Lo que la rutina no nos deja ver

Dice @intersexciones en un tuit

Algunos, según su instagram, sólo viven en las vacaciones. Los 335 días restantes no ven nada curioso a su alrededor. Yo me preocuparía.

Para los no iniciados, Instagram es una red social de fotografía, enfocada al móvil (haces una foto con el móvil, le aplicas un filtro, y la subes del tirón). Aquí puedes ver mis fotos.

El caso es que me he sentido “interpelado” por el tuit en cuestión. Por ejemplo, la semana pasada estuve cuatro días contados en Londres, durante los cuales subí a Instagram casi 40 fotos (casi 10 diarias). Nada que ver con lo que puedo subir en el día a día habitualmente (una de guindas a brevas). Podría ser yo uno de esos que “sólo viven en vacaciones y el resto del tiempo no ven nada curioso alrededor”. ¿Es para preocuparme?

Reconozco que un poco sí. Siempre he defendido que todos los días, todos los momentos, tienen algo especial. Que es una pena dejarse absorber por la rutina y pasar el día de trabajo encabronado esperando que llegue la noche, o pasar la semana esperando el fin de semana, o pasar el año esperando las vacaciones, o pasar la vida esperando la jubilación. Hay que esforzarse por disfrutar, sorprenderse, aprender… todos los días.

Y sin embargo también entiendo que la rutina “es lo que tiene”. Incluso diría que biológicamente estamos preparados para que, cuando repetimos una determinada rutina, nuestro cerebro entra en “modo piloto automático” y de alguna manera ahorra recursos de nuestra mente consciente (esa sensación que probablemente todos hemos tenido de recorrer el camino que te lleva a casa y no recordar nada del mismo, mientras nuestra cabeza estaba metida en otros pensamientos). Por el contrario, cuando estamos en una situación nueva (como un viaje), nuestro cerebro está en modo “atención plena” y hace que nos fijemos en muchos más detalles.

Pero sí, la excusa biológica no vale del todo. No está de más “romperle el ritmo” a nuestro cerebro, sacarle de la rutina, obligarle a salir del “modo automático” y a fijarse en los pequeños detalles que añaden “picante” a nuestro día a día.

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El turbo en tu cabeza

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El otro día, leyendo este artículo sobre cómo funciona nuestro cerebro, se me vino a la mente una imagen de videojuegos. En los juegos por ejemplo de fútbol, suele haber un botón de “sprint” que te permite correr más. Pero claro, no de forma gratuita: mientras estás corriendo más, hay una barra de energía que va disminuyendo rápidamente… y que una vez vacía del todo te impide seguir usando ese “sprint” (hasta que se vuelva a recargar, algo que hace poco a poco). Esta misma funcionalidad la hay en otro tipo de juegos (p.j. el turbo en los coches, etc.). Un “superpoder” que te permite ventajas durante un tiempo determinado, pero que consume energía rápidamente por lo que no puedes usarlo a lo loco.

El caso es que el artículo describe dos partes de nuestro cerebro, con funcionamientos bien distintos (y aquí que me perdonen los científicos… que yo voy a intentar poner lo que he entendido en mis propias palabras).

  • Por un lado tenemos nuestro cerebro más primitivo, “reptiliano”, que más que pensar actúa. Es el instinto, la reacción rápida, la parte de nosotros que piensa en el presente, en lo inmediato, en la supervivencia. Esta parte de nuestro cerebro es la que nos hace comer cuando tenemos hambre, la que nos hace tener reacciones de “lucha o huye” cuando interpreta un peligro… un cerebro muy adaptado para la vida del animal que fuimos (y que, no olvidemos, seguimos siendo).
  • Y luego tenemos nuestro cerebro “moderno”, el que nos hace humanos. El encargado de analizar, racionalizar, planificar, crear, controlar, contrarrestar nuestros instintos primarios… en definitiva, es nuestro “superpoder humano”, el botón de “sprint” que nos permite hacer cosas que un animal no puede hacer.

La cosa está (y de ahí la analogía) que, al igual que en los videojuegos, este “superpoder” que nos proporciona esta parte de nuestro cerebro gasta su “barra de energía” de forma rápida cuando lo usamos. Y cuando se acaba, perdemos la capacidad de usarlo (hasta que esa energía se repone… algo que no es automático). Y quedamos entonces a expensas de nuestro viejo cerebro animal, incapaces de pensar con claridad, reaccionando más con el instinto que con la cabeza.

¿No lo habéis notado? Ese momento en el que te quedas “plof”, que no eres capaz de articular pensamientos, que te quedas en trance delante del televisor, que estás irascible (tu cerebro de reptil que interpreta cualquier palabra o acción como una amenaza a la que hay que reaccionar gruñendo), atracas la nevera aunque sepas que no debes (pero es tu cerebro de reptil ordenándote que repongas energías ahora, quieras o no). A mí, desde luego, me encaja.

