Click! Whirr! El poder de la respuesta automática

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Estuve leyendo el libro “Influence”, de Robert B. Cialdini, sobre persuasión e influencia. Muy interesante, describe de forma muy concisa varios mecanismos de influencia a los que estamos sometidos diariamente (y que, también, podemos aprender a usar en nuestro beneficio).

Lo que más me impacta, de todo este tema de la persuasión, es hasta qué punto a nosotros, los ufanos “seres racionales”, nos la pueden colar de forma tan sencilla. Y todo gracias a una serie de “vulnerabilidades del sistema”, respuestas instintivas que la evolución ha hecho que se queden grabadas a fuego en lo más profundo de nuestro cerebro, y que provocan que actuemos de forma automática. Como un torito al que le agitan un trapo delante. Es ese “click! whirr!”, ese mecanismo de estímulo-respuesta, que compartimos con tantos animales. Es “divertido” ver cómo podemos manipular a los bichos, pero se te queda cara de haba cuando te das cuenta de que tú puedes ser igualmente manipulado. Y es que al final (y es algo que cada día tengo más claro) es mucho más lo que nos une a los animales que lo que nos separa de ellos.

Y lo peor, como dice Cialdini, es que poco podemos hacer. Ser conscientes de que estos mecanismos de manipulación existen no nos permite desconectarlos del todo. Primero porque, en términos generales, nos benefician; nos permiten tomar decisiones rápidas en situaciones complejas que el 99% de las veces serán acertadas, como así lo ha sido a lo largo de la historia evolutiva. Y segundo porque, si nuestro cerebro tuviese que procesar todo lo que nos rodea “en modo racional” en vez de apoyarse en determinados automatismos nos explotaría (casi literalmente) la cabeza.

En todo caso, está bien tomar consciencia de que estos mecanismos existen, y cuestionarse de vez en cuando hasta qué punto estamos nosotros al timón de nuestras decisiones o simplemente nos están llevando por donde quieren.



Una buena decisión

Pocos son los casos en los que una decisión es efectivamente mejor que otra

Esta frase, catalogada como “La Gran Verdad sobre las Decisiones”, la rescato de un viejo libro de Theodore Isaac Rubín titulado “Supere la indecisión” al que llegué curioseando en la biblioteca. Lo que viene a decir es que lo que hace buena una decisión no es la decisión en sí misma, si no nuestro compromiso con ella. Que de las opciones que tenemos que delante, cualquiera podemos convertirla en “buena” si nos empeñamos en llevarla a buen puerto. Va en línea con todo lo que se escribe del valor de la ejecución frente al valor de las ideas.

Rubin concluye que, a la hora de tomar una decisión hay un proceso (en el que tenemos que valorar alternativas y contrastarlas con nuestras propias prioridades) que tiene que terminar con una “elección y compromiso” con una de ellas, y a partir de ahí olvidarse de todo lo demás y transformarla en “acción optimista”, en una concentración integrada de “recursos, tiempo y energía”. Hay un tiempo para decidir, y otro para ejecutar.

Coincide que no hace mucho leía sobre el concepto de “inteligencia ejecutiva” acuñado por José Antonio Marina. Viene a decir que junto a la “inteligencia cognitiva” (lo que tradicionalmente se consideraba “ser listo”) y a la “inteligencia emocional” hay un tercer tipo de inteligencia, la ejecutiva, que tiene que ver con la capacidad de “dirigir tu comportamiento“. Es decir, de sacarte de ese mundo de las ideas y de las emociones y ponerte manos a la obra. Marina identifica una serie de habilidades ejecutivas (la capacidad de dirigir la atención, el control emocional, la planificación y organización de metas, el inicio y mantenimiento de la acción, la flexibilidad, la memoria de trabajo, la metacognición, la capacidad de diferir recompensas o la inhibición de la respuesta) cuyo dominio permitiría a cualquiera “vivire risolutamente”, vivir con resolución.

