El viejo troll que vive en el puente de las prioridades

Escuchaba hace unos días un podcast antiguo de Back to Work, en el que hablaban de prioridades. Mencionaban el de una persona que, durante una charla relacionada con este tema, decía que tenía “27 prioridades distintas”. Y esta anécdota servía para abrir la reflexión de la (lógica) imposibilidad de tener 27 prioridades. Si tienes tantas prioridades es que en realidad no tienes ninguna, estás completamente desbordado y no tienes control ni dirección ninguno, eres un barco a la deriva, un pollo sin cabeza. Y encima sufrirás por la sensación de “no llegar a todo”.

El caso es que no es tan difícil caer en una situación similar. El mundo está lleno de trampas que, si no gestionamos con habilidad, se convierten en compromisos que nos atenazan. Surgen en el ámbito laboral/profesional, en el ámbito de las relaciones personales, incluso en el de nuestros propios hobbies e intereses. A nada que nos descuidamos, empezamos a apilar “prioridades” que nos acaban por superar.

viejotroll

Se hace necesaria la existencia de un “guardián de tus prioridades”. Una especie de “viejo troll que vive en el puente” (lo siento, han sido unos años duros con Dora la Exploradora; y aunque lo estemos superando ya, todavía quedan secuelas). Un ente gruñón, malhumorado, que someta a un duro escrutinio a cada nueva “aspirante a prioridad” que aparezca en el camino, y que determine si tiene entidad suficiente para convertirse en una prioridad real. Sobre todo teniendo en cuenta que el cupo de prioridades es extremadamente limitado, y que si una entra es muy posible que otra de las preexistentes tenga que salir.

“Que gran idea, ¡necesito un troll de esos!”. Pues sí. La mala noticia es que no es posible contratar uno, ni a tiempo parcial ni a tiempo completo. Custodiar las prioridades es algo que solo puede hacer uno mismo.

Recuerdo que en la universidad, en la asignatura de Organización, nos hablaban de un principio llamado “unicidad de mando”. O sea, que cada persona debería tener un único jefe, dueño de su tiempo y de sus prioridades, para evitar los conflictos derivados de que dos o más personas “te manden”. En fin, la típica paparrucha teórica que no aguanta ni medio asalto confontada con la realidad. Quizás hubo un tiempo en el que el mundo del trabajo era así (todo perfectamente estructurado, con jefes omniscientes que controlaban cada minuto de tu jornada y decidían a qué te tenías que dedicar en cada momento). Quizás lo siga siendo en determinados ámbitos, pero sin duda cada vez más residuales. Las organizaciones son más complejas, más difusas, las tareas cambiantes, las relaciones múltiples. Y no te digo nada si encima eres un profesional independiente, con múltiples clientes, múltiples colaboraciones, múltiples proyectos…

Pero es que incluso aunque el mundo del trabajo fuese así, y durante 8 horas pudiésemos olvidarnos de gestionar prioridades porque otro se encarga de ello y nosotros somos meros ejecutores, no podemos olvidar todo lo que no es trabajo: la familia, los amigos, los intereses personales, etc. ¿Quién decide ahí?

Tenemos dos opciones. Podemos dejar el puente sin vigilancia, y que sea lo que dios quiera. Y dios querrá que los compromisos se empiecen a acumular rápidamente, al ritmo que quieran los demás. Nos sentiremos desbordados, inútiles, incapaces de cumplir con todos. Será imposible mantener el foco, estaremos dispersos, y nos resultará difícil alcanzar resultados. Nos pasaremos el día apagando fuegos, y aun así no podremos evitar quemarnos. Por mucho que nos esforcemos, acabaremos quedando mal con mucha gente, y sintiéndonos un fracaso.

O bien podemos ponernos nuestro traje de troll, y dar el alto a cualquiera que pretenda pasar el puente. ¿A qué has venido? ¿Qué quieres de mí? Un examen exhaustivo. Pero claro, necesitaremos tener clarísimos cuáles son los criterios de admisión, aquello que Covey llamaba “empezar con un fin en mente”. ¿Qué tiene que suceder para que algo se convierta en prioridad para nosotros? ¿Cómo afecta a las prioridades que ya tenemos definidas?

