Mis fracasos llevando diarios

Recuerdo la primera vez que intenté llevar un diario. Calculo que tendría… ¿13 años? Fue un cuadernito normal, de los cuadriculados del colegio. No recuerdo por qué lo empecé. Curiosamente, recuerdo al menos dos de los temas sobre los que escribí. Recuerdo dónde lo escondía, debajo de la cadena de música que tenía junto al cabecero de la cama. También recuerdo que no escribí mucho más, y me parece que pasados no muchos días arranqué lo que había escrito y lo tiré: demasiado personal como para estar por ahí rondando.

Supongo que ése fue uno de los factores de “rozamiento” que impidieron que el hábito se formase. Esa sensación de falta de privacidad, de tener un cuaderno por ahí suelto con pensamientos muy personales que pudiera caer en manos de mi hermana o de mis padres. Incluso el hecho de que me vieran escribiendo en un cuaderno, o guardándolo, y verme en la tesitura de explicar que estaba llevando un diario, ya me suponía una barrera. Quería que fuese algo de mí para mí, sin que su contenido ni su mera existencia fuese algo conocido.

A lo largo de los años me he sentido atraído varias veces por esa idea de “llevar un diario”. De alguna manera, el blog (esta semana cumplirá 12 años. 12 años, manda huevos) o el twitter han cumplido parte de su función. Pero claro, no es lo mismo. Su naturaleza pública hace que en temáticas y en tono sean vehículos muy acotados. De vez en cuando se escapan algunas gotitas de sentimiento, de obsesiones… pero pasadas por el tamiz de la conciencia de que es algo que otros pueden ver. Así que hay todo un mundo de intimidad que se queda fuera.

Dicen que llevar un diario es beneficioso. Que poner por escrito lo que tienes en la cabeza ayuda a ser más consciente, a interrumpir las rumiaciones, a poner orden. Que el proceso reflexivo que se produce al escribir ayuda a tener más claridad, a descubrir nuevos enfoques. La revisión a pasado ayuda a recordar, a detectar patrones en tu pensamiento y en tu comportamiento, a poner en perspectiva las cosas.

Todo esto son cosas que, en mis (siempre breves) experiencias sí he sentido. Y sin embargo, hasta hoy no he sido capaz de sostener el hábito. Me da el punto, empiezo… pero a los pocos días el esfuerzo se va espaciando, y acaba por diluirse por completo. He probado a utilizar aplicaciones como Journey, he probado con el cuaderno tradicional, incluso con un formato gráfico (acompañando las palabras de dibujos). He leído sobre bullet journaling, sobre 5 minutes journaling, sobre morning pages. Me he enfrentado a la sensación de “bueno, y qué se escribe aquí”; pero cuando he intentado seguir formatos un poco más dirigidos tampoco me he sentido cómodo (“esto es demasiado rígido, siento que me estoy repitiendo”). Cuando escribo mucho tengo la sensación de que “me enrollo demasiado”; formatos más breves me dan la sensación de que no capto todo, ni con toda la profundidad y matices. Cuadernos bonitos, cuadernos feos. Grandes y pequeños. En el fondo, da igual; tengo claro que el problema no es por no haber dado con “la herramienta/formato perfecto”, si no por una falta de hábito. ¿Y por qué? Buena pregunta. Está claro que no he conseguido encontrar un hueco, un ritual que pueda utilizar de forma consistente para hacer esa reflexión diaria. Llega la noche (que es cuando siento que debo hacerlo por aquello de “recapitular el día”, aunque hay quienes sugieren que hacerlo por la mañana también es útil), y ya me he desentendido del escritorio, y voy del sofá a la cama. No soy de escribir en la cama (algo que hay quienes sí hacen) así que ese rato se me escapa.

Pero seamos serios. “If there’s a will, there’s a way”. El que realmente quiere algo busca la forma de hacerlo, y el que no quiere se busca una excusa. Hoy, repasando un puñado de hojas de uno de mis intentos (de 2014) me ha dado por pensar una cosa: he visto una serie de “pensamientos recurrentes”. Cosas que me preocupaban en 2014, igual que recuerdo que me preocupaban años antes, igual que me preocupan ahora. He tenido la sensación de “no avanzar”, y no me ha gustado. Esto me lleva a sospechar que llevar un diario me obliga a enfrentarme a cosas que no me gustan de mí mismo. Esa exigencia de reflexionar pone de manifiesto incoherencias, lados oscuros, limitaciones. Cosas que no son cómodas. Y como no me gusta verlo, lo más fácil es “matar al mensajero”. Y luego racionalizarlo con una excusa a elegir.