“… para que tú mismo, como modelador y escultor de ti mismo, más a gusto y honra te forjes la forma que prefieras para ti”.

Son ideas que han resonado fuerte en mí. Y es que, mientras que de inteligencia cognitiva siempre he ido razonablemente bien, y en inteligencia emocional, sin ser brillante, creo que soy funcional… de esa “inteligencia ejecutiva” creo que he voy un poquito escaso. Siempre he envidiado mucho a esa gente que llamamos “resolutiva”, con capacidad de liarse la manta a la cabeza, arremangarse y hacer cosas. Me ha frustrado mucho ver que yo tenía ahí un muro; un malestar difuso, que a veces se ha manifestado con conductas evasivas (te dejas llevar, le das mil vueltas a las cosas en tu cabeza, te muestras incapaz de decidir, te refugias en lo que se te da bien, evitas lo que se te da mal… llegando a la inacción) y otras con no pocos efectos secundarios (copié algunos que mencionaba Rubin, con los que me sentí dolorosamente identificado: “aburrimiento crónico, insatisfacción con el resultado de la propia actuación, sensación de vivir en sordina, fatiga crónica e insomnio, sensación de estar atascado, de no tener dónde ir ni sentir el deseo de ir a ninguna parte”).

Seguro que no estoy solo en esto, pero a mí desde luego me está haciendo reflexionar mucho. Y es que nunca había visto puesto “negro sobre blanco” esas sensaciones que me han acompañado desde siempre.

Imagino que para quien va bien de esa inteligencia ejecutiva todas estas reflexiones les provocarán la misma perplejidad que a mí me podía provocar en el colegio que alguien se atascase con una multiplicación, o que a pesar de echar muchas horas no consiguiese ni aprobar un examen que a mí me parecía “chupao”. Esa perplejidad a veces se traslada en mensajes del tipo “es fácil, solo tienes que decidir lo que quieres hacer y hacerlo”, y eso te provoca aún más ansiedad (porque lo ves, racionalmente lo entiendes, “es de cajón”… pero a ti se te hace un mundo)

Pero en fin, cada uno tenemos que llevar nuestra propia cruz. Es evidente que, para hacerle frente a esto, hay que trabajar un montón. Y no es una cuestión superficial; la mayor parte de ese trabajo es interno, de analizar cuáles son tus propios bloqueos y de enfrentarte a ellos… mucha telita que cortar. No es un camino fácil, y seguramente nunca llegue a dominarlo (dominarme) del todo. Pero si soy sincero me siento reconfortado, porque al menos tengo la sensación de haberle puesto el cascabel al gato; y eso me hace estar un poquito más cerca.

La lucha no nos hace inferiores; es solo una prueba de que somos humanos y estamos vivos



Si hubiera leído la letra pequeña

El otro día, durante una sobremesa con antiguos compañeros, hablábamos de algunas de nuestras experiencias profesionales/vitales. En concreto la conversación se nos fue por parejas que habían experimentado una fase de “yo me voy a trabajar a otro país, tú te quedas en casa al cargo de la familia… es una buena oportunidad… yo vendré cada fin de semana, cada quince días como mucho… serán solo unos meses… luego ya todo volverá a la normalidad”.

Se trata de una situación que varios de los presentes habían vivido, y todos coincidían en que las cosas parecen mucho más fáciles cuando se toma la decisión de lo que luego realmente son. “Está claro que cuando tomas una decisión así es porque piensas que es buena a grandes rasgos, pero luego cuando te lees la letra pequeña…”

Ojalá todo fuera cuestión de “letra pequeña”. Porque la letra pequeña puede ser un coñazo de leer, pero está ahí cuando te ponen los papeles delante para que las firmes, y ya es cuestión tuya leértela o no. El problema con las decisiones en la vida real es que en la gran mayoría de los casos ni siquiera existe esa letra pequeña. Gran parte de las cosas, buenas y malas, que determinan el buen o mal resultado de una decisión se van descubriendo por el camino. “Ah, si lo hubiera sabido…” Ya, pero no había forma de saberlo.

