Desaprender: la trampa del pasado

Una dirección

Todos tenemos un pasado, que es el que nos ha traído hasta aquí. Pero… ¿te has planteado hasta qué punto ese pasado restringe nuestras opciones? ¿Es útil aferrarnos a él? Y si la respuesta es no… ¿cuánto nos cuesta olvidarlo y desaprender?

Atrapados por nuestro pasado

En la peli de los 90 “Atrapado por su pasado” se cuenta la historia de un narcotraficante que, después de pasar una larga temporada en la cárcel, sale con la intención de alejarse de ese mundo. Sin embargo, a pesar de su firme voluntad, el entorno le acaba volviendo a atrapar, y no consigue escapar de su quizás inevitable destino.

Recordaba esta peli hace poco, mientras reflexionaba sobre el futuro. Y es que, cuando uno se pone a pensar en definir su “visión”, resulta muy complicado abstraerse de lo que arrastra. Y cuanto más años pasan, mayor es el equipaje. Qué estudiaste, en qué trabajaste, qué decisiones tomaste… determinan, de forma casi inconsciente, el rango de opciones que te planteas. No nos damos cuenta, pero el pasado puede ser una losa. Desaprender, deshacernos de ese lastre, es necesario. Aunque cueste.

La inconsciente necesidad de ser consistentes

Porque dicen que uno de los sesgos psicológicos que tenemos los humanos es la necesidad (casi enfermiza) de “ser coherentes con nosotros mismos”. Somos capaces de alterar nuestros recuerdos (o inventárnoslos, directamente) si eso hace que nuestras acciones tengan “lógica” para nosotros mismos. De hecho, este rasgo puede ser utilizado como mecanismo (perverso) de influencia: si conseguimos que una persona nos diga que sí a algo pequeño, luego le resultará difícil decirnos que no cuando le pidamos algo más grande. Romper con nuestro pasado exige asumir un cierto nivel de incoherencia, o en su defecto buscar una explicación que nos permita justificarnos la transición.

Pero es que además, dirá alguno, es normal. Si siempre has hecho una cosa, es ahí donde tienes experiencia relevante. Serán esas, y no otras, las habilidades que has desarrollado. Tu círculo de contactos está en ese mundillo, así que lo normal es que te vuelvas sobre ellos. Sí, quizás sea lógico. Has “invertido”, y no vas a deshacerte de tu inversión, ¿no? Y sin embargo…

Sostenella y no enmendalla

¿Recuerdas la fiebre de las .com de principios de siglo? ¿Recuerdas Terra? Hubo un momento en el que “comprar acciones de Terra” parecía la forma más segura de ganar dinero, y que eras tonto si no lo hacías. La cotización subía y subía, y muchos se subieron al carro. Pero inevitablemente la cotización llegó a su máximo, y empezó a bajar. Muchos de los que habían comprado mantuvieron sus acciones, con la esperanza de que fuese un ajuste temporal. Incluso cuando ese ajuste llevó la cotización por debajo del precio al que habían comprado: “no, ¿cómo voy a vender ahora y perderle dinero?“. Pero la acción no volvió a subir, y perdió prácticamente todo su valor.

Esa sensación de “estar invertido” en algo es muy habitual. Cuando uno hace una inversión financiera, debe tener claro que en la decisión de mantener o vender no debe influir para nada el precio al que compró; únicamente las expectativas de futuro. Y aun sabiéndolo, resulta casi imposible no mirar de reojo ese punto de referencia del pasado.

Hemos invertido tiempo y esfuerzo en desarrollar unas habilidades, en conocer un sector, en formar una red de contactos, en tener una presencia en el mercado. ¿Cómo vamos a renunciar a todo ello? ¿Cómo vamos a “desperdiciar” esa inversión? Y sin embargo, la forma racional de afrontar esa decisión no es mirando al pasado, si no al futuro. ¿Qué crees que va a pasar en el futuro? ¿Qué quieres que pase? Esa inversión que hiciste… ¿es útil? ¿te lleva a donde quieres ir? Si no… ¿tiene sentido mantenerla solo por esa sensación de “no desperdiciarla”?

