Los manipulables manipuladores

Ninguno decimos, en voz alta, que “nos gusta que nos manipulen”. Valoramos nuestra independencia, nuestro pensamiento crítico. Al menos, eso decimos. Pero la realidad es que, si miramos alrededor (porque mirarse uno mismo suele ser más difícil) vemos que la manipulación está a la orden del día. Los políticos, los medios de comunicación, las empresas, los publicistas… trabajan sin descanso para orientar nuestro pensamiento y nuestra acción. Y lo hacen recurriendo a “viejos trucos”, al slogan, al “argumentario” machacón, a levantar nuestras más bajas pasiones. Qué burdo. Y sin embargo, si lo hacen… es porque funciona.

Porque al final, por mucho que digamos que “nosotros no picamos”, el conjunto de la sociedad es bastante manipulable. Es más, diría que nos gusta que nos manipulen. Que nos den mascados los argumentos, que nos digan qué debemos pensar, cómo nos debemos sentir, qué debemos hacer. Porque es el camino más corto, el más sencillo. Lo otro nos exigiría informarnos, documentarnos, profundizar, reflexionar, ser críticos… buf, demasiado trabajo. Mejor que nos den la versión corta, y a otra cosa, mariposa.

Y lo que es peor, cuando nos interesa bien que recurrimos nosotros a la manipulación. Porque también es más corto, porque nos asegura un mayor porcentaje de éxito y una menor dedicación de recursos. Es más fácil “engañar” al de enfrente en lugar de darle toda la información, de debatir con él, de convencerle.

Quizás tengamos lo que nos merecemos.

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Críticas constructivas, Rapoport style

Leía el otro día una reseña de un libro de Daniel Dennet (“Intuition pumps and other tools for thinking”), y en ella hacía referencia a un método en cuatro pasos para hacer una crítica constructiva y no agresiva siguiendo los criterios de Anatol Rapoport.

Según Dennet, los pasos necesarios para hacer una crítica de forma satisfactoria serían:

  • Tratar de reformular la posición de la persona a la que vas a criticar de una forma tan clara, precisa y justa que esa persona diga “Exacto, gracias, yo no podría haberlo expresado mejor”
  • Identificar todos los puntos en los que estés de acuerdo con esa posición (especialmente si no son generalidades con las que cualquiera estaría de acuerdo)
  • Hacer mención a cualquier cosa que hayas aprendido de la persona cuyo argumento vas a criticar
  • Sólo entonces, puedes lanzar tu refutación o crítica al argumento

De esta forma, conseguimos que la persona a la que criticamos se muestre más receptiva a nuestra crítica, ya que previamente hemos demostrado que comprendemos su razonamiento (no estamos criticando desde el desconocimiento), que compartimos alguno de sus criterios (no estamos criticando desde la oposición frontal), incluso que nos ha servido para aprender o cambiar nuestra opinión (no estamos criticando desde la soberbia). No es un ataque, es una confrontación de ideas de alguien que nos ha demostrado que no es un enemigo.

Sin duda, una manera de endulzar la píldora de la crítica. Pero claro, esto nos exige también un esfuerzo… y posiblemente también sirva para modular nuestro “ímpetu” a la hora de criticar (algo que la gente vehemente, como yo, tendemos a no controlar…)

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Esto es lo que él cree que está pasando

“Esto es lo que él cree que está pasando… y esto es lo que realmente está pasando”

Este spot de televisión lo recordarán los más viejos del lugar (no en vano data ya de 1999). Corresponde a una campaña de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción. El video, en clave divertida, trataba de ilustrar la percepción distorsionada del mundo que se tiene cuando uno va bajo la influencia de las drogas.

El problema es que no hace falta drogarse para tener una percepción distorsionada del mundo. ¿Quién no conoce casos así? Expertos en “lo tengo todo bajo control”, “yo he actuado correctamente”, “a mí que me registren”, “yo no he cambiado, sois vosotros”, “mi hijo es el más guapo y el más listo”, “el profesor me tiene manía”, “no sé por qué engordo si yo como lo que cualquiera”, “mis compañeros me hacen el vacío”, “no entiendo por qué me echan la bronca”, “no recuerdo haber dicho eso”, “mi hijo no pega, es que le provocan”, “tampoco es para tanto, ha sido un fallito de nada”. Gente que, cuando dice estas cosas, provoca a su alrededor asombro, ojos en blanco, murmullos: “¿Pero de verdad no se da cuenta de la realidad?”. Y normalmente la respuesta es que no, que no se dan cuenta. Incluso cuando les muestras evidencias incuestionables, siempre te dirán que “no es lo que parece” o, en su defecto, encontrarán mil y una justificaciones (“bueno, sí, pero es que…”)

Unos más y otros menos, tenemos todos una capacidad asombrosa de autoengañarnos, de ignorar la evidencia, de justificarnos, de fabricar una realidad alternativa en la que nosotros lo hacemos todo bien, y si no lo hacemos bien es por culpa de otros.