Hace meses (joder meses… tres años y pico ya) leí el libro “Stumbling on happiness”, que me resultó muy interesante. Y su gran conclusión iba por este camino: tenemos muy poco control sobre nuestra felicidad futura. Primero porque nuestra capacidad para saber qué va a pasar en el futuro es limitada (la realidad siempre es mucho más sorprendente que nuestros planes), y segundo (y esto da para pensar mucho) porque no sabemos cómo nos va a afectar eso que suceda. Lo que pensábamos que nos iba a dar tanto miedo luego resulta que no es para tanto, y lo que pensábamos que nos iba a dar una gran satisfacción en realidad nos deja vacíos.

Por lo tanto, no es un tema de letra pequeña. No es que tengamos toda la información a nuestra disposición y seamos más o menos hábiles tomando las decisiones. Es que la vida es así.



Cuando el riesgo deja de ser riesgo

Charlaba el otro día con una amiga. Hablábamos de decisiones vitales, de hasta qué punto asumíamos riesgos o no al elegir. Yo le decía que no, que yo riesgos los justos. Y ella me miraba con la ceja levantada…

Si alguien me pregunta, eso es lo que le diré. Es lo que pienso de mí mismo: que no soy un perfil que se atreva a tomar decisiones arriesgadas, que soy conservador. Esa es la historia que me cuento a mí mismo.

Pero lo cierto es que, si repasamos mi trayectoria…

Me fui a estudiar fuera en vez de prorrogar mi adolescencia en la comodidad del hogar, he dejado trabajos para irme a casa, he abandonado una progresión profesional en una empresa sólida y de prestigio para meterme en una “empresa de internet”, he provocado conversaciones de “todo o nada” en el trabajo sabiendo que había un riesgo cierto de que las cosas no saliesen como a mí me gustaría, me he mudado en varias ocasiones de ciudad (en el último caso a un pueblo con el que no me unía nada)… por no hablar de formar una familia (quizás una de las decisiones menos “revisable” que uno pueda tomar en la vida).

Que sí, ya sé, no es que me dedique a meter la cabeza en las fauces de un león, ni que haya dejado todo atrás para irme mochila al hombro a recorrer el mundo, que me dedique al funambulismo o que me haya empeñado hasta las cejas para financiar una startup. Nunca he quemado mis naves. Pero, dentro de mis márgenes, sí que he asumido mi cuota de riesgo; y me consta que hay personas de mi entorno que así lo valoran.

Y sin embargo a mí me cuesta verlo así. Incluso estas ocasiones donde un observador externo aprecia riesgo para mí han sido decisiones… “naturales”. Aunque racionalmente pudieses evaluar la posibilidad de que no saliese bien, había algo en mi interior que me decía que era “lo que había que hacer” de una forma tan clara, tan poderosa… que no había dudas.

En este punto es donde encaja mi narrativa sobre mi presunta aversión al riesgo. Lo que otros pueden valorar como decisiones arriesgadas para mí no lo han sido; por eso no me considero un tipo arriesgado. Y sin embargo ahí están.

La conclusión es que calificar una decisión como “arriesgada” es algo tremendamente subjetivo. Lo cual me tranquiliza. No voy a dejar de tomar decisiones, no soy prisionero de la inercia. No soy ese “conservador” que a veces me digo a mí mismo que soy. Simplemente necesito “verlo”. Una vez que lo tengo claro, el riesgo deja de ser riesgo.



