Historias de profesionales independientes: Julen Iturbe-Ormaetxe

(Esta entrevista pertenece a la serie de “Historias de profesionales independientes“, puedes ver más en este enlace)

Julen Iturbe-Ormaetxe puede que sea el “consultor artesano” por excelencia, dominio incluido. Es otro de los “clásicos”, superviviente de aquella época del advenimiento de la “blogosfera” donde éramos cuatro gatos, y donde las conversaciones fluían quizás con más facilidad y más profundidad. Son muchos años leyendo y aprendiendo de sus reflexiones sobre la consultoría, sobre la empresa y sobre el mundo y la vida en general. Empresa abierta, wikis, aprendices, bicicletas… muchos son los conceptos que fluyen en su discurso, siempre desde una posición de lúcido escepticismo.

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Cuéntanos un poco tu trayectoria profesional, ¿cómo has evolucionado? ¿cómo llegaste a ser un “profesional independiente”?

Llevaba 12 años trabajando en la Corporación MONDRAGON, 6 en LKS, una empresa de consultoría y 6 en Maier, una empresa industrial que trabaja sobre todo para automoción. Creí que me hacía falta un cambio de ciclo y buscar una mayor independencia en la forma de hacer las cosas. No es que tuviera claro que el paso que daba fuera la mejor opción, pero sí sentí allá por 2003 que había llegando el momento de hacer otras cosas.

Cuando comencé a trabajar por mi cuenta la situación económica no era mala y como ya había colaborado con Mondragon Unibertsitatea, llegué a un acuerdo con ellos y comencé a impartir clases y colaborar también como consultor. Luego, al coger relevancia los temas de investigación, incorporé horas también para proyectos de investigación.

Como dice un buen amigo, Alberto Ortiz de Zárate, más que “independiente” somos profesionales “interdependientes”. Tuve claro desde el principio que trabajar “por mi cuenta” era colaborar con otras personas. Al ser pequeño no queda sino hacer los proyectos en compañía. Y ahí fue como se fue fraguando la idea de Consultoría Artesana en Red.

Tuve claro desde el principio que trabajar “por mi cuenta” era colaborar con otras personas. Más que “independiente” somos profesionales “interdependientes”

Investigación, docencia, “trabajo facturable”… son tres actividades bastante diferentes. ¿Cómo se entrelazan para ti? ¿Hasta qué punto se complementan, o por el contrario entran en conflicto a la hora de asignar tiempo, foco…? ¿Cómo consigues cuadrar el círculo?

Ahora mismo estoy en una situación digamos que “anómala” porque tengo buena parte de mi tiempo ocupado con el doctorado. Mi previsión es defender la tesis en junio de 2018 y hasta entonces esto condiciona mi agenda. Pero en una situación “normal” las tres actividades son relativamente sencilla de encajar. La docencia suponen horarios fijos pero en mi caso no es excesiva esta carga. En la universidad duelo tutorizar proyectos fin de máster y fin de grado que me permite una asignación más flexible del tiempo. Por su parte, la investigación y la consultoría se llevan bien con el concepto de “proyecto”. Así que por ahí no surgen demasiados problemas.

¿Qué es lo que más valoras de ser “profesional independiente”?

Creo que cada cual tiene que darse cuenta de cuál es la forma en que mejor trabaja. Yo necesito aire, autoorganizarme, coger la bici por la mañana si el día lo permite y hacerlo con la conciencia tranquila. El trabajo está ahí para que lo adaptamos cuanto podamos a cómo somos. Trabajando dentro de una organización perdemos, como es lógico, gran parte de esa libertad. Buscamos perfiles que se adapten a puestos y no puestos que se adapten a perfiles. No sé, quizá es un precio demasiado alto que no estoy dispuesto a pagar.

Cada cual tiene que darse cuenta de cuál es la forma en que mejor trabaja. El trabajo está ahí para que lo adaptamos cuanto podamos a cómo somos

¿Cuáles son las mayores dificultades que ves en el camino de un “independiente”?

En realidad no encuentro dificultades. Solo veo ventajas. Claro que a lo mejor juego con ventaja. Si quiero sentir que, de alguna manera, formo parte de una organización, solo tengo que irme a la facultad y trabajar desde allí. Lo digo porque mucha gente no llevará bien lo de trabajar desde su propio hogar. Yo no lo tuve claro hasta que lo probé. Cuando empecé a trabajar desde mi casa no sabía cómo iba a reaccionar. ¿Sería productivo? El tiempo me ha demostrado con creces que sí, que disfruto con esta forma de hacer las cosas. Hoy Internet nos ayuda a estar “junto a” si es que el problema es sentir el calor de otras personas trabajando a tu lado.

¿Qué habilidades crees que son fundamentales cuando uno está por su cuenta?

Es evidente que hay que tomar la delantera a los acontecimientos. Hay que planificar cómo son los días. Porque hace falta cierta disciplina y autocontrol, no nos vamos a engañar. Tampoco soy de los que me obsesiono por cuadricular la agenda e ir tarea a tarea hasta la victoria final. Mi cuaderno me dice lo que está pendiente y luego voy mucho por sensaciones. Muchas veces hay que hacer lo que hay que hacer porque los proyectos son plazos y hay que cumplir con los hitos temporales planificados pero otras veces podemos decidir lo que hacemos.

También me parece importante sentirse a gusto con las tecnologías porque hay mucho trabajo colaborativo que necesita una videoconferencia o compartir documentos en línea. Por otro lado, en la consultoría necesitas cierta visibilidad y no está de más mantener un blog que muestre al mundo lo que somos. Claro que de esto sabes tú tanto o más que yo, ¿no?

Me gusta mucho el concepto de “interdependientes”, y me parece muy importante. ¿Cómo es para ti el proceso de generar esas relaciones, cuidarlas, seleccionarlas? ¿Cómo trabajas “tu red”?

Creo que hay dos variables evidentes y una actitud. Las variables son: complementariedad en competencias profesionales y química personal. La actitud es la de la humildad: hay gente que sabe más que tú de muchas cosas y con las que merece la pena colaborar porque nos enriquecen. Me explico algo más. Para mí lo natural cuando miras al lado artesano (yo y mis circunstancias ante un trabajo del que quiero estar orgulloso) es reconocer que alrededor de él hay gente que complementa lo que sé hacer bien. Lo lógico es que la red surja de reconocer nuestras carencias. No podemos saber de todo. Cuando captamos un proyecto: ¿sabemos todo lo necesario para afrontarlo con garantías?, ¿por qué no buscar alrededor con quién complementar competencias? Cuando inicias ese camino sucederá que hay gente con la que haces química y gente con la que no. La vida misma, ¿no? Pues eso, creo que no hay otra forma cuando eres “pequeño” ;-)

Tejer tu red implica complementariedad en competencias profesionales, química personal y una actitud de humildad

Fuiste el primero al que escuché el concepto de “consultor artesano”. ¿En qué consiste para ti esa artesanía, y cómo contrasta con otros enfoques de consultoría?

