La evolución de las publicaciones

Hace unos días, en el transcurso de una comida, comentaba Antonio Ortiz sus nuevas responsabilidades dentro de Weblogs SL: centrarse en labores de investigación e innovación sobre cómo evoluciona la creación y distribución de contenido online, para así poder dirigir a la empresa en el camino correcto con el transcurso de los años.

Para poner en contexto a quienes no conozcan la historia, Weblogs SL es una empresa que nació hace más de diez años alrededor del concepto de los “blogs temáticos”. Antonio es uno de los socios fundadores, y durante un tiempo yo estuve vinculado a la empresa (como editor y coordinador de alguno de los blogs, y luego realizando labores de servicios a empresas). El caso es que, por aquel entonces, los blogs eran “el futuro”. Todos los que nos acercábamos a ese mundillo teníamos la sensación de estar explorando nuevos caminos (“cómo, ¿que cualquiera puede publicar lo que quiera en internet así sin más?”), y compartíamos la excitación de sentirnos pioneros.

Pero claro, han pasado diez años, y con ellos muchas cosas. Vinieron las redes sociales, vino el video, y muchos otros cambios en la forma de publicar, consumir y distribuir contenidos en la red. Lo que hace diez años era “lo novedoso” ya se ha quedado no sé si obsoleto, pero sí “viejuno”. Más de una vez se ha proclamado su muerte, y aunque es verdad que aquí seguimos, a veces tiene uno la sensación de ser unos “abueletes de internet”, contando batallitas de los “buenos viejos tiempos”.

En este sentido, es obvio que el planteamiento de Antonio de “buscar alternativas/complementos” al blog como concepto tiene todo el sentido. Y de alguna manera vino a ponerle el cascabel a una sensación que yo he venido teniendo en los últimos tiempos. Llevo escribiendo este blog más de 11 años, me siento muy cómodo con él. Me permite expresar ideas e inquietudes, desarrollar razonamientos… Creo que escribo cosas interesantes, sin mucho “bullshit”, que pueden servir como elemento de reflexión a otras personas, y que en paralelo pueden reforzar mi “marca personal”. Y sin embargo, tengo la sensación de que su alcance cada vez es más limitado. Cuando publico algo, me leen un “puñado de incondicionales” que todavía siguen viniendo vía RSS (gracias, amigos :D) o incluso de forma directa (hola, mamá). Si pongo el enlace en twitter o en linkedin, se suma otro piquito de visitas. En algunas ocasiones se genera un pequeño efecto viral gracias a algún retuit o alguna mención, efecto que muere pronto. Y ya, el ciclo de vida del contenido muere ahí.

Siempre he dicho que mi blog tiene mucho de “espacio de reflexión personal” (y por eso escribo lo que quiero, cuando quiero y como quiero) pero sería poco honesto decir que “me daría igual si no me leyese nadie”: a todos nos gusta la sensación de que lo que hacemos gusta a otros, y si son más, mejor. ¿Qué es lo que me gustaría entonces? Desde luego no se trata de “número de visitas” así en bruto: no vendo publicidad por miles de visitas, así que en general lo relacionado con el SEO, el “clickbaiting” y similares me interesa más bien poco. Más bien se trata de buscar visibilidad e interacción, pero sin cambiar el “fondo” de lo que publico (que al fin y al cabo es lo que me gusta y lo que me interesa). Me gustaría llegar a más gente interesante, provocar más reflexiones y más curiosidad, generar más posibilidades de interacción, de debate, de colaboración… en el fondo, recuperar las sensaciones que tenía al principio de mi historia bloguera.

Le estoy dando vueltas a lo que cuento (quizás sea menos interesante de lo que yo mismo creo), a cómo lo cuento (quizás mi estilo no es muy apetecible), a dónde lo cuento (a lo mejor el blog debería mutar en otra cosa, en otros medios, en otros formatos), a cómo lo “muevo”… Por otro lado, siempre me ha dado pereza “fingir”: la idea de tener un calendario editorial, o de seleccionar temas no por lo que a mí me apetezca sino “por lo visible o lo viral que pueda resultar”, o de recurrir a técnicas baratas (en plan “lo que sucedió a continuación te parecerá increíble”), o de ser intencionadamente polémico y macarra para generar ruido, o de ser más “ligero” para ser compartido sin necesidad de pensar mucho, o de ser más “sesudo” para producir contenidos “de referencia”, o…

Hace unos días repescaba un artículo de Blogoff donde se reflexionaba sobre los contenidos que triunfan en redes sociales, y cómo en esta dinámica los contenidos de más “chicha” quedan relegados en favor de contenidos más ligeros, más intrascendentes… pero a la vez más fácilmente consumibles y compartibles. Decía Nicholas Carr que internet nos estaba volviendo tontos, y yo no sé si es que nos vuelve tontos o si simplemente nos pone muy fácil hacer caso a nuestro instinto primario de evasión.

La duda que tengo es… ¿hay espacio, en este contexto, para el tipo de contenido que a mí me apetece y me interesa generar? ¿Puedo hacer algo para que encaje mejor en esta dinámica de consumo y difusión de contenidos, sin “estrujarlo” hasta cambiar su esencia? ¿O debo asumir que la visibilidad y la viralidad están reservados para otro tipo de historias, incompatibles con mi estilo? ¿O directamente hacerme caso a mí mismo y asumir que lo que hacemos en realidad no le importa a (casi) nadie?



