Manías de viejo

Dicen que, a medida que uno se va a haciendo mayor, sus manías van haciéndose más y más presentes. Que, llegado un momento, le resulta muy difícil salirse de sus rutinas y sus hábitos, que las cosas tienen que ser como él dice, y que todo lo demás “está mal”. Que le resulta difícil acostumbrarse a las formas de hacer de otros, y que está constantemente refunfuñando.

Y aquí estoy yo, camino de los 41. Aunque a decir verdad, yo ya de serie venía bastante maniático y egocéntrico, con tendencia a considerar “mi forma de ver las cosas” como “la forma correcta de ver las cosas” y con dificultad para adaptarme a los cambios de planes. Es muy comentada mi poca cintura para encajar las críticas, y mi proverbial capacidad para decir “NO” de entrada a a casi todo (aunque también me reconocen cierta ecuanimidad a la hora de reconsiderar mis posturas, pero siempre con un periodo de maduración).

Estos días he empezado a trabajar con gente nueva, y estoy notando cómo me cuesta adaptarme. Haciendo el ejercicio de reflexión, intentando ponerme en la posición del “observador externo”, me doy cuenta de mis propias rigideces. A veces resultaría hasta cómico observarlo, si no fuera porque soy yo mismo el que sufre las consecuencias, y el que tiene que hacer el esfuerzo porque sea de otra manera.

En esas estamos. Supongo que, como se suele decir, “el primer paso es darse cuenta”.

Contenido relacionado:

Continue Reading

El carácter no lineal del trabajo del conocimiento

Captura de pantalla 2017-03-08 a las 14.41.34

“En una tarde provechosa, puedes hacer el trabajo de una semana. Y luego tardar una semana para hacer el trabajo de una tarde”

Leía el otro día un artículo en el que se hablaba de “diseñadores”, pero en el que muchas de las reflexiones eran perfectamente extrapolables a otros ámbitos relacionados con los “trabajadores del conocimiento“.

Esta noción del trabajo “no lineal” resulta difícil de entender desde una perspectiva más industrial, de procesos. La “máquina de embutir carne” a la que se refiere la captura es un modelo que responde muy bien a determinados tipos de trabajo (*): recibes inputs, los procesas a un ritmo constante, y produces. Y si por lo que sea no eres capaz de trabajar a ese ritmo, ya encontraré a alguien suficientemente hábil (persona o robot) como para hacerlo. Recoger tomates, servir mesas, hacer cafés, empaquetar en una línea de producción, teclear en una máquina de escribir. Pim, pam, pim, pam.

Pero hay otras actividades donde este modelo simplemente no funciona. Y no es una cuestión de considerarse “mejor”, o “más listo”; simplemente el cerebro tiene sus mecanismos, sus formas de actuar. Que se pueden optimizar, sí, pero que en última instancia tienen una naturaleza en la forma en la que somos capaces de procesar y relacionar la información que no está sujeta a “ratios de productividad”.

Esta forma de producir no siempre es fácil de entender o de gestionar. La vida real tiene plazos, rentabilidades, compromisos varios, y es un dolor (para el “protagonista” el primero) dejar que el cerebro vaya trabajando a su ritmo con un margen de maniobra limitado para controlar su rendimiento. ¿Cuándo voy a tener esa idea brillante? ¿Cuándo van a encajar las piezas? ¿Cuándo voy a dar con la tecla? No lo sé. Espero que pronto, pero a lo mejor no. “Pues esto corre prisa”. Pues vale. “Pero cómo te va a llevar tanto tiempo”. Pues ya ves. “Lo que pasa es que estás ahí mirando las musarañas, tío vago”. Acabáramos; crees que esto es cuestión de “dedicación”, y en gran medida no lo es.

(*) Tengo mis reservas respecto a esta visión taylorista/deshumanizada del trabajo, en el sentido de que aunque “sea posible” no me parece “deseable”; pero ésa es otra historia.

Contenido relacionado:

Continue Reading

Esto es como un toro: el poder de las metáforas

Allá por los 90 teníamos en España un programa, “Las noticias del guiñol“; un noticiario protagonizado por muñecos a imagen y semejanza de personajes conocidos del mundo de la política y el famoseo. Muy divertidos e ingeniosos, con no poca mala leche. El caso es que allí se popularizó el guiñol del torero Jesulín de Ubrique y su habilidad para explicar cualquier cosa recurriendo al símil… “Bueno, esto es… es… como un toro“.

