De datos e intuiciones

En una clase sobre planificación que estoy dando, planteaba a los alumnos la necesidad (o no) de planificar en base a datos versus a la posibilidad de utilizar la intuición / experiencia como base para la toma de decisiones. Les pedía que se dividiesen en dos grupos (como en los típicos concursos de debate de las series americanas), y que cada uno de ellos defendiese una postura.

Datos. Los análisis cuantitativos siempre dan una base más sólida, objetiva, para la toma de decisiones. En ese sentido son obviamente relevantes. Sin embargo, como les decía, obtener datos relevantes cuesta tiempo y dinero, y no siempre vamos a tener la posibilidad de ellos. Y además, debemos ser siempre precavidos con los datos, porque como bien dice la conocida frase, hay mentiras, jodidas mentiras y estadísticas. Los datos se pueden retorcer con facilidad, y no siempre un dato refleja la realidad.

La intuición, por su parte, no es un mecanismo mágico. Suele ser producto de la observación y de la relación con experiencias pasadas. Muchas veces no necesitas datos para saber “por dónde van los tiros” (importante no confundir esto con las “anécdotas”, es decir, con la generalización de una experiencia puntual), y puedes acortar mucho los plazos si asumes algunos presupuestos básicos. Y será más sencillo recurrir a la intuición (o más fácil que te compren tu argumento) en la medida en que tengas un mayor prestigio y credibilidad.

Por otro lado, cuanto mayor impacto tengan las decisiones a tomar, más buscaremos el soporte de los datos. Los técnicos de Fórmula1 analizan muchas variables para decidir cuánta gasolina cargan en el vehículo, porque de ello puede depender su competitividad en la carrera. Algo que un usuario particular nunca hará, porque las consecuencias no van más allá de parar en una gasolinera u otra que está quince kilómetros antes o después.

Obviamente, como concluimos al final del ejercicio, lo ideal es un equilibrio. Datos en la medida en que sean relevantes, y cuando el coste-beneficio de obtenerlos tenga sentido; intuición para el contexto, y para avanzar más rápido.

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Los planes nacen muertos, pero tienen que nacer

Ayer tuiteaba César Rodríguez una cita atribuida a Eisenhower

Planning is everything and the plan is nothing

Planificar lo es todo, el plan no es nada. Leí esta aparente contradicción, e inmediatamente “tuvo sentido” para mí.

Cualquier plan, por mucho esfuerzo que pongas en su elaboración, nace “muerto”. Desde el minuto uno se van a producir circunstancias no previstas que lo invalidan y obligan a replantear su contenido. Pudiera parecer, entonces, que es una tontería tomarse la molestia de llegar a definir un plan; total, ¿para qué?

Sin embargo, aunque resulte paradójico, planificar sigue siendo imprescindible. No tanto por el resultado, sino por el proceso. Cuanto más esfuerzo hayamos hecho en planificar, más preparados estamos para “improvisar” cuando el plan original salte por los aires (algo que va a suceder sí o sí). Es en el proceso de planificación cuando conocemos los elementos que entran en juego, las relaciones entre ellos, el contexto, los recursos, la dinámica de funcionamiento de aquello que estamos intentando acotar. Y es precisamente ese conocimiento el que nos permite entender rápidamente por qué el plan no se desarrolla según lo previsto, saber qué alternativas tenemos y reaccionar con agilidad (incluso con aparente “intuición”). Una improvisación “bien informada”, muy diferente a la del que no planificó; porque éste se ve obligado a tomar decisiones con rapidez… y sin el conocimiento desarrollado durante el proceso de planificación tiene mucha menos base para hacerlo.

Así visto, puede resultar un poco frustrante. Saber que debes dedicar tiempo y cariño a planificar, y a la vez saber que el resultado valdrá en sí mismo para poco. Pero si cambiamos el enfoque, y nos damos cuenta de que lo importante no es “el plan” en sí mismo, sino el conocimiento al que llegamos en su elaboración, esa frustración desaparece. No queremos un plan perfecto, sino desarrollar las habilidades que nos permitan gestionar la realidad imperfecta.

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¿Tienes un plan? A ver, enséñamelo

“Me encanta que los planes salgan bien”, que decía “Hannibal” Smith en El Equipo A

A todos nos encanta que los planes salgan bien. La cuestión es… ¿de verdad tenemos un plan?. Tomemos cualquier objetivo/intención que tengamos en mente. Encontrar trabajo, perder peso, aprender a tocar la guitarra, mejorar nuestra situación financiera, prepararse un maratón, establecernos por nuestra cuenta… lo que sea. Elige tú, mientras lees esto, cualquiera de tus objetivos. Y ahora, justo ahora, localiza el sitio donde tienes escrito tu plan: los objetivos, las acciones, los plazos, los indicadores que te sirven para controlar la evolución, los hitos, los informes de seguimiento periódico, las medidas correctoras que hayas ido tomando…

Apuesto a que una gran mayoría no tiene nada de eso. A mí, desde luego, me pasa. Cada X tiempo me da un punto reflexivo, pienso en distintas cosas que quiero conseguir, “venga, coño, que no se diga”. Puede que más o menos, en mi cabeza, formule algunas “vías de acción” nunca demasiado concretas. Incluso puede que durante algunos días, fruto del entusiasmo, vaya haciendo algo. Luego, llega el día a día y se te cruza en tu camino. Sí, en tu cabeza sigues teniendo esa sensación de “jo, yo quería hacer…”, pero se pasan los días, las semanas, los meses… y te das cuenta de que has avanzado poco o nada en tus propósitos. Entonces vuelves a empezar, “venga, ahora sí, que no se diga”. Un nuevo “subidón” que no tarda en desinflarse de nuevo.

Es curioso. Porque la “receta” para hacer las cosas mejor suele ser bastante sencilla. Hay una serie de métodos y herramientas, con base científica / estadística que te ayudarán; simplemente es cuestión de seguirlas. ¿Por qué, entonces, no lo hacemos? Yo no creo que sea “falta de motivación” (eso que dicen de “si de verdad quieres, puedes”). Probablemente sea una mezcla de exceso de confianza (nos fiamos demasiado de nuestra voluntad/motivación/intuición) y cierto “miedo a formalizar”. Parece que esas cosas de “planificar”, de “aplicar un método”, de “definir objetivos, acciones, indicadores”, establecer una rutina de “revisión, ajuste”… suena todo demasiado rígido, demasiado formal, demasiado… ajeno. Qué somos, ¿robots? Total, si no es tan difícil, para que me voy a andar liando, ya voy yo haciendo.

Pero la realidad es tozuda, y se empeña en demostrarnos que sin plan, nos perdemos. Cada vez que nos planteémos un propósito, si de verdad queremos verlo transformado en realidad, deberíamos acompañarlo con un plan que nos sirva de guía de actuación. No tiene por qué ser un complicadísimo diagrama de Gantt; cada proyecto, cada propósito, tiene sus características y debemos adaptar las herramientas de planificación a ellas. No tiene por qué ser complicado, no tiene por qué robarnos tiempo, no tiene por qué ser incómodo.

Cada día tengo más la certeza de que necesitamos planes, métodos, herramientas, rutinas. Ceñirnos a ellos, con todos sus elementos. Con todas sus servidumbres, llegado el caso, también. Porque nuestra naturaleza humana (desde luego la mía) es limitada y poco fiable, tiene tendencia a la dispersión, y a dejar que los buenos propósitos se queden en eso, en un mero propósito, en un “desideratum” que no llega nunca a concretarse.

Si queremos que “los planes salgan bien”, más nos vale tenerlos.

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