Cuatro meses de vacaciones

Llevo unos meses metido “de hoz y coz” en un proyecto muy interesante. Y una de las cosas que lo hacen interesante es su carácter transversal. Es decir, estoy en contacto con muchas personas de muchas áreas de la empresa cliente. Eso incluye recursos humanos, administración, control de gestión, sistemas, y también operaciones, con muchos centros de trabajo distribuídos y con distintos niveles de supervisión.

Pero durante este verano, ese hecho se ha vuelto en mi contra. Y me explico.

En mi época de “consultor corporativo”, todo el mundo se cogía vacaciones en agosto. Alguno las adelantaba una o dos semanas en julio, y alguno las dejaba para irse la primera quincena de septiembre… pero vamos, en general estaban muy concentradas. Se daba por hecho que los clientes (en general) se iban en agosto, por lo que era el mes que nosotros también aprovechábamos (o nos hacían aprovechar, ya me entendéis).

Sin embargo, en este proyecto todo se ha complicado. Para empezar, este cliente no cierra en agosto, ni mucho menos. Por lo tanto, ni en las operaciones ni en los servicios centrales hay ningún incentivo para concentrar las vacaciones en agosto. De hecho, se organizan para irse unos antes, otros después, solapándose más o menos para dejar cubiertas las responsabilidades (insisto en el “más o menos”; el que se queda “de guardia” puede apagar los fuegos de sus compañeros ausentes, pero siempre de forma reactiva… y eso en el mejor de los casos). Total, que algunos empezaron con las vacaciones en junio, y otros terminarán bien entrado octubre. Y alguno se guardará alguna semanita para más adelante.

El problema lo tengo yo, el del “proyecto transversal”. Avanzar durante estas semanas ha sido complicado. No es ya que algunas cosas concretas se queden casi paradas durante las tres o cuatro semanas que su responsable se va. Es que cuando intentas coordinar asuntos que afectan a varios departamentos, resulta que cuando no falta uno falta el otro. Y cuando el uno se incorpora, es el otro el que “yo ya la semana que viene me voy”. Y todo se enfanga, se ralentiza… y aquí seguimos.

Ah, si alguien se pregunta por mis vacaciones… se limitaron a una semana (que incluía un festivo; o sea, cuatro días en realidad). Pero con el patio como está, no es algo de lo que uno se pueda quejar.

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¿Que la empresa vende menos? A mí plin

“A mí plin”. Esta frasecilla que suena un poco añeja (y que todos los “viejunos” vinculamos a una publicidad de colchones, ¿a que sí?) podría traducirse a un lenguaje más actual como un “me la suda”. Igual incluso hay una forma más moderna de decirlo, pero yo es que ya no estoy al día :)

Me contaban el otro día de una empresa que, como tantas, está pasando una época “achuchá”. No tiene mucho misterio; básicamente, venden menos de lo que vendían antes. “Los clientes no entran tanto como entraban, ni se gastan tanto como se gastaban”. Así de sencilla es la letra de la crisis, mucho más que debates interminables sobre “los mercados”, el déficit, la bolsa o el Banco Central Europeo. El caso es que yo preguntaba “bueno, y la gente (por los empleados), ¿cómo lo lleva?”. “Algunos preocupados, claro, pero luego hay otros… que te dicen que por ellos fenomenal, que como hay menos trabajo están más relajados”.

Fascinante. O sea, la empresa para la que trabajas está atravesando dificultades, ¿y tu pensamiento es “qué bien, así vivo más tranquilo”?. Me resulta inconcebible semejante miopía, por no decir ceguera. ¿No se da cuenta esa gente que, si la empresa no tiene beneficios, deja de existir? ¿Y que si deja de existir desaparecen con ella los puestos de trabajo, incluyendo el suyo? ¿En qué mundo viven?

Hace poco vi en una empresa un pasillo donde colgaban algunos rótulos en grande con mensajes. Uno de ellos decía algo así como que “la rentabilidad es sinónimo de éxito presente y garantía de futuro para todos”. Si no hay rentabilidad, no hay empresa. Ni beneficios para los “capitalistas”, ni trabajo para los “obreros”. Pero parece que hay quien no lo entiende…

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El éxito es una excepción

Nosotros deberíamos aclararle a la mayoría que el éxito es una excepción. Los seres humanos de vez en cuando triunfan. Pero habitualmente desarrollan, combaten, se esfuerzan, y ganan de vez en cuando. Muy de vez en cuando

Marcelo Bielsa

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Mercado, ¿yo?

