Tengo una oportunidad profesional: ¿qué hago?

Hoy publiqué un podcast un poco diferente a lo habitual. En vez de ser una reflexión genérica, más o menos inspirada en cosas del día a día, se trata de una “reflexión concreta”. Resulta que ha aparecido en el horizonte una oportunidad profesional que, en los últimos días, me está haciendo rumiar de lo lindo. Baste decir que es la primera vez, en los últimos… ¿12 años?… que me estoy planteando en serio volver al redil corporativo

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Me pedía el cuerpo hacer la reflexión en voz alta, y eso he hecho.

¿Qué factores intervienen en la rumiación?

  • Lo económico (son unas condicionas majas, aunque luego te pones a quitar costes asociados y se limita un poco…)
  • El potencial de aportación de valor (al menos a priori la actividad encajaría en gran medida con cosas en las que yo puedo ser útil)
  • El impacto en el estilo de vida (básicamente volvería a gravitar de forma mucho más intensa en Madrid, base de operaciones incluida, con la familia en Aranda… con todo lo que eso supone)
  • Mi ambivalencia respecto al entorno corporativo (con una parte positiva, relacionada con lo social, con tener una organización que tira de ti… y otra negativa relacionada con la pérdida de grados de libertad, acrecentada por tantos años asilvestrado por mi cuenta)
  • El miedo (¿y si voy por ello, y sale mal? ¿y si no voy por ello y sale mal?)
  • El reconocimiento (está guay que haya quien te reconoce un valor)
  • Las posibles alternativas (“si no hago esto… ¿qué? ¿lo que estoy haciendo me satisface? ¿es sostenible? ¿qué tengo que hacer para que lo sea? ¿tengo lo que hay que tener?”)
  • Cómo afecta a otras personas
  • Cómo afecta a la identidad que he ido construyendo todo este tiempo (¿es una renuncia? ¿una contradicción?), o a mis “proyectos alternativos” (o a la posibilidad de tenerlos)
  • Cuánto de lo que hago es inercia y cuánto decisión consciente
  • Si es (o no) una decisión hell yeah, si “hell yeah” es un criterio realista o una fantasía escapista

Decía en un tuit que “Hay decisiones evidentes para las que no hace falta usar ninguna herramienta de “toma de decisiones”. Y hay otras complejas que ninguna herramienta te va a solucionar…” Y ésta es una de ellas.

Y aunque esto de rumiar puede ser (y lo es) agotador… también es una oportunidad de repensar cosas, una “piedra de toque” que debe servir para romper la inercia y tomar decisiones conscientes.

¡En esas estoy!

Principio de curso: evalúa tu vida

Curso nuevo, vida nueva

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Empieza el curso. Quién más quien menos disfruta, durante el verano, de unos días de descanso o, en el peor de los casos, de cierta sensación de ritmo más relajado en el ambiente. Y a medida que se aproxima su fin empieza a notarse el “runrún” de la vuelta a la actividad, el tráfico en la ciudad, los anuncios de centros comerciales y fascículos…

A mí, en general, no me gustan demasiado las divisiones artificiales del tiempo. Ni cumpleaños, ni año nuevo, ni principios de curso… creo más en la continuidad, en que hoy simplemente es un día después de ayer, y que no es razonable esperar “grandes cambios” de un día para otro.

Y sin embargo, es cierto que hay momentos en los que parece que el contexto sugiere hacer una especie de “alto en el camino”. En mi caso, más que el “año nuevo”, el principio de curso es el que más me sigue motivando. Y es que, aunque hace ya 20 años que hice mi último “principio de curso” en términos académicos, no he dejado de sentirme muy ligado a ese ciclo. Tiene que ver, supongo, con el reinicio de la actividad después del verano. Y en mi caso, además, tener hijos (con su “vuelta al cole”, su nuevo curso, nuevos libros, nuevos profesores…) me lo refuerza mucho más.

Así que… ¿por qué no aprovechar este “reinicio” para hacer un poco de reflexión?

¿Dónde estás? ¿A dónde vas?