Me acordaba de Jesulín y su toro el otro día, leyendo a Tony Robbins sobre el poder de las metáforas, los símiles, las analogías.

El gran poder de las metáforas es que nos permite vincular algo nuevo a algo que ya conocemos. Transferimos las características de lo ya conocido a lo nuevo, y de esta forma somos capaces de comprenderlo de forma mucho más rápida, y de recordarlo mucho mejor. Se reduce así el tiempo y las dificultades de la aprehensión del nuevo conocimiento. Al fin y al cabo, así es como funciona nuestro cerebro: utilizando las referencias que ya tiene para anclar (con más o menos fortuna) las cosas nuevas a las que se va enfrentando. Las parábolas de la Biblia, los cuentos infantiles… todos encierran enseñanzas disfrazadas de “cosas conocidas” para hacerlas más digeribles.

Pero hay que tener cuidado. Y es que, al final, las metáforas son un atajo. Y rara vez las metáforas son perfectas, y son capaces de recoger todos los significados y matices de lo nuevo. Por lo tanto, al utilizar metáforas, estaremos perdiendo casi de forma inevitable un cierto nivel de detalle, de matiz, incluso de exactitud. Y aún más, una vez que en nuestro cerebro hemos asociado lo nuevo a esa metáfora, nos costará mucho alejarnos de ella si en algún momento nos damos cuenta de sus limitaciones; para bien o para mal actúa como un pegamento ultrafuerte, y en consecuencia nos costará mucho olvidar esa vinculación.

El otro día conversábamos en el blog de José Manuel Bolívar sobre esta circunstancia, ese compromiso que se asume al utilizar metáforas y asociación de conceptos nuevos a conceptos ya conocidos. Lo que ganas, y lo que pierdes, y en qué situaciones puede ser interesante recurrir a ellas de forma consciente, y en qué otras lo interesante es evitarlas también de forma consciente. ¿Quieres transmitir una idea de forma general, que sea fácilmente absorbida y recordada, aun a riesgo de no ser 100% exacto? Las metáforas son tus aliadas. ¿Quieres transmitir una idea con exactitud, con todos sus matices y particularidades, aunque cueste? Ten cuidado, porque las metáforas pueden convertirse en “fuego amigo”.

En todo caso, merece la pena dedicar tiempo a reflexionar sobre nuestro uso de las metáforas, muchas veces inconsciente, y el impacto que puede tener en cómo interpretamos la realidad.

Contenido relacionado:

Continue Reading

El rinconcito creativo

“Que será una mierda, pero es mi mierda”. Eso me decía hoy un amiguete que me contaba, orgulloso, sus avances en un curso que estaba haciendo. Nada directamente relacionado con su trabajo, solo algo que se había puesto a hacer por puro placer, buscando tiempo de donde no lo hay (niñas pequeñas, exigencia profesional… lote completo) para dar algo de salida a la necesidad de hacer “algo estimulante”.

Me sentí muy identificado. Yo también he estado, y estoy, ahí. Tienes tus responsabilidades profesionales. Tienes tus responsabilidades familiares y domésticas. Todo el día de acá para allá. ¿No hay nada más? También hay ocio, sí: ver una serie, o salir un día a alternar un poco, o hacer algo de actividad física. Pero, al menos yo, también agradezco alguna actividad… creativa. Algo en lo que tengas la sensación de avanzar, de aprender, de construir, de “hacer por el mero placer de hacer”, sin presión.

Qué gusto da cuando encuentras una actividad así. En mi caso tuve una época de hacer fotos. Luego he pasado por épocas de dibujo/ilustración. Alguna vez he toqueteado algo de música. Algo de programación. Origami. ¿Y el resultado? Pues posiblemente será una mierda… pero oye, son mis mierdas, y me siento muy orgulloso de ellas. Y, sobre todo, disfruto del proceso, que es una sensación fantástica. Una experiencia de aprendizaje orgánico y fluido (algo que menciona Josh Waltzkin en su libro “El Arte de Aprender“, del que hablo en la newsletter de Skillopment). A otros les da por las manualidades, o por el bricolaje, o por la pintura, o por el scrapbooking, o por escribir relatos, o por cultivar un huerto, o por el cosplay, o por tejer, o por la costura, o por el diseño de joyas, o por hacer música, o animaciones stop-motion, o construir maquetas, o pintar muñequitos de plomo, o por grabar videos para youtube. Cada uno tiene sus cosas. Probablemente nunca llegues a nada en ese terreno, y seguramente tampoco es el objetivo. Pero que te quiten lo disfrutado.

