Darse contra una pared

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Sonó una notificación, y miró el teléfono. Le cambió la cara.

– “Joder, es que siempre estamos con lo mismo”.

– “¿Qué ha pasado?”

– “Fulanito, que me la ha vuelto a hacer. Mira que lo hemos hablado veces, y me dice que sí, que vale… pero al final volvemos a caer en la misma historia. ¡Es como darse de golpes con una pared!

Me quedé mirándolo.

– “¿Tú te sueles dar muchos golpes contra las paredes?”, le pregunté.

– “¿Cómo? ¿Qué?”

– “Que si te sueles dar muchos golpes contra las paredes. De las de verdad, de las de ladrillo, digo”.

Me miró con extrañeza.

– “Pues no, no me doy golpes contra las paredes”.

– “¿Ah, no? ¿Y por qué?”

– “Pues vaya pregunta… ¿por que son de ladrillo, y si me doy un golpe me hago daño? Tienes unas cosas…”

No, no solemos darnos golpes contra las paredes, salvo por despiste. Sabemos que, si lo hacemos, nos haremos daño en una escala que va desde el coscorrón hasta un buen porrazo. Nadie en su sano juicio ve una pared y dice “allá voy”. Si quiere pasar al otro lado, no intentas atravesarla; en el mejor de los casos buscas una puerta.

Esto, que con las paredes físicas nos resulta muy evidente, parece que nos cuesta aceptarlo cuando hablamos de las personas. Tenemos a alguien que tiene tendencia a comportarse de una manera, y nos lanzamos contra ella esperando que esta vez sea diferente. Y cuando nos damos el golpe, nos quejamos: “¡es como darse contra una pared!”. Qué sorpresa.

Cuando nos damos un golpe contra una pared (física), a nadie se le ocurre echarle la culpa a la pared por ser dura, impenetrable… por ser una pared, al fin y al cabo. Nadie se sorprende de que, si te das contra una pared, el que se hace daño es uno mismo. Si le pedimos peras al olmo, nos vamos a decepcionar y a frustrar. Las peras se las podemos pedir al peral, y del olmo lo que podemos esperar es… lo que sea que da el olmo. Pero no peras.

“Pero es que yo quiero ir hacia allí”, dirá alguno. Ya, bueno, pues hay una pared en medio. Puedes insistir en intentar atravesarla… pero no te quejes luego del golpe.

PD.- No quiero decir con esto que las personas seamos de una manera concreta, y no podamos cambiar. Por supuesto que podemos cambiar (aunque nuestras preferencias siempre están ahí… ya sabes, “la cabra tira al monte”). La cuestión es que los demás cambian cuando quieren, y en el sentido que quieren… y no cuando nosotros queremos y en el sentido que nosotros queremos. Puedes ir por el mundo asumiendo que los demás se comportarán como tú quieres que se comporten… o aceptar que cada uno se comporta como se comporta, e irte adaptando.

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Raúl Hernández González

Soy Raúl, el autor desde 2004 de este blog sobre desarrollo personal y profesional. ¿Te ha resultado interesante el artículo? Explora una selección con lo mejor que he publicado en estos años, y suscríbete para recibir nuevos contenidos.
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