Mostrarnos como somos

Estuve el otro día en una charla de un headhunter. El foco estaba centrado en ver “cómo estaba el patio”, qué habilidades profesionales son las que se valoran en el mercado… todo esto desde el punto de vista de alguien que se pasa el día intermediando entre “demandantes” y “ofertantes” de empleo.

El caso es que, en un momento dado de la charla, mencionaba la importancia de tener cierta “visibilidad externa”, y cómo a él le gustaba ver candidatos que por ejemplo “tuviesen un blog”. Y claro, me sentí interpelado y tuve que intervenir :). “¿Hasta qué punto se valora, en esa visibilidad externa, el tener un blog con opiniones contundentes?”.

Llevo casi 12 años con el blog. He escrito mucho, y creo que en ocasiones me he significado bastante con mis ideas. Dentro de una cierta discreción, claro, pero siempre he tenido la duda de cómo se percibiría esto desde fuera… ¿no debería haberme ceñido más al “postureo”? ¿No estaría generándome problemas por escribir algunas de las cosas que escribo? ¿No debería escribir pensando más en “la imagen que transmito”, procurar ser más “el profesional perfecto”, pulcro y aseado, el yerno que gusta a las madres, el candidato perfecto?

La respuesta del headhunter se movió en los terrenos de lo políticamente correcto, claro. “Siempre está bien ver las ideas de las personas, ver la coherencia y el razonamiento… pero claro, tampoco se puede ser un subversivo”. O sea, que sí, que te signifiques pero no mucho. Que no hagamos postureo, pero tampoco nos pasemos de sinceridad.

Siempre he creído que es un poco absurdo intentar maquillar la realidad cuando se trata de encontrar un encaje, lo mismo me da personal que profesional. Hacerte pasar por lo que no eres, esconder bajo la alfombra partes de ti, fabricar un escaparate a base de escamotear información… no sé, es pan para hoy y hambre para mañana. Creo que es mejor exponerse tal y como uno es, “what you see is what you get”. Habrá muchos a quienes no les gustes, claro, e igual te da la sensación de que “estás perdiendo oportunidades”. Pero si somos sinceros, esas oportunidades no son tales. Porque tarde o temprano acabará aflorando la realidad, y entonces…

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Son aquellas pequeñas cosas

“Experto en procesos de transformación y coach ejecutivo”. Estoy seguro de que si metes esta cadena de búsqueda en LinkedIn te salen tres millones de personas que se autoetiquetan de forma muy parecida. “A global professional services firm supporting world leading businesses with strategy execution and leadership development”, apuesto a que hay miles de empresas de consultoría que se anuncian con esta frase, o con una combinación parecida de las mismas palabrejas. Blah, blah, blah.

Pero claro, es que cuando haces el esfuerzo por “ponerte una etiqueta” resulta dificilísimo no caer en el cliché. A veces tratas de introducir un matiz, y te parece que has conseguido “ser diferente”; pero en realidad, visto desde fuera, eres básicamente indistinguible de todos los demás. Es como cuando ves esas “referencias de clientes anteriores” y todo el mundo ha trabajado para Telefonica, BBVA, Repsol…

Hace muchos años que vengo pensando que es muy difícil diferenciarse en los rasgos generales. Que el potencial de diferenciación está en las pequeñas cosas, los pequeños matices que solo se aprecian en el día a día. Detalles personales. Opiniones. Gustos. Reacciones. Puede que incluso banalidades y chorradas del día a día que, inadvertidamente, dicen mucho más de nosotros de lo que creemos. Además de mostrar lo que haces y cómo lo haces, también poner el foco en quién eres y cómo eres.

Claro, para eso hace falta mucho roce. No son cosas que quepan en una tarjeta de visita, ni en una web corporativa, ni en un perfil de LinkedIn. Es necesario el contacto sostenido en el tiempo. Por eso siempre he disfrutado tanto de los blogs primero, y de las redes sociales después, y de cualquier otro vehículo que permita tener ese “roce” de una manera natural y no intrusiva. Por eso siempre en mi presencia online he intentado ser “muy yo”. Incluso a riesgo de parecer “menos serio” o “menos focalizado”. Me aburre la gente que se ciñe a su personaje profesional, siempre tan correctos y tan dentro de su “área de conocimiento”, siempre construyendo y cuidando esa imagen prefabricada, esa fachada de cartón piedra para las visitas. No soy así. No quiero ser así. Y no creo que sea positivo ser así. Porque a base de cuidar tanto al personaje te transformas en uno más, indistinguible de todos los demás que hacen lo mismo.

