Crisis migratorias y vasos comunicantes

Todavía recuerdo el dibujo hecho en la pizarra. El profe de física nos explicaba el principio de los vasos comunicantes, cómo si en dos recipientes comunicados se vertía un líquido, éste se distribuía en los recipientes hasta alcanzar la misma altura en ambos independientemente de su forma y también (y esto me maravillaba) de su volumen. Si los recipientes están convenientemente separados cada uno se comporta de forma autónoma, pero en el momento en el que se unen la presión del líquido se distribuye de forma homogénea hasta el punto en que (y aquí recurro a la wikipedia), “la presión hidrostática a una profundidad dada es siempre la misma”.

El concepto de los vasos comunicantes viene con frecuencia a mi cabeza cuando leo noticias y veo imágenes relacionadas con los movimientos migratorios. Estos días nos asaltan de forma explosivamente dramática (los naufragios en el Mediterráneo, las multitudes a las puertas de Macedonia, los cadáveres en un camión en Austria…), pero no dejan de ser parte de un fenómeno mucho más amplio que se desarrolla de forma continua y habitualmente lejos de las portadas de los medios de comunicación (y por lo tanto de nuestros ojos).

Vivimos en un mundo compartimentado. Recipientes poco y mal conectados. De los 7.000 millones de habitantes del mundo (*), unos 1.000 viven con unas condiciones de “ricos” (medido en términos de PIB per cápita están aproximadamente en $45.000), mientras que los 6.000 millones restantes viven en condiciones de “pobres” (la décima parte del PIB per cápita que los ricos, del orden de $4.500). Eso haciendo una separación muy gruesa (que tiene no poca dispersión dentro de cada grupo). En mi metáfora, esto son dos recipientes separados. Uno estrecho (el de los 1.000 millones de ricos) donde el líquido (la riqueza per cápita) llega muy arriba, y otro muy ancho (el de los 6.000 millones de pobres) donde el líquido cubre el fondo y poco más.

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Pero no, es ilusorio pensar que esos recipientes están efectivamente separados. A pesar de los controles fronterizos, las personas se mueven (tanto de forma legal como ilegal) entre países. Y no solo huyendo de guerras y persecuciones, sino simplemente buscando unas mejores condiciones de vida. Y así nos encontramos con miles de personas dispuestas a trabajar por una fracción de lo que pedimos nosotros (pero aun así, varias veces lo que conseguían en su país de origen a donde incluso son capaces de enviar fondos), “quitándonos nuestros trabajos” (odio esa expresión), “aprovechándose de nuestros servicios” (otra que tal), etc.

Y en realidad ni siquiera hace falta que se muevan: basta con que en sus países de origen empiecen a prosperar para que los flujos económicos empiecen a cambiar de signo. Si un país pobre empieza a montar fábricas y a producir más barato que los países ricos, gracias al mercado mundial (recordemos que la Tierra es plana) se incrementa su producción y disminuye la del país rico. Más trabajo y mejores condiciones de vida para el pobre (todavía a años luz de los ricos, pero más cerca que antes), empeoramiento en el país rico.

Claro, el segmento que comunica los dos recipientes no es muy ancho. Hay fronteras, hay “inmigrantes irregulares” a los que se expulsa, hay restricciones al comercio internacional, etc. Pero no hay una separación total (creo que es imposible que la haya… ni cuando se construyen muros físicos se consigue), así que lo lógico es que los acontecimientos sigan (despacito, pero de forma inexorable) su curso.Y que acabemos en una situación parecida a esta otra en la que los dos recipientes se han unido. El volumen total de líquido (la riqueza mundial) se reparte de forma homogénea entre los 7.000 millones de habitantes del mundo. Eso implica que los pobres mejoren su situación (pasando de 4.500$ hasta los 10.000$ de media mundial… parece poco, pero supone que 6.000 millones de personas dupliquen su riqueza), a costa los ricos, que verán como esa transferencia de riqueza a “los pobres” tiene un impacto brutal en su riqueza per cápita (de los 45.000$ a los 10.000$)

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Desde luego, las personas no son “líquidos”. La demografía no es “física”. Podemos esperar que el progreso haga que la riqueza mundial se expanda, que la tarta se haga más grande. Lo que queráis. Pero sea como sea, a mí me parece de cajón que en un mundo como en el que vivimos las cosas vayan tendiendo al equilibrio. No vivimos “crisis migratorias” (como quien tiene un resfriado que se cura) sino un proceso crónico, que a veces cursará de forma más silenciosa y que a veces tendrá estallidos de notoriedad. Y podemos esperar que ese equilibrio supondrá un impacto brutal para nosotros “los ricos” (… sí, porque si estás leyendo esto es muy probable que estés en este grupo). Ellos (“los pobres”) son muchos más, y quieren prosperar. Y nosotros somos menos, y tenemos lo que ellos quieren.