En este escenario, tenemos que tener clara una cosa: muy pocas prioridades van a cruzar el puente. Así que el troll (o sea, nosotros mismos) vamos a tener que decir NO un montón de veces, a un montón de propuestas, compromisos y exigencias más o menos veladas. De gente desconocida, y de gente cercana. Y decir NO suele ser una fuente de conflicto, es realmente incómodo para nosotros, genera frustración en los demás. Habrá quien lo acepte, y habrá quien insista. Habrá quien nos entienda, y habrá quien se enfade con nosotros. Se puede intentar hacer de la mejor manera posible, pero al final, por mucho que lo endulcemos, un no es un no. Nadie dijo que ser el viejo troll que vive en el puente fuese un rol agradable. Pero alguien tiene que desempeñarlo, si no queremos las consecuencias del párrafo anterior. Y ese alguien somos nosotros, nadie va a venir a hacerlo en nuestro lugar. “Susto o muerte”, que decía el chiste.

Al final el troll debe tener un único objetivo: que las prioridades sean prioridades de verdad, que los compromisos sean verdaderos compromisos, y que nos sirvan para conseguir nuestros objetivos.

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El trabajo como reacción vs crear tu trabajo

Hay trabajos que son esencialmente reactivos: tanto si alguien “tira de ti”, como si te “empuja”, la definición de cuáles son tus tareas viene marcada por otros. El caso extremo es la cajera de supermercado: tú estás en tu posición, los clientes van viniendo, y tú les vas cobrando. O la cadena de producción, con una cinta en la que las piezas van pasando por delante de ti y tú tienes que hacerles tal o cual manipulación. O atiendes incidencias que entran en tu buzón, o llamadas que te va lanzando el sistema de telmarketing, o reuniones a las que te convocan, o llamadas que te hacen. En todos los trabajos hay una parte así, y en muchos puede ser el 100% del contenido.

Que sean reactivos no quiere decir que sean fáciles, no nos equivoquemos. Estas tareas pueden ser duras, complejas, inciertas. Pueden generarse a un ritmo que te resulte difícil o imposible de gestionar sin verte desbordado, puedes tener problemas a la hora de priorizar. No es un escenario idílico.

Sin embargo, cuando estás en esta situación hay una cosa de la que no tienes que preocuparte: del “papel en blanco”, de ser tú el que defina qué hacer, cuándo y cómo hacerlo. Son otros los que te marcan el ritmo.

¿Qué pasa cuando eres tú el que tiene que tomar esas decisiones? Lo cierto es que hay dos formas de verlo, una más positiva, y otra menos. Dos caras de la misma moneda.

En positivo, podríamos decir que estás en el “nirvana de la productividad”. No estás sometido a tiranías externas, eres tú mismo de acuerdo a tus prioridades quien determina a qué dedicas tu tiempo, qué quieres impulsar. No hay interrupciones, no hay “ladrones de tiempo”, solo tú. Una idea bonita, sin duda. Y sin embargo…

Como ya dije hace tiempo, “ser productivo da vértigo”. Cuando tú estás a los mandos, cuando tú tomas las decisiones… no hay nadie al lado hacia el que girarnos y preguntar “bueno, ¿y ahora qué toca?”, nadie que te marque el ritmo, nadie que decida por ti. Te asaltan las dudas, dudas sobre si debes hacer A o B, o peor aún, sobre por qué hacer A o B. El día es largo, y las oportunidades para replantearse lo que estás haciendo son muchas. Hacen falta buenas dosis de confianza en uno mismo, de capacidad de gestionar tu foco, de compromiso y motivación. Sí, es verdad, tienes en tus manos un gran poder… y la responsabilidad que viene con él.

