Gastos desgravables

Al hilo del post anterior (donde hablábamos sobre la factura de un fin de semana en una casa rural), preguntaba Pau por una cuestión interesante respecto a qué consideramos un “gasto desgravable” o no.

Empezando por el principio: yo no me considero un adalid de la pureza fiscal, cometo mis pecadillos. Tampoco me considero un “defraudador” que intenta colar cualquier cosa para sacarle unos eurillos a la hucha común. Y me explico:

La normativa es bastante clara: gastos imputables a la actividad profesional se pueden desgravar, otros no. Pero claro, luego ese criterio se choca con la realidad. Por ejemplo, yo trabajo en un despacho habilitado en mi piso… pero no puedo (siguiendo recomendaciones de mi asesor) desgravarme una parte proporcional del alquiler. Yo trabajo intensivamente con internet, pero no puedo desgravarme las cuotas del teléfono y del ADSL porque, al ser una línea ubicada en mi domicilio… También, a lo largo de la actividad, incurres en algunos gastos de los que supone más problema tener facturas para acreditarlos (p.j. los dominios o el hosting que compras en Estados Unidos, los peajes de las autopistas, pequeñas compras de material de oficina, pequeños gastos tipo cafetería o parking, etc.), con lo que al final los acabas dejando pasar (y por lo tanto no los desgravas; a efectos de IRPF sí hay una partida de “gastos de difícil justificación”, pero a nivel IVA no).

En puridad, por tanto, hay gastos imputables a la actividad profesional que acabas no imputando. Así que, en compensación, acabas imputando algunos gastos que tienen más de personal que de profesional (un día que comes con unos amigos, el ordenador de casa, la gasolina que imputas al 100% aunque obviamente no siempre me desplazo por motivos profesionales, la factura del móvil aunque no es de uso 100% profesional… ).

Siempre procuro mantenerme dentro de lo razonable, tanto en cantidades como en “verosimilitud”. Es “creíble” que hayas tenido una comida de negocios (aunque tú sepas que eran unos amigos), es creíble que te desplaces por trabajo (aunque tú sepas que también estás metiendo desplazamientos personales), es creíble que tengas un móvil de uso profesional (aunque sepas que lo usas indistintamente), es creíble que necesites comprar un ordenador cada 2 años (aunque tú sepas que lo compras cada 4). A medida que un gasto se aleja de esos criterios, me siento más incómodo y no lo imputo.

¿Me considero en ese sentido un “defraudador”? Francamente, no. Facturo todos mis trabajos, pago religiosamente el IVA y el IRPF… Sí, alguna vez imputo algún gasto que, si viniese una inspección y se pusiese estricta y con ganas de buscarme las vueltas, tendría difícil justificación… y probablemente mis explicaciones de “también hay cosas que debería imputar pero no imputo” no servirían como excusa. Pero creo que siempre sería “el chocolate del loro”, y además lo entiendo más como “lo comido por lo servido”.

Seguro que hay quien opina que hay que ser más pulcro, y que mi razonamiento suena más a “justificación” que a otra cosa. Asumo esa crítica; si alguien busca la pulcritud extrema, yo no soy un ejemplo. La verdad es que no tendría inconveniente en ser más pulcro si esa pulcritud fuese en los dos sentidos, y si ser 100% pulcro no implicase un nivel de papeleo fuera de lo razonable… la verdad, creo que saldría ganando.

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La factura

Este último fin de semana lo hemos pasado en una casa rural. Bien, todo correcto. Llega la hora de pagar, y la mujer nos entrega un recibo. Yo andaba liado con las maletas y no me di cuenta: ¿y la factura? Bueno, no importa, se la pido por mail cuando llegue a casa. Así lo hago, indicándole los datos de facturación, y la mujer me envía escaneado… el mismo recibo (por supuesto, sin ningún dato). Ahí ya me mosqueé. Porque una cosa es que la mujer esté acostumbrada a no dar factura (y por lo tanto, a meterse todos los ingresos en el bolsillo sin declararlos ni en la renta ni en el IVA ver actualización al final del post), y otra es que cuando se la pidas expresamente te tome por tonto y pretenda que te quedes con el recibo.