Lo curioso es que ese “superpoder” se gasta lo usemos como lo usemos. No sabe distinguir si esa planificación que estamos haciendo es para un proyecto profesional de alto impacto, o para las vacaciones de verano. No sabe si el análisis que estamos realizando es relevante o no. Simplemente se está usando, y se gasta. Como en el juego de fútbol, da igual si pulsamos el botón de “sprint” para perseguir a un rival que se nos va directo a la portería, o si nos estamos dedicando a corretear en solitario por el centro del campo; si le damos al botón, la energía se gasta.

Este enfoque me parece muy interesante, en la medida en que permite (si somos conscientes de ello) usar mejor nuestra capacidad, siendo conscientes también de sus limitaciones. Algo que es especialmente importante cuando hablamos de “trabajadores del conocimiento”, cuyo trabajo depende casi por completo de ella.

  • Sabiendo que nuestra “barra de energía” se gasta, podemos ajustar nuestras expectativas. No es razonable creer que vas a poder estar 8 o 10 horas “exprimiéndote el coco”. No pasa nada, no eres un “inútil”, simplemente es tu cuerpo que funciona así.
  • Del mismo modo, si somos conscientes de que nuestra barra de energía está agotada, de nada sirve empeñarnos en hacer tareas que requieran su uso. No te pongas a analizar un problema cuando estás así, ni a planificar un proyecto. Te costará mucho, seguramente lo hagas mal y tendrás que acabar repitiéndolo más adelante.
  • Habrá que insertar descansos a lo largo del día, alternar actividades “de las que gastan energía” con otras que “de las que permiten que la energía se recargue”. No tiene por qué ser tumbarse a la bartola (que también), puede ser dar un paseo o hacer alguna actividad física, puede ser meditar, puede ser hacer alguna tarea rutinaria que no nos exija pensar…
  • Tendremos que elegir bien para qué queremos usar nuestro “superpoder”, buscando maximizar el rendimiento de su uso. No lo malgastemos en cosas que no nos aportan. Tener una visión clara de cuáles son nuestras prioridades (que precisamente puede que sea uno de los usos más importantes de nuestra capacidad) nos permitirá cada día tener claro a qué debemos prestarle atención, en vez de dejarnos llevar por lo que va surgiendo y encontrarnos de que al final hemos gastado nuestra energía sin ton ni son.
  • Sería buena idea, también, plantear estrategias que nos permitan minimizar el gasto de “energía pensadora”, trasladando pequeñas decisiones del día a día en rutinas que nos liberen de la obligación de pensar. Por ejemplo planificar un menú bisemanal y ceñirse a él (con lo cual te olvidas de tener que estar pensando cada día “qué como hoy”, recordando “qué comí los últimos días”, “qué tengo que comprar”), limitarse a ropa que combine facilmente aunque sea aburrida…
  • También podemos evitar un gasto excesivo de energía luchando contra la paradoja de la elección, haciendo un esfuerzo consciente en no meternos en una maraña de micro-análisis de múltiples alternativas que al final aportan poco valor. Limitar alternativas y factores de decisión, elegir rápido, y a otra cosa.
  • Del mismo modo, podemos ponernos en alerta ante pensamientos rumiativos: esas veces en las que empezamos a darle vueltas obsesivamente a un tema, sin avanzar (“pues le voy a decir a mi jefe que…, pero si él me dice que… entonces yo le responderé… debería haberle dicho… pero es que mira que…”), agotando nuestra energía para nada.

Seguro que hay más formas de sacar partido a esta visión de nuestra capacidad cerebral como “superpoder que se gasta”, como el “botón de turbo” del videojuego. Lo que ya sería estupendo sería tener una barra indicadora de verdad, que nos mostrase cómo andamos de energía, cómo de rápido se descarga y se recarga… me temo que eso tendrá que esperar :)

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Haciendo un mapa mental

Hace un tiempo que tomé contacto con el concepto de “mapa mental” (mind mapping), desarrollado por Tony Buzan. Lo vengo usando a nivel “conceptual” para gestionar proyectos, para elaborar contenidos (artículos, charlas)… y la verdad es me gusta como herramienta. Pero hasta hoy no había hecho un mapa mental “completo” (el que he usado para el post sobre networking).

Efectivamente, hasta hoy lo único que hacía era utilizar la idea básica del “mapa mental” (conceptos conectados de forma radial a partir de una idea principal). Pero lo hacía con boli y papel, únicamente con palabras y líneas. No había dado “el siguiente paso”, que para Buzan es parte intrínseca de la herramienta, consistente en añadir un componente gráfico (colores, dibujos, formas…). Para Buzan, gran parte de la gracia de los mapas mentales está en el aspecto visual, que por un lado nos permite elaborar/relacionar/caracterizar más los conceptos (ya que mientras dibujamos entra en juego nuestro “lado derecho del cerebro”) y por otro nos permite recordar mejor el conjunto del mapa (ya que lo vinculamos a imágenes, mucho más recordables para el cerebro).