Y ante esa presión, a veces echas en falta el “burladero” que son las tareas generadas por otros. Una agenda cargada de reuniones, una bandeja de entrada a rebosar de “pendientes de responder”, unas cuántas llamadas que devolver, un jefe microgestor, deadlines imperativos. Aunque supongan andar todo el día “con la lengua fuera”, o “no llegar a todo”, o “currar muchas horas”. Al fin y al cabo, siempre puedes echar la culpa a los demás (“joder, es que me convocan a muchas reuniones” o “con tanto correo yo no puedo hacer nada” o “estas fechas de entrega son imposibles de cumplir”). Y así te quitas de encima esa otra presión, más profunda, que nace cuando eres tú quien marca el camino.

De hecho, estoy convencido de que hay mucha gente que, aunque se queja de que “entre unas cosas y otras no tengo tiempo para nada”, en el fondo se encuentra “calentito” con esa forma reactiva de trabajar. Y que de una manera más consciente o más inconsciente, llenan su día de “trabajo generado por otros” para evitar tener que enfrentarse a las dudas.

Y en esas estamos. Delante de un papel en blanco, siendo consciente de la suerte que supone poder ser yo quien defina mi trabajo, y sufriendo a la vez el vértigo de tener que hacerlo.

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¿Cuánto trabaja el trabajador del conocimiento?

Este artículo que leí hace unos días comienza con una frase “agresiva”: “Los trabajadores del conocimiento son malos trabajando”. Y digo que es una frase agresiva porque lo primero que uno siente, cuando la lee, es cierta indignación: “Pero qué dice, está chalado. Con la de horas que yo echo al cabo de la semana, si ni puedo desconectar por las noches, si el fin de semana me paso pendiente de todo, éste no sabe la presión a la que estoy sometido”.

Pero una vez pasada esa primera reacción defensiva, se pone uno a pensar y, a poco autocrítico que uno sea, tiene que aceptar que parte de razón (si no toda) lleva.

Recuerdo cuando, en mis primeros años en una empresa grande de consultoría, había que hacer semanalmente el TR (Time Report). Básicamente, una contabilidad de “a qué proyecto habías estado dedicando tu tiempo durante la semana”. Dejando al margen de que aquello acabase siendo un cachondeo (al final se trataba de asignar horas al proyecto que te dijera el gerente, que era el que decidía qué proyectos podían asumir más coste, o qué porcentaje de cargabilidad tenía que llevar cada persona), las veces en que lo hacías bien te planteabas “joder, 40 horas en una semana son muchas; y es verdad que las he hecho, de sol a sol aquí metido, pero si intento llevarlas a tareas concretas…”. Porque te parabas a pensar, a echar cuentas de “qué he hecho realmente durante esta semana”, y te salían menos cosas de las que tu cabeza pensaba. Sí, has hecho dos propuestas, has trabajado en un modelo de datos, has revisado una presentación… ¿y eso son 40 horas?

Las cosas, creo, no han cambiado demasiado. Si realmente nos pusiésemos a hacer un análisis “minuto a minuto” de a qué dedicamos el tiempo durante una semana normal, se nos caerían muchos mitos. Empezaríamos por las distracciones puras: que si el café, que si la charleta con los de al lado, que si otro café, que si miro un ratito el Facebook o le echo una ojeada a ver qué pasa por el mundo, que si entro “con flexibilidad”, conspiraciones de pasillo, el pitillo de los que fuman, que si la hora de la comida se alarga sin querer… todo ello justificado con el clásico “sólo faltaba, con la de horas que echo aquí”.

A ese volumen de tiempo, añadiríamos las “distracciones autorizadas”: todo ese tiempo que nos pasamos en reuniones poco productivas, las idas y venidas del mail, repetir por enésima vez lo mismo a quien no se enteró o no se quiso enterar, las planificaciones, replanificaciones y requeteplanificaciones de un proyecto, las preguntas de los compañeros, la elaboración de informes y “memos” que sirven a las necesidades coyunturales de este o aquel jefe… todo ello “tiempo de trabajo” a efectos de tranquilizar nuestra conciencia, pero tiempo muy poco productivo.

