unas horas… ¿cuántas de esas cosas que nos parecían tan claras nos lo siguen pareciendo? ¿Cuántas hemos, directamente, olvidado? Y si lo hemos olvidado… ¿de qué ha servido?

Lo cierto es que tomar notas es una de las claves del aprendizaje eficaz, pero hay que hacerlo bien. Éstos son los errores más habituales que cometemos al tomar notas:

  • No tomar notas: vale, es una pequeña trampa. Pero es sorprendente la cantidad de personas que se pasan la vida consumiendo contenidos sin tomar notas. Puede que a ti también te pase. ¿Y por qué es un error? Primero porque el mero hecho de tomar notas nos involucra de una forma mucho más activa en la comprensión de lo que estamos leyendo/escuchando. Focaliza nuestra atención. Y por si fuera poco, las notas resultantes se convierten en una herramienta muy interesante. Nos sirven de referencia futura, base para el recuerdo, la relación y la acción.
  • Tomar notas literales: hay veces que nos esforzamos en que nuestras notas sean una transcripción casi literal de lo que leemos/escuchamos. Y eso inhabilita en gran medida el poder de la herramienta. Cuando estamos transcribiendo nos convertimos en máquinas de “registrar palabras”, sin que medie un esfuerzo de compresión, filtrado, priorización, relación… de la información que estamos recibiendo. Así que en realidad estamos trasladando a un momento posterior esa labor (si es que llegamos a hacerla), perdiendo un tiempo precioso.
  • No dejar espacio: quizás por una mala concepción del “aprovechamiento del espacio”, podemos tender a abigarrar nuestras notas. Márgenes estrechos, poca separación entre párrafos y entre líneas… El problema es que, por un lado, conseguimos un resultado denso y visualmente poco atractivo. Y eso tiene impacto a la hora de trabajar con nuestras notas (¿a quién le apetece enfrentarse a una página de texto pequeño y apretado, sin estructura aparente, sin espacio para respirar?). Y por otro, estamos quedándonos sin margen de maniobra para completar, añadir información o elementos gráficos… en un momento posterior.
  • No procesar las notas: como en algunos sistemas electorales, las notas requieren de una “segunda vuelta”. No es suficiente con el trabajo que hacemos en el momento de consumir el contenido (si bien no es lo mismo leer un libro que asistir a una charla). Es bueno volver sobre ellas para revisarlas, completarlas, resaltar las ideas clave, identificar elementos accionables (¿hay información en la que quiera profundizar? ¿hay cosas concretas que puedo aplicar? )… En definitiva, se trata a la vez de hacer un segundo ejercicio de incorporación del conocimiento, y a la vez de pulir la nota de cara a su utilidad futura.
  • No añadir elementos gráficos: el texto es importante, pero no es la única forma en la que nuestros cerebros procesan la información. De hecho, las imágenes pueden incorporar mucha información de forma directa, y añadir estructura a nuestras notas. Diagramas, separadores, llamadas de atención, dibujos metafóricos… sin necesidad de irse al extremo del sketchnoting, añadir elementos visuales a nuestras notas las enriquece y las hace más útiles.
  • Abusar de destacados, subrayados y colores: recordando el viejo aforismo, “cuando todo es importante, nada es importante”. La misión del subrayado (o de cualquier elemento visual asimilable) es destacar las ideas principales. Por propia definición, tienen que ser una proporción pequeña del total del contenido. El objetivo es poder procesar la información de forma rápida, y si destacamos casi todo no estaremos cumpliendo con nuestro objetivo.
  • No archivar las notas: tomamos notas, las procesamos… ¿y luego qué? ¿Dónde acaban? Papeles sueltos, cuadernos amontonados, archivos desperdigados en nuestro disco duro… Sí, han cumplido parte de su misión, pero en el medio y largo plazo las notas tienen también una función. Si no somos capaces de tenerlas ordenadas y accesibles perderemos esa parte de su poder. Tampoco hace falta un sistema complejo de archivo: basta con que, en formato físico o digital, seamos capaces de recuperarlas y trabajar con ellas.
  • No trabajar con las notas: una vez elaboradas y procesadas, las notas siguen teniendo una función. La primera, es que nos sirven para consolidar el conocimiento a través de la repetición espaciada; es decir, se trata de integrar una rutina de “repaso de notas” a lo largo del tiempo de forma que seamos capaces de trasladar esa información a nuestra memoria a largo plazo. Pero además, si las hemos procesado adecuadamente, las notas son la base para fases posteriores del proceso de aprendizaje, como la relación de conceptos, la identificación de acciones prácticas que se deriven de ese conocimiento o de áreas en las que profundizar a futuro.

El aprendizaje eficaz tiene dos componentes importantes: uno, que nos permita incorporar conocimientos y desarrollar habilidades de forma sólida y utilizable a largo plazo. Y dos, que se haga de la manera más eficiente posible, sacando el máximo partido del tiempo y esfuerzo que dediquemos. Para ambos objetivos, tomar notas es un elemento clave, y por eso en los cursos para aprender mejor tiene un papel protagonista.



Aprendelotodo

Satya Nadella learn-it-all aprendelotodo

En una reciente entrevista, Satya Nadella (CEO de Microsoft) hablaba sobre la cultura interna de su compañía y, haciendo referencia a la teoría de la “mentalidad de crecimiento” que esbozaba Carol Dweck en su libro “Mindset”, decía lo siguiente:

We want to be not a “know-it-all” but “learn-it-all” organization.

Frente a la visión del “sabelotodo” (personas que lo fían todo a su talento y a sus conocimientos) apuesta por la visión del “aprendelotodo” (personas con motivación y energía para aprender lo que no saben). Frente al talento estático apuesta por el talento dinámico, enfatizando la capacidad de “aprender cosas nuevas” que sin duda es fundamental a nivel individual y a nivel organizativo.