Contenido relacionado:

Continue Reading

El efecto retiro espiritual (no funciona)

Primera mitad de la década de los 90. Al grupo de catequesis de confirmación nos llevaron a pasar un par de noches a una casa de retiro en Cercedilla. Allí, mezcla de actividades de compadreo y de introspección. Mucha introspección. Reflexionar sobre muchas cosas, dar muchas vueltas a la cabeza, y en algún momento la sensación de “ver claro”, de hallar una serie de respuestas o, cuanto menos, de dirección por la que seguir. Luego cogimos el tren de vuelta, volvimos a casa, al colegio, al día a día. Y aquella claridad se quedó allí, en la sierra madrileña.

Pero no hace falta que sea un “retiro espiritual”. Puede ser la lectura de un libro, o una charla profunda con un amigo. Puede ser una situación de pérdida, o una enfermedad, o unos días de relax en un paraje alejado del mundanal ruido. O una charla de TED, o un curso de formación. El caso es que hay momentos en los que nos ponemos profundos y en los que, de alguna manera, alcanzamos algún tipo de epifanía, de revelación. Vemos con total claridad lo que queremos, quiénes somos, nuestras aspiraciones en la vida. Sentimos dentro de nosotros una fuerza transformadora, “ahora sí que sí”.

Y entonces volvemos de nuestro retiro, real o metafórico. Volvemos a nuestros trabajos, a nuestras casas, a nuestras familias. Nuestras rutinas, nuestras obligaciones, nuestro entorno. La vida normal. Y sin apenas darnos cuenta esa claridad se pierde. Esa fuerza transformadora se diluye. Caemos atrapados en el marasmo del día a día, y todo aquello que dijimos que íbamos a cambiar sigue siendo lo mismo.

No, los retiros espirituales no funcionan. O mejor dicho, sí funcionan pero lo hacen como una cerilla, que prende con fuerza pero en unos segundos se apaga. Si no hacemos algo rápidamente con esa llama, enseguida volvemos a la oscuridad. Si queremos darle continuidad a esa fuerza transformadora, a esa “visión”, debemos realizar cambios inmediatos en nuestra vida. No mañana, ni el mes que viene: ya. Porque la rutina, los hábitos, el contexto, el entorno, la fuerza de la costumbre… tienen un tremendo poder sobre nuestro comportamiento. Si no somos capaces de modificarlos, no cambiaremos nada.

Hace poco reflexionaba Amalio Rey sobre el limitado rol de la fuerza de voluntad, y decía que “centrar toda la atención en una lectura simplista de la “fuerza de voluntad” puede tener el efecto pernicioso de distraernos de otras estrategias más complejas y efectivas basadas en el rediseño de contextos (por ejemplo, socio-políticos) o formas personales de autocontrol más significativas y menos fustigadoras.” Algo parecido pasa con las epifanías, y más si éstas se producen en un entorno ajeno a nuestro día a día. Tendemos a creer que sí, que lo tenemos tan claro, que es tan poderosa esa sensación, que basta por sí misma para que cambiemos. Pero o le damos curso de inmediato, tomando decisiones y cambiando cosas concretas, o mañana todo aquello nos parecerá poco más que un lindo sueño.

Contenido relacionado:

Continue Reading

He escrito un libro

Pues sí, he escrito un libro. Más información sobre él en la página de Skillopment, Aprendizaje y Desarrollo Eficaz de Habilidades, donde se puede descargar al suscribiros a la lista de correo que he creado al efecto.

skillopment_book

La idea de escribir el libro surgió casi de forma natural hilada a la charla que estrené en Sevilla. Durante su preparación estuve dándole muchas vueltas a las ideas y al argumentario, que creo que al final terminó teniendo mucho sentido. El libro es, al final, una forma de poner negro sobre blanco esas ideas y ampliarlas con un tono más práctico, más enfocado en “cosas que puedes hacer tú para desarrollar tus habilidades de forma eficaz”.

