¿Son mis hijos? ¿O soy su padre?

Imagen engañosa

Siempre me han fascinado este tipo de imágenes. ¿Qué ves en ella? ¿Quizás un hombre mayor, una especie de general, mirando de perfil? ¿O dos campesinos apostados bajo un arco? ¿O son las dos cosas a la vez?

Hace poco me venía a la mente esta metáfora pensando en mis hijos. Quiero decir, desde que nacen son eso, “tus hijos”, unos apéndices (muy importantes, por supuesto) de una vida en la que tú eres el protagonista. Y así sigue siendo a medida que van creciendo. Pero hay momentos, cada vez más frecuentes, en los que les observo y me doy cuenta de que ellos ya no son mis hijos, sino que yo soy su padre. Es decir, empiezo a verme a mí mismo como un apéndice de las vidas que ellos protagonizan, y no al revés. Como en el cuadro, la realidad objetiva es la misma, pero depende de cómo la mires el significado es uno u otro.

Observo este fenómeno con fascinación, y siento curiosidad por ver cómo ese cambio de perspectiva va modificando la dinámica de la relación. ¡Espero estar a la altura!



Pues en eso tienes razón

Ayer coincidió que me pilló el debate de la moción de censura viajando en coche. Y no sé qué pasó en mi cerebro, pero estaba eligiendo canal de radio para hacerme compañía y pasé por RNE1 donde lo estaban emitiendo… y lo dejé. Estuve escuchando un par de horas mientras conducía, un ratito al uno y otro ratito al otro. Luego, por la tarde, alguna otra intervención.

Me pasa, en estas situaciones, que me siento un bicho raro. Escucho las intervenciones de unos y de otros y pienso: “mira, pues en eso tienes razón“. Y me siento un ser extraño. Porque tengo la sensación de que no es lo habitual. Que en este mundo de polaridades nadie dice “pues en eso tienes razón” al otro. El otro está equivocado por definición. En todo. Y punto. El otro es una etiqueta, el villano de tu narrativa, y no puede tener matices.

Y qué pena, ¿no? Con lo bonito (y útil) que sería que la gente se dijese “pues mira, en eso tienes razón”. Aunque eso supusiese bajarse de la burra. Y encontrar posiciones de consenso, y construir a partir de ahí.

Pero no. Al otro hay que negarle el pan y la sal. Darle la razón, aunque sea de casualidad, te hace parecer débil a ti.



El difícil salto de fe hacia lo nuevo

Hace unas semanas tuve la ocasión de compartir un rato en el grado LEINN que se desarrolla en las instalaciones de Teamlabs en Madrid. Estuve invitado por Thibaut Deleval aprovechando que uno de los grupos a los que tutorizaba iba a discutir las ideas de Skillopment. Fue una experiencia muy enriquecedora e ilusionante para mí, ver cómo las ideas que había plasmado en el libro resonaban en chavales de una forma tan concreta.

Curiosamente, parte de la conversación giró también entorno a lo difícil que es autogestionarse en un entorno de incertidumbre. El modelo que plantea en LEINN tiene mucho de innovador: frente al modelo de formación más tradicional, se fomenta mucho el trabajo práctico (de hecho los chavales tienen que poner en marcha su propio proyecto empresarial, y de su funcionamiento depende en parte su evaluación), la responsabilidad del alumno a la hora de dirigir su propio aprendizaje (“no hay profesores, si no entrenadores”) y la reflexión y el intercambio de ideas. En este contexto, los chicos y chicas expresaban algunas inquietudes que me resultaron muy familiares, porque son muy parecidas a las que enfrentamos a lo largo de nuestra carrera profesional: cierta sensación de abrumación ante la multiplicidad de opciones, incertidumbre respecto a si se está haciendo lo correcto, presión por tener que atender a varias responsabilidades a la vez… alguno, en algún momento, llegaba a plantear que quizás echaban de menos un poco más de estructura, de dirección; un “programa académico” más tradicional donde poder sentirse más cómodos.

