Niño de campamento

Hace 30 años, un niño de 10 años subía en un autobús rumbo a Ribadeo, donde iba a pasar dos semanas de campamento organizado por los Escolapios. Allí se uniría a otras decenas de niños (y niñas. ¡Niñas!) procedentes de otros colegios de la orden. En el autobús desde Salamanca iban algunos compañeros de clase, pero no especialmente amigos; tampoco es que ese niño tuviese demasiados. Era la primera vez que se alejaba tanto, en distancia y en tiempo, de su casa, de su familia, del entorno que (mejor o peor) tenía “controlado”. Conociéndole, supongo que lo afrontaba con una mezcla de expectación y de nervios, tratando de autoconvencerse de que “seguro que va a ser guay” y de espantar la sensación de “quién me manda a mí, con lo a gusto que estaría en casa”.

A estas horas, otro niño de 10 años está subiendo en un autobús rumbo al campamento de verano donde pasará los próximos 10 días. Será la primera vez que se aleje tanto del entorno que conoce, la primera vez que pase tantas noches sin dormir en una cama conocida, sin familia alrededor. Tendrá que adaptarse a un escenario distinto, a la convivencia con un montón de gente, a un ritmo de actividades diferente al cotidiano. Habrá momentos de diversión, y otros momentos de agobio. Tratará de encajar, y a ratos lo conseguirá y a ratos no. Algún rato deseará no haber ido, y otros ratos deseará no tener que volver a casa. Afrontará situaciones nuevas a las que tendrá que enfrentarse lo mejor que sepa; algunas las resolverá bien y otras, inevitablemente, le saldrán mal. Y tendrá que llevarlo lo mejor que pueda.

Mientras tanto sus padres se quedan en casa, deseando que todo le vaya bien, aunque sabiendo que es imposible. Han intentado darle consejos, pero nunca se pueden cubrir todas las eventualidades (y, para ser sinceros, tampoco tienen todas las respuestas) y, en todo caso, no van a estar allí para tomar las decisiones; va a ser el niño quien lo haga. Quien acierte y quien se equivoque. Quien disfrute o sufra las consecuencias, y quien tenga que digerirlo, incorporarlo a su experiencia y seguir adelante. Saben los padres que cada vez va a ser así con más frecuencia, que cada vez les toca asumir un rol más secundario. Que esto no es más que un aperitivo, y que cada vez más la vida de su hijo va a convertirse en un campamento continuo en el que, incluso aunque durante algunos años sigan compartiendo techo, sus experiencias y sus decisiones serán cada vez más independientes. Saben también que está bien que así sea, que de eso se trata: de que su vida sea realmente SU vida, y no un apéndice de la de otros.

Y al final resulta que aquel niño de Ribadeo, en el fondo, sigue de campamento; enfrentándose a cosas nuevas, adaptándose a lo que viene, tomando decisiones lo mejor que sabe y aprendiendo a digerir las consecuencias.



Pros y contras de vivir en un pueblo

Hace unas semanas consultaba en twitter “qué os atraería y qué os echaría para atrás de la idea de veniros a vivir a un sitio como Aranda”. Aranda de Duero es un pueblo de la provincia de Burgos; con cerca de 35.000 habitantes sería el tercer municipio, después de la capital y de Miranda de Ebro. Está situado a unos 85 km. de Burgos, casi 100 de Valladolid y 165 de Madrid. Y es donde vivo con mi familia desde hace 9 años.

La historia es curiosa. Después de una temporada en Madrid llegamos a la conclusión de que “la gran ciudad” no era lo que queríamos para nuestra vida. Y buscamos dónde migrar siguiendo un criterio geográfico que a la gente le hace mucha gracia cuando lo cuento, pero es así. El caso es que en nuestra labor de “scouting” un día (9 de noviembre, festivo en Madrid; lo recuerdo a la perfección) vinimos a Aranda a conocerlo (porque no lo conocíamos de nada más que de pasar al lado por la autovía), nos comimos un cordero, nos dimos un paseo, nos pareció un sitio majo, y decidimos que no pasaba nada por probar. Y así fue como un par de meses más tarde organizábamos la mudanza.

