Pros y contras de vivir en un pueblo

Hace unas semanas consultaba en twitter “qué os atraería y qué os echaría para atrás de la idea de veniros a vivir a un sitio como Aranda”. Aranda de Duero es un pueblo de la provincia de Burgos; con cerca de 35.000 habitantes sería el tercer municipio, después de la capital y de Miranda de Ebro. Está situado a unos 85 km. de Burgos, casi 100 de Valladolid y 165 de Madrid. Y es donde vivo con mi familia desde hace 9 años.

La historia es curiosa. Después de una temporada en Madrid llegamos a la conclusión de que “la gran ciudad” no era lo que queríamos para nuestra vida. Y buscamos dónde migrar siguiendo un criterio geográfico que a la gente le hace mucha gracia cuando lo cuento, pero es así. El caso es que en nuestra labor de “scouting” un día (9 de noviembre, festivo en Madrid; lo recuerdo a la perfección) vinimos a Aranda a conocerlo (porque no lo conocíamos de nada más que de pasar al lado por la autovía), nos comimos un cordero, nos dimos un paseo, nos pareció un sitio majo, y decidimos que no pasaba nada por probar. Y así fue como un par de meses más tarde organizábamos la mudanza.

Vivir en un pueblo tiene sus pros y sus contras. Deduzco, por el hecho de que seguimos aquí tras todo este tiempo, que para nosotros los pros ganan a las contras. Aun así, me apetecía diseccionar mi experiencia.

Pros

  • La calidad de vida. Es quizás la respuesta más generalizada que recibí cuando pregunté en twitter, y debo decir que es un hecho. Esa calidad de vida se traduce, para mí, en la comodidad del día a día. En el hecho de que todo esté máximo a 10-15 minutos andando, en que el coche no salga del garaje más que en ocasiones especiales, en que mis hijos llamen “atasco” a una fila de cuatro coches esperando un semáforo, en que puedas salir a pasear por el centro en cuatro minutos y en otros cuatro estar caminando entre viñedos o por la orilla del río, que el colegio de los críos esté a 5 minutos y que no tengan casi ni que cruzar una calle para ir, que si tienes que hacer un trámite lo haces en dos patadas. A veces se me olvida, pero luego lo comparo con mis atascos mañaneros de Madrid, o con los “paseos” entre ruidos, coches y humos, con la cantidad de tiempo perdido en desplazamientos, las aglomeraciones del transporte público, los miles de personas que van al mismo sitio que tú a la vez… y es verdaderamente otro mundo. Más tiempo y más calma.
  • El coste de la vida. No es TAN exagerada la diferencia como a lo mejor la gente puede pensar, pero lo cierto es que pago por vivir en un ático de 4 habitaciones en Aranda, estrenado por nosotros, más o menos lo mismo que pagaba en Madrid por un estudio interior regulero (en el barrio de Salamanca, sí, pero…). Y no usas el coche a diario. Y así dos de los grandes “agujeros” en las cuentas de cualquier familia son significativamente menores, lo cual te da bastante más comodidad a la hora de vivir y flexibilidad a la hora de tomar decisiones.
  • La conexión social. He de decir que esto no es algo que yo aproveche mucho (porque no me va mucho el “salseo”), pero es evidente que con 35.000 personas es más fácil “conocer a alguien que conoce a alguien” que con 5 millones, y por lo tanto puedes estar al día de lo que se cuece en la ciudad, e introducirte en un determinado círculo si te interesa.

Contras

  • Servicios. No es Aranda una ciudad mal dotada, con sus colegios, sus institutos, su hospital, su comercio… y sin embargo hay ocasiones donde no resulta suficiente. Por ejemplo, en tema médico, hay especialistas que te exigen desplazarte a Burgos. Medicina privada hay cuatro cosas contadas. Si tienes una enfermedad crónica, o necesitas una atención especializada en determinados campos… puede resultar incómodo. Pero al final depende del impacto que tenga en tu día a día (porque ir a Burgos dos veces al año es algo que puedes asumir sin grandes problemas).
  • Ocio. Muy relacionado con lo anterior. Hay una oferta limitada de ocio, restauración, comercio… no es que “no haya nada”, pero desde luego nada comparable con lo que puede haber en una capital, y no digamos en un Madrid. Si eres de los que necesita probar un nuevo restaurante cada dos por tres, o ir de teatros, museos y exposiciones, o salir por sitios diferentes, o te pirran ir de compras… aquí estás jodido. A mí particularmente me influye bastante poco; nunca he sido de “salir por ahí”, ni de “alternar”, ni de “shopping”, así que en mi día a día no lo echo de menos. Y si surge la necesidad, una o dos veces al año, tienes Valladolid o Burgos a una hora, y Madrid a hora y media; a mí me sobra.
  • Trabajo. Aquí hay lo que hay, y no hay más. Las opciones para trabajar por cuenta ajena son habas contadas, el potencial de clientes para tener una actividad profesional está limitado por el tamaño de la población, y una “carrera profesional” (con opciones de cambiar de trabajos, crecimiento profesional, etc.) es algo altamente improbable. En nuestro caso no le hemos dado muchas vueltas, yo siempre he estado más mirando a Madrid que aquí, pero está claro que es un handicap.
  • Lejanía del “meollo”. Madrid no está lejos, en hora y tres cuartos me puedo plantar donde haga falta. Pero tienes que ir, lo cual supone una barrera (en tiempo y dinero) que dificulta la actividad. No tanto en la ejecución de un proyecto (que ahí te organizas la agenda y los viajes, y no hay mayor historia; aunque si te toca dormir muchas noches fuera de casa empiezas a resentirte), si no en toda la fase previa, ese “estar en el candelero” que te permite mantener el contacto con personas, estar atento a oportunidades, etc. Asistir a eventos, hacer visitas, quedar a comer o a tomar unas cañas… todo eso, estando en Madrid, es mucho más cómodo (puedes quedar “de hoy para mañana”, no hay grandes problemas si se te “tuerce” un plan a última hora, dedicas una o dos horas a un tema y luego puedes seguir con tu día a día tan normal, terminas y te vas a la cama). Desde Aranda ya te tienes que plantear “organizar la agenda” con antelación, intentando cuadrar cosas para “aprovechar el viaje”, si te llaman a última hora para decirte “que no pueden” te joden vivo y no puedes estar pendiente de “a lo largo del día te digo algo”, no te puedes apuntar a cosas que surgen “para esta tarde”, eres mucho más consciente del coste que supone, no te puedes alargar porque “me tengo que volver a casa”… y al final es algo que te va alejando de la dinámica “capitalina”. Y eso hablando de Madrid; plantearse ir a cualquier otro sitio (un Barcelona, un Valencia, un Zaragoza, un Sevilla, un Londres, un…) ya te exige un esfuerzo doble (mientras que si estás en Madrid todo está a tiro de AVE o de avión).

En fin, ésta es mi visión después de más de 9 años. No es perfecto, porque no hay nada perfecto. Es un equilibrio entre cosas que disfrutas y cosas que se te ponen cuesta arriba. Cuestión de qué priorizas, y de hacerlo sostenible. Hay días que lo ves clarísimo, y hay días en que dudas. Pero, de momento, que nos quiten lo bailao.

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