El ciclo del hype o la burbuja de expectativas

El “hype cycle” es un modelo desarrollado por la compañía de análisis tecnológico Gartner que representa, según ellos, la evolución de cualquier tecnología a lo largo del tiempo, pasando por diversas fases: el “technology trigger” (que podríamos definir como la fase de descubrimiento), el “peak of inflated expectations” (el momento burbuja, donde aquello parece la última cocacola de desierto y todo el mundo corre a subirse al tren como pollo sin cabeza), “Trough of disillusionment” (el estallido de la burbuja, cuando la fiebre se pasa y las fieras se marchan buscando un nuevo terreno que arrasar) y el “slope of enlightment” y “plateau of productivity” (las fases en las que, una vez despejada la polvareda, las cosas van encontrando su lugar propio y aflora el valor real ya sin exageraciones ni fuegos artificiales).

Me gusta, y en realidad creo que se puede extrapolar desde la tecnología a cualquier ámbito susceptible de convertirse en “moda”: nuevos modelos organizativos, nuevas herramientas de gestión de personas, nuevos formatos en medios de comunicación, las redes sociales…

Hay un primer momento, en el que algún investigador/académico en la soledad de sus despachos y laboratorios le da vueltas a una idea que oye, podría tener sentido, podría suponer una novedad. Y empieza a mover esa idea. Y entonces la idea salta a otro terreno, el de los gurús que intentan vender charlas y libros con el concepto, el de los medios de comunicación que la ponen en portada como “the next big thing”, y el de los consultores que se suben al carro para intentar vender la moto a algún cliente incauto, y el de las instituciones formativas que se apresuran a montar programas para que “no te quedes atrás”. Todo ello soportado con poca o ninguna evidencia, con “casos de éxito” anecdóticos, con “estudios científicos” de corto alcance, con grandes promesas de retorno de la inversión: las empresas que lo adopten serán más competitivas, los profesionales que lo aprendan tendrán una carrera prometedora, si te quedas atrás te lo estás perdiendo.

Luego, claro, llega Paco con las rebajas. Aquellos proyectos que le iban a dar la vuelta a tu compañía no acaban de funcionar, o lo hacen con resultados muy por debajo de lo prometido. Aquella formación que le iba a dar un espaldarazo definitivo a tu carrera profesional tampoco tiene mucha chicha, y no te abre la puerta de ningún cielo. A la idea se le empieza a ver el cartón, “esto no funciona”, “nos han vendido una burra” (pero que no se note, disimula). ¿Y el gurú, y los medios, y los de los masters, y los consultores? Están ya ocupados en otra cosa, que aquí ya está todo el pescado vendido.

Lo interesante, en realidad, pasa después. Porque posiblemente aquella idea del académico/investigador del origen sí tuviese cierto sentido. Pero hay que trabajarla. Hay que dedicar tiempo y esfuerzo a aplicarla. Y no será ningún bálsamo de Fierabrás que todo lo cure, pero puede tener su retorno. Modesto, sí, pero retorno al fin y al cabo. Ya no hay ruido de fondo, ya no hay presión por ser el primero ni por salir en los papeles, solo interés en hacer las cosas un poco mejor. Claro, esto no vende: uno no se hace gurú a base de trasladar esta idea, ni consigue millonarios contratos, ni atrae alumnos a sus masters especializados, ni sale en ninguna portada.

Pero ya hace tiempo que llegué a la conclusión de que la inmensa mayoría de las empresas no necesitan estar a la última. Lo que necesitan es aportación de valor real. Y éste raramente se encuentra en el pico de la burbuja.

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Las milongas de los consultores

El otro día tuve la oportunidad de charlar tranquilamente, durante casi dos horas, con una persona muy interesante. Directiva muy senior, muchos años en la línea en posiciones de responsabilidad y con muchas batallas a sus espaldas. Y entre las muchas cosas que tuve ocasión de preguntarle, ésta: “¿Cómo se ve a los consultores desde ese lado de la mesa? ¿Qué cosas, especialmente, son las que hacemos mal de forma sistemática?”.

No le costó mucho darme respuesta: “Contar milongas“.

Se refería a esa capacidad proverbial de los consultores de “vender la moto”, de contar las maravillas de los servicios que pueden ofrecer, de cantar las loas a los proyectos que ya han hecho. Todo de forma muy genérica y muy vistosa, pero que cuando se rasca un poco se cae como un castillo de naipes. “Cuéntame un caso concreto en el que hayas aplicado este servicio, cuéntame qué beneficios reales se obtuvieron, dame un nombre de alguien a quien pueda llamar para preguntar cómo fue, cuéntame las dificultades a las que os enfrentasteis, lo que salió mal y cómo lo abordasteis”. Me contaba cómo, si ante estas preguntas lo que empezaba a escuchar eran balbuceos, evasivas y respuestas genéricas, básicamente daba por finalizado el encuentro. Ya está, no hay más, o ese valor que dices aportar tiene algún respaldo, o déjate de rollos. Y ven preparado a contarme no solo lo bonito, si no también las dificultades; que llevo muchos años en esto como para saber que todos los proyectos tienen problemas, y lo que me interesa es saber cómo reaccionas ante ellos.