Precisamente hoy leía en una de esas anotaciones una frase: “Si no te gusta lo que ves en el espejo, no le culpes a él”. Vaya con el diario.

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Estoy moreno porque me pongo al sol

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Me ha pasado varias veces en las últimas semanas. “Coño, qué moreno estás”, “Qué buen color”, “¿Y tú por qué estás tan moreno?”. La respuesta, evidente: “Porque me pongo al sol”.

Pero detrás de esta aparente obviedad se esconde algo más. Estoy moreno porque procuro salir todos los días a la calle. Me pongo calzado cómodo y salgo a caminar, a veces por el campo, a veces por la ciudad. A mover las piernas, a despejar la cabeza, a alejarme de la silla y de la pantalla, a que me dé el aire, a reflexionar, a respirar. Sí, de paso me da el sol, y como efecto colateral se me pone la piel más tostada.

“Qué suerte, tú que puedes”. Supongo. Soy afortunado por tener piernas para caminar, ropa para abrigarme si hace falta y calles y caminos por los que transitar; un privilegiado. “No, me refiero a disponer de tiempo para eso”. Ah, es verdad, el tiempo. Perdonad, a veces se me olvida que la vida me ha sonreído, dotándome de más horas al día que a los demás… No, bromeo, obviamente mis días tienen las mismas 24 horas, los mismos 1440 minutos que los tuyos. La diferencia es que yo he elegido dedicar 40-50 de ellos a estar en la calle, en vez de a otra cosa, porque considero que así mi vida es mejor.

“Ya, pero es que tú tienes suerte, vives en un pueblo, tienes un trabajo que te da mucha flexibilidad… “. Sí, es cierto. Pero no te olvides que todo ello es producto de decisiones, de elecciones. También de renuncias, como sucede cada vez que tomas un camino en vez de otro. Eliges, pagas el precio, y entonces estás más cerca de conseguir lo que querías.

Los problemas empiezan en esas últimas palabras. “Lo que querías”. ¿Qué es lo que quieres? ¿Qué es importante para ti? ¿A qué quieres dedicar tu tiempo? Son preguntas con carga de profundidad. Con demasiada. Porque es fácil quejarse, pero es mucho más difícil sentarse con uno mismo y plantearse todas estas cosas. Así acabamos dejándonos llevar por la inercia del día a día, viviendo donde toca, trabajando de lo que nos ha caído, seres reactivos que “no tienen tiempo” pero que se pasan horas en atascos, haciendo zapping delante de la tele o mamoneando con el móvil.

Y si consigues saber lo que quieres… ¡enhorabuena! Ya tienes por donde empezar. Pero ahora toca hacer algo al respecto. El mundo de las ideas está muy bien, pero la realidad no cambia con ideas, si no con acciones. ¿Qué puedes cambiar hoy para conseguir llegar a donde quieres? La locura es esperar resultados distintos si sigues haciendo lo mismo. Así que manos a la obra, echa la piedra a rodar.

Por supuesto, esto no es cosa de un día. A veces una acción puntual puede cambiar muchas cosas, pero el impacto de verdad se consigue con acciones sostenidas, con persistencia, con hábito; somos lo que hacemos repetidamente.

Así que sí, estoy moreno. Porque decidí que “salir a la calle y mover las piernas” iba a ser algo importante para mí. Porque le dedico tiempo. Porque me pongo al sol.

PD.- Ya sé. El mundo no es perfecto. A veces “haces lo que se supone que hay que hacer” y los resultados no llegan. Siempre encontraremos el ejemplo del que nunca fumó y se murió de un cáncer de pulmón, y el que llega a los noventa fumando como un carretero. Vale. Pero la estadística sirve para lo que sirve, y hay más probabilidades de tener cáncer de pulmón si fumas que si no. Es más probable que tengas la vida que quieres si das pasos orientados a conseguirla que si no.

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Persevera (… y con el mazo dando)

Leía ayer un artículo sobre “procrastinación” que me resultó muy interesante. No tanto por el concepto (nota: ¿qué paradoja mayor hay que procrastinar leyendo una y otra vez sobre lo malo que es procrastinar?), sino por el enfoque en la solución.

