Recopilando feedback: una experiencia práctica

Hace unas semanas, en un contexto que era una mezcla de “fin de año” y “fin de etapa”, me decidí a pedir feedback a la gente que trabaja conmigo. Como recordaréis los más habituales, estoy en un proyecto-etapa profesional que ya va para tres años. A estas alturas, aunque administrativamente sigo siendo “un externo”, me siento como uno más… pero entre que esa diferencia administrativa me deja fuera de algunos procesos de gestión (como sería el de evaluación-desarrollo), y que precisamente esto de la evaluación no lo tenemos demasiado institucionalizado… me decidí a “tomar la iniciativa” (una de las ventajas de seguir siendo “el externo”, que me siento con más libertad para “tirar por la calle de enmedio”).

Pedir feedback siempre da un poco de vértigo. Mientras nadie dice nada, y nos limitamos todos al día a día, te puedes fabricar tu propio personaje ideal (en el que básicamente eres estupendo y si tienes algún fallo es pequeñito y poco importante). En el momento en el que preguntas, te estás exponiendo a que te descubran cosas que igual te incomodan. Pero estoy convencido de que el feedback es el camino para mejorar, así que valor y al toro.

Estuve dando vueltas al enfoque. Tenía más o menos claro a quién preguntar: enfoque 360º, me interesa la opinión de mis “jefes”, pero también las de mi equipo, la de la gente con la que interactúo tanto de mi área como de otras áreas… cuantos más mejor. Se trata de saber sobre todo cosas que se pueden mejorar, y cuatro ojos ven mucho mejor (y desde muchos más puntos de vista) que dos. Procuré, eso sí, ceñirme a gente con la que tengo un cierto nivel de confianza (el suficiente como para que no les resultase extraño recibir la petición). Algo más de 30 personas.

Sobre el cómo preguntar, también tenía clara la necesidad del anonimato. Decir las cosas “a la cara” puede ser muy sano, pero no todo el mundo está preparado para hacerlo, no con todo el mundo hay la suficiente confianza, y puedes sesgar el feedback (te dicen lo “amable” y se guardan lo “duro”). Así que monté un cuestionario con Google Docs, y envié el enlace.

¿Y qué preguntar? Busqué algunos modelos de cuestionarios de evaluación. El problema, para mí, es que todos van a preguntas demasiado cerradas (“valore del 1 al 5 la comunicación, el liderazgo, etc…”), que para mucha gente puede ser ajena (“¿liderazgo? ¿a qué se refiere?”), y que en general queda un poco frío. Al final, estos informes tabulados vienen muy bien para grandes compañías, que necesitan agregar resultados, comparar un año con otro, un área con otra… y en fin, “industrializar” el proceso… y lo que yo necesitaba era más humano.

Así que hice me ceñí a aquello de “keep it simple”, y planteé tres preguntas: ¿Qué rasgos positivos destacarías de mí? ¿Qué cosas crees que debería cambiar? ¿Algo más?

Hubo quien me dijo que “buf, no voy a ponerme a escribir, ¿no hubiera sido mejor tipo test?”, pero en general la respuesta ha sido muy satisfactoria. Un 50% de los encuestados ha rellenado el formulario (incluyendo un par de personas que prefirieron una reunión cara a cara), con mucha información y mucha chicha (tanto de lo que gusta como de lo que no).

Me queda el “resquemor” de pensar en los que han preferido no aportar nada. ¿Por qué habrá sido? Obviamente han hecho uso de la libertad que les di, que de eso se trataba. Pero me hubiera gustado más. Más ojos, más opiniones. Pero insisto, creo que el 50% no está nada mal.

Y nada, ahora a procesar los inputs, reealmente enriquecedores. Y a trabajar sobre ellos.

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El espejo no es suficiente

De una entrevista a Toni Segarra, publicista y persona sensata a tenor de lo que dice…

Una cosa que me obsesiona es que en los espejos nunca nos vemos como somos, nos vemos como nos queremos ver: nos ponemos de perfil, metemos barriga… Te ves realmente como eres cuando este señor [señala a Alberto, el fotógrafo] te hace fotos. Un día alguien me hizo una foto cenital y, de repente, por primera vez, vi que era calvo, una superficie pelada de la que no era consciente. Evidentemente lo sabía, pero vivía con la idea de que tenía una pelusilla…

Si antes hablo de percepciones distorsionadas, antes me encuentro con esta referencia

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Críticas constructivas, Rapoport style

Leía el otro día una reseña de un libro de Daniel Dennet (“Intuition pumps and other tools for thinking”), y en ella hacía referencia a un método en cuatro pasos para hacer una crítica constructiva y no agresiva siguiendo los criterios de Anatol Rapoport.

