Dibujar 100 días seguidos

Cayó en mis manos hace unas semanas este artículo, “10 things I learned by doodling for 100 days straight“. Una persona se propone (¡y consigue!) hacer un dibujito diario durante 100 días, y cuenta sus reflexiones a posteriori. Y además, enseña y comenta los 100 dibujos.

Estuve ojeando los dibujos. La inmensa mayoría me parecieron bastante “psé”, no me decían nada. Un puñado, que se podrían contar con los dedos de una mano, me gustaron de una forma instintiva.

Tres conclusiones:

  • Parece que aplica la llamada “ley de Sturgeon“: el 90% de todo es basura. Incluyendo el trabajo de uno mismo, por cierto.
  • Para poder descartar ese 90% de basura… tienes que generarlo. Es el valor de la persistencia, del que ya hemos hablado en alguna ocasión. Hay que intentar, intentar, intentar… y así, con suerte, podremos entresacar unas cuantas bazas ganadoras
  • Solo alcanzaremos resultados brillantes acompañados de un montón de mediocridad, y así es como debe de ser. Tenemos que acostumbrarnos a convivir con esa sensación, no podemos medirnos con el patrón del “éxito” y en consecuencia sentirnos mal y frustrados cada una de las veces que no lo logramos. Porque van a ser muchas.

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3000 euros por 8 horas

El hermano de un amigo es pintor. Bueno, en realidad su día a día lo ocupa siendo profesor de instituto, pero “es pintor”. Trabaja mucho el circuito de “Certámenes de pintura rápida”; durante prácticamente medio año dedica los fines de semana a ir de pueblo en pueblo, allí donde se organizan este tipo de concursos. Llegas, te sellan el lienzo, y a partir de ahí tienes 8 horas para crear un cuadro de principio a fin.

Es bueno. Gana con cierta frecuencia. Y los premios no son moco de pavo, algunos miles de euros para el vencedor.

“Jo, qué tío, ganarte 3.000 euros por 8 horas de trabajo”, le dicen a veces.

“En realidad son 3.000 euros por 8 horas y 20 años”, contesta él.

Porque esos cuadros no se crean en 8 horas. Técnicamente sí, hay un lienzo en blanco y 8 horas después hay un cuadro completado. Pero eso sólo es posible gracias a la infinidad de horas que ha dedicado a lo largo de los años a formarse, a practicar, a mejorar, a pulir su técnica y su estilo.

“Ocho horas, mis cojones”.

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Castillos de arena

Verano, “sol, arena y mar” que decía Luis Miguel. Confieso que la playa tiene para mí un efecto hipnótico. Será por aquello de ser de la Meseta, y ser contados los días que puedo disfrutar de ella. O por coincidir esos días en periodos de vacaciones, dados de por sí a la introspección.

Y allí estábamos, rodillas en la arena y palas en mano, excavando y amontonando, dando forma a unos castillos en la arena. Creatividad y trabajo compartido con los niños (benditos niños, que nos dan excusa para hacer determinadas cosas sin temor al “qué dirán”).

Terminamos el castillo. Los castillos, en realidad. Muy aparentes, un trabajo muy satisfactorio. Nos sentamos en la cercana toalla. Y niños ajenos que empiezan a revolotear; algunos para mirar con curiosidad e incluso admiración, pero otros con mirada aviesa. Joder, ¿por qué hay gente que es destructiva casi desde la cuna?. “Tchs, eh, ni se te ocurra”. El niño mira desafiante, pero recula. Bien, hemos salvado el castillo.

De momento. Porque no vamos a estar sentados en esta toalla para siempre. Más pronto que tarde llegará un niño (o un adulto, que los hay muy tontos también) y pisoteará nuestro trabajo, reduciéndolo a un montón de arena. Y en el mejor de los casos será cuestión de horas que suba la marea y las olas lo devuelvan a su estado original.

