¿Haría un videoblog en 2017?

La otra noche, en ese rato en el que la cabeza empieza a divagar justo antes de dormirte, me dio por imaginarme de “videoblogger”. Joder, “videoblogger” suena como antiguo, ¿no? El caso es que “youtuber” no me encaja (un amiguete millenial, el muy… “millenial”, me decía que se me daría bien lo de ser “yayoutuber”…)

Claro, la mayoría no lo recordaréis, pero es que no sería la primera vez. Ya hice un experimento hace (leche) más de diez años (con razón me suena viejuno lo de “videoblogger). Fueron varios “episodios” que intenté hacer temáticos (hice uno con Aprendices, otro con RichDadClub, otro con una de las primeras ediciones de Iniciador, una charla con Alvy de Microsiervos… me iba con la cámara, hacía algunas entrevistas, algunas imágenes de recurso, montaba… todo muy amateur, claro. Pondría enlaces a los videos, pero estaban subidos a una plataforma (Blip.tv) que hace ya años que cerró. Supongo que tendré los originales en algún lugar de algún disco duro, o quizás ni eso. El hecho es que aquello no cogió tracción: probé, no tuvo más repercusión… fin.

¿Por qué entonces, diez años después, vuelve a cruzarse por mi mente semejante idea? Obviamente han cambiado los tiempos, y lo que por aquel entonces era una tendencia incipiente ahora es totalmente “mainstream”. El contenido en video se ha popularizado hasta niveles insospechados, y ahora no es nada raro ver gente de todo tipo que lo produce y que lo consume. En el ámbito de lo que sería “asimilable” a lo que yo me plantearía hacer he seguido con cierta atención algunos intentos, como el de Calvoconbarba o el de Andrés Pérez. No sé qué valoraciones harán ellos de sus esfuerzos (lo que sí veo es que se han quedado un poco “parados” sus canales).

La verdad es que yo no sigo muchos contenidos en video. De vez en cuando en youtube cosas sueltas (alguna conferencia o así, o algún tutorial de algo que quiera resolver en ese momento), y alguna cosa de humor. Pero en general me encuentro mucho más cómodo consumiendo texto (con la posibilidad de discriminar de un vistazo el contenido, pim, pam) que el video secuencial. Ahora bien, lo cierto es que luego hay gente que sí consume esos contenidos… y haría uno mal en considerarse la medida de lo que vale y lo que no, ¿no?

Por otra parte, en estos casos que citaba antes tenemos contenidos “temáticos”, y esa es una de las cosas que me echan para atrás de lanzarme a experimentar con estas cosas. Me aburre lo temático, ya lo sabéis. Me aburre en el blog, me aburre en el twitter, y me aburriría seguro en el video. Ya sé, ya sé, si hablo de cualquier cosa se diluye “la marca personal”, pero ya sabéis lo que opino de eso. Claro que habría reflexiones sobre temas profesionales, seguro. Pero también de vez en cuando las habría de otro tipo, las que “me saliese” en el momento, como sucede con el blog.

¿Y todo eso “pa qué”? Cuando el otro día lo planteaba en twitter, el amigo David me lanzaba unas preguntas muy pertinentes: “¿Aportaría algo a tu “negocio”? ¿Aporta algo al negocio de alguien? ¿Aporta algo que no se pueda hacer escrito? ¿Consume menos recursos y tiene más beneficios que otra actividad? ¿Consumes videoblogs? ¿Los consumen tus clientes?…”. Preguntas, como digo, muy certeras. Claro que, de nuevo, ponía el foco en la “utilidad”. Y ese es un concepto, el “utilitarismo”, el pensar que todo lo que uno hace tiene que “servir para algo”… con el que estoy algo reñido. En un mundo sencillo, donde sabes que la acción A tiene una consecuencia B, pues es fácil hacer análisis de utilidad. En un mundo complejo, “los caminos del Señor son inescrutables” y no sabes muy bien cuándo algo de aparente “inutilidad” puede acabar teniendo un impacto inesperado. Que tampoco es eso lo que buscaría, la verdad. Aunque por otra parte tampoco me gustaría hacer videos que se quedasen en “3 visualizaciones” (incluyendo mi madre), pero haría bien en recordarme que normalmente a nadie le importa lo que haces. También hace poco estuve experimentando con Snapchat (que sería una versión más “casual” de lo mismo) y tampoco me acabó de enganchar

Supongo que estoy pensando en voz alta, nada más. Que para eso tengo un blog, ¿no? :)

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¿Teson y constancia? ¿Yo?