En este sentido, el proceso fue muy orgánico. En otras ocasiones me había planteado escribir un libro, pero ponía el carro delante de los bueyes: “quiero escribir un libro, a ver ahora de qué, y qué sentido le doy”. No fluía, y me atascaba rápido. En esta ocasión el orden estaba invertido: las ideas ya estaban, el orden ya estaba. Solo quedaba ponerse delante del teclado y dejarlas fluir. Y es lo que he hecho, dejar que algo que ya existía tomase una nueva forma. Poco a poco, aplicando aquello de primero crear y luego editar, el libro fue tomando cuerpo.

El estilo os resultará muy reconocible a los que me leáis por aquí. Mi forma natural de escribir es la que es, la misma que tengo en el blog. Ideas concretas, cortito y al pie, sin muchos rodeos. Supongo que, si me pongo, podría forzarme a escribir en otro estilo, pero tampoco es lo que me pedía el cuerpo. He intentado que quede ameno y útil, que me resultase fluido de escribir y no recargarlo innecesariamente.

Porque otra cosa que tampoco me ha preocupado lo más mínimo es la longitud del libro. Hay algo que me enerva profundamente cuando leo libros de management, y es la sensación de que se estiran y se estiran las ideas con el único objetivo de llegar a un número de páginas. Conceptos que se pueden explicar en un párrafo se les da vueltas y vueltas hasta que llenan páginas y capítulos enteros. Yo no quería eso. El libro dura lo que tiene que durar para transmitir las ideas que quería transmitir. Y ya está, no hay por qué perder el tiempo ni hacérselo perder a los demás por puro postureo.

He afrontado el proceso de escritura y publicación con mentalidad “ágil”. Esto quiere decir que mi objetivo era lanzar una primera versión razonablemente armada, pero sin volverme loco en detalles, revisiones y recontrarevisiones, formatos… Se trata de poner la bola en juego, ver si el concepto del libro gusta, si la temática interesa, si tiene un mínimo de tracción… recopilar feedback y, si procede, hacer posteriores versiones corregidas y aumentadas. Porque realmente no sé si la idea tiene sentido o no; quiero decir, en mi cabeza lo tiene, pero las cosas hay que llevarlas al terreno de lo real para que sirva como piedra de toque. Así que he buscado que el ratio esfuerzo/resultado estuviese equilibrado, sin volverme loco.

Lo curioso es que, mientras escribía el libro, iba rumiando una inquietud: “bueno, ¿y luego qué voy a hacer con él?”. Claro, en tus fantasías siempre está la idea de ponerlo a la venta, y que se vuelva viral, y que ganes mucho dinero con él. Pero soy lo suficientemente mayor como para tener acotadas ese tipo de fantasías (pero oye, que si sucede estaré encantado). Sospechaba que ponerlo a la venta iba a suponer vender uno o ninguno. Y en realidad me interesaba más el libro como vehículo de visibilidad y de posicionamiento, una manera de atraer miradas hacia el concepto de “aprendizaje y desarrollo eficaz de habilidades” y que me abriese las puertas a dar más charlas, impartir talleres, quizás abordar algún proceso de asesoramiento individualizado (me sigue costando llamarlo “coaching”, aunque supongo que es eso) o de asesoramiento corporativo. Cosas que creo que pueden tener sentido, y donde puedo aportar valor. Como consecuencia, lo que he hecho es poner el libro en descarga gratuita (de momento), con la idea de que llegue a tantos sitios como sea posible. Sí que lo he puesto detrás de una “suscripción a una lista de correo”, que al final espero utilizar como canal para crear una “comunidad” alrededor de todas estas ideas (pero sin dar la tabarra, conste). Creo que a esto lo llaman “lead magnet”…

Una cosa que me ha gustado del proceso de hacer el libro es que me ha permitido (y curiosamente, ésta es una de las ideas que elaboro en él) aprender y poner en práctica algunas habilidades. Desde diseñar la portada o los banners, a montar una pequeña campaña de email marketing con Mailchimp o a hacer un pequeño anuncio con Facebook Ads, al proceso de conversión del documento en .pdf, .epub y .mobi. Solo por eso ya ha sido una experiencia enriquecedora.