Mientras recogíamos y volvíamos al apartamento, me dio por pensar en todos los castillos que he construido a lo largo de todos estos años. Los de arena, y los otros; los proyectos, las herramientas, las webs, los documentos. En todos los “niños” que los amenazaban con mirada aviesa, sólo refrenados por mi presencia. ¿Cuánto tardaron en pisotearlos? En el mejor de los casos… ¿cuánto tardó la marea en subir y hacerlos desaparecer?

Puede parecer un pensamiento desolador, y en cierto sentido puede llegar a serlo. Pero quizás lo relevante de ese castillo no radique en su (imposible) permanencia, si no el disfrute que nos proporcionó mientras lo ideábamos y lo construíamos. Lo cual, también, puede ser una lección interesante de cara a abordar futuros castillos.

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Los cuentos del ganador

“Y ahora, recibamos con un gran aplauso a este hombre que no necesita presentación, ¡Fulanito!”. La sala aplaudió a rabiar, los ojos de los asistentes muy abiertos y las sonrisas en las caras, con la sensación de estar asistiendo a un momento mágico. Allí estaba él, Fulanito en carne y hueso, y en los siguientes minutos iba a compartir con ellos los secretos de su éxito.

Fulanito era un reconocido “business angel”. Hizo fortuna en la época de las “puntocom”, cuando una de las pequeñas startups que había ayudado a financiar fue vendida a una gran empresa, una de esas “brick&mortar” que en la época estaban como locas por subirse al carro de la novedad. Desde entonces, Fulanito había ascendido a los cielos del sector: decenas de planes de negocio llegaban a su mesa, era un invitado recurrente en los eventos del sector, y allí donde iba todo el mundo quería conocer dónde radicaba su magia. Y él compartía su conocimiento en forma de consejos: “haced como yo… tenéis que diversificar… tenéis que apostar por los equipos… tenéis que buscar proyectos rompedores… ”

Aquel día, su charla transcurrió por los derroteros habituales. Hasta que al final, durante el turno de preguntas, un hombre al fondo de la sala se levantó y dijo: “Verás, Fulanito. Hace unos años yo empecé a invertir en startups. Hice todo lo que has recomendado: invertí de forma diversificada, aposté por grandísimos equipos, había proyectos muy prometedores… pero ocurrió que ninguno de ellos dio el pelotazo… y la realidad es que perdí toda mi inversión… ¿qué hice mal?”.

Se hizo un silencio incómodo. Fulanito se escabulló con un “bueno, sin conocer el caso concreto no te podría decir, y esto es algo que ahora no podemos analizar… ¿siguiente pregunta?”. Un par de preguntas más, ronda final de aplausos y fin del evento.

Hay una narrativa habitualmente asociada al éxito que resulta muy peligrosa. Cogemos el ejemplo de un triunfador, y pretendemos extrapolar su experiencia. Estamos tan fascinados por la idea del éxito que nos agarramos a cualquier apariencia de método para emularlo. Y muchas veces son los propios triunfadores los que alimentan (con mayor o menor inocencia) esta dinámica: “yo comparto mi historia para que sirva de ejemplo”. Y así, nos parece que si hacemos A, B y C (como hicieron ellos), obtendremos el mismo resultado. Luego vienen la frustración.

Pocos triunfadores son capaces de evadirse de esta poderosa narrativa de control. Logré lo que logré a base de pasión, o de esfuerzo, o de conocimiento, o de sacrificio. Logré lo que logré porque hice lo que hice, y estoy en condiciones de darte lecciones. Pocos introducen en su relato del éxito la influencia de la suerte, o de las centenares de circunstancias sobre las que no tuvo ningún control y que de una u otra forma contribuyeron a llevarle donde está. ¿Qué hay, convendría preguntar, de todos aquellos que hicieron lo mismo que tú hiciste, que se esforzaron, se sacrificaron, se apasionaron, trabajaron… y no consiguieron los mismos resultados? ¿Será entonces que “el método” no es tal?

