No seas bocazas

En la época en que empecé a dedicar parte de mi tiempo a la formación, me dieron un buen consejo. Gran parte del éxito de un formador radica en ser capaz de generar un ambiente cordial y agradable en el grupo con el que tiene que trabajar durante una o varias jornadas. Eso implica que, además de “dar la charla”, hay que interactuar con el grupo (al llegar, en los descansos, en la comida). Y el consejo que me dieron era “nunca hables de política, fútbol o religión”. Que podría extenderse a un “sé prudente y discreto, y procura no encrespar a nadie”. O sea, “no seas bocazas”.

¡Cuánta verdad! Y es que la prudencia y la discreción son dos grandes virtudes.

Recuerdo un caso de no hace demasiado tiempo. En un “sarao”, se nos presentó una chica de una agencia de comunicación. Empezamos a hablar. En un momento dado (hablo de 10 minutos, no de una larga conversación en la que se arregla el mundo), no sé muy bien cómo, la conversación derivó hacia la actualidad política. Su frase vino a ser como “y esos del PP, qué me dices, ahí llevando a los viejos ésos que traen de media España en autobuses a manifestarse por la familia, seguro que van por el bocadillo, puagh”, y acto seguido se llevó los dedos a la boca simulando provocarse un vómito.

Una maldad cruzó por mi mente. “Si ahora le digo que se corte un poco, que mis padres vinieron a esa manifestación, la dejo muerta”. Mis padres no habían ido a la manifestación… pero dado que fueron cientos de miles de personas, la probabilidad tampoco era despreciable. Pero bueno, decidí no ser malo y ofrecerle una escapatoria… algo del estilo de “bueno, imagino que al final siempre hay gente con ideas que no son las nuestras, ¿no?”. Ella reculó un poquito (“bueno, sí, claro, pero…”), cambiamos de tema y al poco dimos por terminada la conversación.

Pero todavía a día de hoy me pregunto: ¿cómo se puede, sin venir a cuento, ser tan imprudente y tan bocazas? ¿a quién se le ocurre soltar semejante cosa, habiendo tantas posibilidades de ofender a un interlocutor del que no sabes nada, y a quien corres el riesgo de causar una nefasta primera impresión? Sin duda, soy partidario de que hasta que no se conoce bien a una persona (y el límite es diferente para cada uno) es mejor mantener las conversaciones en el terreno de lo prudente. No se trata de renunciar a las propias opiniones, al estilo de cada cual ni apostar por un discurso anodino. Pero siempre hay múltiples formas de decir una misma cosa, y hay que procurar elegir (y más cuando uno no tiene nada que ganar y está simplemente de cháchara) alguna que no sea inconveniente.

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¿Es la mesura un problema?

Siempre me he tenido por una persona mesurada, poco dada a las estridencias y a las salidas de tono. Previsible, si queréis, en la medida en que a cualquiera que me conozca le es fácil deducir cuál es mi posicionamiento o mi reacción ante determinadas circunstancias. Equilibrado, poco dado a filias y fobias inquebrantables, razonable…

También me he considerado como alguien poco dado a la especialización, que gusta de picotear allí y allá, que no le gusta que le encasillen o le etiqueten, con intereses bastante diversos, muy dado a opinar de casi cualquier cosa…

Y siempre había pensado en ello como en algo positivo. Pero de un tiempo a esta parte, tengo mis dudas. Porque todas estas “virtudes”, en realidad, te convierten en alguien que destaca poco. Y la sociedad de hoy en día está montada en base a “los que destacan“. Quien consigue notoriedad es el que se autodefine en base a cuatro rasgos y comunica intensivamente en base a ellos. Las personalidades poliédricas son más difíciles de transmitir que el personaje sencillo.

Elegir un área de especialización, definir un personaje y a partir de ahí ser “machacón”, es la vía más directa hacia el éxito (o la notoriedad).

Yo tengo la sensación de que no soy, de forma natural, uno de ésos. Y estoy empezando a percibirlo como un problema. ¿Qué hago? ¿Tengo que definir yo también un personaje y volcarme en él? ¿Debo renunciar entonces a dar visiblidad al resto de mis facetas? ¿Debo dejar de hablar, o de bloguear, de cosas que no contribuyan a reforzar mi personaje?

Y si tengo que quedarme con una… ¿cuál elijo?

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