Y un poco en la misma línea se mostraba cansada de que le hicieran perder el tiempo. “No puedes entregar a un directivo un documento de decenas de páginas y pretender que se lo lea; ¡hazle un resumen ejecutivo!”. Un par de páginas claras y directas, donde expliques qué vas a hacer, por qué, cómo, cuándo y por cuánto. Y luego, si quieres, le remites a los anexos que quieras, por si tiene curiosidad/tiempo en profundizar en algún punto. Pero deberías ser capaz de condensar el contenido de lo que ofreces en muy pocos párrafos… porque si no la sensación es que estás distrayendo la atención de la esencia a base de embellecedores.

Me gustó mucho escuchar sus respuestas, porque coinciden (¿sesgo de confirmación?) con muchas de las sensaciones que yo he ido desarrollando a lo largo de los años. Me alivia saber que no estaba demasiado despistado.

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Cinco reflexiones (y una confesión) sobre design thinking

Design Thinking
Design Thinking

Design Thinking es una disciplina puesta en el mapa hace no demasiados años, principalmente por la escuela de diseño de la Universidad de Stanford y la consultora IDEO. En realidad, como tantas otras veces, no es más que un destilado de muchas otras ideas que se fueron desarrollando a lo largo de los años (nada realmente nuevo bajo el sol); pero que hizo fortuna a la hora de “paquetizarlo” y transformarse en una “metodología de moda”, con la consiguiente cascada de libros, cursos, herramientas y demás. A estas alturas levantas una piedra, y te sale algo de “design thinking” seguro.

Como ya sabréis los que me leáis con más frecuencia, soy bastante alérgico a las metodologías “registradas” (en general me parecen una forma ruin de sacarte el dinero con lo que viene a ser sentido común disfrazado de gráficos y nombres cuquis y aparentemente novedosos y diferenciadores). Me interesan mucho más los principios subyacentes, ese “sentido común” que está detrás de todo. Y reconozco que detrás del “design thinking” hay bastante de eso.

Éstas son las cinco cosas que me llaman la atención del design thinking:

  • Que está centrado en el usuario. Emparenta, en este sentido, con la filosofía LEAN. Lo importante es el cliente, el usuario. Es él quien define el valor, es él quien tiene un problema que queremos resolver. Él sabe lo que le duele, y si queremos darle una solución, tenemos que hacerle protagonista. Ponerle en el centro. Ahí entra la investigación, la empatía, el trabajo de campo, el “humble inquiry” que decía Schein. Tenemos que dejar atrás nuestros prejuicios, nuestras “ideas de salón”, nuestra prepotencia de directivo/consultor, nuestro “yo sé lo que necesitan”. Tenemos que dedicar tiempo y recursos a escuchar, a entender.
  • Que tú no importas. Porque, claro, lo que importa es el usuario/cliente. No es tu punto de vista el que hace una idea buena o mala. No tienes que convencer a nadie de “tu idea”. Tienes que desprenderte de tu ego, estás ahí para entender al otro y para ofrecerle propuestas que él comprará o no. Y eso no es bueno ni malo para ti, eres un simple facilitador del proceso. He oído usar la metáfora de que “no somos vendedores, somos antropólogos”. No buscamos validación, no buscamos “acertar”, no buscamos “demostrar” lo buenos que somos. Cuando un usuario nos dice no a algo no está cuestionando nuestra valía, ni nuestra experiencia. No tenemos que sentirnos heridos, no tenemos que resistirnos a sus “noes” ni tratar de conseguir “síes”; simplemente tenemos que entender por qué el no es no, por qué el sí es sí.
  • Que hay que hacer pruebas con fuego real. Prototipado. Constante, y rápido, y barato. El objetivo es probar tus asunciones y tus propuestas, dejar que el usuario/cliente lo vaya validando, ver lo que funciona y lo que no y construir sobre ello. Eso implica abandonar la idea del “producto terminado”, de “lo perfecto”. Implica poner encima de la mesa algo para probar, algo con “errores”. Pero es que no son errores, es una herramienta útil para lograr un objetivo mayor. Hay que despojarse de la noción de que “esto está mal”. No es un examen que apruebas o suspendes, no es algo en lo que fallas.
  • Que reconoce ser un proceso desestructurado. A la hora de enseñarlo, los expertos del design thinking hablan de varias fases (empatizar, definir, idear, prototipar, probar), pero también advierten de realmente no son “pasos” que se desarrollen de una manera secuencial. Puedes ir hacia adelante, volver hacia detrás, empatizar mientras pruebas, idear mientras prototipas. Es todo un “magma” de principios en aplicación constante y concurrente. “Design is messy” es una frase que he escuchado decir durante un curso. Y me encanta. Porque así es la vida real. Messy, tirando a caótica. Lo importante son los principios, la dirección global.
  • El sesgo hacia la acción. Haz cosas. Deja de dar vueltas a la cabeza en la comodidad de tu despacho, y echa la bola a rodar. Las ideas son un espejismo, nos engañan haciéndonos pensar que estamos “haciendo algo”. Pero el mundo real solo cambia gracias a la acción. Y es sucio, sí. Y hay conflicto, sí. Es mucho más difícil que ver los toros desde la barrera. Pero sin eso, no hay nada.