Según Dennet, los pasos necesarios para hacer una crítica de forma satisfactoria serían:

  • Tratar de reformular la posición de la persona a la que vas a criticar de una forma tan clara, precisa y justa que esa persona diga “Exacto, gracias, yo no podría haberlo expresado mejor”
  • Identificar todos los puntos en los que estés de acuerdo con esa posición (especialmente si no son generalidades con las que cualquiera estaría de acuerdo)
  • Hacer mención a cualquier cosa que hayas aprendido de la persona cuyo argumento vas a criticar
  • Sólo entonces, puedes lanzar tu refutación o crítica al argumento

De esta forma, conseguimos que la persona a la que criticamos se muestre más receptiva a nuestra crítica, ya que previamente hemos demostrado que comprendemos su razonamiento (no estamos criticando desde el desconocimiento), que compartimos alguno de sus criterios (no estamos criticando desde la oposición frontal), incluso que nos ha servido para aprender o cambiar nuestra opinión (no estamos criticando desde la soberbia). No es un ataque, es una confrontación de ideas de alguien que nos ha demostrado que no es un enemigo.

Sin duda, una manera de endulzar la píldora de la crítica. Pero claro, esto nos exige también un esfuerzo… y posiblemente también sirva para modular nuestro “ímpetu” a la hora de criticar (algo que la gente vehemente, como yo, tendemos a no controlar…)

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Esto es lo que él cree que está pasando

“Esto es lo que él cree que está pasando… y esto es lo que realmente está pasando”

Este spot de televisión lo recordarán los más viejos del lugar (no en vano data ya de 1999). Corresponde a una campaña de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción. El video, en clave divertida, trataba de ilustrar la percepción distorsionada del mundo que se tiene cuando uno va bajo la influencia de las drogas.

El problema es que no hace falta drogarse para tener una percepción distorsionada del mundo. ¿Quién no conoce casos así? Expertos en “lo tengo todo bajo control”, “yo he actuado correctamente”, “a mí que me registren”, “yo no he cambiado, sois vosotros”, “mi hijo es el más guapo y el más listo”, “el profesor me tiene manía”, “no sé por qué engordo si yo como lo que cualquiera”, “mis compañeros me hacen el vacío”, “no entiendo por qué me echan la bronca”, “no recuerdo haber dicho eso”, “mi hijo no pega, es que le provocan”, “tampoco es para tanto, ha sido un fallito de nada”. Gente que, cuando dice estas cosas, provoca a su alrededor asombro, ojos en blanco, murmullos: “¿Pero de verdad no se da cuenta de la realidad?”. Y normalmente la respuesta es que no, que no se dan cuenta. Incluso cuando les muestras evidencias incuestionables, siempre te dirán que “no es lo que parece” o, en su defecto, encontrarán mil y una justificaciones (“bueno, sí, pero es que…”)

Unos más y otros menos, tenemos todos una capacidad asombrosa de autoengañarnos, de ignorar la evidencia, de justificarnos, de fabricar una realidad alternativa en la que nosotros lo hacemos todo bien, y si no lo hacemos bien es por culpa de otros.

¿Y cómo se lucha contra eso? Muy difícil. Muy difícil cuando se trata de hacer que otro “vea la realidad”, porque no hay más ciego que el que no quiere ver; y cuando cuestionas algo tan íntimo como la visión del mundo que alguien tiene, es más probable que reaccione “dándote una cornada” que aceptando lo que le dices.

Y casi imposible cuando se trata de uno mismo. Según escribo esto (que lo escribo, obviamente, pensando en otros… “porque eso a mí no me pasa”), intento pensar en la cantidad de cosas que yo creo que son de una forma y que en realidad son de otra. Intento pensar las cosas que hago o digo y que provocan ojos en blanco, caras de asombro y murmullos a mis espaldas diciendo “¿De verdad no se da cuenta?”. Trato de recordar las veces en las que alguien me ha intentado mostrar la realidad y lo he despreciado diciendo “bueno, no será para tanto”, “menuda gilipollez” o “a qué viene este ataque”.