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Un valor difícil de vender

Lo bueno de no tener una trayectoria profesional “tradicional” es que no hay una inercia que te lleve a consumir un año tras otro sin darte cuenta. La contrapartida es que hay esa sensación constante de tener que llevar el timón, de decidir por dónde tirar, de no poder “dejarse ir”. Y no es un precio pequeño, no. Me decía un amigo ya hace años, cuando le contaba mis comeduras de coco, que no era sano pasarse la vida replanteándose cosas. No sé si es más o menos sano, pero sí sé que puede llegar a ser un agobio.

Precisamente ahora, que estoy en otro de esas “etapas de transición”, vengo dándole vueltas al “valor” que puedo aportar a una organización o a un proyecto. Y me doy cuenta de que vivo en una paradoja, y me explico:

Creo, sin falsa modestia, que por mis características puedo ser muy valioso dentro de una organización o proyecto. Tengo visión de conjunto, y “me entiendo” con perfiles muy distintos. Hablo “sistemas”, hablo “finanzas”, hablo “RRHH”, hablo “operaciones”, hablo “estrategia”. Soy de construir consensos y de tender puentes, más que de buscar conflictos. Tengo buenas dotes de análisis y de síntesis, lo que me permite poner el foco en lo importante, y mantener ese rumbo sin dejar que los detalles te acaben desviando. Comunico bien, y creo que soy muy “tratable” y cercano en las distancias cortas lo que me ayuda a “ganar adeptos” para la causa, y a trabajar “resistencias” cuando aparecen. En resumen, un perfil transversal que ayuda a que las cosas fluyan dentro de una organización, un “lubricante”. Una amiga y ex-compañera me definía como “el muelle” que hacía que las distintas partes del mecanismo funcionasen mejor entre ellas, que aportaba coherencia y visión de conjunto; siempre me sentí identificado con esa metáfora.

La paradoja reside en que este valor es difícil de vender. Se manifiesta y florece una vez que estoy dentro de un proyecto o de una organización, pero no es un buen argumento de entrada. Las empresas tienden a buscar “posiciones” (sea un “director de RRHH”, un “jefe de proyecto especializado en no sé qué tecnología”, etc.), y se centran en personas que “aporten experiencia acreditable en posiciones equivalentes”. O buscan un consultor “para hacer un proyecto concreto”, y restringen su búsqueda a los que se declaran “especializados” en ese ámbito. Y ahí mi perfil no destaca, mi valor no es evidente. Lo cual hace difícil “meter el pie” y empezar a hacer lo que sé hacer, mientras que otros con un perfil menos valioso pero más “concreto” pasan por delante de mí.

Y sucede que, cuando he intentado “concretarme” para adaptarme mejor a cómo funcionan las cosas… no me reconozco. No soy yo. Y las personas y oportunidades a las que “atraigo” de esa forma pueden llegar a ser muy insatisfactorias, porque están interesadas en un aspecto muy tangencial (el que yo haya “publicitado”) del valor que yo puedo aportar.

Y en esas ando, tratando de buscar una respuesta satisfactoria a esta paradoja que no pase por una casualidad.

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Olvídate de la marca personal; deja que se vea la persona

Llevo años peleándome conmigo mismo sobre mi “marca personal”; no sabiendo si soy capaz de definirme como producto, ni si sé venderme. Leo sobre “branding personal” y hay momentos en los que siento que sí, que tiene sentido (eso de tener un objetivo bien definido, y una estrategia, y un plan, y…) y otros en los que algo dentro de mí se rebela; y supongo que por eso cada vez que he intentado ir por ese camino me he atascado rápidamente.

Hoy leía un artículo al respecto que pone negro sobre blanco algunas de mis inquietudes relacionadas con la marca personal.