Y ahora queda ver qué pasa. Confieso que me da un poco de apuro la parte de “promocionarlo”. Primero porque no me gusta ser pesado (y hay gente que se pone muy plasta cuando hace cualquier cosa), pero también tengo la sensación de que hace falta serlo un poco si quieres que las cosas sucedan; así que ahí ando, intentando ver dónde está el equilibrio. Y también tengo que luchar contra cierto “síndrome del impostor”, la duda de si realmente estoy diciendo cosas con sentido, si realmente el enfoque que le estoy dando es útil, si no estaré diciendo un montón de obviedades y perogrulladas. Pero, para variar, esta vez prefiero “salir al ruedo” y dejar que sea la realidad, y no mis rumiaciones, las que me den feedback.

Y ya está. Que estaré muy agradecido si leéis el libro y me dais vuestras opiniones, y si me ayudáis a darle visibilidad.

Keep learning!

Contenido relacionado:

Continue Reading

¿Qué haría de hoy un gran día?

No hace mucho relataba mis “fracasos” llevando diarios a lo largo de la vida. El caso es que, en las últimas semanas, estoy sumergido en una nueva (y de momento ahí sigo), esta vez siguiendo la idea del “5 minute journal“. Se trata de un diario “en dos partes”, puesto que se trata de responder a un par de preguntas por la mañana (¿por qué estoy agradecido? ¿qué haría de hoy un gran día?) y otras dos por la noche (¿qué cosas estupendas han pasado hoy? ¿en qué podrías mejorar?); de esta manera cumple la doble función de “marcar el tono” al principio del día y de “recopilación” al terminar.

Una de esas preguntas, de hecho, me está haciendo pensar bastante. “¿Qué haría de hoy un gran día?”. ¿Qué tendría que pasar hoy para que, al llegar la noche, me sintiese satisfecho? Parece sencillo de responder, pero cuando te pones por la mañana (y otro día, y al siguiente…) tiene más miga de lo que parece.

¿En qué consiste “un buen día”? Hay una imagen de cinismoilustrado.com que me gusta. Son los 365 días del año, de los cuales un puñado están señalados como “días memorables” y otros poquitos como “días donde hiciste algo de tu vida”. El resto, la gran mayoría, son “días total y absolutamente desperdiciados”. No sé si es para tanto, pero estaremos de acuerdo en que muchas veces entre trabajos, obligaciones, prisas e inercias tenemos la sensación de que un día sigue a otro, sin solución de continuidad y sin nada que los distinga. Y joder, qué triste, ¿no?

El ejercicio de plantearse “qué haría de hoy un gran día” sirve para dos cosas. Por un lado, nos permite reflexionar sobre cómo son esos “días memorables” y plantearnos si podemos hacer algo hoy (no mañana, ni “algún día”: hoy) para acercarnos a esa categoría. Quizás sea emprender una tarea creativa, o tener una conversación significativa con alguien, o pasar un rato con unos amigos, o dedicar el rato a leer un libro interesante, o hacer una pequeña excursión, o… en general, escaparnos en la medida de lo posible de la inercia y “hacer algo” de forma voluntaria y consciente.

Y en segundo lugar, sirve para darnos cuenta de que muchas veces “lo memorable” no está en las grandes cosas, los grandes eventos y los acontecimientos extraordinarios, si no en los pequeños detalles de la vida cotidiana. Que todos los días podemos hacer cosas sencillas, tan sencillas como prestar atención y disfrutar de lo que ya tenemos alrededor, aquello de parar y oler las flores.

Y así, adquiriendo consciencia, quizás vivamos mejores días. Y al final, la forma en que vivimos los días es como vivimos la vida.

Contenido relacionado:

Continue Reading

¿Teson y constancia? ¿Yo?

Ayer este blog cumplió 12 años. 1730 entradas (1731 con ésta).

Comentándolo en mis redes sociales, unos cuantos amigos amables me felicitaban. “Enhorabuena por el tesón y la constancia”, me decían. ¿Cómo? ¿Tesón y constancia? ¿Yo?

