¿Es un curso lo que necesitas?

Hace poco comentaba con un conocido una posible colaboración. Estaban pensando montar un “curso de ventas” para un colectivo bastante grande, y me preguntaban que cómo lo veía yo. Respondí de la forma más honesta que fui capaz, aun sabiendo que mis probabilidades de éxito eran pocas.

Estas son las reflexiones textuales que les trasladé:


  • Para mí el enfoque es más de “cambio de cultura” que de “dar un curso”. Puede (o no) que un curso sea necesario, pero seguro seguro que no es suficiente.
  • Para poder plantear soluciones hay que ir a la raíz del problema. ¿Se ha investigado dónde está el origen del “no vender”? ¿Se ha trabajado con el colectivo, con sus responsables, incluso con los clientes…? ¿O directamente se ha hecho una presunción? “No venden porque no saben; si les damos un curso, venderán”.
  • Parte de la implantación de “soluciones útiles” pasa por la co-creación: es decir, trabajar con los colectivos afectados (el propio colectivo, en este caso; quizás clientes, y responsables, etc) y que sean ellos los que propongan cosas para hacer. Quizás propongan un curso. Pero quizás propongan otras muchas cosas que desde un despacho ni se nos ocurren, porque no estamos en su día a día. Y al ser “sus ideas”, la probabilidad de que funcionen se incrementa…
  • Creo que importa mucho el enfoque experimental en la implantación de ideas: pensar una serie de medidas, probarlas de forma rápida y barata con pilotos… y la que funcione se potencia, y la que no funcione se abandona. Si se buscan enfoques masivos/definitivos (“un curso para todo el colectivo”) es más difícil acertar.
  • Del mismo modo, creo que el cambio funciona mejor si se empieza pequeño y luego se crece. Coger a los 20, 50 o 100 individuos más motivados para la venta, y empezar a trabajar con ellos, ver lo que funciona y lo que no. Y cuando esos individuos, y esas áreas, empiecen a obtener resultados… se va generando un efecto bola de nieve que permite ir incorporando a nuevos “fieles”. Usar un “curso masivo” con un colectivo que no tiene interés es tirar el dinero: sí, les has llevado a un aula, puedes justificar que “les has formado”… pero no es real.
  • Hay que pensar de forma sistémica. Queremos que las personas vendan… ¿es la “habilidad para la venta” un rasgo que tengamos en cuenta a la hora de seleccionar? ¿cómo estamos incentivando las ventas? ¿qué información les damos sobre la evolución de sus ventas? ¿Cuál es la actitud de los responsables hacia la venta? Etc.
  • Los esfuerzos de cambio cultural solo tienen sentido si se sostienen en el tiempo, si hay consistencia. Si hoy damos un curso, y mañana pasamos a otra cosa… es tirar el dinero.

En fin, como ves son varias cosas pero todas en la misma línea: si hay interés real en cambiar las cosas, hay mucha tela que cortar. Alguien que se dedique a “vender cursos” no lo va a plantear así (le interesa “colocar” el curso, cobrar… y aquí paz y después gloria)… pero honestamente es como yo lo veo. Si crees que podemos profundizar en todo esto de cara a transformarlo en un proyecto ya sabes dónde me tienes.


Tal y como suponía desde el primer momento, mi enfoque no “cuajó”; y lo cierto es que no sé si acabaron encontrando ese “curso de ventas” que buscaban. Lo que sí me atrevo a pronosticar es que, si lo hicieron, el impacto será, en el mejor de los casos, pequeño y efímero.

La verdad es que por un lado me sentí bien exponiendo mi visión, sin cortapisas. Un poquito de “design thinking”, un poquito de “agilidad”, un poquito de “gestión del cambio”… “Mira, esto es lo que creo, y en esto creo que te puedo ayudar; si no consigo convencerte y no vamos a estar en la misma onda, mejor que busques a otro”. Por otro, claro, siempre te queda la duda… ¿fui demasiado “asertivo”? ¿podría haber modulado mi discurso para “pillar cacho”? ¿hubiera merecido la pena?

Contenido relacionado:

Continue Reading

La lotería evolutiva

Se suele utilizar a Darwin para hablar de cambio

It is not the strongest of the species that survives, nor the most intelligent that survives. It is the one that is most adaptable to change

Que por cierto, esa cita no es de Darwin aunque circule como tal, si no que fue un agudo profesor de management utilizó ese argumento y acabó “haciendo parecer” que la frase era de Darwin:

Yes, change is the basic law of nature. But the changes wrought by the passage of time affects individuals and institutions in different ways. According to Darwin’s Origin of Species, it is not the most intellectual of the species that survives; it is not the strongest that survives; but the species that survives is the one that is able best to adapt and adjust to the changing environment in which it finds itself. Applying this theoretical concept to us as individuals, we can state that the civilization that is able to survive is the one that is able to adapt to the changing physical, social, political, moral, and spiritual environment in which it finds itself.