Ayer este blog cumplió 12 años. 1730 entradas (1731 con ésta).

Comentándolo en mis redes sociales, unos cuantos amigos amables me felicitaban. “Enhorabuena por el tesón y la constancia”, me decían. ¿Cómo? ¿Tesón y constancia? ¿Yo?

Cuando pienso en cosas en las que debería “seguir el ejemplo de otros”, una de las primeras que se me vienen a la cabeza es precisamente esa. La constancia. La disciplina. El coger una cosa y mantenerla, pim, pam, pim, pam, hasta terminarla. Me pasa con demasiada frecuencia que cojo un tema, juego con él durante unos días/semanas, pierdo el interés y ya estoy buscando algo nuevo. Esa es la historia, al menos, que yo me cuento.

Pero luego aparece, como contraejemplo, el blog. 1730 entradas en 12 años. ¿No decías que no eres constante? Pues ya me explicarás…

Lo curioso es que yo nunca he vivido la experiencia del blog como un “sacrificio” que requiriese de “constancia”, de “disciplina”. No lo fue al principio, “tengo que poner en marcha un blog, tengo que tener un plan editorial, decidir de qué hablar”… era más bien un juguete con el que estaba encantado y disfrutaba como un enano. Tampoco lo fue en esas etapas menos productivas, en plan “venga, a ver si me pongo con el blog que lo tengo abandonado”. He escrito en él cuando me ha apetecido, lo he dejado cuando no me llamaba decir nada, y he vuelto cuando me ha salido de dentro. Y así, de esa forma tan natural y orgánica, es como he llegado hasta aquí.

Esto me ha hecho reflexionar sobre la motivación, sobre cómo hay cosas que acaban saliendo de forma natural y casi inevitable (“efortless doing“) mientras otras no hay forma de conseguirlas. Cómo hay cosas que se adaptan mejor a la forma de ser de uno, y hasta qué punto podemos actuar para que sea de otra manera o si tiene sentido “emperrarse” en algo que no fluye.

También sobre los pensamientos limitantes, esas “historias que nos contamos a nosotros mismos” para las que no dejamos de encontrar ejemplos (“¿Lo ves? Lo que yo decía”) mientras ignoramos todo aquello que desmonta nuestra creencia. Y cómo un proceso consciente de “indagación apreciativa” puede ayudarnos a resquebrajar esas creencias, abriendo las puertas a aceptar que las cosas, quizás, son de otra manera.

Y así, reflexionando reflexionando, son ya 1731.

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La evolución de las publicaciones

Hace unos días, en el transcurso de una comida, comentaba Antonio Ortiz sus nuevas responsabilidades dentro de Weblogs SL: centrarse en labores de investigación e innovación sobre cómo evoluciona la creación y distribución de contenido online, para así poder dirigir a la empresa en el camino correcto con el transcurso de los años.

Para poner en contexto a quienes no conozcan la historia, Weblogs SL es una empresa que nació hace más de diez años alrededor del concepto de los “blogs temáticos”. Antonio es uno de los socios fundadores, y durante un tiempo yo estuve vinculado a la empresa (como editor y coordinador de alguno de los blogs, y luego realizando labores de servicios a empresas). El caso es que, por aquel entonces, los blogs eran “el futuro”. Todos los que nos acercábamos a ese mundillo teníamos la sensación de estar explorando nuevos caminos (“cómo, ¿que cualquiera puede publicar lo que quiera en internet así sin más?”), y compartíamos la excitación de sentirnos pioneros.

Pero claro, han pasado diez años, y con ellos muchas cosas. Vinieron las redes sociales, vino el video, y muchos otros cambios en la forma de publicar, consumir y distribuir contenidos en la red. Lo que hace diez años era “lo novedoso” ya se ha quedado no sé si obsoleto, pero sí “viejuno”. Más de una vez se ha proclamado su muerte, y aunque es verdad que aquí seguimos, a veces tiene uno la sensación de ser unos “abueletes de internet”, contando batallitas de los “buenos viejos tiempos”.