Así que le respondí: “No te preocupes por la tardanza, que no corre prisa. Sin embargo, me has enviado el recibo, que es algo que ya tenía. Lo que te he pedido es la factura (con vuestros datos fiscales, el importe total que hemos pagado, el IVA desglosado, etc.), porque entiendo que el negocio de la casa rural está legalmente dado de alta (bien como persona jurídica, o bien facturando como autónomos), declaráis los impuestos correspondientes… y por lo tanto emitís facturas de los servicios que prestáis.”

Y ya, por fin, me ha mandado la factura. Y una queja “te mando la factura, pero tus preguntas tan suspicaces no han sido de mi agrado, no tenias más que haberme pedido todos los datos cuando estuviste en mi casa. Soy autónoma, tengo licencia fiscal, apertura de la casa por parte de todos los estamentos oficiales DGA, Ayuntamiento etc.”

Lo cual confirma mi teoría. Porque me había llegado a plantear que, quizás, la mujer se había puesto a alquilar la casa sin tener mucha idea, sin dar nada de alta, sin saber siquiera qué era una factura (y pensaba de buena fe que con el recibo cumplía), y de ahí que cuando yo le pedía la factura no sabía de qué le hablaba. No me cuadraba mucho (tampoco daba el perfil de “alelada”, y la casa estaba montada lo suficientemente bien como para pensar que estaba hecho “por lo legal”), pero era una opción. Pero si ya me dice que sí, que es autónoma y demás… entonces sabe perfectamente qué es una factura, sabe perfectamente que su obligación es facturar (edito porque esto es relativo… ver actualización al final del post)… y ha intentado escurrir el bulto. No sólo en primera instancia (en el momento del pago), sino (lo que más me ha mosqueado) después cuando expresamente le he pedido la factura.

De hecho, en una casa que lleva abierta dos años, a mí me ha dado la factura número 19 (y el libro de visitas tenía bastantes más anotaciones, por no ir más lejos). O sea, que facturará 1 de cada 10, y el resto se las lleva crudas (esto no es necesariamente así, ver actualización al final del post).

Entendedme bien; la cuestión del fraude fiscal no es realmente lo que me molesta (no es que esté a favor del fraude: pero habiendo gente que defrauda euros por miles y miles, no sería lógico tomarla con alguien así; y además, en mayor o menor medida… el que esté libre de pecado que tire la primera piedra). Si no te da la factura de buenas a primeras, pero en cuanto se la pides te la da sin problemas, pues pase. Pero que cuando se la pides te intente torear con el recibo escaneado, y que cuando le insistes se haga la ofendida por mis “preguntas tan suspicaces”…

Tal y como le he respondido: “La mejor forma de evitar suspicacias es hacer las cosas correctamente, y entregar la factura a todos los clientes cuando abandonan la casa; o en su defecto, entregarla a la primera cuando te la reclaman. Francamente, tampoco es de mi agrado tener que insistir para conseguir algo que debería ser automático.”

Actualización: la discusión en los comentarios me ha llevado a revisar la ley (Real Decreto 1496/2003, de 28 de noviembre, por el que se aprueba el Reglamento por el que se regulan las obligaciones de facturación) y efectivamente creo que estaba en parte equivocado. Si la señora está acogida al régimen simplificado del IVA y paga el IRPF en módulos (algo que no sé a ciencia cierta, pero que podría ser), no tiene obligación de emitir factura (ni documento sustitutivo) por defecto (o sea, que es correcto que no entregue factura de inicio); aunque sí está obligada si se lo pido. No cambia demasiado las cosas (yo me mosqueé en el momento en el que, tras pedirle la factura, me mandó un recibo; y eso es algo que está mal se mire por donde se mire, porque ni siquiera era un “tique” conforme describe la ley), pero algo sí.

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