Habla el autor sobre los peligros de depender de la motivación, de la pasión, de la inspiración… para realizar cualquier trabajo. Él lo enfoca en el ámbito de la creatividad, pero no resulta difícil extrapolarlo a cualquier otro.

Sitting around being idle while in wait for inspiration is a good way to get nothing done […] Everyone longs for major victories and big breakthroughs in their work. But those would never happen if it weren’t for the little progress we take every single day by staying committed and showing up.

Perseverancia. Rutina. Compromiso. Hábito. Constancia. No cuestionarse cada día si algo “te apetece” o si “estás motivado”, sino simplemente ponerte manos a la obra y hacerlo. Un día, y otro, y otro, sin justificarte en que tus condiciones no son idóneas. Nunca lo son.

It’s in the day-to-day mundane and difficult work of showing up that our ideas take shape and take flight. It’s in that place that our skills are forged bit by bit. The path to success (both in our career and in accomplishing our life goals) is rarely glamorous. It’s usually mundane and repetitive.

No puedes esperar que la inspiración, la pasión, la motivación… te guíen. Porque son elementos extremadamente volubles. Sí, de vez en cuando aparecen, y te embriagan; pero con la misma celeridad desaparecen. No se quedan contigo el tiempo suficiente como para que puedas obtener un resultado sostenible, fiable. No puedes depender de ellas, porque corres el riesgo (o mejor dicho, la certeza) de quedarte como Penélope esperando en el andén.

Hay que ponerse el mono de trabajo, e insistir una y otra vez. No todos los días tu trabajo va a ser brillante; de hecho la mayoría de las veces será mediocre. No importa, esa es la única manera de lograr resultados alguna vez. Cuando llegue la inspiración que te pille trabajando. Lo demás es como esperar a que te toque la lotería.

Recuerdo que, hace años, participé en un proyecto de formación sobre habilidades comerciales para empleados de una entidad financiera. De lo que se trataba era de incentivar a personas que llevaban toda su vida “despachando” a que se atreviesen a vender. Usábamos como recurso un fragmento de la película “Cadillac Man“. “Sí, es verdad”, les decíamos. “Hay personas que tienen mejores habilidades para la venta que otras, que tienen una mayor probabilidad de éxito en el cierre de un proceso. Pero nadie , ni siquiera los mejores, tiene un porcentaje del 100%. A todos hay veces que les sale bien, y otras que les sale mal. Incluso si eres de los que tienes un porcentaje más bajo, puedes vender; lo que tienes que hacer es intentarlo muchas veces porque tu bajo porcentaje, aplicado una y otra vez, acabará dando resultado. Y seguramente en el proceso de intentarlo mejorarán tus habilidades, y con ellas tus porcentajes de éxito”.

Este gráfico refleja esa idea. Si hacemos 100 intentos de algo (100 llamadas comerciales, 100 fotografías, 100 relatos, 100 proyectos…), ¿cuántos van a salir bien?. Desde luego, nunca el 100% de ellos (que sería lo que representa el área azul). Lo normal es que tengamos un porcentaje de éxito mucho menor. Digamos (a efectos del gráfico) que es un 40%. Si ese porcentaje de éxito fuese constante, tendríamos el área roja. Si lo intentamos 10 veces, 4 éxitos. Si lo intentamos 100 veces, 40 éxitos.

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Pero es que lo normal es que ese porcentaje no sea constante, si no que vaya creciendo poco a poco. En nuestros primeros intentos, el porcentaje de éxito será mucho menor. De nuestros 10 primeros intentos no lograremos 4 éxitos, sino uno o ninguno. Pero no podemos desanimarnos. A medida que vayamos ensayando y aprendiendo, irá mejorando, cada vez más rápido. Es posible que tarde en aparecer esa mejora. Es posible que nunca lleguemos a tener las mismas habilidades que alguien con más talento. Pero todos podemos mejorar, es cuestión de perseverar.

Lo que no podemos hacer es intentarlo una o dos veces, y esperar a que suene la flauta por casualidad; y si no suena (que no sonará) darnos por vencidos.