(*) Las cifras son aproximadas; no buscaba “exactitud” sino órdenes de magnitud



Esta no es mi concepción del trabajo

El otro día (nota: este post ha pasado meses en borrador… así que ese “otro día” es de hace mucho tiempo) iba escuchando la radio en el coche. Tertulia mañanera, sacaron el tema de la globalización. Y oí una argumentación que me dejó “picueto“.

En concreto, hablaban de los chinos. Que si los chinos vienen a España. Que con esa “filosofía del trabajo” que tienen, que trabajan desde por la mañana hasta por la noche, que empiezan a trabajar muy jóvenes y sólo dejan de trabajar cuando están muy mayores y han conseguido dinero para retirarse… y que encima, con esa “historia que nos hemos inventado” de que hay que competir… que a ver qué iba a pasar, que esa no era nuestra concepción del trabajo, y que no podía ser; que tenían que respetar nuestra cultura (????).

De verdad, alucinante. De sus palabras, se venía a deducir que a los chinos una de dos, o se comprometían a trabajar “a nuestro ritmo”, o que no vinieran a “competir” con nosotros.

Otro, ayer. Ganadero de ovejas. “Yo, si me dan un puesto en la Administración o algo, dejo las ovejas ahora mismo”. Otra, en un programa tipo Callejeros: “a mí que me den un piso o algo, que yo así no puedo vivir”.

¿Cuándo, como país, se nos ha ido tanto la pinza? ¿En qué momento surgió la idea generalizada, y se incrustó en nuestro ADN, de que teníamos derecho a tener la vida solucionada?

Comentando el tema en un grupo el otro día, decían “yo no sé, la verdad, hacia dónde va todo esto”. Pues yo tengo una ligera idea: a que se acabó lo que se daba. A que la ficción en la que hemos estado viviendo tanto tiempo, la ficción del “yo tengo derecho a…”, ha llegado a su fin. A que cada vez va a ser más evidente que cualquier cosa que queramos, como individuos y como sociedad, la vamos a tener que pelear por nuestros propios medios, porque no hay nadie capaz de garantizar que vayamos a conseguirlas “porque nos corresponde”.

En fin, yo a estas alturas ya voy estando cansado de pelear estos asuntos. El que quiera entender, que entienda. Y el que no, que siga pensando que “esta no es su concepción del trabajo” y pidiéndole a “alguien” que haga “algo”.



En una economía de robots, ¿qué pintas tú?

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Hace unas semanas leí un artículo que me tuvo pensando un buen rato. Habla del típico asunto incómodo pero que, como no parece muy inminente, nos permitimos ignorar. Afirma Marc Vidal que el futuro, gracias a la robotización de cada vez más sectores laborales, no creará empleo.

La tentación es decir “buah, qué exagerado es este señor”. Y sin embargo…

La creciente “maquinización” de la economía es un hecho. En realidad, lo lleva siendo muchos años. Cada vez que alguien ha desarrollado un método para sustituir la “fuerza bruta” se ha producido un impacto en las personas. El trabajo que hacían 100 personas ahora lo hacen 10 y mañana lo hará 1, y probablemente a tiempo parcial. Y todo ello de forma más rápida, más fiable, más productiva y sin todos los problemas derivados de la gestión de personas. Pasa en el sector primario, pasa en el sector industrial y pasa en el sector servicios. Cada vez afecta a más ámbitos.

Desde mi punto de vista, se trata de un proceso inevitable. Hay un incentivo económico claro. Somos los compradores los que decidimos. Cada euro que gastamos es un voto por el mundo que queremos. Si un empresario puede utilizar robots, y de esta forma mejorar su producto (más barato, más fiable) podrá ponerlo en el mercado de forma más fácil y encima con un mayor margen. Y a la mayoría de los consumidores nos da igual… si es más barato, se compra más barato. Nos ha dado igual cuando eso significaba que los productos se hagan en China en vez de en el pueblo de al lado. Nos dará igual cuando los productos y servicios los provean las máquinas y no los humanos (¿acaso te preocupan los despidos en el sector bancario mientras operas cómodamente en tu banca online?).

Lo que asusta es pensar en las consecuencias. Un porcentaje cada vez mayor de la población excluido del proceso productivo. No haces falta en el campo, no haces falta en las fábricas. Ni siquiera podrás estar de camarero. En el mejor de los casos, si cobras un sueldo miserable, el empresario puede retrasar la decisión de robotizar. Pero cada día la balanza se irá inclinando más hacia el lado de las máquinas, y llegará un día en el que simplemente no resulte económicamente razonable tener personas trabajando. Ya no hablamos, como a finales del XIX y principios del XX, de una discusión sobre el reparto de las plusvalías entre “el capital” y “el obrero”. Es que ahora estará claro que todas las plusvalías son del capital y de sus robots.

