Soy un sombrero negro

No está mal, pero…

Estábamos apurando el café. Mi amigo se había pasado un buen rato contándome, ilusionado, su idea. Yo le escuchaba con atención, pero lo cierto es que mientras me hablaba yo solo veía inconvenientes. “No sé, yo no lo veo”. Y empecé a desgranarle todas las pegas que le veía a lo que me contaba.

A medida que iba hablando, notaba como su gesto se contrariaba. Ahí estaba él, contándome con gran entusiasmo sus planes, y llegaba yo a destrozarle su castillo de naipes. Con razón o sin razón, eso casi es lo de menos. Simplemente, centrado en “todo lo malo”. Con mi sombrero negro.

Los seis sombreros de pensar

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Fue Edward de Bono el que ideó los seis sombreros de pensar, una herramienta-metodología para abordar procesos de reflexión/creatividad. La idea básica es que cuando afrontemos un problema, debemos hacerlo desde varios prismas distintos, simbolizados por esos seis sombreros:

  • El sombrero azul es el encargado del proceso, el que se asegura que todos los sombreros entren en acción, y cada uno se ciña a su función.
  • El sombrero blanco es el que lidia con los datos, con los hechos. Sin juicios, sin valoraciones. Objetividad pura y dura.
  • El sombrero rojo es el que se centra en las emociones, en las sensaciones. El miedo, la ilusión… no se exige ninguna justificación, simplemente explorar ese lado “menos racional”.
  • El sombrero verde es el de la creatividad, el de las ideas “locas” si hace falta, el que no se corta a la hora de soñar.
  • El sombrero amarillo es el que busca lo positivo, lo que pasará si todo sale bien, lo ideal, la utopía.
  • Y el sombrero negro es el de las precauciones, el de las alertas, el que pone el ojo en todo lo que podría salir mal.

Como puedes ver, si usas los seis sombreros puedes llegar a tener una perspectiva bastante completa y equilibrada de una situación. Dejarás sitio a todo lo que hay que tener en cuenta: lo racional y lo emocional, lo objetivo y lo subjetivo, lo “pegado a la tierra” y la utopía, lo ilusionante y lo preocupante. Una visión de conjunto que limita los sesgos.

Soy un sombrero negro

La cuestión es que, como decía más arriba, mi tendencia natural es ser un sombrero negro. Voy por el mundo viendo todo lo que puede fallar (“Oh, cielos, Leoncio”), como un auténtico cenizo.

Por contra, me cuesta más ponerme los otros sombreros. Tengo que hacer un esfuerzo consciente, y aun así noto cómo me chirrían los mecanismos mentales. Es como si mi “sombrero negro” estuviese siempre sobrevolando, incluso cuando no le toca.

Pensaba en todo ello mientras volvía a casa después de charlar con mi amigo, con la sensación de haberle “tirado por tierra” su idea. Debería hacer un disclaimer, cuando alguien me cuente alguna idea: “ten en cuenta que yo soy un sombrero negro…”

O, alternativamente, hacer un esfuerzo más consciente para ponerme el resto de los gorros.

Mis propósitos para 2019

Época de buenos propósitos

Con la entrada del año nuevo entramos en territorio de revisión del año anterior y planificación del siguiente. Y hay una gran estrella: los buenos propósitos.

Hay centenares de contenidos en internet que te cuentan cómo deberías hacer una revisión-planificación del año, cómo hacer que tus propósitos se hagan realidad… así que no quiero abundar en lo mismo. Simplemente quiero compartir mi experiencia de cómo he elaborado yo mis propósitos para 2019, y cuáles son.

Reflexión antes de los propósitos

Es fácil “tirar de repertorio” para enunciar los buenos propósitos: ponerse en forma, aprender inglés, dejar de fumar, leer más… clásicos que año tras año aparecen en el “top ten” y que, curiosamente, al año siguiente vuelven a aparecer…

Más difícil es hacer un proceso de reflexión sosegada y enfrentarnos a nuestros propios demonios. Exige calma, orden, ganas de “rascar” por debajo de la superficie… y en definitiva ponernos frente al espejo sin tratar de engañarnos a nosotros mismos. Pero si queremos unos propósitos útiles, es necesario dar ese paso… porque si no ya sabemos lo que pasa.