Empecemos cuestionando la autenticidad. Dicen los expertos en branding que la autenticidad es una de las claves de una buena marca personal. Y sin embargo, el proceso consiste precisamente en coger tu yo auténtico (que es el que eres cuando no te preocupa cómo te ven los demás) y pulirlo, encauzarlo, “ponerlo bonito”. Tienes que tener una “estrategia”, tienes que “focalizarte”, tienes que dejar de hablar de cosas que distraigan de lo que quieres conseguir, siempre buscando la coherencia, los resultados. Pero claro, como dice la autora del artículo, “¿cómo vas a ser “auténtico” si te ves forzado a censurarte en aras de tu marca?“.

“Ya, pero lo que muestras es parte de ti, no estás engañando a nadie”. Bueno… eso me hace recordar a esos reportajes de las revistas del corazón en los que se hace una foto de la protagonista de turno (¡es ella! ¡es auténtica!) y se retoca hasta límites insospechados, eliminando cualquier presunta imperfección para fabricar (sí, fabricar) la imagen que se quiere mostrar. ¿Es ella? Sí… pero no. De nuevo citando a la autora, “cuanto más pensamos en nosotros en términos de marca, menos personal se vuelve todo. En vez de tu yo real, con todas sus circunstancias, tenemos un yo pulido y artificial, la versión que lanzamos al mercado“.

Pero es que además tengo mis dudas de que sea una estrategia que funcione, más allá de que filosóficamente me pueda gustar más o menos. Imaginemos que desarrollas tu estrategia para tener una marca muy definida, darle visibilidad, etc… con el objetivo de posicionarte como experto y destacar en un determinado segmento. Quieres ser “el detergente que lava más blanco”… igual que lo quieren ser decenas de otros. ¿Pueden destacar todos a la vez? ¿Pueden conseguir todos aparecer en la primera posición cuando se busca en google? Es evidente que no. En el esfuerzo por destacar te conviertes en un commodity, difícilmente distinguible de tantos otros con un perfil básicamente igual que el tuyo. Todos con una foto similar estilo gurú, todos con una frase definitoria que combina el “experto en” con el “apasionado por”, con una bonita web en la que se regurgitan una y otra vez los mismos temas, con una cuenta de twitter que retuitea a intervalos regulares los mismos links de las mismas fuentes, con uno, dos o tres libros publicados que se pierden en la marea de libros de la misma temática…

¿Realmente esto vende? Mmmm… Sí, es verdad que a veces tienes muy claro que necesitas un “experto en X”, te vas a google y revisas los resultados. O intentas pensar en alguien a quien hayas visto en la tele, o cuyo libro se haya reseñado en la prensa del ramo, o que te suene de twitter. Y aun así, lo que ves no es suficiente. Puedes deducir un conocimiento técnico (al menos su apariencia; no olvidemos que estamos viendo la cara pulida que nos quieren mostrar), pero… ¿es alguien con quien vas a trabajar bien? ¿va a tener un encaje cultural con tu organización? ¿compartís unos códigos suficientes como para que la cosa funcione? El que va a contratar a un experto… ¿necesita que sea el “experto number one” (de hecho, ¿está capacitado para evaluarlo?), o le vale que sea un tipo solvente en lo suyo que además te ha dado pistas de que te vas a entender bien con él?

Creo que el CV es una herramienta muy pobre para establecer relaciones profesionales. Y creo que la “marca personal” así construída no deja de ser una evolución del CV: más amplio, multicanal… pero en el fondo una forma de “poner el escaparate” tratando de llevar la atención a un aspecto parcial y prefabricado de tu persona.

¿La alternativa? Creo en mostrarte tal y como eres sin estar continuamente pendiente de si es lo que los demás quieren ver. Creo en mezclar cuestiones profesionales con cuestiones personales, porque no somos compartimentos estancos. Compartir tus éxitos, y también tus tropiezos y tus dudas, porque nadie somos perfectos. Creo que hay que demostrar lo que haces y cómo lo haces, pero también quién eres y cómo eres. Creo que cuanto antes arrojes luz sobre todas tus características relevantes menos tiempo pierdes tú y menos tiempo haces perder a los demás. Creo que establecer conexiones personaleses un camino mucho más fiable para el éxito que el fabricar y publicitar un perfil brillante (y frío), y creo que para que las conexiones personales nazcan y fructifiquen hace falta mucho más que demostrar tu lado técnico; hace falta calidez, hace falta incluso un poquito de banalidad. Hace falta, en definitiva, ver a la persona más que al experto.