El turbo en tu cabeza

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El otro día, leyendo este artículo sobre cómo funciona nuestro cerebro, se me vino a la mente una imagen de videojuegos. En los juegos por ejemplo de fútbol, suele haber un botón de “sprint” que te permite correr más. Pero claro, no de forma gratuita: mientras estás corriendo más, hay una barra de energía que va disminuyendo rápidamente… y que una vez vacía del todo te impide seguir usando ese “sprint” (hasta que se vuelva a recargar, algo que hace poco a poco). Esta misma funcionalidad la hay en otro tipo de juegos (p.j. el turbo en los coches, etc.). Un “superpoder” que te permite ventajas durante un tiempo determinado, pero que consume energía rápidamente por lo que no puedes usarlo a lo loco.

El caso es que el artículo describe dos partes de nuestro cerebro, con funcionamientos bien distintos (y aquí que me perdonen los científicos… que yo voy a intentar poner lo que he entendido en mis propias palabras).

  • Por un lado tenemos nuestro cerebro más primitivo, “reptiliano”, que más que pensar actúa. Es el instinto, la reacción rápida, la parte de nosotros que piensa en el presente, en lo inmediato, en la supervivencia. Esta parte de nuestro cerebro es la que nos hace comer cuando tenemos hambre, la que nos hace tener reacciones de “lucha o huye” cuando interpreta un peligro… un cerebro muy adaptado para la vida del animal que fuimos (y que, no olvidemos, seguimos siendo).
  • Y luego tenemos nuestro cerebro “moderno”, el que nos hace humanos. El encargado de analizar, racionalizar, planificar, crear, controlar, contrarrestar nuestros instintos primarios… en definitiva, es nuestro “superpoder humano”, el botón de “sprint” que nos permite hacer cosas que un animal no puede hacer.

La cosa está (y de ahí la analogía) que, al igual que en los videojuegos, este “superpoder” que nos proporciona esta parte de nuestro cerebro gasta su “barra de energía” de forma rápida cuando lo usamos. Y cuando se acaba, perdemos la capacidad de usarlo (hasta que esa energía se repone… algo que no es automático). Y quedamos entonces a expensas de nuestro viejo cerebro animal, incapaces de pensar con claridad, reaccionando más con el instinto que con la cabeza.

¿No lo habéis notado? Ese momento en el que te quedas “plof”, que no eres capaz de articular pensamientos, que te quedas en trance delante del televisor, que estás irascible (tu cerebro de reptil que interpreta cualquier palabra o acción como una amenaza a la que hay que reaccionar gruñendo), atracas la nevera aunque sepas que no debes (pero es tu cerebro de reptil ordenándote que repongas energías ahora, quieras o no). A mí, desde luego, me encaja.

Lo curioso es que ese “superpoder” se gasta lo usemos como lo usemos. No sabe distinguir si esa planificación que estamos haciendo es para un proyecto profesional de alto impacto, o para las vacaciones de verano. No sabe si el análisis que estamos realizando es relevante o no. Simplemente se está usando, y se gasta. Como en el juego de fútbol, da igual si pulsamos el botón de “sprint” para perseguir a un rival que se nos va directo a la portería, o si nos estamos dedicando a corretear en solitario por el centro del campo; si le damos al botón, la energía se gasta.

Este enfoque me parece muy interesante, en la medida en que permite (si somos conscientes de ello) usar mejor nuestra capacidad, siendo conscientes también de sus limitaciones. Algo que es especialmente importante cuando hablamos de “trabajadores del conocimiento”, cuyo trabajo depende casi por completo de ella.