No por esperadas menos sorprendentes algunas reacciones a mi post de ayer sobre la contribución de las decisiones individuales a la formación de “el mercado”. “Demagogia”, “Superliberal”… en fin, lo típico.

Pero me llaman la atención los argumentos del tipo “yo no he sido”. “Cómo voy yo, con mi poco poder de compra, a tener ningún impacto… el que tiene impacto es el que mueve 1.000 millones”. Pues hombre, sí, comparado uno con otro está claro que uno tiene más impacto que otro.

La cuestión es que no medimos lo que hago “yo”. Medimos el impacto agregado de decenas, centenares, de miles de personas. Y entonces, amigo, la cosa cambia. ¿Te acuerdas de aquel videoclub que había en tu barrio y que cerró? Un día tu dejaste de ir porque preferías bajarte las pelis. “Bueno, pero no por mi culpa; total, ya ves tú el impacto que yo tenía en su cuenta de resultados, una o dos pelis al mes que sacaba”. ¿Y de aquel ultramarinos donde el simpático tendero nos vendía cualquier cosa, y que hace tiempo echó el cierre? Es verdad que tú un día dejaste de ir porque en el hipermercado aparcabas mejor, tenías de todo, y de precio más barato. Pero hombre, no cerró por ti, total sólo ibas de vez en cuando. ¿Te acuerdas de aquel pujante sector zapatero que había en España? No, el hecho de que una vez al año tú compres unos zapatos, y prefieras unos más baratos (que vienen de algún país oriental) tampoco influye en su declive. No es culpa tuya.
Entre todos la mataron, y ella sola se murió.

Y así. “Yo no he sido”. Po fale.

Y luego está otra cuestión. Y es que parece que hay gente a la que le cuesta entender que el comportamiento de “los mercados” (o sea, de esos malvados especuladores con miles de millones capaces de, con una decisión, tumbar a una empresa) es exactamente el mismo que el de cualquier individuo: buscar el máximo beneficio, la máxima utilidad obtenida a cambio de unos recursos. Si tú eres capaz de hacer malabares por ahorrarte unos euros en una compra online (y así obtener un mayor rendimiento por tu dinero), y te parece bueno, positivo, deseable… ¿por qué el hecho de que otros señores (con más dinero, sí) hagan lo mismo les califica de malvadísimos ogros, peligrosísimos especuladores, etc.? Ah, no, es que cuando lo haces tú no “tumbas” a nadie. Claro. Diluimos nuestra responsabilidad entre la de la masa informe (“total, lo que yo hago no impacta”) y así nos quedamos tan tranquilos. El especulador es el otro, nosotros sólo somos hábiles comprando.

Po fale otra vez.

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Mercado eres tú

Me enervo. Cada vez que oigo eso de “los mercados acosan a España”, “estamos sometidos a la dictadura de los mercados”, “no vamos a pagar la crisis de los mercados”… me subo por las paredes. Se habla de “los mercados” como si fuese un ente ajeno, malvado, movido por oscuros intereses.

¿Pero qué es el mercado?

Mercado es cada vez que comparas los folletos del supermercado para comprar la leche más barata. Cada vez que sacas tu dinero de un banco para llevarlo a otro donde te dan una vajilla o un 0,1% más de rentabilidad. Cada vez que entras en un comparador de vuelos en internet. Cada vez que vas a “los chinos” a comprar lo que antes comprabas en la papelería o en la juguetería. Cada vez que buscas la gasolinera más barata de tu pueblo para ir a repostar. Cada vez que buscas un producto de electrónica en tiendas online, o lo compras directamente en dealextreme. Cada vez que compras un pescado en vez de otro “porque hoy está caro”. Cada vez que te apuntas a una oferta de internet. Cada vez que vas a varios bancos buscando las mejores condiciones para una hipoteca. Cada vez que comparas las tarifas de empresas de móviles. Cada vez que cambias tu seguro a otra compañía porque es más barato. Cada vez que pillas la oferta “3×2″, “la hora feliz”, “los niños viajan gratis”. Cada vez que buscas un trabajo en el que te paguen mejor. Cada vez que buscas en los anuncios de alquileres de piso y segmentas en el precio. Cada vez que no bajas el precio de tu vivienda en venta. Cada vez que…

Decenas de decisiones diarias en las que buscamos maximizar nuestra utilidad. Obtener el mayor valor a cambio de nuestro dinero. Si puedo comprar una barra de pan por 40 céntimos… ¿por qué voy a pagar 80 céntimos por la misma barra de pan? Mejor pagar 40, y los otros 40 los dedico a otra cosa. La suma de todas esas decisiones, las nuestras y las de todos los demás, es el mercado. No es nada ajeno a nosotros.