En un artículo posterior, Kathleen Hogan profundiza en esta idea:

We want to infuse lifelong learning into our culture to help employees develop beyond what they “know” right now, and encourage ongoing learning through education, growth, and stretch opportunities. The fact is, without continuous learning, upskilling, and re-skilling, we’re looking at a workforce that could potentially lack the skills needed to do the jobs of the future

La lógica es, sin duda impecable. Y el reto es mayúsculo, porque nuestras organizaciones no están acostumbradas a gestionar empleados “inquietos” ni a ponerse a su servicio. Más bien al contrario, si por algo se distinguen las organizaciones es por la tendencia a homogeneizar, a controlar, a ajustar a las personas a un patrón prestablecido. ¿Formación? Sí, claro: siempre y cuando sea en lo que yo diga, cuando yo diga (fuera de horario laboral, que lo importante es lo importante), como yo diga, y tenga claro que se hace para algo concreto y con rendimiento a corto plazo. Y subvencionable, que si no para qué.

Y esta nueva tendencia lo que plantea básicamente es lo contrario: un ejército de profesionales inquietos, responsables de su propio aprendizaje, con la organización alentando y dando soporte a esa inquietud.

Como digo, un reto mayúsculo.



El mejor curso es el que haces

Buscando un curso

Quieres aprender algo, desarrollar una nueva habilidad. Necesitas un curso, un método, un libro de referencia, un maestro. Hay que elegir bien, porque de eso depende tu éxito. Y hay tantas opciones… ¿cuál es la mejor? Entonces empiezas a recabar información, a pedir opiniones, a investigar. No te ayuda demasiado, porque sigue habiendo muchas opciones válidas. Le sigues dando vueltas. Empiezas uno, y no te convence, y piensas que tiene que haber una mejor alternativa. Culpa tuya, deberías haber investigado mejor. Y lo dejas, y vuelves a buscar, el curso perfecto está a la vuelta de la esquina y sólo es cuestión de buscarlo bien.

La paradoja de la elección

Barry Schwartz definía esta situación en la que la abundancia de opciones nos lleva a la parálisis. Enfrentados a un número casi infinito de alternativas, acabamos enredados en el proceso de decidir. Incapaces de comprometernos con una opción sin pensar si no nos estaremos equivocando, y demorando la decisión final.

Lo curioso es que en este proceso tenemos la sensación de que estamos dedicando horas al aprendizaje. Que lo estamos haciendo porque efectivamente estamos comprometidos con lo que queremos aprender. Por eso precisamente estamos poniendo tanto esfuerzo en elegir bien, ¿no? Pero la realidad es que ese tiempo es básicamente inútil en términos de aprendizaje real. Cada minuto que pasas eligiendo es un minuto que no pasas aprendiendo.

La ilusión del curso perfecto

Nos obsesionamos con la idea del curso “perfecto”. Creemos que, si dedicamos el tiempo suficiente a investigar, acabaremos encontrando ese recurso infalible que hará que nuestro aprendizaje sea sencillo, fluido, eficiente… inmejorable.

Nos olvidamos de la cruda realidad: que no hay curso perfecto. Todos van a tener puntos positivos y puntos negativos, cosas que nos gusten más y cosas que nos gusten menos. La fantasía de que existe un curso perfecto sólo nos va a generar una gran pérdida de tiempo en su búsqueda, y unas grandes dosis de frustración cuando finalmente elijamos y veamos que, ay, nuestra elección “perfecta” también tiene sus problemas. ¡Deberíamos haber investigado más!

Pero no. Más investigación no hubiese resuelto nuestros problemas. No es cuestión de que hubiese una “letra pequeña” que no hemos sido diligentes en leer. Es que la vida es así, no hay nada perfecto, todo tiene una “cara B” con la que tenemos que saber lidiar.

Done is better than perfect

Sabiendo esto, un enfoque mucho más eficiente para nuestro aprendizaje consiste en acortar de forma consciente la fase de elección. Seleccionar rápidamente un curso (o un libro, o un método… lo que sea), olvidarnos de las alternativas y dedicar nuestro tiempo, nuestro esfuerzo y nuestro foco a seguirlo con todas las consecuencias. No se trata de “coger lo primero que se me presente”, pero casi; si cumple unos requisitos mínimos (¿un autor o una institución de cierto prestigio? ¿cierto reconocimiento público? ¿opiniones decentes?) y se adapta a nuestros condicionantes (económicos, logísticos) seguro que es una opción razonablemente buena. ¿Es “la mejor”? Seguramente no, porque seguramente no existe tal cosa como “la mejor”. Lo importante es que nos ayude a avanzar.

Y es haciendo este curso que hemos elegido como vamos a avanzar. Lo que hace buena una decisión no es la decisión en sí misma, si no nuestro compromiso con ella. De las opciones que tenemos que delante, cualquiera podemos convertirla en “buena” si nos empeñamos en llevarla a buen puerto. Seguro que a medida que avanzamos habrá cosas que no nos gusten, y otras que no nos aporten; pero habrá muchas otras que sí, y ésas son las importantes.

Lo que nos aportará cualquier curso

Cualquier curso “imperfecto” pero seguido con dedicación adecuada nos va a proporcionar un avance. Nos va a dar perspectiva. Nos va a permitir profundizar en algunos aspectos. Nos va a dar herramientas y conocimientos útiles. Va a consolidar nuestra habilidad. Nos va a reforzar cosas que ya sabemos. Nos va a abrir nuevos caminos. Nos va a revelar aspectos que necesitamos trabajar más. Incluso nos va a dar mayor criterio a la hora de seleccionar nuestros siguientes pasos.