Cuando pienso en cosas en las que debería “seguir el ejemplo de otros”, una de las primeras que se me vienen a la cabeza es precisamente esa. La constancia. La disciplina. El coger una cosa y mantenerla, pim, pam, pim, pam, hasta terminarla. Me pasa con demasiada frecuencia que cojo un tema, juego con él durante unos días/semanas, pierdo el interés y ya estoy buscando algo nuevo. Esa es la historia, al menos, que yo me cuento.

Pero luego aparece, como contraejemplo, el blog. 1730 entradas en 12 años. ¿No decías que no eres constante? Pues ya me explicarás…

Lo curioso es que yo nunca he vivido la experiencia del blog como un “sacrificio” que requiriese de “constancia”, de “disciplina”. No lo fue al principio, “tengo que poner en marcha un blog, tengo que tener un plan editorial, decidir de qué hablar”… era más bien un juguete con el que estaba encantado y disfrutaba como un enano. Tampoco lo fue en esas etapas menos productivas, en plan “venga, a ver si me pongo con el blog que lo tengo abandonado”. He escrito en él cuando me ha apetecido, lo he dejado cuando no me llamaba decir nada, y he vuelto cuando me ha salido de dentro. Y así, de esa forma tan natural y orgánica, es como he llegado hasta aquí.

Esto me ha hecho reflexionar sobre la motivación, sobre cómo hay cosas que acaban saliendo de forma natural y casi inevitable (“efortless doing“) mientras otras no hay forma de conseguirlas. Cómo hay cosas que se adaptan mejor a la forma de ser de uno, y hasta qué punto podemos actuar para que sea de otra manera o si tiene sentido “emperrarse” en algo que no fluye.

También sobre los pensamientos limitantes, esas “historias que nos contamos a nosotros mismos” para las que no dejamos de encontrar ejemplos (“¿Lo ves? Lo que yo decía”) mientras ignoramos todo aquello que desmonta nuestra creencia. Y cómo un proceso consciente de “indagación apreciativa” puede ayudarnos a resquebrajar esas creencias, abriendo las puertas a aceptar que las cosas, quizás, son de otra manera.

Y así, reflexionando reflexionando, son ya 1731.

Contenido relacionado:

Continue Reading

Mis fracasos llevando diarios

Recuerdo la primera vez que intenté llevar un diario. Calculo que tendría… ¿13 años? Fue un cuadernito normal, de los cuadriculados del colegio. No recuerdo por qué lo empecé. Curiosamente, recuerdo al menos dos de los temas sobre los que escribí. Recuerdo dónde lo escondía, debajo de la cadena de música que tenía junto al cabecero de la cama. También recuerdo que no escribí mucho más, y me parece que pasados no muchos días arranqué lo que había escrito y lo tiré: demasiado personal como para estar por ahí rondando.

Supongo que ése fue uno de los factores de “rozamiento” que impidieron que el hábito se formase. Esa sensación de falta de privacidad, de tener un cuaderno por ahí suelto con pensamientos muy personales que pudiera caer en manos de mi hermana o de mis padres. Incluso el hecho de que me vieran escribiendo en un cuaderno, o guardándolo, y verme en la tesitura de explicar que estaba llevando un diario, ya me suponía una barrera. Quería que fuese algo de mí para mí, sin que su contenido ni su mera existencia fuese algo conocido.

A lo largo de los años me he sentido atraído varias veces por esa idea de “llevar un diario”. De alguna manera, el blog (esta semana cumplirá 12 años. 12 años, manda huevos) o el twitter han cumplido parte de su función. Pero claro, no es lo mismo. Su naturaleza pública hace que en temáticas y en tono sean vehículos muy acotados. De vez en cuando se escapan algunas gotitas de sentimiento, de obsesiones… pero pasadas por el tamiz de la conciencia de que es algo que otros pueden ver. Así que hay todo un mundo de intimidad que se queda fuera.

Dicen que llevar un diario es beneficioso. Que poner por escrito lo que tienes en la cabeza ayuda a ser más consciente, a interrumpir las rumiaciones, a poner orden. Que el proceso reflexivo que se produce al escribir ayuda a tener más claridad, a descubrir nuevos enfoques. La revisión a pasado ayuda a recordar, a detectar patrones en tu pensamiento y en tu comportamiento, a poner en perspectiva las cosas.