Soltar lastre para decidir mejor

En un entorno incierto y cambiante, la habilidad de desaprender, de desembarazarse del pasado por útil que fuese en su momento, es fundamental para poder adaptarse y evitar que las inercias te arrastren.



Ser, o no ser (tú mismo)

“Sé tú mismo. Excepto si eres gilipollas; entonces mejor intenta ser otro”. Una frase irónica, que al final refleja bastante bien la realidad.

Ah, qué difícil paradoja. “Ser uno mismo” parece que es un objetivo que todos deberíamos tener. Dirigir nuestra vida conforme a nuestra propia esencia, dejar que se transmita a lo que hacemos, lo que decidimos, con quién nos relacionamos. Ser fieles a nosotros mismos.

Pero claro, “ser uno mismo” tiene consecuencias. Cuando “somos nosotros mismos” al 100% puede que nos miren raro. Pueden generarse conflictos con quienes tenemos alrededor. Podemos tener dificultades para encajar en nuestro círculo social, o en el ámbito profesional. A veces parece que se hace imprescindible renunciar aunque sea en parte a “ser nosotros mismos”, o por lo menos disimular, para evitar esas consecuencias negativas. Pero a su vez esa renuncia también tiene un coste, en términos de incomodidad, de alienación, de insatisfacción.

Cuando tienes hijos, intentas darles pautas. Quieres que sean ellos mismos, pero a la vez quieres que encajen. Y el mensaje se vuelve ambiguo y hasta contradictorio: “es importante que seas tú mismo, pero es importante que renuncies a ser tú mismo”. Te das cuenta, y te da rabia. Pero… ¿cómo puedes darles una pauta mejor, si tú no la has resuelto todavía?



El último tuit

En algún momento de estas semanas (después de mirarlo, casi lo clavo: el pasado martes 28) se cumplieron 10 años desde que usé por primera vez twitter. “Renegar de mi prejuicio previo y probar el dichoso twitter”, decía por aquel entonces. Recuerdo que me pareció una chorrada, y así lo dije. Pero por la boca muere el pez, y diez años después hay casi 40.000 tuits que lo atestiguan. Hasta hoy.

Porque hoy escribiré mi último tuit.

Twitter fue para mí una ventana abierta al mundo. Una evolución de aquella “red social” primigenia que formábamos con nuestros blogs, y nuestros lectores de feeds. Personas creando contenidos, cada uno de su padre y de su madre, con la posibilidad que eso te daba (a poco interés que pusieras) en personalizar tu consumo, y también de interactuar entre nosotros. Porque mira que hay gente interesante en el mundo, y siempre hay en twitter un enlace que leer, un comentario agudo, una historia curiosa, un chiste divertido, o un gif de gatitos.

Pero lo malo es que esa ventana siempre está ahí, abierta, con su scroll infinito, su “hay nuevos tweets”, sus notificaciones. Un recurso fácil y ubicuo para “desconectar”, pero también para “distraerse” o para “evadirse”. ¿Que sientes incomodidad con lo que estás haciendo? Me voy a twitter. ¿Que no sabes muy bien qué hacer? Me voy a twitter. Un chupete digital para adultos, un mecanismo de evasión perverso.

Porque twitter proporciona una falsa sensación de conexión con otras personas. Estás leyendo a fulano, y a mengano. Les lees contar detalles de sus vidas, pensamientos. A veces incluso interactúas con ellos. Parece que tienes un cierto círculo social. Pero es, en el mejor de los casos, un círculo social débil, superficial. Este sucedáneo de relación puede dar el pego, como muchas veces sucede en los “grupos de amigotes”, pero a la hora de la verdad no pueden competir con relaciones más significativas. Piénsalo, ¿cuánto más relevante es un café compartido que horas y horas de lectura diagonal de tu timeline?

Twitter también te engaña al hacerte sentir que estás “enriqueciéndote”. No, tú no eres como esa gente que se pone a ver el Sálvame o el Chiringuito, o las tertulias de la tele. Tú tienes un “timeline” muy cuidado, donde todo son artículos relevantes, historias curiosas y provechosas… ¿De verdad? ¿Cuántos de los artículos que ves pasar en twitter lees realmente? ¿Y de esos, cuántos te sirven para algo más que para decir “ah, pues qué interesante; lo retuiteo”? ¿Cuántos se transforman en algo accionable en tu vida? En vez de centrarnos en una cosa, y trabajar por transformar esas ideas en acciones, nos pasamos el día consumiendo infinitos inputs variados y dispersos, diluyendo nuestra atención y nuestro foco, para acabar básicamente donde estábamos. Disfunción narcotizante a tope.