El caso es que este enfoque ha hecho fortuna. Hay que responder al cambio, porque sólo los que responden al cambio sobreviven.

Y es verdad: en la evolución los individuos que resultan están más adaptados al entorno tienen más posibilidades de sobrevivir, y por lo tanto de procrear, y por lo tanto de expandir su genética. Pero quienes usan esta analogía “se olvidan” de un “pequeño” detalle: si tienes una característica que te permite estar más adaptado es por pura casualidad, por una mutación que simplemente ocurre. Tú no has hecho nada, ni puedes hacerlo, para que “te salgan branquias”, ni para “tener el cuello más largo”, ni “para caminar erguido”. Simplemente, en algún momento de la historia, a un individuo “se le cruzaron los genes” y, a través de las sucesivas generaciones, esa configuración genética se fue expandiendo.

Adaptando esta visión de la “lotería evolutiva” al mundo empresarial, la dinámica vendría a ser: “da igual lo que tú hagas; si las circunstancias hacen que el entorno te favorezca saldrás adelante casi por pura inercia, y si vienen mal dadas te vas al carajo”.

Puede parecer una visión determinista, incluso cínica. Quizás lo sea. Pero a estas alturas empiezo a dudar bastante de la idea de que tú, como individuo o como empresa, tienes tu destino en tu mano. Que lo único que tienes que hacer es “cambiar para adaptarte al entorno”. Y que si no lo haces es porque eres torpe, porque no has sabido entender el mundo que te rodea o porque no te has esforzado lo suficiente en cambiar. O viceversa, que los que sí lo consiguen se atribuyan todo el mérito, “fijaos qué bien me adapté al cambio”.

Los expertos en cambio podrían, en realidad, esta otra cita (esta vez real) de Darwin:

A grain in the balance will determine which individual shall live and which shall die – which variety or species shall increase in number, and which shall decrease, or finally become extinct

Cuando cayó el meteorito, los dinosaurios se extinguieron y los pequeños mamíferos sobrevivieron: pero ninguno de ellos hizo nada para merecerlo. Simplemente, ocurrió. “A grain in the balance”.

Contenido relacionado:

Continue Reading

Expertos anti-empáticos

Cruzó por mi lista de lecturas un artículo, ya con unos añitos, sobre esa tendencia/manía que tenemos de pontificar sobre cosas sobre las que, en realidad, tenemos poca idea.

Yo no sé de las cosas de las que he hablado más que muchos otros y con seguridad absoluta sé mucho menos que expertos en cada una de esas materias. También soy un ciudadano normal. Doy mi opinión con soltura como ven, pero no pretendo pasar por experto. Me consta que los expertos meten la pata y se ven desbordados a veces, pero no me planteo cambiar el sistema, porque siguen sabiendo más que yo de esos temas en los que son expertos. Sabemos que pueden estar influidos por prejuicios, que pueden ser corruptos o ineptos, pero gozan de credibilidad objetiva, porque podemos contrastar sus opiniones y porque han dedicado su vida a eso para lo que tantos creen encontrar solución a la media hora de pensar en ello.

Un adanismo/cuñadismo en el que, me doy cuenta, yo caigo con frecuencia. Con apenas un conocimiento superficial de algún tema (o a veces ni eso) vemos soluciones fáciles y evidentes. ¿Cómo puede ser que se hagan las cosas como se hacen, cuando está tan claro que deberían ser de otra manera? Hay una opción, que es que toda la gente que le ha dedicado horas, meses, años… a eso esté equivocado, y nosotros seamos unos iluminados que tenemos la razón. Hay otra opción, que es que nosotros desconozcamos toda la profundidad, sutileza, complejidad del tema… y estemos siendo unos bocazas. ¿Cuál es la más probable?

Como decía Azaña:

Si los españoles habláramos sólo y exclusivamente de lo que sabemos, se produciría un gran silencio que nos permitiría pensar.

Ahora bien, siendo esto cierto, hay un par de cuestiones que creo que merece la pena matizar.