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Soy una nube (de tags)

Tras un periodo más o menos largo de relativa estabilidad profesional, vuelvo a enfrentarme a uno de mis temas recurrentes: el de”cómo definirme”, el de “cómo presentarme”. Los más viejos del lugar recordaréis que es algo que he tratado en el pasado (de hecho, ¡desde el primer mes de blog!), que cada X meses sentía esa inquietud sobre cómo reflejar mi yo “polímata” y si era posible reducirlo a un nombre. Incluso llegué a preguntar cómo me veían los demás a ver si por ahí sacaba algo en claro.

El otro día charlaba con un compañero que estaba un poco en esa misma tesitura… “¿Qué pongo en mis tarjetas de visita?”. En ese momento lo vi claro… “¿por qué no lo ponemos todo?”. Porque eso es lo que somos. Es imposible que cualquier simplificación nos haga justicia, y en el camino perderemos muchos matices relevantes.

Así que planteé (para él, y para mí) lo siguiente: hagamos un brainstorming en el que pongamos todas las características que creamos que nos definen. Áreas de interés, valores, rasgos de la personalidad… nos salieron decenas de palabras. Intentemos agruparlos/simplificarlos, pero solo hasta donde tenga sentido; a lo mejor pasamos de 90 a 60, pero lo importante es no dejar fuera ningún matiz que nos parezca importante. ¿Somos capaces, además, de establecer una cierta jerarquía entre ellos? ¿De separar los “esenciales” de los “complementarios”? Hagamoslo también.

Y para poder mostrar este batiburrillo, recurrí a la “nube de tags” o nube de etiquetas, una interesante representación visual de texto jerarquizado, donde una serie de conceptos “pesan más” (aquellos que has definido como más relevantes) y otros “menos” (pero ahí están). El que quiera quedarse con lo esencial, se fija en las “letras gordas”. El que quiera bucear en los matices, a la letra más pequeña.

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Me gustó el ejercicio. Me sentí representado, mucho más de lo que me he sentido por otras vías. Tanto, que voy a empezar a usar mi “nube de tags” para identificarme. Porque “lo que soy” son muchas cosas, entre las que creo que tienen mucha importancia el “cómo soy”. Es más, esta nube de tags representa a quien yo soy a día de hoy (o creo ser; que siempre hay una distorsión entre lo que uno cree que es y lo que los demás perciben)… y es muy posible que a lo largo del tiempo (semanas, meses, años) vaya variando; posiblemente no en lo esencial, pero si puliendo matices, añadiendo o eliminando áreas de interés, etc.

Seguramente sea un enfoque confuso para muchas personas, acostumbrados como estamos a “encajonarnos” en clasificaciones cerradas. Pero yo ya me cansé de intentar definirme en dos o tres palabras; son demasiado pocas.

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Escondernos tras una marca

Hace poco me sugerían unirme a un colectivo, autodenominado como “think tank”. El objetivo: elaborar contenidos, intercambiar ideas… y potencialmente explotarlas a posteriori. Un nombre chulo, posiblemente una web colectiva…así de inicio suena bien, “qué guay”. Pero luego, en una segunda pensada… ¿qué es eso, más allá de “Fulano, Mengano y Zutano escribiendo cosas”? ¿En qué medida eso supera a “Fulano escribe en su propio blog, lee los blogs de los demás, se comentan mutuamente, comparte cada uno lo que le parece interesante… y si surge una oportunidad concreta de colaborar en un proyecto se ayudan entre ellos”?