Y eso cuando no te ves arrastrado a enterarte de cosas completamente irrelevantes, relacionadas con “la noticia del día” o el trending topic de turno. Cosas que te dan igual, y sobre las que sin embargo acabas sintiendo el impulso de dar tu opinión, o de discutir con desconocidos. Porque es fundamental que el mundo oiga la voz de la razón, vea nuestro sólidos argumentos y la endeblez de los del otro.

Y es que twitter genera también una falsa sensación de relevancia. Ahí están tus followers, esperando tus comentarios, tus enlaces, tu sabiduría. Para algo te siguen, ¿no? ¡Qué feliz es mi ego! Pero esa relevancia no es real. Nadie lee tus tuits, nadie hace click en lo que enlazas. Puedes creer que sí, que estás teniendo un gran alcance con tus acciones, que estás construyendo tu “imagen de marca”, que de alguna manera eres el centro de atención. Pero no lo eres, no te engañes. Eres el loco subido en el banco del parque dando un speech a gente que pasa distraída por tu lado, y que a veces simplemente habla solo.

Alguien podrá decir que “bueno, igual que el blog, y aquí sigues”. Lo cual no deja de ser cierto, aunque con una gran diferencia. Porque twitter, con su formato corto e inmediato, está abierto a que sueltes tus pensamientos a vuelapluma, según te salen. Pim, pam, publicar. Mientras que el formato del blog te obliga a elaborar un discurso, a reflexionar sobre lo que quieres decir y a construirlo con un mínimo de criterio. Y en ese sentido es no sólo una herramienta de “difusión”, si no también de trabajo interno a la que yo, de momento, no tengo intención de renunciar.

Como tampoco tengo intención de renunciar a las relaciones personales. Más bien al contrario: el objetivo es sustituir esa “relación de baja intensidad” a base de tuits por otra diferente. Más cruce de mails, más chats, más conversaciones en persona, más cafés, más skypes. Más profundidad, más foco, más intención, más significado. Inevitablemente habrá con quienes esa relación se fortalezca, y habrá con quienes se diluya; no pasa nada, sucede todos los días en la vida digital y en la vida real.

De la misma manera, espero también aportar más foco, intensidad, profundidad y significado a mi consumo de contenidos. Si de verdad quiero saber sobre un tema, ya buscaré activamente información relevante. Si quiero entretenerme, ya buscaré el momento y la forma de hacerlo. Ser yo el que dirija mi atención, y no dejar que sea ese torrente continuo de inputs quien lo haga.

Adios, twitter. Fue divertido. Pero tu tiempo ya pasó.



El management y los huevos

Hace no demasiado tiempo comer huevos era algo que había que hacer con prudencia. Que si demasiada proteína para el hígado, que si ojo con el colesterol… Luego no, luego resulta que comer huevos es estupendo y no causa problemas. Salvo que tengas enfermedades coronarias, que entonces bueno, mejor no. Entonces… ¿es bueno o es malo comer huevos? Y más concretamente, ¿cuántos huevos puedo comer a la semana? Pues depende. Porque comer huevos tiene cosas buenas, y tiene cosas malas. Y a lo mejor no depende tanto de los huevos, como de ti.

Me venía esto a la cabeza leyendo la noticia de que IBM, que en su día fue pionera en la política de trabajar de forma remota, está ahora dando un giro y promoviendo (a la fuerza ahorcan) que los equipos trabajen juntos de forma presencial. Hace no mucho leía algo parecido referido a si es bueno trabajar en “open spaces” o si es malo. Y podemos aplicarlo a casi cualquier decisión de gestión. Hay quien dice una cosa, hay quien dice lo contrario. Lo que antes era bueno, ahora resulta que no. Y a lo mejor pasado mañana sí. Entonces… ¿qué hago yo?