Cuando lo hayamos terminado estaremos mejor de lo que estábamos al principio, más cerca de esa “visión” que guía nuestros esfuerzos. Porque el avance no dependerá tanto curso en sí, si no del aprovechamiento que nosotros hayamos hecho de él y de la actitud con la que lo hayamos afrontado.

Y a partir de ahí estaremos en condiciones de seguir iterando. Porque el aprendizaje es un proceso de exploración, de experimentación, de mejora continua. Como dijo el poeta, “se hace camino al andar”.



¿Por qué ahora me cuesta aprender, si siempre fui buen estudiante?

¿Tienes la sensación de que te cuesta aprender? ¿Echas de menos la etapa de estudiante, cuando parece que aprender era más fácil?

Yo siempre fui un buen estudiante. En el colegio las cosas (menos la “educación física”, ¡ouch!) se me dieron bien sin demasiado esfuerzo. Terminé el instituto con matrícula de honor. En la Universidad no fue tan bien (¡hasta llegué a suspender dos o tres asignaturas!), pero acabé “Licenciado con Sobresaliente”. Otras cosas igual no tanto, pero estudiar se me daba bien (“¡Empollón!” – sí, soy culpable, deténganme).

Buen estudiante

Luego empecé a trabajar. Y ahí la cosa cambió. No es que no haya aprendido nada, claro; pero sobre todo aprendes “sobre la marcha”, a medida que te vas enfrentando a responsabilidades y desafíos. Aprender “como lo hacías en el colegio” es más difícil, cuesta mucho más trabajo. Es complicado poner en marcha procesos de “aprendizaje sistematizado”, y acabas teniendo la sensación de que te dispersas con facilidad, que vas picoteando de aquí y de allá, que eres incapaz de concentrarte durante el tiempo necesario, que vas a salto de mata… y al final tus esfuerzos no dan los resultados apetecidos. Sí, algo aprendes, claro; pero de forma poco eficaz. ¿Por qué?

Aprender cuando eres estudiante

Aprender siendo estudiante

Lo cierto es que, aunque no nos demos cuenta, cuando eres estudiante estás inmerso en una dinámica que juega a tu favor en muchos frentes:

  • Estás sometido a una sistemática y a unas rutinas: hay que ir a clase, hay unos horarios, hay que hacer ejercicios y deberes, hay que presentar trabajos, hay exámenes… hay alguien que va marcando el paso, y tú sigues el ritmo.
  • El aprendizaje (o su ausencia) tiene consecuencias directas: si no aprendes hay una mala nota, un examen suspendido, una charla en familia, la sensación de fracaso. También hay consecuencias positivas, claro; la satisfacción de una buena nota, la palmadita en la espalda, la posibilidad de acceder a una beca o a determinados estudios…
  • No hay otras prioridades en colisión: vale, sí, a todo el mundo le apetece más dedicarse a estar con sus amigos y a disfrutar de tiempo libre. Pero a la hora de la verdad (en términos generales; ya sé que hay gente que trabaja para poder pagarse los estudios, o que estudia mientras tiene cargas familiares) tu mayor responsabilidad como estudiante es… estudiar.
  • Le dedicas horas: al final, incluso si tienes tendencia a “saltarte clases” o a vaguear, hay un importante número de horas a la semana que dedicas a escuchar, leer, estudiar, practicar…
  • No estás solo: estás rodeado de decenas de otros estudiantes que están en la misma dinámica que tú. Y aunque también puedan ser fuentes de distracción (“¿una pocha?”, “¿una cerveza rápida y nos volvemos?”)… al final todos tienen clases, todos tienen deberes, todos tienen exámenes, y es más fácil “ir con la corriente”.
  • Hay unos planes de estudios: por mucho que los critiquemos, y por mejorables que puedan ser, al final están ahí. Hay alguien que se ha ocupado de definir qué conocimientos tiene sentido aprender, cómo se relacionan unos con otros, qué materiales le dan soporte, qué actividades y ejercicios conviene realizar, qué bibliografía interesa investigar…

Aprender cuando trabajas

Aprender cuando trabajasLa realidad es que, una vez estás en el mundo laboral, toda aquella dinámica que antes jugaba a tu favor desaparece, y de hecho se ve sustituida por muchos elementos de fricción que juegan en tu contra:

  • No hay sistemática ni rutina: tu rutina tiene que ver con “ser productivo”en tu trabajo, con llevar el día a día familiar y con distraerte, y no hay ni rastro de sistemáticas exógenas orientadas a tu aprendizaje. Eso es una inversión a largo plazo que depende de ti (y de nadie más) poner en marcha.
  • No hay consecuencias directas: ¿qué sucede si no aprendes algo esta semana? En realidad, nada; tu vida sigue. ¿Si no aprendes algo en un mes? Lo mismo. ¿En un año? Pues en realidad tampoco… hasta que un día las consecuencias aparecen de golpe. Porque por supuesto que hay consecuencias si dejas de aprender: pero son más difusas, indirectas y a largo plazo… y ésas suelen tener menos poder incentivador.
  • Hay otras prioridades en colisión: tienes unas responsabilidades profesionales, unas responsabilidades familiares, la presión por pagar las facturas… ya no es una cuestión de ocio o de pasarlo bien; hay otras cosas “serias” que no puedes ignorar y que compiten por tu atención y tu tiempo.
  • No le dedicas horas: como consecuencia de lo anterior (hay otras prioridades, y no hay un sistema que te lleve), el número de horas que dedicas a aprender y desarrollarte es mucho menor. E inconstante. Básicamente cuando puedes, y eso si llegado el momento te apetece; que no suele apetecerte.
  • Estás solo: alrededor de ti la gente está pensando en otras cosas, no en aprender. ¿Que no puedes salir de fin de semana porque estás estudiando? ¿Que no sigues la serie de moda porque dedicas tu tiempo a formarte? Eres el raro, el que va nadando contra corriente. Y eso no ayuda.
  • El plan de estudios lo defines tú: salvo que estés yendo a algunas clases, o siguiendo algún plan formativo, lo cierto es que tú te lo guisas y tú te lo comes. A la responsabilidad de “estudiar” le tienes que añadir la de “diseñar tu aprendizaje”, filtrar, priorizar, crear ejercicios. Y lo normal es que no tengas esa habilidad desarrollada.