En este sentido, es obvio que el planteamiento de Antonio de “buscar alternativas/complementos” al blog como concepto tiene todo el sentido. Y de alguna manera vino a ponerle el cascabel a una sensación que yo he venido teniendo en los últimos tiempos. Llevo escribiendo este blog más de 11 años, me siento muy cómodo con él. Me permite expresar ideas e inquietudes, desarrollar razonamientos… Creo que escribo cosas interesantes, sin mucho “bullshit”, que pueden servir como elemento de reflexión a otras personas, y que en paralelo pueden reforzar mi “marca personal”. Y sin embargo, tengo la sensación de que su alcance cada vez es más limitado. Cuando publico algo, me leen un “puñado de incondicionales” que todavía siguen viniendo vía RSS (gracias, amigos :D) o incluso de forma directa (hola, mamá). Si pongo el enlace en twitter o en linkedin, se suma otro piquito de visitas. En algunas ocasiones se genera un pequeño efecto viral gracias a algún retuit o alguna mención, efecto que muere pronto. Y ya, el ciclo de vida del contenido muere ahí.

Siempre he dicho que mi blog tiene mucho de “espacio de reflexión personal” (y por eso escribo lo que quiero, cuando quiero y como quiero) pero sería poco honesto decir que “me daría igual si no me leyese nadie”: a todos nos gusta la sensación de que lo que hacemos gusta a otros, y si son más, mejor. ¿Qué es lo que me gustaría entonces? Desde luego no se trata de “número de visitas” así en bruto: no vendo publicidad por miles de visitas, así que en general lo relacionado con el SEO, el “clickbaiting” y similares me interesa más bien poco. Más bien se trata de buscar visibilidad e interacción, pero sin cambiar el “fondo” de lo que publico (que al fin y al cabo es lo que me gusta y lo que me interesa). Me gustaría llegar a más gente interesante, provocar más reflexiones y más curiosidad, generar más posibilidades de interacción, de debate, de colaboración… en el fondo, recuperar las sensaciones que tenía al principio de mi historia bloguera.

Le estoy dando vueltas a lo que cuento (quizás sea menos interesante de lo que yo mismo creo), a cómo lo cuento (quizás mi estilo no es muy apetecible), a dónde lo cuento (a lo mejor el blog debería mutar en otra cosa, en otros medios, en otros formatos), a cómo lo “muevo”… Por otro lado, siempre me ha dado pereza “fingir”: la idea de tener un calendario editorial, o de seleccionar temas no por lo que a mí me apetezca sino “por lo visible o lo viral que pueda resultar”, o de recurrir a técnicas baratas (en plan “lo que sucedió a continuación te parecerá increíble”), o de ser intencionadamente polémico y macarra para generar ruido, o de ser más “ligero” para ser compartido sin necesidad de pensar mucho, o de ser más “sesudo” para producir contenidos “de referencia”, o…

Hace unos días repescaba un artículo de Blogoff donde se reflexionaba sobre los contenidos que triunfan en redes sociales, y cómo en esta dinámica los contenidos de más “chicha” quedan relegados en favor de contenidos más ligeros, más intrascendentes… pero a la vez más fácilmente consumibles y compartibles. Decía Nicholas Carr que internet nos estaba volviendo tontos, y yo no sé si es que nos vuelve tontos o si simplemente nos pone muy fácil hacer caso a nuestro instinto primario de evasión.

La duda que tengo es… ¿hay espacio, en este contexto, para el tipo de contenido que a mí me apetece y me interesa generar? ¿Puedo hacer algo para que encaje mejor en esta dinámica de consumo y difusión de contenidos, sin “estrujarlo” hasta cambiar su esencia? ¿O debo asumir que la visibilidad y la viralidad están reservados para otro tipo de historias, incompatibles con mi estilo? ¿O directamente hacerme caso a mí mismo y asumir que lo que hacemos en realidad no le importa a (casi) nadie?

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Con mi opinión, ¿aporto valor o aporto ruido?

Me pasó algo curioso ayer. Tras publicar mi post sobre “ser o no ser español” y observar las reacciones, me puse un poco reflexivo. Fue el post más visto desde hace bastante tiempo, sobre todo gracias a que bastante gente lo ha compartido en Facebook. La mayoría de esas personas que lo han compartido no sé quiénes son (¿ni tengo forma de saberlo?), ni tampoco sé las discusiones que se hayan podido generar en los comentarios.