¿Qué es mercado?, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¿Qué es mercado? ¿Y tú me lo preguntas?
Mercado… eres tú.

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Consultor de trinchera

Abandonadito que tengo el blog. Y muchas otras cosas. En los últimos tiempos he dado en implicarme en un proyecto de consultoría bastante absorbente… y en esas ando. Y es que a mi edad (ya van para 12 años de vida profesional) estoy descubriendo un “nuevo” mundo para mí: la consultoría de trinchera.

Efectivamente, en mi primera etapa como consultor “de negocio”, o “de organización”, o “de estrategia”, o de “recursos humanos” (dependiendo del momento), la inmensa mayoría de mis proyectos eran más de “consultoría de salón”. Algunos con más trabajo de campo, otros con menos… pero en general todos acababan con un informe final, un bonito powerpoint al que perdías de vista. Rara vez llegabas a saber si tus conclusiones, tus propuestas, tus ideas… llegaban a implantarse, o si se iban directamente a una estantería a coger polvo. Durante un tiempo eso fue para mí una fuente de frustración; ¿para qué tanto esfuerzo, para qué tanto remar, para qué tanta paja mental… si al final no acababas de ver el impacto de lo que estabas haciendo?

Sin embargo, en esta ocasión me he metido (además, de una forma bastante poco ortodoxa; fui allí para echar una mano con un tema puntual y he acabado implicándome a un nivel tremendamente operativo… pero eso es otra historia) “de hoz y coz”. Es decir, yendo mucho más allá de los powerpoints (que también los hay, de vez en cuando), y trabajando para una implantación real, incrustado entre las “tropas” del cliente, coordinando temas de sistemas, de administración, de operaciones… lidiando con resistencias organizativas, con conflictos políticos… en fin, que no me aburro.

¿Y qué me parece todo esto? Pues la verdad, depende del rato. Hay momentos en los que estás desbordado, en los que hay elementos que escapan de tu control, en que las cosas se tuercen… y piensas en lo bien que vivías cuando estabas tranquilo con tu powerpoint, y que quién te habrá mandado bajar al barro. Y hay otros momentos en los que, en el fragor de la batalla, consigues dominar los elementos y sientes que estás haciendo avanzar el barco en la dirección adecuada, que tu aportación está teniendo un impacto real en la organización más allá de haber juntado cuatro letras en un documento. Y eso es satisfactorio.

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Esfuerzo gana a talento

Tenía pendiente de leer este post, “El efecto del esfuerzo“. Y leyéndolo, no he podido por menos que pensar en mi propia experiencia…

Viene a decir el artículo que “la gente tiene dos tipos de mentalidad: de crecimiento o fija. Las personas con mentalidad de crecimiento ven la vida como una serie de retos y oportunidades para mejorar. Las personas con una mentalidad fija creen que ellos ya están asentados de forma permanente como buenos o malos. El problema es que los buenos creen que no tienen que trabajar mucho porque ya son buenos, y los malos creen que el trabajar mucho no les va a cambiar nada puesto que son malos de forma fija.”

Yo siempre navegué con el viento a favor. Mi vida académica fue extremadamente cómoda. No digo que no trabajase (que algo sí), pero simplemente se me daba bien sin esfuerzo. Así fue siempre, y yo lo que pensaba al ver a otros compañeros que tenían dificultades (algunos en la educación primaria, otros en la secundaria, luego en la universidad…) era “qué bien, qué suerte tengo”. Cuando empecé a trabajar, las cosas también me fueron bien. Imagino que algo haría yo para lograrlo, pero en ningún caso tengo la sensación que fuese una cuestión de “esfuerzo”. ¿Idiomas? Bien de forma natural. ¿Manejo de ordenadores? Sin problema. ¿Hablar en público? Venga. En otros ámbitos de la vida tampoco pasé nunca dificultades. No es que en mi casa fuéramos ricachones, pero nunca faltó de nada. Tampoco me he enfrentado a graves problemas físicos que hayan requerido de mí una tenacidad a prueba de bombas.