No es la primera vez que lo veo. Personas individuales que por algún motivo deciden “unir esfuerzos” y cobijarse bajo una marca. Como si esa marca fuese a darles más fuerza, más importancia. Hasta yo mismo caí en eso en tiempos de “Digitalycia”. Y sin embargo…

Es verdad. Una marca “corporativa” parece más fácil de “empaquetar”, de vender. Más fácil de poner en una tarjeta de visita. Pero por otro lado, tengo la sensación de que agarrota una realidad que es mucho más fluida. Supone congelar algo en el tiempo, y pretender que eso siga vigente. Fulano y Mengano puede que tengan hoy mucha afinidad, pero… ¿esa afinidad (no hablo de “relación personal”, que también es relevante, sino de pensamiento, de intereses, de forma de trabajar…) se mantendrá en el tiempo? ¿Aplica a todos y cada uno de los temas que la “marca común” puede abordar? Y si no es así (que evidentemente pienso que no lo es)… ¿no empezará a chirriar, más pronto que tarde, esa pretendida “marca unitaria”?

Cada día estoy más convencido de que la “organización en red” no puede ser afrontada de otra forma que “entre individuos”. Porque la esencia de la organización en red es la fluidez, el dinamismo. Hoy me siento más afín a ti, mañana me siento más afín a otro. En este tema estamos bastante de acuerdo, en este otro discrepamos. Incluso yo mismo pienso hoy una cosa, y mañana otra. O cambian mis intereses. Cada día se va reformulando la red, creando y fortaleciendo unas relaciones, debilitando e incluso desapareciendo otras. Y las marcas son, para mí, una fuerza en sentido contrario a ese dinamismo.

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Marcas personales compatibles con una marca corporativa

El otro día leía un tuit que hablaba sobre marcas personales vs marcas corporativas. Decía Roberto Palencia…

Hay gente que trabaja tanto su “marca personal” que después hace dificil ficharla laboralmente para una “marca corporativa”

Me interesó cómo se planteaba el hecho de tener una marca personal sólida como un problema de cara a integrarse en un momento dado en una marca corporativa. Creo que no le falta razón. Esta dualidad supone un problema… siempre que la marca corporativa tenga un nivel de compatibilidad bajo con la marca personal.

Siempre he defendido el valor de una cultura corporativa fuerte (que normalmente es la base para una marca corporativa fuerte… si no todo es un soufflé del departamento de marketing que no es sostenible a medio plazo). Una marca corporativa fuerte delimita de forma muy clara lo que la compañía quiere y lo que no, lo que defiende y lo que busca. De forma análoga, una marca personal bien definida hace lo propio con el individuo.

Y efectivamente cualquiera de las dos circunstancias hace mucho más complicado el proceso de emparejamiento. Una marca corporativa fuerte no estará dispuesta a integrar a cualquiera; de hecho, si quiere seguir siendo una marca consistente, tenderá a incorporar personas con un elevado nivel de compatibilidad. Pero exactamente lo mismo ocurre desde el punto de vista del individuo… no estará dispuesto a trabajar “con cualquiera”, sino solo con aquellas compañías en las que haya una gran (nunca total, eso es casi imposible) comunión con lo que defiende a nivel individual y que constituye la esencia de su marca personal.

Así que sí. A una persona con marca personal fuerte le costará más “encontrar trabajo”. Y a una compañía con marca corporativa fuerte le costará más “incorporar talento”. Es consecuencia directa del empeño en mantener unos determinados niveles de exigencia. La alternativa es “bajar el listón”, conformarse con cualquiera… y el precio es la dilución de las marcas, tanto de uno como de otro.

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De retoques excesivos

Estos días publicaba la revista “¡Hola!”, por su aniversario, un reportaje protagonizado por Isabel Preysler y Carmen Martínez-Bordiú. Como cuentan las crónicas, “un amplio reportaje fotográfico en el que ambas aparecen radiantes, tanto que no parecen ellas. De hecho, el tratamiento con Photoshop de las imágenes es excesivo y hace que las dos musas del papel couché -que tienen la misma edad, 63 años- parezcan auténticas jovencitas veinteañeras. A los editores se les ha ido la mano con el retoque y tanto sus cuerpos como sus rostros simulan haber hecho un espectacular pacto con el diablo. Un gran trabajo que, sin embargo, ha provocado las burlas en las redes sociales, en donde no han tardado en surgir numerosos comentarios jocosos al respecto.”