¡Con razón tenemos la sensación de que “ahora nos cuesta más”! Y es que son muchos los factores que, sin darnos cuenta, antes jugaban a nuestro favor y ahora lo hacen en nuestra contra. ¿Podemos hacer algo para cambiar las condiciones y transformarlas en más favorables?

Recupera la dinámica del buen estudiante

Back to schoolMe temo que, salvo muy contadas excepciones, no será posible replicar todas las condiciones de las que disfrutabas cuando eras estudiante. Aun así, sí hay algunas cosas que puedes hacer para, aunque sea en parte, volver a activar alguna de esas palancas para favorecer el aprendizaje “como cuando eras estudiante”:

  • Sigue un método y/o busca un maestro: valoro mucho el autoaprendizaje, pero creo que un maestro y/o un método siempre nos van a facilitar mucho el camino. Sobre la base de la experiencia habrán hecho un filtrado de contenidos, habrán diseñado un itinerario, incluirán ejercicios relevantes… subirnos en ese tren hará que podamos centrarnos más en aprender, y menos en “diseñar el aprendizaje”. Si uno de nuestros problemas es el tiempo, dediquémoslo a lo fundamental.
  • Crea rutinas: acostúmbrate a tomar notas de determinada manera, lleva un archivo con todo lo que aprendas, haz revisiones frecuentes, haz una planificación semanal. Se trata de hacer hueco en nuestra vida a esos hábitos, de forma que no tengamos que plantearnos cada día “si lo vamos a hacer”, si no que simplemente los automaticemos y los hagamos.
  • Busca un hueco, aunque sea pequeño: de acuerdo, tenemos trabajo. Y tenemos familia. Y en general no vamos a renunciar a ninguna de esas cosas por aprender. Pero… ¿hay otras cosas que hagamos a las que sí podamos renunciar? Busquemos un hueco en nuestro día a día para dedicarlo a aprender (si realmente es importante para nosotros) y defendámoslo; se trata de sumar horas de forma constante, aunque sea poco a poco.
  • Establece consecuencias: comprométete con alguien a hacer algo relacionado con tu aprendizaje (¿dar una charla? ¿escribir un libro? ¿presentarte a una certificación?). Se trata de transformar esas consecuencias difusas, indirectas y a largo plazo… en cosas mucho más concretas y con un plazo definido.
  • Rodéate de gente que aprenda: bien sea de forma presencial, bien sea a través de tus relaciones online, busca un colectivo que esté inmerso en procesos de aprendizaje y acércate a él. La interacción con ellos hará que entres en una dinámica de refuerzo positivo. Y resultará más fácil dar continuidad a tus esfuerzos si ves que otros también lo hacen y no eres “el bicho raro”.

En definitiva, se trata de poner en marcha cambios ambientales y de hábitos que, sin necesidad de hacer un “ejercicio de voluntad” en el día a día, nos lleven hacia donde queremos ir, en vez de dejar que la inercia nos siga arrastrando. Difícilmente vamos a poder replicar nuestra “vida de estudiante” pero intentaremos, al menos, que se le parezca lo más posible.



Run to the hills: aprender (más y mejor) como estrategia de supervivencia profesional

En noviembre en Sevilla “estrené” la charla que he había estado preparando durante semanas. “Run to the hills: aprender (más y mejor) como estrategia de supervivencia profesional”

La idea fuerza es que vivimos en un mundo complicado, que nos obliga a reinventarnos constantemente. Y que, en este escenario, desarrollar nuestras habilidades es una estrategia que incrementa nuestras posibilidades de que nos vaya bien. Pero es importante definir “qué aprender”, y sobre todo, “cómo aprender” para que los resultados sean los mejores posibles.

La charla pivota sobre varias de mis “obsesiones” últimamente: la tecnología y su relación con el empleo (aunque no es solo la tecnología; es la demografía, es la globalización, es el ritmo acelerado de la innovación…), y el desarrollo profesional como respuesta. Pero no “cualquier desarrollo profesional”, si no uno que de verdad permita expandir nuestras capacidades.

Creo que el resultado está bastante bien armado. Estoy disfrutando al profundizar en esta temática, y además creo que es uno de los “grandes temas” del futuro. Mi enfoque, además, se centra en lo que podemos hacer cada uno de nosotros, aquí y ahora.

Mi objetivo es seguir tirando de este hilo. La charla, tal y como la tengo, permite hacer intervenciones cortas (como los 20 minutos de esta charla) o profundizar más en sesiones más largas. Estoy buscando activamente ocasiones para darle visibilidad (tanto en el ámbito educativo como en el profesional; creo que en ambos contextos tiene sentido como llamada de atención y como guía de actuación), así que si lees esto y crees que puede resultar interesante estaré encantado de que hablemos.

También he puesto en marcha un espacio en Facebook (Skillopment) para compartir allí recursos, enlaces y demás cosas de interés relacionadas con esta idea (como dicen los youtubers, “like & suscribe” :D).

Irán viniendo más cosas. De momento, me gusta el color que está cogiendo :).



El metepatas de la semana

Errores

¿Cuando fue la última vez que metiste la pata? ¿Que te equivocaste? ¿Que la cagaste, Burt Lancaster? (lo siento, tengo una edad…).

A buen seguro que lo tienes fresco en la memoria. Y con casi total seguridad te has encargado de barrerlo discretamente bajo la alfombra, “espero que nadie se haya dado cuenta”.