Pero independientemente de la repercusión, lo que me pregunto es… ¿qué aportó esa opinión mía sobre un tema así? ¿qué me aportó a mí? ¿qué aportó a los que la leyeron? ¿Buscaba algo, o fue simplemente “pienso esto y lo escribo, que para eso tengo un blog”? Si buscaba algo… ¿lo conseguí? Si no buscaba nada… ¿para qué lo escribí? ¿Realmente “para eso tengo un blog”? De hecho… ¿para qué tengo un blog?

Resulta un poco extraño hacerse estas preguntas después de más de 10 años de blog y otro puñado de twitter, facebook, instagram y otras plataformas en las que he ido volcando mis cosas, que se dice pronto. Sin embargo, estoy en una etapa en la que me estoy cuestionando qué cosas aportan valor a mi vida y, de forma inversa, cómo aporto yo valor a los demás. Y bajo ese prisma empiezo a cuestionarme cosas que “siempre han sido así”.

Nunca compré la idea de tener una “estrategia de contenidos” en estas plataformas de expresión personal. Nunca vi esto como un medio con unos objetivos definidos, y por lo tanto con la necesidad de tener un “plan”. Mi blog era mi blog y escribía en él lo que quería y cuando quería, sin marcarme una agenda, una frecuencia, unos contenidos. En twitter tres cuartas partes de lo mismo, Facebook, Instagram… mi visión es que eran medios de expresión natural, una forma de “mostrarme como soy”, y quien quiera leerlo bien y quien no pues no. Como resultado se produce una especie de “filtrado natural” de personas: quienes son más afines a mí (les gusta cómo pienso, lo que cuento, etc…) se quedan a lo largo del tiempo (al fin y al cabo son ellos quienes deciden si me leen, si vuelven, si se suscriben, si se hacen followers, etc.), y quienes no se marchan. Y en ese sentido creo que es una forma de actuar útil, posiblemente poco eficiente pero bastante natural.

Aun así, vuelvo a las preguntas anteriores: ¿qué valor aporto a los demás, qué valor me aporta a mí? ¿soy un meformer o un informer? ¿refuerza lo que hago mi imagen de alguna manera? ¿lo hace de forma consistente? ¿De qué me sirve tener opiniones, ponerlas en público y en su caso discutirlas? Si siento la necesidad de escribir y publicar, ¿estoy satisfaciendo quizás alguna necesidad más subyacente (del tipo “eh, miradme, aquí estoy yo”, “reafirmadme con vuestros likes”, “dadme cariño en forma de comentario”, “me siento conectado a gente aunque sea así”)? Si así fuera… ¿no sería una forma triste de hacerlo, no sería mejor buscar otras alternativas más sólidas? Lo que escribo, lo que publico… ¿por qué no lo hago en un “diario privado”?

Dentro de la “limpieza digital” a la que me estoy sometiendo tengo un caso quizás paradigmático con la app de compartir fotos Instagram. La idea inicial era eliminar del móvil todos los elementos que me estuvieran distrayendo: quitar twitter para no consultar nuevas publicaciones, Facebook lo mismo… e Instagram también. La diferencia es que mientras que en Facebook o Twitter puedo seguir publicando yo (a través de Buffer), en Instagram al quitar la aplicación del móvil perdí también la capacidad de publicar. Lo cual me está haciendo reflexionar sobre “qué pretendía poniendo mis fotos en Instagram”. Porque las fotos las puedo seguir haciendo igual (y me las quedo para mí)… pero ¿hago las mismas fotos, o el hecho de “no poderlas poner en Instagram” hace que saque menos? ¿Servía Instagram como incentivo? ¿Y dónde radicaba el incentivo? ¿En conseguir cuatro o cinco likes? ¿En que cuatro gatos viesen “qué fotos puedo hacer” y mostar así “mi lado artístico”?

Extrapolemos esos dilemas a lo que publico en otros medios. ¿Para qué escribo posts en el blog? ¿Para qué actualizo twitter? ¿Para qué comparto las cosas que leo y que me parecen interesantes?

¿Qué valor me aporta a mí? ¿Qué valor aporto a los demás?

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¿Y si pierdo diez años de blog?