¿Y entonces qué? ¿Cómo se estructura una sociedad en la que cada vez hay más personas que ni tienen trabajo ni posibilidad de tenerlo? ¿Cómo van a evolucionar los distintos grupos sociales, los pocos que tienen robots vs los muchos que no tienen trabajo? ¿Dónde están los límites del Estado como redistribuidor de rentas o garante del “bienestar”? ¿Qué mundo, en definitiva, es el que nos espera?

Mi anterior pregunta iba en genérico. Qué mundo “nos espera”…. pero… ¿qué mundo te espera a ti, o a tus hijos? ¿Cuál va a ser su papel en ese reparto? ¿Tu trabajo, el sector en el que desarrollas tu actividad… puede verse afectado? ¿Cómo educamos a nuestros hijos para que estén preparados para lo que se avecina?

Demasiadas preguntas. Y como decía al principio, una visión demasiado incómoda.



Atados por una casa

El otro día veía, en una de mis cada vez menos habituales sesiones de zapping, uno de esos “reportajes de actualidad” que reflejaban la realidad económica de éste nuestro país. Uno de los protagonistas era un pueblo del sur, antaño con una economía bastante dinámica basada en la industria del hormigón… y ahora, tras el derrumbe de la construcción, completamente parado. Las imágenes eran reveladoras (las cámaras se daban una vuelta a media mañana, y allí estaban por doquier grupos de personas “en edad de trabajar” echando la mañana en los parques, en los rincones, a las puertas de las casas… “sin oficio ni beneficio”), igual que los testimonios; personas que en su día habían ganado un buen sueldo que ahora se veían abocados a vivir de las pensiones de sus padres jubilados, propietarios de negocios constatando la debacle y expresando su angustia al ver que a la cosa no se le veía el fondo…

Pero una de las cosas que más me hizo pensar fue la actitud. Como de “a ver si se arreglan las cosas para el pueblo; antes cuando al pueblo le iba bien a mí me iba bien, y ahora que al pueblo le va mal, pues a mí me va mal”. Y yo me preguntaba… ¿y no habéis pensado en iros del pueblo en busca de otros aires? ¿Por qué vincular tu suerte a la de esa tierra? Por supuesto que habrá quien lo haya hecho, pero la sensación era que esas personas que echaban la mañana en las calles no tenían esa mentalidad…

O a lo mejor, teniéndola, no podían. Porque aparte de las ataduras emocionales (que creo que forman gran parte de la resistencia a la movilidad geográfica, algo curioso en un país tan emigrante como lo ha sido éste tanto al exterior como entre distintas zonas), también hay ataduras económicas. Y me refiero a todas esas personas que, en su afán de “yo mi vivienda la compro”, invirtieron la mayor parte de su patrimonio (si no todo; o incluso más que todo, hipoteca incluida) en una casita en el pueblo, habiéndose unas cuentas de la lechera (“aquí me quedo para toda la vida” o “en el peor de los casos, la vendo y todavía le gano dinero”) que como en el cuento se fueron por los suelos. Y en el momento en que necesitan flexibilidad, algo de liquidez para “empezar de nuevo” en otro lugar, se encuentran con que no tienen ni una cosa ni la otra.

Cuando hace unos años mi familia y yo abandonamos Madrid y nos instalamos en Aranda, optamos por el alquiler. Con el paso del tiempo, valoro más la enorme suerte que tuvimos al vender el piso de Madrid en el momento en el que lo hicimos. Y cada día estoy más convencido de lo correcto del paso a vivir alquilado. Curiosamente, si hoy tuviera que reescribir ese post, matizaría aún más las razones por las que es bueno vivir de alquiler. Porque en aquel entonces, lo veía como una decisión más táctica (“como no sabemos si lo de Aranda nos va a ir bien, no vamos a pillarnos los dedos”), y ahora elevaría el rango de la cuestión a estratégico.

Porque el hecho es que 6 años después seguimos en Aranda, y muy bien. La fase de adaptación/conocimiento concluyó, estamos encantados, y podríamos decir que “acertamos con el movimiento”. Por lo tanto, superada esa fase, podríamos plantearnos (ahora sí) comprar. Y sin embargo, cada vez que oteo un poco el horizonte, pienso… “¿y quién te dice a ti que dentro de 5, o 10, o 15 años no tienes la necesidad, o la apetencia, de irte a otro sitio? ¿En España, o al otro lado del mundo?”. Por supuesto, es un pensamiento que a casi nadie le gusta, porque la mayoría de nosotros tenemos una tendencia a la estabilidad (sí, vale, hay aventureros por el mundo, pero…), y nos gusta creer que vamos a poder desarrollar nuestra vida tranquilamente en un entorno conocido/controlado. Pero si lo pensamos racionalmente, hay no pocas probabilidades de que eso no pase. Así que, siendo así, tengo claro que es mejor estar en una situación de flexibilidad y agilidad, algo que te permita de un día para otro “levantar el campamento” con unos mínimos costes de arrastre, y con el grueso de tu patrimonio (mucho o poco) a tu disposición para acompañarte y no atado a unos bienes “inmobiliarios” (que el nombre no le viene de casualidad) que puedes tener dificultades para “movilizar”.