Vivir en un pueblo tiene sus pros y sus contras. Deduzco, por el hecho de que seguimos aquí tras todo este tiempo, que para nosotros los pros ganan a las contras. Aun así, me apetecía diseccionar mi experiencia.

Pros

  • La calidad de vida. Es quizás la respuesta más generalizada que recibí cuando pregunté en twitter, y debo decir que es un hecho. Esa calidad de vida se traduce, para mí, en la comodidad del día a día. En el hecho de que todo esté máximo a 10-15 minutos andando, en que el coche no salga del garaje más que en ocasiones especiales, en que mis hijos llamen “atasco” a una fila de cuatro coches esperando un semáforo, en que puedas salir a pasear por el centro en cuatro minutos y en otros cuatro estar caminando entre viñedos o por la orilla del río, que el colegio de los críos esté a 5 minutos y que no tengan casi ni que cruzar una calle para ir, que si tienes que hacer un trámite lo haces en dos patadas. A veces se me olvida, pero luego lo comparo con mis atascos mañaneros de Madrid, o con los “paseos” entre ruidos, coches y humos, con la cantidad de tiempo perdido en desplazamientos, las aglomeraciones del transporte público, los miles de personas que van al mismo sitio que tú a la vez… y es verdaderamente otro mundo. Más tiempo y más calma.
  • El coste de la vida. No es TAN exagerada la diferencia como a lo mejor la gente puede pensar, pero lo cierto es que pago por vivir en un ático de 4 habitaciones en Aranda, estrenado por nosotros, más o menos lo mismo que pagaba en Madrid por un estudio interior regulero (en el barrio de Salamanca, sí, pero…). Y no usas el coche a diario. Y así dos de los grandes “agujeros” en las cuentas de cualquier familia son significativamente menores, lo cual te da bastante más comodidad a la hora de vivir y flexibilidad a la hora de tomar decisiones.
  • La conexión social. He de decir que esto no es algo que yo aproveche mucho (porque no me va mucho el “salseo”), pero es evidente que con 35.000 personas es más fácil “conocer a alguien que conoce a alguien” que con 5 millones, y por lo tanto puedes estar al día de lo que se cuece en la ciudad, e introducirte en un determinado círculo si te interesa.

Contras

  • Servicios. No es Aranda una ciudad mal dotada, con sus colegios, sus institutos, su hospital, su comercio… y sin embargo hay ocasiones donde no resulta suficiente. Por ejemplo, en tema médico, hay especialistas que te exigen desplazarte a Burgos. Medicina privada hay cuatro cosas contadas. Si tienes una enfermedad crónica, o necesitas una atención especializada en determinados campos… puede resultar incómodo. Pero al final depende del impacto que tenga en tu día a día (porque ir a Burgos dos veces al año es algo que puedes asumir sin grandes problemas).
  • Ocio. Muy relacionado con lo anterior. Hay una oferta limitada de ocio, restauración, comercio… no es que “no haya nada”, pero desde luego nada comparable con lo que puede haber en una capital, y no digamos en un Madrid. Si eres de los que necesita probar un nuevo restaurante cada dos por tres, o ir de teatros, museos y exposiciones, o salir por sitios diferentes, o te pirran ir de compras… aquí estás jodido. A mí particularmente me influye bastante poco; nunca he sido de “salir por ahí”, ni de “alternar”, ni de “shopping”, así que en mi día a día no lo echo de menos. Y si surge la necesidad, una o dos veces al año, tienes Valladolid o Burgos a una hora, y Madrid a hora y media; a mí me sobra.
  • Trabajo. Aquí hay lo que hay, y no hay más. Las opciones para trabajar por cuenta ajena son habas contadas, el potencial de clientes para tener una actividad profesional está limitado por el tamaño de la población, y una “carrera profesional” (con opciones de cambiar de trabajos, crecimiento profesional, etc.) es algo altamente improbable. En nuestro caso no le hemos dado muchas vueltas, yo siempre he estado más mirando a Madrid que aquí, pero está claro que es un handicap.
  • Lejanía del “meollo”. Madrid no está lejos, en hora y tres cuartos me puedo plantar donde haga falta. Pero tienes que ir, lo cual supone una barrera (en tiempo y dinero) que dificulta la actividad. No tanto en la ejecución de un proyecto (que ahí te organizas la agenda y los viajes, y no hay mayor historia; aunque si te toca dormir muchas noches fuera de casa empiezas a resentirte), si no en toda la fase previa, ese “estar en el candelero” que te permite mantener el contacto con personas, estar atento a oportunidades, etc. Asistir a eventos, hacer visitas, quedar a comer o a tomar unas cañas… todo eso, estando en Madrid, es mucho más cómodo (puedes quedar “de hoy para mañana”, no hay grandes problemas si se te “tuerce” un plan a última hora, dedicas una o dos horas a un tema y luego puedes seguir con tu día a día tan normal, terminas y te vas a la cama). Desde Aranda ya te tienes que plantear “organizar la agenda” con antelación, intentando cuadrar cosas para “aprovechar el viaje”, si te llaman a última hora para decirte “que no pueden” te joden vivo y no puedes estar pendiente de “a lo largo del día te digo algo”, no te puedes apuntar a cosas que surgen “para esta tarde”, eres mucho más consciente del coste que supone, no te puedes alargar porque “me tengo que volver a casa”… y al final es algo que te va alejando de la dinámica “capitalina”. Y eso hablando de Madrid; plantearse ir a cualquier otro sitio (un Barcelona, un Valencia, un Zaragoza, un Sevilla, un Londres, un…) ya te exige un esfuerzo doble (mientras que si estás en Madrid todo está a tiro de AVE o de avión).