Escuchaba un podcast sobre Woody Allen, y hacían referencia a su método de trabajo. Una película por año, como un reloj. Como un martillo pilón, centrado en su proceso creativo, sin preocuparse demasiado por el éxito o fracaso de sus películas. Cuando se estrena una, él ya está enfrascado en otra. A veces más inspirado y otras menos; pero eso no importa. Una película al año. Así es como se alcanza una filmografía de más de cuarenta películas. No todas son obras maestras, pero es más probable conseguir una en una carrera de cuarenta películas que en una de dos o tres. Y desde luego sus habilidades creativas y técnicas estarán infinitamente más desarrolladas.

Picasso, Mozart, Edison, Jordan. Podemos pensar que simplemente son genios tocados por la varita de las musas, que un día se levantaron y pintaron el Guernica, compusieron el Requiem, patentaron la bombilla o metieron decenas de miles de puntos fruto de momentos de inspiración. Pero estaríamos despreciando las miles de obras de Picasso, los cientos de inventos de Edison, las centenares de composiciones de Mozart, los miles de tiros fallados por Jordan. No podemos obviar la ingente cantidad de trabajo, de constancia, de práctica, de aprendizaje, de intentos menos que geniales… que desarrollaron en sus vidas.

¿Lo mejor de todo? Que la constancia, la persistencia, el hábito… es algo que está al alcance de todos. Si quieres.

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Aprendiendo a aprender

Introducción

Este es un post recopilatorio después de varias semanas trabajando sobre el concepto de “aprender a aprender”. En él he intentado resumir y dar homogeneidad a un conjunto de ideas procedentes de diferentes fuentes. Obviamente, el resultado es muy personal, y abierto a mejora y a crítica. Y desde luego, no pretende ser un tratado académico; apenas unos apuntes básicos. Sin embargo, para mí y en mi momento actual creo que recoge y documenta bien los aspectos esenciales relacionados con la idea.

Empecé a interesarme por este tema unas semanas atrás. “Quiero aprender algo, ¿pero qué?“, me preguntaba. Alguien sugirió entonces que una habilidad muy importante, precisamente por su impacto en futuros procesos, que es “aprender a aprender”. Efectivamente, esta habilidad se convierte en una especie de catalizador del aprendizaje, en la medida en que permite hacer más eficiente cualquier esfuerzo posterior aplicado a otras materias. Así pues, me pareció un buen punto de partida al que dedicar un primer proceso de “aprendizaje focalizado”.

“¿Aprender a aprender? ¿A tu edad?”. Alguno dirá que, con casi 40 años, ya era hora. Posiblemente. Pero lo cierto es que hasta hoy mis procesos de aprendizaje han sido bastante… desordenados, desestructurados. Orgánicos, podríamos decir. Soy mucho de picotear de aquí y de allá, de interesarme por un tema y por otro, de “chapotear en muchos charcos”, de actuar a impulsos, de leer, tuitear y no consolidar. Sin duda he aprendido cosas a lo largo del tiempo, y no me ha ido precisamente mal ni a nivel académico ni a nivel profesional. Algo habré aprendido. Pero si soy un poco crítico, creo que mi aprendizaje puede ser muchísimo más eficiente. Por eso decidí empezar a trabajar en bloques de aprendizaje focalizado, intentando dar sistemática y estructura a ese proceso. Decidir algo que quiero aprender, dedicarle unas semanas a profundizar en ello (sin dispersarme en otros asuntos) hasta llegar a un punto de conocimiento satisfactorio, recopilar dicho conocimiento y estructurar los mecanismos necesarios para mantenerlo fresco a lo largo del tiempo. Y teniendo en cuenta el carácter multiplicador de la habilidad de “aprender a aprender”, decidí que fuese ésta la protagonista del primer ciclo. Este artículo es el resultado, mi resumen particular.

Contenido

He estructurado el contenido en seis bloques principales, como refleja el mapa mental que he elaborado.

aprenderaaprender

Visión

Como decía Covey, “empezar con un fin en mente”. ¿Qué voy a aprender? ¿Por qué? ¿Para qué? Tener claras las respuestas a estas preguntas es importante. “It’s hard to learn if you’re not into it”, dice el doctor Terry Sejnowski. Sobre todo porque el proceso puede ser largo, dificultoso, frustrante en algunos puntos. Requiere esfuerzo y dedicación, y más en escenarios de autoaprendizaje donde tú eres el motor y no dependes de nadie que tire de ti. Habrá momentos en los que sea necesario recordarte a ti mismo “por qué” y “para qué” estás haciéndolo.