Como toda decisión que uno toma respecto a “lo que puede pasar en el futuro”, asumes riesgo. A lo mejor la vida me depara grandes dosis de estabilidad, y toda esa flexibilidad no me vale para nada, y renuncio al placer de “tener mi propia casa” por nada. A lo mejor, los precios de la vivienda tienen una evolución que la convierten en la mejor inversión imaginable, y mi decisión de “vivir de alquiler” me priva de una revalorización patrimonial propia del Tío Gilito.

O a lo mejor acierto.

PD.- Curiosamente, esta misma semana veía uno de esos programas que enseñan casas de la gente. Y pensaba “cómo mola tener tu propia casa y poderla ir poniendo a tu gusto con el paso de los años; y yo, de alquiler, siempre con la sensación de estar de paso…”. Dos caras de una misma moneda.



Ciudadanos y Administración, concurso de irresponsables

El tema “de moda” en España son los desahucios. Sí, digo “moda”, porque desahucios los hay a miles desde hace muchos años y nunca ha sido objeto de la atención mediática-política como en estas últimas semanas, lo cual me lleva a sospechar que alguna razón habrá para que ahora pase a primer plano.

Desahucios. Bancos que echan a la gente de su casa… en cumplimiento de un contrato que esa misma gente firmó en su día para conseguir que ese malvado banco les diese un crédito (recordemos: banco te presta dinero, para que se lo devuelvas a lo largo del tiempo con unos intereses; si no lo devuelves…) con el que adquirir una vivienda. Y ahí tenemos a muchos enarbolando las banderas de que “los bancos son terribles” y que la “pobre gente” está “indefensa”. Que debería intervenir la Administración para frenar el “abuso” y la “estafa”.

En el fondo, lo que están diciendo es “como la gente es incapaz de tomar decisiones razonables por sí misma, como somos medio imbéciles, que venga alguien a tutelarnos”. Un pensamiento demasiado extendido, y que a mí me resulta insultante. “No confío en que usted sepa ahorrar para cuando sea viejito, así que ya le quitamos parte de sus ingresos ahora para darle una pensión”. “No confío en que usted sepa ahorrar en tiempos de bonanza para cuando vengan mal dadas, así que le quito sus ingresos para dárselos en forma de prestación después”. “No confío en su buena fe, así que le quito el dinero de sus ingresos para redistribuirselo a otros”. Añadamos ahora el “no confío en que usted sepa lo que firma cuando pide un préstamo hipotecario a 30 años, ni en que haya tenido en cuenta todas las visicitudes que pueden producirse en ese periodo, así que que alguien intervenga”.

Lo peor es que cada día nos encontramos con comportamientos que demuestran que, efectivamente, “la gente” es bastante incapaz de tomar decisiones sensatas. Así pues, parece que la idea de la Administración intervencionista se justifica… si no fuera porque también se demuestra cada día que la Administración es ineficiente (¿cuántos euros se pierden para alimentar su mera existencia?), y bastante torpe en la toma de decisiones. Y eso sin mencionar, claro, corrupciones, mangoneos y arbitriariedades al servicio de otros poderes. Que en conjunto transforman una idea “buena” (aunque a mí me sigue resultando insultante que me consideren incapaz) en una idea lamentable.

Así pues, nos enfrentamos a un dilema. ¿Dejamos que los ciudadanos, en el libre ejercicio de su voluntad, tomen sus decisiones y apechuguen con sus consecuencias? ¿O en la medida en que creemos que son incapaces, hacemos que los tutele una Administración que se demuestra igualmente incapaz?

¿Es peor la sartén, o el fuego? ¿Hay alguna alternativa?

PD.- Imagino que habrá decenas de tratados políticos al respecto, con unos que dicen una cosa y otros la contraria… o sea, que estamos en las mismas.



Vivir de la petanca, y otras aspiraciones

Hace unos días me cruzaba con una referencia a esta noticia de 2010 donde se informaba del campeonato juvenil de petanca logrado por un joven local. La noticia la encabeza un titular, probablemente extraído a mala baba, y que compone la escena graciosa: “Volveré a estudiar; de la petanca no se puede vivir“. “Jajajá, qué pringao, pensaba que podía vivir de la petanca…” es la reflexión que convierte esta noticia en un “meme”.

Y hombre, en parte lo es. ¡Qué ingenuo, el chaval, si llegó a pensar alguna vez que podría hacer de la petanca una forma de ganarse la vida!