En fin, ésta es mi visión después de más de 9 años. No es perfecto, porque no hay nada perfecto. Es un equilibrio entre cosas que disfrutas y cosas que se te ponen cuesta arriba. Cuestión de qué priorizas, y de hacerlo sostenible. Hay días que lo ves clarísimo, y hay días en que dudas. Pero, de momento, que nos quiten lo bailao.



Cuarenta

Pues ya están aquí, “los cuarenta”.

Nunca he dado mucha importancia a los cumpleaños, y en general soy poco amigo de “fechas señaladas”. Creo que la vida se vive día a día, que todos pueden ser especiales, que en todos ellos demuestras las cosas que te importan. Tampoco soy muy dado a dividir la vida en periodos marcados por el mero hecho del paso del tiempo, ni a hacer balances a fecha fija.

Hoy, como ayer y como espero mañana, voy a procurar disfrutar del presente. De todo lo que tengo aquí y ahora. De mi mujer, de mis hijos, de mis padres, de mi hermana, de mis amigos. De mi salud. De mi trabajo, de mis aficiones, de mis proyectos, de las cosas que me gustan, de los lugares donde estoy. Nada dura para siempre, pero hoy estamos aquí.

Hoy, como ayer y como espero mañana, voy a procurar estar más atento, voy a intentar poner el foco en lo positivo, en lo bueno, en lo que me hace crecer, en lo que me divierte, en lo que me hace mejor. En lo que tengo, no en lo que me falta. La vida no es perfecta (simplemente es), pero todo depende del color del cristal con que se mira, y soy yo quien elige las gafas.

Hoy, como ayer y como espero mañana, voy a intentar hablar menos y hacer más. Voy a intentar que cada día haya más coherencia entre lo que pienso, lo que digo y lo que hago. No hay más camino que el que hacemos al andar, un pasito después del otro. No hay más camino que las huellas que dejamos, y quiero sentirme orgulloso del mío.

Hoy, como ayer y como espero mañana, voy a seguir buscándome, conociéndome. Voy a hacer un esfuerzo por aceptarme y por quererme como soy, sin compararme los demás ni con versiones idealizadas de mí. Porque la vida es demasiado corta como para renunciar a uno mismo.