La primera es que no hay que renunciar a cuestionar el “status quo”. Vale, es cierto, los expertos, la historia… han ido destilando una forma de hacer las cosas que seguramente tienen su razón de ser y que no es un “invento” que se puede desmontar en dos conversaciones de bar. Aun así debemos permitirnos buscar enfoques diferentes, señalar las cosas que creemos que se pueden mejorar. Con humildad, sí, con respeto, también… pero sin sumisión. Porque si algo ha demostrado la historia es que “lo que se creía cierto” está en constante revisión. Que los expertos se equivocan con no poca frecuencia. Que igual que hay unos que defienden una cosa los hay que defienden otras visiones alternativas. Que “aquí se hacen las cosas así por un motivo, y tú no sabes” no es un argumento suficiente. Que la fuerza de la costumbre y la inercia a veces agarrotan. Que los paradigmas pueden ser limitantes. El mundo avanza, precisamente, al cuestionar cómo son las cosas (por muchos expertos que la respalden).

Por otro lado, los expertos nunca deberían escudarse en ese status para despreciar las opiniones o inquietudes de los legos en la materia. Especialmente cuando hablamos de cuestiones que nos afectan, o que requieren de nuestra participación/colaboración. Si hablamos de “gestión del cambio”, el argumento de autoridad tiene un determinado recorrido pero no vale para todos. Si yo tengo dudas respecto al tratamiento que me marca un médico, que me diga “mire usted, me va a hacer caso porque yo he estudiado un montón, y llevo muchos años en activo y he visto cientos de casos como el suyo; circule” puede darme cierto nivel de confianza, pero si las dudas persisten necesitaré algo más. Explicaciones, tiempo, guía. Convencimiento. Y es verdad que es imposible que captemos todos los matices y sutilezas sin la formación y experiencia adecuados, pero es que si no se hace el esfuerzo de tender puentes no nos vamos a entender. El experto debería utilizar su status para ayudarnos, no para marcar diferencias. Ya sé, puede ser un coñazo dedicarse a explicar cosas “para tontos”, o aceptar soluciones “subóptimas” pero es que a lo mejor forma parte de tu rol como experto.

Precisamente una de las cosas que me gusta del design thinking es ese énfasis en “empatizar” y en “cocrear soluciones”. Da igual lo experto que tú seas (o creas ser), o que tengas (o creas tener) en la manga la solución perfecta. Se trata de que te despojes de esas ideas preconcebidas, y dejes que sea el proceso el que acabe llevando a un escenario consensuado (y por lo tanto con más probabilidades de salir adelante que las “ideas perfectas del comité de expertos”).

Si un experto aspira a algo más que a la brillantez intelectual, y espera que ese status le sirva para promover cambios, no puede ser anti-empático.

Contenido relacionado:

Continue Reading

¿Merece la pena el esfuerzo de cambiar una cultura?

Recupero un artículo de hace ya unos años sobre “Demoler una vieja cultura dentro de una empresa“. Describía Sandopen, con acierto, la analogía entre el cambio cultural y la demolición de un viejo edificio para poder reconstruirlo, y cómo era un ejercicio que había que hacer “pilar a pilar”, introduciendo pequeños cambios en distintos niveles de responsabilidad que, poco a poco, iban surtiendo efecto tanto a nivel interno como externo.

También hacía énfasis en que una cultura “no cae sola ni se le puede empujar, es muy resistente, es una estructura bien diseñada y trabada”. Esto no va de “tenemos que cambiar, ¡hágase el cambio!… y el cambio se hizo”. Es una labor de zapa, de desgaste, que conlleva mucho tiempo y mucho esfuerzo. Podemos vincularlo a la figura de los “agentes del cambio”, de los “intraemprendedores”…

Mi pregunta es… ¿realmente merece la pena? ¿Cuánto esfuerzo hay que hacer, cuantos sinsabores hay que llevarse, cuantos cabezazos contra la pared hay que darse para mover un milímetro una cultura ajada? Bien lo sabe quien haya intentado hacerlo. Es un proceso muy frustrante para quien lo impulsa (en muchas ocasiones saldado con una toalla tirada, o con una cabeza cortada), y que para colmo da unos resultados muy lentos; probablemente para cuando quieras llegar ya sea tarde, y todo el esfuerzo no haya valido para nada.

¿No será mejor dedicar esos esfuerzos a crear una cultura nueva en un sitio diferente, sin el lastre de la “vieja cultura”? Nos costará mucho menos esfuerzo, tardaremos mucho menos tiempo. No tenemos que ir con miedo de qué callo pisamos, o en qué momento nos va a explotar una mina. No hay inercias contrarias, no hay intereses creados.