Pero… cambiemos “la petanca” por otras frases. ¿Quién no ha oído a gente quejarse amargamente de que “de la música no se puede vivir”? ¿O de que “la industria del cine se muere, y eso son miles de familias”? O “yo soy artista, alguien tiene que crear en esta sociedad”. O la de “yo he estudiado dos carreras y un master, y no me dan trabajo”. O la de “yo estudié Historia del Arte y ahora tengo que trabajar en telemarketing”. O…

Ya no es tan gracioso. Habrá muchos que piensen “claro, pero es que éstos tienen razón”. ¿Ah, sí? ¿Por qué estos tienen razón, y el de la petanca no?

A veces parece que hay gente que cree que, por determinadas circunstancias (desde “ser artista” a “seguir mi vocación”, pasando por “haber estudiado” o “tener años de experiencia”), la vida y la sociedad “les deben” un trabajo, unos ingresos, una forma de ganarse la vida. Que en cierto modo es “su derecho”, y que protestan airadamente cuando se encuentran con que eso no se cumple. Y a mí, francamente, me hace gracia. Porque no es verdad. Nadie nos debe nada, no tenemos ningún derecho adquirido (*). Igual que los hombres de las cavernas tenían que mover el culo si querían comer, en nuestra sociedad tenemos que hacer lo mismo. Cada uno es muy libre de escoger el camino que quiera, de tener las aficiones que guste, pero no puede perder de vista que si quiere comer tendrá que realizar alguna actividad de valor añadido (“valor añadido” entendido desde el punto de vista de “alguien está dispuesto a pagar por ello”, no de lo que uno piense de sí mismo). Y así, mientras viva.

Así que la reflexión del chaval de la petanca tiene más miga de la que parece. La idea de “ganarse la vida” sigue siendo fundamental. Y uno no tiene la vida ganada porque sí, y tampoco tiene derecho a ganársela como él decida. Hay caminos que te lo permiten, y caminos que no. Y uno tendrá que elegir entre los primeros. Y el resto, sea jugar a la petanca o cualquier otra cosa… para tus ratos libres.

(*) y perdonadme que me ría por adelantado si alguien menciona algo parecido a que “la Constitución nos garantiza blah, blah”. La Constitución es un papel que unos señores escribieron un día sentados en torno a una mesa. Pusieron lo que pusieron, o podrían haber garantizado “unicornios para todos”; y eso no lo haría más real ni más factible. Una bonita declaración de intenciones, un objetivo deseable… pero un brindis al sol al fin y al cabo.



Dónde está el dinero que falta; yo tengo una parte

Mientras unos dicen que son galgos, y otros dicen que son podencos, lo cierto es que Europa ha accedido a prestarnos 100.000.000.000 de euros para “recapitalizar el sector bancario”. Lo que viene siendo “tapar unos agujeritos”, dinero que se ha evaporado.

Mira que yo “he estudiado”, y se supone que debería entender algo todo este desbarajuste, pero he de confesar que hay cosas que se me escapan. Hasta donde yo entiendo, el origen del agujero patrimonial (fundamentalmente en las Cajas de Ahorros) vienen de un montón de préstamos que estas entidades dieron a particulares y empresas, garantizados con activos inmobiliarios. Cuando particulares y empresas se vieron desbordados por la ralentización de la economía, no pudieron hacer frente a sus deudas y en consecuencia las entidades ejecutaron las garantías. Ahora, en vez de los X millones en deudas no cobradas, tienen un montón de activos inmobiliarios… que resulta que gracias a la “burbuja”, no valen tanto como en su día se dijo. El dinero desapareció.

¿Y dónde está? ¿Cómo puede ser que haya “desaparecido”? Efectivamente, no ha desaparecido. Simplemente se ha diluído. Y yo, he de confesar, tengo parte de ese dinero.

En noviembre de 2002, compramos un piso. Pequeñito, dos habitaciones justitas. Pagamos por él 216.000 euros, financiados íntegramente (de hecho, al 110%… “para los gastos”) por una hipoteca a 30 años (+ doble aval) suscrita con una Caja de Ahorros. Por aquel entonces parecía una barbaridad (dos jóvenes profesionales con unos sueldos majetes, y ya tenías que hipotecarte a esos niveles por un piso más bien pequeño), pero visto lo que vino después…

Cuatro años y poco después, ya con un hijo, decidimos abandonar Madrid y poner el piso a la venta. Pasadas unas semanas, encontramos comprador. Un chavalito de Málaga, ayudado por sus padres. El precio, 312.500 euros. Es decir, en apenas 4 años, el piso se había “revalorizado” (pongo las comillas; porque se incrementó su precio, ¿pero su valor?) un 44,5%. Sonaba raro, ¿verdad? El mismo piso que cuatro años antes nos había supuesto un esfuerzo importante a una pareja… ¿ahora casi un 50% más caro, y sostenido por una única persona? Pero encontró una entidad financiera que aceptó el trato. Probablemente una hipoteca a 40 o a 50 años, yo qué sé.