Recopilando datos del año anterior

¿Qué hice durante el año? ¿A qué proyectos he dedicado mi tiempo? ¿Con qué personas me he relacionado? ¿Qué he leído, qué formaciones he hecho? ¿A dónde he viajado? Una de las cosas de las que me he dado cuenta es que resulta muy difícil hacer un repaso si antes no has sido un poco riguroso registrando la realidad día a día. Hay veces que nos cuesta recordar lo que hemos hecho por la mañana… ¡como para acordarnos de lo que hicimos el febrero pasado!

En este sentido, a mí me ayuda llevar un diario. Después de varios intentos a lo largo de mi vida, este año he conseguido ser bastante constante en la labor de “journaling” (siguiendo la propuesta del 5-minute journaling). Aun así, creo que me vendrá bien hacer el esfuerzo de ir consolidando con cierta frecuencia (mi idea es hacer “revisiones mensuales” en las que poder extraer los hitos relevantes, y así llegar al final del año con parte del trabajo hecho).

También me ha resultado útil revisar la agenda (donde tengo apuntadas reuniones, viajes, etc…). También creo que le puedo sacar más partido en este año entrante a esta herramienta, y utilizarla para apuntar más cosas (incluso a toro pasado).

En mi caso, que tengo una notable producción online (entre el blog, los podcasts, el canal de youtube…) me ha venido también bien echar un ojo a lo que he publicado. Y como nota curiosa, también me ha resultado refrescante revisar las fotos almacenadas en Google Photos (y recordar cosas, momentos… que podrían haberse perdido)

En todo caso se trata de hacer una recopilación objetiva, sin juzgar nada todavía. Simplemente acumular datos.

Lanzando una retrospectiva

Una vez que tenemos los datos encima de la mesa (y las sensaciones que nos genera), toca valorar.

En mi caso, utilizo las categorías que mencionaba en el post sobre la rueda de la vida (físico/salud, desarrollo personal, administrativo/financiero, familiar, social, profesional, hobbies y contribución). Y para cada una de ellas, extraigo tres tipos de puntos:

  • Aquellas cosas que me gusta como van, y que quiero que sigan siendo así.
  • Aquellas cosas que quiero empezar a hacer, o que quiero hacer con más frecuencia/intensidad.
  • Aquellas cosas que quiero dejar de hacer, o que quiero hacer con menos frecuencia/intensidad.

Con esto tengo una visión bastante consolidada, en una única hoja, que me permite ver “por dónde quiero que vayan los tiros”.

La rueda de la vida

Después de recopilar, y de analizar… ¿cuáles son las conclusiones? He utilizado la herramienta de “la rueda de la vida” para reflejar mi visión de dónde estoy respecto a dónde quiero estar. Al final se trata de “poner una nota” a cada uno de los aspectos de mi vida, y ver dónde están mis fortalezas y mis áreas de mejora.

Obviamente aquí lo importante no es “la puntuación”, sino las sensaciones que tienes y las reflexiones que te han llevado allí. Por eso viene bien hacer este ejercicio después de haber hecho los pasos anteriores… porque así las sensaciones tienen una base.

Y por fin, los propósitos

Después de todo el ejercicio de rumiación, llega el momento de establecer cuáles van a ser las “directrices” para todo el año, las grandes líneas estratégicas que quieres que marquen tu comportamiento a lo largo del año. En mi caso las he destilado hasta quedarme con cuatro, que son éstas:

  • Vida más sana: seguir impulsando comportamientos saludables, relacionados con la actividad física y la alimentación, que me ayuden a acercarme a mi peso ideal y a generar bienestar y energía.
  • Buen humor: ser más consciente de mi estado de ánimo, y de cómo afecta a quienes me rodean, procurando elegir mejor mis palabras, gestos y acciones para proporcionarles mejores momentos.
  • Foco y persistencia: utilizar de manera más deliberada mi tiempo, decidiendo a priori en qué emplearlo y poniendo los medios y herramientas necesarios para aprovecharlo al máximo y que genere un impacto perceptible en mis habilidades, mi actividad y mi vida.
  • Proactividad: dar más primeros pasos. Sugerir, proponer… abrir la puerta a más posibilidades, ofreciéndome a los demás y gestionando la diversidad de reacciones de manera positiva, tanto en lo personal como en lo profesional.

Si te interesa profundizar un poco más en el trasfondo que hay detrás de estos propósitos, he subido un episodio al podcast “Diarios de un knowmad” entrando un poquito más en detalle en cada uno de ellos.