Claro, cada compañía tiene que velar por su propia supervivencia, no va a resignarse a su decadencia. Pero “la compañía” no es nada en realidad. Los profesionales que la integran (desde el “CEO” hasta cualquier “agente del cambio” en cualquier nivel organizativo), ¿qué incentivo tienen para hacer ese esfuerzo? Incluso los dueños/accionistas… ¿qué les impide desprenderse del negocio viejo e ir a invertir en uno nuevo?

Hay un único factor que equilibra la decisión. Y es que las “culturas viejas”, por muy desgastadas que estén (y en mi opinión condenadas a estrellarse antes o después sin salvación posible) suelen ser las que tienen, aunque solo sea por pura inercia, los recursos. Las que dominan el mercado, las que generan ingresos. Son las que pueden pagarte el sueldo.

Y aquí está el dilema del espíritu transformador… ¿me quedo en una cultura vieja, donde mis esfuerzos van a ser enormes, al igual que los sinsabores, para seguramente acabar no consiguiendo nada… pero “calentito” al fin y al cabo? ¿O vuelco mi potencial creador/transformador en otro lugar virgen, aceptando el riesgo de estrellarme en el intento?

Contenido relacionado:

Continue Reading

¿Cuántos cambios puede asumir una organización? Muy pocos

En los últimos tiempos he reflexionado mucho sobre el cambio en las organizaciones, y especialmente sobre la discrepancia que se produce entre el “ritmo de cambio deseado” (por directivos y sus cómplices consultores) y el “ritmo de cambio posible“.

Las organizaciones son como un desagüe estrecho y con recovecos. Solo pueden tragar agua a un ritmo determinado, y de nada vale que el grifo eche más cantidad, porque entonces el agua se empieza a acumular. Además, el agua tiene que venir sin residuos… como empiece a venir con suciedad entonces el desagüe pierde todavía más capacidad, y se acaba atascando.

Las organizaciones necesitan adaptarse a los cambios. Éste es un proceso largo, que requiere de foco constante y sostenido en el tiempo. Como individuos necesitamos persistencia para adoptar un nuevo hábito: de hecho, los expertos recomiendan acometer un cambio a la vez, empezar poco a poco, sostenerlo durante X días consecutivos para que realmente se convierta en una costumbre casi inconsciente… ¿qué nos hace pensar que en las organizaciones (compuestas de humanos, no lo olvidemos) las cosas van a funcionar de otra forma?

Y sin embargo, actuamos como niños pequeños, “pero es que yo quiero”. Ya, pero no puede ser… “Pues yo quiero, y ya está”. E insistimos en darnos cabezazos contra la pared, lanzando decenas de cambios en paralelo, la mayor parte de las veces inconsistentes, pretendiendo que se implanten “a la voz de YA” para así poder lanzar todos los nuevos proyectos que se acumulan en nuestra cabecita. Y nos frustramos porque las cosas no salen. Seguimos arrojando cubos de agua (cada vez más grandes, cada vez más rápido) a una bañera con un desagüe pequeñito, y nos sorprende que la bañera se desborde.

Ojalá las organizaciones fuesen máquinas perfectamente programables, en las que hoy dices “hágase este cambio” y mañana está perfectamente ejecutado. Pero no es así, no lo va a ser nunca y más nos vale asumirlo. Esto implica seleccionar y priorizar qué cambios queremos ver realmente implantados; y no olvidemos que seleccionar implica renunciar, dejar de lado proyectos y cambios que posiblemente sean fantásticos… pero que no vamos a poder acometer de forma realista. Tenemos que decidir cuáles son los dos, tres, cuatro (no muchos más) cambios significativos que queremos implantar el próximo año. Y a partir de ahí ponerse con pico y pala para hacer que esos pocos cambios se hagan realidad.

Porque valen más cuatro cambios bien hechos que cuarenta que se quedan en agua de borrajas.

Contenido relacionado:

Continue Reading

Este piso ya no es tuyo

Hace casi 20 años, mis padres decidieron mudarse de casa. Dejar el piso en el centro de la ciudad, y cambiarlo por una vivienda unifamiliar en las afueras. Y entre vender o alquilar el piso, se decidieron por lo segundo. Así que dicho y hecho, pusieron anuncios y consiguieron alquilarlo a unos estudiantes a principio de curso.