En general, convivimos mal con el error. Las equivocaciones no cuadran con esa imagen perfecta que nos gusta proyectar hacia afuera, ni con la imagen que tenemos de nosotros mismos. Nos hace quedar mal. Queremos que la gente vea la Cara A, lo brillante, lo exitoso, lo perfecto; y procuramos que nadie vea la Cara B.

Lo malo es que resulta que el error es normal. Es incluso deseable, subproducto lógico cuando uno está intentando desarrollarse, aprender cosas nuevas, innovar. Pruebas, te equivocas, aprendes. Si eliminamos el “te equivocas”, trasladas una visión completamente irreal del “éxito”. Generas (para los demás y para ti mismo) unas expectativas irreales. Inalcanzables. Cada vez que silenciamos nuestros errores, o que señalamos los ajenos, estamos fomentando una cultura de “vergüenza por el error”. Si equivocarse está mal, si los buenos no se equivocan, entonces nadie querrá equivocarse. Nadie querrá atreverse a hacer nada diferente. Nadie intentará nada nuevo. Nadie se arriesgará a hacer nada por lo que puedan señalarle. Nos limitaremos a lo que ya hacemos bien. Inmovilismo. Parálisis. Decadencia.

Queremos lo contrario. Queremos (necesitamos) innovar, mejorar, desarrollarnos, aprender. Y eso es incompatible con la vergüenza por el error. Por lo tanto, tenemos que luchar activamente para normalizar el error. Para que nadie sienta miedo de equivocarse, para que lo veamos como parte normal y necesaria del proceso. Tenemos que compartir nuestros propios errores, tenemos que crear espacios donde, de forma sistemática, se pongan encima de la mesa nuestras equivocaciones. Donde podamos no señalarlos, si no utilizarlos para reflexionar y aprender.

Ya sé, ya sé. De forma racional todo el mundo entiende esto, y está de acuerdo. Pero hagamos examen de conciencia… ¿somos consecuentes? ¿Cuáles son nuestras reacciones cuando nos equivocamos? ¿Y cuando se equivocan otros?

Quizás deberíamos integrar todo esto en nuestros procesos, en nuestras rutinas. Un espacio en la newsletter corporativa para indicar un error (a ser posible de los altos directivos) y reflexionar sobre él. Un tiempo, al inicio de las reuniones de seguimiento, para exponer “cosas en las que nos hemos equivocado”. Un repositorio de “lecciones aprendidas” al que demos tanta visibilidad como a esos “casos de éxito” que tanto nos gustan. No de forma anecdótica, si no sistemática. Incidiendo una y otra vez, hasta que asumamos (pero de verdad) que “errar es humano”, que “el mejor escriba hace un borrón”, que “pasa en las mejores familias”.



Cuadernos Rubio para el desarrollo profesional

RubioOperaciones2Son, quizás junto a las gomas de Milan de NATA, uno de los iconos que más recuerdo de los primeros años de colegio. Los cuadernos Rubio, aquellos con tapas amarillas que te enseñaban a hacer tus primeras sumas, y tus primeras letras.

Pasados treinta años vuelvo, ahora como padre, a la etapa de la educación primaria. Las gomas de Milan cayeron por el camino (siguen existiendo, pero ya sin su olor característico… una goma más), pero los cuadernos Rubio ahí siguen al pie del cañón.

Y no es de extrañar. La metodología que siguen estos cuadernos parece imbatible. Empiezas sumando “manzanas”. Luego pasas a hacer sumas de 2 números de una cifra; primero los facilitos (1+2, 2+1, 3+1…), y luego los más difíciles. Repites una y otra vez operaciones en ese nivel, hasta que has interiorizado el concepto. Y entonces pasas a las sumas en las que incorporas dos cifras (10+2, 11+1…). Repites, y repites. Y luego pasas a sumar números de dos cifras, y repites, y repites. Y luego introduces el concepto de “llevadas” (19+2, 28+3…). Y vuelta a repetir. Hasta que, oh maravilla, has acabado automatizando (a base de repetir y repetir, y de incrementar paulatinamente el nivel de dificultad) la habilidad de sumar; y lo sabrás toda la vida.

Práctica deliberada en su máxima expresión. La misma metodología que se sigue con otras disciplinas: así te enseñan a escribir, a leer, algo de inglés, música… introduciendo conceptos poco a poco, en niveles crecientes de dificultad, y machacando mucho con ejercicios muy focalizados y repetitivos con el objetivo de interiorizar el conocimiento.

Sin embargo, ay, en algún momento esa forma de enseñar/aprender se deja de lado, y se pasa a un formato mucho más de consumo rápido: te explico un tema, con suerte te planteo cuatro o cinco ejercicios… y rápido, al tema siguiente que si no no nos da el curso. La introducción de conceptos deja de ser incremental y pasa a ser secuencial: hoy una cosa, mañana otra diferente. Se deja de dedicar tiempo a “machacar” los conceptos a base de ejercicios focalizados y repetitivos. No se refrescan los conocimientos (con suerte, un “control” al final del trimestre y a correr). En definitiva, renunciando a algunos de los métodos esenciales del aprendizaje. ¿El resultado? Conocimientos superficiales (cuando no directamente olvidados), abordados desde un prisma consciente y racional (“a ver si consigo acordarme”), en vez de interiorización y aprendizaje real (susceptible de ser puesto en práctica, que es de lo que se trata). Podría argumentarse que hay materias que son más “conocimiento” que “habilidades”, y que por lo tanto no son susceptibles de “interiorizarse”… pero yo tengo mis dudas de que, en ese caso, merezca la pena dedicarse a aprender cosas que no se interiorizan.