Existe la tentación (y el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra) de, cuando nos toca presentarnos en público, ofrecer nuestra mejor cara. Buscar el perfil bueno, ocultar nuestros defectos, aplicar algún filtro discreto, hacer un poco de preproducción y postproducción. En nuestra apariencia física, en lo que decimos, en cómo lo decimos. Mejor el mensaje grabado (y editado) que el directo, mejor la entrevista censurada, mejor la foto retocada. Mejor el control que la naturalidad. Un poquito, ¿quién lo va a notar? Hay que vender el producto.

Pero ay, ése es un camino por el que es muy fácil deslizarse sin control. Porque un poquito por aquí, otro poquito por allá, acabamos transformando la realidad a nuestro antojo, ofreciendo al mundo una versión de nosotros mismos que no se parece en nada a la original.

Y oye, no pasa nada mientras nadie tenga la ocasión de ver el contraste. El problema es cuando alguien puede poner frente a frente la versión hiperretocada que nos hemos inventado, y la versión real de todos los días. Y, como en el caso de la Preysler y la Martínez-Bordiú, las risas se oyen por doquier.

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Cuidar tu marca, todos los días

El otro día me invitó un antiguo jefe a dar una charla en un máster en el que él daba clase para contar algunas de las experiencias que habíamos compartido. El perfil, jóvenes post-licenciados (¿se siguen llamando licenciados?). Bueno, gente joven con poca o ninguna experiencia laboral, vamos. El caso es que empezamos la charla contando cómo nos habíamos conocido, cómo habíamos empezado a colaborar; él tenía una necesidad, preguntó en su círculo cercano, y alguien que había trabajado previamente conmigo pensó que podía encajar. Y así fue.

Me pareció interesante, viendo el perfil de la audiencia, enfatizar esta circunstancia. “Pensad”, les dije, “que por mucha licenciatura y mucho máster que tengáis, vuestro curriculum es básicamente indistinguible de otros muchos miles. En un proceso de selección es muy difícil, por no decir imposible, que destaquéis. En vuestra carrera profesional las oportunidades van a venir por otro sitio: la gente a la que vayáis conociendo, y la impresión que tengan de vosotros. Y esa impresión se forja cada día, con vuestra actitud, vuestro trabajo, vuestra forma de actuar. Así que no os descuidéis, porque nunca sabes dónde y cuándo alguien puede estar en situación de hablar bien (o mal) de vosotros, ni qué puertas se os van a abrir o a cerrar en consecuencia”.

Mi anfitrión cogió entonces el testigo y apostilló: “mirad, del tiempo que os he tenido aquí, tengo clarísimo que hay algunas personas con las que no trabajaría nunca; otras con las que creo que me entendería bien; y de muchas otras ni me voy a acordar pasados unos días”. Fue un mensaje contundente, diría que hasta duro. A alguno creo que le resultó incómodo oirlo. Pero…

Va a hacer 15 años que empecé en el mundo profesional. Esto es algo que a estas alturas tengo clarísimo, que he visto con mis propios ojos, que he experimentado en mis propias carnes. El mundo se mueve así. El trabajo que haces cada día, cada interacción con alguien, es una oportunidad para incrementar (o disminuir) la consideración que te tengan. Y cuanta más gente haya pensando que merece la pena trabajar contigo, más oportunidades vas a tener. Cada vez que te muestras profesional, competente, resolutivo, respetuoso, buen compañero… estás incrementando las probabilidades de que te pasen cosas buenas. No, lamentablemente no hay una correlación perfecta, y siempre podremos encontrar a alguien fantástico a quien no le salieron bien las cosas, o a aunténticos imbéciles que consiguen progresar. Pero esos ejemplos no deben desanimarnos, ni hacernos pensar que no hay relación. Es de cajón, piensa en ti mismo… si te dieran la oportunidad de formar tu equipo, de elegir con quién quieres trabajar… ¿a quién elegirías?

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Redes sociales, especialistas y monotemas

Hoy mantenía un intercambio de pareceres con @alfonsosiloniz a raiz de un tuit en el que decía: “Las redes sociales dificultan los perfiles multidisciplinares. Favorecen los hiper-especializados. Yo salgo perdiendo”. Un planteamiento (que como cualquier idea expresada en 140 caracteres admite matices), con el que discrepo. En cierta forma me ha recordado también a Andrés Pérez y su enfoque del uso de las redes sociales de cara a construir/difundir una “marca personal”, con el que no suelo estar demasiado de acuerdo.