El otro día me disponía a abrir el blog para escribir algo. “Your account has been suspended”… ¿pero qué narices pasa?. Descubro en Gmail un correo de mi proveedor de hosting donde me informan de que “se ha enviado spam desde mi cuenta” y que, por lo tanto, mi cuenta ha quedado suspendida. Espera, espera… ¿qué? ¿spam? Toca contactar con el proveedor, a ver qué está pasando y cómo se puede resolver. Pero en el ambiente empieza a flotar una cuestión… ¿y si por lo que sea no me desbloquean la cuenta? ¿Y si ni siquiera puedo recuperar los contenidos?

Ya sé, ya sé. “¿Cómo? ¿Es que acaso no tenías un backup de todo?”. Las copias de seguridad, eso que todos deberíamos hacer de forma sistemática y regular como mecanismo de protección, porque como dicen en Microsiervos, “solo hay dos tipos de usuarios: los que han perdido datos, y los que los perderán en el futuro”. Pero eh, lo que nadie te dice es lo coñazo que resulta hacer copias de seguridad… y tenerlas bien organizadas… y acordarte… y… bueno, que no, que no tenía copias de seguridad.

El caso es que, tras un rato de sudores fríos, me empecé a plantear… ¿y qué si se pierden esos diez años de contenidos? Que sí, es un “pelotazo” al ego, pero… ¿realmente tendría alguna consecuencia, algún impacto? Ya he dicho alguna vez que, mal que nos pese, creo que lo que escribimos/producimos interesa realmente a cuatro gatos mal contados. Y eso hablando de lo actual; si revisamos estadísticas de archivos podemos ver bolitas rodando como en las pelis del oeste, y solo de vez en cuando Google te trae a algún visitante despistado que tan rápido como entra, sale. Así que, a efectos prácticos, tener 10 años de contenidos y no tenerlos es básicamente lo mismo.

“¿Y tu marca personal? ¿No sufrirá al perder ese escaparate?”. No lo creo… mi “marca personal” es la que es a día de hoy. Sí, habrá gente que se haya hecho una idea de mí gracias a lo que he ido publicando a lo largo de los años. Pero el trabajo está hecho: lo publiqué en su día, lo leyeron… y no necesitan leerme de forma retrospectiva para consolidar nada. Y la gente nueva se hará su imagen de mí construyendo sobre lo que publique a partir de ahora, no sobre diez años de tabarra bloguera que, seamos serios, nadie va a dedicar su tiempo a leer.

Así que, en realidad, el impacto iba a ser mínimo, casi inexistente. Cierto rollo para mí ya que, como comentaba con Inma, me suele gustar enlazar con posts que he escrito antes (es curioso como, a pesar de los años transcurridos, hay contenidos que te vienen a la memoria tan frescos como si estuviesen recién escritos… y es más fácil enlazarlos que volverlos a escribir).

En fin. El blog está recuperado (la prueba es que estás leyendo esto :D). He hecho una copia de seguridad “para por si acaso”. Pero en el fondo, durante algunas horas, he fantaseado con la idea de “dejarlo ir”. Y no es tan grave como parecía. De hecho, resultaba hasta apetecible hacer un borrón y cuenta nueva, una especie de “hoguera de San Juan bloguera”, una cura de humildad.

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Por qué el SEO (a mí) me da igual

Captura de pantalla 2014-01-04 a la(s) 12.04.15

Este gráfico refleja las páginas vistas (mensuales) que este blog ha tenido “desde que existen series históricas”, que dicen los de la estadística. En concreto, se muestra el periodo de enero 2007 a hoy, enero de 2014. Se puede observar claramente un periodo de esplendor (de mediados de 2008 a mediados de 2010), donde me movía cómodamente en cifras por encima de las 30.000 páginas vistas mensuales. Y la (presunta, como veremos más tarde) decadencia actual, donde “sufro” para quedar por encima de las 5.000. Una caída de cerca del 85%. ¡Horror!

Si nos ceñimos a las métricas, eso es exactamente lo que ha pasado. Ahora bien, ¿es relevante? ¿me preocupa?. Ni una pizca.