Los humanos, y las organizaciones, lidiamos regular con la incertidumbre. Queremos certezas. Queremos que nos digan qué tenemos que hacer para que nos vaya bien. Buscamos las recetas infalibles, los consejos que no fallen, los benchmarks que nos aseguren que por lo menos no estamos haciendo nada distinto de los demás, las metodologías impecables, los gurús del momento que bendigan nuestras iniciativas. Y con toda seguridad que, sea lo que sea lo que nos estemos planteando, encontraremos algún experto que afirme lo que queramos, un “estudio” de alguna “universidad americana” (aunque sea pequeñito y poco significativo y cogido por los pelos, pero estudio científico al fin y al cabo), un libro editado por algún brillante escritor de management, un curso donde nos enseñaran a hacer las cosas “de forma correcta”, una cita de algún autor clásico (¿real o inventada?), una encuesta que diga que es una buena idea (aunque se haya hecho a cuatro amigos), un consultor que te diga que él lo ha hecho con varios clientes y les va de fábula, unos cuantos “casos de éxito” contados a bombo y platillo, varios artículos en las revistas del ramo y una miríada de contenidos en redes sociales (refritos de refritos) que apoyen esa idea…

Bueno, qué alivio. Ahí tenemos nuestras certezas. Ya podemos gestionar, ¿verdad? Lo malo es que esas “certezas” no son tales, por mucho que queramos darles la apariencia de que lo son, y sirven solo para apaciguar nuestra inquietud. De hecho, casi con toda seguridad, podríamos encontrar un buen número de “certezas” similares que apoyasen la tesis contraria. Porque la realidad es que cualquier curso de acción que emprendamos tendrá sus cosas buenas, y sus cosas malas; y no hay forma de saber a priori cuál de las dos pesará más. Porque encima, en un mundo complejo, las interrelaciones son tantas que lo que puede ser bueno para mí puede no serlo para ti, y viceversa. O lo que funciona hoy puede que no funcione mañana. Pero eso, a quien te vendió la certeza, le va a dar igual; ellos no van a estar ahí cuando apliques sus recetas y no funcionen.

Pero entonces… ¿qué hacemos? ¿Cómo vamos a tomar decisiones, sin tener ninguna certeza? ¡Qué angustia! Y sin embargo creo que, una vez aceptamos esa incertidumbre, nos encontramos ante un panorama liberador. Como no hay un “camino correcto”, no tenemos la presión de elegir “bien”. Podemos apostar por cualquier curso de acción, y ver qué pasa. Con prudencia, sí, por si hay que dar marcha atrás. Atentos a los resultados que vamos obteniendo, para corregir el rumbo a medida que avanzamos. Con humildad, conscientes de que podemos equivocarnos, pero también aprovechando las cosas que sí funcionan. No tenemos que ser perfectos, porque de hecho es imposible que lo seamos.



Un tonto con un spray

Ayer, caminando por un polígono en Aranda, vi esta pintada: “Viva ETA”.

“Un tonto con un spray”, pensé.

Porque sí, puedes pensar que hay que ser tonto para escribir “viva ETA”. Pero es que tontos los hay siempre, y tengámoslo claro, siempre los va a haber. Tontos objetivos (porque hay cosas que no admiten mucha discusión), y tontos subjetivos (que nos lo parecen a nosotros porque tienen unos puntos de vista incompatibles con los nuestros). Y que un tonto coja un spray y haga una pintada es muy sencillo. Como que escriba un tuit, o una columna en un periódico, o haga unas declaraciones a la prensa, o un chascarrillo a micrófono abierto…

Pero lo cierto es que no deja de ser un tonto con un spray.

A veces tengo la sensación de que le damos a los tontos con spray más importancia de la que tienen. Cogemos una declaración cualquiera, y le damos protagonismo, y viralidad, y la analizamos desde todos los puntos de vista posibles intentando sacarle punta, y nos indignamos, o acudimos en masa a lincharlo mientras otros lo defienden, y demandamos, y a veces incluso condenamos. Y así elevamos a categoría de relevante lo que no tiene relevancia ninguna. Supongo que es una forma de pasar el tiempo como otra cualquiera.