Hoy, como ayer y como espero mañana, voy a estar agradecido por todo lo que tengo, por todo lo que soy, por todo lo que me ha pasado y que es lo que me ha traído hasta donde estoy. Agradecido por todos los que me acompañan. Por mi mujer, compañera en el camino. Por la bendición de mis hijos, y la oportunidad de estar con ellos y de aprender, de su mano, mucho más de lo que ellos aprenderán de mí. Por la posibilidad de disfrutar de mis padres, de haberles tenido a mi lado todo este tiempo y hacer de mí quien soy. Por todos los que me rodean, por todos los que me han enseñado cosas, por todos los que me conocen y, sin embargo, me quieren.

Hoy, como ayer y como espero mañana, voy a vivir un día a la vez.



Dejar de leer la prensa generalista

Hace tiempo que le vengo dando vueltas a esta idea: eliminar la prensa generalista (llámese El Mundo, El País o El Confidencial, que son los tres que leo con más frecuencia) de mis lecturas diarias. Ocurre que, con cierta frecuencia a lo largo del día, me encuentro conectándome a cualquiera de ellos (o a todos en rotación) a ver “qué ha pasado en el mundo”. Y total… ¿para qué?

Esta idea está en total consonancia con la “dieta hipoinformativa” que mencionaba Tim Ferriss en su “Semana laboral de cuatro horas” (y de la que ya he hablado anteriormente). El razonamiento es sencillo: ¿suelo encontrar algo, en mis visitas a esos lugares, que me sirva de algún modo para avanzar en mis objetivos, sean profesionales o personales? La respuesta es, el 99% de las veces, un NO con mayúsculas. Y sin embargo, al cabo del día acabo dedicándole un buen puñado de minutos a ojear la portada, a leer esta noticia que me ha llamado la atención, o qué se yo.

Ejemplo de ahora mismo, noticias en la portada de El Mundo: discusiones sobre la posible prohibición de fumar en lugares públicos, Obama y el embargo a Cuba, Obama y el sistema financiero internacional, el partido de España en el Eurobasket, que Solbes deja el Congreso, que Evo Morales visita al Rey, un juicio a un asesino, traducción voz-lenguaje de signos, un asesinato en Estados Unidos, un niño de 7 años que atropella a una mujer, algo sobre Zelaya y Honduras… ¿veis a lo que me refiero? Ninguna de estas informaciones me va a permitir hacer mejor, o más rápido, ninguna de las cosas que tengo que hacer para progresar. Absolutamente ninguna.

“Hombre, es que tienes que saber en qué mundo vives“. Bueno, ésa es una cuestión discutible. En primer lugar, porque “el mundo en el que vivo” es infinitamente más amplio (e inabarcable) de lo que dicta un determinado medio con sus intereses editoriales. Así que leerles no supone “saber en qué mundo vivo”, sólo una serie de píldoras que alguien (atendiendo a sus intereses, no a los míos) considera relevantes y que muchas veces, con el tiempo, se demuestra que no lo eran (¿cuántos de los debates que más tinta han hecho correr quedan en el olvido unos pocos meses después?) cuando no se descubren como totalmente artificiales o falsos. Y segundo, porque “el mundo” que me interesa es precisamente el que me afecta de una forma más directa, es decir, el tiene algún impacto en la vida que llevo o sobre el que yo puedo actuar de alguna forma. Y resulta que las noticias de la prensa generalista no suelen cumplir ninguna de esas condiciones: ni alteran en nada “mi mundo”, ni puedo hacer nada al respecto.

Así que en ésas estoy. Igual un día pongo las direcciones de la prensa generalista en una lista negra para no acceder a ellas. Seguro que aprovecharé mucho mejor el tiempo.



Nacionalismo económico como herramienta de marketing

Nacionalismo económico como herramienta de marketing

El otro día, al ir a tirar las etiquetas de una prenda recién comprada, me llamó la atención leer esto: “Fabricado 100% en España. Comprando este producto contribuye a mantener un puesto de trabajo”.

Son tiempos de crisis, y todo vale para conseguir una venta. Incluso apelar a cierta solidaridad entre compatriotas, o a la culpabilidad (“con la que está cayendo, ¿va usted a comprar productos fabricados en otros países mientras aquí tenemos que despedir a gente como usted?”).