Francamente, es un reto dar ese paso. Requiere tiempo, imaginación, unas habilidades que normalmente no tenemos desarrolladas, varias idas y venidas hasta conseguir cierta coherencia… pero a la vez tiene un punto divertido, para qué nos vamos a engañar. Y el truco es que, mientras estás pinta que te pinta (Buzan recomienda papel y pinturas… yo me he ido directamente al ordenador) sigues en realidad dándole vueltas a los conceptos y relaciones que estás intentando plasmar.

¿Son eficaces los mapas mentales? Yo creo que sí. Pero no porque en sí mismo sean una “herramienta superior” (me desmarco aquí de Buzan, que viene a decir que los mapas mentales son la octava maravilla, que sirven para todo, que “reflejan la forma de pensar del cerebro”; aunque sin duda cosas interesantes tiene). Al final, elaborar un mapa mental exige para empezar una labor de filtrado, priorización y relación de ideas. Es decir, que en ese proceso vas haciendo tuyo el tema que estés tratando, interiorizándolo, dándole sentido y forma. Un proceso de lectura, análisis y síntesis que, en sí mismo, ya tiene un valor notable. Y la fase de “embellecimiento” lo que hace es consolidar todo eso; sobre una estructura conceptual ya fijada, te dedicas a repasar y a complementar el sentido de las palabras y las relaciones con elementos gráficos que ayudan a fijarlo.

Como ocurría con los resúmenes en la época de estudiante, creo que la mayor parte del valor del mapa mental no está en el resultado, sino en el proceso. Es ahí, mientras lo estás elaborando, cuando haces el trabajo. Observar un mapa mental ajeno, por lo tanto, tiene un valor limitado. Puede ser más o menos bonito/curioso, más o menos coherente… pero todo el conocimiento que se esconde detrás sólo está al alcance de quien lo elaboró.

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Decidir en base a un pálpito

Nos pasamos la vida tomando decisiones. Algunas son de poco impacto, otras son trascendentales. Algunas son sencillas, otras complicadas. Pero siempre estamos decidiendo.

Ójala todo fuera tan fácil como resolver un problema matemático; cuestión de recopilar datos, someterlos a un análisis desapasionado, y hallar la respuesta correcta. Lamentablemente, la vida no es así. Nunca tenemos todos los datos. Jugamos con la incertidumbre del futuro, con el impacto de las pasiones humanas. Podemos tratar de recopilar datos, pero siempre tendremos un ámbito de indefinición, al que los datos no llegan. Y hay que decidir.

Entonces entra en juego eso que llamamos “un pálpito”. Una intuición, una sensación interna de que, a veces incluso yendo en contra de los datos que tienes encima de la mesa, una determinada opción es la correcta. Si te piden que lo justifiques, no puedes.

Yo estoy convencido de que esos pálpitos son la forma que tiene nuestro cerebro de plasmar una serie de observaciones, detalles e ideas que ha ido acumulando de forma inconsciente a lo largo del tiempo. No puedes verbalizarlas a nivel consciente, pero están ahí.

Luego puede que te equivoques, por supuesto. Pero es muy incómodo decidir en contra de tu intuición.

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Curiosa memoria

Hace ya casi cuatro años (por aquel entonces yo todavía era “consultor anónimo” con todas las consecuencias) leí un artículo en Worldatwork (estaba suscrito) que me pareció interesante, y se lo renvié a Julio Alonso que, por aquel entonces, estaba poniendo los pilares de WSL (¡cómo pasa el tiempo!). Yo estaba siguiendo con atención el nacimiento de WSL (de hecho por aquel entonces ya me había integrado en el equipo fundador de El Blog Salmón) y me pareció que era una lectura que encajaba perfectamente con el carácter “virtual” (o mejor dicho, distribuido) de la empresa.

Y ya está. Envié el artículo y no volví a acordarme nunca de él. Pero hete aquí que hace un par de semanas me volvió a la cabeza. Así, de repente, en medio de una conversación. “Pues me acuerdo de un artículo…”. Cuatro años después, y ahí seguía, en algún rincón. Hoy lo he rebuscado en otro rincón, el de la cuenta de gmail (¡qué gran invento!)… y ahí estaba.

Ya que estaba, lo he aprovechado para una reflexión sobre la cultura empresarial en entornos distribuídos (que era el tema de la conversación que me hizo acordarme de él). Pero no deja de fascinarme esa capacidad que tienen nuestros cerebros para almacenar tantísima información, y para recuperarla de las formas más insospechadas.

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