Creo que es el camino correcto. Pero tengo que hacer una confesión: quienes me conocen saben que tiendo a la prepotencia y al egocentrismo. Yo sé. Yo tengo razón, mi punto de vista es completo, “quita, déjame que ya lo hago yo”. Llevo mal las críticas, que me digan que algo no lo he hecho bien, la falta de control, el equivocarme y el caerme. Tiendo también a estar cómodo y calentito en el mundo de las ideas (donde todo es más fácil y controlable, donde es más fácil “tener razón”), y me cuesta más “pasar a la acción” con su cuota de esfuerzo y frustración. Por todo eso, aplicar principios del “design thinking” supone un reto para mí. Pero también lo digo; creo que es un reto que merece la pena.

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A veces es cuestión de empezar por los principios

Me crucé con este vídeo hace unas semanas, y no pude por menos que reír.

Ahí tenemos al colega, dándole hostias con un martillo neumático al suelo. Sin enchufar ni nada (de hecho el enchufe lo tiene cómodamente colgado en la cintura), a puro dolor. Y el capataz lo ve y flipa, “no, hombre, no, esto tienes que enchufar”. Y el tío enchufa, pero sigue dándole hostias. “No, hombre, con el gatillo ese, con el gatillo ese”. Y cuando por fin le da al gatillo y aquello empieza a funcionar, se lleva un susto de tres pares de narices y sale corriendo. Al menos no se abrió un pie.

En fin, ves el vídeo, y te ríes. “Alma de dios, ¿cómo es posible que no sepa hacer eso?”

Pues muy fácil: porque nadie le ha enseñado. Porque ninguno nacemos enseñados, porque cualquier cosa que hoy sabemos es porque lo hemos aprendido de alguien.

Justo comentaba ayer con un amigo consultor cómo muchas veces, cuando llegamos a un cliente, acabamos haciendo cosas muy básicas. Cosas que para nosotros son “el ABC”, que desde fuera puedes pensar “es imposible que no lo apliquen ya, si es de cajón”, que incluso te llevan a ver el proyecto como “un aburrimiento”; y que sin embargo para ese cliente en concreto les abre las puertas a un mundo desconocido y les aporta mucho valor. Y no es porque sean tontos: son muy buenos en lo suyo, pero no han tenido el aprendizaje y la experiencia que nosotros les podemos aportar. Su camino ha sido diferente del nuestro, y sus aprendizajes han ido por otros derroteros.

Tendemos a dar por hecho que lo que nosotros sabemos lo sabe todo el mundo. Y no es así.

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De las ideas al impacto: aterriza como puedas

El mundo de las ideas es fascinante. Realmente entretenido. Lees libros, lees artículos, reflexionas, analizas, das forma, matizas… puedes pasarte horas y horas dándole vueltas a conceptos, emocionándote a medida que van adquiriendo coherencia, y con la sensación de que “ahí hay algo realmente potente”. Es un ejercicio estimulante a nivel intelectual. Y también, reconozcámoslo, bastante intrascendente en sí mismo.

Da igual de lo que hablemos. Productividad, transformación digital, industria 4.0, knowmads, empresas centradas en los clientes, gestión relativa, estrategia, marca personal, storytelling, minimalismo, fotografía, educación… escoja usted la temática que más le motive, o la que más esté de moda. Se pueden llenar estanterías enteras de libros dedicados a rumiar una y otra vez sobre ella, habrá charlas y eventos donde se hable del tema, cursos, “expertos”, cientos y miles de artículos en blogs dando vueltas y más vueltas a conceptos, recomendaciones, presuntos “casos de estudio”…

Es fácil enredarse en esa maraña. Yo mismo lo hago con demasiada frecuencia. ¿Acaso no lo estoy haciendo ahora mismo, mientras escribo esto; y tú, mientras lo lees?

Las ideas son un espejismo. Nos dan la (agradable y placentera) sensación de estar haciendo algo, cuando en realidad no estamos haciendo nada. Estamos dando vueltas y vueltas en el mismo sitio, sin ningún impacto.

Y es trasladar esas ideas a la vida real (de los individuos, de las organizaciones) es difícil. Requiere esfuerzo, tiempo. Mancharse las manos, enfrentarse a personas, a dinámicas preestablecidas. Supone contrastar esas ideas (tan sólidas, tan coherentes en su mundo ideal) con la realidad, mucho más compleja, más árida. Supone, en definitiva, ponerse a prueba con muchas probabilidades de no triunfar. Ser “el hombre que está en la arena, con el rostro desfigurado por el polvo, sudor y sangre; el que se esfuerza valientemente, yerra y da un traspié tras otro pues no hay esfuerzo sin error o fallo”. Demasiado polvo, demasiado sudor, demasiada sangre. Con lo fácil que es todo desde la barrera.