Algunas notas sobre el proceso que quizás te resulten útiles

  • Como ves, he destilado los propósitos y los he dejado en cuatro. Podrían ser 10, o 20… pero creo que es importante hacer el esfuerzo de darle vueltas hasta quedarse con lo esencial. Cuatro es un número manejable, que me va a permitir tenerlos en mente y guiar mi comportamiento sin que se diluya demasiado.
  • Si te fijas, la redacción de los propósitos tiene un tono positivo, propositivo. Están definidos en términos de “lo que quiero conseguir”, no en términos de “a lo que quiero renunciar”. No dice “perder peso” o “evitar distracciones”, sino “acercarme a mi peso ideal” o “aprovechar al máximo mi tiempo”. Puede parecer un matiz un poco irrelevante, pero creo que es útil de cara a estar a gusto con tus propósitos.
  • Parte de la gracia del proceso ha sido plasmarlo en formato físico. La rueda de la vida, los propósitos… tienen su espacio en mi cuaderno (y próximamente los pondré como fondo de pantalla y/o en papel en la pared). Al final creo que hay un valor primero en trabajarlos en formato manipulable (más allá de escribirlos en el ordenador), y luego en tenerlos a la vista durante el año (para que no se te olviden).
  • También tiene algo de “exorcismo” el hecho de hacerlos púbicos. De que no sean una reflexión “de mí para mí”, sino que queden expuestos (incluso con la parte de “intimidad” que puedan tener). Creo que, de alguna manera, es algo que refuerza el compromiso, y te hace más difícil el escabullirte más tarde.
  • Y por supuesto, esto de los propósitos está muy bien pero no sirve de nada si no se traslada en acciones. El objetivo es utilizarlos como guía para implantar acciones, tomar decisiones, implantar hábitos… y en general como guía del comportamiento. Se trata de hacer cosas de formas diferentes para conseguir resultados diferentes.

¿Y tus propósitos?

Tengo curiosidad… ¿cómo afrontas tú este proceso de revisión-planificación del año? ¿Cuál es tu experiencia? En todo caso, mi deseo es que tengas el mejor año posible, y sobre todo que hagas todo lo que esté en tu mano para que así sea.

Cómo eliminar distracciones online

El pozo sin fondo de las redes sociales

No sé si te habrá pasado (aunque apostaría a que sí). Te sientas frente al ordenador dispuesto a hacer cosas útiles y productivas. Pero antes quieres dedicar un momentito a echar un vistazo a twitter. Revisas tu timeline, haces click en un par de artículos que parecen interesantes, te los lees… quizás te metas en una discusión sobre el tema del momento… Venga, y ahora a Facebook, a ver qué hay de nuevo. Un par de likes, un par de comentarios… ¿Y las stories de Instagram? Será solo un momentito… Ah, y un vistazo rápido a la prensa del día: El Mundo, El País, El Confidencial… El Marca…

Y así, en esta ensalada de actualizaciones, comentarios, likes, scroll infinito y vídeos de gatitos (¡son tan monos!) se te ha ido su buena media hora. Y no contento con eso, cuando acabas la ronda… la empiezas de nuevo, a ver si alguien ha respondido a tu comentario, a ver si hay algún like nuevo, o alguna “noticia urgente”…

O sacas el móvil, quizás alertado por una notificación. Abres una aplicación, abres otra… y “uy, se me ha ido la mañana”.

Durante ese rato algo en tu cabeza te dice que deberías dejarlo. Que tienes cosas que hacer. Que no es una forma útil ni productiva de emplear tu tiempo. Argh, eres débil. Pero bueno, no pasa nada, mañana lo harás mejor. Al fin y al cabo, “no procrastinar” es uno de tus buenos propósitos del año. Y todo el mundo sabe que los buenos propósitos se cumplen…

¿Tienes un problema?

Mucho se habla de “adicción a las redes sociales“, o del síndrome FOMO (o del NOMO). Yo no sé si es una adicción o no. Pero si la situación que he descrito antes es algo que te pasa con frecuencia, si te impide concentrarte, si reduce tu capacidad de sacar cosas adelante… quizás tengas un problema.

“Bah, no es para tanto”, puedes pensar. ¿Alguna vez has medido el tiempo que pasas navegando en las distintas webs, o en las diferentes apps de tu móvil? ¿Alguna vez te has forzado a estar sin ellas durante un tiempo largo? Quizás te sorprendas, y no de forma positiva, de hasta qué punto tiene un impacto en tu día a día.