En este sentido, también es interesante el concepto de “Target Performance Level” que esboza Josh Kaufman: ¿cuál es el nivel de profundidad que queremos alcanzar en el desarrollo de un conocimiento o habilidad? ¿qué es lo que nos vemos haciendo una vez hallamos hayamos llegado a dicho nivel? No es lo mismo aprender inglés lo suficiente como para ayudar a los niños a hacer los deberes, como para defenderse en cuatro conversaciones sencillas en un viaje de dos días, como para ver series en versión original, como para desarrollar una actividad profesional bilingüe… Tener claro este “nivel deseado” permite dirigir mucho mejor los esfuerzos (qué debo aprender, y también qué debo ignorar), y nos da un criterio para valorar nuestros avances.

Materia

Una vez que sabemos qué queremos aprender, y con qué objetivo, tenemos que ser capaces de crear nuestro propio programa académico. Cualquier materia que queramos abordar va a ser más amplia y más profunda de lo que vamos a poder abarcar, por lo que es necesario reducirla a elementos más manejables. Deconstruirla, y seleccionar aquellos elementos que resulten prioritarios, las “piedras angulares” que sean más relevantes para alcanzar nuestro objetivo con la mayor rapidez posible. Y estructurarlos de forma que sigan una secuencia lógica, ya que el aprendizaje es más sólido si se va construyendo sobre elementos previamente aprendidos.

Este proceso de configuración de la materia es difícilmente lineal, requiere sucesivas aproximaciones, borradores que se van asentando poco a poco. Necesitas investigar a lo ancho, para entender la amplitud de lo que estás abordando y tener el máximo contexto posible, y a la vez realizar catas que te permitan asomarte a la profundidad, al detalle. Contamos con ayuda, claro: bibliografía introductoria, cursos básicos, expertos que nos puedan dar su visión… Aun así, es fundamental el componente crítico; al fin y al cabo estamos elaborando nuestro propio programa, para nuestros propios fines. Solo nosotros sabemos lo que queremos y lo que no, dónde queremos profundizar y dónde no.

Técnicas

Llega el momento de incorporar toda ese conocimiento a nuestro bagaje. Seguramente en el proceso de investigación que nos ha llevado a definir nuestro “programa académico” hemos ido adquiriendo una visión más o menos difusa, pero hay que consolidarla, darle más solidez.

  • ¿Cómo codificamos el conocimiento para que permanezca con nosotros? Nuestro cerebro funciona de forma básicamente relacional; cualquier contenido tiene más probabilidades de ser incorporado si está relacionado con un conocimiento anterior. El uso de analogías (“esto es como aquello”) es por lo tanto muy poderoso. Del mismo modo, la utilización de recursos visuales ayuda al recuerdo y la relación. Las técnicas mnemotécnicas nos permiten aprender “de memoria” (una habilidad largamente denostada, pero que tiene sin duda su utilidad). La capacidad de comprimir el conocimiento (agrupando elementos relacionados entre sí para ser tratados como uno solo) nos permite, mediante el uso de esquemas, mapas mentales, etc… consolidar grandes cantidades de información relacionada en poco espacio.
  • La práctica/repetición es el elemento fundamental de incorporación de conocimientos. Debe prolongarse en el tiempo, con una cantidad de descanso adecuada entre sesiones. Entremezclar la práctica de distintas habilidades parece que refuerza el proceso (“a change is as good as a rest”, dicen los anglosajones).
  • Dentro de ese escenario, es importante el concepto de práctica deliberada. Es decir, no vale con dedicar horas de cualquier manera. La práctica deliberada hace énfasis en empezar despacio, asentando las bases, prestando atención a los detalles… antes de empezar a coger velocidad y refinamiento. También resalta la importancia de centrarse en practicar y repetir aquello que nos resulta difícil, que no nos sale.
  • Por último, entre las técnicas para reforzar el aprendizaje destaca frente a otras técnicas la realización de pruebas, exámenes. Cuestionarnos sobre lo aprendido nos permite, mediante el esfuerzo necesario para responder, consolidar lo que ya sabemos y descubrir aquellos puntos que debemos reforzar.