Imagino que aquel chaval sigue pagando su hipoteca. O quizás tuvo que vender el piso, probablemente a un precio inferior al que nos lo compró. O quizás no pudo con la deuda y le entregó el piso a su entidad. El hecho es que nosotros nos llevamos un buen puñado de euros “de la nada” (¿qué aportación productiva habíamos hecho?), y lo que viniera detrás… ya no era asunto nuestro.

Aunque claro, ese “nosotros” es inexacto. Porque en ese botín “metieron mano” unos cuantos. Participó nuestra entidad financiera, que durante 4 años y pico llevó a sus cuentas de resultados los intereses que nos cobró. Participaron notarios y registradores, que se embolsaron sus tasas en cada operación. Participó el Ayuntamiento, cobrando las plusvalías municipales. Y la Hacienda Pública, llevándose su parte por el incremento de renta. Si hubiera habido agencia inmobiliaria de por medio (no fue el caso), también se hubiera llevado lo suyo.

Mi caso, unido al caso de muchos otros más, explica “dónde está el dinero”. La burbuja inmobiliaria era un juego en el que parecía que todo el mundo ganaba, y que así iba a ser para siempre. Sin embargo, el tiempo demostró que no era así. Algunos tuvimos suerte, y salimos del casino con beneficio porque (aun sin intención ninguna de especular) compramos y vendimos en buenos momentos (sin duda hubo muchos que se llevaron mucho más; simplemente habiendo comprado 3 años antes). Otros hicieron de esta ruleta una forma de inversión plenamente consciente (“compro un apartamento sobre plano en cualquier PAU, y en un año lo vendo y le saco…”; “montamos una pequeña promotora, hacemos una miniurbanización, y nos forramos…”). Y mientras tanto algunos “cómplices necesarios” ganaban en cada operación. El caso es que a algunos les salió bien, y eso me incluye. No hemos robado a nadie, no hemos estafado; simplemente la suerte nos sonrió mientras que a otros… no. Son esos los que ahora se ven con activos con un precio de mercado menor que el que tienen contabilizado (“el agujero”), o con deudas que ni entregando el activo inmobiliario pueden subsanar.

¿Y de quién es la culpa? De todos y de nadie. Esta situación no se hubiera producido sin cientos de miles de personas tomando decisiones de comprar y vender, aceptando precios y condiciones. Yo no hubiera vendido si no hubiese encontrado un comprador. Ni me hubiera hipotecado si no hubiese encontrado una entidad financiera que aceptase el trato. Es verdad que las entidades financieras podían haber controlado mejor el riesgo que asumían, es fácil decirlo ahora… pero si una entidad financiera hubiese “restringido el crédito” se hubiese quedado fuera del mercado, porque los compradores querían hipotecas al 100%, y al 110%, y a 30, 40 o 50 años, aunque las cuotas supusiesen el 50% de los ingresos mensuales de la familia. Y si no se las dabas tú… a tres metros tenían otra entidad que sí, y que se llevaba la hipoteca, los seguros, las cuentas, las tarjetas, y los beneficios aparejados (también los riesgos, sí; pero entonces eso del riesgo parecía tan etéreo… tanto para las entidades como para los particulares). Seguramente “el regulador” debería haber actuado con más contundencia, poniendo límites en aras del bien común. Pero es que “el regulador” y sus jefes políticos (primero los unos, y luego los otros; aquí no se salva nadie) también estaban encantados con la situación: ¿qué Gobierno desprecia un montón de dinero entrando en sus arcas, tanto a nivel estatal como local? ¿quién renuncia a sacar pecho de una “economía en crecimiento”, basada en la ilusión de riqueza que la burbuja proporcionaba a los ciudadanos? “Sí, la burbuja se tendrá que deshinchar algún día… pero confiemos en que sea un aterrizaje suave y a ser posible cuando haya terminado nuestra legislatura”.

Entre todos la matamos, y ella sola se murió. Es verdad que en la pirámide de responsabilidades hay a quien cabría exigirles más que a otros. Pero lo cierto es que cada uno a nuestro nivel contribuímos a esta situación. Ni unos ni otros quisimos ver lo ilógico que era todo, y los riesgos que estábamos asumiendo. Y de esta estapa algunos han salido más escaldados que otros. Yo doy gracias de haber tenido la mezcla de suerte y sensatez (cuando vendí no me puse muy “especialito” con el precio; y después en vez de comprar decidí vivir de alquiler por si acaso…) que tuve.