Obviamente, la idea del grado LEINN es precisamente ésa: frente al modelo académico tradicional (todavía muy basado en un enfoque muy dirigido, con un “programa académico” perfectamente definido y donde la exigencia se produce con grados de incertidumbre limitados) contribuir a la formación de los alumnos en un entorno mucho más parecido al “mundo real”, con su incomodidad y su incertidumbre, que ayuden a “templar” el carácter y a desarrollar una serie de habilidades útiles y aplicables a lo largo de toda una carrera profesional. Claro que en el proceso surgen dudas, porque no pueden aferrarse a la (falsa) sensación de seguridad que ofrece el sistema tradicional.

Curiosamente, charlando después de la sesión, me contaba Thibaut que esas dudas también se generaban en las familias. Incluso siendo personas que habían aceptado voluntariamente esta opción para la educación de sus hijos, de vez en cuando les entraba el vértigo: ¿y si nos hemos equivocado? ¿y si al apostar por lo nuevo hemos cometido un error? ¿y si hubiese sido mejor ir a lo conocido? Me decía Thibaut que no siempre era fácil resolver esas dudas. Al fin y al cabo, se trata de un programa con relativamente poco recorrido, en una institución relativamente nueva, al que además se hace evolucionar continuamente. No hay una “probada trayectoria” que se pueda poner encima de la mesa para tranquilizar a los inquietos; y de hecho es difícil si no imposible dar garantías. Es lo que tienen la innovación, la experimentación y los enfoques pioneros.

Obviamente entiendo las dudas. Si yo mismo las vivo en mi día a día. Yo también hecho de menos de vez en cuando un poquito menos de incertidumbre; lo que pasa es que tengo la duda (razonable, creo) de que ese nivel de certidumbre exista, o que las recetas tradicionales sean capaces de aportarla. Hay una seguridad percibida (lo mismo en los “programas académicos tradicionales” que en el “empleo para toda la vida”) que no es real, pero que a veces desearía que lo fuera.

Lo que me pregunto es cuántos de esos alumnos, o esos padres, mostrarían la misma inquietud ante la educación más tradicional. ¿Cuestionarían el programa académico? ¿Se preguntarían si ese programa, tan aparentemente sólido y armado, está preparando a sus hijos para el futuro? ¿Analizarían el porcentaje de éxito de dicha educación, medida en términos de satisfacción, de adaptación al mundo profesional, incluso de éxito a la hora de encontrar trabajo? Algo me dice que seguramente no. Que hacer “lo que todo el mundo hace”, que entregarse a instituciones y modelos que funcionaron hace 50 años, que confiar en “lo que dicen los académicos”… tranquiliza las conciencias. Que parece que el riesgo solo lo corre el que apuesta por hacer algo diferente. Pero en realidad, cualquier decisión (incluida la de seguir el camino más tradicional, aunque no parezca una decisión porque “es lo normal”) es una apuesta, con su consiguiente riesgo.

Cierro con esta viñeta, una de mis favoritas, sobre los miedos respecto a la innovación:

Innovar o no innovar



[Vídeo] Los siete hábitos de la gente altamente efectiva (contados en menos de 7 minutos)

Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva” es un libro publicado a finales de los 80 por Stephen Covey, y uno de los “clásicos” del desarrollo personal. Confieso que pasaron varios años entre el momento en el que oí hablar por primera vez de él y el momento en el que lo leí. El título, la verdad, me daba toda la pereza del mundo. Autoayuda, bestseller de aeropuerto… pfff.

Y sin embargo, cuando lo leí me arrepentí de no haberlo hecho antes. Creo que tiene mucha “chicha”, a mí me generó unas cuantas reflexiones interesantes y de alto impacto, y desde entonces se convirtió en uno de mis libros de cabecera que revisito de vez en cuando.

¿Cuáles son esos siete hábitos (aunque más que hábitos, para mí son “mentalidades”) de los que habla Covey?