No sé, a mí el argumento no me gusta demasiado. El producto se valora en función de su calidad y su precio. Que haya sido fabricado en España, si no se traduce en ninguna de esas variables, no influye en mi decisión de compra. Pero claro, eso soy yo. Igual hay gente que sí prefiere pagar más, o comprar un producto peor, sólo por el hecho de estar fabricado en tu mismo país…



Hijos y padres

Ser padre es una experiencia alucinante. Y por partida doble, doblemente alucinante. Cambia profundamente tu forma de ver muchas cosas. Y uno de los cambios tiene que ver con la forma en que percibes a tus propios padres.

Algo hizo “click” dentro de mí un día cuando, de visita en casa de mis padres, me quedé mirando una foto en una estantería. Eran ellos, conmigo de pequeño, dando un paseo. Una escena familiar típica, que habría visto cientos de veces. Sin embargo, esta vez fue diferente. Esta foto se parecía tremendamente a una escena mucho más reciente, en la que el niño era mi hijo y los padres éramos mi mujer y yo.

Cuando tienes un hijo, de repente ves a tus padres de otra forma. Dejan de ser tus antagonistas, unos señores que siempre han estado ahí y siempre se habían comportado como “padres” y que, por lo tanto, eran intrínsecamente distintos a ti. Cuando tú mismo eres padre, y te das cuenta de que estás viviendo todo lo que ellos vivieron 30 años antes, empiezas a comprender muchas cosas que nunca habías entendido de su comportamiento. Y llegas al convencimiento de que, inevitablemente, tus hijos también te verán con ese punto de incomprensión hasta que, con suerte, ellos mismos vivan la experiencia.

Esta especie de “iluminación” te lleva a ver la relación de otra manera, a quererles de otra forma. En cierto sentido, compartir la experiencia de la paternidad te hace romper esa barrera padre-hijo y te lleva a verles más como unos iguales. Te vuelves más comprensivo, te vuelves más tolerante. Aprecias mucho más todo lo que ellos han hecho por ti.

Por supuesto, siguen siendo tus padres. Y habrá momentos en los que discrepes con ellos, momentos en los que te parezca que se entrometen, momentos en los que te saquen de quicio, o en los que piensas que “te ponen en evidencia”. Pero darte cuenta de que tus propios hijos van a pensar eso mismo de ti hace que empatices mucho más con ellos.

Tengo la enorme fortuna de poder compartir esta etapa de la vida con ellos, y me siento tremendamente feliz por ello. Es una de esas cosas en las que mucha gente repara únicamente cuando las pierde; o que, dándose cuenta, no lo expresa por pudor, o pensando que “ya habrá ocasión”… pero como dice el refrán, “la ocasión la pintan calva” y es tontería quedárselo dentro pudiendo decirlo.

PD.- Estoy convecido de que, si algún día mis hijos leen esto, se avergonzarán de mí ;)



Parto 2.0

Mano abierta

Ésta de aquí arriba es Nerea. Bueno, su manita. Nerea nació el pasado jueves, con un poco de susto (bien dicen que no hay dos embarazos ni dos partos iguales): lo que iba a ser una monitorización externa rutinaria (estábamos ya en semana 39) derivó en que “no se le escucha bien el ritmo del corazón, vamos a hacer una monitorización interna” que se convirtió en “vamos a estimular el parto ya mismo, que al bebé no le late el corazón como debiera” y, cuando volví media hora más tarde de buscar la maletita que teníamos preparada en casa, en “estamos preparando a tu mujer para llevarla al quirófano: la niña tiene una arritmia y mejor tenerla fuera para poder hacerle pruebas”.

Fue un rato (afortunadamente corto: a las 10’30 llegamos al hospital para la cita que teníamos, a las 12:45 la niña estaba en mis brazos) de mucha inquietud: sentado en la sala de espera, por mucho pensamiento positivo que quieras tener, lo pasas mal; al fin y al cabo, una cesárea no deja de ser una operación, y las palabras “problema cardiaco” unidas a tu bebé ponen un nudo en el estómago al más pintado.

