¿Qué harás cuando tengas tiempo libre?

¿Qué harás cuando no tengas que trabajar?

El otro día leía un artículo interesante, y provocador, titulado “¿Qué haremos con el tiempo libre que nos dejarán los robots?”. En él se plantea una hipótesis nada descartable: ¿qué pasaría en un futuro en el que los robots hicieran la mayor parte del trabajo, y nosotros no tuviésemos que dedicar la mayor parte del día a trabajar (y a los desplazamientos asociados)? ¿A qué dedicaríamos nuestro tiempo?

Menuda pregunta más tonta. Es evidente. ¡Disfrutar! ¡Vivir la vida!

Está claro que para quien vive en la rutina del trabajo diario, la idea de “tiempo libre” hace que la boca se le haga agua. Da igual que sea un día libre, el fin de semana, o las vacaciones de verano. Ese espacio de libertad se vive como un respiro antes de volver a sumergirse en lo cotidiano.

El “dolce far niente” es una fantasía escapista recurrente. Pero aquí no estamos hablando de “un día libre”, ni de “unas vacaciones”. Hablamos de la perspectiva de no tener que trabajar, y de tener que buscar actividades con las que rellenar todas las horas del día, un día tras otro, una semana tras otra, un año tras otro. Ojo, que a lo mejor no es una situación tan deseable…

La tarde de domingo infinita

Hace un tiempo charlaba con un antiguo compañero, meses después de su jubilación. Se trata de una persona que había alcanzado una posición profesional, y por lo tanto social y económica, muy notable. Una persona cultivada, con inquietudes, con relaciones. Pero cuando hablábamos de cómo llenaba sus días, confesaba que se le hacía difícil. “Me gusta la ópera, puedo verme una ópera cuando quiera… pero eso me ocupa un par de horas. Y tampoco todos los días, llega un momento en que te saturas. Me gusta leer, pero puedo leer otro par de horas. Puedo salir a dar un paseo, otro par de horas. O tomar un café con alguien. Pero al final paso 16-20 horas despierto todos los días, y llega un momento en el que ya no sabes qué hacer”.

Quizás estés pensando “buah, a mí no me pasaría”. Quizás. Pero… ¿nunca has tenido una de esas tardes de domingo donde te subes por las paredes? ¿O ese día en medio de las vacaciones donde ya has hecho de todo, y no sabes qué más hacer? Ahí tienes tu tiempo libre, ¿por qué no lo disfrutas? ¿por qué no “vives la vida”? Todos esos libros que quieres leer, todas esas series que quieres ver, todos esos hobbies que quieres cultivar, toda esa gente con la que quieres pasar el rato… y ahí estás, muerto del asco.

El edén de la renta básica universal

Hay un argumento habitual entre los defensores de la Renta Básica Universal. Y es que si consiguiésemos liberarnos de la tiranía de tener que “ganarnos la vida”, las personas podríamos dedicar nuestro tiempo a ser “nosotros mismos”, a dejar florecer nuestras pasiones y a perseguir todo aquello que verdaderamente deseamos. Una perspectiva ideal e ilusionante.

Pero a veces pienso en colectivos que están en una situación que podríamos considerar comparable, en cuanto a disponibilidad de tiempo. Pienso en los jubilados, en los parados de larga duración, en los veranos infinitos de los estudiantes, en los “ninis”. Sí, es verdad, te encuentras gente activa y animosa. Pero también te encuentras mucha gente a la que se le caen las paredes encima, que dejan pasar el tiempo mirando al infinito o distrayendo su mente en actividades de cero crecimiento personal.

Podría argumentarse, sí, que no son situaciones exactamente comparables, ya que todas éstas pueden tener un componente de “presión psicológica”. Vale. Pero aun así, tengo la sospecha de que esa situación con una mayoría social “sin nada que hacer” no acabaría en el edén que a veces se intenta dibujar.

El vértigo de llenar el tiempo

Escribía hace unos años que “ser productivo da vértigo“. Que cuando uno consigue identificar “lo que tiene que hacer”, y lo hace con eficiencia, puede encontrarse con la pregunta de “qué hago con el tiempo que me sobra”. Si ademas nos encontrásemos en un escenario en el que ni siquiera tenemos que hacer nada obligados por un trabajo… el vértigo se haría aún mayor.

En todo caso, la pregunta sigue siendo pertinente. Porque cada vez es más imaginable ese escenario en el que queriendo o sin querer, con una renta o sin ella, nos veamos abocados a un mundo sin trabajo.

Cómo hemos cambiado

Hace unos cuantos meses (un montón) Javier Leiva me propuso un meme: mostrar dos fotografías de uno mismo con unos cuantos años de diferencia. Me hizo gracia la idea, y de hecho me comprometí a seguirlo… más adelante.

Y este más adelante ha sido hoy, como podía haber sido otro día. Éste es mi “cómo hemos cambiado”

Antes y después

La primera foto data del verano del 95, con 19 años. Acababa de terminar mi primer curso universitario y había vuelto a casa justo a tiempo para irme con el resto de mi familia y el coro en el que por aquel entonces cantábamos (sí, qué pasa) a una actuación en Pedraza, si no me equivoco.

La segunda es de septiembre del 2007, es la que uso desde hace unos meses en mi perfil “público”. La sacamos una tarde buenísima en Aranda, en el parque al lado del Duero, que estuvimos mi mujer y el peque sacando fotos y haciendo el ganso mientras disfrutábamos del último sol de la tarde.

Cómo hemos cambiado. En lo físico, a la vista está: engordé, me dejé barba, llevo un peinado bastante más discreto :), me salieron las canas… aunque otros rasgos permanecen.

Pero no son los cambios físicos los que importan, aunque son los que más se ven. Muchas cosas han pasado en mi vida desde entonces. Supongo que, al final, de eso se trata: de vivir experiencias, y de evolucionar.

Y vosotros… ¿os animáis a enseñar cómo ha pasado el tiempo, y cómo habéis cambiado?