Así pues, ¿cuánto nos queda de trabajo productivo “de verdad”? Del tiempo que Cal Newport llama en su artículo de “deep work”, de trabajo intenso, de trabajo que suponga una verdadera puesta en valor de nuestro conocimiento, que sirva para impulsar de verdad las cosas. ¿Cuánto? Yo tengo que decir que, lamentablemente (shame on me), la mayoría de las veces entre poco y muy poco.

No, no seré yo quien haga de menos esas otras actividades más “soft”. La planificación, la gestión, la coordinación, la comunicación, las relaciones, el desarrollo de equipos… son elementos fundamentales a la hora de que las cosas funcionen de verdad. Y por lo tanto, requieren su tiempo. Sin embargo, tengo la sensación de que siendo elementos más “light” tendemos a ser poco rigurosos con el control y la gestión de ese tiempo, dejamos que se transforme en una marea negra que invade nuestra dedicación dejando escasos momentos a sacar partido a ese “trabajador del conocimiento” que se supone que somos. No, no creo ni de lejos que se pueda estar en modo “deep work” 40 horas a la semana, ni mucho menos. Pero sí creo que como dice el autor del artículo que citaba al inicio, es muy importante hacer un esfuerzo consciente en poner foco a este tipo de trabajo y ser capaz, todas las semanas, de evaluar nuestra aportación en esos términos en vez de dejarnos arrastrar por esa multitud de “tareas que parecen trabajo” pero que, en el fondo, sabemos que están en otro nivel.

PD.- Que puede ser, no digo yo que no, que esté haciendo categoría de un problema individualizado. Pero o yo soy muy mal observador, o esto es algo que le pasa a demasiada gente…

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Ser productivo da vértigo

No digo que yo sea hiper-productivo. Pero sí que, en algún momento, me he acercado al precipicio de la productividad, y he mirado para abajo. Y da vértigo.

Hablo de la productividad bien entendida. Es decir, no de la productividad que consiste en “hacer muchas cosas como pollo sin cabeza”, de tachar to-dos (o “quehaceres”, como lo escuché no hace mucho) como si no hubiera mañana, si no de la productividad que viene después de reflexionar sobre “qué proyectos son importantes para mí” y sobre “qué tareas son realmente importantes para ese proyecto”. De la productividad que se esconde tras el dicho “nada hay más improductivo que hacer de forma eficiente lo que no merece la pena ser hecho”. De la productividad que David Allen en su GTD sitúa “a 40.000-50.000 pies de altura”.

Y da vértigo porque, para empezar, mirar tu propia vida y tu actividad desde esa altura te obliga a plantearte preguntas muy serias, muy profundas. Preguntas que no estamos acostumbrados a hacernos, preguntas que desde luego no tienen una respuesta fácil. Preguntas que tienen, en definitiva, el potencial de hacernos cambiar de arriba abajo nuestra vida. Y eso da miedo, y como resultado muchas personas prefieren simplemente no hacerse esas preguntas y regresar a su nivel de seguridad, al de las listas de “to-dos” controlables, “tachables”, en permanente crecimiento.

Pero incluso si desafiamos ese primer vértigo, después hay más. Porque cuando uno reflexiona sobre los proyectos y tareas importantes, aquellos proyectos que realmente merecen la pena y aquellas tareas que realmente hacen que esos proyectos avancen de forma significativa, se da cuenta de que normalmente son… difíciles. Y no tanto por complejidad “técnica”, sino porque nos obligan a salir de nuestra zona de confort, a exponernos, a arriesgarnos… y por lo tanto son enormemente incómodas de acometer. Y entonces preferimos demorarlas en el tiempo, meter entre medias muchas tareas intrascendentes pero más cómodas de abordar, que nosotros mismos nos encargamos de racionalizar. Tenemos “mucho lío”, y así no tenemos que enfrentarnos al vértigo de las tareas relevantes pero incómodas.