Teoría

Algunos conceptos teóricos subyacentes, y que me han resultado especialmente interesantes:

  • La sinapsis como mecanismo principal del funcionamiento cerebral. La creación de conexiones entre neuronas es la responsable de lo que aprendemos. El cerebro es plástico, ya que constantemente están formándose esas conexiones.
  • El “chunking“, o la agrupación de elementos, es la capacidad que tiene el cerebro para tratar un conjunto de elementos relacionados como si fuera uno solo, permitiéndonos ampliar nuestra capacidad de proceso. Por eso funcionan los resúmenes, como una agrupación máxima de elementos que posteriormente se van desplegando en varios niveles de detalle.
  • El modo de pensamiento focalizado en contraposición al difuso. El focalizado, relacionado con el trabajo consciente, es el que nos permite manejar un número limitado de elementos. El difuso, relacionado con el trabajo inconsciente (el que se produce cuando estamos pensando en otra cosa, incluso cuando estamos descansando) permite la relación de muchos más elementos, la creación de conexiones menos evidentes. Ambos son necesarios, y para ambos hay que dejar tiempo.
  • La memoria a corto plazo y la memoria a largo plazo. La primera nos permite trabajar con lo que tenemos aquí y ahora; pero si queremos consolidar conocimientos debemos hacer un esfuerzo consciente en trasladarlos a la memoria a largo plazo. Las técnicas de trabajo están muy relacionadas con este objetivo.
  • Conocer la curva de aprendizaje (distinguiendo además entre aprendizaje percibido y real) nos permite fijar expectativas, conocer de antemano las distintas etapas que aparecen de forma recurrente. Al enfrentarnos a una nueva actividad nos sentiremos abrumados, pero enseguido empezaremos a hilar cosas y tendremos un progreso muy rápido. Tras esa etapa de euforia, sufriremos una cierta regresión que transcurre paralela a la conciencia de cuánto nos queda por saber. A partir de ahí, el conocimiento se va consolidando de una forma mucho más realista.
  • Teoría vs práctica: la teoría es relevante solo en la medida en que nos resulte útil para alcanzar el nivel que nos hemos prefijado.

Hábitos

  • Descansar: los ciclos de esfuerzo y descanso son necesarios para facilitar el funcionamiento cerebral. Mientras descansamos, además de recuperar energía para el trabajo focalizado, permitimos que el cerebro entre en el modo difuso.
  • Sueño: el sueño forma parte de los ciclos de descanso (en el sentido en que permiten a nuestro cerebro trabajar en modo difuso, inconsciente) pero además parece que tiene un efecto fisiológico de limpieza de toxinas en el cerebro, una especie de lavado y puesta a punto que permite que los procesos cognitivos continúen funcionando correctamente.
  • Ejercicio: parece que la ciencia corrobora el viejo dicho de “mens sana in corpore sano”. De hecho, la actividad física parece que es capaz incluso de promover la regeneración neuronal.
  • Eliminar barreras: disponer de todos los materiales que vayamos a necesitar durante nuestras sesiones de aprendizaje, eliminar distracciones, tener un entorno adecuado… va a facilitar que nos sumerjamos en el estudio. Se trata de ponérnoslo fácil.
  • Compromisos: la asunción de compromisos (monetarios, con otras personas, público) parece que refuerza los procesos de aprendizaje (en realidad, cualquier proceso de adquisición de hábitos)
  • Persistencia: el proceso puede alargarse, ser frustrante… por eso es importante crear hábitos que transformen el aprendizaje en rutina, utilizar mecanismos (como la técnica pomodoro) que nos ayuden a vencer a la procrastinación, incluso asumir un compromiso inicial (como el de las 20 horas de Kaufman) que nos evite abandonar cuando las cosas se pongan feas.

