Síndrome de la Moncloa

El otro día me acordé del denominado “Síndrome de la Moncloa” y, buscando un poco (muy poco, la verdad) encontré esta descripción que me gustó:

todos llegan humildes y acaban endiosados, aislados, distanciados y enrocados en su torre de marfil

Aquí lo usamos para definir el comportamiento progresivo de los que llegan a presidentes del Gobierno, que empiezan llenos de buenas intenciones y acaban convencidos de que son lo mejor que le ha pasado a España en siglos. Y, desde esa autoasumida condición de iluminados a los que se les ha revelado La Verdad, se instalan en un discurso delirante, toman decisiones inverosímiles y arremeten con desprecio contra cualquiera que se atreva a discrepar de ellos.

Aunque claro, este comportamiento megalómano lo podemos encontrar en muchos ámbitos, también en el de la empresa. Cualquiera que “toca pelo” en forma de poder o influencia (aunque sea en proporciones minúsculas) tiende a acabar rodeado de una corte de aduladores que le ofrecen una visión distorsionada de la realidad que retroalimenta su percepción. Como la discrepancia (es humano disfrutar de las palmaditas en la espalda y alejarse de los palos) se castiga con el ostracismo, es fácil perder las referencias, la sensatez y el sentido común.

Imagino que tiene que ser complicado verse en una situación así y no sucumbir a este proceso. Lo terrible es cuando uno se ve condenado a sufrir las consecuencias de las decisiones de alguien instalado en esta dinámica. Pero si, en alguna circunstancia, uno puede observar este proceso de degradación desde la barrera resulta francamente aleccionador.

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¿Qué es peor, el jefe agobiante o el jefe ausente?

Vale, ya sé la respuesta. El jefe, cuanto más lejos, mejor. Un jefe agobiante, de esos que está permantemente contigo, dándote indicaciones, exigiéndote plazos, con llamaditas cada rato y el de enmedio, con mails constantes, corrigiéndote fallos, con su aliento en tu nuca, que aparece por tu puerta sin avisar… creo que no lo quiere nadie. Cuando nos ha tocado sufrir un especimen de este tipo, siempre hemos soñado con que le dé un “chungo” que le mantenga una semanita fuera de juego, con gestionar las vacaciones para evitar coincidir con él (y así disfrutar dos veces de las vacaciones; de las propias, y de los días que trabajamos sin tenerle encima), nos ilusionamos con que tenga un viaje largo y alejado del mundanal ruido.

Sin embargo, el extremo contrario tampoco es ideal. El jefe ausente. Ese jefe que, cuando le necesitas, no puedes localizar. El que no te devuelve las llamadas. El que tarda varios días en contestarte los emails, si los contesta. El que no revisa el trabajo que le das hasta que posiblemente es demasiado tarde. El que no te da indicaciones, ni te corrige fallos, ni te proporciona ayuda o recursos. Es verdad, no te molesta. Pero eso no quiere decir que facilite en absoluto tu trabajo… de hecho, puede llegar a entorpecerte tanto o más que el otro.

En el término medio está la virtud. El jefe que está cuando le necesitas, pero que te deja tu espacio para trabajar. El que te da indicaciones, pero luego te permite escoger tu propio camino. El que está encima para lo importante, y no está con pequeñeces del día a día. El que te señala formas de mejorar y además te proporciona los recursos para hacerlo.

Por otro lado, cada uno tenemos nuestras preferencias. De hecho, hay una teoría del liderazgo situacional que dice precisamente eso: que cada tipo de colaborador requiere un estilo diferente de gestión, de acuerdo a sus características. Yo, sin duda, me siento mucho más agusto con un jefe “distante” que con un jefe agobiante. Pero siempre necesitas tenerle a mano para que te ayude… porque de eso se trata, ¿no? De ayudar.

PD.- Edito con una cita encontrada en este powerpoint:

Los jefes son como las nubes; cuando desaparecen queda un día lindo…

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Es solo un momentito

Real como la vida misma:

Yo recuerdo haber sufrido a un jefe que cada vez que intentabas hablar con él no solo cogía todas las llamadas que le pasaban por el fijo y las del móvil, sino que al hacer amago de salir del despacho te hacía gestos para que te quedaras. Al final, una cuestión que se podía haber resuelto en 10 minutos me llevaba más de una hora. ¿Realmente el mejor uso que se podía hacer de mi tiempo era permanecer en el despacho del jefe hojeando revistas?

Borja Prieto

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