Si quieres dar dirección a tu vida necesitas, primero, un destino. Un “hacia dónde voy”. Porque si no sabes dónde vas, da igual el camino que sigas. Y también saber dónde estás respecto a ese destino, claro. Solo así podrás saber cuáles son los pasos que debes ir dando para llegar a él. Y a partir de ahí, a caminar. Es el “empezar con un fin en mente” de Covey, los “niveles de perspectiva” del GTD

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La reflexión es obvia, casi da vergüenza escribirla. Y sin embargo… ¿cuántas veces, en nuestra vida, la perdemos de vista? Nos metemos en nuestra dinámica cotidiana, en atender nuestras responsabilidades a corto plazo, en levantarnos para ir al trabajo, volver cansados, apurar lo mejor posible los ratos de ocio… Sí, de vez en cuando nos viene un pequeño flash de que algo “no va como nosotros queremos”, pero enseguida se nos surge otro pensamiento y se nos olvida. Y pasa un día y luego otro, pasa una semana y luego otra, pasan los meses… y de repente nos damos cuenta de que llevamos media vida “en piloto automático”, dejándonos arrastrar por la corriente, sin ser conscientes de a dónde nos lleva nuestro día a día y sin tomar ninguna decisión para alterar el rumbo.

Hace unos días escuchaba la entrevista que le hacían Jeroen Sangers y Enrique Gonzalo a Matías Salom en el podcast de Kenso. Salieron muchos temas, ninguno de ellos “revolucionario”, pero sí de esos que merece la pena recordar de vez en cuando. Cuáles son tus objetivos, qué quieres de la vida, qué haces en tu día a día para avanzar hacia ellos, qué es lo que de verdad importa…

El caso es que, como bien decía Matías durante la entrevista, a veces parece que tengas que enfrentar una circunstancia traumática (en su vida fue un accidente de tráfico) para darte cuenta de que se te está yendo la vida y no estás haciendo lo que realmente quieres hacer. Y como dice él, “no deja de sorprenderme la cantidad de gente que nunca se sentó a pensar qué quiere realmente”.

La rueda de la vida

Así que es cosa de sentarse a pensar, de dedicar un tiempo a hacer repaso de las distintas áreas de tu vida y evaluar hasta qué punto estás satisfecho, hacia dónde quieres dirigirlas y qué tienes que cambiar para hacerlo.

Ya, ya sé. Es más fácil decirlo que hacerlo. Cuando te pones a pensar en ello, y más si no tienes costumbre, no tardas en atorarte. Demasiadas cosas, demasiado abstractas, demasiadas conexiones… y muchas veces, ante lo difícil de la tarea… desistimos. “Ya lo haré”. Y luego resulta que no…

Existen herramientas que ayudan a guiar ese proceso. Hace poco hice un vídeo hablando de “la rueda de la vida”, un modelo que popularizó Zig Ziglar.

La gracia del modelo de “la rueda de la vida” es que te “obliga” a pasar revista de manera sistemática a las distintas áreas de tu vida, a evaluar tu grado de satisfacción con ellas… y a partir de ahí pensar en cómo avanzar. Además, la forma de rueda no es casual; la idea es que debe existir un cierto equilibrio entre las distintas áreas. De nada vale tener mucho éxito en el ámbito profesional si tu vida personal es un desastre, o tener una salud de hierro si financieramente no te consigues mantener… etc.

Hay otro ejercicio que puede ser muy potente, que es la “proyección autobiográfica”, que puedes aplicar a un área concreta de tu vida o al conjunto. Se trata de proyectarte 10-15 años en el futuro, imaginar que tienes “tu vida soñada”, y describir libremente (y con esto quiero decir sin cuestionarte si eso es posible o no, sin dejar que tu “mente crítica” te corte las alas) cómo es esa vida. Qué haces, qué sientes, qué tienes. Hacerlo de la forma más vívida y concreta posible, como quien está describiendo realmente su día a día, con pelos y señales. Y no solo eso, sino describir cómo has llegado hasta ahí, qué has hecho en esos 10-15 años, qué proyectos abordaste y cuáles rechazaste, qué hábitos pusiste en marcha y cuáles abandonaste, con quién te relacionaste y cómo, qué aprendiste. Todo eso te puede dar pistas de por dónde avanzar…

Y ya, si quieres redoblar el impacto, puedes hacer un segundo ejercicio de proyección… imaginando que no has cambiado nada. Proyéctate en el futuro, y describe cómo es tu vida si sigues haciendo lo que haces ahora. Qué haces, qué sientes, qué tienes. ¿Estás satisfecho con lo que ves? A lo mejor es hora de cambiar…

Las áreas relevantes de tu vida

¿Cuáles son esas áreas relevantes de tu vida? Ziglar plantea una categorización de 7 áreas: carrera profesional, finanzas, espiritualidad, físico, intelectual, familiar y social. Que sí, están bien… pero para mi gusto demasiado genéricas, y hacen difícil llevarlas al terreno de lo concreto. Y es en lo concreto donde vas a encontrar más elementos de reflexión.