Todo esto viene a una reflexión que vengo haciendo en las últimas semanas. Creo que, en el mundo profesional, hay una serie de habilidades clave que tienen un gran impacto en tu desempeño sea cual sea el sector en el que te muevas. Habilidades que, más allá del componente técnico de tu profesión, te dan un plus fundamental para tu trabajo y para tu carrera profesional. Podemos debatir cuáles son esas habilidades (de hecho lancé una pregunta en twitter al respecto, con respuestas variadas), pero lo que me interesa hoy es otra cosa.

¿Quién y cómo enseña esas habilidades? Mi sensación, a estas alturas de la película, es que nadie se encarga de desarrollar de verdad esas habilidades. En la formación más académica se pone mucho énfasis en la adquisición de conocimientos “técnicos”, y muy poco en estas habilidades “soft”. Y en el mundo de la empresa tres cuartas partes de lo mismo: la formación que se da tiene más que ver con “lo directamente aplicable en el trabajo”, más que con esa nebulosa de habilidades.

Y luego, ¿cómo es esa formación, cuando existe? El típico “curso de liderazgo”, o el típico “curso de comunicación eficaz”. Cuatro, ocho o dieciséis horas en aula. Conceptos en una pizarra (o en post its de colorines, que es lo que se lleva), puesta en común de ideas, un video simpático, una dinámica que permita la reflexión, un rolplay rapidito y un powerpoint encuadernado de recuerdo. Fin del curso, y si se tercia a ver si te acuerdas de poner algo en práctica la próxima vez que lo necesites. ¿Es así como se desarrolla una habilidad? Obviamente no; la próxima vez que te enfrentes a una situación de la vida real tu mente tira de automatismos; rara vez te vas a parar, en medio de un fregao, a ver si recuerdas cuáles eran los cinco pasos que aquel simpático consultor escribió en la pizarra, ni a sacar la ficha plastificada (que a saber dónde coño metiste; estará en una de esas carpetas que acumulan polvo en la estantería) que te dieron de recuerdo.

En la realidad, solo aplicas lo que has interiorizado. Y la forma de interiorizar es la de los cuadernos Rubio. La repetición, la focalización, la introducción creciente de dificultad.

¿Cuál es el problema? Que, desde el punto de vista del mundo adulto y profesional, esa es una forma de aprender casi implanteable. ¿Cómo que vamos a pasarnos tres meses haciendo ejercicios repetitivos? Venga ya, que ya somos mayorcitos, aquí se explican una vez las cosas y ya cada uno que se arregle; y si no ahí tienes el manual en la web corporativa. Y el individuo igual, “si estoy ya me lo han contado, así que ¿para qué voy a practicar y practicar? Como si no tuviera yo otra cosa que hacer, ¿acaso soy un crío pequeño?”

Y qué decir de la logística… se puede pagar por un consultor de formación que venga 4 horas y me encapsule la formación, ¿pero tener a una persona durante semanas o meses dando seguimiento a los avances de tortuga de los alumnos? ¿Estamos locos? Lo dicho, un cursito y gracias me deberías estar dando.

Y así llegamos al punto del absurdo habitual en el terreno de la formación: dinero, esfuerzo y tiempo empleados en algo que no vale para nada y que tiene un impacto limitadísimo en el mejor de los casos. Que sí, que es más barato que la otra opción en términos absolutos… pero si no funciona, ¿entonces para qué?

Creo que debe haber otra forma de hacer las cosas. Creo que hay un espacio para aplicar la filosofía de los cuadernos de Rubio al desarrollo de habilidades profesionales. Creo que el potencial de impacto es muy grande, tanto para las empresas (¿no se van a beneficiar de individuos que comuniquen mejor, que lideren mejor, que gestionen mejor su tiempo, etc, etc.?) como para los individuos; en estos tiempos que corren, invertir en tus habilidades es el mejor favor que puedes hacerte a ti mismo porque es de las pocas cosas a las que podrás agarrarte cuando mañana cambies de empresa, de sector o de orientación profesional.



Aprendiendo a aprender

Este es un post recopilatorio después de varias semanas trabajando sobre el concepto de “aprender a aprender”. En él he intentado resumir y dar homogeneidad a un conjunto de ideas procedentes de diferentes fuentes. Obviamente, el resultado es muy personal, y abierto a mejora y a crítica. Y desde luego, no pretende ser un tratado académico; apenas unos apuntes básicos. Sin embargo, para mí y en mi momento actual creo que recoge y documenta bien los aspectos esenciales relacionados con la idea.

Introducción: ¿por qué aprender a aprender?

Empecé a interesarme por este tema unas semanas atrás. “Quiero aprender algo, ¿pero qué?“, me preguntaba. Alguien sugirió entonces que una habilidad muy importante, precisamente por su impacto en futuros procesos, que es “aprender a aprender”. Efectivamente, esta habilidad se convierte en una especie de catalizador del aprendizaje, en la medida en que permite hacer más eficiente cualquier esfuerzo posterior aplicado a otras materias. Así pues, me pareció un buen punto de partida al que dedicar un primer proceso de “aprendizaje focalizado”.

“¿Aprender a aprender? ¿A tu edad?”. Alguno dirá que, con casi 40 años, ya era hora. Posiblemente. Pero lo cierto es que hasta hoy mis procesos de aprendizaje han sido bastante… desordenados, desestructurados. Orgánicos, podríamos decir. Soy mucho de picotear de aquí y de allá, de interesarme por un tema y por otro, de “chapotear en muchos charcos”, de actuar a impulsos, de leer, tuitear y no consolidar. Sin duda he aprendido cosas a lo largo del tiempo, y no me ha ido precisamente mal ni a nivel académico ni a nivel profesional. Algo habré aprendido. Pero si soy un poco crítico, creo que mi aprendizaje puede ser muchísimo más eficiente. Por eso decidí empezar a trabajar en bloques de aprendizaje focalizado, intentando dar sistemática y estructura a ese proceso. Decidir algo que quiero aprender, dedicarle unas semanas a profundizar en ello (sin dispersarme en otros asuntos) hasta llegar a un punto de conocimiento satisfactorio, recopilar dicho conocimiento y estructurar los mecanismos necesarios para mantenerlo fresco a lo largo del tiempo. Y teniendo en cuenta el carácter multiplicador de la habilidad de “aprender a aprender”, decidí que fuese ésta la protagonista del primer ciclo. Este artículo es el resultado, mi resumen particular.