Entendedme bien, me gusta como al que más “salir bien en los números”. Pero ya pasé hace mucho aquella fiebre por las estadísticas, por ver mes a mes (¡o día a día!) cómo evolucionaban los números, por el posicionamiento, por la quimera de “hacer dinero con el blog” (¡si hasta llegué a querer tenerlo patrocinado! Por cierto, nunca sucedió… )

Como ya comenté en alguna ocasión, ya llegué a la conclusión de que mi enfoque para este blog es difícilmente compatible con el SEO. No es un blog temático. No “vendo” nada. No hay una serie de “palabras clave” por las que quiera destacar, ni hay un objetivo final de “conversión”. Sí, claro que me gusta “que haya alguien al otro lado”, tener una base de lectores/personas afines que sintonicen con lo que cuento y con lo que soy, y si es más grande mejor que más pequeña (recordemos que hablamos de un tío bastante egocéntrico). Pero si ése es el objetivo (y no ni siquiera me atrevería a calificarlo como tal; es más bien una “consecuencia agradable”), entonces las “páginas vistas” son una métrica bastante irrelevante.

Este es el desglose de las 10 páginas más vistas a lo largo de este periodo:

Captura de pantalla 2014-01-04 a la(s) 12.06.41

Estas 10 primeras entradas, incluyendo la portada, acumulan el 40% de todas las páginas vistas. Es decir, el 0,6% del contenido (hay más de 1500 entradas escritas) acumulan más del 40% del tráfico. Y ya veis los títulos de los artículos… de lo más variopinto. ¿Por qué? Porque en algún momento, Google sobre todo (aunque también hay por ahí algún “efecto meneame”) decidió que uno de mis posts era “simpático” para una de sus búsquedas. Por ejemplo, durante años si tecleabas “debilidades” en Google aparecía mi post como primer resultado. Consecuencia: un montón de visitas.

La cuestión es… ¿cuántas de esas visitas atraídas por Google (o por menéame, igual da) eran relevantes? ¿Cuántas llegaron a interesarse por “quién ha escrito esto”, no digamos ya a decidir “este tío me cae bien, voy a seguir leyendo su blog”? Joder, ¿cuántas llegaron siquiera a leerse el post entero? Sí, es verdad, su visita sirvió para inflar las estadísticas… pero generando unos números irrelevantes, totalmente intrascendentes. Supongo que para quien vende publicidad, “cualquier agujero es trinchera” y cualquier visita es buena (al final, se trata de vender a los anunciantes visitas “al peso”, o de conseguir que un porcentaje siempre ínfimo de incautos pinche en un banner… cuanto mayor sea la base, mayor es el número final). Pero yo no estoy en esa película. Sí, tengo puesto algún anuncio de Adsense que me da una cantidad irrisoria: si consiguiese duplicarla o triplicarla o multiplicarla por diez seguiría siéndolo…

A mí lo que me importa es que hay un número pequeño de “fieles” que gracias a mi blog me han conocido, con los que he podido interactuar tanto dentro como fuera de internet. Gente interesante, gente maja, gente que me ha abierto muchos horizontes. ¿Cuántas de las visitas que reflejan las estadísticas son suyas? Muy pocas. Sin embargo, para mí, son de largo las más importantes. De hecho, las únicas relevantes.

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Blog. Año VII

Ayer, 15 de diciembre, se cumplieron 6 años desde que este blog vio la luz por primera vez. Por lo tanto, este post entra ya en el año séptimo…

Lo cierto es que casi se me pasa el aniversario. Supongo que sucede lo mismo que con los cumpleaños propios, que a medida que se van acumulando van perdiendo ese aura que los hacía tan especiales y deseados en la infancia para transformarse en algo mucho más sereno.

Pero me acordé. Y lo celebré, mira tú, con un tuit. Significativo también. No en vano el blog (que en su nacimiento era mi único “canal”) ha ido cediendo cada vez más espacio a otras vías (mucho twitter, y también un poco de Facebook) de expresión y de relación. No diría que ha quedado “relegado”, no diría que es una “opción secundaria”, pero sí es verdad que mucha de la actividad que antes se volcaba aquí ahora va por otros sitios. Herramientas complementarias, al fin y al cabo, pero que suponen un notable cambio respecto a los inicios.

Este sexto año ha sido el de la transformación del blog. O, mejor dicho, el de la adecuación externa del blog a la transformación que se había ido produciendo paulatinamente en él. Lo que nació como un espacio “temático” sobre la consultoría, escrito por un “consultor anónimo”, fue adquiriendo un tono cada vez más personal, hasta que “se le saltaron las costuras”. Y en abril cambió el nombre y cambió el diseño, pero por lo demás todo siguió (al menos desde mi perspectiva) su curso.