Si te sirve de consuelo (no debería), no es del todo culpa tuya. Las “redes sociales”, los contenidos de internet… son una golosina muy apetecible. Te dan un montón de estímulos gratificantes con muy poco esfuerzo, en forma de novedades, comentarios, likes… Además, las tienes a un clic de distancia, o directamente en tu bolsillo; no tienes ni que mover el culo de la silla. ¡Y gratis! Añádele el interés de todos los productores de contenidos en atraer tu atención y mantenerla durante el máximo tiempo posible… y el cóctel es irresistible. Como tener un suministro permanente y gratuito de la droga de tu elección sin tener que salir de casa.

Así que ahí caemos una y otra vez, como moscas en la miel. Lo malo es que somos nosotros los que pagamos las consecuencias, aunque no nos demos cuenta.

En busca de una solución

Si realmente llegas a la conclusión de que esto supone un problema… ¿qué puedes hacer para solucionarlo? ¿Cómo evitar caer en la tentación, y deslizarse por esa pendiente resbaladiza que te hace desaprovechar tanto tiempo, atención y energía que podrías estar usando para otras cosas?

Hay quien busca aferrarse a la motivación, a la fuerza de voluntad, a los buenos propósitos. “Hoy sí voy a estar concentrado y no me voy a despistar”. Lamentablemente, la fuerza de voluntad no funciona. Puede que sí durante un día o dos. Pero más pronto que tarde nos relajaremos… y antes de que nos queramos dar cuenta volveremos a las andadas.

Nuestro cerebro ha generado unos automatismos a los que recurrirá en cuanto nuestro “yo consciente” (que es más listo, pero que consume más energía y por eso no está activo todo el tiempo) baje la guardia. Y si además es solo cuestión de hacer clic… no tienes ninguna posibilidad. No es que seas débil, o que te falte carácter. Es como funciona nuestro cerebro, nada más.

Por eso hay que buscar otras soluciones. Soluciones que tienen que ver con “ponérselo difícil” a nuestro “yo inconsciente”. En nuestros momentos de lucidez (cuando nos damos cuenta de que tenemos un problema, y que queremos solucionarlo) podemos poner en marcha estrategias y herramientas para que luego, cuando nuestro cerebro funcione en automático, vaya por el buen camino.

Bloqueando webs y aplicaciones

En el caso de las redes sociales y de los contenidos en internet, una herramienta que puede ser muy útil son los bloqueadores de sitios, como por ejemplo Blocksite (que es el que yo utilizo, aunque hay otros). Se trata de aplicaciones que puedes instalar en tu navegador, y también en tu móvil, y que monitorizan tu actividad impidiéndote el acceso a los sitios que tú les hayas dicho.

El funcionamiento es muy sencillo. Simplemente tienes que crear un listado con las URL’s que quieres bloquear. En mi caso, por ejemplo, tengo bloqueados facebook, twitter, distintos diarios digitales… todo aquello a lo que me he dado cuenta que recurro “en automático”. Además, puedes especificar un calendario semanal en el que está activo el bloqueo: en mi caso, he activado el bloqueo de 9:00 a 20:00 todos los días de la semana. Pero tú puedes adaptártelo a tus necesidades.

Blocksite también tiene una aplicación para móvil, en la que puedes replicar el mismo comportamiento y además incluir apps que quieres bloquear.

De esta forma, cuando intento entrar en alguna de las webs bloqueadas (y te sorprendería ver la cantidad de veces que lo intento a lo largo del día, de forma inconsciente… ¡es alucinante!), te salta un aviso de que “no puedes entrar”.

Más difícil todavía

Claro, el problema del bloqueador es que se puede activar/desactivar con un clic. Es decir, que sigue en mi mano el decir “levanta las restricciones”. Es verdad, has puesto un paso intermedio (tienes que “desactivar”), pero es tan sencillo… que tu “yo inconsciente”, que está ansioso por recibir su descarga de dopamina a base de estimulos, likes y similares, te engaña con facilidad: “Venga, es solo un momentito, luego lo vuelves a activar”, “por una vez no pasa nada, te lo has ganado, ¿no?”, “es por un buen motivo, de verdad que esta vez es necesario”. Así que desactivas el bloqueo… y sin darte cuenta vuelves a estar donde estabas.