Y aun hay más. Porque si realmente definimos las Tareas Más Importantes que vamos a acometer cada día, y nos ponemos a ello con el foco adecuado, superando el miedo que nos provocan… comprobamos que somos capaces de resolverlas en poco tiempo. Lo cual nos enfrenta a otro vértigo: ¿qué hago con el resto del día? Todos decimos que “tenemos mucho que hacer”, que “si tuviera más tiempo”… pero cuando luego te enfrentas a esa disponibilidad de tiempo (que se lo digan a muchos jubilados; o a cualquiera muchos domingos por la tarde) te bloqueas, te ves sobrepasado. Y ante esa visión, mucha gente prefiere no ser tan productivo; así, evitas la pregunta.

Hay veces que uno oye hablar de productividad como si fueran meras técnicas para “hacer cosas rápido”. Y no es eso; al menos, no sólo eso. En el fondo la productividad bien entendida sirve, sobre todo, para enfrentarnos con nosotros mismos.

Seguramente son difíciles de hacer (y no tanto por complejidad “técnica”, sino porque nos obligan a salir de nuestra zona de confort y por lo tanto son enormemente incómodas de acometer)

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No me mandes emails

Hace no mucho, en un proyecto en el que estaba trabajando, me crucé en el pasillo con una de las personas de referencia dentro del proyecto. “Oye, tengo pendiente de recibir tu respuesta a varios emails de la semana pasada”.

“Ah… pues es posible. La verdad es que tengo tantos emails al cabo del día que, si te digo la verdad, la mitad de ellos ni los veo“.

Ah… “po fueno, po fale, po malegro“. Es decir, ¿qué le puedo decir? Si preparo un email y se lo mando a alguien… espero que se lo lea. Y espero que me responda. Porque normalmente, si escribo un email es porque necesito que lo lea y que lo responda. Pero no es ya lo que “yo necesito”, sino lo que “el proyecto necesita”… y el proyecto es suyo, no mío.

Desde mi punto de vista, el email es una herramienta fundamental en la gestión de cualquier proyecto; no la única, pero sí muy importante.

  • Me permite prepararlo cuando yo tengo tiempo, y a la vez a la otra persona “digerirlo” cuando él tiene tiempo. Esta asincronía me parece fundamental, y es algo que ni el teléfono ni las reuniones presenciales te permiten.
  • Puedo añadir todo el contexto necesario, incluyendo en su caso documentación, etc. Esto en una reunión es posible (pero no siempre hay tiempo para todo; además, cada persona involucrada tiene unos conocimientos/intereses/involucración diferentes… que puede aplicar en su lectura individual, pero no tanto en una comunicación en persona); por teléfono es todavía mucho más difícil.
  • Todo está escrito: es mucho más fácil hacer un seguimiento de las preguntas, las respuestas… que a la vez sirve de referencia para el futuro. Sí, de reuniones y conversaciones se pueden hacer actas… ¿pero quién las hace realmente?

Así que, si una de las partes renuncia a los emails como herramienta fiable de trabajo (ni siquiera sabes si lo va a leer o no), ¿qué hacer? ¿Convocar reuniones cada día y el de enmedio, para tratar temas sin preparación previa, encima cuando la agenda de todo el mundo es normalmente impracticable? ¿Asaltar por teléfono al interlocutor, en una suerte de “aquí te pillo, aquí te mato” indocumentado del que no queda registro? ¿Comunicarse a base de encuentros casuales en la máquina del café o en el pasillo de los baños?

Sí, es verdad que el email puede convertirse en un monstruo. Comunicaciones discrecionales enviadas a diestro y siniestro, copias indiscriminadas, envíos automáticos… aun así, francamente, creo que no es admisible la “renuncia al email”. Hay herramientas más que suficientes (filtros automáticos, etc.) que te permiten discriminar con bastante fiabilidad el correo entrante, separando “lo que tengo que atender seguro” de lo que “puedo dejar sin ver”. Francamente, creo que atender el email es una responsabilidad irrenunciable. Y si no puedes atender tu email correctamente, igual es que estás intentando abarcar más de lo que realmente puedes asumir; sea por lo que sea, estás dejando de hacer parte de tu trabajo y entorpeciendo encima el trabajo de los demás.