Yo hace tiempo que definí un esquema parecido, pero creo que más concreto y sobre todo adaptado a mí (obviamente, tus circunstancias pueden ser distintas y tiene sentido adaptarlo a ellas; de hecho yo mismo he ido adaptándolo a lo largo del tiempo). A día de hoy, es éste:

  • Físico/Salud
    • Alimentación
    • Descanso
    • Actividad física
    • Dolencias concretas (si las hay)
  • Desarrollo personal
    • Autoconsciencia
    • Mejora de habilidades
    • Hábitos
    • Productividad
    • Simplificación
  • Administrativo/Financiero
    • Balance ingresos/gastos
    • Planificación financiera a futuro
    • Patrimonio
    • Cumplimiento
  • Familiar
    • Relación de pareja
    • Relación con los hijos
    • Relación con la familia (padres, hermana, familia extendida)
  • Social
    • Relaciones de amistad (cantidad/calidad) en los distintos ámbitos
    • Relaciones sociales
  • Profesional
    • Relaciones profesionales
    • Marca personal (definición/visibilidad)
    • Actividad comercial / generación de oportunidades
    • Desarrollo de habilidades profesionales
    • Equilibrio personal/profesional
  •  Estilo de vida
    • Hobbies
    • Distribución del tiempo
    • Distribución del espacio
    • Relación con la naturaleza
    • Viajes
    • Redes sociales
    • Lectura y audiovisual
    • Relación con la actualidad
  • Contribución
    • Relación con la sociedad (local/general)
    • Contribución a otros (desarrollo, ayuda)

¿Y cómo hago la evaluación?

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Esa es otra pregunta importante. Ziglar plantea una escala de 0 a 10 para “ponernos nota” en cada una de las áreas, pero… ¿cómo llegamos a esa nota?

  • El propio Ziglar plantea una especie de “test” que ayuda a ir haciendo la reflexión, pero de nuevo peca (en mi opinión) de genérico. Los detalles de mi vida no tienen que ser iguales que los de la tuya, ni la importancia relativa que le damos a cada una. Por lo tanto, pretender automatizar eso en una herramienta que nos genere unos resultados satisfactorios es muy difícil. Pero puede ser un buen punto de partida.
  • A mí una técnica que me resulta muy útil es la de “escritura libre”. Tomar un folio en blanco, poner el título del área en la parte de arriba… y empezar a escribir sin preocuparse demasiado de si lo que vas poniendo tiene sentido o esta perfectamente redactado. De lo que se trata es de ir hilando ideas, de trasladar tus sensaciones al papel, de poner lo que es importante para ti, lo que te está funcionando bien y lo que no, de lo que te sientes satisfecho y lo que echas en falta… es un papel para ti, nadie lo va a leer, así que tienes la oportunidad de ser absolutamente sincero contigo mismo sin temor a las críticas.
  • También puedes ir guiando tu reflexión al estilo de las retrospectivas ágiles, con preguntas como: ¿qué está funcionando bien? ¿qué me gustaría hacer más? ¿qué me gustaría hacer menos? ¿qué me gustaría hacer de forma diferente? ¿qué sería para mí el éxito en este área?
  • Si quieres ir un paso más allá, y eres valiente, puedes hacer un ejercicio de imagen pública. Porque claro, tú puedes tener una visión de ti mismo… y los demás tener otra muy distinta. Es curioso cómo en ocasiones somos tremendamente condescendientes con nosotros mismos, y cómo en otras somos excesivamente duros. Por eso viene bien mirarse con otros ojos que te ayuden a ajustar tu percepción y, quizás, te ayuden a descubrir cosas de ti mismo que ni siquiera tú sabías. Obviamente éste es un ejercicio más exigente, ya que supone salir del secreto de nuestro escritorio y exponerse a los demás. Pero si consigues dar el paso, puedes obtener un gran retorno.

Y después, a actuar

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La reflexión sirve de poco si no lleva a la acción. Las cosas sólo suceden en el mundo real, no en el mundo de las ideas. Hay que superar ese efecto retiro espiritual, y llevar las buenas intenciones al terreno de lo concreto. ¿Qué vas a hacer en los próximos días, semanas, meses… para mejorar en cada una de las áreas y acercarte más a tu ideal? ¿Qué vas a hacer de forma diferente? ¿Qué acciones/proyectos vas a poner en marcha? ¿Qué hábitos vas a adoptar, y cuáles vas a abandonar? Trasladar tu visión a una serie de “objetivos” y “planes de acción” es el primer paso para que se hagan realidad, y no se queden en el terreno de los buenos propósitos.