Curiosamente el resultado no es tan positivo como podría parecer. Mi mujer me lo dice a veces: “como hay tantas cosas que se te dan/han dado bien sin esforzarte, en cuanto encuentras algo que te supone algo de esfuerzo… pasas”. Es una afirmación un tanto difícil de digerir, pero me temo que tiene gran parte de razón. Nunca tuve habilidad para el deporte… y nunca me preocupé por desarrollarla. Algo parecido con las manualidades… como no se me daban bien, hacía lo justo para “cubrir el expediente” y a otra cosa. Nunca tomé ninguna de esas cosas que “no se me dan bien” y me propuse dominarlas aunque fuese a base de esfuerzo y dedicación a falta de “talento natural”. ¿Para qué, si ya se me dan bien otras sin necesidad de currármelo? Zona de confort de grado superior.

Hace tiempo citaba a Drucker cuando decía que es mucho más rentable dedicar nuestros esfuerzos a perfeccionar aquello en la que yo somos buenos que a ser mediocres en aquello en lo que somos torpes. Un tema sobre el que Chema hacía alguna puntualización hace unas semanas. Y que a la vista de lo expuesto, admite una vuelta más: ¿y si esforzarse en mejorar algo que no se nos da bien de forma natural fuese importante, no tanto por los resultados concretos que vayamos a conseguir, sino por el hecho de forjar el hábito, de acostumbrarse a vencer a base de esfuerzo lo que no se puede vencer a base de condiciones naturales? Porque, por muy “talentosos” que seamos, en la vida nos vamos a encontrar muchas situaciones para las que no estamos naturalmente dotados. Y si no tenemos desarrollada la costumbre del esfuerzo… ¿qué hacemos? ¿Retirarnos? ¿”Pasar”? ¿Y si no podemos? Por supuesto, todo es mejor cuando “se te da bien”; pero si resulta que no, mejor tener preparado un “Plan B”.

El “talento” te hace la vida más fácil, pero tiene un reverso tenebroso; te acomoda.

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Enseñar vs. aprender – reflexiones de un profesor mejorable

Ayer estuve viendo este episodio de Redes (ya viejuno… se habla de Wikipedia como un “proyecto novedoso”…). El caso es que durante el debate surgía una cuestión interesante. “Que un profesor enseñe no implica automáticamente que un alumno aprenda“. Esa contraposición entre la enseñanza y el aprendizaje me hizo pensar.

Yo he tenido la suerte de estar en los dos lados de la ecuación. En el de “aprendiente”, y en el de “enseñante”. E incluso con esa doble experiencia, he de decir que resulta muy difícil cambiar el paradigma del “profesor”. Cuando te toca “impartir” una materia (si es que el propio verbo suena unidireccional), es complicado evadirse de la tendencia a “contar tu rollo”. Antes de empezar, preparas “lo que vas a dar en clase”. Organizas los contenidos del curso de acuerdo a tus esquemas mentales. Tienes un “temario”, te preocupa no tener tiempo para que “entre todo”. En definitiva, tiendes a organizar todo el proceso desde la perspectiva de la enseñanza, centrada en ti mismo… en vez de desde la perspectiva del aprendizaje, centrada en el alumno.

Y es que el problema del aprendizaje es que hay uno por cada alumno. Cada uno tiene sus intereses, sus expectativas, sus conocimientos previos, su ritmo, su forma de aprender, sus circunstancias personales, sus capacidades innatas. Tratar de proporcionar una experiencia de aprendizaje individualizado dentro de una clase colectiva es complicado, y desde luego exige mucho más esfuerzo y es mucho más incómodo para el profesor.

La cuestión es que, si no se hace, nos quedamos en “enseñanza” pero no generamos “aprendizaje”. Y entonces hemos hecho un pan con unas tortas, y para ese viaje no hacen falta alforjas. Es algo que tendré que mejorar de cara a futuro.

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¿Son sostenibles los proyectos paralelos?

El otro día comentaba con un conocido la situación de su empresa. Tras años de prestar servicios a clientes a modo de consultoría, había decidido enfocarse a desarrollar un “producto propio”. Había cambiado de arriba abajo la empresa para adecuarse a este nuevo enfoque. Y en ellas estaba. Confesaba que con cierta inquietud… porque pasar del modo “trabajo hecho para terceros, trabajo cobrado” al modo “trabajo hecho para uno mismo y ya se verá si fructifica” da miedo. Donde antes entraban ingresos de forma más o menos regular, ahora sólo hay gastos… y quién sabe por cuánto tiempo. Un salto de fe.