Filosofía

Aquí recojo algunas notas que me han resultado interesantes a la hora de abordar cualquier proceso de aprendizaje

  • Mentalidad de crecimiento: frente a la visión de mentalidad fija, la mentalidad de crecimiento defiende que independientemente de nuestros condicionantes de partida todos somos susceptibles de mejorar. Que es más importante centrarse en el proceso (que es algo que está a nuestro alcance manejar) que en el resultado.
  • Mentalidad de principiante: tenemos que luchar contra la ilusión de conocimiento (esa sensación que tenemos a veces de “yo ya lo sé”, y que nos impide sumergirnos en el aprendizaje), y también asumir que el proceso de aprendizaje estará lleno de errores. De nada vale quedarnos en la seguridad de lo que ya hacemos bien, sino que debemos buscar deliberadamente aquello que hacemos mal para mejorarlo. Debemos invertir en la pérdida, saber que es fallando cuando aprendemos.
  • Interiorización: el proceso de aprendizaje, si está correctamente desarrollado, acaba resultando en una asimilación tan completa de lo aprendido que dejamos de percibirlo conscientemente. Hacemos entonces las cosas de forma automática, inconsciente; pero sólo después de haberlas repetido una y otra vez de forma consciente. La intuición, dicen, es todo aquello que hemos olvidado que un día aprendimos; o también que es el puente entre nuestro consciente y nuestro inconsciente. Una vez que hemos interiorizado algo, somos capaces de ver más allá, de prestar atención a un montón de detalles y matices adicionales que, cuando estamos en un nivel de desarrollo inferior, nos pasan completamente por alto porque nuestra atención consciente está preocupada de lo básico que todavía no dominamos.
  • Personalización: en última instancia, sea lo que sea lo que aprendamos, debemos permitir que se fusione con nuestra esencia, nuestro yo más profundo. No debemos autoimponernos una visión de la práctica que no vaya con nosotros, que se aleje de nuestra forma de ser y de ver el mundo.

Fuentes

Algunas fuentes que he utilizado para documentarme:
Curso “Learning how to learn” de la Universidad de California – San Diego
The 4-hour chef, de Tim Ferriss
The Art of Learning, de Josh Waitzkin
The first 20 hours, de Josh Kaufman
Conferencia de Anxo Pérez en Mentes Creativas

Y por supuesto, artículos, webs, etc… que he ido enlazando dentro del texto.

Seguro que en el futuro habrá más lecturas, que quizás me lleven a modificar este esquema. Pero de momento, para mis objetivos, este resumen me vale.

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Mapa mental de hábitos saludables

habitos saludables

Por las fechas que son, va a parecer que estoy en modo “buenos propósitos” (de esos que rara vez se cumplen y que vamos reciclando año a año). Y quizás algo de eso también haya, aunque en realidad esto es algo en lo que vengo trabajando (con mayor o menor fortuna, eso es otra historia) desde hace bastantes meses. No creo en el principio de año (ni de curso, que es otra época muy típica) como “momento mágico” para el cambio de vida. El cambio sostenible se produce no mediante “arreones” y sobredosis de voluntad y motivación (que se agota enseguida) sino poco a poco, mediante la incorporación a tu día a día de una serie de hábitos que se transforman en tu “nueva normalidad”.

El caso es que he estado trabajando en mi lista de “hábitos saludables” que quiero incorporar y reforzar en mi vida. Tienen que ver con la comida (lo que comemos y cómo lo comemos tiene un impacto brutal en nuestro bienestar), con el descanso, con la actividad física y con la conciencia. Además, si hay algo que voy aprendiendo es que todo está relacionado entre sí… una especie de dinámica que puede ser positiva (cuanto más consciente eres de tu día a día más capacidad tienes de actuar sobre ello, mejor descansas, mejor comes, más actividad realizas, más tranquilo estás…) o negativa (actúas por inercia, comes de cualquier forma, no descansas, te dejas llevar por tus impulsos, estás ansioso, comes…). Leía el otro día la revisión del curso de salud minimalista de Homominimus y un poco vamos en la misma línea: el objetivo no es el cambio radical, sino la tendencia positiva y la consolidación a medio y largo plazo. Como se suele decir, “piano piano si arriva lontano”; o con una perspectiva más “budista”, “If we are facing in the right direction, all we have to do is keep on walking”

Para ilustrar los hábitos he usado la técnica del mapa mental, que es una forma muy interesante de ordenar los conceptos, y además de visualizarlos y recordarlos: no es solo un ejercicio del “lado izquierdo” del cerebro (listar, agrupar, etc.), sino también del derecho (pintar, colorear… y sí, caricaturizarse a uno mismo también :P).

Y un poco en línea con lo que decía el otro día de “recuperar lo físico”, he colgado la versión original del mapa en la nevera (a lo mejor lo cambio de sitio, hay lugares donde lo voy a ver más :D) para que esté presente en el día a día.

Así que… ¡a trabajar!

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