Me encanta que los planes salgan bien

¿Qué tal funcionó mi charla del otro día? Bueno, recibí reacciones positivas tanto en directo como en la red, pero asumo que eso no es significativo. Seguro que también hubo a quien no le convenciera, y no dijo nada (tampoco me tiraron tomates, eso es verdad). Yo desde luego estoy satisfecho, como siempre pensando en cómo hacerlo mejor la próxima vez. Pero hay algo de lo que estoy seguro: salió exactamente como estaba previsto que saliese.

Seguí el guión que tenía planificado. No divagué, ni me perdí, ni me dejé ningún punto relevante en el tintero. Encajé un par de chascarrillos. En definitiva, trasladé el mensaje que quería trasladar, y me ceñí rigurosamente al tiempo previsto, sin tener que hablar deprisa, ni saltarme ningún trozo, sin dar vueltas en bucle para ganar unos segundos porque me hubiese quedado corto.

¿Casualidad? No. Tampoco talento. Simple preparación, algo que está al alcance de cualquiera.

Hace semanas que empecé a pensar “qué quería contar“, cuál era la idea principal que quería transmitir y cómo montar el hilo argumental que me permitiera darle soporte. Porque de eso se trata, uno se sube a un escenario para contar algo. Sobre esa base he ido profundizando, afinando el discurso, añadiendo un poco de aquí y quitando un poco de allá, buscando datos y anécdotas, intentando darle equilibrio, coherencia y sentido.

En paralelo he ido trabajando el aspecto gráfico de la presentación: sencillo pero aparente, visual, coherente con el discurso. Lejos de las “plantillas estándar”, cuidando un poco los detalles. Aplicando algunos criterios básicos de diseño que no cuestan nada.

Muchos días antes recibí las instrucciones de la organización: 20 minutos, 11 slides, una plantilla estándar. Contrasté con ellos si el asunto de la plantilla era “negociable”. Lo era, así que pude seguir con mi plan original. Si no lo hubiera sido, hubiese tenido tiempo más que de sobra para adaptarme, nada de sorpresas de última hora. La restricción de minutos y slides sí me hizo aligerar la charla, y busqué cómo hacerlo manteniendo el espíritu y la lógica argumental; algo más sencillo cuando la diseñas “de arriba abajo”, puedes eliminar niveles de detalle manteniendo los grandes bloques.

Pasé la charla a dos o tres personas de confianza, para que me dieran su feedback. Incluso pregunté en twitter por un par de matices, a ver qué tal sonaban. Cambié un par de cosas en función de las aportaciones recibidas; es algo que me cuesta en general, pero cuatro ojos ven más que dos, y alguien “de fuera” puede ver tu trabajo con más claridad que tú mismo.

Y ensayé. Cogí la presentación, y la recité durante varios días, varias veces en mi cabeza, otras más en voz alta. Primero leyendo, luego siguiendo de memoria. Midiendo tiempos, siendo consistente en lo que contaba y en cómo lo contaba, asegurando que siempre tardaba más o menos lo mismo en cada bloque y, por extensión, en el total. Tomando referencias que me permitiesen saber, en vivo y en directo, si iba ajustado o no y corregir si fuese necesario.

La presentación la envié a la organización con varios días de antelación a la fecha límite. No había lugar a cambios de última hora, ni a volverles locos. El trabajo ya era de puro repaso, y así fueron los últimos días: asegurarse de que todo estaba en mi cabeza y que salía con fluidez. Incluso durante el viaje pude repasar mentalmente el hilo otro par de veces.

Y llega el momento de subirse al escenario. Y claro, hay nervios, porque da igual las veces que lo hayas hecho un auditorio con decenas de personas impone respeto. Pero empiezas a contar lo que has contado ya tantas veces en tu cabeza, y entras casi en “modo automático”. Y mientras hablas, como lo tienes automatizado, tienes tiempo para ver reacciones, para controlar el tiempo, para meter una pequeña improvisación. Y miras al reloj y ves que vas justo sobre el timing previsto. Y llegas al final y ves que quedan 30 segundos, los justos para hacer el cierre. Y después de un par de preguntas, te bajas satisfecho pensando que has hecho justo lo que querías hacer.