Todo esto son cosas que, en mis (siempre breves) experiencias sí he sentido. Y sin embargo, hasta hoy no he sido capaz de sostener el hábito. Me da el punto, empiezo… pero a los pocos días el esfuerzo se va espaciando, y acaba por diluirse por completo. He probado a utilizar aplicaciones como Journey, he probado con el cuaderno tradicional, incluso con un formato gráfico (acompañando las palabras de dibujos). He leído sobre bullet journaling, sobre 5 minutes journaling, sobre morning pages. Me he enfrentado a la sensación de “bueno, y qué se escribe aquí”; pero cuando he intentado seguir formatos un poco más dirigidos tampoco me he sentido cómodo (“esto es demasiado rígido, siento que me estoy repitiendo”). Cuando escribo mucho tengo la sensación de que “me enrollo demasiado”; formatos más breves me dan la sensación de que no capto todo, ni con toda la profundidad y matices. Cuadernos bonitos, cuadernos feos. Grandes y pequeños. En el fondo, da igual; tengo claro que el problema no es por no haber dado con “la herramienta/formato perfecto”, si no por una falta de hábito. ¿Y por qué? Buena pregunta. Está claro que no he conseguido encontrar un hueco, un ritual que pueda utilizar de forma consistente para hacer esa reflexión diaria. Llega la noche (que es cuando siento que debo hacerlo por aquello de “recapitular el día”, aunque hay quienes sugieren que hacerlo por la mañana también es útil), y ya me he desentendido del escritorio, y voy del sofá a la cama. No soy de escribir en la cama (algo que hay quienes sí hacen) así que ese rato se me escapa.

Pero seamos serios. “If there’s a will, there’s a way”. El que realmente quiere algo busca la forma de hacerlo, y el que no quiere se busca una excusa. Hoy, repasando un puñado de hojas de uno de mis intentos (de 2014) me ha dado por pensar una cosa: he visto una serie de “pensamientos recurrentes”. Cosas que me preocupaban en 2014, igual que recuerdo que me preocupaban años antes, igual que me preocupan ahora. He tenido la sensación de “no avanzar”, y no me ha gustado. Esto me lleva a sospechar que llevar un diario me obliga a enfrentarme a cosas que no me gustan de mí mismo. Esa exigencia de reflexionar pone de manifiesto incoherencias, lados oscuros, limitaciones. Cosas que no son cómodas. Y como no me gusta verlo, lo más fácil es “matar al mensajero”. Y luego racionalizarlo con una excusa a elegir.

Precisamente hoy leía en una de esas anotaciones una frase: “Si no te gusta lo que ves en el espejo, no le culpes a él”. Vaya con el diario.

Contenido relacionado:

Continue Reading

Manual de instrucciones para días nublados

manualdeinstrucciones

Hay momentos en los que no estamos bien. Tristes, enfadados, nerviosos, irritables, agobiados, desanimados. A veces esos momentos se transforman en días completos, y los días en temporadas. Días grises, nublados, tormentosos. A mí, desde luego, me pasa.

Con el paso de los años he ido reflexionando bastante sobre estos momentos, intentando sobre todo ver qué puedo hacer no para evitarlos (somos humanos, y las emociones vienen de serie), si no para gestionarlos lo mejor posible: acotar su duración, su intensidad y su impacto. Fruto de esas reflexiones, y de lecturas variadas, he ido consolidando este “Manual de instrucciones para días nublados” que tiene cinco grandes líneas de acción:

  • Toma consciencia: nuestra mente es una máquina de pensamientos. Tenemos “mente de mono”. Y esos pensamientos, la forma en la que interpretamos la realidad, es la que nos hace sentirnos de una forma u otra. No es lo que nos pasa, si no lo que pensamos sobre lo que nos pasa. Y hay veces en que nos metemos en una dinámica negativa de pensamientos rumiativos, una espiral negativa de la que no tenemos control. Estamos dentro de nuestra mente, atrapados, zarandeados por ella. En estas circunstancias es importante ser capaz de elevar la consciencia, de darse cuenta de lo que está pasando. Adquirir el rol del observador, ver los pensamientos que estamos teniendo desde una posición externa, ver cómo se suceden, tomar nota de las historias que nos contamos, ver el efecto que están teniendo en nosotros mismos y en nuestro entorno. Desde esta atalaya ya no estamos encerrados en la dinámica de la mente, si no que somos capaces de verla desde fuera, como un autor que observa a los personajes de su novela. Ya no estamos retenidos por nuestros pensamientos, estamos un nivel por encima. Y desde ahí ya es más fácil actuar.
  • Ponte en marcha: levantarse, salir a la calle a caminar, hacer ejercicio, ponerse con algunas tareas domésticas, ponerse música y cantar y bailar, quedar con alguien, ver una comedia. La acción precede a la emoción. Si sonreímos, aunque no nos apeteza, acabamos sintiéndonos contentos. Si respiramos como cuando estamos tranquilos, acabamos estando tranquilos. Si hacemos cosas aunque no nos apetezcan, acabaremos disfrutándolo. Unas pocas endorfinas para ayudar al cóctel químico de nuestro cerebro. Este es un pensamiento poco intuitivo: cuando no tenemos ganas de hacer, parece que lo lógico es “hacernos caso” y quedarnos así, dejarnos llevar por la inercia. Sin embargo eso no ayuda a invertir el sentido de la espiral. Claro, para poder activar este recurso debemos estar en ese nivel de consciencia superior, donde somos capaces de abstraernos de nuestra cadena de pensamientos y “ordenarnos” hacer algo diferente.
  • Busca otro foco: si el problema es que tu mente está enredada en su dinámica de pensamientos negativos… dale otra cosa en la que pensar. Puede ser una meditación más canónica, centrándose en la respiración o en un recorrido mental por las sensaciones del cuerpo. O puede ser algo más prosaico: hacer un dibujo, ponerse a hacer bricolaje, jugar a un videojuego. Cualquier cosa que atrape nuestra atención con la mayor intensidad posible en el aquí y el ahora. El objetivo es interrumpir los pensamientos que nos están provocando el malestar, y para eso hay que darle a la “mente de mono” algo distinto en lo que fijarse.
  • Amplía tu perspectiva: mirar desde otros sitios es otra forma de salir del bucle de nuestros pensamientos. Puedes ampliar la perspectiva pensando en los otros, haciendo un ejercicio de empatía. ¿Cómo ven la situación que tanto te está agobiando los demás? ¿Por qué han actuado como han actuado? ¿Es posible que ellos tengan también sus batallas, que lo que sucede no tenga que ver contigo? ¿Has caminado en sus zapatos? ¿Es posible que, en sus circunstancias, tú hubieses hecho lo mismo? Procura analizar los hechos puros y duros, despojándolos de interpretación: qué sucedió, qué se dijo. Haz un esfuerzo de indagación apreciativa, de buscar evidencias que contradigan tu pensamiento negativo y que por el contrario refuercen lo positivo. Recuerda todas las veces que las cosas te salieron bien, que otras personas actuaron bien contigo, que conseguiste tus objetivos. Probablemente no es verdad que “nadie te quiera”, que “siempre te salga todo mal”, que “todo el mundo esté contra ti”. Nada es verdad ni mentira, si no del color del cristal con que se mira. En vez de regodearte en tus desdichas cuenta tus bendiciones. Otra forma más de ampliar la perspectiva es situarse en un plano temporal mayor: this too shall pass, no hay mal que cien años dure. Ya te has sentido así otras veces, y sabes que detrás de la borrasca viene el sol.
  • Diseña un plan: una vez que has contenido los pensamientos negativos, y que la emoción asociada se va diluyendo, puede entrar a funcionar la parte más racional, analítica y ejecutiva de tu cerebro. Repasa la situación, ¿qué puedes hacer al respecto? Deshecha la preocupación, ya sabes: “si puedes hacer algo al respecto, ¿por qué te preocupas? Y si no puedes hacer nada, ¿por qué te preocupas?”. Hay que salir del mundo de las ideas y actuar, solo así cambian las cosas. Busca las que están en tu círculo de influencia y actúa sobre ellas; y asume con deportividad lo que no. Coraje para cambiar lo que puedo cambiar, serenidad para aceptar lo que no, y sabiduría para distinguir la diferencia.

Contenido relacionado:

Continue Reading