Solo se alimenta el que tiene hambre

Siempre me ha dado mucho apuro dar consejos. Yo puedo ver algo muy claro, pero… ¿y si estoy equivocado? ¿y si la otra persona me hace caso y resulta que no le va bien? Ni siquiera hace falta que sea un consejo muy asertivo (“esto es lo que tienes que hacer”); el mero hecho de “hacer dudar” a la otra persona y de que tome una serie de decisiones a raíz de esas dudas que tú le has abierto me genera mucha responsabilidad(*).

El otro día conversaba con un amiguete que me comentaba una situación, y yo le pasé el enlace a un artículo que abundaba en el tema. “No pretendo alimentar el fuego”, le dije, un poco poniendo la venda antes que la herida. “No te preocupes; ¡sólo se alimenta el que tiene hambre!”, me respondió. Y me dejó pensando.

En realidad, estamos permanentemente recibiendo consejos. De la gente cercana, de lo que leemos y vemos por ahí. Ideas sobre cómo deberíamos trabajar, alimentarnos, hacer deporte, desarrollarnos, educar a los hijos, vivir en pareja, disfrutar nuestros hobbies… lo que quieras, todo el mundo parece tener una opinión. Y lo cierto es que al 99% de esos consejos les hacemos oídos sordos: los vemos por encima, los descartamos y a correr. Ceguera selectiva. Incluso cuando ese consejo se produce de forma individualizada, “de tú a tú”… ponemos cara de “sí, sí, lo que tú digas” y luego seguimos a nuestro rollo. Sólo de vez en cuando llega algo que “nos toca”, sentimos que nos interpela, que nos conmueve, que nos emociona (= “nos lleva al movimiento”). Pero no es el consejo en sí, ni tampoco “el consejero”; somos nosotros, que por alguna razón estamos receptivos justamente a ese consejo y lo adoptamos, igual que ignoramos a quienes nos digan lo contrario. Sesgo de confirmación, buscamos que alguien nos diga justo lo que queríamos oír (y le atribuiremos toda la fuerza moral del mundo) y descartamos a quienes nos dicen lo que no nos interesa.

Esta reflexión me recordó a otra frase que siempre me ha llamado la atención, la de “cuando el alumno está preparado, el maestro aparece“. Cuando realmente estamos en una verdadera actitud de hacer algo, eres tú el que de forma consciente o inconsciente busca (y encuentra) a quienes te apoyan en esa voluntad. Son los mismos que antes te rodeaban y a los que no hacías ningún caso. Y no es que ellos ahora digan cosas diferentes: es que eres tú el que las recibe de forma diferente.

Desde este punto de vista, la presión por “dar buenos consejos” (o el temor a “dar malos consejos”, visto desde el otro lado) desaparece. El consejo no es bueno o malo. Nada de lo que tú digas va a afectar a la otra persona, salvo que la otra persona quiera que le afecte. Si le dices algo que no le cuadre, lo va a ignorar, y seguirá buscando otros consejeros hasta que encuentre a quien le diga lo que quería.

(*) Me doy cuenta de lo paradójico que resulta dedicarse a la consultoría… y a lo mejor eso explica algunas cosas :/



Video Aprendizaje y Desarrollo Eficaz de Habilidades – Skillopment en Deustalks

El pasado 23 de febrero tuve el placer de dar una charla en la sede de Deusto en Madrid sobre Skillopment, aprendizaje y desarrollo eficaz de habilidades.

Para mí fue un evento especial, siendo como es Deusto mi “alma mater”. Además hubo un buen puñado de amigos que se acercaron a compartir el rato conmigo, algo que me hizo especial ilusión.

Aquí tenéis el video de la charla, y ya sabéis; si os gusta y se os ocurre algún sitio donde tenga sentido hablar de estos temas, ¡yo encantado!



El salario emocional, ¿es para pijos?

Hace unas semanas circuló por las redes un artículo donde se hablaba de “salario emocional”, y que tuvo una cierta contestación. El tono de las críticas venía a ser “¿Quién tiene esta teoría? Personas que no tienen problemas para llegar a final de mes”. El salario emocional, chorradas de RRHH de esas, una mandanga propia de pijos.