Y entonces llega la verdadera dificultad. Hay que alejarse del escritorio, y ponerse manos a la obra. Remangarse, pringarse de barro. Enfrentarse a la cruda realidad, a los inconvenientes, a la incomodidad, al desánimo… y además hacerlo no un día, ni dos, sino de forma persistente y consistente a lo largo del tiempo.

Las reflexiones, los objetivos, los planes… no pueden lanzarse una vez y luego quedarse en un cajón durante meses. Hay que incorporar la rutina de reflexión a nuestro día a día, hacer microevaluaciones y correcciones continuas. Verificar si estamos haciendo lo que dijimos que íbamos a hacer, si está funcionando, si tenemos que cambiar algo… y vuelta a empezar. De hecho, si sólo te planteas este ejercicio una vez al año… mala señal. Porque es la reflexión permanente la que da estructura a nuestra acción.

Solo así el curso que viene, cuando llegue el momento de una nueva evaluación, podrás tener una mejora. Si no, probablemente te mirarás al espejo y estarás en el mismo sitio… solo que con un año menos de tiempo para alcanzar lo que quieres.

PD.- Como ves, he añadido un episodio del podcast Diarios de un knowmad dedicado a este tema. Si te gusta, puedes suscribirte en iVoox y en iTunes, comentar, recomendar, compartir…

Empezar en una Big Four: 20 años después

Un novato en las Big Four

Corría el verano de 1999. Terminada la carrera (en realidad no, porque me quedó una asignatura para septiembre :_D) fui uno del puñado de compañeros de promoción que se incorporó a las oficinas de Arthur Andersen en Bilbao para hacer el famoso “curso de contabilidad” con el que se recibía a todos los novatos. Por aquel entonces Arthur Andersen todavía existía, y era uno de los miembros de las “Big Five” junto a Ernst&Young, PriceWaterhouseCoopers, KMPG y Deloitte&Touche. Una de esas firmas multinacionales de servicios profesionales (auditoría, legal y consultoría) con cientos de miles de empleados alrededor de todo el mundo, y con unas culturas corporativas muy reconocibles (aunque no siempre apreciadas) en el mundo de los negocios.

Hace unos días, un tuit de Victoriano Izquierdo me hizo recordar toda aquella época. Decía…

Alguien debería hacer un Pantomima sobre la tribu de veinteañeros que las consultoras Price, EY, KPMG… mandan por Europa y pasan su vida malplanchando camisas, sacando tarjetas de embarque, rellenando Excels y Powerpoints, intentando ligar en Tinder y llevando el mismo pelado

Y es que sí, si te das una vuelta por las zonas de negocio de las grandes ciudades es fácil identificar a este colectivo de jóvenes (ellos y ellas), cortados por un patrón bastante homogéneo. En fin, qué puedo decir, supongo que yo también fui uno de ellos…

Lo que quedó 20 años después

El caso es que, a raíz del tuit, me puse a pensar en esa época, y a reflexionar sobre qué me aportó iniciar mi carrera profesional en ese entorno. ¿Qué es lo que valoro, casi 20 años después?

  • La camaradería. El hecho de incorporar a decenas de personas cada año hace que se forme un sentimiento “de generación” muy interesante. Entramos todos a la vez, compartimos ilusiones e inquietudes, buenos y malos momentos… y esa sensación de sentirse parte de un grupo es muy gratificante (y de hecho generó relaciones que resisten el paso del tiempo).
  • La diversidad de estímulos. Trabajas con muchas personas, distintos compañeros, distintos jefes… muchas oportunidades de aprender de gente diferente. No siempre son modelos positivos, también hay modelos negativos. En todo caso, queda esa sensación de estar en un caldo de cultivo muy enriquecedor.
  • La diversidad de clientes. Dependía un poco del tipo de proyectos a los que cayeses asignado (hubo gente que se fue a implantar SAP a un cliente y no salió de allí en años), pero normalmente tenías oportunidad de participar en varios a lo largo del tiempo. Conocer distintos clientes, distintos sectores, distintas culturas… te abría la mente a un abanico amplio de realidades.
  • El aprendizaje como norma. La maquinaria estaba preparada para que fueses exponiéndote a estímulos poco a poco pero de manera inexorable. Con supervisión, pero también con exigencia. El caso es que esa dinámica hacía que, más allá de los “cursos de formación”, casi sin darte cuenta fueses desarrollando habilidades variadas.
  • El desarrollo de personas. Igual que en “tu año” formabas parte de “los novatos”, al año siguiente se incorporaba una nueva generación para la que tú ya empezabas, en tu bisoñez, a ser una referencia. No es que fueses “su jefe”, pero ya tenías la oportunidad de ir influyendo en personas con menos experiencia… y de esa manera, casi sin darte cuenta, ibas poniendo en práctica tus propias habilidades para desarrollar a otros.
  • La sistematización. Políticas, procesos, herramientas. No, no hay nada perfecto, pero estas organizaciones tienen implantadas “de fábrica” unas formas de actuar y de trabajar que, sin darte cuenta, te amueblan la cabeza y te dan un marco de referencia sobre el que trabajar. Una cultura fuerte, en definitiva, de la que quizás sólo te das cuenta cuando “sales al mundo” y ves la cantidad de organizaciones que carecen de esa “estructura” que tú dabas por hecha.