Para evitar esto, se trata de ponerle al cerebro un “más difícil todavía”. Blocksite tiene la opción de proteger con contraseña la activación/desactivación del bloqueo. De esta forma, no será tan sencillo como “desactivar”, sino que tendrás que meter una contraseña para hacerlo. Una barrera más. Aunque claro, si la contraseña te la aprendes y eres capaz de teclearla sin pensar… no es una barrera demasiado efectiva.

Así que lo que yo hice es crearme una contraseña difícil, con un generador de contraseñas: 16 caracteres aleatorios, con números, símbolos, mayúsculas y minúsculas… todo el lote. Básicamente imposible de memorizar. Lógicamente la apunté, la tengo en una nota de Evernote, por si en algún momento necesito entrar a la configuración del bloqueador. Técnicamente podría desactivar el bloqueo: me voy a Evernote, busco la nota en cuestión, copio la contraseña, la pego y desbloqueo. Pero ya es un paso más, y no especialmente cómodo.

Crear fricción para cambiar tu comportamiento

Antes hablaba de tu “yo consciente” (el que es capaz de razonar y de tomar decisiones, pero que consume mucha energía y por eso no está activo la mayor parte del tiempo) y de tu “yo inconsciente” (el que toma decisiones automáticas la mayor parte del tiempo). Estos “dos cerebros” los describe muy bien Daniel Kahneman en su “Thinking Fast and Slow”, y son la clave para entender por qué nos comportamos como nos comportamos en muchas situaciones.

Si queremos cambiar un comportamiento (como en el caso del acceso a las redes sociales), se trata de ir poniendo barreras cada vez más altas a mi “yo inconsciente”. Hay que impedirle que siga su tendencia natural, y hacer que vaya por un camino mejor. Creando puntos de fricción lo que haces es desincentivar el comportamiento que quieres eliminar. Y no se trata de hacerlo a base de “fuerza de voluntad”, sino de automatismos. Por cierto, si te interesa este tema (y cómo aplicarlo a otros ámbitos de tu vida), está muy bien el libro “Atomic Habits” de James Clear.

Un mejor uso de tu tiempo, tu atención y energía

Lo que yo busco con estas estrategias es liberar el tiempo y atención que normalmente se me va en estos contenidos. Y así poder dedicarlo a otras cosas más productivas: sacar mi trabajo antes y mejor, leer más deliberadamente, producir más contenido, utilizar herramientas de aprendizaje que refuercen mis habilidades… en definitiva, un uso mejor de mis recursos.

Como decía más arriba, te sorprendería ver la cantidad de veces que me descubro intentando entrar en los sitios bloqueados. Como una mosca dándose golpes contra un cristal. Y la absurda ansiedad que me entra al pensar que “hasta las 8 de la noche no voy a poder entrar a ver si ha pasado algo en mis redes” (de hecho, me está pasando mientras escribo esto). Es absurdo, pero pasa. Hasta ese punto los comportamientos se llegan a automatizar y a generar dependencia.

Así que si tú sientes que tienes un problema parecido, y de verdad quieres ponerle solución… ¡manos a la obra!

Paso a paso

10.000 pasos para un sedentario

El pasado 29 de diciembre se produjo un hito relevante para mí. Mi pulsera medidora de actividad me indicó que había sumado, desde el uno de enero, más de 3.650.000 pasos. Eso quiere decir que acabaría el año con una media por encima de los 10.000 pasos por día (al final fueron 3.675.656). Un montón de pasos, casi 3.000 kilómetros de “zapatilla”.

Ya sé, ya sé. Habrá gente que piense “bueno, no es para tanto”. Para mí, la verdad, lo es. No por la cantidad, por mucho que se suela usar esta cifra como referencia, sino por lo que implica.

Tengo un estilo de vida sedentario. Mi trabajo, mi ocio… suele desarrollarse con el culo pegado en la silla. La mayoría de los días, de hecho, trabajo en casa por lo que ni siquiera tengo la excusa de “ir al trabajo” para moverme (aunque para muchos eso significa sentarse en un coche, que tampoco es moverse demasiado). Nunca fui un deportista. En definitiva mi inercia, mi rutina, no tenía hueco para la actividad física.

Lo importante no son los 10.000

10.000 pasos son, en esas condiciones, un reto. Exigen dedicar un buen rato, todos los días, a hacer algo que no era “natural” para mí: por lo menos una caminata de hora y pico, y normalmente un complemento adicional en forma de recados/paseo extra.