Yo trabajé seis años en una empresa de consultoría “mediana” y conocí de cerca la competencia de las grandes. Luego llegó el ciclo del trabajo “al otro lado”, como gestor y no como consultor. Cuando decidí volver a la consultoría y hacerlo por mi cuenta, sabía lo que no quería. Y eran los modelos que había conocido. Prefería un vínculo más estrecho con el cliente y volcarme en hacer las cosas bien, hasta donde yo fuera posible. Con la suerte, debo decirlo, de que mucha gente me conocía y no había que lanzarse a vender. Por ahí empezó a fraguar lo de la consultoría artesana, pero siempre con el apellido “en red”. Con el paso del tiempo, aparecieron profesionales, mujeres y hombres que compartían ese enfoque. Y así empezamos a interactuar en algunos talleres, la bola fue creciendo, lanzamos un manifiesto. Bueno, uno sabe cómo empiezan las cosas pero no cómo terminan. Mi idea de la consultoría artesana es muy simple: clientes de confianza, no muchos, profesionalidad, empatía, rigor.

Mi idea de la consultoría artesana es muy simple: clientes de confianza, no muchos, profesionalidad, empatía, rigor

¿Qué herramientas utilizas para facilitarte el trabajo?

Para mí es importante trabajar a gusto en el despacho. Soy de los que planifico… hasta cierto punto. Me gusta llevar el control de lo que hay que hacer. En ese sentido, aunque no practico un GTD ortodoxo, sí compro algunas de sus ideas (en mi caso proceden más de mi actividad profesional vinculada a las 5S como herramienta para mejorar la productividad en el lugar de trabajo). Lo que hay que hacer tiene que estar escrito en algún sitio y cuando ya está realizado, ¡a tachar!

Siempre me he llevado bien con la tecnología aunque procuro mantener una distancia crítica. Creo que nos cuelan demasiados goles vinculados a la sociedad de consumo en que nos movemos. Pero trabajo a gusto con correo electrónico, con ofimática clásica o colaborativa, con wikis, blogs y buena parte del arsenal de lo que en su día llamamos web 2.0 y que hoy no sé muy bien qué es.

No uso ningún gestor de proyectos aunque mi sistema de trabajo de alguna forma lo lleva incorporado como concepto. Según clientes uso wikis para dar soporte a los proyectos o me apoyo en herramientas más tradicionales. No obstante, soy de los que piensa que un proyecto pide una wiki.

Has hablado estas semanas de “tus rutinas”. ¿Qué valor tienen para ti esas rutinas? ¿Qué te aportan, en qué te limitan? Y por otro lado, ¿hasta qué punto crees que las rutinas son “moldeables”, o por el contrario son un reflejo de la personalidad de cada uno? ¿Has creado tus rutinas, o son el resultado de ser quien eres?

Supongo que venimos de serie con cierta predisposición a ser de determinada forma. Yo no pegaría mucho por ser algo muy diferente de lo que mi equipamiento de serie aportaba. Eso sí, tengo que ver cómo aprovecho lo que los genes me han dado. Si estoy más despierto por la mañana, ¿no sería lógico aprovechar ese potencial? Si prefiero trabajar con cierto orden, ¿por qué no aplicarlo para ser más eficiente en lo profesional? Insisto, creo que hay que dejar fluir a la persona que somos. Hoy parece haber una corriente por ser maravilloso, aprovechar hasta el último segundo del tiempo y pensar en la supereficiencia. No sé, un poco más de relajación, ¿no? Cada cual que procure aprovechar lo que se le da bien.

¿Qué reacciones sueles encontrar a tu alrededor (entorno familiar, amigos, conocidos, etc.) cuando conocen tu forma de trabajar?

La mayor parte de las veces doy envidia. Aunque también hay quien dice que no podría trabajar así. Para gustos los colores, ¿no? En mi casa ya saben que soy el alma libre que dispone más o menos de su tiempo y que se puede organizar sin las rigideces de los horarios laborales. A mi alrededor en la familia tenemos a unas cuantas empleadas públicas que viven al ritmo de sus horarios laborales, aunque desde luego no diría que les va mal.

¿Y en el ámbito profesional? ¿Qué reacciones sueles encontrar de posibles clientes, etc. cuando conocen tu forma de trabajar?

Antes comentaba que vivo con una cierta bicefalia porque trabajo como profesional “interdependiente” pero también mantengo un lado “institucional” al ser profesor e investigador en Mondragon Unibertsitatea. Eso me permite jugar más con un perfil o con otro según convenga. Sí que cuando digo lo de “consultor artesano” enseguida la gente pregunta qué es eso. En este sentido que Sennett escribiera en su día El artesano fue como una especie de confirmación de que a idea original tenía sentido. Es como si Sennett nos hubiera escrito un libro de autojustificación de por qué la artesanía era un valor en pleno sigo XXI.

También sucede que cada vez hay más gente que trabaja por su cuenta. Yo en 2007 pasé de trabajar con una licencia fiscal a constituir una empresa que me sirve como “plataforma de facturación” y para dar cobijo a proyectos que requieran colaboraciones con otros profesionales. Los clientes con los que trabajo en general ya me conocen y creo que entienden que esta forma de trabajar es lógica en los tiempos actuales.

En tu “vida blogueril” dejas ver bastantes cosas de ti, desde tus hobbies ciclistas a reflexiones personales, estados de ánimo, muchas veces expones tus dudas, o tienes posicionamientos críticos… Todo esto contrasta con cierta corriente que dice que hay que “ceñirse a un tema” y limitar “lo personal”. ¿Cómo ves esta (presunta) dicotomía?

Como tú sabes tan bien o mejor que yo, quienes empezamos a bloguear hace ya más de una década lo entendemos, creo de una manera que a lo mejor no es la vigente a día de hoy. Yo no puedo dejar de ser quien soy y el blog es mío. Digo allí lo que me apetece. Sin más. ¿Que me dedico a postear mis etapas en las rutas cicloturistas? Bien, he acabado colaborando con Orbea e incluso mi doctorado une pasión y profesión: bicicleta de montaña e innovación de usuario. Así de simple. Vida solo hay una aunque desplegada en múltiples facetas.

Yo no puedo dejar de ser quien soy

¿Cómo crees que evolucionará el mundo del trabajo? ¿Qué rol crees que jugarán los profesionales independientes en él?