Dice Scott Adams en su libro “How to fail at almost everything and still win big” (un libro sorprendentemente interesante para venir, como él dice, “de un dibujante de un cómic”) que “la suerte puede ser manipulada”, que si bien no puede ser controlada al 100% sí que puedes tomar decisiones que aumenten tus probabilidades de éxito. Y estoy muy de acuerdo, pero esto implica dos cosas:

  • Que “el camino correcto” no nos lo tiene que marcar un ejemplo concreto, si no la estadística. Hace tiempo hablaba de cómo, para luchar contra la falacia de la excepción, es necesario analizar la realidad por encima de las anécdotas sin dejarse cegar por el brillo del triunfador y su falsa narrativa. Hay acciones y decisiones que tienen más probabilidades de resultar bien que otras, sí, pero no va a ser con uno o dos casos con los que podamos evaluar cuáles son esas probabilidades. Así que, cada vez que alguien nos venda un “método” o un “caso de éxito”… mejor tomárnoslo con un granito de sal.
  • Que incluso si identificamos ese “camino correcto” no podemos asegurar el éxito. Porque estamos hablando de probabilidades. Porque las correlaciones perfectas apenas existen. Porque habitamos un mundo complejo, en el que hay infinidad de factores que escapan a nuestro control y que afectan al resultado final. Así que actuemos, sí, pero siendo conscientes de que el resultado final no está tan en nuestras manos como a veces nos quieren vender. Si las cosas salen mal no es necesariamente porque lo hayas hecho mal; simplemente pasa.

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Primero crear, después editar

Cuando hace unas semanas estuve leyendo un poco sobre “narrar historias”, me encontré con que una de las recomendaciones fundamentales que se les da a los escritores es dividir su trabajo en dos fases claramente diferenciadas. Una primera de pura creación, dejando que las ideas fluyan a borbotones, desactivando en la medida de lo posible cualquier tipo de filtro que nuestra mente quiera imponer. Y después, una segunda fase de edición, mucho más analítica en la que se trata de ir refinando lo que has escrito. Son dos fases en las que entran en juego habilidades y focos radicalmente distintos. Y si no se les da a cada una su espacio, la mentalidad “editora” (analítica, detallista, práctica, consciente, censora) puede ahogar facilmente a la mentalidad “creadora”.

En realidad, es el mismo esquema que se suele plantear en ejercicios de creatividad como el brainstorming: la primera fase es de “lanzar ideas sin espacio para el análisis o la crítica”, y solo después de haber agotado ese primer impulso creativo se pasa a agrupar ideas, a analizarlas, a valorar su viabilidad, etc.

Hace poco leía un artículo que hablaba sobre “life design” y cómo, para tener un año extraordinario (o una vida, en realidad) había que aplicar un proceso similar al que mencionábamos antes. Es decir, que en un primer momento hay que plantearse “objetivos sin filtro”, sin pensar en si es más o menos factible o realista. Hay que soñar. Luego ya vendrá “el hombre del mazo” aplicando la realidad, ya afinaremos los detalles.

Las metas imposibles te exigen ser creativo, mirar más allá de tus nociones preconcebidas y de tus miedos. Te ponen en el terreno de “lo que de verdad me gustaría conseguir” y “lo que de verdad me gustaría ser”. Conectan con lo más íntimo de tus deseos, y ponen en tus ojos el brillo de la ilusión.

Si empiezas considerando tus restricciones (o, para ser más exactos, “lo que tú crees que son tus restricciones”; del tipo “para eso soy demasiado mayor”, “para eso yo no tengo talento”, “para eso hace falta dinero que no tengo”, “eso está bien para alguien sin familia, pero yo…”, “mucha gente lo ha intentado y no lo ha conseguido” y otro montón de pensamientos autolimitantes) lo único que vas a hacer es plantearte objetivos rutinarios, fruto de la inercia y carentes de todo poder motivador. Tus restricciones apriorísticas se convierten en muros que delimitan lo que te planteas hacer.