Qué difícil es. Tanto hacer autoanálisis (que nos exige “salir de nosotros mismos” para vernos como nos vería alguien de afuera…), como aceptar las opiniones ajenas evitando nuestra tendencia natural a incorporar lo que nos gusta e ignorar lo que no.

Hay que trabajarlo mucho, pero probablemente sea una de las cosas más importantes para mejorar. Y supongo que darse cuenta es el primero de los pasos…

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¿Te acuerdas de aquel consultor?

Hace unos días, mientras comía con los compañeros/equipo del cliente (ahora mismo, como diría Facebook, “es complicado” saber qué soy), la conversación derivó a recordar algunos proyectos de consultoría a los que se habían visto sometidos en los últimos años. Recordaban (en tono no muy elogioso) alguno de ellos. Obviamente, como yo no había estado allí, permanecí en silencio. Y me puse a pensar…

¿Qué pasará en esa misma mesa cuando, quién sabe en qué momento del futuro, yo ya no esté vinculado a ese proyecto? ¿Cómo hablarán de mí, y de mi trabajo? ¿Me recordarán, siquiera? ¿Lo harán con cierto aprecio, o sin rastro de él? ¿Valorarán algún impacto positivo en la empresa, o me verán como uno de esos “charlatanes” que consiguió engañar a alguien para que le pagase unas facturas? De hecho, tampoco hace falta esperar a no estar… ¿qué pensarán hoy?

En realidad, en los siguientes días le estuve dando vueltas a este mismo razonamiento, pero aplicado a los proyectos en los que he trabajado en el pasado. Miré hacia atrás, intentando imaginarme comidas y conversaciones similares en todos esos clientes. ¿Saldré en alguna de ellas, o por el contrario no quedó nada de mí en ellos? Y en el caso de que la respuesta sea sí… ¿saldré bien parado yo? ¿saldrá bien parado mi trabajo, mi actitud profesional, mi trato personal? Asusta pensar que, después de 14 años que van a cumplirse dando tumbos por ahí, nadie se acuerde de ti ni de tus proyectos… pero si así fuera, es que algo no hiciste bien.

Es cierto, uno no puede estar todo el rato en plan “intenso”, dándole vueltas a estas cosas. Tienes que hacer las cosas lo mejor posible, de la forma más honesta que puedas. Al final, hay una parte de “lo que otros piensan de ti” que está fuera de tu control. Pero aun así, tener en mente el “impacto” o la “huella” que dejas, tanto a nivel profesional como personal, creo que puede ser una buena brújula para el comportamiento diario.

PD.- Hablo de “consultor” porque es lo que aplica a mi experiencia personal… pero en realidad el razonamiento puede ser 100% aplicable a cualquiera. Todos nos relacionamos a diario con gente, tanto dentro de nuestra empresa como fuera de ella, a nivel personal y a nivel profesional. Todos podemos dejar huella, positiva o negativa, más fuerte o más ligera.

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Si yo fuera…

¿Cuántas veces no haremos este razonamiento a lo largo del día? “Si yo fuera el jefe de mi departamento, haría A, B, o C”. “Si yo fuera el CEO, lo enfocaría de esta manera”. “Si yo fuera el Presidente del Gobierno, lo que haría es…”. “Si yo fuera el seleccionador nacional de fútbol, apostaría por…”. “Si yo fuera el padre de ese hijo…”

Nos pasamos el día elucubrando (además, con una seguridad pasmosa) sobre lo que haríamos si fuéramos algo que no somos. El problema es que no somos esa otra persona, no tenemos esa otra responsabilidad, no tenemos todos los datos. Es muy fácil ver los toros desde la barrera.

Quien más y quien menos ha vivido la experiencia de criticar algo desde fuera, para luego vivir esa misma experiencia desde dentro. Por ejemplo, cuando eres “el hijo” piensas muchas cosas sobre cómo te comportarías tú siendo padre… y luego acabas siendo tú el padre y piensas “ah, coño, no era tan fácil”. O cuando eres el becario y tienes muchas opiniones sobre “cómo se debería tratar a los becarios”, y años más tarde eres el que se encarga precisamente de coordinarlos. O cuando eres el que se queja porque fulanito no te responde un mail, y luego eres tú el que tiene que gestionar decenas de ellos al día y alguno se te escapa. Etc. Resulta curioso, en estas situaciones, comparar “qué es lo que yo pensaba desde fuera” con “qué es lo que pienso una vez vivida la experiencia”. Normalmente, si somos sinceros con nosotros mismos, nos tocaría comernos la mayor parte de nuestras palabras. Sí, a veces podemos hacer las cosas mejor, pero en muchas ocasiones hay factores que desde el desconocimiento no habíamos considerado, y acabamos incurriendo en comportamientos parecidos a los que criticábamos; y tenemos que concluir que a lo mejor ése a quien tan alegremente criticábamos no era tan incapaz, tan torpe, tan malintencionado. Como se suele decir, “al que juzgue mi camino, le presto mis zapatos”.