Nunca fui un “convencido” de todo aquello. Ya en aquellos tiempos era bastante escéptico/crítico respecto a muchas cosas que pasaban allí, y con el paso de los años he ido distanciándome aún más de aquel modelo. Y sin embargo, se me ocurren pocas formas mejores de haber iniciado mi carrera profesional. Fue una época enriquecedora, que forma parte de lo que soy, y así la recuerdo y la vivo :).

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Marcharse a lo Zidane

La dimisión de Zidane como entrenador del Real Madrid, inesperada tras haber conquistado su tercera Champions consecutiva, me hizo recordar todas las veces que, a lo largo de mi carrera profesional, yo hice algo parecido.

Todo empezó en 1998, cuando rechacé prolongar durante el verano mis prácticas en una consultora. Luego vino el levantar la mano después de un proyecto QCHYA en 2003. Luego cuando dejé el camino de la consultoría corporativa al mirar hacia arriba y no gustarme lo que veía. También cuando dejé de escribir blogs comerciales, o cuando vi que no tenía sentido ser “responsable de servicios a empresas”. O cuando planteé que no veía prolongar una relación con un cliente si no buscábamos otro enfoque.

Creo que cuando algo no fluye, se nota. Y sí, puedes dar pasos para intentar que fluya… pero muchas veces está claro que no hay forma de darle la vuelta a la situación. Y entonces creo que es mejor tomar decisiones, cuanto antes mejor. Incluso cuando supone “irse a tu casa”, y afrontar la incertidumbre del qué vendrá después.

A lo largo del tiempo he visto mucha gente atrapada en la inercia. Situaciones de mucho desgaste diario, de estar hartos, de no ver la luz al final del túnel… y no hacer nada al respecto. La única perspectiva es aguantar un día más, hasta llegar a casa a descansar. Una semana más, hasta llegar el fin de semana. Un mes más, hasta que llegue la nómina. Un año más, hasta que lleguen las vacaciones. Y vuelta a empezar.

Se le da mucho valor a la incertidumbre, y muy poco al desgaste personal, profesional, relacional… que se genera en esos “minutos de la basura” (que a veces son “meses de la basura” o “años de la basura”). Paralizados ante la perspectiva de lo que vendrá después, la gente se abona al “más vale malo conocido…” y subsiste en un entorno cada vez más tóxico sin hacer nada para remediarlo. Esperando que otros tomen la decisión (“a ver si me echan”), o que aparezca de forma mágica una alternativa.

No, a veces “irse como Zidane” no es factible. Hay facturas que pagar, y no se puede ir uno a su casa. Pero entre eso y la inacción completa hay mucho margen de maniobra.

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La experiencia no es un grado

El otro día escuchaba una entrevista que le hacía Shane Parrish, en su podcast The Knowledge Project, a Michael Mauboussin. Y en ella, el invitado hacía una distinción que me pareció muy interesante. Y que me hizo pensar.

Decía Mauboussin que no es lo mismo “expertise” que “experience”. No sé si en castellano podría ser “no es lo mismo ser un experto que tener experiencia”. ¿Dónde está el matiz?

¿Qué es ser un experto?

Para Mauboussin, ser un experto implica disponer de un modelo predictivo que te sitúe en una mejor situación que otra persona a la hora de afrontar un problema o un reto. No significa que vayas a acertar el 100% de las veces, pero sí que estás en mejores condiciones para hacerlo con más frecuencia.

¿La experiencia puede ser considerada como sinónimo?