Yo mantengo una relación de cierta distancia con el concepto de freelance. Porque no es lo mismo que esa condición sea el resultado de una decisión donde había más opciones que lo que hoy en día se vende: inventa tu propio empleo. Esta obligación de “buscarse la vida” obliga a quien no tiene ni el interés ni las habilidades a lanzarse a una cierta prostitución de sus habilidades. En vez de que te mande un patrón (en términos clásicos) ahora te manda el capital. Hay que facturar y eso supone lanzarse a una piscina donde muchas veces apenas si hay agua.

Esta obligación de “buscarse la vida” obliga a quien no tiene ni el interés ni las habilidades a lanzarse a una cierta prostitución de sus habilidades

Las empresas buscan flexibilidad y ya no hay propuestas a medio o largo plazo. Nadie parece disponer de la perspectiva suficiente para asegurar un proyecto de vida y una carrera profesional. Todo vive preso de un cortoplacismo preocupante. Y ahí los ejércitos de freelances son una herramienta que el sistema necesita. Esta es la parte peligrosa. Inseguridad por todas partes y hay facturación mientras hay trabajo. Profesionales de usar y tirar. Sí, me preocupa este nuevo estatus.

Si miro la botella medio llena también es verdad que veo en este tipo de profesionales interdependientes una manera de tomar las riendas de su vida laboral y una responsabilización sobre su desarrollo. Claro que esto es positivo y que cuenta con perspectivas halagüeñas. La estadística dice que este tipo de empleo crecerá. Esperemos que sea para bien :-)

Si miro la botella medio llena veo en este tipo de profesionales interdependientes una manera de tomar las riendas de su vida laboral y una responsabilización sobre su desarrollo

Entiendo tu planteamiento de que “cada uno debiera poder elegir”, y que es una puñeta eso de verse “obligado a facturar”. En el fondo estás pidiendo un sistema donde “alguien” dé la opción de estabilidad y perspectiva, seguridad al fin y al cabo… pero lo cierto es que ese alguien va a seguir teniendo la “obligación de facturar” (ese “hay facturación mientras hay trabajo” es tan válido para las empresas como para los individuos). ¿No es un poco injusto pedir a otros (el empresario) que asuma esa posición de riesgo, para que “otros puedan tener seguridad”?

La seguridad es un término relativo. Si eliges poner en marcha una empresa, creces y contratas personas para que trabajen contigo, yo intentaría proyectar hacia el futuro. Y habrá quien entre al juego y quien no. Hoy el corto plazo está sobrevalorado. El éxito es el de mañana por la mañana. Si no lo consigues, vas mal. Yo entiendo que hoy “seguridad” es una palabra en desuso, retrógrada y hasta casi como de perdedores. Pero muchas personas necesitan seguridad. De hecho todos la necesitamos en buena medida. ¿Dónde está? ¿En una gran empresa que cuenta a sus personas por números y no tanto por su nombre y apellidos? Esa es la realidad. La despersonalización cabalga de la mano del tamaño.

Creo también que la seguridad hoy es un reto a la inteligencia. Si trabajo por mi cuenta como consultor, cómo puedo trabajar la seguridad. Quizá pueda buscar proyectos de facturación recurrente (formación por ejemplo). De hecho yo mismo, soy “medio consultor” porque en realidad desde 2003 facturo a Mondragon Unibertsitatea por un conjunto de horas que pactamos para cada curso académico en función de las actividades a desarrollar. No sé, cada cual tiene que mirar cuánto de inseguridad es capaz de soportar. Sí, hay que gestionarla porque cada vez hace más frío ahí fuera. Sennett para estas cosas me parece un autor con una mirada muy clara.



Cinco reflexiones (y una confesión) sobre design thinking

Design Thinking
Design Thinking

Design Thinking es una disciplina puesta en el mapa hace no demasiados años, principalmente por la escuela de diseño de la Universidad de Stanford y la consultora IDEO. En realidad, como tantas otras veces, no es más que un destilado de muchas otras ideas que se fueron desarrollando a lo largo de los años (nada realmente nuevo bajo el sol); pero que hizo fortuna a la hora de “paquetizarlo” y transformarse en una “metodología de moda”, con la consiguiente cascada de libros, cursos, herramientas y demás. A estas alturas levantas una piedra, y te sale algo de “design thinking” seguro.

Como ya sabréis los que me leáis con más frecuencia, soy bastante alérgico a las metodologías “registradas” (en general me parecen una forma ruin de sacarte el dinero con lo que viene a ser sentido común disfrazado de gráficos y nombres cuquis y aparentemente novedosos y diferenciadores). Me interesan mucho más los principios subyacentes, ese “sentido común” que está detrás de todo. Y reconozco que detrás del “design thinking” hay bastante de eso.

Éstas son las cinco cosas que me llaman la atención del design thinking:

  • Que está centrado en el usuario. Emparenta, en este sentido, con la filosofía LEAN. Lo importante es el cliente, el usuario. Es él quien define el valor, es él quien tiene un problema que queremos resolver. Él sabe lo que le duele, y si queremos darle una solución, tenemos que hacerle protagonista. Ponerle en el centro. Ahí entra la investigación, la empatía, el trabajo de campo, el “humble inquiry” que decía Schein. Tenemos que dejar atrás nuestros prejuicios, nuestras “ideas de salón”, nuestra prepotencia de directivo/consultor, nuestro “yo sé lo que necesitan”. Tenemos que dedicar tiempo y recursos a escuchar, a entender.
  • Que tú no importas. Porque, claro, lo que importa es el usuario/cliente. No es tu punto de vista el que hace una idea buena o mala. No tienes que convencer a nadie de “tu idea”. Tienes que desprenderte de tu ego, estás ahí para entender al otro y para ofrecerle propuestas que él comprará o no. Y eso no es bueno ni malo para ti, eres un simple facilitador del proceso. He oído usar la metáfora de que “no somos vendedores, somos antropólogos”. No buscamos validación, no buscamos “acertar”, no buscamos “demostrar” lo buenos que somos. Cuando un usuario nos dice no a algo no está cuestionando nuestra valía, ni nuestra experiencia. No tenemos que sentirnos heridos, no tenemos que resistirnos a sus “noes” ni tratar de conseguir “síes”; simplemente tenemos que entender por qué el no es no, por qué el sí es sí.
  • Que hay que hacer pruebas con fuego real. Prototipado. Constante, y rápido, y barato. El objetivo es probar tus asunciones y tus propuestas, dejar que el usuario/cliente lo vaya validando, ver lo que funciona y lo que no y construir sobre ello. Eso implica abandonar la idea del “producto terminado”, de “lo perfecto”. Implica poner encima de la mesa algo para probar, algo con “errores”. Pero es que no son errores, es una herramienta útil para lograr un objetivo mayor. Hay que despojarse de la noción de que “esto está mal”. No es un examen que apruebas o suspendes, no es algo en lo que fallas.
  • Que reconoce ser un proceso desestructurado. A la hora de enseñarlo, los expertos del design thinking hablan de varias fases (empatizar, definir, idear, prototipar, probar), pero también advierten de realmente no son “pasos” que se desarrollen de una manera secuencial. Puedes ir hacia adelante, volver hacia detrás, empatizar mientras pruebas, idear mientras prototipas. Es todo un “magma” de principios en aplicación constante y concurrente. “Design is messy” es una frase que he escuchado decir durante un curso. Y me encanta. Porque así es la vida real. Messy, tirando a caótica. Lo importante son los principios, la dirección global.
  • El sesgo hacia la acción. Haz cosas. Deja de dar vueltas a la cabeza en la comodidad de tu despacho, y echa la bola a rodar. Las ideas son un espejismo, nos engañan haciéndonos pensar que estamos “haciendo algo”. Pero el mundo real solo cambia gracias a la acción. Y es sucio, sí. Y hay conflicto, sí. Es mucho más difícil que ver los toros desde la barrera. Pero sin eso, no hay nada.