Este blog no es igual a como era en 2004. Es normal; tampoco el mundo es igual. Ni yo. Cambian los tiempos, cambian las circunstancias personales. Y, por lógica, si aceptamos que el blog acaba siendo un reflejo de todo ello, cambia él también. Evoluciona. Y así seguimos, haciendo camino. Año VII.

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La discreción del consultor

En un post de hace un tiempo, cuando hablábamos de “qué hago yo”, ponía sobre la mesa Dondado que en muchas ocasiones vendría bien hablar de los proyectos concretos en los que te involucras para, a través del ejemplo práctico, explicar qué haces y cómo lo haces.

Y tiene razón, sería una forma estupenda de “mostrarse al mundo”. Sin embargo yo soy de los que piensa que, especialmente cuando uno está trabajando para un tercero, la prudencia y la discreción son un valor.

En primer lugar, en muchas ocasiones te llaman para hacer cosas que no son precisamente “positivas”. Una reorganización, un cambio de estructura retributiva, una evaluación de equipo directivo… son proyectos que pueden tener unas consecuencias negativas para algunas personas. De hecho, me atrevería a decir que casi cualquier proyecto de consultoría implica consecuencias “no deseadas”, o al menos seguro que hay quien las interpreta así. La gestión de la comunicación se convierte en algo muy importante, y “radiar en directo” la evolución del proyecto (incluso su mera existencia) abriría una brecha importante en esa gestión.

Pero es que, incluso no teniendo consecuencias “negativas”, es más que posible que la empresa cliente no quiera publicar a los cuatro vientos que está abordando determinados proyectos, porque a nadie le importa si se está planteando nuevos retos estratégicos, si va a a entrar o a salir de un mercado, si va a expandirse o a replegarse, si considera que tiene un problema organizativo o de gestión de personas… por lo tanto, se impone de nuevo la discreción.

Antes, cuando era un “consultor anónimo”, no suponía un problema. Podía hablar de cualquier proyecto en el que estuviese involucrado (o de batallitas cotidianas dentro de mis empresas), al nivel de detalle que quisiese… que mientras no diese demasiados detalles de la empresa concreta (nombre, sector, etc.) nadie podría llegar a hacer una conexión plausible entre las situaciones que yo contara y un proyecto real (y las personas protagonistas) con nombre y apellidos. Pero claro, entonces tampoco me valía de mucho (más allá del desahogo o del compartir experiencias); la barrera del anonimato tampoco me permitía aprovecharme de esa “política de puertas abiertas”.

Pero después, una vez que empecé a “firmar” con nombre y apellidos (incluso antes; desde el primer momento en el que empecé a asistir a eventos y a darme a conocer como “yo soy el que escribe el blog”), empecé a ser más precavido. Cualquier cosa que escribiese “basada en hechos reales”, por mucho que procurase dar los menos detalles posibles, podría llegar a ser relacionada con empresas y personas concretas. Y según qué temas abordase, y cómo los abordase, esa identificación podría llegar a ser una fuente de conflicto. Y como tampoco me gusta demasiado lo de “edulcorar la realidad” (contar las cosas buenas callándome las regulares)… llegas a la conclusión de que lo más prudente es la discreción; abordar temas de forma general, o dejar pasar el suficiente tiempo como para que la identificación entre la historia que cuente y la situación real que la originó se difumine.

El resultado, soy consciente, es un blog menos “vibrante”. A veces echo de menos aquella libertad para “rajar” (sin necesidad de ponerle nombre y apellidos a los protagonistas de las historias; nunca he tenido alma de camorrista). Dejar atrás el anonimato me aportó muchas cosas positivas, pero en el camino perdí también otras.

Foto: borghetti

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¿Hola? ¿Hay alguien ahí?

Ya está. Así tienen que ser las despedidas, rápidas. So long, “Vida de un Consultor”. Ya estoy en mi nuevo hogar. A ver si lo he hecho todo razonablemente bien, y todo el mundo sigue llegando al contenido. Es posible que siga tocando cosas del diseño, instalando plugins que me faltan… pero el grueso de la mudanza ya ha sido realizado.

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