Digerir la tragedia

Impresionado estoy, cómo no estarlo, por el accidente aéreo de Barajas.. Tragedia en estado puro. Y aquí estamos, una vez más, asistiendo al festival mediático organizado a su alrededor.

Siempre me sorprende la reacción de los medios (y de los que los consumimos) ante este tipo de situaciones. La repetición de las imágenes, los programas en directo que emiten horas y horas sin tener realmente nada que decir. Y las dos vías argumentales que siguen a continuación: la búsqueda de detalles que alumbren las causas/explicaciones, y las “historias humanas” que ponen cara a la tragedia.

Y mientras, los espectadores embobados, consumiendo ese refrito. Creo que se trata, simplemente, de una forma de digerir el hecho de que las tragedias existen. Buscamos causas que ayuden a tranquilizar nuestra conciencia (“es que el accidente sucedió por esto y por aquello”), a mantener nuestra “ilusión de control” (“a nosotros no nos pasará mientras no se den esas causas”) y a superar nuestro dolor identificándonos con el dolor de las víctimas (“pobrecitos, cómo sufren, qué tragedia… pero son ellos, no nosotros”).

Especialmente notable resulta ver cómo son las tragedias cercanas las que nos generan esta inquietud (“ese avión lo podría haber cogido yo, o mi familia”), mientras que otras más lejanas (los muertos de una guerra, los muertos de hambre, los muertos por catástrofes naturales en lejanos países) nos llegan con tanta sordina que no nos generan ni un mínimo estremecimiento.

Nos cuesta aceptar que las tragedias existen, y que no siempre tienen causas controlables. Que cualquier día nos la podemos encontrar nosotros de forma tan repentina e injusta, en forma de un accidente de tráfico, de un accidente de avión, de un infarto, de un cáncer, de una inundación, de un terremoto o de vaya usted a saber de qué otra forma.

Supongo que es un mecanismo de defensa como cualquier otro.