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Fideliza… ¿que algo queda?

Hace unos días me llegaba a casa una carta de mi compañía de seguros (la cansina del “soy, soy, soy”). Me informaban de su “Club” y me enviaban una tarjeta con “descuentos y ventajas”. A saber, veinte euros en una cadena de ópticas, un 7% en una cadena de electrodomésticos, 15% en clínica estética, 25% en unos trasteros… en fin, que apriori podrías pensar “vaya, qué interesante”.

¿Cuál es el partido real que le voy a sacar? Podría afirmar, sin riesgo de equivocarme mucho, que entre CERO y NADA.

No es ya que mi cartera tenga un espacio reducido para tarjetas variadas, que lo tiene. Es que mi atención está mucho más limitada. Francamente, bastantes cosas tengo en la cabeza a diario como para acordarme, el día que tengo que comprarme unas gafas, de que en alguno de los programas de (presunta) fidelización que tengo por ahí podría obtener un 10% de descuento. El día que necesito unas gafas, voy a la óptica, las compro, y punto pelota. Mucha casualidad tiene que ser para que vea algo que quiero/necesito y tenga en mente la existencia por ahí de un cupón descuento.

Iba a decir que envidio a las personas que son capaces de ir por la vida a base de cupones y tarjetas descuento, con un inventario perfectamente actualizado de dónde pueden hacer uso de todas esas ventajas. Pero creo que no. Es posible que al cabo del tiempo puedan ahorrar unos euros más que yo con su estrategia, pero creo que el coste (oculto) de actuar así es también notable y se suele pasar por alto. Qué de tiempo, y qué de atención, dedicada a esto.

Y para las empresas… francamente, si me quieres fidelizar, dame un buen servicio a un precio ajustado. Y déjate de zarandajas.

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¿Cuánto pagarías por trabajar menos?

Recuerdo la escena. Estábamos tomando unas cañas después del trabajo, celebrando la despedida de alguien del grupo. La conversación derivó a los horarios de trabajo que teníamos, y una compañera dijo “Yo pagaría por trabajar menos”. “Hazlo”, le respondí. “¡No se puede!”. “Mentira. Por supuesto que puedes. Otra cosa es que no quieras”.

Por supuesto que podía trabajar menos. Si no dentro de la misma empresa, en otra. Si no en el mismo sector, en otro. Si esa era su prioridad, era cuestión de ponerse a buscar la fórmula. El problema es que ese “trabajar menos” tenía un precio. A buen seguro medido en términos económicos: menor retribución, menos poder adquisitivo… ergo renuncias a determinados elementos de su estilo de vida. Y posiblemente también medido en términos de proyección profesional, o incluso en satisfacción intrínseca con su trabajo. En definitiva, si no trabajaba menos es porque consideraba que el precio a pagar era demasiado alto para lo que iba a obtener a cambio.

Poco tiempo después, yo mismo tomé decisiones en ese sentido. Dejé mi posición (renunciando con ello a un jugoso sueldo, y a determinada carrera profesional), buscando otra forma de vida. Y en ello estoy. El caso es que llegó un momento en el que lo que podía conseguir con el cambio se volvió lo suficientemente valioso para mí como para pagar el precio que me pedían.

Por cierto, lo último que supe de esta chica es que se casó, dejó el trabajo y se dedicó a “sus labores” de esposa y madre. Está claro que podía trabajar menos, si quería. Sólo era cuestión de desearlo lo suficiente como para aceptar la contrapartida.

Foto: 1suisse .ch

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Productividad de cortas miras

De un tiempo a esta parte vengo interesándome por eso que llaman la “productividad“; cómo ser más eficiente en tu gestión de “cosas que hacer” tanto en el ámbito profesional como el personal. Tengo cierta tendencia a la dispersión, y encontrar herramientas que me ayuden a contrarrestarla me viene indudablemente bien.