¿Y cómo se lucha contra eso? Muy difícil. Muy difícil cuando se trata de hacer que otro “vea la realidad”, porque no hay más ciego que el que no quiere ver; y cuando cuestionas algo tan íntimo como la visión del mundo que alguien tiene, es más probable que reaccione “dándote una cornada” que aceptando lo que le dices.

Y casi imposible cuando se trata de uno mismo. Según escribo esto (que lo escribo, obviamente, pensando en otros… “porque eso a mí no me pasa”), intento pensar en la cantidad de cosas que yo creo que son de una forma y que en realidad son de otra. Intento pensar las cosas que hago o digo y que provocan ojos en blanco, caras de asombro y murmullos a mis espaldas diciendo “¿De verdad no se da cuenta?”. Trato de recordar las veces en las que alguien me ha intentado mostrar la realidad y lo he despreciado diciendo “bueno, no será para tanto”, “menuda gilipollez” o “a qué viene este ataque”.

Qué difícil es. Tanto hacer autoanálisis (que nos exige “salir de nosotros mismos” para vernos como nos vería alguien de afuera…), como aceptar las opiniones ajenas evitando nuestra tendencia natural a incorporar lo que nos gusta e ignorar lo que no.

Hay que trabajarlo mucho, pero probablemente sea una de las cosas más importantes para mejorar. Y supongo que darse cuenta es el primero de los pasos…

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Si yo fuera…

¿Cuántas veces no haremos este razonamiento a lo largo del día? “Si yo fuera el jefe de mi departamento, haría A, B, o C”. “Si yo fuera el CEO, lo enfocaría de esta manera”. “Si yo fuera el Presidente del Gobierno, lo que haría es…”. “Si yo fuera el seleccionador nacional de fútbol, apostaría por…”. “Si yo fuera el padre de ese hijo…”

Nos pasamos el día elucubrando (además, con una seguridad pasmosa) sobre lo que haríamos si fuéramos algo que no somos. El problema es que no somos esa otra persona, no tenemos esa otra responsabilidad, no tenemos todos los datos. Es muy fácil ver los toros desde la barrera.

Quien más y quien menos ha vivido la experiencia de criticar algo desde fuera, para luego vivir esa misma experiencia desde dentro. Por ejemplo, cuando eres “el hijo” piensas muchas cosas sobre cómo te comportarías tú siendo padre… y luego acabas siendo tú el padre y piensas “ah, coño, no era tan fácil”. O cuando eres el becario y tienes muchas opiniones sobre “cómo se debería tratar a los becarios”, y años más tarde eres el que se encarga precisamente de coordinarlos. O cuando eres el que se queja porque fulanito no te responde un mail, y luego eres tú el que tiene que gestionar decenas de ellos al día y alguno se te escapa. Etc. Resulta curioso, en estas situaciones, comparar “qué es lo que yo pensaba desde fuera” con “qué es lo que pienso una vez vivida la experiencia”. Normalmente, si somos sinceros con nosotros mismos, nos tocaría comernos la mayor parte de nuestras palabras. Sí, a veces podemos hacer las cosas mejor, pero en muchas ocasiones hay factores que desde el desconocimiento no habíamos considerado, y acabamos incurriendo en comportamientos parecidos a los que criticábamos; y tenemos que concluir que a lo mejor ése a quien tan alegremente criticábamos no era tan incapaz, tan torpe, tan malintencionado. Como se suele decir, “al que juzgue mi camino, le presto mis zapatos”.

Si cuando hemos vivido esas situaciones desde los dos lados sacamos esa conclusión, eso debería llevarnos a ser un poco más cautos cuando enjuiciemos la labor de otro. No hace falta vivir el proceso completo (critico desde fuera, experimento en primera persona, me vuelvo más comprensivo) para extrapolar el razonamiento. A cualquier crítica que nos venga a la cabeza deberíamos ponerle una cierta sordina, porque es muy probable que haya cuestiones que no hayamos ponderado adecuadamente, y habría que vernos a nosotros en esa misma situación. Empatía, dicen que se llama… aunque es más fácil decirlo que hacerlo; así de egocéntricos solemos ser.

Y curiosamente, mientras dedicamos tanto tiempo a pensar en “lo que yo haría si fuera…”, reflexionamos muy poco sobre “lo que tenemos que hacer siendo quien somos”, y con las responsabilidades que tenemos. ¿Lo hacemos realmente lo mejor que podemos? ¿Tenemos capacidad de autocrítica? ¿Sabríamos encajar los mismos juicios que nosotros hacemos alegremente sobre otros? ¿O tendemos a ver la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el propio?

No está mal la crítica constructiva; pero siempre desde la prudencia, no desde la soberbia del “yo lo haría mejor con los ojos cerrados”. Y puestos a criticar, empecemos por nosotros mismos.

