El cash-flow doméstico: la metáfora del grifo y el desagüe

Grifo, lavabo

Probablemente sea uno de los conceptos más relevantes dentro de las finanzas, y también por supuesto de las finanzas personales. El cash-flow, o flujo de caja, es la variable más importante que hay que tener bajo control en la evolución de nuestras finanzas.

El cash-flow es un concepto sencillo. Se trata de saber, al cabo de un periodo, la diferencia entre cobros y pagos. Es decir, la diferencia entre el dinero que entra y el dinero que sale. Si es positiva, es que ha entrado más dinero del que ha salido y por lo tanto hemos acumulado reservas. Y si es negativa, es que ha salido más dinero del que ha entrado y por lo tanto hemos perdido reservas.

Siempre me ha resultado muy útil para visualizar este tipo de indicadores de flujo la metáfora de la bañera, con un grifo y un desagüe. A través del grifo, va entrando una cierta cantidad de agua, mientras que a través del desagüe se va perdiendo otra cantidad. Si el grifo aporta agua a mayor ritmo de la que se va por el desagüe, entonces el nivel de la bañera va creciendo. Y si el desagüe traga agua a más ritmo del que sale por el grifo, entonces el nivel de la bañera va bajando.

Hacer un análisis del cash-flow doméstico no es difícil. Basta con sentarse un día y hacer una revisión (mejor si hemos ido haciendo un seguimiento de las finanzas personales previamente, para así asegurarnos de que estamos teniendo todo en cuenta) de cuánto dinero ha entrado en nuestras cuentas/bolsillos durante el último periodo (digamos un mes; la nómina, los intereses de los ahorros, un dinero que nos tocó en la lotería…) y cuánto dinero ha salido (las compras, el pago de la hipoteca, la luz, el viajecito que hicimos, etc.). Así podremos comprobar cuánta agua echa nuestro grifo, y cuánta agua traga nuestro desagüe.

Si tenemos un cash-flow negativo… tenemos un problema. Porque eso significa que cada periodo que pase, nuestras reservas (los ahorros) irán bajando…

Foto | snorri7



La inflación se come tus ahorros

Hay un elemento que no suele considerarse de buenas a primeras cuando uno plantea alternativas de ahorro/inversión, y sobre la que merece la pena reflexionar brevemente para darnos cuenta de que es más difícil ahorrar e invertir (o mejor dicho, obtener una rentabilidad real a dicho ahorro/inversión) de lo que parece.

Y es que cuando vemos las “espectaculares” ofertas de las entidades financieras (que nos ofrecen un 4,5% TAE por nuestro dinero, por ejemplo), se nos olvida que en la carrera por acumular dinero hay un factor que juega en contra: la inflación.

Y es que si tenemos 100 euros y los invertimos en uno de esos productos, al cabo del año tendremos 104,5 euros. Bueno, no está mal. Con esos 100 euros al principio del periodo teníamos para comprar 100 euros en bienes y servicios, compras que sacrificamos en beneficio de un mayor gasto futuro. Pero a lo largo de ese año, con una inflación del 4%, resulta que los bienes y servicios que al principio costaban 100 al final del año costarán 104. Así que la realidad (y llevado al campo de la capacidad de compra) es que no es verdad que, gracias al ahorro, tengamos capacidad de gastar 4,5 euros más; sólo tenemos la capacidad de gastar 0,5 euros más.

Si a eso le añadimos que el Estado se lleva su parte de las ganancias (depende del producto puede que no, pero son la excepción)… igual resulta que hasta hemos perdido capacidad adquisitiva a lo largo del tiempo. Por supuesto, habríamos perdido más si hubiésemos dejado el dinero debajo del colchón, pero…

En definitiva, que el listón a la hora de ahorrar e invertir es más alto de lo que nos podría parecer en un primer momento, y que a la hora de hacer nuestras planificaciones tendremos que tener en cuenta la inflación porque puede que, donde nosotros creemos que estamos ganando capacidad de gasto futura, apenas estemos manteniendo la actual o incluso estemos perdiendo.