  • Sabiendo que nuestra “barra de energía” se gasta, podemos ajustar nuestras expectativas. No es razonable creer que vas a poder estar 8 o 10 horas “exprimiéndote el coco”. No pasa nada, no eres un “inútil”, simplemente es tu cuerpo que funciona así.
  • Del mismo modo, si somos conscientes de que nuestra barra de energía está agotada, de nada sirve empeñarnos en hacer tareas que requieran su uso. No te pongas a analizar un problema cuando estás así, ni a planificar un proyecto. Te costará mucho, seguramente lo hagas mal y tendrás que acabar repitiéndolo más adelante.
  • Habrá que insertar descansos a lo largo del día, alternar actividades “de las que gastan energía” con otras que “de las que permiten que la energía se recargue”. No tiene por qué ser tumbarse a la bartola (que también), puede ser dar un paseo o hacer alguna actividad física, puede ser meditar, puede ser hacer alguna tarea rutinaria que no nos exija pensar…
  • Tendremos que elegir bien para qué queremos usar nuestro “superpoder”, buscando maximizar el rendimiento de su uso. No lo malgastemos en cosas que no nos aportan. Tener una visión clara de cuáles son nuestras prioridades (que precisamente puede que sea uno de los usos más importantes de nuestra capacidad) nos permitirá cada día tener claro a qué debemos prestarle atención, en vez de dejarnos llevar por lo que va surgiendo y encontrarnos de que al final hemos gastado nuestra energía sin ton ni son.
  • Sería buena idea, también, plantear estrategias que nos permitan minimizar el gasto de “energía pensadora”, trasladando pequeñas decisiones del día a día en rutinas que nos liberen de la obligación de pensar. Por ejemplo planificar un menú bisemanal y ceñirse a él (con lo cual te olvidas de tener que estar pensando cada día “qué como hoy”, recordando “qué comí los últimos días”, “qué tengo que comprar”), limitarse a ropa que combine facilmente aunque sea aburrida…
  • También podemos evitar un gasto excesivo de energía luchando contra la paradoja de la elección, haciendo un esfuerzo consciente en no meternos en una maraña de micro-análisis de múltiples alternativas que al final aportan poco valor. Limitar alternativas y factores de decisión, elegir rápido, y a otra cosa.
  • Del mismo modo, podemos ponernos en alerta ante pensamientos rumiativos: esas veces en las que empezamos a darle vueltas obsesivamente a un tema, sin avanzar (“pues le voy a decir a mi jefe que…, pero si él me dice que… entonces yo le responderé… debería haberle dicho… pero es que mira que…”), agotando nuestra energía para nada.

Seguro que hay más formas de sacar partido a esta visión de nuestra capacidad cerebral como “superpoder que se gasta”, como el “botón de turbo” del videojuego. Lo que ya sería estupendo sería tener una barra indicadora de verdad, que nos mostrase cómo andamos de energía, cómo de rápido se descarga y se recarga… me temo que eso tendrá que esperar :)



De criterio, decisiones y gorrazos

A veces, en la vida, te llevas una serie de “gorrazos”. No es una sensación agradable, y hay que tener un gran nivel de madurez para encajarlos y digerirlos sin que te duelan. Especialmente cuando esos gorrazos llegan después de haber tomado una serie de decisiones basadas en tu propio criterio. Porque si el golpe te llega de forma aleatoria… pues bueno, es lo que hay. Pero si el gorrazo es una reacción directa a algo que tú has decidido… supone cuestionar esa decisión, y el criterio que subyacía detrás.

Hay una forma fantástica de evitar llevarse estos gorrazos; no tomar nunca ninguna decisión. Hay, en el mundo corporativo, verdaderos especialistas en esto. Gente que nunca se moja, que espera siempre a ver por dónde sopla el viento para ponerse a su favor, que se sube siempre al carro ganador. Lo de menos es la existencia de un criterio, o ser coherente, o aportar algo. Lo que importa de verdad es esquivar los potenciales problemas, no exponerse, salir bien en la foto, colgarse las medallas y desmarcarse de todo lo que huela a conflicto. Lamentablemente, en muchos entornos corporativos estos comportamientos tienen premio. El que sobrevive, el que medra, el que llega más lejos… es el que mejor evita meterse en líos.