Atraer, retener y motivar en la economía de la atención

Cuando me incorporé al mundo laboral, a finales de los 90, estábamos en pleno éxtasis de la nueva economía y por todos los sitios se oía hablar de la “guerra por el talento”. Había un mantra que se repetía una y otra vez: “atraer, retener y motivar”. Todas las políticas de gestión tenían ese triple objetivo: atraer, retener y motivar al talento. Atraer, de forma que ese “talento escaso” escogiese a nuestra organización (y ser el employer of choice). Motivarlo para explotar dicho talento al máximo en beneficio de la organización. Y retenerlo para evitar que se fuese con otros.

Luego llegó la crisis puntocom, el 11S… y pareció que todo aquel mantra desaparecía (aunque yo siempre he pensado que la guerra por el talento sigue siendo igual de vital ahora como entonces).

El caso es que, no sé por qué, en estos últimos días le daba vueltas a la cabeza y pensaba en cómo aquella cantinela del atraer, retener, motivar… puede aplicarse hoy, en la economía de la abundancia en la que vivimos, a la atención.

Efectivamente, vivimos en una economía en la que tecnología y globalización ponen a nuestra disposición, como consumidores, miles y miles de opciones entre las que elegir: para alimentarnos, para ir de vacaciones, para nuestro ocio, para leer, para encontrar colaboradores, para… lo cual como consumidor es bueno, pero pone en un brete a los que producen esos bienes y servicios. ¿Cómo conseguir ser los elegidos entre tantas posibilidades?

Atraer la atención es el primer paso. Es la diferencia entre existir en la mente del consumidor y, simplemente, no existir (¿y cómo van a consumir algo que no existe para ellos?). Pero además hay que buscar la forma en que esa atención ganada sea recurrente (¿de qué nos vale llamar la atención durante dos minutos para luego ver como el potencial cliente, después de echarnos un primer vistazo, pierde el interés y se va para nunca volver?) y, sobre todo, que se traduzca en una compra real; si no, todo el esfuerzo realizado por atraer y retener la atención habrá sido en vano.

De un tiempo a esta parte veo que las empresas hacen un gran esfuerzo por atraer la atención, con marketing hecho de cualquier forma y manera. Y parece que con eso se dan por satisfechas, cuando en realidad… consiguen atraer la atención inicial, pero luego no son capaces de retenerla ni de traducirla en transacciones. Y lo uno sin lo otro no vale para nada.



Malviviendo

Bueno, a estas alturas no sé si quedará alguien de por aquí que no se haya enterado de la existencia de esta “serie” (que por ahora es sólo un capítulo piloto). Se llama Malviviendo, y está hecha por un grupo de “amantes del audiovisual” en Sevilla.

El capítulo inicial mola bastante. A mí me recuerda un poco a “Barrio”, la peli de Fernando León de Aranoa, aunque (de momento) con más gracia. Pero sobre todo es que está bien hecha: buen ritmo, buenos diálogos, buen montaje… vamos, que me gustó.

Malviviendo es un ejemplo de pura viralidad. Yo me enteré de su existencia no en la tele, ni en los periódicos. Ni siquiera en un blog (luego vi que lo habían publicado en algunos blogs muy seguidos, pero que yo no suelo leer habitualmente). Lo leí en el twitter de Luis Rull.

Así funcionan las cosas a día de hoy. Alguien ve algo que le resulta interesante, y lo cuenta a través de los medios que tiene a su alcance. La gente que le sigue (porque confía en su criterio) le da una oportunidad a algo a lo que, en otras condiciones, igual no se hubiera planteado dedicarle ni medio segundo (en el caso de que llegase siquiera a conocerlo). Y si te gusta, repites el ciclo. Y si no, se acabó.

A mí me ha gustado. Tanto como para suscribirme y estar pendiente del próximo capítulo. Tanto como para hablar de ello en el blog y recomendarlo.

Viralidad en estado puro.



Campaña viral

Virus

“Diseñamos campañas virales”, “Tengo un viral que quiero difundir”… lo viral está de moda. Pero me gustaría que a las cosas les llamasen por su nombre. Las campañas no son virales. O mejor dicho, no lo son ex-ante. Mientras no se demuestre lo contrario, son solo “presuntamente virales”. Llegan a serlo, en el mejor de los casos, ex-post. Es decir, una vez que ha sido difundida se puede decidir si era viral o no. Si sale en meneame, si la replican en cientos de sitios, si todo el mundo habla de ella… entonces efectivamente era viral. Si a pesar de hacerla con todos los (presuntos) ingredientes del éxito y difundirla por todos los medios a tu alcance la gente pasa olímpicamente… pues de viral, nada.

En ese sentido, me encantó en una frase que leí en una presentación de Janes (que en realidad es fantástica de principio a fin) que reseñaba Ángel:

Youtube se ha convertido en una fosa común del marketing, donde pululan miles de videos virales que nadie quiere ver simplemente porque no son contagiosos

Jean-Remy von Matt, creativo, publicista y fundador de la agencia Jung von Matt