Creo que es el camino correcto. Pero tengo que hacer una confesión: quienes me conocen saben que tiendo a la prepotencia y al egocentrismo. Yo sé. Yo tengo razón, mi punto de vista es completo, “quita, déjame que ya lo hago yo”. Llevo mal las críticas, que me digan que algo no lo he hecho bien, la falta de control, el equivocarme y el caerme. Tiendo también a estar cómodo y calentito en el mundo de las ideas (donde todo es más fácil y controlable, donde es más fácil “tener razón”), y me cuesta más “pasar a la acción” con su cuota de esfuerzo y frustración. Por todo eso, aplicar principios del “design thinking” supone un reto para mí. Pero también lo digo; creo que es un reto que merece la pena.



El metepatas de la semana

Errores

¿Cuando fue la última vez que metiste la pata? ¿Que te equivocaste? ¿Que la cagaste, Burt Lancaster? (lo siento, tengo una edad…).

A buen seguro que lo tienes fresco en la memoria. Y con casi total seguridad te has encargado de barrerlo discretamente bajo la alfombra, “espero que nadie se haya dado cuenta”.

En general, convivimos mal con el error. Las equivocaciones no cuadran con esa imagen perfecta que nos gusta proyectar hacia afuera, ni con la imagen que tenemos de nosotros mismos. Nos hace quedar mal. Queremos que la gente vea la Cara A, lo brillante, lo exitoso, lo perfecto; y procuramos que nadie vea la Cara B.

Lo malo es que resulta que el error es normal. Es incluso deseable, subproducto lógico cuando uno está intentando desarrollarse, aprender cosas nuevas, innovar. Pruebas, te equivocas, aprendes. Si eliminamos el “te equivocas”, trasladas una visión completamente irreal del “éxito”. Generas (para los demás y para ti mismo) unas expectativas irreales. Inalcanzables. Cada vez que silenciamos nuestros errores, o que señalamos los ajenos, estamos fomentando una cultura de “vergüenza por el error”. Si equivocarse está mal, si los buenos no se equivocan, entonces nadie querrá equivocarse. Nadie querrá atreverse a hacer nada diferente. Nadie intentará nada nuevo. Nadie se arriesgará a hacer nada por lo que puedan señalarle. Nos limitaremos a lo que ya hacemos bien. Inmovilismo. Parálisis. Decadencia.

Queremos lo contrario. Queremos (necesitamos) innovar, mejorar, desarrollarnos, aprender. Y eso es incompatible con la vergüenza por el error. Por lo tanto, tenemos que luchar activamente para normalizar el error. Para que nadie sienta miedo de equivocarse, para que lo veamos como parte normal y necesaria del proceso. Tenemos que compartir nuestros propios errores, tenemos que crear espacios donde, de forma sistemática, se pongan encima de la mesa nuestras equivocaciones. Donde podamos no señalarlos, si no utilizarlos para reflexionar y aprender.

Ya sé, ya sé. De forma racional todo el mundo entiende esto, y está de acuerdo. Pero hagamos examen de conciencia… ¿somos consecuentes? ¿Cuáles son nuestras reacciones cuando nos equivocamos? ¿Y cuando se equivocan otros?

Quizás deberíamos integrar todo esto en nuestros procesos, en nuestras rutinas. Un espacio en la newsletter corporativa para indicar un error (a ser posible de los altos directivos) y reflexionar sobre él. Un tiempo, al inicio de las reuniones de seguimiento, para exponer “cosas en las que nos hemos equivocado”. Un repositorio de “lecciones aprendidas” al que demos tanta visibilidad como a esos “casos de éxito” que tanto nos gustan. No de forma anecdótica, si no sistemática. Incidiendo una y otra vez, hasta que asumamos (pero de verdad) que “errar es humano”, que “el mejor escriba hace un borrón”, que “pasa en las mejores familias”.



Son aquellas pequeñas cosas

“Experto en procesos de transformación y coach ejecutivo”. Estoy seguro de que si metes esta cadena de búsqueda en LinkedIn te salen tres millones de personas que se autoetiquetan de forma muy parecida. “A global professional services firm supporting world leading businesses with strategy execution and leadership development”, apuesto a que hay miles de empresas de consultoría que se anuncian con esta frase, o con una combinación parecida de las mismas palabrejas. Blah, blah, blah.

Pero claro, es que cuando haces el esfuerzo por “ponerte una etiqueta” resulta dificilísimo no caer en el cliché. A veces tratas de introducir un matiz, y te parece que has conseguido “ser diferente”; pero en realidad, visto desde fuera, eres básicamente indistinguible de todos los demás. Es como cuando ves esas “referencias de clientes anteriores” y todo el mundo ha trabajado para Telefonica, BBVA, Repsol…

Hace muchos años que vengo pensando que es muy difícil diferenciarse en los rasgos generales. Que el potencial de diferenciación está en las pequeñas cosas, los pequeños matices que solo se aprecian en el día a día. Detalles personales. Opiniones. Gustos. Reacciones. Puede que incluso banalidades y chorradas del día a día que, inadvertidamente, dicen mucho más de nosotros de lo que creemos. Además de mostrar lo que haces y cómo lo haces, también poner el foco en quién eres y cómo eres.