Pronto salieron a decirme que la cesárea había ido bien y a enseñarme a mi bebé, un instante fugaz antes de llevarla a la incubadora. A partir de ahí, otro rato largo de soledad: mi mujer en reanimación, mi niña en la incubadora, y yo sentado en la habitación, impotente, sin poder estar con ninguna de ellas. Más tranquilo sabiendo que la cesárea había salido bien, pero intranquilo pensando en los posibles problemas de la niña, y en la angustia que estaría pasando la madre. Una sensación extraña: mientras que con mi primer hijo, una vez lo pusieron en mis brazos, me sentí exultante… aquí había unos nubarrones que me impedían disfrutar del momento.

Afortunadamente, la cosa fue evolucionando bien: las primeras pruebas resultaron tranquilizadoras, ya el mismo jueves nos llevaban a la niña para que hiciese sus primeras tomas, y el viernes por la mañana la “desincubaron” y pudo estar en la habitación. A partir de ahí, más pruebas también positivas, la madre en recuperación constante hasta que ayer lunes nos dieron el alta. La arritmia de la niña se ha ido difuminando y, aunque le harán un seguimiento por si acaso, parece que todo quedó en un susto. La felicidad tardó un poco más en llegar, pero llegó igualmente.

En todo este proceso encontré en facebook y sobre todo en twitter dos importantes vías de escape. En condiciones normales no tenía ninguna intención de usar estos canales (en fin, pensaba yo, un padre tiene que estar a lo que tiene que estar y olvidarse de la maquinita) más que para anunciar la buena nueva al final. Sin embargo, la mezcla de tensión y de soledad me hicieron escribir muchos más mensajes de los que hubiera imaginado. Verbalizar mis sensaciones me ayudó a no comerme demasiado la cabeza. Y qué decir de la respuesta obtenida… decenas de mensajes de felicitación, de ánimo, de comprensión, de experiencias similares… que me hicieron sentirme muy reconfortado y acompañado, aunque a mi alrededor no hubiese nadie.

Habrá quien piense que son cosas demasiado personales como para tuitearlas o para contarlas en un blog. Que tiene un punto de exhibicionismo enfermizo. Yo no lo veo así, no pretendía enseñar nada de cara a la galería, sino que lo usé y lo uso como lo hago siempre: para expresar mis pensamientos e inquietudes. Solo que esta vez, en unas circunstancias tan extraordinarias y tan vitales, todos mis pensamientos e inquietudes estaban centrados en una única cosa. Y la respuesta recibida me reafirma en algo: que todo esto del 2.0 va, sobre todo y casi exclusivamente, de personas que se relacionan y que comparten trocitos de sus vidas.

Enseguida volveremos a la “vida normal” (una nueva “normalidad”, sin duda, con algunas rutinas diferentes). Mi vida 2.0 reflejará también esa normalidad, y volveré a mis temas habituales. Pero en estos días excepcionales, era inevitable que mi vida 2.0 también se transformase. Porque es algo ya muy integrado con mi “vida 1.0”, no es algo que desconecte y deje en casa. Y estoy contento de que así sea.



Mi primer moroso chispas

Supongo que era cuestión de tiempo, y que puedo considerarme afortunado por no haber sufrido esta situación antes. Pero aun así, jode. Puedo decir que ya tengo mi primer moroso.

A finales de noviembre impartí un curso para una empresa. Con fecha uno de diciembre emití la factura. Me dijeron que pagaban a 60 días: “bueno, supongo que es lo normal”, pensé, aunque me parece una mala práctica no pagar cuanto antes (¿por qué narices tengo que financiarte yo?). Pasan 60 días, no cobro… “no, es que pagamos los días 25 de cada mes”. Anda, entonces resulta que por arte de magia los 60 días se transforman en casi 90. “Qué morro”, pienso, pero bueno, ya sé que los procesos administrativos muchas veces funcionan así…

Pasa el día 25 y nada. Nueva llamada. “Es que verás, estamos teniendo problemas para cobrar de algunos clientes y entonces tenemos dificultades para pagar… a ver si a mediados de la semana que viene nos entran fondos y entonces hacemos los pagos…”. Uyuyuy. Señal de alarma. No me gusta ni un pelo. Si haces eso, estás trasladando tus problemas a tus proveedores de forma injusta. Apuesto a que no has dejado de pagar los sueldos, ni los socios han dejado de cobrar su parte. Mejor putear a los proveedores, ¿no? Pero bueno, paciencia, a ver si la semana siguiente…

Por supuesto, la semana siguiente nada. Pasadas otras tres semanas, otra llamada. Mismo argumento. “A ver si…”. Respirar hondo. Y esperar, ¿qué otra cosa puedo hacer?