Hay quien hace del mundo de las ideas su “modus vivendi”. Quien se dedica a predicar, pero no a dar trigo. Investigadores, profesores, críticos, escritores de libros, conferenciantes y gurús varios. Elevados en sus púlpitos, desde donde es fácil dar consejos sin tener nunca que poner a prueba lo que aseveran. Como también acostumbran a hacer muchos (demasiados) consultores, y no pocos directivos de empresas. Proyectos que se quedan en conceptos de alto nivel, en “debería hacerse”, en reuniones llenas de divagaciones, en ideas que parecen muy coherentes y muy lógicas, pero que no son nada sin ser traducidas a las tripas, a tocar las palancas que realmente generan impacto. Pensadores que no se dignan a dedicar el esfuerzo y el tiempo necesarios, con su correspondiente cuota de sinsabores, contratiempos y fracasos. A respirar el polvo, a sudar, a sangrar. Todo eso es sucio, incómodo, lento; con lo bonitas y relucientes que son las ideas. Normal que prefiramos quedarnos calentitos con nuestras pajas mentales.

Pero no hay transformación real si no hay acción. No hay impacto si nos quedamos atrapados en las ideas. El valor no está en las ideas, si no en lo que somos capaces de hacer con ellas.

Ideas. Acción. Transformación. Impacto.

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Consultoría cínica

Una de las cosas que más rabia me ha dado siempre de “la consultoría” (de esas que llegaron a hacerme pensar que el oficio no me gustaba) es lo cínicas que son las empresas y muchos profesionales del sector. Empresas y profesionales que defienden una cosa (sea que “las personas son el centro del negocio” o que “hay que hacer transformación digital” o que “hay que aplanar las estructuras del negocio” o que “el mundo exige empresas transparentes”… cualquiera me vale) pero que a la hora de la verdad están dispuestas a cambiar cualquier principio por una factura.

Recuerdo, por ejemplo, mis inicios en el mundillo. Defendíamos el concepto de “change management” (aunque siempre me gustó más “change enablement”; el cambio no se gestiona, en el mejor de los casos se facilita). Teníamos un modelo bastante majo (¡elaborado en Chicago, nada menos!). Las cosas que allí se decían… ¡joder, tenían miga! Hacíamos presentaciones, metíamos nuestros modelos como anexos en las propuestas, etc, etc…

Pero a la hora de la verdad, se utilizaba el concepto para vender básicamente cualquier cosa. “No, mira, es que nos han contratado hacer unos cursos de formación”. Que sí, que la formación es uno de los elementos interesantes de un proceso de cambio. Pero era evidente que con llegar, dar tres cursos y marcharte no ibas a promover cambio ninguno. Pero daba igual, dabas los cursos, los cobrabas, y a otra cosa mariposa. ¿Dónde quedaba el compromiso con el cambio, con ayudar realmente al cliente? Mmmm… bueno, mira, yo he cobrado y ya el cliente verá.

Soy el primero que entiende que “hay que comer”. Y que las posturas maximalistas e intransigentes no valen, que hay que hacer aproximaciones flexibles, que hay que adaptarse a los clientes. Pero también creo que, si realmente crees en algo, debes mantener un mínimo de coherencia e intentar buscar clientes donde realmente tenga sentido aplicar lo que defiendes. Y no, como se suele hacer, abordar a cualquier cliente e intentar venderle cualquier cosa que remotamente se le parezca. O ni eso. Porque al fin y al cabo, lo que importa es facturar.

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Diez cosas que puedes hacer por tu profesional independiente

Leía ayer un artículo de Hardvard Business Review hablando sobre el auge de la figura del “profesional independiente” y lo que se ha dado en llamar la “gig economy“. Una tendencia de la que estoy convencido hace tiempo, una “ola que llega” y que va más allá de la prestación de servicios profesionales al uso. No es que tú seas una “miniconsultora de uno” con un portfolio de servicios y que aterriza en una empresa para “hacer un proyecto” (hacer unas reuniones de seguimiento, presentar unos hitos, etc.), si no que eres un profesional autónomo y cualificado al que la empresa incorpora por una temporada durante la que formas parte casi al 100% de la dinámica interna . Como suele decir Andrés Pérez Ortega, cada vez hay más trabajo que hacer pero cada vez hay menos espacio para “empleos”, y la figura del “profesional independiente que está una temporada con nosotros” encaja perfectamente con esa realidad. Pero es algo a lo que, tanto los profesionales como las empresas, todavía nos tenemos que acostumbrar.