Imaginemos una situación. Existe un trabajo A, en el que te pagan digamos que 700 euros. El jefe es un cabrón, el ambiente es una mierda, te cae una bronca por todo, como llegues tarde un minuto te crujen, no aprendes nada… y demás condiciones de mierda, siempre dentro de la más estricta legalidad. Y existe un trabajo B, en el que trabajas con gente agradable, tienes cierta autonomía, flexibilidad con los horarios, ves cosas nuevas… cosas de esas que dicen que componen el salario emocional. Trabajas las mismas horas, el esfuerzo es el mismo; lo que cambia es el entorno.

Imaginemos que estás en el trabajo A. ¿Querrías cambiarte al trabajo B? Quiero suponer que sí (aunque de todo hay en la viña del señor). Vale… ¿y estarías dispuesto a renunciar a un euro, y cobrar 699, a cambio de irte al trabajo B? Aquí ya no voy a presuponer nada; quizás no, quizás ese euro de diferencia sea para ti vital, y estés dispuesto/obligado a soportar el trabajo A por ese euro. O a lo mejor sí, hay algo de un euro a lo que puedes renunciar y a cambio tienes acceso a ese trabajo donde vas a estar mejor 160 horas al mes. En todo caso, eres tú quien decide. ¿Y si en vez de 699, fueran 690? ¿Pagarías 10 euros al mes en vez de gastarlos en otra cosa (porque eso sería lo que estás haciendo) a cambio de tener una experiencia laboral diferente?

Imaginemos ahora a la inversa, estás en el trabajo B cobrando 700 euros. ¿Te irías al trabajo A, cobrando lo mismo? De nuevo, quiero suponer que no… ¿Y si fuese a cambio de ganar un euro más, 701, aceptarías soportar ese entorno desagradable? ¿Te merecería la pena lo que puedes hacer gracias a ese euro de más? Quizás sí, quizás no, nadie lo sabe nada más que tú. ¿Y si fueran 710? Etc.

A donde quiero ir a parar es a que creo incuestionable la existencia de eso que llamamos “salario emocional”. Porque creo que no es igual el trabajo A que el trabajo B. No es igual, nos pongamos como nos pongamos, y me da lo mismo que el salario de partida sea 700 o 7000. Y en la medida en que esas situaciones son diferentes, el salario emocional existe.

Ahora bien, ¿cuánto vale ese salario emocional? Ésa es otra cosa. ¿A qué estás dispuesto TÚ a renunciar para conseguirlo, si no lo tienes? ¿Cuánto te tendrían que dar A TI para que renunciases a él, si lo tienes? Cada cual tiene una sensibilidad diferente, y su propia situación de partida, y lo valora en consecuencia. Y ese valor viene determinado (como todo en esta vida) por las utilidades marginales de las alternativas; y eso es algo subjetivo. A lo mejor para ti el valor es cero, y yo no te lo voy a discutir; pero por la misma razón, tú no puedes negar que otra persona en tu misma situación decida darle un valor mayor que cero.



El secreto está en el casting

Leía hace poco una entrevista a Michael Caine y Morgan Freeman en la que el primero contaba su experiencia trabajando con John Ford, y lo que le dijo en una ocasión.

«El secreto para dirigir una película es el casting. Si eliges bien a los actores, el resto viene solo». Nunca me dijo lo que tenía que hacer. Con él era en plan: «Si te pagan un montón de pasta por hacer este trabajo, es porque sabes cómo se hace. No necesitas que te diga lo que tienes que hacer»

¿Habéis tenido la experiencia, en vuestra carrera profesional, de trabajar con gente “con la que te entendías perfectamente”? La sensación de que el trabajo fluía, de que todo el mundo tiraba del carro, de que había complementariedad… es una situación fascinante. Y muy difícil de conseguir, porque depende de una serie de cuestiones (muchas de ellas intangibles) que no siempre es posible equilibrar. Al fin y al cabo, ¿con cuántas personas de las que han trabajado con vosotros os llevaríais a un nuevo equipo con los ojos cerrados?

