El idioma del futuro

Tenía yo 17 años. Por aquel entonces terminaba el quinto y último nivel de inglés de la Escuela de Idiomas. Después de años dedicando parte de la semana a aprender inglés, me encontraba con que al año siguiente ya no tendría una “clase” a la que ir. ¿Qué hacer? Bueno, pensemos en otro idioma…

Por aquel entonces (la época del COU, de la selectividad) lo de los idiomas lo percibía como una cuestión de empleabilidad. “Algo que tenga futuro”. Y ahí andaba yo… entre el alemán (“porque en Europa son importantes, además los alemanes ya se sabe, para los negocios…”) y el francés (que era más típico). También, de forma muy lejana, pensabas en que quizás japonés… pero es tan exótico… Al final me matriculé en dos: de alemán sólo hice primero (o sea, un nivel tan básico que apenas ha dejado huella en mí) y de francés tercero (un nivel básico pero digno en su momento; ahora no lo tengo nada fresco, pero si quisiera recuperarlo imagino que algunas bases tendré bien asentadas en el cerebro).

El caso es que, en aquel momento, ésas eran las opciones que me planteé. Tampoco la Escuela de Idiomas ofrecía mucho más (italiano creo recordar). Desde luego, el chino, el hindú, el árabe… estaban absolutamente fuera del radar. Y sin embargo, si ahora me plantease empezar con un nuevo idioma, creo que éstos estarían sin dudarlo por encima de francés o alemán.

La cuestión es… ¿qué pasará dentro de otros quince (o diecisiete) años? ¿Serán efectivamente estos “nuevos” idiomas tan relevantes como ahora nos parece que van a ser? ¿O quizás haya otro “tapado”, quizás un idioma africano que hoy por hoy ni nos planteamos?

Quién sabe…



No diga monetizar, diga redituar

Tengo un amigo al que le encanta hacer de “repelente niño Vicente”. Es un fanático de la pulcritud en el uso del lenguaje (Lázaro Carreter, a su lado, era un analfabeto) y creo que incluso le duele físicamente cuando ve algo mal escrito o escucha algo mal dicho. Me consta que, consciente de lo “repollo” que puede resultar (peor sería si no se diese cuenta), se guarda para sí muchas de las puntualizaciones que su naturaleza le exige hacer a diario. Pero como conmigo tiene confianza, y no le importa mostrarse tal y como es, de vez en cuando se explaya a gusto.

De un mail de hoy: “Llevo viéndote poner la palabra “monetizar”, a ti y a otros de la misma cuerda, no sé ni cuánto tiempo. Yo sabía que estaba mal utilizada, pero no te decía nada porque no sabía cómo decir lo que quieres decir. Ahora lo sé: redituar. O por lo menos, es lo más parecido”

Cómo no, tiene razón (es lo que tienen los niños repollo: están en lo cierto el 99% de las veces). Monetizar es una palabra que existe en castellano, pero que no tiene el sentido en el que habitualmente se (mal) usa: el de obtener ingresos de algo. Y efectivamente, redituar se ajusta estupendamente (añadiendo un matiz de periodicidad al más genérico rentabilizar).

Así que ya sabéis, la próxima vez que vayáis a usar “monetizar”, pensad que salvo que tengáis una máquina de fabricar moneda o tengáis autoridad para dar curso legal como moneda a algún signo pecuniario… estaréis incurriendo en falta, y además provocándole una creciente urticaria a mi amigo. Si no lo hacéis por el lenguaje, hacedlo por él, que sufre mucho :D .



Malas traducciones

Me pasa casa x tiempo. Cae en mis manos un libro de un autor anglosajón en su versión traducida al castellano. Empiezo a leer… y cada dos por tres tengo que estar releyendo un párrafo para entenderlo bien. ¿Materias farragosas? No, no suele ser el caso: simplemente, malas traducciones.

Me he encontrado casos en los que la traducción parece hecha con un traductor automático. Errores sintácticos, gramaticales… por no hablar del uso de algunos términos, ejemplos del más puro “fromlosttotheriverismo” (es una gracieta: la traducción literal de “de perdidos al río” al inglés “from lost to the river” se considera como ejemplo paradigmático de traducción absurda por literal).

Otras veces, aunque la traducción esté hecha correctamente a nivel gramatical y sintáctico, se nota que ha sido realizada por una persona ajena a la materia que se está tratando. Suelen ser materias técnicas (no necesariamente tecnológicas, sino referidas a cualquier ámbito del conocimiento) que a lo largo del tiempo han ido generando equivalencias entre los términos en inglés y en castellano; pero el traductor ignora (por no pertenecer a ese mundillo) dichas equivalencias y hace las traducciones con la mejor fe del mundo, pero con resultados que chirrían.

Y hay veces en las que todo parece estar bien… pero de vez en cuando se cuela alguna frase, alguna expresión, que dices “no me imagino yo al autor de este libro expresándose así“. Jerga, dichos y refranes, perífrasis… cosas que no podrías decir “están mal” pero que, aun así, te saltan al ojo.

En definitiva, pocas veces (casi nunca) he leído un libro anglosajón en versión castellana y me he quedado agusto. Prefiero, ya que puedo, leer los libros en su versión original: es verdad que a veces se me escapa alguna cosa, pero lo prefiero a tener que leer con dificultades una versión ortopédica.