Por eso, cuando te arrean un gorrazo, dudas. Dudas no sólo de tu criterio o de las decisiones que has tomado, sino del propio hecho de tener un criterio y de tomar decisiones. Quizás si te limitases a seguir la corriente, a dejarte llevar… estarías mejor.

Pero eso, a mí, no me gusta. No quiero ser así. Prefiero definir de forma honesta un criterio, y tomar decisiones coherentes con ese criterio. Aunque a veces me equivoque, que seguro lo hago. Y aunque a veces pise algún callo, que también. Porque estoy seguro de que, incluso asumiendo la posibilidad de error, es un comportamiento mucho más valioso para mis proyectos. E incluso asumiendo los ocasionales gorrazos, y aunque suponga tener que lamerse alguna herida, es un comportamiento que me permite dormir mejor por las noches.



La paradoja de la elección: cuantas más opciones, peor

Sigo revisando videos de las TedTalks (he descubierto que la combinación bici estática + smartphone es perfecta para ellas!). En esta ocasión es Barry Schwartz quien habla sobre la denominada “paradoja de la elección”. Cómo, frente al “dogma oficial” de que la libertad es un bien supremo, y que por lo tanto cuantas más opciones tengamos para elegir mejor para nosotros individualmente, y para todos como colectivo, en realidad el exceso de opciones tiene un componente negativo. Una suerte de curva de Laffer aplicada a las posibilidades de elección; tener demasiado pocas es malo, pero hay un punto donde tener demasiadas también resulta contraproducente.

Schwartz plantea varios motivos para esa teoría. Por un lado, el exceso de opciones nos lleva a la parálisis y la inacción (algo relacionado contaba hace poco respecto a la elección de mi nuevo móvil). Pero además, cuando elegimos tendemos a la insatisfacción: hay más motivos para preguntarnos si habremos escogido la alternativa correcta (mientras que, cuando hay pocas opciones, es más fácil sentir que “has acertado” por comparación), nuestras expectativas son muy altas por lo que es más fácil decepcionarnos (al fin y al cabo, con tantas alternativas… el resultado tiene que ser “perfecto”) y, en última instancia, asumimos la responsabilidad por no haber elegido bien (frente a un escenario de pocas alternativas, donde “la culpa es de las pocas alternativas”).

En fin, una teoría que puede resultar contraintuitiva, pero que si nos paramos a pensar en nuestra propia experiencia seguro que encontramos más de una y más de dos situaciones que la confirman. ¿Recuerdas la última vez que has tenido que elegir algo? ¿Quizás un coche? ¿Sitios para ir de vacaciones? ¿Qué trabajo elegir? ¿Qué ordenador comprar? ¿A qué colegio llevar a los niños?

Por lo tanto… ¿podemos hacer algo para, cuando tengamos que ofrecer alternativas a alguien (en el plano profesional, o en el plano personal) facilitarles la vida? ¿Podemos evitar caer en esa paradoja autolimitándonos el número de opciones, obviando “detalles” para centrarnos en lo esencial de las alternativas?



¿De verdad necesitas el último grito?

Siguiendo con la historia de la elección mi nuevo móvil, hay una segunda derivada. Cuando te pones a mirar opciones, de forma casi incosciente tu atención se dirige a “lo más de lo más”. Lo más nuevo, lo más potente. “El último grito, oiga”. Que suele ser lo más caro, por supuesto. Parece como si dirigirte a una opción que esté un escalón por debajo fuese “renunciar” a algo.

Pero, al igual que sucede con las recomendaciones de los sibaritas, esta sensación es peligrosa. ¿Realmente merece la pena pagar el sobreprecio de “lo mejor de lo mejor”? ¿No estaremos tirando el dinero pagando un diferencial de características (reales o percibidas, que en el fondo es lo que importa) al que luego realmente no le sacaremos partido?