Pero soy consciente de que mi suerte se debe al desarrollo de un círculo vicioso que, a nivel colectivo, se ha demostrado terrible. Lo cual, he de confesar, me genera una sensación un tanto incómoda.

PD.- De bonus, esta semblanza sobre “la burbuja de los tulipanes” que hice en El Blog Salmón hace “sólo” 7 años. Cambiemos tulipanes por inmuebles, Holanda por España… y listo.



España, ¿qué puedo hacer por ti?

Veo a España mal. Muy mal, en muchos sentidos. No pienso sólo en una determinada situación económica, que sin duda es mala ahora como lleva siendo mala ya varios años. Y sin visos de solución, porque los problemas son y han sido siempre estructurales y nadie se atreve a meterles mano, a definir un proyecto de país. Pero la situación económica es, en el fondo, un síntoma. Síntoma de un sistema que no funciona, de instituciones que han perdido la confianza de los ciudadanos. Políticos de uno y otro signo que demuestran, cada vez que tienen oportunidad, una indigencia moral e intelectual alucinante. Gobierno y oposición, sean del color que sean, provocan vergüenza ajena. Los medios de comunicación (o de manipulación) conchabados con el poder político y económico para adormecer a la gente. Una justicia lenta, cara, moldeable según los intereses. Unos sindicatos ridículos. Y así todos.

Pero el problema no sólo está en “ellos”. También de un colectivo ciudadano, en una sociedad civil, que comparte al 100% de las responsabilidades y que es el sustrato de todo lo que sufrimos, aunque gustemos de mirar para otro lado (los malos siempre son “los otros”, los especuladores son “los otros”, los corruptos son “los otros”… ¿nosotros? Sin mácula, hombre, faltaba más). Veo muy poca autocrítica, muy poca reflexión… y a cambio mucha demagogia de todos los colores. Todo son derechos, obligaciones las justas. Y la sensación de que a los pocos (o muchos, da igual) que se toman la molestia de hacer análisis serios, reposados, ponderados… nadie (ni a nivel institucional, ni a nivel ciudadano) les hace ni puto caso.

Me entristece esta situación. Y no sé qué hacer. Yo también me sentí, hace un año, “indignado”. Compartía la sensación con muchos otros de que “esto no funciona”. Llegué a estar sentado en una plaza de mi pueblo, con gente variopinta, tratando de expresar ese hartazgo. Pero todo aquello se diluyó. Entre unos que quisieron aprovecharse del movimiento para capitalizarlo a su favor, otros que procuraron (y creo que lograron) desacreditarlo centrando los focos en los elementos más “llamativos” o pintorescos (los “violentos”, los “hippies”, los “radicales”…), la propia dificultad de encauzar ese sentimiento en algo más operativo… ¿qué queda del 15M? Personalmente, frustración. La sensación de que ahí había una energía por cambiar cosas que se ha perdido.

¿Qué hacer? ¿Qué puede hacer alguien como yo, y como tú? Las “protestas callejeras” tienen para mí un componente de “derecho al pataleo”, pero nada más; si sólo se quedan ahí no sirven de nada, pero darles continuidad productiva es muy difícil, y yo al menos no sé cómo hacerlo. La explosión violenta de algunos desde luego no aporta nada positivo. Otros se lo toman con humor, mucha ocurrencia y mucho ingenio… como meras vías de escape, pero de nuevo sin ningún efecto.

¿E intentarlo desde dentro del propio sistema? Afiliarse a un partido implica por definición acatar todos los procedimientos del “aparato”. El que se mueve no sale en la foto, así que la lógica consecuencia es que nada bueno puede salir de los propios partidos, que están diseñados para replicarse a sí mismos. ¿Hay espacio para movimientos ciudadanos “al margen de los partidos” (tipo agrupaciones vecinales que acaban constituyéndose en partidos locales, por ejemplo)? A veces pienso que sí, aunque soy tan crítico con la condición humana (y de los españoles especialmente) que tengo la sensación de que cualquier colectivo de este tipo tiende a “pudrirse” más pronto que tarde (no hay más que ver lo que nos cuesta ponernos de acuerdo en una comunidad de vecinos…)

La tentación es (y confieso que tiendo más a esto) “pasar de todo”. Ir “a lo mío”, preocuparme de mi actividad profesional, de mi familia y de “los míos”, procurar que “lo común” me roce lo menos posible… y el día que la cosa se ponga muy fea, coger un avión y buscarme la vida donde haga falta. Que le den por culo a España.

Pero me resisto. Se tiene que poder hacer algo.

Pero me angustia no saber qué, me angustia saber que este es un problema que no es de hoy sino que se remonta décadas y siglos atrás, me angustia pensar que gente mucho mejor que yo ha tenido la cabeza puesta en esto y no consiguió nada.

España, ¿qué puedo hacer por ti?



Mercado, ¿yo?