Le preguntaba yo si no se había planteado compatibilizar los dos modelos: que una parte de la empresa siguiera explotando el modelo consultoría, generando ingresos… y financiando así al “proyecto propio”. Y él me comentaba que en realidad era algo que habían intentado… y que no había funcionado. Porque por mucho que quisieras destinar tiempo y recursos al proyecto propio, cuando aparecía un cliente resultaba difícil decirle que no. Con lo cual tus esfuerzos, tu atención… se dedican a ese cliente, y a ese “dinero cierto”, y se desvían de tu incierto proyecto propio. Por lo que al final, la alternativa que había tomado era “quemar las naves” y apostar el 100% al proyecto propio.

En cierto sentido, me sentí identificado. Uno puede plantearse la idea de apostar por un proyecto propio, el que sea. De “tirarse a la piscina”. Pero resulta que, mientras está en ello, surgen oportunidades. Hacer un proyecto que no tiene que ver con lo que quieres desarrollar, pero que te pagan bien. Y oye, tú tienes un alquiler, unos niños… te vienen bien los euros… total, puedo dedicarle un poco de tiempo sin desviarme de lo mío… lo haces. Sin darte cuenta, surge otro… y lo haces. Un compromiso con un antiguo compañero… venga, va. Pasan las semanas, los meses… y de repente te preguntas qué está pasando con “tu proyecto”. No ha avanzado. ¿Cómo va a avanzar, si apenas le has dedicado tiempo? Y cuanto menos avanza, menos “tangible” lo ves, y más dudas te entran.

Lo mismo podría aplicarse a quienes quieren desarrollar un proyecto “a tiempo parcial” mientras mantienen su trabajo por cuenta ajena… “Yo le dedico las tardes, y los fines de semana, y lo que haga falta”. Pero es poco tiempo. Y sobre todo, por mucha ilusión que tengas, es poca energía la que te queda. ¿Durante cuánto tiempo se puede sostener esa situación?

En definitiva… ¿pueden ser sostenibles los proyectos “paralelos”? ¿O es necesario centrarse, ponerse los “guiaburros” para no hacer nada que no tenga que ver con el proyecto, superar el vértigo del “los cien pájaros volando vs. el que está en la mano”… y que sea lo que dios quiera? Imagino que es una cuestión de confianza, de tolerancia al riesgo… no es una papeleta fácil.

Foto: Mykl Roventine

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Rebaja las expectativas: impresionarás más

Este muchachote se llama Michael Collings, y es la última sensación que llega desde el programa de talentos “Britain’s got talent”. Apareció ahí, con su marcado acento, su aspecto muy alejado de un cantante de éxito, su ropa “de mercadillo” y una guitarra pequeña para su cuerpo. Los comentarios y las caras del jurado, antes de empezar, reflejan lo que esperan: “otro perdedor que nos toca aguantar; no nos pagan lo suficiente”. Luego el chico empieza a tocar y a cantar, todo el mundo se emociona, la incredulidad inicial da paso al aplauso, “pasas a la siguiente fase”. Logro conseguido.

En realidad, se repite el patrón de Susan Boyle, o de Paul Potts (en anteriores ediciones del mismo programa). Gente que la primera impresión que provocan es floja, y que tras su actuación provocan la ovación del respetable. La cuestión es… ¿tan buenos son? Yo lo dudo. Por respetables y admirables que me resulten sus actuaciones (unas más que otras; éste último no me parece nada del otro jueves…), y especialmente viniendo de personas que no habrán tenido formación y oportunidades, creo que objetivamente sus rendimientos no son para tanto. Que hay gente con más talento y mejor preparación que ellos. Y sin embargo, como de entrada las expectativas sobre ellos eran tan bajas, un rendimiento digamos que de notable provoca una reacción mayor que una actuación “de sobresaliente” por parte de alguien de quien se espera mucho.

Si eres un fichaje “del montón” que luego rinde con normalidad, vas a ser mucho más apreciado que un fichaje “de relumbrón” que rinda al mismo nivel.

Moraleja: siempre que se pueda, hay que poner las expectativas respecto al propio desempeño lo más bajas posibles. De esta forma, nuestro rendimiento posterior “sorprenderá” y generará una mejor impresión. Insisto en el “siempre que se pueda”, porque hay veces en las que hay que generar una “expectativa mínima” para cualificar y tener siquiera una opción de demostrar nada. Pero una vez superado ese punto, incrementar las expectativas sólo juega en nuestra contra. Como en “El Precio Justo”, tan malo es quedarse corto como pasarse.

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