En mi caso, “lo más de lo más” podían ser un HTC Desire HD, o un Samsung Galaxy X, o un iPhone 4… modelos todos aparecidos en los últimos meses, vendidos como una “gran evolución” respecto a lo que había antes (HTC Desire, o iPhone 3GS)… que a su vez, en su día (apenas hace unos meses) fueron también “lo más de lo más”, y fueron también vendidos como una “gran evolución” respecto a lo anterior. Sin embargo, ahora la llegada de los nuevos y “revolucionarios” modelos los ha dejado relegados a un segundo escalón.

Y digo yo, si esos modelos hace unos meses eran “lo más”, y cubrían más que de sobra tus necesidades presentes y futuras… ¿han dejado de hacerlo ya? Y este “último grito” que ahora te promete el no va más… ¿qué pasará con él cuando, indefectiblemente, la industria saque dentro de otro trimestre su “nueva generación”? Ése es el juego de los fabricantes, el hacernos sentir permanentemente insatisfechos, el ponernos siempre nuevas zanahorias delante de nuestros hocicos para que compremos, compremos y compremos. ¿Pero nos interesa a nosotros seguirles ese juego? Yo creo que no.

Yo, al menos en esta ocasión, no he caído. He optado por el “segundo escalón”, un modelo que hace unos meses era “el mejor” y que ahora ya no lo es… pero que seguro que a mí me sirve más que de sobra. Y son unos cuantos euros que me ahorro.

PD.- Alguien me podrá decir, no sin cierta razón, que ya puestos por qué no he optado por un “tercer escalón”, o un “cuarto”. O incluso, puesto a ser un “revolucionario anti-consumo”, por qué no me quedo con mi actual móvil, que sigue siendo perfectamente funcional (o casi; algún achaque ya tiene) y cubre el 90% de mis necesidades reales (no da para hacer muchas “chuminadas”, pero es que tampoco se puede decir que las “necesite”). Pues sí, también es verdad. Supongo que soy un “revolucionario” de andar por casa :)

Foto: Jon S Page



Acortando plazos de decisión

Este año los Reyes (se ve que he sido bueno) me han regalado un móvil nuevo. Bueno, para ser más exactos (y como los Reyes me conocen bien y saben que estas cosas me gusta escogerlas a mí) me han regalado un “cómprate el móvil que quieras y nos pasas la factura”. ¡Yupi!. Teniendo en cuenta que mi último móvil ya se acercaba al 4º aniversario (que ha venido siendo la duración habitual de mis dispositivos), y lo chulos que son los smartphones de un tiempo a esta parte, yo ya venía teniendo el “run-run” de cambio…

Pero, aun siendo algo que ya tenía en mente, todavía no tenía ni medio decidido un modelo. ¿iPhone o Android? Y dentro de los Android… ¿cuál de entre las docenas que hay? Precio, características, opiniones de usuarios… y todo dentro de un entorno que se renueva cada x meses, donde lo que ayer era “lo más de lo más” hoy se ve superado por un nuevo “lo más de lo más”. Si te pones a darle vueltas, puedes acabar tarumba. Hay opiniones para todos los gustos, ¿de cuál te fías? Y como tardes un poco, enseguida aparecen nuevos modelos que te obligan a replanteártelo todo una vez más…

Así que, enfrentado al panorama de pasarme varios días/semanas dándole vueltas al asunto, tratando de encontrar una solución definitiva, tomé una decisión “radical”. De entre los modelos que estaba considerando, elegí uno (HTC Desire), hice el pedido, y santaspascuas. En hora y poco había decidido y ejecutado. Muerto el perro, se acabó la rabia. Ya no tiene sentido elucubrar más. ¿Habré escogido “la mejor” opción? Francamente, no lo sé. Ni siquiera sé si hay una “mejor opción”.

Lo que sé es que la decisión adoptada va a ser “suficientemente buena”. Y que la inversión necesaria de tiempo, esfuerzo y elucubraciones para afinar la decisión iba a ser mucho más que proporcional para el resultado adicional que podría conseguir, y que por lo tanto no tenía mucho sentido realizarla. Tomas la decisión, y te olvidas del asunto.