Como he tenido la suerte de vivir experiencias significativas en este sentido, me he liado la manta a la cabeza y me he atrevido a escribir una pequeña lista de acciones que, desde mi punto de vista, las empresas pueden poner en marcha para hacer más fácil la vida a los profesionales a los que contrata, y que hacen que la relación fluya mejor.

  • Las cuentas claras: empecemos por lo obvio. Tener claro cuánto y cuándo se va a cobrar, y qué conceptos incluye. ¿Vas a pagar gastos? ¿Vas a ofrecer alguna ventaja tipo “descuento para empleados”? Para mí lo más cómodo es una cantidad a tanto alzado: no me pidas que te justifique cada hora de trabajo, ni me plantees cobrar una cosa distinta cada mes, ni me pidas que te guarde tickets de todo… en general no me vuelvas loco y centrémonos en trabajar. Y por supuesto, cumplir como un reloj con los pagos, que nada es más odioso que tener que andar pendiente de si te han pagado, de reclamar facturas…
  • No abrumes rollos administrativos y legales: vale que tú eres una empresa grande, con sus correspondientes departamentos para casi cualquier cosa. Pero yo estoy solo, y todo el tiempo y atención que tenga que dedicar a formalismos no lo dedico a trabajar. No me mandes un contrato larguísimo en jerga legal. No me hagas contratar un abogado para revisarlo. No me pidas que te presente no se qué documentos. De nuevo, no me vuelvas loco.
  • Dame un sitio para trabajar: no soy exigente. Me vale con un rinconcito en cualquier lado. Pero que tenga un espacio en el que estar. Que no me tenga que estar buscando ubicación cada día, o aprovechando esquinitas en la mesa auxiliar de un despacho, o en una sala de reuniones de la que me echan cada rato y el de enmedio porque “la tenemos reservada”. No pido mucho, solo no tener la sensación de que estoy invadiendo el espacio de alguien cada vez que me siento a trabajar, la sensación de “eres un extraño aquí”
  • Dame un pequeño briefing genérico sobre tu empresa: su historia, su actividad, su organización, sus localizaciones, un breve “quién es quién”, cuatro teléfonos de contacto. La típica carpeta de bienvenida (que debería darse a cualquier empleado que se incorpore, en realidad) que me permita ubicarme rápido (está claro que los detallitos se cogen con el tiempo, pero cuanto más tengamos avanzado desde un principio mejor), y no sentirme como un idiota cuando se hable de Fulanito y no sepa quien es (cuando resulta que es un vicepresidente con mucho poder).
  • Cuéntale a tu empresa quién soy: la otra cara de la moneda. Dile a tu organización quién soy yo, qué he venido a hacer, cuánto tiempo voy a estar aquí. Para que cuando me cruce en los pasillos o en la máquina de café con gente (no digamos ya en reuniones), al menos, sepa “quién es ese tipo que ha empezado a venir por aquí”
  • Dame un acceso ágil a tu tecnología: lo normal es que yo venga con mi ordenador, con mi teléfono, que trabaje algo desde casa… así que ponme fácil que si quiero imprimir un documento, pueda. Que si tengo que acceder a unos documentos compartidos, pueda. Que si tiene sentido que acceda a los datos de tu ERP, pueda. Que si hay una agenda de teléfonos compartida, pueda consultarla. Que pueda conectarme a tu red. Es terriblemente frustrante verse impedido por la logística.
  • Dame acceso a tus instalaciones: la parte física del punto anterior. Si vengo de visita, es lógico que tenga que dar mi nombre en recepción. Pero si voy a estar viniendo de forma recurrente no me hagas pasar por ese proceso todos los días. Dame una tarjeta de acceso.
  • Inclúyeme en tus comunicaciones globales: si todo el mundo se levanta para ir a una reunión de equipo, es ridículo quedarse en tu sitio porque “no eres empleado”. Si llega un correo informando de cualquier detalle (da igual si es el resumen de ventas que llega a todo el mundo, la comunicación de una estrategia, una referencia que ha aparecido en prensa o una felicitación de navidad), que me llegue a mí también (y no me quede con cara de haba mientras todo el mundo habla de ello, hasta que tenga que pedir “oye, ¿te importa reenviármelo para saber de qué va el tema?”.
  • Respeta mis tiempos: es algo que en realidad habría que hacer con todo el mundo (nadie debería considerarse un dios con el tiempo ajeno), pero en mi caso tiene más relevancia. Puedo estar trabajando con varios clientes en paralelo. O puedo tener que estar preparando mi próximo proyecto, preparando visitas comerciales (porque contigo voy a estar solo un tiempo, los dos lo sabemos… pero la vida sigue), lo que sea. No pongas reuniones sorpresas, ni cambies citas, ni te acostumbres a jugar con mi agenda. No eres dueño de mi tiempo, no has comprado mi presencia, si no mi valor
  • Ábreme puertas: parte de nuestro acuerdo es que voy a estar aquí un tiempo limitado. No hay indemnizaciones por despido, no hay compromisos de por vida, todo es limpio y transparente. ¿Y si me facilitas la transición hacia mis siguientes proyectos? Si te gusta cómo trabajo… ¿por qué no les hablas de mí a tus contactos? ¿Por qué no me presentas a gente interesante que pueda derivar en nuevas aventuras? En el fondo, estás contribuyendo a que hagamos sostenible este modelo

Seguro que hay más, pero éstas son las que me han salido en un primer esbozo. Si eres profesional independiente… ¿qué cosas le pides tú a las empresas que te contratan?