Pasaron los meses, llegó el verano, y los inquilinos dejaron el piso. Entonces, nos acercamos a “poner orden” de cara a buscar a los siguientes inquilinos. Recuerdo la expresión casi horrorizada de mi madre: “¡ay cómo me han dejado la cocina! ¡pero mira cómo está el parquet! ¡y las paredes, cómo están las paredes!”

Mi madre miraba el piso todavía con ojos de “usuaria”. Era “su” piso, y lo estaba inspeccionando con los estándares de quien había pasado diez años construyendo y cuidando un hogar. Obviamente, unos estándares completamente diferentes a los de unos estudiantes que viven allí durante unos meses.

“Mamá, olvídate; este piso ya no es tuyo”, le dije. “Ahora es un piso de alquiler; no puedes esperar que quienes lo ocupen lo vayan a cuidar como lo has cuidado tú. Si acaso en el futuro decidís volver a vivir aquí, tendréis que hacer borrón y cuenta nueva, meter dinero para volver a ponerlo a vuestro gusto, y empezar de cero. Mientras tanto, más te vale cambiar de mentalidad porque si no vas a sufrir innecesariamente”.

Estas semanas me ha venido esta anécdota a la cabeza en varias ocasiones. Como sabéis, estoy de transición. Los planteamientos y proyectos a los que he venido dando forma durante cuatro años van pasando a estar en otras manos; algunos ni siquiera eso, se van quedando sin nadie que les dé continuidad. Así, vas viendo cómo se añaden matices diferentes a los que tú planteabas, cosas que “yo no haría así”, prioridades distintas. Y mientras tú lo ves, y sientes la necesidad de decir “no, ¿pero qué hacéis? ¡Eso no es así!”. Creo que he caído en ese error un par de veces, pero en otros momentos he sabido darme cuenta: yo ya no tengo nada que decir. Ya no es mi proyecto. Para bien o para mal, ese proyecto pasa a otras manos que tendrán que darle su personalidad. Es posible que algunas cosas se hagan mejor, y es posible que otras se hagan peor; incluso es posible que en otras manos el proyecto se muera.

Pero debo asumir que yo ya no pinto nada. Igual que le dije a mi madre en su día que “este piso ya no es tuyo”, esos proyectos ya no son míos. Son otros quienes “viven” en esa casa, quienes la van a hacer suya, quienes la van a cuidar. O no. No es asunto mío. Y cuanto antes lo asuma, mejor.

Contenido relacionado:

Continue Reading

¿Podemos vivir en beta permanente?

Todo se inició esta mañana. Leía un post de Amalio Rey donde repasaba su 2014 y en el que, entre otras cosas, mencionaba que “Como conclusión quiero pensar que mi “año de transición” se ha multiplicado por dos, convirtiéndose en el bienio 2013-14”.

A esto le planteaba yo en twitter que quizás estemos llamados a la “transición permanente” y él contestaba que “Una “transición permanente” no hay quien la aguante; lo del “Beta permamente” es una locura”.

Antes que nada, para los que no estéis familiarizados con el término, “beta” es una forma de referirse a una de las fases de desarrollo de un software, en concreto al momento en el que lanzas una versión “de pruebas” que permite recoger feedback y hacer modificaciones. Cuando hablamos de “beta permanente” nos referimos a ese estatus en el que no llega a haber “productos terminados” ni “versiones definitivas” (que son las vigentes mientras se desarrolla la siguiente evolución) sino que de forma continua se estarán introduciendo evoluciones y cambios.

Llevado a las personas, estaríamos hablando de dos situaciones diferentes: una (un poco la que yo vislumbraba en Amalio), en la que la persona aspira a distintas etapas de “estabilidad” separadas por momentos de “transición”. Y otra (que es la que veo yo) en la que esa “estabilidad” no existe, en la que los cambios y las adaptaciones son el pan nuestro de cada día.

La pregunta es… ¿es posible elegir? Nuestro mundo y sus circunstancias cambian todos los días. A veces cambios más grandes, a veces más pequeños. Pero no deja de fluir. Las “etapas de estabilidad” (tanto en lo profesional como en lo personal) creo que son una ilusión. No son reales. Podemos pretender que estamos viviendo una etapa estable, pero lo cierto es que estamos negando la realidad, acumulando una tensión creciente entre la permanencia fingida y la impermanencia real. Hasta que la tensión es demasiado fuerte, se rompen los diques y se produce un desborde que arrasa con el status anterior. Son esas fases de “transición”, o de “crisis”, en la que el mundo que creíamos sólido se derrumba bajo nuestros pies.