Sin embargo, hay una “corriente dogmática” entre los “gurús” de la productividad que no acabo de compartir. Me refiero a lo que tiene que ver con “no prestar atención ni dedicar tiempo a lo que no es importante”. Se supone que tú tienes unos objetivos, y unas “tareas más importantes” que realizar para completar tus objetivos. Lo que viene a decir esta corriente es que todo lo que no contribuya a eso, es una pérdida de tiempo. ¿Te entra una llamada? Salvo que sea de algo que estés esperando, no contestes. ¿Alguien ha dejado un mensaje en el contestador? Si no es para algo que necesitas, no devuelvas la llamada. ¿Tienes un email que te pide algo que no encaja con tus tareas importantes? Ignóralo. Si necesitas hablar o interactuar con alguien, ve al grano y no parlotees de temas insustanciales. No preguntes qué tal estás, ni te intereses por la familia, ni qué tal las vacaciones. Nada de trivialidades y banalidades. Y desde luego, no pierdas el tiempo en redes sociales en internet; facebook o twitter son herramientas diseñadas para hacerte perder el tiempo.

Me parece una visión egoista, miope y cortoplacista. Es verdad, si cortas todas esas “distracciones” es muy posible que seas capaz de abordar tus tareas de forma más “eficiente”. Me pongo mis orejeras, yo a lo mío, y lo demás como si no existiera. ¿Pero cuál es el resultado a medio plazo de esa estrategia? Para mí, hay dos efectos negativos bastante relevantes.

Por un lado, las relaciones personales. Creo que las “amistades”, o las relaciones de confianza, se construyen poco a poco a lo largo del tiempo. Muchas veces a base de comentar trivialidades, de escuchar desinteresadamente al otro, de conocer detalles intrascendentes de su vida, o de hacerse favores. Si simplemente nos dedicamos a ir “a lo nuestro”, sólo recurrimos a los demás cuando queremos que sirvan a nuestros intereses y tendemos a ignorarles el resto del tiempo… ¿qué imagen proyectamos a los demás? ¿qué relación de confianza puede surgir de ahí? Y ya no es una cuestión de pensar que cuando cuentas con una red sólida de relaciones personales tu vida es más rica… es que incluso visto de forma egoista, parece una buena estrategia. ¿Quién va a tener más ganas de ayudarte en el futuro? ¿Quién se va a tomar más molestias en hacer algo por ti cuando lo necesites?

Por otro lado, la permeabilidad al mundo exterior. Si nuestro mundo es nuestra “lista de tareas”, si nos cerramos a toda influencia exterior que no aporte de forma inmediata a las mismas… estaremos perdiendo un input relevante sobre cómo es el mundo que nos rodea, la gente que vive en él, tendencias… que puede que no sirvan para nada a corto plazo, pero no sabemos qué impacto puede tener a medio plazo, qué nuevos horizontes nos pueden descubrir, cómo pueden enriquecer nuestra propia visión del mundo o qué enfoques nuevos y creativos puede aportar a nuestros objetivos y tareas.

En definitiva, creo que es importante definir objetivos. Y trabajar en las tareas que nos permitan alcanzarlos. Y hacerlo de forma eficiente. Pero todo dentro de un orden. Porque si nos convertimos en unos obsesos de la productividad a corto plazo, estaremos poniéndonos zancadillas a nosotros mismos.

Foto: Paul Stevenson

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365 días

El otro día estuve viendo un episodio de “El Ala Oeste” (The West Wing), una de mis series favoritas. En concreto, el episodio 6×12 titulado “365 days”. Ojo, a partir de aquí empiezo a hablar de la serie: aunque trataré de ser lo menos explícito posible, si no la has visto y te fastidia que te den pistas sobre lo que pasa, puede que prefieras dejar de leer. Por la misma regla de tres, si has visto más que yo, ten cuidado con tus comentarios porque te puedo arrancar los ojos si me haces un spoiler :D

El caso es que la administración del Presidente Bartlet afronta el último año de su legislatura. Mientras todos los miembros del equipo presidencial están sumidos en el día a día, respondiendo a una y mil crisis, uno de los personajes (que por motivos que no vienen al caso ha estado apartado de ese día a día durante un tiempo) se dedica a repasar obsesivamente los discursos del estado de la nación y de investidura de todos los años precedentes. Y aprecia una notable diferencia respecto al del último año: han desaparecido los grandes retos, las grandes aspiraciones. El equipo presidencial está cansado, no tiene iniciativa, se limita a actuar de forma reactiva a las crisis que van surgiendo.