Contenido

He estructurado el contenido en seis bloques principales, como refleja el mapa mental que he elaborado.

Aprender a aprender mapa mental

Visión

Como decía Covey, “empezar con un fin en mente”. ¿Qué voy a aprender? ¿Por qué? ¿Para qué? Tener claras las respuestas a estas preguntas es importante. “It’s hard to learn if you’re not into it”, dice el doctor Terry Sejnowski. Sobre todo porque el proceso puede ser largo, dificultoso, frustrante en algunos puntos. Requiere esfuerzo y dedicación, y más en escenarios de autoaprendizaje donde tú eres el motor y no dependes de nadie que tire de ti. Habrá momentos en los que sea necesario recordarte a ti mismo “por qué” y “para qué” estás haciéndolo.

En este sentido, también es interesante el concepto de “Target Performance Level” que esboza Josh Kaufman: ¿cuál es el nivel de profundidad que queremos alcanzar en el desarrollo de un conocimiento o habilidad? ¿qué es lo que nos vemos haciendo una vez hallamos hayamos llegado a dicho nivel? No es lo mismo aprender inglés lo suficiente como para ayudar a los niños a hacer los deberes, como para defenderse en cuatro conversaciones sencillas en un viaje de dos días, como para ver series en versión original, como para desarrollar una actividad profesional bilingüe… Tener claro este “nivel deseado” permite dirigir mucho mejor los esfuerzos (qué debo aprender, y también qué debo ignorar), y nos da un criterio para valorar nuestros avances.

Materia

Una vez que sabemos qué queremos aprender, y con qué objetivo, tenemos que ser capaces de crear nuestro propio programa académico. Cualquier materia que queramos abordar va a ser más amplia y más profunda de lo que vamos a poder abarcar, por lo que es necesario reducirla a elementos más manejables. Deconstruirla, y seleccionar aquellos elementos que resulten prioritarios, las “piedras angulares” que sean más relevantes para alcanzar nuestro objetivo con la mayor rapidez posible. Y estructurarlos de forma que sigan una secuencia lógica, ya que el aprendizaje es más sólido si se va construyendo sobre elementos previamente aprendidos.

Este proceso de configuración de la materia es difícilmente lineal, requiere sucesivas aproximaciones, borradores que se van asentando poco a poco. Necesitas investigar a lo ancho, para entender la amplitud de lo que estás abordando y tener el máximo contexto posible, y a la vez realizar catas que te permitan asomarte a la profundidad, al detalle. Contamos con ayuda, claro: bibliografía introductoria, cursos básicos, expertos que nos puedan dar su visión… Aun así, es fundamental el componente crítico; al fin y al cabo estamos elaborando nuestro propio programa, para nuestros propios fines. Solo nosotros sabemos lo que queremos y lo que no, dónde queremos profundizar y dónde no.

Técnicas

Llega el momento de incorporar toda ese conocimiento a nuestro bagaje. Seguramente en el proceso de investigación que nos ha llevado a definir nuestro “programa académico” hemos ido adquiriendo una visión más o menos difusa, pero hay que consolidarla, darle más solidez.

  • ¿Cómo codificamos el conocimiento para que permanezca con nosotros? Nuestro cerebro funciona de forma básicamente relacional; cualquier contenido tiene más probabilidades de ser incorporado si está relacionado con un conocimiento anterior. El uso de analogías (“esto es como aquello”) es por lo tanto muy poderoso. Del mismo modo, la utilización de recursos visuales ayuda al recuerdo y la relación. Las técnicas mnemotécnicas nos permiten aprender “de memoria” (una habilidad largamente denostada, pero que tiene sin duda su utilidad). La capacidad de comprimir el conocimiento (agrupando elementos relacionados entre sí para ser tratados como uno solo) nos permite, mediante el uso de esquemas, mapas mentales, etc… consolidar grandes cantidades de información relacionada en poco espacio.
  • La práctica/repetición es el elemento fundamental de incorporación de conocimientos. Debe prolongarse en el tiempo, con una cantidad de descanso adecuada entre sesiones. Entremezclar la práctica de distintas habilidades parece que refuerza el proceso (“a change is as good as a rest”, dicen los anglosajones).
  • Dentro de ese escenario, es importante el concepto de práctica deliberada. Es decir, no vale con dedicar horas de cualquier manera. La práctica deliberada hace énfasis en empezar despacio, asentando las bases, prestando atención a los detalles… antes de empezar a coger velocidad y refinamiento. También resalta la importancia de centrarse en practicar y repetir aquello que nos resulta difícil, que no nos sale.
  • Por último, entre las técnicas para reforzar el aprendizaje destaca frente a otras técnicas la realización de pruebas, exámenes. Cuestionarnos sobre lo aprendido nos permite, mediante el esfuerzo necesario para responder, consolidar lo que ya sabemos y descubrir aquellos puntos que debemos reforzar.