Pero vayamos por partes.

En primer lugar, puedo entender la percepción de Alfonso. Es verdad que si te haces un blog de “El blog del gurú en la materia hiperespecífica” donde te dediques únicamente a crear contenidos de esa materia hiperespecífica, a hablar de libros de la materia hiperespecífica, a enlazar a personas que hablan de esa misma materia hipersepecífica… y además te haces una cuenta de twitter @expertoenmateriahiperespecífica donde te pasas del día dando la matraca con la misma materia hiperespecífica, retuiteando enlaces de la materia hiperespecífica, relacionándote con otros tuiteros de la materia hiperespecífica… acabas generando una vinculación muy fuerte entre la materia hiperespecífica y tú. Un “posicionamiento de marca“, por así decirlo.

Ahora bien, ¿eso qué te aporta? De alguna manera, me recuerda a esos hombres anuncio que se suelen ver por las calles con carteles o chaquetas de “COMPRO ORO”. Así, en grande. “COMPRO ORO” dice su cartelón, “COMPRO ORO” dice el folleto, “COMPRO ORO” te dice segun pasas. Perfecto, me ha quedado claro, compras oro. Ahora bien… ¿eres serio? ¿eres profesional? ¿eres alguien con quien es fácil llevarse? ¿eres alguien sensato? ¿eres alguien divertido? ¿eres alguien interesante?

Probablemente para vender oro, todo eso dé igual. Al fin y al cabo, es un sitio al que vas puntualmente, con un único objetivo que es precisamente vender oro. Te interesa el precio, y poco más. Pero para establecer una relación profesional (como la que yo esperaría establecer) todas esas cosas no son muy importantes. Diría que incluso mucho más que los conocimientos. Si yo busco un proveedor, un colaborador, un socio… quiero saber muchas cosas de él. Si yo quiero construir una relación de confianza, hay muchísima información, muchísimas sensaciones… que un “blog monotemático de materia hiperespecializada” y una “cuenta de tuiter monotemática de materia hiperespecializada” no me van a dar.

Desde luego, en mi experiencia personal y como “follower/seguidor” de gente, puedo decir que los que tienen una presencia monotemática e hiperespecializada me aburren soberanamente, muchísimo, hasta el límite de prescindir de ellos. Vale, sí, sé que “fulanito es especialista en X” (igual que sé que la tienda con el cartelón “COMPRA ORO”), pero no tengo ninguna conexión emocional con ellos. Sin embargo, aquéllos que a lo largo de todos estos años he ido manteniendo en mi lista de “seguidos” tienen en común que su presencia en redes es multidisciplinar; a veces hablan de su trabajo, sí, o de su área de especialización. Pero también de sus hobbys, de sus familias, de su día a día, comentarios de actualidad económica y política, hacen bromas y chistes. Es a través de esa supuesta banalidad a través de la que yo he generado con ellos una relación de cordialidad, de confianza a través de las redes sociales, que muchas veces no se concreta en nada más. Pero que estoy seguro de que es una relación más fructífera (incluso vista en términos de “oportunidades profesionales”) que la que se establece únicamente a través de la autopromoción monotemática.

Por lo tanto, volviendo al tuit original de Alfonso, discrepo. Es verdad que una presencia monotemática en redes sociales es más fácil de “vender” en términos de posicionamiento de marca (algo que en su día ya reflexionaba yo mismo). Pero creo que genera, en términos generales, relaciones superficiales, insuficientes, carentes de una verdadera conexión. El tipo de conexión que se genera a través de una presencia más poliédrica, más multidisciplinar, menos formal y “planeada”, más (en definitiva) ajustada a cómo somos en realidad. El tipo de conexión que, en última instancia, hace que te fíes de otra persona. El tipo de conexion que hace que quieras trabajar con ella (*)

A lo mejor nos cuesta más llegar. A lo mejor, llegamos a menos gente. Llegamos con menos claridad. Pero creo, de verdad, que al final llegamos mejor.

(*) Si mi objetivo fuera “vender libros”, o “vender conferencias” a lo mejor lo veía de otra forma. Pero no es el caso.

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