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El francotirador

Hace un tiempo, lancé una crítica en twitter (por cierto, soy @rahego para quien no me tenga ubicado). No recuerdo bien hasta qué punto sería una crítica más o menos velada (imagino más lo primero que lo segundo, teniendo en cuenta mi natural aversión al conflicto), pero sí la recuerdo como certera, de meter el dedo en la llaga. El caso es que al rato una persona, también a través de twitter, dijo algo así como “qué fácil es hacer de francotirador”. No sé hasta qué punto lo dijo por mi comentario anterior, o fue pura casualidad. Pero el caso es que me hizo pensar.

Una crítica al estilo “francotirador” es como ver los toros desde la barrera. En ese sentido, es una crítica ventajista. Que además, en muchos casos, no tiene en cuenta el contexto sino que va directo a donde duele. Y al ignorar el contexto se arriesga a resultar injusta, ya que juzgar algo en términos absolutos suele serlo.

Sin embargo, creo que no por ello debe uno jugar al avestruz cuando recibe este tipo de críticas. Con su punto de ventajismo, o de injusticia, la crítica del francotirador (si está fundamentada) pone el foco en cosas que uno puede mejorar. Y por lo tanto, son un activo que tenemos que hacer jugar a nuestro favor.

Recibir una crítica (hacia uno mismo, hacia un proyecto en el que está involucrado, etc.) nunca es fácil. Por mucha “piel de elefante” que quieras tener, duele (desde luego, duele mucho más que las palmaditas en la espalda). Y más cuando uno se ha dejado los cuernos, ha luchado contra cientos de elementos en contra o se ha visto limitado por condicionantes externos… y llega el “listo” de turno a sacarnos faltas. Pero lo malo de estar expuesto a la opinión de terceros es que no puedes controlar esas críticas, y siempre van a existir. Así que las opciones son ponernos las anteojeras para no ver esas críticas, tomárnoslas como una afrenta personal, o tratar de valorarlas de la forma más aséptica posible, gestionando el factor emocional y extrayendo las lecciones que nos puedan ser útiles para el futuro.

Foto: Brian Bennett

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¡Hazlo tú!

Éste es un video del programa de Buenafuente en su etapa en Antena 3. En él aparece con David Mecha, la parodia que hizo Edu Soto al nadador David Meca (conocido por sus retos deportivos-espectáculo cuando menos peculiares).

La parodia del personaje consistía en presentarle como un tipo bastante “flipao” que abordaba retos ridículos como si fueran siempre la mayor hazaña del género humano. En este video, a partir del minuto 1:45, Buenafuente le dice: “Tengo entendido que vas a hacer la travesía más corta que se ha hecho jamás”. Y prosigue “con todo el respeto no parece una cosa muy difícil…” Y entonces es cuando replica David Mecha indignado con su soniquete… ¡HAZLO TÚ! ¡HAZLO TÚ!

El otro día, en la discusión sobre eventos blogosféricos, no pude evitar acordarme de este personaje tras las respuestas de Octavio (éste y éste) y Juan Luis (éste y éste). “¡Hazlo tú!”

Aunque doy por sentado que nadie lo entenderá así, y especialmente los aludidos, pero para evitar malos entendidos: ni estoy diciendo que Octavio o Juan Luis sean unos “flipaos”, ni que los retos que abordan son “ridículos”. Simplemente, que la reacción defensiva ante la crítica me recordó la parodia: cuando lo que hice fue expresar en voz alta una reflexión creo que cuando menos pertinente (y a tenor de los comentarios, compartida por unos cuantos), parte de la reacción (no toda: hubo argumentos muy cabales) fue “menos criticar y más hacer”.

Y eso es algo con lo que yo no estoy de acuerdo, ni en esta ocasión ni en ninguna: el mero hecho de hacer no debe eximir de la crítica (no vale recoger sólo los halagos y los aplausos; a esos no se les dice “menos aplaudir y más hacer”), y para hacer crítica tampoco es condición sinequanon el “haber hecho” (es como esos cineastas que descalifican a sus críticos diciendo que son unos “directores frustrados”, que “nunca se han puesto detrás de una cámara y no saben lo que es eso”… y así se evitan entrar en el contenido de la crítica).

Hoy mismo hablaba con una persona, que me decía que percibía cierto “apaleamiento” cuando se criticaban las iniciativas 2.0 de algunas empresas. Que quizás no era bueno, porque así se asustaba a las empresas (“y para esto no lo vuelvo a intentar”), y que quizás era mejor simplemente ignorar las malas prácticas, premiar las buenas y en todo caso aplaudir el mero hecho de intentarlo.

Pues qué queréis que os diga, no lo veo. Vale, el intentarlo merece un cierto reconocimiento. Pero cuando uno sale a la palestra, tiene que saber que va a haber críticas buenas, malas y regulares. Y las críticas malas hay que escucharlas igual que las buenas, valorarlas (no siendo que vayan a tener algo de razón; igual no la tienen, pero eso sólo se puede decidir una vez las has procesado) y procurar sacar algo positivo de ellas.

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