Pero si empiezas considerando lo deseable te estás marcando un camino. Las restricciones aparecen después pero no ya como “muro infranqueable”, sino como “obstáculos a superar”. Ya no son el límite de lo que puedes o no puedes hacer, sino lo que te separa de lo que quieres hacer. Ahora tienes una motivación, un deseo de alcanzar algo que está al otro lado. Puede que lo consigas o puede que no, pero al menos te planteas pelear por ello.

You see, when you set possible goals you get focused on logistics. You ask yourself what do I need to do to achieve this? But impossible goals ask you to do more than that. They require you to see beyond your normal methods and get creative. They ask you to consider the kind of person you’re going to have to become in order to create extraordinary results […] The goals they came up with were scary big, but the goals they set actually didn’t matter. What mattered was the look I saw in their eyes when they talked about these impossible goals. They each had a look of wonder and excitement, the kind of look you normally only see with little kids on Christmas morning.

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Si hubiera leído la letra pequeña

El otro día, durante una sobremesa con antiguos compañeros, hablábamos de algunas de nuestras experiencias profesionales/vitales. En concreto la conversación se nos fue por parejas que habían experimentado una fase de “yo me voy a trabajar a otro país, tú te quedas en casa al cargo de la familia… es una buena oportunidad… yo vendré cada fin de semana, cada quince días como mucho… serán solo unos meses… luego ya todo volverá a la normalidad”.

Se trata de una situación que varios de los presentes habían vivido, y todos coincidían en que las cosas parecen mucho más fáciles cuando se toma la decisión de lo que luego realmente son. “Está claro que cuando tomas una decisión así es porque piensas que es buena a grandes rasgos, pero luego cuando te lees la letra pequeña…”

Ojalá todo fuera cuestión de “letra pequeña”. Porque la letra pequeña puede ser un coñazo de leer, pero está ahí cuando te ponen los papeles delante para que las firmes, y ya es cuestión tuya leértela o no. El problema con las decisiones en la vida real es que en la gran mayoría de los casos ni siquiera existe esa letra pequeña. Gran parte de las cosas, buenas y malas, que determinan el buen o mal resultado de una decisión se van descubriendo por el camino. “Ah, si lo hubiera sabido…” Ya, pero no había forma de saberlo.

Hace meses (joder meses… tres años y pico ya) leí el libro “Stumbling on happiness”, que me resultó muy interesante. Y su gran conclusión iba por este camino: tenemos muy poco control sobre nuestra felicidad futura. Primero porque nuestra capacidad para saber qué va a pasar en el futuro es limitada (la realidad siempre es mucho más sorprendente que nuestros planes), y segundo (y esto da para pensar mucho) porque no sabemos cómo nos va a afectar eso que suceda. Lo que pensábamos que nos iba a dar tanto miedo luego resulta que no es para tanto, y lo que pensábamos que nos iba a dar una gran satisfacción en realidad nos deja vacíos.

Por lo tanto, no es un tema de letra pequeña. No es que tengamos toda la información a nuestra disposición y seamos más o menos hábiles tomando las decisiones. Es que la vida es así.

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Kutxi Romero, un tipo afortunado

“Soy un tipo con mucha suerte, muchísima… recuerdo todo bien. ¿Sabes por qué? Porque yo nunca he tenido ambición. No había meta. Entonces, cada pequeño triunfo, éxito… yo solo quería cantar mis canciones, y eso el primer día que haces tu primera canción ya lo has conseguido. Por eso soy un triunfador. Un perdedor es el que tiene ínfulas, tiene ansia… y fracasa. Yo, como no tenía ninguna expectativa, ni tengo, pues todo… nunca he esperado nada, o sea que guay, venían las cosas y las cosas como iban viniendo pues no pasa nada, y si pasa se le saluda”

Gustándome el rock, nunca he sido especial fan de Marea. Sin embargo ayer, por un cúmulo de casualidades internáuticas, acabé escuchando una entrevista a su cantante Kutxi Romero. Un tipo interesante, con un discurso y un estilo de vida sencillo y con los pies muy pegados a la tierra que disfruta y valora cada pequeña o gran cosa que le sucede.