Es eso, y no los 10.000 pasos, lo que me satisface. Haber convertido algo inicialmente ajeno para mí en una rutina. Saber que hay un momento del día en el que me calzo las zapatillas, me pongo mis auriculares y salgo por alguno de los caminos que me rodea. ¿Hace frío? Te abrigas. ¿Hace calor? Buscas la sombra. ¿Llueve? Chubasquero. ¿Te da pereza? Sales igual, que se te quita. Todos los días, sin (casi) excepción. Sin plantearte si “te apetece”. Simplemente, hacerlo.

Cómo consolidar la rutina

¿Qué factores han contribuido a consolidar esta rutina? Creo que, fundamentalmente, convertirla en algo que disfruto. Supongo que al principio se me haría cuesta arriba, “hoy no me apetece”, “hoy estoy cansado”. Pero mi rato de caminar es un rato en el que voy escuchando mis podcasts, haciendo alguna fotillo para el Instagram, en el que estoy a mi bola, en el que me va dando el sol o el viento. Llego a casa satisfecho, con la sensación de que he movido el cuerpo, de que la sangre ha fluido, de que mi cabeza está despejada. Suelo volver de mejor humor, además de satisfecho conmigo mismo.

Curiosamente, me doy cuenta de que estas sensaciones son las que tanto he oído contar a los que corren o van al gimnasio. Aquello de que “el cuerpo te lo pide”, y que se me hacía tan raro. Y mírame…

Pulsera medidora de actividad

¿Qué impacto ha tenido la pulsera en todo esto? Diría que, al principio, me sirvió como “piedra de toque”. Porque tú sales a dar una vuelta, y no sabes si el paseo es más o menos largo, si has acumulado más o menos pasos. La pulsera me ayudó a calibrar cuánto tiempo necesitaba para cubrir determinado número de pasos (10 minutos son 1000 pasos, más o menos), o qué rutas me hacían cubrir el objetivo… y a partir de ahí automatizar.

También me ha servido como acicate. Por ejemplo, si llegaba a la tarde con 7.000-8.000 pasos, me servía como impulso para decir “venga, te bajas un rato a la calle y haces 20-30 minutos más, y llegas a los 10.000; que no te cuesta nada, y es una pena no echar esos pasos a la saca”. Y también como limitador para los días “flojos” (que también los ha habido): “hoy puedo permitirme un poco menos porque ayer hice más de la cuenta”.

En teoría estas apps te permiten comparar tu actividad con la de tus “amigos” en redes sociales, pero la verdad es que yo nunca he sido competitivo, así que eso es algo que no me ha servido de mucho.

¿Y el impacto?

Bueno, aquí estaría bien poder decir que gracias a esta rutina he conseguido perder X kg… pero lo cierto es que no ha sido así. De hecho, este año he ganado peso. Esto es algo que podría desanimarme (“bah, tanto esfuerzo para nada… “), pero nada más lejos de la realidad. Sé que esto es bueno por sí mismo. Claro que me gustaría que hubiese tenido un impacto más positivo en términos de peso, pero no ha sido así. Y no pasa nada. Habrá que hacer otras cosas adicionales, con la alimentación, con un ejercicio más intenso… pero este hecho no le resta un ápice de valor a lo conseguido. Lo cual me alegra, porque creo que es un indicador de que es un hábito que he conseguido integrar.

De hecho en estos días de inicio de año, cuando me planteaba los “buenos propósitos”, descarté el incluir lo de “caminar” como uno de ellos. No porque no lo vaya a hacer, sino porque creo que está tan metido en mi día a día que no necesita que lo eleve a ese nivel.

Seguiremos caminando. Paso a paso.

Entrevistado en Kenso

Me hizo mucha ilusión que Jeroen y Enrique me propusiesen una entrevista para su podcast Kenso. Es un podcast que empecé a escuchar desde sus inicios, hace unos meses, y que me gusta por el tono, por el carácter variado de los invitados, y por los temas de los que trata. Me siento muy cercano a cómo enfocan la productividad, el desarrollo personal, la gestión de uno mismo…

Así que para mí fue un placer charlar durante un buen rato con ellos. Hablamos de consultoría artesana, de knowmads, de aprendizaje y de desarrollo de habilidades… Cuando acabó tuve la sensación de haber dejado un buen resumen de “mi forma de ver las cosas”. ¡Mérito de los entrevistadores!

Puedes escuchar la entrevista en la web de Kenso, en cualquier aplicación de podcasts, o aquí mismo.