Claro, para eso hace falta mucho roce. No son cosas que quepan en una tarjeta de visita, ni en una web corporativa, ni en un perfil de LinkedIn. Es necesario el contacto sostenido en el tiempo. Por eso siempre he disfrutado tanto de los blogs primero, y de las redes sociales después, y de cualquier otro vehículo que permita tener ese “roce” de una manera natural y no intrusiva. Por eso siempre en mi presencia online he intentado ser “muy yo”. Incluso a riesgo de parecer “menos serio” o “menos focalizado”. Me aburre la gente que se ciñe a su personaje profesional, siempre tan correctos y tan dentro de su “área de conocimiento”, siempre construyendo y cuidando esa imagen prefabricada, esa fachada de cartón piedra para las visitas. No soy así. No quiero ser así. Y no creo que sea positivo ser así. Porque a base de cuidar tanto al personaje te transformas en uno más, indistinguible de todos los demás que hacen lo mismo.



La estrategia en la pared

Una de mis batallas (spoiler: perdí) en un cliente tenía que ver con la dispersión. Los temas que eran importantes un día desaparecían de la agenda en cuestión de semanas o días, sustituidos por otros “temas importantes” cuando no por un “variadito” de asuntos menores y anecdóticos. Las reuniones de comité empezaban con un “A ver, temas”, y allí se iban despachando las cosas según cada uno iba poniendo encima de la mesa; sin agenda previa, sin orden ni concierto. Con esos mimbres, las reuniones solían derivar en discusiones bizantinas sobre cualquier cosa, cuando no en una ronda de chascarrillos, hasta que alguien decía “bueno, pues yo me tengo que ir” y levantábamos el campamento. Recuerdo que un día que no tenía yo el horno para bollos dije “bueno, ¿y si nos centramos un poco en resolver cosas, y luego si queréis echar unas risas nos vamos a tomar algo por ahí?”. Me miraron como a un bicho raro, “hombre, es el rato que tenemos para poner cosas en común, no hay que ponerse tan serio”.

Obviamente esta dispersión se trasladaba más allá de las reuniones; las prioridades, la asignación de atención y de recursos, las decisiones cambiantes y contradictorias, los discursos inconsistentes

Yo les decía: “tenemos que tener claro lo que queremos de aquí a un año, las cuatro o cinco líneas de acción principales que nos sirvan de marco de referencia. Eso deberíamos ser capaces de pintarlo en un cartel, y colgarlo en la pared de este despacho, y en toda la oficina, para que todo el mundo lo tenga siempre presente. Cuando hagamos una reunión, deberíamos repasar las líneas de acción y ver qué estamos haciendo respecto a cada una de ellas. Si no estamos haciendo lo suficiente, debemos ponernos las pilas. Y las cosas que no encajen con lo que tenemos pintado… se quedan las últimas, o directamente se dejan para más adelante, pero no podemos darles protagonismo en detrimento de las principales”.

De hecho, al principal directivo le decía: “tu labor básicamente debería ser esa; hacer que definamos entre todos cuál es esa hoja de ruta, y velar para que no nos salgamos del camino, coordinarnos a todos para que focalicemos y coordinemos nuestros esfuerzos para seguirlo”. Me miraba como si me entendiera, pero luego a la hora de la verdad…

Mi idea del “mapa estratégico” nunca llegó a realizarse. Ni siquiera hubo un amago. Hubiese requerido esfuerzo y tiempo para pensar (el “dónde quiero ir” vs “donde me lleven las circunstancias”), hubiese sido visto como una restricción (la excusa de “la flexibilidad” es el escondite de los dispersos), hubiese obligado a decir que “no” a algunas cosas y a defender una visión, y hubiese exigido ser coherentes y consistentes a lo largo de las semanas y los meses. Demasiado pedir.

Pd: Estoy mirando las paredes a mi alrededor. Resulta que tampoco veo ningún cartel…



La máquina de detectar incoherencias

¿No os ha pasado que, viendo una película o leyendo un libro, hay un momento en el que el cerebro hace “click” y se desconecta? “Venga, hombre, esto no hay quien se lo crea”, te dices a ti mismo, y a partir de ahí ya te sales de la historia y te resulta imposible reengancharte.

Lo curioso es que esa sensación no depende de la historia que nos estén contando, si no de cómo nos la estén contando. Es decir, no tenemos ningún problema en sumergirnos en una historia de alienígenas, de superhéroes, de zombies o de cualquier otra realidad “inventada”. Se llama “suspensión de la incredulidad” a esa capacidad de desconectar nuestro sentido crítico y a aceptar mundos ajenos al nuestro, con sus propias reglas. Eso sí, es fundamental que el relato se ajuste a las reglas que él mismo ha definido. No nos importa que nos planteen unas normas inverosímiles, lo que nos importa es que el desarrollo de la historia cumpla con ellas de forma coherente. Y si en algún momento se produce un cambio, necesitamos una explicación razonable para ese cambio y que de nuevo sea consistente con el resto de cosas que han pasado antes y que pasarán después.

Si no, la audiencia se acaba cayendo en estos “agujeros de guión”, que pueden ser más o menos graves, más o menos evidentes, pero tienen la capacidad potencial de arruinar todo el esfuerzo narrativo. Es como construir un edificio con un pilar defectuoso; todo el edificio se puede venir abajo.

El agujero de guión es una parte del argumento que contradice la lógica de la historia y del universo construido alrededor de ella

Obviamente, esto aplica no sólo a las historias de ficción, si no también a las historias del mundo real, y cómo no del mundo empresarial. Si vas cacareando que tienes una determinada estrategia, unos valores, una visión… ya puedes asegurarte de que tus actos se ajustan al discurso. En cuanto te desvíes, en cuanto empieces a ser inconsistente, el detector de incoherencias de las personas se pondrá en marcha, y automáticamente dejarán de creer en lo que estás contando y buscarán explicaciones alternativas (una de las más corrientes: “ya nos están contando otra milonga”) . Algo que pasa continuamente en las empresas, porque construir un relato es extremadamente fácil (al fin y al cabo sólo hay que poner unas letras detrás de otras, “que venga el responsable de comunicación”), pero ser fiel a ese relato (el “walk the talk” que dicen los americanos) es mucho más difícil.



Historias de profesionales independientes: Javier Leiva

(Esta entrevista pertenece a la serie de “Historias de profesionales independientes“, puedes ver más en este enlace)

He tenido la oportunidad de seguir la trayectoria de Javier Leiva Aguilera desde hace ya un buen montón de años. Y nunca ha dejado de fascinarme la mezcla de profesionalidad y de naturalidad con la que ha afrontado (y contado) sus peripecias. Lo mismo ha llevado “la buena nueva digital” al mundo de las bibliotecas que ha reflexionado sobre la curación de contenidos o ha experimentado con Youtube, lo mismo recorre el mundo moviendo el bigote que haciendo proezas físicas. Muchos años como profesional independiente que, curiosamente, han acabado dando paso recientemente a otra etapa de “trabajar por cuenta ajena”. Sobre esta transición, sobre su trayectoria y sobre más cosas charlamos un rato con él.