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A (casi) nadie le importa

A casi nadie le importa lo que escribes en tu blog, por muy bueno que tú creas que es lo que escribes. A casi nadie le importa lo que pones en tu twitter. A casi nadie le importan las fotos que haces, los relatos que escribes, los dibujos que pintas, la música que escuchas, las canciones que compones, los videos que cuelgas en youtube. A casi nadie le importa los sitios donde vas de copas, las comidas que te gustan, el lugar donde has ido de vacaciones. A casi nadie le importan los libros que lees, ni las series que sigues, ni las pelis que has visto, ni tu opinión sobre ellas. A casi nadie le importa que hayas escrito un artículo en quién sabe qué revista sectorial, o que hayas publicado un libro, o que hayas dado una conferencia. A casi nadie le importan tus planes y tus proyectos.

Y sin embargo, cada día son más los vehículos que tenemos para “hacer público” y compartir cualquiera de esas cosas. Y con mecanismos de retroalimentación, encima. Followers, likes, visitas, comentarios… que nos hacen mantener una vana expectativa de que efectivamente “le importa” a alguien. Pero desengañate, como he dicho antes incluso cuando tus métricas están bien, lo cierto es que a casi nadie le importa.

Si vas a hacer algo, hazlo porque te apetece. Escribe tus relatos, pinta, haz fotos, expón tus teorías… porque te gusta a ti, porque te sirve para entretenerte o para mejorar tus habilidades, porque te sirve para aprender, o para evadirte. Hazlo a tu ritmo, según te apetezca. No te dejes engañar, no tienes un “público” que esté esperando ansioso tus “pepitas de oro” y que se sentirá decepcionado si no lo haces. Realmente, si mañana dejases de hacerlo, si mañana dejas tu blog, o dejas de colgar fotos, o dejas de actualizar el Facebook, o abandonas twitter, o dejas de escribir libros, o… casi nadie se daría cuenta. La popularidad es una mentira; lo es incluso para esas “grandes estrellas” (del cine, de la música, del deporte, de la literatura) que tienen su época de gloria (basada sobre todo en unos desmedidos esfuerzos de marketing realizados por las grandes compañías que deciden lucrarse a su costa) pero que después desaparecen sin que nadie nunca se vuelva a acordar de ellas. Así que imaginate para ti.

Haz las cosas porque sí, no porque esperes algo a cambio. Úsalas para conectar con la gente que te rodea. Regalale una foto bonita a tus padres, hazle a tu hija un dibujo personalizado, escribe un relato para leer en tu boda, compón una canción especial para tu aniversario. Disfruta de tu habilidad con tu entorno, con tu familia, con tus amigos, con tus compañeros… con todas esas personas que ya existen en tu vida.

Y aprovecha también, si surge, para conectar con ese pequeño número de personas a las que en un momento dado sí les pueda importar lo que haces. No van a ser muchas, pero puede que sea la excusa para descubrir a un puñado de personas afines que incorporar a tu vida.

Lo que haces le importa a muy poca gente. Disfrútalo con ellos, y olvida a los demás.

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Al éxito por el camino del fracaso

He estado leyendo recientemente el último libro de Scott Adams (creador de Dilbert). Se titula “How to fail at almost everything and still win big“. Se trata de un libro bastante flojo en general, todo sea dicho, pero que me ha dado para dos o tres reflexiones.

La primera tiene que ver con el fracaso. Qué palabra tan fea, qué de connotaciones negativas tiene. Fracaso, como contraposición al éxito, y por lo tanto, como algo a evitar como la peste. Y sin embargo, renegar del fracaso es un absurdo. Básicamente, porque todos fracasamos, hemos fracasado en el pasado, y vamos a seguir fracasando en el futuro. Nadie cuenta sus aventuras por éxitos arrolladores (aunque demasiadas veces nos guste aparentar que sí). A todos hay algunas cosas que nos salen bien, otras muchas regular, y otras muchas mal. Fracasar, por lo tanto, es inherente al “intentarlo”. E “intentarlo” (muchas veces, de muchas formas distintas, durante mucho tiempo) es imprescindible si quieres alcanzar algún éxito algún día.