Habrá quien piense que “menudo repelente”, que qué asco doy :D. No podría importarme menos. Para mí era importante que saliese bien, por prurito profesional y por respeto a quienes me van a escuchar. Y por eso le dediqué tiempo y cariño a la preparación. No quería, en una presentación de 20 minutos, excederme 10 o quedarme 5 por debajo. No quería dejar cojo el argumento porque me olvidase de algo. No quería hacer una presentación frankenstein a última hora, mientras iba en el tren. No quería hablar muy rápido y atropellando ideas porque intentas meter en 20 minutos una presentación diseñada para 50. No quería amontonar texto en una diapositiva para que todo encajase. Simplemente, quería que saliese bien.

Decía Bill Walsh que, con la adecuada preparación, “score takes care of itself”. La mayor parte en esa preparación no hay magia, ni talento especial, ni herramientas maravillosas… solo diligencia. Woody Allen lo expresa diciendo “80% of success is showing up”. Las cosas pueden salir mejor o peor, pero que no sea porque tú no has hecho tu parte.



Apariencia profesional

blue-tie-with-dotsDice este artículo que compartía hace unos días que “no necesitas parecer profesional, sino serlo“. Una afirmación con la que, en términos generales podría estar de acuerdo. Al fin y al cabo lo importante es el valor aportado, y eso no depende de un traje o unos zapatos, de una forma más o menos estandarizada de comportarse, etc.

De hecho, en mi “historia personal” empecé trabajando en un mundo de “trajeados” y, cuando opté por otro camino, uno de los símbolos externos para mí fue la liberación de esos “estándares profesionales”, esa sensación de que podía ser más “yo” sin tener que estar sometido a la dictadura de unas determinadas apariencias corporativas.

Sin embargo, aunque la teoría sea muy bonita, resultaría poco sensato negar el valor de las apariencias. Reseñaba hace poco el libro “Influence” de Cialdini, y allí hablaba de la importancia de las respuestas automáticas. De forma muchas veces inconsciente atribuimos una serie de valores a las señales que recibimos del exterior, y actuamos en consecuencia.

Una persona con una apariencia profesional (en su ropa, en sus gestos, en sus palabras…) nos ofrece de buenas a primeras una impresión más favorable, y nos predispone a escucharle. Le consideramos profesional mientras no nos demuestre lo contrario. Por contra, si la apariencia la calificamos de “no profesional” se invierte la carga de la prueba: le ponemos en cuarentena hasta que no nos demuestre su profesionalidad (y en ocasiones ni siquiera le daremos la oportunidad de hacerlo).

Y aun encima hay otro sesgo que también influye en nuestro comportamiento, y es que cuanto más parecido es alguien a nosotros más fácilmente le “compramos” las ideas. Si a una reunión de trajeados vas sin traje ya eres “el diferente”, “el raro”, “el sospechoso”. Igual que si vas con traje a una planta de producción.

“Ah, pero es que eso es injusto, es superficial, blah, blah, blah”. No digo que no, pero las son como son y no como nos gustaría que fuesen. Bienvenido a la condición humana.

¿Qué conclusiones saco de esta reflexión?

  • Cuando vayas a valorar a otros, sé consciente del sesgo que tienes con las apariencias, y procura “poner en cuarentena” tus primeras impresiones. Una persona no es seria por ir de traje, ni informal por ir sin él. Pero tampoco alguien es creativo por llevar camisetas molonas y zapatillas. Ni tiene más sentido lo que dice por llevar una bata blanca. Etc.
  • Cuida tu apariencia, y procura que esté en sintonía con los valores que quieres transmitir. Aunque no creas en ello, aunque te parezca superficial y sin sustancia; lo cierto es que muchas veces los demás te van a juzgar por ello.
  • No dejes que tu “conformidad con la apariencia” te aplane hasta el punto de desprenderte de cualquier atisbo de personalidad y hacerte indistinguible de cualquier otro. Es un equilibro difícil, pero hay que buscarlo.
  • Si apuestas por “ser radical” y “a la mierda los convencionalismos”, ¡adelante! Pero ten en cuenta a lo que te expones; mucha gente te va a juzgar por ello y a tomar sus decisiones en consecuencia. Quieras o no, te parezca justo o no. Tú eliges.