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Cuando el cliente no está a tu nivel

Tenía marcado para leer desde hace algunas semanas un artículo de Javier G. Recuenco. Ayer lo leí. Muy interesante, como no podía ser menos.

Javier trata un tema que puede ser reconocible por muchos de los que nos dedicamos a tareas “consultoriles”. Cómo entre tu conocimiento (forjado por experiencias, lecturas, conferencias, investigaciones, etc.) y el del potencial cliente (que se dedica a otras cosas) hay una lógica distancia. Y cómo esa distancia muchas veces es una barrera para poder vender proyectos. Como dice él, “si vendes expertise te vas a encontrar con el problema de que tu cliente no te entiende y no lo admite”.

Coincido en el diagnóstico inicial. Cuando tú tienes el conocimiento, sabes que los proyectos pueden llegar a ser complejos, largos, costosos. Que hay muchos matices, muchas palancas que mover, mucha tela que cortar. Pero cuando se lo cuentas al cliente que está varios niveles de conocimiento por debajo, él no aprecia todo eso. Lo único que ve es un proyecto innecesariamente largo, complejo… y caro. “Pero cómo me vas a cobrar eso, si lo único que yo quiero es…”, o “no nos volvamos locos, si aquí lo único que hace falta es…” o “qué me estás contando, si yo tengo un cuñado que me lo hace por la décima parte”. Yo puedo saber que algo es muy valioso, pero si la otra persona no lo ve… difícilmente va a estar dispuesto a pagar lo que yo pido.

Y la barrera no está únicamente en la venta. Porque a veces, superas esa barrera, te compran el proyecto, pero luego te encuentras con otra potencialmente peor; la implantación. Porque te han comprado sin entender verdaderamente todas las implicaciones que tenía tu proyecto, y cuando lo empiezas a poner en marcha, empiezan las discrepancias, las resistencias, los “esto no es lo que yo creía”. Y te ves metido en un embolado de difícil solución.

Javier plantea dos formas de afrontar esta circunstancia. Una más de fondo: invertir en “educar” a los clientes, en darles mayor conocimiento. Cuanto mayor sea éste, más probabilidad habrá de que entiendan todas tus complejidades y sutilezas, comprendan el valor que se esconde detrás, y estén dispuestos a embarcarse en un proyecto con un conocimiento mínimo de lo que implica. Lamentablemente, esta es una labor muy de fondo, con resultados si acaso a largo plazo. Hay que hacerlo, pero…

La otra alternativa que plantea es, directamente, autolimitar nuestros esfuerzos de venta a clientes que estén preparados. Sí, eso evitará encontrarnos con esas barreras derivadas de los distintos grados de conocimiento. Pero tiene sus obvias contrapartidas; estarás dejando fuera a la gran mayoría del mercado. Además, esa pre-selección no siempre es fácil hacerla. Y finalmente te vas a encontrar a unos pocos clientes, que a su vez estarán asediados por todos los proveedores del mercado, como tú; el poder de negociación del cliente se incrementa de forma notable. En definitiva, te ves abocado a un escenario de pocos proyectos; probablemente muy satisfactorios, pero pocos al fin y al cabo. Quizás insuficientes para sostenerte…

Ante la distancia entre experto y cliente, Javier plantea que trabajemos solo con clientes que estén a nuestro nivel, o que hagamos esfuerzos por acercar el nivel del cliente al nuestro. Pero no contempla la que para mí es una tercera alternativa: que seamos nosotros los que rebajemos nuestro nivel para acercarnos al del potencial cliente. Efectivamente, en muchas ocasiones una vía para hacer más pequeña esa distancia es que nos bajemos de nuestro pedestal, y planteemos proyectos en versión simplificada. Algo que los clientes puedan comprender, puedan manejar, puedan implantar… incluso puedan pagar.

Soy plenamente consciente de lo que esto significa, y de la incómoda realidad que supone para los expertos. Estaremos haciendo un proyecto de menos nivel del que podríamos hacer. Con muchas menos complejidades, renunciando a muchas sutilezas. Renunciando, de hecho, a mucho de su potencial. Incluso asumiendo errores derivados de la simplificación. Nosotros sabemos que si nos dejaran, podríamos hacerlo muchísimo mejor. Si solo el cliente fuese de otra forma… Encima, probablemente sea un proyecto que nos resulte aburrido, superficial, muy lejos de nuestra capacidad. Nada motivador.