  • Ser proactivo: darse cuenta de que, en cualquier circunstancia, tenemos capacidad de acción y asumir la responsabilidad de ejercerla.
  • Empezar con un fin en mente: tener claro hacia dónde queremos ir, para que nos sirva de orientación a la hora de actuar.
  • Hacer primero lo primero: reconocer que no todas las acciones tienen el mismo impacto (medido en la capacidad de acercarnos a la visión que hemos definido en el segundo hábito), y centrar nuestra atención, nuestro foco, nuestra energía, nuestro tiempo… en las acciones que más impacto tienen.
  • Crear relaciones win-win: entender que sólo se pueden establecer relaciones provechosas y duraderas en el tiempo con otras personas si éstas generan beneficios para las dos partes, y buscar siempre crear esos espacios de aprovechamiento mutuo.
  • Comprender antes de ser comprendido: superar nuestro egocentrismo y realizar un ejercicio de empatía para entender al otro, sus motivaciones, sus objetivos, su forma de ver el mundo… para a partir de ahí poder crear relaciones efectivas.
  • Explotar sinergias: buscar en las colaboraciones todos esos elementos que son producto exclusivo de la propia colaboración, y que van más allá de una mera suma de fuerzas.
  • Afilar la sierra: dedicar tiempo al descanso, a la reflexión, a tomar perspectiva… para poder afrontar nuevos ciclos de acción de forma mucho más efectiva.

Los tres primeros hábitos conforman lo que Covey llama “victoria privada“: el paso de una situación de dependencia (donde estamos presos de la inercia, las circunstancias, los deseos de los demás) a una situación de independencia (responsables de nuestra capacidad de acción, con un fin en mente y buscando el mayor impacto posible). Pero como no vivimos solos en el mundo, necesitamos los hábitos 4, 5 y 6 para lograr la “victoria pública“, donde la efectividad adquiere una visión colectiva, y que nos permite pasar de la independencia a la interdependencia.

En definitiva, una lectura muy recomendable.



Dudas de fe para tiempos líquidos

He pasado un par de días en Madrid en los que he tenido la ocasión de tener un puñado de charlas interesantes. Siempre da gusto juntarse con gente sin “agenda”, sin unos objetivos, simplemente por el placer de charlar y compartir ideas.

Una de las reflexiones que se han repetido tiene que ver con los “tiempos líquidos“. Con esa sensación de inestabilidad (en el ámbito profesional, sobre todo; pero con incuestionables implicaciones en el personal) en la que vivimos. Que el mundo avanza a toda velocidad, que las relaciones profesionales/laborales cambian, que los límites entre lo profesional y lo personal se difuminan…

Todas las conversaciones coincidían en algo: que éste es un mundo incómodo, que nos obliga a estar en alerta permanente, dispuestos a cambiar.

Es mucho más incómodo en el día a día, claro (ese cuestionamiento permanente de si estaré haciendo lo correcto, de si voy bien, de si estoy adaptándome correctamente a todo lo que sucede, de cuáles son las alternativas… puede ser agotador)

Incluso los que estamos convencidos de que esto es lo que hay tenemos que vivir con esa incomodidad. Y echamos de menos (a veces) un escenario distinto, de calma, de paz, de certidumbre, de rebajar el nivel de alerta. Y a veces nos entran dudas. Porque sí, creemos que todo apunta a que ese escenario no es posible (y si no es posible, es tontería torturarse con desearlo). Pero por otro lado vemos gente que vive en esa “realidad alternativa” de la nómina fija y la tranquilidad respecto al futuro. Una “realidad” que yo no creo cierta, que no es más que un escenario de cartón piedra que tranquiliza conciencias, un Matrix que tarde o temprano acaba cayendo. Pero mientras tanto…

Es difícil vivir en la incertidumbre y la complejidad, y a veces echas de menos un poquito de “simple but wrong” o de “mentiras reconfortantes“.



La importancia de mantener el tono

Con esto del lanzamiento del curso para aprender mejor, estoy explorando el proceloso mundo del “email marketing“, algo que hasta ahora nunca había hecho (y que, confieso, siempre había mirado con cierta distancia). Aprendiendo cosas como el “lead magnet”, las “landing pages” o el “funnel de ventas”.