Javier Leiva Aguilera

(Foto cortesía de UVic-UCC)

Cuéntanos un poco tu trayectoria profesional, ¿cómo has evolucionado? ¿cómo llegaste a ser un “profesional independiente”? ¿Y ahora a tu situación actual?

Resumo mi vida profesional en distintos capítulos, primero porque creo que tiene sentido como descripción de lo que ha ocurrido y segundo porque es mi manera de funcionar: cada cierto tiempo, siento que tengo la necesidad de cerrar una etapa y pasar a hacer algo distinto.

El primer capítulo duró casi 9 años. Fue la etapa previa a mi entrada a la universidad y empezó cuando una pájara adolescente me hizo abandonar los estudios de BUP. Simplemente, dejé los libros y me puse a trabajar como peón en la industria cárnica. Cinco años después ya tenía muy claro que ni de broma quería eso para toda la vida, así que retomé el estudio en horario nocturno y compaginé ambas actividades hasta finalizar el COU. Después decidí que era el momento de cambiar el trabajo físico por el intelectual, así que dejé la carne y me matriculé en la universidad.

El trabajo que había hecho durante aquellos años no me gustaba nada, pero considero que fue un aprendizaje clave en mi desarrollo profesional posterior. Aprendí a trabajar a destajo, a hacerlo en condiciones duras, a sobrevivir en entornos a menudo hostiles… y en resumen a no dormirme en los laureles. Si quieres algo, espabila… y no esperes que otros hagan el trabajo por ti.

Si quieres algo, espabila… y no esperes que otros hagan el trabajo por ti.

En la universidad estudié para ser bibliotecario, pero el funcionariado (destino tradicional de ese gremio hasta hace poco) no es lo mío y desde casi al principio tuve claro que de un modo u otro tenía que arreglármelas para trabajar por mi cuenta. De hecho, recuerdo que al terminar los estudios me presenté a una entrevista de trabajo en la biblioteca del College d’Espagne en Paris y les dije que en el futuro me veía dirigiendo mi propia empresa. Justo al soltarlo pensé que no debería haber dicho eso, pero la cosa es que me contrataron y estuve allí algo más de un año hasta que me llegó una oferta para ir a trabajar a Madrid. Mi enfoque se iba decantando cada vez más hacia el entorno digital (de hecho el trabajo en Madrid surgió gracias a que yo era uno de esos primeros locos que tenían un blog), primero desde un enfoque muy bibliotecario pero después intentando abarcar otros entornos que me permitieran acceder a un mercado en el que ofrecer mis servicios.

Finalmente, 2005 fue el año en que me establecí por mi cuenta. Fue una decisión poco meditada y mal ejecutada al principio, llevada a cabo porque era lo que me pedía el cuerpo pero sin un mínimo de planificación. Así que los primeros meses fueron bastante lamentables a nivel de facturación, pero poco a poco fui haciendo los primeros clientes, asentando mi posición y aprendiendo a hacer las cosas con un poco más de sentido. A nivel profesional los clientes quedaban contentos y me iban llevando a otros nuevos, lo que empezaron siendo trabajitos de maquetar cuatro cosas en html o hacer búsquedas de información fue derivando hacia proyectos más grandes de consultoría y mucha formación y empecé a viajar como un loco. El ritmo era frenético y a menudo enfermizo, pero al mismo tiempo fue una época de mucho disfrute en la que tuve la oportunidad de conocer a grandes profesionales en lugares que nunca había soñado visitar. En un momento dado, incluso, llegué a gestionar una cierta estructura y monté una sociedad que tiempo después volví a desmontar porque llegó un momento en que pedía un salto que ni quería ni me sentía en condiciones de dar.

Diez años después, me sentía estancado y encasillado como profesional y necesitaba un cambio, así que cuando surgió una oportunidad laboral interesante a partir de un proyecto de consultoría decidí empezar un nuevo capítulo. Desde el año pasado dirijo el proyecto de transformación digital de la Universitat de Vic – Universitat Central de Catalunya.

¿Qué es lo que más valorabas en tu etapa de “profesional independiente”?

La independencia, justamente, además de autonomía y flexibilidad.

No es cierto eso que dicen de que como independiente no tienes jefes… sino al contrario: cada cliente es un jefe en cierto modo. Pero tú como profesional que se valora y que quiere ser valorado debes ser capaz de aportar tu criterio, de decir las cosas que el otro no quiere escuchar pero que es necesario decir… en definitiva, de aportar el valor por el que se supone que te contratan.

Como profesional que se valora y que quiere ser valorado debes ser capaz de aportar tu criterio, de decir las cosas que el otro no quiere escuchar pero que es necesario decir… en definitiva, de aportar el valor por el que se supone que te contratan

Al mismo tiempo, debes ser flexible y ser capaz de desprenderte de dogmas. Las cosas no siempre son como uno cree, o a veces sí y otras no porque cada contexto es distinto. El concepto de flexibilidad también lo aplico a un ámbito más práctico: trabajar por tu cuenta (al menos del modo en que yo lo hacía) te permite mucho margen de maniobra a la hora de gestionar horarios, días de trabajo y de ocio (en este caso hay que reconocerlo: el margen es mucho menor). Eso es muy importante para mi.

Y finalmente, un concepto muy relacionado con lo anterior es el de autonomía. Soy autónomo porque soy independiente y porque soy responsable de mi mismo. Con sus ventajas y con sus inconvenientes.

Tras estos meses de “volver al redil”… ¿qué es lo que más echas de menos de tu etapa independiente? Y en paralelo, ¿en qué cosas sientes que estás mejor?

Aunque siga conservando un buen grado de autonomía y mi responsabilidad lleve asociada capacidad de decisión, no dejo de estar en un entorno mucho más grande y complejo que el anterior en el que ya no tengo la última palabra en muchas ocasiones. Es lógico, pues el proyecto en el que trabajo forma parte de un engranaje mayor, pero a veces sí he notado esa sensación de tener algo muy claro (otra cosa es que fuera acertado o no) pero no poder ir hacia la dirección que quería porque había que esperar o simplemente porque la decisión “desde arriba” era otra.

Aun así, debo poner en valor que en mi trabajo actual conservo bastante todo lo anterior (hasta un límite, claro, pero en lo esencial sí). Eso me permite estar aprendiendo de un nuevo mundo y desarrollando un proyecto que como autónomo no podía desarrollar sin haber perdido toda la libertad en el camino. Por eso el cambio no ha sido nada traumático para mi.