“El secreto está en el casting”, decía John Ford. En dedicar tiempo a conocerse, a probar si existe esa compatibilidad o no, en ir estrechando relaciones (o desechándolas) y formando “núcleos duros” a partir de los cuales ir incorporando nuevos elementos que refuercen (y no estropeen) ese delicado equilibrio. “Hire slow“, que decíamos en algún momento. Y su complementario, “fire fast”, la capacidad de partir peras cuando se ve que las cosas no funcionan, o que funcionan de una manera alejada de un óptimo.

Pero claro, el problema es que esto es un proceso lento, y delicado. Y el “mundo real” mete presión. Hay que crecer, hay que abrir esta nueva localización, hay que hacer este proyecto, necesitamos ser más. Sí, haremos selección… pero llegado el momento hay unas vacantes que cubrir, y las llenaremos no con “los adecuados” (en términos absolutos) si no con “los más adecuados de entre los que hemos visto” (en términos relativos). Y si la cosa no funciona… pues habrá que aguantar el tirón, porque no podemos prescindir de manos (aunque las manos no sean las indicadas), o porque “es que la indemnización…”. O porque “hay que comer”, visto desde el otro punto de vista. Compromisos que, en última instancia, erosionan la dinámica del trabajo en equipo. ¿Funcionan? Técnicamente sí, pero haciendo que todo resulte menos fluido, menos gratificante. Peor. Y en última instancia esos equipos (o “aglomerados”, creo que sería más ajustado a la realidad) acaban disgregándose con más pena que gloria.

Y sin embargo vivimos tiempos en los que cada vez son más críticos esos equipos “de alto rendimiento”. Tiempos complejos, donde la capacidad de reaccionar, de adaptarse, de trabajar con intensidad en la incertidumbre… es fundamental. Un contexto en el que se necesitan equipos cohesionados, unidos por ese “pegamento invisible” de los valores (los de verdad) compartidos, del entendimiento, de la confianza, de complementariedad, de saber que “cuidan tu espalda” igual que tú estás comprometido con cuidar la de tu compañero. Equipos en los que ese intangible probablemente sea más importante que otras habilidades y conocimientos más concretas (y por lo tanto más “gestionables”). Equipos que por casi necesidad tenderán que ser pequeños (porque es difícil formar equipos grandes sin que esas esencias se empiecen a diluir), y que por lo tanto tendrán sus limitaciones, pero también un potencial incuestionable.

Sé que es difícil. Que estamos hablando de algo etéreo, casi “místico”, con cierto toque de utopía. Pero creo que cuanto menos exigentes somos en ese sentido, cuanta más tolerancia tenemos a situaciones “subóptimas”, peor para nosotros tanto a nivel organizativo (aunque ya sabemos que las empresas “ni sienten ni padecen”) como a nivel individual. Porque en el pecado llevamos la penitencia; conseguimos menos cosas, y tenemos experiencias menos satisfactorias.



Manías de viejo

Dicen que, a medida que uno se va a haciendo mayor, sus manías van haciéndose más y más presentes. Que, llegado un momento, le resulta muy difícil salirse de sus rutinas y sus hábitos, que las cosas tienen que ser como él dice, y que todo lo demás “está mal”. Que le resulta difícil acostumbrarse a las formas de hacer de otros, y que está constantemente refunfuñando.

Y aquí estoy yo, camino de los 41. Aunque a decir verdad, yo ya de serie venía bastante maniático y egocéntrico, con tendencia a considerar “mi forma de ver las cosas” como “la forma correcta de ver las cosas” y con dificultad para adaptarme a los cambios de planes. Es muy comentada mi poca cintura para encajar las críticas, y mi proverbial capacidad para decir “NO” de entrada a a casi todo (aunque también me reconocen cierta ecuanimidad a la hora de reconsiderar mis posturas, pero siempre con un periodo de maduración).

Estos días he empezado a trabajar con gente nueva, y estoy notando cómo me cuesta adaptarme. Haciendo el ejercicio de reflexión, intentando ponerme en la posición del “observador externo”, me doy cuenta de mis propias rigideces. A veces resultaría hasta cómico observarlo, si no fuera porque soy yo mismo el que sufre las consecuencias, y el que tiene que hacer el esfuerzo porque sea de otra manera.

En esas estamos. Supongo que, como se suele decir, “el primer paso es darse cuenta”.