Teoría

Algunos conceptos teóricos subyacentes, y que me han resultado especialmente interesantes:

  • La sinapsis como mecanismo principal del funcionamiento cerebral. La creación de conexiones entre neuronas es la responsable de lo que aprendemos. El cerebro es plástico, ya que constantemente están formándose esas conexiones.
  • El “chunking“, o la agrupación de elementos, es la capacidad que tiene el cerebro para tratar un conjunto de elementos relacionados como si fuera uno solo, permitiéndonos ampliar nuestra capacidad de proceso. Por eso funcionan los resúmenes, como una agrupación máxima de elementos que posteriormente se van desplegando en varios niveles de detalle.
  • El modo de pensamiento focalizado en contraposición al difuso. El focalizado, relacionado con el trabajo consciente, es el que nos permite manejar un número limitado de elementos. El difuso, relacionado con el trabajo inconsciente (el que se produce cuando estamos pensando en otra cosa, incluso cuando estamos descansando) permite la relación de muchos más elementos, la creación de conexiones menos evidentes. Ambos son necesarios, y para ambos hay que dejar tiempo.
  • La memoria a corto plazo y la memoria a largo plazo. La primera nos permite trabajar con lo que tenemos aquí y ahora; pero si queremos consolidar conocimientos debemos hacer un esfuerzo consciente en trasladarlos a la memoria a largo plazo. Las técnicas de trabajo están muy relacionadas con este objetivo.
  • Conocer la curva de aprendizaje (distinguiendo además entre aprendizaje percibido y real) nos permite fijar expectativas, conocer de antemano las distintas etapas que aparecen de forma recurrente. Al enfrentarnos a una nueva actividad nos sentiremos abrumados, pero enseguido empezaremos a hilar cosas y tendremos un progreso muy rápido. Tras esa etapa de euforia, sufriremos una cierta regresión que transcurre paralela a la conciencia de cuánto nos queda por saber. A partir de ahí, el conocimiento se va consolidando de una forma mucho más realista.
  • Teoría vs práctica: la teoría es relevante solo en la medida en que nos resulte útil para alcanzar el nivel que nos hemos prefijado.

Hábitos

  • Descansar: los ciclos de esfuerzo y descanso son necesarios para facilitar el funcionamiento cerebral. Mientras descansamos, además de recuperar energía para el trabajo focalizado, permitimos que el cerebro entre en el modo difuso.
  • Sueño: el sueño forma parte de los ciclos de descanso (en el sentido en que permiten a nuestro cerebro trabajar en modo difuso, inconsciente) pero además parece que tiene un efecto fisiológico de limpieza de toxinas en el cerebro, una especie de lavado y puesta a punto que permite que los procesos cognitivos continúen funcionando correctamente.
  • Ejercicio: parece que la ciencia corrobora el viejo dicho de “mens sana in corpore sano”. De hecho, la actividad física parece que es capaz incluso de promover la regeneración neuronal.
  • Eliminar barreras: disponer de todos los materiales que vayamos a necesitar durante nuestras sesiones de aprendizaje, eliminar distracciones, tener un entorno adecuado… va a facilitar que nos sumerjamos en el estudio. Se trata de ponérnoslo fácil.
  • Compromisos: la asunción de compromisos (monetarios, con otras personas, público) parece que refuerza los procesos de aprendizaje (en realidad, cualquier proceso de adquisición de hábitos)
  • Persistencia: el proceso puede alargarse, ser frustrante… por eso es importante crear hábitos que transformen el aprendizaje en rutina, utilizar mecanismos (como la técnica pomodoro) que nos ayuden a vencer a la procrastinación, incluso asumir un compromiso inicial (como el de las 20 horas de Kaufman) que nos evite abandonar cuando las cosas se pongan feas.

Filosofía

Aquí recojo algunas notas que me han resultado interesantes a la hora de abordar cualquier proceso de aprendizaje

  • Mentalidad de crecimiento: frente a la visión de mentalidad fija, la mentalidad de crecimiento defiende que independientemente de nuestros condicionantes de partida todos somos susceptibles de mejorar. Que es más importante centrarse en el proceso (que es algo que está a nuestro alcance manejar) que en el resultado.
  • Mentalidad de principiante: tenemos que luchar contra la ilusión de conocimiento (esa sensación que tenemos a veces de “yo ya lo sé”, y que nos impide sumergirnos en el aprendizaje), y también asumir que el proceso de aprendizaje estará lleno de errores. De nada vale quedarnos en la seguridad de lo que ya hacemos bien, sino que debemos buscar deliberadamente aquello que hacemos mal para mejorarlo. Debemos invertir en la pérdida, saber que es fallando cuando aprendemos.
  • Interiorización: el proceso de aprendizaje, si está correctamente desarrollado, acaba resultando en una asimilación tan completa de lo aprendido que dejamos de percibirlo conscientemente. Hacemos entonces las cosas de forma automática, inconsciente; pero sólo después de haberlas repetido una y otra vez de forma consciente. La intuición, dicen, es todo aquello que hemos olvidado que un día aprendimos; o también que es el puente entre nuestro consciente y nuestro inconsciente. Una vez que hemos interiorizado algo, somos capaces de ver más allá, de prestar atención a un montón de detalles y matices adicionales que, cuando estamos en un nivel de desarrollo inferior, nos pasan completamente por alto porque nuestra atención consciente está preocupada de lo básico que todavía no dominamos.
  • Personalización: en última instancia, sea lo que sea lo que aprendamos, debemos permitir que se fusione con nuestra esencia, nuestro yo más profundo. No debemos autoimponernos una visión de la práctica que no vaya con nosotros, que se aleje de nuestra forma de ser y de ver el mundo.

Fuentes

Algunas fuentes que he utilizado para documentarme:
Curso “Learning how to learn” de la Universidad de California – San Diego
The 4-hour chef, de Tim Ferriss
The Art of Learning, de Josh Waitzkin
The first 20 hours, de Josh Kaufman
Conferencia de Anxo Pérez en Mentes Creativas

Y por supuesto, artículos, webs, etc… que he ido enlazando dentro del texto.

Seguro que en el futuro habrá más lecturas, que quizás me lleven a modificar este esquema. Pero de momento, para mis objetivos, este resumen me vale.