El conocimiento, ¿es de la empresa?

Via un tuit de @fodor llego a un artículo de Rosabeth Moss Kanter (“gurusa” del management), sobre las dificultades de gestionar a los “trabajadores del conocimiento” y sobre todo de “controlar” ese conocimiento.

El tema es que las empresas pretenden gestionar el conocimiento de los trabajadores como si fuera una propiedad exclusiva de la compañía. Como si el cerebro pudiese “vaciarse” cuando sales por la puerta de la empresa (“este conocimiento lo ha generado en la empresa, así que es nuestro, lo tiene que dejar aquí y no puede llevárselo con usted”). Una insensatez. Pero así es como lo dicen los contratos. De hecho, he recuperado uno de mis antiguos contratos para copiar esta cláusula:

“El empleado reconoce que todos los servicios desarrollados por éste a favor de la empresa o de los clientes de ésta por cuenta de la empresa, son propiedad de la empresa en toda su extensión y son causa del presente contrato, sea cual sea su contenido, soporte o manifestación. Por consiguiente, el empleado cede a la empresa, con carácter exclusivo, toda creación expresada por cualquier medio o soporte, tangible o intangible, actualmente conocido o que se invente con posterioridad, contenidos en la Ley de Propiedad Intelectual, que se haya realizado por aquél durante la vigencia de este contrato en el seno de la relación laboral y de los servicios o actividad desarrollada por el empleado para la empresa o para los clientes de la misma, o para las actividades de la empresa en relación con terceros, sean éstas, y sin ánimo exhaustivo, de docencia, colaboración doctrinal, científica o formativas. Todo ello ha sido tenido en cuenta por ambas partes a la hora de fijar la retribución del empleado, por lo que no supondrán compensación económica adicional.” O sea.

No, la forma en la que la mente genera el conocimiento no puede ser sometida a normas legales de este tipo. No se puede controlar la mente de un empleado para saber qué ideas está desarrollando, cuáles nos cuenta, cuáles se guarda, cuáles tienen un origen en la empresa y cuáles tienen un origen en el libro que venía leyendo en el metro. Y tampoco se le puede pedir que “flashee” su mente para que, una vez que salga de la empresa ninguno de sus pensamientos tenga relación con los que tuvo mientras estaba con nosotros.

Como bien dice Moss Kanter, una de las cosas que tienen los trabajadores del conocimiento es que “no podemos saber lo que saben; lo más que podemos esperar es que decidan a compartirlo con nosotros”. Y quizás “si les damos más libertad a los trabajadores del conocimiento, a la vez que les hacemos sentir leales y comprometidos con nuestro proyecto, tengamos más probabilidades de que ellos compartan su conocimiento voluntariamente; y la mejor protección para las ideas generadas por una empresa es seguir generando nuevas ideas”.

Es decir: si imponemos un escenario restrictivo, es más que probable que esos trabajadores del conocimiento “se cierren”. Sí, tendremos blindadas las ideas que generen, pero ahogaremos el flujo de nuevas ideas. Si establecemos un ecosistema de mayor libertad es muy posible que perdamos un cierto control sobre las ideas que se van generando… pero a cambio tendremos abierto el grifo de la creatividad.



Robarle a un cojo

Para pensar… sobre lo posible, lo legal, y lo moral

Si el tendero es cojo… ¿se le pueden robar las manzanas a la carrera?

Pablo G., en un comentario en el blog de Enrique Dans

Me cansé hace ya tiempo de entrar en el cansino debate de la propiedad intelectual, la SGAE, el canon, las descargas, el P2P, la copia privada y demás. Es un debate complejo, en el que se tiende mucho a las simplificaciones y los extremismos, que hacen totalmente imposible un intercambio de opiniones mínimamente razonable.

Pero aunque la actuación de la SGAE y demás entidades de gestión de derechos no me gusta un pelo, y sea consciente de que los adelantos tecnológicos plantean un entorno diferente al que la sociedad, la industria y las leyes tendrán que adaptarse… tampoco me acaban de convencer los argumentos de “la otra parte”.

Especialmente los relacionados con el planteamiento de “como se puede hacer, se hace y punto” (como el caso del tendero cojo), en el que no parecen importar leyes, derechos o conceptos morales de lo que está bien o está mal. Ni tampoco el planteamiento de “la cultura es libre” (algo con lo que estoy de acuerdo filosóficamente… el problema es cuando, para beneficiarse de esa libertad de consumo cultural, se le pone la etiqueta de “cultura” a lo que en realidad son meros productos de ocio).

Como digo, un debate con muchos matices que se tienden a obviar con demasiada facilidad por todas las partes. Y, como consecuencia, uno de esos debates en los que me siento realmente incómodo, porque tiendo a comprender argumentos esgrimidos desde los dos lados… lo cual, a los amantes del “conmigo o contra mí”, les resulta incomprensible.