Entonces, les reune a todos para comentar este hecho, limitándose a escribir en su pizarra “365 días”. Es el tiempo que les queda en la Casa Blanca. “En un día aquí podemos resolver más cosas de las que podremos resolver en el resto de nuestra vida una vez salgamos; ¿qué vamos a hacer en estos 365 días?“.

Una nueva llamada hacia la reflexión acerca de lo importante frente a lo urgente, la necesidad de plantearse hacia dónde vas, y qué quieres conseguir.

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Dejar de leer la prensa generalista

Hace tiempo que le vengo dando vueltas a esta idea: eliminar la prensa generalista (llámese El Mundo, El País o El Confidencial, que son los tres que leo con más frecuencia) de mis lecturas diarias. Ocurre que, con cierta frecuencia a lo largo del día, me encuentro conectándome a cualquiera de ellos (o a todos en rotación) a ver “qué ha pasado en el mundo”. Y total… ¿para qué?

Esta idea está en total consonancia con la “dieta hipoinformativa” que mencionaba Tim Ferriss en su “Semana laboral de cuatro horas” (y de la que ya he hablado anteriormente). El razonamiento es sencillo: ¿suelo encontrar algo, en mis visitas a esos lugares, que me sirva de algún modo para avanzar en mis objetivos, sean profesionales o personales? La respuesta es, el 99% de las veces, un NO con mayúsculas. Y sin embargo, al cabo del día acabo dedicándole un buen puñado de minutos a ojear la portada, a leer esta noticia que me ha llamado la atención, o qué se yo.

Ejemplo de ahora mismo, noticias en la portada de El Mundo: discusiones sobre la posible prohibición de fumar en lugares públicos, Obama y el embargo a Cuba, Obama y el sistema financiero internacional, el partido de España en el Eurobasket, que Solbes deja el Congreso, que Evo Morales visita al Rey, un juicio a un asesino, traducción voz-lenguaje de signos, un asesinato en Estados Unidos, un niño de 7 años que atropella a una mujer, algo sobre Zelaya y Honduras… ¿veis a lo que me refiero? Ninguna de estas informaciones me va a permitir hacer mejor, o más rápido, ninguna de las cosas que tengo que hacer para progresar. Absolutamente ninguna.

“Hombre, es que tienes que saber en qué mundo vives“. Bueno, ésa es una cuestión discutible. En primer lugar, porque “el mundo en el que vivo” es infinitamente más amplio (e inabarcable) de lo que dicta un determinado medio con sus intereses editoriales. Así que leerles no supone “saber en qué mundo vivo”, sólo una serie de píldoras que alguien (atendiendo a sus intereses, no a los míos) considera relevantes y que muchas veces, con el tiempo, se demuestra que no lo eran (¿cuántos de los debates que más tinta han hecho correr quedan en el olvido unos pocos meses después?) cuando no se descubren como totalmente artificiales o falsos. Y segundo, porque “el mundo” que me interesa es precisamente el que me afecta de una forma más directa, es decir, el tiene algún impacto en la vida que llevo o sobre el que yo puedo actuar de alguna forma. Y resulta que las noticias de la prensa generalista no suelen cumplir ninguna de esas condiciones: ni alteran en nada “mi mundo”, ni puedo hacer nada al respecto.

Así que en ésas estoy. Igual un día pongo las direcciones de la prensa generalista en una lista negra para no acceder a ellas. Seguro que aprovecharé mucho mejor el tiempo.

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