Este enfoque supone, en gran medida, renunciar a nuestro ego de experto. Hacer un ejercicio de empatía con los clientes, y darles lo que ellos necesitan. No la óptima de las soluciones (esa que nosotros sabemos que podríamos darles), ni la que a nosotros nos “pone cachondos” (esa que sacaría lo mejor de nosotros mismos y nos haría apasionarnos por el proyecto) si no la que ellos pueden, desde su nivel de preparación actual, acometer. Como suelo decir en mis clases, “un proyecto normalito implantado es infinitamente mejor que un proyecto brillante que no llega nunca a implantarse”.

Sé que a una mente “purista” esto le hace removerse. En el fondo, es un dilema ante el que se enfrenta cualquier “artista”. A lo mejor eres un fotógrafo al que lo que realmente le motiva es una visión conceptual profundísima… pero tienes que hacer fotos de bodas, bautizos y comuniones porque realmente es lo que te da de comer. Eres un músico brillante e inquieto, pero tienes que tocar en orquestas de pueblo o enseñar a rasguear acordes en una guitarra a chavales por horas porque es lo que da dinero. Por supuesto, tu arte no se plasma ahí… pero hay que pagar las facturas.

Es posible que haya quienes ante este escenario tomen la vía tremendista, “prefiero morirme de hambre antes que prostituir mi arte y mi talento”. Llevado al caso que nos ocupa, “prefiero quedarme en mi casa antes que hacer proyectos mediocres, simplificados, sin sustancia”. Muy legítimo, sin duda. Obviamente, cada uno conoce sus circunstancias y sabe si se lo puede permitir o si, por el contrario, llega un momento en el que hay que ponerse un poco menos “estupendo”, bajarse los pantalones, y hacer lo que sea necesario. A lo mejor parte de nuestro expertise puede (y debe) enfocarse en cómo simplificar para los que no están a nuestro nivel, manteniendo la esencia en la medida de lo posible.

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De la gran consultoría al mundo real

Loganqus Run Poster

El otro día tomaba algo con un antiguo compañero de fatigas de épocas pasadas, de cuando yo era “consultor de postín”. En el habitual rato dedicado a repasar “qué fue de…”, él me transmitía su sensación de que, de aquella época, había una serie de personas “prometedoras” (por trabajar bien, por tener la cabeza bien amueblada) que, a su parecer, con el paso de los años se habían quedado un poco estancadas en su progresión profesional.

Me hizo pensar. Es probable que tenga razón. Pero es que creo que su visión de “alguien prometedor” está muy sesgada. Y me explico.

El mundo de las grandes consultoras es un mundo muy especialito, un ecosistema muy protegido en el que es fácil “ser prometedor”. Allí, cuando llegas, no tienes más que preocuparte de aprender (y hay una estructura especialmente diseñada para ello: te meten en un equipo con personas con más experiencia que te van soltando la cuerda poco a poco, a medida que tú vas respondiendo) y de ejecutar proyectos (con el mismo esquema de supervisión). Por lo demás (y no es poco), no tienes otras responsabilidades. No tienes que vender proyectos (para eso hay una maquinaria de socios y gerentes que son los que se encargan de ello), no te tienes que preocupar de gestionar la rentabilidad de las operaciones (idem). Y, en general, tampoco te tienes que preocupar demasiado por la implantación real de tus proyectos: es un mundo en el que hay mucha consultoría “de salón”, de ideas plasmadas en estupendos powerpoints.

En este entorno, como decía, es fácil que alguien a quien le funcione medianamente bien la cabeza (y para eso también hay un filtro en la selección) pueda destacar, incluso brillar. Y es fácil caer en la complacencia.

Pero llega un día en que ese mundo, en gran medida artificial, desaparece. Esas habilidades que un día te habían servido para destacar ya no son suficientes, y en algunos casos ni siquiera son necesarias. Empiezas a tener que mancharte las manos de barro, en la implantación real de proyectos, donde las ideas muchas veces son lo de menos y hay que trabajar la parte política, motivacional, relacional… Los proyectos y los trabajos ya no vienen solos, sino que hay que pelearlos. Los recursos no son ilimitados, sino que hay que hacer malabares de todo tipo. Etc…

Del mismo modo que hay personas que destacan en su vida académica pero que luego no obtienen un rendimiento similar en su vida laboral, destacar en el mundo de la gran consultoría no es necesariamente un buen predictor de éxito en el resto de tu carrera profesional.

Sirva esto como alerta a quienes crean que, por el hecho de entrar en el mundo laboral en uno de estos ecosistemas, ya lo tienen todo hecho. Sí, adquieres una serie de habilidades nada despreciables, pero luego no siempre son necesarias ni suficientes. Así que no te duermas en los laureles, no descuides el resto de tus habilidades. Que el día que sales de ese mundo, te harán falta.