Creo que, en muchos aspectos de la vida (tanto personal como profesional) nos enfrentamos a decisiones difíciles, ambiguas, en las que es difícil escoger una solución. Intentamos tener todos los datos en nuestra mano, para así asegurarnos que estamos llegando a la decisión óptima. Pero nos olvidamos de dos cosas: por un lado, la vida no es un problema matemático con una “solución correcta”, sino que es más bien un sistema complejo en la que todo tiene sus pros y sus contras (subjetivos, además) donde es difícil que haya un “óptimo” objetivo. Y por otro lado, en muchas ocasiones conseguir toda la información, todos los datos, supondría invertir una considerable cantidad de tiempo y esfuerzo; ¿merece la pena dilatar los procesos de decisión, y que éstos consuman nuestra atención y nuestros recursos (la famosa “parálisis por el análisis”), sólo para conseguir una solución “ligeramente mejor” que la que escogeríamos en una decisión rápida?

Yo creo que no. Así que, en la medida de lo posible, enfrentado a una decisión procuro darle algunas vueltas rápidas que me permitan acotar un rango de decisiones “suficientemente buenas”, escoger una de ellas y pasar a otra cosa. Quizás no escoja siempre “lo mejor”, pero escojo, actúo, me muevo.

Foto: viZZZual.com



Los límites de tu aguante

Police Line Do Not Cross

Hace no mucho he atravesado una situación un poco conflictiva. Me había vinculado a una asociación local, pero tras varios meses de pertenencia, y tras observar una serie de comportamientos y actitudes que no me convencían, decidí darme de baja. Eso de oir, ver y callar (y tragar) no va conmigo, y tampoco me apetecía hacer de “pepito grillo”. Así que, sin más, un paso atrás y sanseacabó.

El caso es que, al comunicar mi baja, alguien me dijo algo que me hizo pensar: “Ya sabes, que en la asociación como en todo lo demás, no todo, funciona como a nosotros nos gustaría, pero poco a poco hay que seguir adelante.”

¿Sería posible que, quizás, yo fuese un exagerado y que tampoco la cosa fuera para tanto? ¿Que tenga poco aguante, y que a la mínima contrariedad decida desvincularme? Me hizo pensar en otras situaciones, más o menos similares, por las que he ido pasando en la vida. A nivel laboral, a nivel personal… y la verdad es que puedo llegar a concluir que es probable que yo tenga una especial facilidad para “desconectar” cuando una situación no me convence. He visto a gente aguantar carros y carretas en situaciones donde yo, simplemente, he cogido la puerta y me he ido.

¿Significa eso que soy un flojo? ¿Que no tengo la capacidad necesaria para persistir? Pues… creo que no es eso. Creo que tengo persistencia, y capacidad de aguante. Pero creo que necesito estar muy convencido de algo para que esa capacidad aflore. Si pensase que el trabajo de mi vida depende de ello, o la felicidad y el bienestar de mi familia, o mi supervivencia económica… entonces aguantaría lo que hiciera falta.

Pero “aguantar por aguantar”, cuando el beneficio derivado de ello es escaso… no, mira, tengo otras cosas de las que preocuparme y en las que poner mis energías.

Al final, se trata de poner en una balanza lo que te aporta de positivo (ahora y en el futuro) una situación, y la incomodidad que te genera. Si lo segundo gana a lo primero, es tontería aguantar. Aunque claro, ambos lados de la balanza son completamente subjetivos, tanto lo positivo como lo negativo. Pero por eso mismo es necesario hacerle caso a las propias sensaciones para decidir, tener muy claro qué es lo que uno quiere en la vida y qué está dispuesto a sacrificar. Y, por lo tanto, saber cuando tiene que decir “por ahí no paso”.

Foto: Jayneandd