Si cuando hemos vivido esas situaciones desde los dos lados sacamos esa conclusión, eso debería llevarnos a ser un poco más cautos cuando enjuiciemos la labor de otro. No hace falta vivir el proceso completo (critico desde fuera, experimento en primera persona, me vuelvo más comprensivo) para extrapolar el razonamiento. A cualquier crítica que nos venga a la cabeza deberíamos ponerle una cierta sordina, porque es muy probable que haya cuestiones que no hayamos ponderado adecuadamente, y habría que vernos a nosotros en esa misma situación. Empatía, dicen que se llama… aunque es más fácil decirlo que hacerlo; así de egocéntricos solemos ser.

Y curiosamente, mientras dedicamos tanto tiempo a pensar en “lo que yo haría si fuera…”, reflexionamos muy poco sobre “lo que tenemos que hacer siendo quien somos”, y con las responsabilidades que tenemos. ¿Lo hacemos realmente lo mejor que podemos? ¿Tenemos capacidad de autocrítica? ¿Sabríamos encajar los mismos juicios que nosotros hacemos alegremente sobre otros? ¿O tendemos a ver la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el propio?

No está mal la crítica constructiva; pero siempre desde la prudencia, no desde la soberbia del “yo lo haría mejor con los ojos cerrados”. Y puestos a criticar, empecemos por nosotros mismos.

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Dicen de mí…

Hace unos días me decidí a llevar a cabo un experimento al que llevaba un tiempo dándole vueltas: preguntar en twitter cómo me ven desde fuera.

¿Por qué? El origen de la idea venía de una reciente reflexión que me hacía sobre “qué poner en la bío de twitter” (el párrafo introductorio con el que se supone que te “defines a ti mismo”). Es un ejercicio que siempre me ha costado trabajo; ¿qué destacar de uno mismo? ¿Uno es como se percibe, o como le perciben los demás? Y teniendo en cuenta que esa “bio” sirve como banderín de enganche para los que llegan a uno por primera vez sepan qué se van a encontrar… ¿por qué no darles directamente la información de lo que otros como ellos ven?

Así que pregunté.

Ojo, soy plenamente consciente del sesgo que tiene esta encuesta. Para empezar, está respondida por los que me siguen en twitter, es decir, aquéllos que voluntariamente le dieron un día al botón de “seguir” y que, pasados los meses o los años, siguen ahí. Los que alguna vez llegaron a leerme y pensaron que era aburrido, irrelevante, cargante o directamente un imbécil (que seguro que los ha habido) no estaban ahí para dar esa opinión. De hecho, recibí unas 50 respuestas (¡gracias!), que viene a ser un 2% de mis followers… que probablemente serán los más afines, los que más cercanía sientan conmigo (al menos, yo es a quien me molestaría en responder una pregunta así). O sea, que las respuestas tienen, irremediablemente, cierto sesgo “amable”. Aun así, es curiosa la sensación de ver qué rasgos de uno mismo llaman la atención de los demás, cómo te etiquetan, qué cosas destacan por encima de las demás.

A continuación, la lista de resultados:

  • sensato
  • Estratega
  • cercano
  • coherente
  • Anticorriente
  • vehemente
  • Mordaz
  • interesante
  • Es joven en inquietud pero viejo y cascarrabias en algunas actitudes. Interesante y desconcertante a la vez, un mix raruno pero buena persona. ;)
  • coherente
  • Depueblo
  • Sobrio
  • Buscando
  • Sentido común
  • Ecléctico
  • Formal
  • constante
  • suficiente
  • Multidisciplinar, directo y eficiente
  • prudente
  • prudente
  • buena persona, campechano y con sentido común
  • interesante
  • Instructivo
  • honesto
  • análisis
  • Cabal
  • Acido
  • Sincero
  • buscador de respuestas
  • Siempre con una segunda mirada. Una antítesis muchas veces, que siempre merece leer.
  • Franqueza.
  • Reposado.
  • sincero
  • Management humanista
  • Una persona de principios sólidos, y muy reflexiva
  • Profesional
  • ideas claras
  • analítico
  • No se corta.
  • Central
  • Brutalmente honesto
  • Tolerante
  • directo
  • responsable
  • confiable
  • Un hombre tranquilo
  • Intenta ser siempre objetivo
  • malabarista
  • Scrooge

La verdad es que me gusta el resultado. Me gusta que la persona que otros ven se parezca bastante a la persona que creo ser; que, a través de lo que digo (en este caso en twitter, pero también en el blog) soy capaz de “dejarme ver”.