No por esperadas menos sorprendentes algunas reacciones a mi post de ayer sobre la contribución de las decisiones individuales a la formación de “el mercado”. “Demagogia”, “Superliberal”… en fin, lo típico.

Pero me llaman la atención los argumentos del tipo “yo no he sido”. “Cómo voy yo, con mi poco poder de compra, a tener ningún impacto… el que tiene impacto es el que mueve 1.000 millones”. Pues hombre, sí, comparado uno con otro está claro que uno tiene más impacto que otro.

La cuestión es que no medimos lo que hago “yo”. Medimos el impacto agregado de decenas, centenares, de miles de personas. Y entonces, amigo, la cosa cambia. ¿Te acuerdas de aquel videoclub que había en tu barrio y que cerró? Un día tu dejaste de ir porque preferías bajarte las pelis. “Bueno, pero no por mi culpa; total, ya ves tú el impacto que yo tenía en su cuenta de resultados, una o dos pelis al mes que sacaba”. ¿Y de aquel ultramarinos donde el simpático tendero nos vendía cualquier cosa, y que hace tiempo echó el cierre? Es verdad que tú un día dejaste de ir porque en el hipermercado aparcabas mejor, tenías de todo, y de precio más barato. Pero hombre, no cerró por ti, total sólo ibas de vez en cuando. ¿Te acuerdas de aquel pujante sector zapatero que había en España? No, el hecho de que una vez al año tú compres unos zapatos, y prefieras unos más baratos (que vienen de algún país oriental) tampoco influye en su declive. No es culpa tuya.
Entre todos la mataron, y ella sola se murió.

Y así. “Yo no he sido”. Po fale.

Y luego está otra cuestión. Y es que parece que hay gente a la que le cuesta entender que el comportamiento de “los mercados” (o sea, de esos malvados especuladores con miles de millones capaces de, con una decisión, tumbar a una empresa) es exactamente el mismo que el de cualquier individuo: buscar el máximo beneficio, la máxima utilidad obtenida a cambio de unos recursos. Si tú eres capaz de hacer malabares por ahorrarte unos euros en una compra online (y así obtener un mayor rendimiento por tu dinero), y te parece bueno, positivo, deseable… ¿por qué el hecho de que otros señores (con más dinero, sí) hagan lo mismo les califica de malvadísimos ogros, peligrosísimos especuladores, etc.? Ah, no, es que cuando lo haces tú no “tumbas” a nadie. Claro. Diluimos nuestra responsabilidad entre la de la masa informe (“total, lo que yo hago no impacta”) y así nos quedamos tan tranquilos. El especulador es el otro, nosotros sólo somos hábiles comprando.

Po fale otra vez.



Mercado eres tú

Me enervo. Cada vez que oigo eso de “los mercados acosan a España”, “estamos sometidos a la dictadura de los mercados”, “no vamos a pagar la crisis de los mercados”… me subo por las paredes. Se habla de “los mercados” como si fuese un ente ajeno, malvado, movido por oscuros intereses.

¿Pero qué es el mercado?

Mercado es cada vez que comparas los folletos del supermercado para comprar la leche más barata. Cada vez que sacas tu dinero de un banco para llevarlo a otro donde te dan una vajilla o un 0,1% más de rentabilidad. Cada vez que entras en un comparador de vuelos en internet. Cada vez que vas a “los chinos” a comprar lo que antes comprabas en la papelería o en la juguetería. Cada vez que buscas la gasolinera más barata de tu pueblo para ir a repostar. Cada vez que buscas un producto de electrónica en tiendas online, o lo compras directamente en dealextreme. Cada vez que compras un pescado en vez de otro “porque hoy está caro”. Cada vez que te apuntas a una oferta de internet. Cada vez que vas a varios bancos buscando las mejores condiciones para una hipoteca. Cada vez que comparas las tarifas de empresas de móviles. Cada vez que cambias tu seguro a otra compañía porque es más barato. Cada vez que pillas la oferta “3×2”, “la hora feliz”, “los niños viajan gratis”. Cada vez que buscas un trabajo en el que te paguen mejor. Cada vez que buscas en los anuncios de alquileres de piso y segmentas en el precio. Cada vez que no bajas el precio de tu vivienda en venta. Cada vez que…

Decenas de decisiones diarias en las que buscamos maximizar nuestra utilidad. Obtener el mayor valor a cambio de nuestro dinero. Si puedo comprar una barra de pan por 40 céntimos… ¿por qué voy a pagar 80 céntimos por la misma barra de pan? Mejor pagar 40, y los otros 40 los dedico a otra cosa. La suma de todas esas decisiones, las nuestras y las de todos los demás, es el mercado. No es nada ajeno a nosotros.

¿Qué es mercado?, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¿Qué es mercado? ¿Y tú me lo preguntas?
Mercado… eres tú.