Empiezo a estar seriamente preocupado por el futuro de esa factura. Cuando uno es serio y cumplidor, las cosas se hacen bien a la primera o, si por alguna circunstancia no es posible, se pierde el culo para solucionarlo cuanto antes. Pero cuando empiezas a ver este tipo de cosas, largas, excusas… es muy mala señal, es señal de sinvergonzonería, de ser un jeta y un aprovechado, de gente que lleva en su adn la idea de que “cuanto más me escaquée, mejor; y si puedo escaquearme definitivamente miel sobre hojuelas, qué listo y triunfador soy”. Y por lo que oigo no debo ser el único que tiene problemas para cobrar de ese cliente… así que pinta mal.

Encima, como yo soy de los de “mi palabra es ley” y confío en que otras personas actuan así también (la mayoría de las veces funciona bien, todo hay que decirlo), no tengo ninguna documentación firmada, ningún contrato u orden de compra, nada… así que en caso de que quieran jugar a joderme, ni siquiera tengo mucho a lo que agarrarme. Y este abuso de la buena fe es algo que me duele especialmente, me hace sentir un “primo”, un “pringao”. Me está sucediendo algo que no me gusta, y es que a causa de este cliente me estoy volviendo desconfiado, me está pasando lo del gato escaldado (que del agua fría huye), y eso me fastidia mucho porque creo que la confianza y la buena fe son esenciales en cualquier relación profesional.

Hace unos meses alguien me pedía mi opinión sobre cómo tratar a un moroso. Y yo le respondía desde mi inexperiencia. Racionalmente, sigo pensando lo mismo: paciencia, flexibilidad, dejar de trabajar con ellos (un problema en este caso, donde es una actividad única que no tiene continuidad con la que poder presionar)… y si al final la cosa se pone fea valorar hasta qué punto merece la pena iniciar un proceso lioso, molesto y caro para cobrar (si al final, incluso en el caso de que ganes, vas a tardar siglos en cobrar y encima los costes del proceso acaban siendo mayores que lo que recuperas). Pero la sensación de frustración, de sentirse decepcionado y engañado, estafado, timado… no la conocía, y es francamente desagradable. Se te sube la bilis y dan ganas de “montar un numerito”. Algo que no sé si acabaré haciendo (recordemos mi aversión al conflicto)… de momento, sirva este post como desahogo. Y a seguir esperando. El mes que viene, volver a llamar a ver qué fue de mi factura.

PD.- Otra cosa que me jode, y que alguien tendría que plantearse: el IVA de esta factura yo lo pagué a finales de enero. Dentro de poco, pagaré también el IRPF. Y todo eso, sin haber cobrado del cliente. O sea, encima de puta, poner la cama.

PD2.- Afortunadamente, se trata de una cantidad relativamente pequeña. Incluso aunque la dé definitivamente por perdida no va a hundir mi negocio, no va a ponerme en dificultades financieras, no voy a perder la casa, mi familia no va a dejar de comer… Y si siendo así yo me siento tan frustrado, no quiero ni imaginar cómo se sienten esas personas que tienen verdaderos problemas de morosidad, que ven cómo siendo honrados y profesionales su vida se desmorona por culpa de unos sinvergüenzas que te dejan un pufo de dimensiones siderales.



El marasmo del emprendedor

desinflado

Marasmo es, según la RAE, “suspensión, paralización, inmovilidad, en lo moral o en lo físico”.