Y me gusta también haber sido capaz de dar el salto de “preguntar a otros”; incluso con la “red de seguridad” que supone el sesgo que antes mencionaba, hay un punto de “incomodidad” en dar el micrófono a otros para que te digan (anónimamante, como es el caso) cómo te ven, de “tensión” por saber qué piensan de ti, incluso de miedo a cómo les parecerá el mero hecho de preguntarles.

En definitiva, un ejercicio muy satisfactorio. Gracias de nuevo a los que habéis participado, de verdad.

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El francotirador

Hace un tiempo, lancé una crítica en twitter (por cierto, soy @rahego para quien no me tenga ubicado). No recuerdo bien hasta qué punto sería una crítica más o menos velada (imagino más lo primero que lo segundo, teniendo en cuenta mi natural aversión al conflicto), pero sí la recuerdo como certera, de meter el dedo en la llaga. El caso es que al rato una persona, también a través de twitter, dijo algo así como “qué fácil es hacer de francotirador”. No sé hasta qué punto lo dijo por mi comentario anterior, o fue pura casualidad. Pero el caso es que me hizo pensar.

Una crítica al estilo “francotirador” es como ver los toros desde la barrera. En ese sentido, es una crítica ventajista. Que además, en muchos casos, no tiene en cuenta el contexto sino que va directo a donde duele. Y al ignorar el contexto se arriesga a resultar injusta, ya que juzgar algo en términos absolutos suele serlo.

Sin embargo, creo que no por ello debe uno jugar al avestruz cuando recibe este tipo de críticas. Con su punto de ventajismo, o de injusticia, la crítica del francotirador (si está fundamentada) pone el foco en cosas que uno puede mejorar. Y por lo tanto, son un activo que tenemos que hacer jugar a nuestro favor.

Recibir una crítica (hacia uno mismo, hacia un proyecto en el que está involucrado, etc.) nunca es fácil. Por mucha “piel de elefante” que quieras tener, duele (desde luego, duele mucho más que las palmaditas en la espalda). Y más cuando uno se ha dejado los cuernos, ha luchado contra cientos de elementos en contra o se ha visto limitado por condicionantes externos… y llega el “listo” de turno a sacarnos faltas. Pero lo malo de estar expuesto a la opinión de terceros es que no puedes controlar esas críticas, y siempre van a existir. Así que las opciones son ponernos las anteojeras para no ver esas críticas, tomárnoslas como una afrenta personal, o tratar de valorarlas de la forma más aséptica posible, gestionando el factor emocional y extrayendo las lecciones que nos puedan ser útiles para el futuro.

Foto: Brian Bennett

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Pedir feedback: el camino para mejorar

Hace unas semanas di una charla y encontré por ahí algo de feedback positivo y espontáneo. Lo cual siempre es muy agradecido (¿a quién no le gusta que le digan cosas buenas de sí mismo?), pero tiene el inconveniente de que no ayuda a mejorar. Y siempre se puede mejorar. Oí contar una vez que los indios navajos identifican la perfección con la muerte, porque una vez alcanzada la perfección no hay estímulo para mejorar (o algo así).

Así que, sin duda, la crítica constructiva es mucho más enriquecedora que los parabienes, aunque más incómoda de escuchar. Lo que pasa es que no siempre la encuentras de forma espontánea. Así que, aprovechando la presencia entre el público de aquella charla de una persona a la que respeto mucho y cuyas opiniones valoro, le pedí que hiciera exactamente eso, una crítica constructiva, un repaso de cosas que desde su punto de vista se podían mejorar en mi intervención.

Cuando hacía formación en habilidades directivas, uno de los recursos que usábamos era la ventana de Johari, uno de cuyos cuadrantes es la denominada área ciega. Consiste en aquéllas cosas que ignoramos de nosotros mismos, pero que los demás sí conocen. Y la única forma de reducir ese área ciega (que, en la medida en que no disponemos todos de la misma información es una fuente de problemas de comunicación y de relación) es, precisamente, que los otros nos cuenten todas esas cosas para que así todos tengamos el mismo conocimiento. O sea, el feedback.