Por otra parte el mismo hecho de estar dentro de algo más grande que tu mismo es bueno en otros aspectos y te permite contar con apoyos que antes había que buscar fuera. Servicios audiovisuales, contabilidad, marketing, gestión de viajes, etc., son ayudas con las que antes no contaba.

¿Cuáles son las mayores dificultades que ves en el camino de un “independiente”?

Creo que las principales dificultades como independiente estaban ligadas a la carencia de una formación integral que me hacían estar cojo en algunas áreas. Concretando, creo que era muy bueno en la parte técnica de mi trabajo (porque seguía aprendiendo todo el tiempo, claro) pero tenía mucho margen de mejora en otras. La acción de ventas, por ejemplo, ha sido siempre uno de mis puntos flacos.

¿Y cómo hacías para solventar esas áreas de mejora?

Siempre ha sido todo bastante sobre la marcha en ese aspecto: ante la necesidad percibida, la solución buscada. Si necesitaba aprender algo buscaba cómo hacerlo y me ponía a ello. Algunas veces costaba más, otras menos, pero más o menos he ido avanzando.

Otra dificultad, que creo que se relaciona muy estrechamente con lo anterior, es la falta de confianza a la hora de atreverme con según qué cosas. Antes he comentado que en un momento dado monté una sociedad y la desmonté al cabo del tiempo. La decisión de desmontarla tuvo que ver con no querer crecer hasta más de un cierto punto, y ese no querer crecer tenía que ver con dos miedos: perder autonomía y flexibilidad por tener que comprometerme con una estructura más grande, y no ser capaz de gestionar la nueva complejidad. Esta nueva etapa que estoy viviendo ahora me está haciendo ver que el segundo miedo era infundado, pero… así era como lo vivía en aquel momento.

Esos miedos de los que hablas… ¿cómo los afrontabas, teniendo en cuenta que “estabas solo”? ¿Lo harías hoy de forma distinta?

Seguramente hoy en día buscaría eso que decía que tengo y que no tenía antes: ayuda externa. Quizá uno de mis grandes defectos ha sido querer solucionarlo todo por mi mismo, y eso a veces puede ser bueno pero muchas otras veces no te lleva donde quieres o te lleva a un ritmo demasiado lento.

¿Qué habilidades crees que son fundamentales cuando uno está por su cuenta?

Seguramente lo crítico es ser capaz de aprender las nuevas habilidades que vas necesitando a medida que evolucionas. Enseguida me di cuenta de que el síndrome del impostor no solo es normal, sino positivo… porque indica que te estás exigiendo ir un paso más allá todo el tiempo. Hay que estar abierto a identificar la propias carencias sin caer en dramas sino con la vista puesta en cubrirlas lo mejor que se pueda.

Lo crítico es ser capaz de aprender las nuevas habilidades que vas necesitando a medida que evolucionas

“Aprender nuevas habilidades”… ¿cómo concretas esa “capacidad”? ¿Qué hábitos, acciones… pones en práctica para que esa declaración de intenciones se transforme en realidad?

Creo que tiene bastante relación con una de las preguntas anteriores. Soy bastante impulsivo, así que cuando creo que necesito hacer algo pero no tengo todavía las destrezas para hacerlo… normalmente me pongo enseguida a intentar aprenderlas. Eso es bueno porque no sufro mucho de parálisis por análisis, y es malo porque me equivoco muchas veces. Sin embargo, suelo ser bastante persistente así que acostumbro a acabar aprendiendo lo que decido empezar a aprender siempre y cuando considere que es realmente crítico para mi.

Como todo tiene dos caras, también hay habilidades que no he adquirido porque de entrada me han parecido demasiado difíciles. Algunas veces he podido superar ese bloqueo inicial, pero no siempre (y creo que es un error porque seguramente no eran tan difíciles).

¿Qué herramientas utilizas para facilitarte el trabajo?

Creo que lo importante es poder construir un sistema de trabajo robusto pero flexible, que se pueda adaptar a lo que vamos necesitando en cada momento, y después poner las herramientas adecuadas para nosotros. Parece de perogrullo pero a menudo se hace al revés, y es cuando la cosa no funciona.

Debo decir que es muy raro que use papel. Casi todo lo hago con el móvil o el ordenador (últimamente y a modo de experimento me estoy obligando a tomar notas en una libreta cuando leo libros y después a hacer fichas, pero no sé si me acostumbraré y/o me resultará útil).

Ahí van algunas de las que me acompañan de forma diaria:

Cloud Magic en el móvil y Gmail / Mail en el ordenador.
Sunrise Calendar (que está a punto de desaparecer y supongo que sustituiré por Google Calendar).
Todoist para gestionar tareas y a veces para tomar notas.
Xmind para hacer esquemas y mapas mentales.
Evernote para guardar documentación relevante relacionada con proyectos.
Scrivener para escribir.
ICompta para llevar las cuentas (cuando facturaba usaba Factura).
Pocket para leer artículos en bloque.

Uso muchos más chismes, pero esos son las que utilizo de forma muy intensiva (y si siguiera ya estaría entrando en un terreno más difuso).

¿Qué reacciones solías encontrar a tu alrededor (entorno familiar, amigos, conocidos, etc.) cuando conocían tu forma de trabajar?

Les resulta extraño y, en general, creo que me toman por una especie de freak. Por un lado está el uso intensivo de la tecnología, por otro el hecho de no tener un horario ni un lugar fijo de trabajo y por el otro la dificultad de entender en qué trabajo exactamente. No hay solución, vaya :-)

¿Y en el ámbito profesional? ¿Qué reacciones sueles encontrar de posibles clientes, etc. cuando conocen tu forma de trabajar?

En ocasiones veo que otras personas se abruman cuando ven mi manera de trabajar y mi relación con la tecnología. Al revés de lo que yo creo que debe parecer, me sorprende que a menudo la gente me transmite la idea de que soy una persona muy organizada.

¿Cómo crees que evolucionará el mundo del trabajo? ¿Qué rol crees que jugarán los profesionales independientes en él?

El empleo para toda la vida es una idea que veo ya como muy lejana. No solo eso, de hecho, sino también la idea de una profesión para toda la vida. Todo cambia muy rápidamente y quien quiera ser competitivo debe estar abierto a aprender todo el tiempo, a aceptar que los nuevos retos pueden demandar grandes cambios y que estos deberán realizarse en muchos casos sobre la marcha. Ideal para profesionales independientes, supongo…

Todo cambia muy rápidamente y quien quiera ser competitivo debe estar abierto a aprender todo el tiempo, a aceptar que los nuevos retos pueden demandar grandes cambios y que estos deberán realizarse en muchos casos sobre la marcha

¿Y cómo vives tú esa sensación de que “no hay empleo para toda la vida”, e incluso “profesión para toda la vida”? ¿Qué haces para amoldarte a esa realidad?