La tesis que plantea Adams, y que resulta bastante evidente, es que de cada aventura fallida podemos sacar algo en claro. Cada vez que intentamos algo (incluso si fallamos) estamos poniendo en práctica nuestras habilidades, mejorándolas, puede que incluso desarrollando algunas nuevas. Estamos conociendo mundos diferentes, estableciendo relaciones valiosas. Estamos, en definitiva, creciendo. Y en ese proceso de crecimiento, estamos incrementando las probabilidades de que las cosas en el futuro nos salgan mejor. Cada fracaso, en ses sentido, nos acerca paradójicamente al éxito.

El fracaso es un subproducto inevitable de los procesos de aprendizaje y crecimiento. Nadie nace sabiendo. Dicen que lo que diferencia a un maestro y a un aprendiz es que el maestro ha fallado más veces de las que el aprendiz siquiera lo ha intentado. Detrás de cada éxito suele haber una ristra enorme de intentos fallidos, de probaturas, de idas y venidas, de alternativas que no salieron bien. El éxito nunca es una línea recta, aunque desde fuera tendamos a creer que sí.

Así pues, considerar el fracaso como “algo a evitar” sólo nos va a generar frustración, porque el fracaso es un hecho, va a suceder sí o sí. Asumamos su existencia, entendamos su carácter inevitable y paradójicamente necesario para el éxito. Aprendamos, ya que vamos a tener que convivir con él, a sacarle el máximo partido, a usar el fracaso de hoy como un peldaño que nos acerque al éxito de mañana.

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La frustración: de tolerarla a no sentirla

“Tolerancia a la frustración”. Un gran concepto que aprendí (el concepto, no su uso; con eso todavía peleo) hace ya muchos años. De hecho, en los albores de este blog, la califiqué como una de las habilidades esenciales del consultor.

Recientemente le vengo dando vueltas una vez más a la idea. Cuando me asaltan las dudas respecto a lo que estoy haciendo, cuando no veo claro que esté avanzando hacia un objetivo, cuando el empujar los proyectos me cansa… me frustro. Y cuando me dicen “no, tenemos que tener tolerancia a la frustración”, yo respondo que “yo tengo poco de eso”. Porque pienso con demasiada frecuencia que las cosas podrían ser de otra manera, que podrían funcionar mejor, más rápido, con más éxito…

Sin embargo, el otro día, comentando esta circunstancia, alguien me hizo verlo de otra forma. “No olvidemos que nuestro papel no es el de protagonistas; es el de catalizadores. Por supuesto que las cosas no van a salir como en los planes. Que las otras personas no van a reaccionar como nos gustaría. Pero es más, piensa que si lo hicieran, si todo fuese como planeábamos… la probabilidad de que saliese mal también es elevada, porque nosotros no somos perfectos, también nos equivocamos. La frustración es producto de una expectativa irreal… basta con ajustar la expectativa, y la frustración desaparece”.

Y llevo días rumiando. Es una visión muy “zen”, esa de no esperar nada, no juzgar… y simplemente aceptar. Eso no quita para que uno intente mover las cosas en la dirección que cree que deben ir, pero aceptando a la vez el resultado sea el que sea. Me hizo recordar este clásico dibujo del éxitosi uno cree que el éxito es una línea recta, es lógico que se frustre cuando las cosas no van como espera. Si uno sabe que el camino es tortuoso, lleno de cambios de dirección, de dudas, de pasos equivocados… y que sólo al final mirando atrás cabe calificar algo como “exitoso”… es más fácil relajarse, hacer las cosas lo mejor que uno puede y sabe, y aceptar con deportividad el resultado.

Y así, la tolerancia a la frustración deja de ser una habilidad necesaria… porque habremos conseguido que no aparezca.

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