Pero recuerdo que uno de los detalles que mencionábamos era la importancia de que el feedback sea solicitado. Es decir, que tampoco es esencialmente positivo ir haciendo crítica a diestro y siniestro sin que nadie nos lo pida, a riesgo de que la persona aludida pueda tomárselo como una afrenta. Sin embargo, cuando somos capaces de pedir a los demás su opinión sobre nosotros y somos capaces de asumir lo que nos dicen (que probablemente nos cueste un poco), el feedback se convierte en una potente herramienta de crecimiento personal y profesional.

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Dale otra pensada, el feedback y el mastermind

Mastermind

¡Que levante la mano el que nunca se ha visto en esta situación! Preparas un trabajo; un informe, una presentación, un artículo… y se lo presentas a tu gerente o tu socio. Le echa un vistazo (posiblemente después de haberlo tenido varios días en su mesa), arruga el morro y te lo devuelve con un “no, no lo veo; dale una pensada” (“dale una pensada” puede ser sustituído por “dale otra vuelta”, “mira a ver si le das otro enfoque”, etc.). Y ya está. Te vuelves a tu sitio y piensas… “vale, ¿y ahora qué?”

Porque partimos de la base de que nuestro primer tiro lo hemos hecho con la mejor de las voluntades, poniendo todo de nuestra parte hasta conseguir algo que consideramos adecuado. Si la respuesta es simplemente un “no, dale otra vuelta”… es como si no nos dijeran nada. No tenemos pistas sobre qué es lo que está mal, qué sobra, qué falta, qué enfoque sería el más adecuado. En realidad, es peor que si no nos dijeran nada, porque encima vemos como lo que hemos hecho con nuestro mejor esfuerzo no vale, y nos encontramos sin referencias para volver a hacerlo. Llegamos a una situación en la que no podemos aplicar ningún recurso lógico a mejorar nuestro trabajo, lo que nos lleva a probar cosas al azar a ver si hay suerte.

Esta situación me recuerda al clásico juego del Mastermind. Ése en el que uno de los jugadores hace una combinación (de colores, de números, de letras…) secreta, y el otro tiene que acertarla a base de proponer combinaciones. La gracia del juego es que cuando se propone una combinación, hay un feedback constructivo por parte de la otra persona: has acertado con una en su posición correcta, con dos descolocadas, y con otras dos no has acertado. De esta forma, la siguiente propuesta tiene algunas guías para intentar acercarse a la solución correcta y, tras unas cuantas iteraciones y aplicando la lógica, es posible llegar a “adivinar” la combinación secreta.

La situación de “dale otra pensada” equivaldría a que, cuando el jugador propone una combinación, el otro le dijese simplemente “no, no es ésa”. Así, la siguiente combinación sería otra propuesta casi al azar, cambiando cosas por si suena la flauta. Si no hay respuestas más allá del “no, no es ésa”, acertar la combinación secreta se convierte en una mera cuestión de casualidad, además de perder en el camino infinidad de tiempo en intentos baldíos.

Un buen feedback es necesario para ayudar a quien trabaja “a ciegas” a conseguir el resultado que se espera de él. Afortunadamente, yo he tenido la suerte de haber trabajado con algunos jefes especialmente espectaculares en este sentido. No sólo te daban, de inicio, bastantes indicaciones de qué es lo que esperaban de tí. También, en cada iteración, dedicaban tiempo (y paciencia) a contarte qué cosas les parecían adecuadas, cuáles no, por dónde profundizar, por dónde matizar, qué recursos podías utilizar… Como resultado, el trabajo resultaba más eficiente (era capaz de llegar al resultado esperado en menos tiempo / iteraciones), en un proceso mucho menos frustrante, y yo podía aprender y consolidar mis criterios y por extensión, estar más afinado la siguiente vez. Lo único que se requería era una cierta dedicación por parte del jefe, dedicación que revertía con creces en términos de eficiencia posterior y de satisfacción personal.

Así que, jefes del mundo… borrad el “dale una pensada” o el “dale otra vuelta” de vuestros vocabularios. Cambiadlo por una crítica constructiva, por indicaciones lo más claras posibles que ayuden a visualizar lo que vosotros tenéis en mente. De verdad que no es una pérdida de tiempo, sino una inversión con un retorno muy notable.

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