No me cuesta nada, y de hecho me gusta esa sensación de inestabilidad. Cualquier cosa que sea para toda la vida suele parecerme demasiado larga. :-)



3000 euros por 8 horas

El hermano de un amigo es pintor. Bueno, en realidad su día a día lo ocupa siendo profesor de instituto, pero “es pintor”. Trabaja mucho el circuito de “Certámenes de pintura rápida”; durante prácticamente medio año dedica los fines de semana a ir de pueblo en pueblo, allí donde se organizan este tipo de concursos. Llegas, te sellan el lienzo, y a partir de ahí tienes 8 horas para crear un cuadro de principio a fin.

Es bueno. Gana con cierta frecuencia. Y los premios no son moco de pavo, algunos miles de euros para el vencedor.

“Jo, qué tío, ganarte 3.000 euros por 8 horas de trabajo”, le dicen a veces.

“En realidad son 3.000 euros por 8 horas y 20 años”, contesta él.

Porque esos cuadros no se crean en 8 horas. Técnicamente sí, hay un lienzo en blanco y 8 horas después hay un cuadro completado. Pero eso sólo es posible gracias a la infinidad de horas que ha dedicado a lo largo de los años a formarse, a practicar, a mejorar, a pulir su técnica y su estilo.

“Ocho horas, mis cojones”.



Un valor difícil de vender

Lo bueno de no tener una trayectoria profesional “tradicional” es que no hay una inercia que te lleve a consumir un año tras otro sin darte cuenta. La contrapartida es que hay esa sensación constante de tener que llevar el timón, de decidir por dónde tirar, de no poder “dejarse ir”. Y no es un precio pequeño, no. Me decía un amigo ya hace años, cuando le contaba mis comeduras de coco, que no era sano pasarse la vida replanteándose cosas. No sé si es más o menos sano, pero sí sé que puede llegar a ser un agobio.

Precisamente ahora, que estoy en otro de esas “etapas de transición”, vengo dándole vueltas al “valor” que puedo aportar a una organización o a un proyecto. Y me doy cuenta de que vivo en una paradoja, y me explico:

Creo, sin falsa modestia, que por mis características puedo ser muy valioso dentro de una organización o proyecto. Tengo visión de conjunto, y “me entiendo” con perfiles muy distintos. Hablo “sistemas”, hablo “finanzas”, hablo “RRHH”, hablo “operaciones”, hablo “estrategia”. Soy de construir consensos y de tender puentes, más que de buscar conflictos. Tengo buenas dotes de análisis y de síntesis, lo que me permite poner el foco en lo importante, y mantener ese rumbo sin dejar que los detalles te acaben desviando. Comunico bien, y creo que soy muy “tratable” y cercano en las distancias cortas lo que me ayuda a “ganar adeptos” para la causa, y a trabajar “resistencias” cuando aparecen. En resumen, un perfil transversal que ayuda a que las cosas fluyan dentro de una organización, un “lubricante”. Una amiga y ex-compañera me definía como “el muelle” que hacía que las distintas partes del mecanismo funcionasen mejor entre ellas, que aportaba coherencia y visión de conjunto; siempre me sentí identificado con esa metáfora.

La paradoja reside en que este valor es difícil de vender. Se manifiesta y florece una vez que estoy dentro de un proyecto o de una organización, pero no es un buen argumento de entrada. Las empresas tienden a buscar “posiciones” (sea un “director de RRHH”, un “jefe de proyecto especializado en no sé qué tecnología”, etc.), y se centran en personas que “aporten experiencia acreditable en posiciones equivalentes”. O buscan un consultor “para hacer un proyecto concreto”, y restringen su búsqueda a los que se declaran “especializados” en ese ámbito. Y ahí mi perfil no destaca, mi valor no es evidente. Lo cual hace difícil “meter el pie” y empezar a hacer lo que sé hacer, mientras que otros con un perfil menos valioso pero más “concreto” pasan por delante de mí.

Y sucede que, cuando he intentado “concretarme” para adaptarme mejor a cómo funcionan las cosas… no me reconozco. No soy yo. Y las personas y oportunidades a las que “atraigo” de esa forma pueden llegar a ser muy insatisfactorias, porque están interesadas en un aspecto muy tangencial (el que yo haya “publicitado”) del valor que yo puedo aportar.

Y en esas ando, tratando de buscar una respuesta satisfactoria a esta paradoja que no pase por una casualidad.



Elige la historia que quieres contar

Hace unos días veíamos en casa una peli, comedia española sin demasiadas pretensiones; las peripecias que rodean a la celebración de una boda (se llama “Ahora o nunca“, por si alguno la quiere buscar).

Los guionistas tenían mucho material entre el que elegir. Podían centrarse en la personalidad del novio, un tipo cuadriculado y obsesionado con hacer planes. Podían centrarse en las peripecias del novio, su padre y su suegro intentando llegar al lugar de la boda con el vestido de la novia. Podían centrarse en la novia y sus amigas, cada una con su caracter. Podían centrarse en la relación de la novia con la suegra manipuladora. Podían centrarse en el rol de la suegra “nueva rica” en contraste con sus orígenes humildes. Podían centrarse en la familia de la suegra. Podían centrarse en las diferencias entre las familias de él (“ricos”) y de ella (“humildes”). Podían centrarse en la despedida de soltera (ella le pone los cuernos con un discjockey en la despedida de soltero, éste le chantajea). Podían centrarse en el viaje de los invitados (van todos en un autobús). Podían centrarse en las diferencias culturales (la boda se celebra en Inglaterra). Podían…

En cada una de esas opciones podría haber habido un tema principal para una película digna, una historia que contar. Y sin embargo, ¿qué hicieron? Pues meterlo todo; un batiburrillo de ideas, ninguna de ellas desarrollada en profundidad, y todas compitiendo por su minuto de gloria llevando la atención del espectador de aquí para allá. Como resultado, un pastiche bastante petardo.

Acabó la peli, y me quedé pensando en cuántas veces sucede lo mismo cuando vamos a comunicar algo, hacemos una presentación, damos una charla, escribimos… Tenemos muchas ideas, queremos meterlas todas, no apostamos por una porque nos da miedo que resulte “insuficiente”, o que sea aburrido. Llenamos y llenamos espacio olvidándonos del hilo argumental, de la idea fuerza que queremos transmitir. Y el resultado es un mensaje diluido, flojo, intrascendente… y una audiencia que no sabe muy bien qué es lo que queríamos decir.

Así que ya sabes. La próxima vez, decide de antemano qué historia quieres contar, y cíñete a ella.