Hoy hablaba con alguien que, recientemente, ha dado el paso de dejar la empresa en la que estaba para lanzarse a impulsar su proyecto. Y me contaba que, desde que se puso con ello en enero, sentía que se le había ido el tiempo sin tener muy claro si había avanzado o no… No me ha costado reconocer la sensación. A mí me pasó cuando, en septiembre, empecé a impulsar la idea de Digitalycia. Otros me lo habían dicho ya en algún momento: “es peligroso, se te pasan los meses sin darte cuenta”.

Cuando uno está por cuenta ajena en una empresa en marcha, los objetivos, las prioridades, las urgencias… las marcan otros. Puedes llenar el día “sacando faena” que te marca tu jefe, que te marcan los clientes (ahora una nueva propuesta, ahora una llamada, ahora unas tareas pendientes), o tus compañeros, o la propia empresa… no digo que seas productivo ni eficiente, pero “haces algo”. Es como ir en una bicicleta tandem en la que otros dan pedales y tus pies, sin necesidad de hacer esfuerzo, se mueven; puedes dejarte llevar y, aun así, las cosas avanzan. ¿En la dirección correcta? Puede que sí o puede que no, pero al menos no estás parado.

Sin embargo, cuando monta su propia iniciativa (aunque también lo podemos asimilar a quien se queda en el paro, por ejemplo), si tú no das pedales no los da nadie. Nadie marca objetivos ni prioridades, nadie te pide cuentas, no tienes clientes que te exijan. Si te dejas llevar… nada avanza. Empiezas una cosa, la dejas a medias, hoy crees que la prioridad es esto, mañana que es aquello, no sabes por dónde avanzar, te distraes, te entran las dudas y vuelves para atrás, vas, vienes…

Darse cuenta de todo esto cuesta. Algo que a priori es fantástico, porque te permite todos los grados de libertad del mundo, te puede llevar a la parálisis si no aprendes a gestionarte a ti mismo.

¿Cómo? Esfuerzo de planificación, y grandes dosis de disciplina para ejecutar los planes que te marcas. Actuar con uno mismo con la misma exigencia que lo haría un tercero. Claro que es más fácil decirlo que hacerlo; hace falta llegar a un profundo convencimiento para conseguir dominar la propia voluntad, para dar pedales incluso cuando las circunstancias no invitan a ello, para no dejarse vencer por las dudas o el desánimo.

Hoy, dándole vueltas al tema, he llegado a la conclusión de que es una habilidad que a mí me falta por desarrollar en gran medida. Como dirían en el cole, “necesita mejorar”.

Foto | Rob Gallop



Trabajo y aburrimiento

Relax

Traduzco (libremente y con mis recursos, que son los que son) de este fragmento (desconozco la fuente) que cita Tim Ferriss:

Trabajo a cambio de dinero. Es algo común a la mayoría de la gente hoy en día. Para ellos, el trabajo es un medio y no un fin en sí mismo. Por eso tampoco se preocupan de elegir demasiado sus trabajos, con tal de que paguen bien. Pero también hay, aunque sean pocas, personas que preferirían morir que trabajar sin satisfacción en el trabajo. Son quisquillosos, difíciles de satisfacer y no valoran demasiado las distintas formas de compensación si su actividad no es, por sí misma, la mejor de las compensaciones. Los artistas y los hombres dados a la reflexión pertenecen a este grupo, pero también aquellos hombres amantes del ocio que pasan su vida a la búsqueda de algo, viajando, inmersos en aventuras y amoríos. Todos estos aceptan el trabajo y las penurias, incluso el trabajo más difícil, sólo si lleva aparejado disfrute. Si no, prefieren darse a la pereza, incluso si eso trae consigo empobrecimiento, deshonor o peligro. No temen al aburrimiento tanto como a trabajar sin disfrutar; de hecho, necesitan grandes dosis de aburrimiento si quieren tener éxito. Para pensadores y espíritus sensibles, el aburrimiento es esa calma que precede a los buenos vientos y a un feliz viaje. Tienen que soportarlo y esperar a que haga su efecto. Precisamente esto es lo que los espíritus más vulgares no pueden conseguir de ninguna manera. Evitar el aburrimiento a toda costa es vulgar, tanto como trabajar sin disfrutar.