La alternativa es fluir uno mismo con lo que fluye alrededor. Be water, my friend. Es mucho más incómodo en el día a día, claro (ese cuestionamiento permanente de si estaré haciendo lo correcto, de si voy bien, de si estoy adaptándome correctamente a todo lo que sucede, de cuáles son las alternativas… puede ser agotador). Pero creo que por otro lado evita esas “grandes catarsis” que se producen cuando cae el escenario “tipo Mátrix” que nos montamos.

Evidentemente no es fácil. Creo (sin soporte científico que conozca) que nuestros cerebros tienden a la estabilidad, a buscar una cierta seguridad. Probablemente, si nos dejamos llevar por la inercia, nos encontraríamos que en muchas áreas de nuestra vida el cerebro considera que “no hay de qué preocuparse, circulen, no hay nada que ver”. Y hasta que no nos dan una bofetada, no entramos en modo adaptación. Pero quizás para entonces sea demasiado tarde.

Contenido relacionado:

Continue Reading

Mapa mental de hábitos saludables

habitos saludables

Por las fechas que son, va a parecer que estoy en modo “buenos propósitos” (de esos que rara vez se cumplen y que vamos reciclando año a año). Y quizás algo de eso también haya, aunque en realidad esto es algo en lo que vengo trabajando (con mayor o menor fortuna, eso es otra historia) desde hace bastantes meses. No creo en el principio de año (ni de curso, que es otra época muy típica) como “momento mágico” para el cambio de vida. El cambio sostenible se produce no mediante “arreones” y sobredosis de voluntad y motivación (que se agota enseguida) sino poco a poco, mediante la incorporación a tu día a día de una serie de hábitos que se transforman en tu “nueva normalidad”.

El caso es que he estado trabajando en mi lista de “hábitos saludables” que quiero incorporar y reforzar en mi vida. Tienen que ver con la comida (lo que comemos y cómo lo comemos tiene un impacto brutal en nuestro bienestar), con el descanso, con la actividad física y con la conciencia. Además, si hay algo que voy aprendiendo es que todo está relacionado entre sí… una especie de dinámica que puede ser positiva (cuanto más consciente eres de tu día a día más capacidad tienes de actuar sobre ello, mejor descansas, mejor comes, más actividad realizas, más tranquilo estás…) o negativa (actúas por inercia, comes de cualquier forma, no descansas, te dejas llevar por tus impulsos, estás ansioso, comes…). Leía el otro día la revisión del curso de salud minimalista de Homominimus y un poco vamos en la misma línea: el objetivo no es el cambio radical, sino la tendencia positiva y la consolidación a medio y largo plazo. Como se suele decir, “piano piano si arriva lontano”; o con una perspectiva más “budista”, “If we are facing in the right direction, all we have to do is keep on walking”

Para ilustrar los hábitos he usado la técnica del mapa mental, que es una forma muy interesante de ordenar los conceptos, y además de visualizarlos y recordarlos: no es solo un ejercicio del “lado izquierdo” del cerebro (listar, agrupar, etc.), sino también del derecho (pintar, colorear… y sí, caricaturizarse a uno mismo también :P).

Y un poco en línea con lo que decía el otro día de “recuperar lo físico”, he colgado la versión original del mapa en la nevera (a lo mejor lo cambio de sitio, hay lugares donde lo voy a ver más :D) para que esté presente en el día a día.

Así que… ¡a trabajar!

Contenido relacionado:

Continue Reading

Te van a criticar igual, así que haz lo que quieras

Hace un par de semanas salía a la venta el nuevo disco de ACDC, “Rock or Bust”. Y la prensa se lanzaba a hacer sus reseñas. En muchas, por no decir todas, el mismo soniquete: que si “es más de lo mismo” o que “llevan haciendo el mismo disco desde hace 40 años”.

Cuando leía estas referencias, recordaba otros casos de bandas que han sido acusadas precisamente… de lo contrario. Que si no han respetado sus orígenes, que si se han vuelto flojos, que si mezclan estilos incompatibles, que si se han vuelto locos… Pienso en Metallica, o en Dover, en Fito, y tantos otros.

Al final, la cuestión es: si te mantienes fiel a tu estilo, encontrarás quienes te critiquen por ello y te digan que debes evolucionar. Si decides explorar otros estilos, encontrarás quienes te digan que quién te manda moverte. Te van a criticar en cualquier caso. Así que lo que hay que hacer es lo que a uno le salga de dentro. Nunca vas a contentar a todos, así que… ¿para qué amargarse?

Contenido relacionado:

Continue Reading