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De consultores, directivos y proyectos

Leía hace poco este artículo en el que el autor defiende que “los consultores deberían buscarse un trabajo de verdad“. Lo cierto es que, en mi situación actual, estoy “disfrutando” de una posición privilegiada en la que conviven mi yo consultor (con ese punto de “externo”, “ajeno”) y mi yo personal interno (integrado en las rutinas y dinámicas de funcionamiento de la empresa). Y eso me hace reflexionar con frecuencia sobre esta dualidad, esos dos mundos que en muchas ocasiones funcionan de forma diferente y que se miran el uno a otro con recelo (y he de decir que muchas veces con razón, tanto para uno como para otro).

Hoy toca darle cera a los consultores :D

El consultor, por naturaleza, vive en el mundo de la superficialidad. Aborda proyectos de más o menos duración, pero con fecha de caducidad. Está en una empresa por tiempo limitado, y por mucho que algunos se autodenominen “consultores de implantación”, lo cierto es que en el mejor de los casos tutelan esa implantación (pero quien la ejecuta es la empresa), y normalmente se marchan antes de que esa implantación sea real (total, ya has cobrado la parte del león).

Porque las implantaciones de verdad, con el cambio que suponen, tardan. En paralelo, los consultores viven en el mundo de los estudios, de las bestpractices, de las conferencias, de la innovación, de las novedades del management. De lo que los anglosajones llaman “state of the art”. Es extremadamente fácil cambiar el discurso, lo que uno vende… cuando simplemente te mueves en el mundo de las ideas, de los conceptos, de las metodologías.

Mientras tanto, las empresas llevan otro ritmo. Para empezar, como decía antes, las implantaciones reales llevan tiempo. Mucho tiempo. Hasta la implantación más sencilla (no digamos las más complejas) implica cambios en las formas de actuar, y todo eso tarda en cuajar. Pero es que además, por una mera cuestión de rentabilidad, los cambios tiene sentido “hacerlos durar”, consolidarlos, sacarles provecho real. Si me ha costado tiempo y dinero implantar un determinado proceso, o sistema, o política, o lo que sea, y funciona… tendrá que funcionar durante x años antes de volverte a plantear cambiarlo. ¿Que eso significa que no estás “a la última”? Amigo, es que esa es una de las cuestiones relevantes… las empresas en general no necesitan estar a la última. Dicho de otro modo, “estar a la última” en todo implica tal coste (de tiempo, dinero y esfuerzo) que en muy pocas ocasiones están justificados.

Y aquí es donde chocan los dos mundos. El mundo feliz de los consultores, llenos de ideas y encima enfatizados por la necesidad de vender (¡a por el próximo cliente!) y de diferenciarse (¿cómo vendo algo que parezca nuevo aunque no lo sea?). Y el mundo real de las empresas, donde lo que necesitan es fiabilidad, cosas que acaben funcionando de forma solvente y sólida durante un periodo largo aunque no sea “lo mejor” ni “lo más novedoso”.

Y entre medias, ay, los directivos. ¿Qué hacer? ¿Aplicar el sentido común, centrarse en “pocos proyectos pero bien hechos”, o incluso en el mero “gestionar la normalidad” (sin proyectos de por medio)? ¿O por el contrario dejarse seducir (o directamente ser quien los trae) por consultores para implantar más y mejores proyectos, más nuevos, más brillantes, más innovadores, más…?

Y aquí otro poco de cera para los directivos.

Porque lo cierto es que hay demasiados incentivos para que un directivo se ponga en manos de muchos y variados consultores (y no hablo ya de incentivos directos, “si me contratas te llevas una parte” o similar). ¿Qué directivo se resiste a “dejar su huella” en la organización, en implantar un proyecto que lleve su nombre y tenga impacto para la posteridad? (porque el directivo no es tan volátil como el consultor… pero a veces también viene y va). O bien, ¿qué directivo se resiste a tener a su disposición un gran presupuesto, un gran equipo a su cargo, otros símbolos de status… y qué mejor excusa para ello que “implantar proyectos”? ¿Qué directivo se resigna a la sorda (¿y aburrida?) labor de ejecución, coordinación, control… de proyectos que hicieron otros? De hecho, ¿y si el gran jefe piensa que para eso simplemente no hace falta un directivo, su sueldo, su gran despacho, su presupuesto…?

Y así, en un montón de empresas se suceden (o peor aún, se solapan) los proyectos. No se ha terminado de implantar uno (pero de verdad) y ya nos estamos planteando otro que lo enmienda, lo mejora, lo lleva a otra dimensión. O cada directivo de cada área haciendo su guerra por su cuenta, a lomos cada uno de sus consultores, sin mirar ni a derecha ni a izquierda, impulsando cambios a veces en direcciones divergentes cuando no opuestas. Vendemotos y compramotos en feliz connivencia. Y embarcamos a las organizaciones un un carrusel de proyectos sin terminar, en un batiburrillo entre lo de ayer, lo de hoy, y lo de mañana, lo de uno y lo del otro, sin extraer de cada uno todo el jugo posible. Y por el medio, una sangría de dinero, de esfuerzo, de dispersión de energías y de motivación.

¿Quién le pone el cascabel al gato?

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