Los años de experiencia como criterio de evaluación

A mí siempre me ha chirriado eso de valorar los años de experiencia sin más. Por ejemplo eso de “acumular trienios” como recompensa por el mero transcurrir del tiempo. O utilizar “x años de experiencia en el puesto” como elemento destacado de un curriculum. Y mira que por mi edad es un criterio que ya va jugando a favor, pero…

Siempre he defendido que lo que importa es el desempeño. ¿Haces las cosas mejor, de forma consistente, que otros? Pues entonces te quiero a ti. Me da igual que sea por los años de experiencia, porque eres más listo, porque has ido a no sé qué universidad, porque tienes no sé qué master o porque utilizas unas herramientas de la leche. No me cuentes milongas de curriculum. Si de verdad la experiencia contribuye en algo a tu desempeño, demuéstralo.

El problema, claro, es que valorar el desempeño es algo más difícil que valorar “paso del tiempo”. Por eso de forma más o menos inconsciente cambiamos la pregunta “¿Tendrá un buen desempeño?” por otras más fáciles de responder (como los años de experiencia, o si tiene no sé qué estudios), y actuamos en consecuencia. Lo cual a veces funciona… y a veces no.

¿Entonces la experiencia no cuenta?

Pues ésa es la cuestión. Que depende.

En un entorno estable, poco complejo… entonces sí. La acumulación de experiencia, el hecho de haber enfrentado un número limitado de problemas durante mucho tiempo… sí que te da esa capacidad diferencial, y puede ser tomada como una aproximación razonable al desempeño. La próxima vez que se presente ese problema tú, con tu experiencia, estarás en mejores condiciones de afrontarla que alguien nuevo.

En esas circunstancias, tener experiencia sí te convierte en un experto.

La experiencia en entornos complejos y dinámicos

¿Pero qué sucede cuando no hablamos de un entorno estable, sino altamente dinámico? ¿Cuando lo nuevo es distinto de lo viejo? ¿Qué sucede cuando los problemas son complejos, con múltiples relaciones y derivadas imposibles de acotar?

En esos casos, la experiencia pierde valor. Sí, es verdad, tú has afrontado un número X de problemas. Pero los problemas son diferentes cada vez, así que lo que has aprendido previamente no es directamente aplicable. Tus soluciones no son intrínsecamente mejores.

De hecho, la experiencia puede resultar contraproducente. Si te has acostumbrado a resolver las cosas de una determinada manera, tendrás tendencia a aplicar esa solución de forma preferente, casi automática. Aquello de que para un martillo todos los problemas son clavos. Estás menos abierto a explorar otros caminos, y por lo tanto estás limitando tu capacidad de resolver nuevos problemas.

El ejemplo de Moneyball

Mientras pensaba en todo esto, me venía a la cabeza la historia que cuentan en Moneyball, la película de Brad Pitt basada en la historia de Billy Beane.

Un mundo, el baseball, donde las cosas siempre se han hecho de una determinada manera. Donde un montón de personas, con mucha experiencia, toman las decisiones respecto a quiénes son los buenos jugadores.

Y cómo llega alguien y cambia toda esa visión, aplicando nuevos métodos (basados en este caso en las estadísticas y el análisis de datos), y generando un modelo contraintuitivo. Un modelo que todas las personas con experiencia miraban por encima del hombro. Y, sin embargo, ese modelo le permite tener mejores resultados. El experto no fue quien más experiencia acumulaba, sino precisamente el que desafió a la experiencia.

Reajustando el valor de la experiencia

Venimos de un mundo más tranquilo, más estable. Estamos acostumbrados a que “tener experiencia” y “ser experto” sean casi sinónimos. Incluso la sabiduría popular lo refleja: “la experiencia es un grado”, “más sabe el diablo por viejo que por diablo”. Estoy seguro de que incluso tú, que me lees, has tenido en alguna ocasión esa sensación de suficiencia al ver a alguien más joven haciendo cosas de forma presuntamente equivocada, y pensando por dentro “ay, alma cándida, ya te darás cuenta…”

Por supuesto, sigue habiendo ámbitos donde la experiencia aporta valor. No se trata de irnos al otro extremo, y considerar que la experiencia en sí misma es despreciable. Pero quizás debamos estar abiertos a pensar que experiencia y desempeño no van de la mano siempre a todos los sitios. Y que cada vez que nos refugiamos de forma acrítica en esa visión, estamos abriendo la puerta a que llegue alguien con una mente más abierta, con mayor disposición a hacer las cosas de forma diferente… y nos coma la tostada.

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