El caso es que, en ese proceso de aprendizaje, me he acercado a ver cómo lo hacen otros. Me he apuntado a listas de correo, he visto sus landing pages, me he descargado sus “lead magnets”, y he recibido sus comunicaciones automatizadas. Como es lógico, he visto cosas que me han parecido mejor y otras que me han parecido peor. Y dentro de éstas, ha habido una que me ha llamado mucho la atención.

En sus comunicaciones post-suscripción, la mayoría tiene un tono cercano, cordial, campechano… ¡mola! A ver, tú sabes que son mails automáticos, pero están escritos de manera que te hacen sentir afinidad por quien los escribe. Y de eso se trata: de que además de proporcionarte “información de valor”, lo hagan estableciendo contigo un “feeling”, una relación de confianza creciente, que les permita en el futuro seguir “dándote la chapa” sin generar rechazo y abrir la puerta a que les compres algo.

¿Cuál es el problema? Que ese tono hay que mantenerlo después. En un caso, por ejemplo, me decidí a escribir un mail al final del “curso gratuito” para darle la enhorabuena, hablarle de un conocido común (que era el que me había recomendado apuntarme) y poco más. Lo que me encontré fue una respuesta automática, diciendo algo así como que “si quería contratarle lo sentía mucho pero estaba con la agenda llena para varios meses” y que “no respondía dudas salvo a clientes de pago”. Pues vale… En otro caso, la persona se mostraba encantada de “interactuar en twitter”; le puse un reply por allí, y todavía estoy esperando una respuesta (de hecho, mirando su timeline, es 100% broadcast y 0% interacción).

A ver, soy plenamente consciente de los problemas de foco y escala. Creo que cada uno es muy libre de “proteger su atención” limitando los canales de interacción. ¿No quieres contestar emails? Perfecto, si yo hace años que leí a Tim Ferriss y su estrategia de autoresponders, y me pareció que tenía todo el sentido del mundo. Llega un momento en el que no puedes contestar todo lo que recibes sin volverte loco, o que un porcentaje elevado de las comunicaciones no te aportan valor y prefieres ignorarlas. Lo acepto.

El problema son las expectativas. Te has pasado una semana “siendo cordial y cercano”, generando un clima de cercanía, invitando al contacto… y a las primeras de cambio cierras la puerta. O te muestras muy “encantada de interactuar y responder a tus preguntas”, y luego ignoras el canal que tú misma has abierto. Con lo fácil que sería decir, desde el principio, “no siempre puedo responder, espero que lo entiendas”… que oye, a lo mejor también me da rabia, pero al menos sé a qué atenerme.

¿Consecuencias? Borrados de mi mente. La próxima vez que reciba un correo electrónico tuyo, en vez de pensar que “qué tipo más majo” o “qué chica más maja”, pensaré “éste es el que me respondió con un mail automático” o “ésta es la que nunca contestó en twitter”. Y de nada valdrá el “tono cercano”, porque mi cerebro ya te ha etiquetado. Y a lo mejor los que pensamos así somos minoría y el sistema funciona, pero en mi caso han perdido la oportunidad de venderme nada.

PD.- Otro caso alternativo: envío un mail a una persona que tiene un blog de éxito, que también vende cosas, y que intuyo/sé que tiene un volumen muy elevado de correo entrante. Nos conocimos hace años, pero no hemos interactuado desde hace bastante. Me responde agradable y cordial. ¿Consecuencia? Mi predisposición a comprarle algo aumenta…

PD2.- Ojo, que yo disto de ser perfecto. Alguna vez me han “tirado de las orejas” porque acostumbro a dejar sin responder comentarios en el blog, o a alguien le ha parecido mal que no le acepte en Facebook o que no le siga en twitter, o tardo más de la cuenta en contestar un mail…



¿Puedes vender una verdad incómoda?

El otro día estuve viendo una charla protagonizada por Javier Recuenco en el marco de los #RebelFridays de Good Rebels. Recuenco es un tipo siempre interesante, porque aúna brillantez intelectual con lucidez. No suele dejar títere con cabeza, y uno siempre aprende algo cuando le escucha. En este caso su charla iba sobre el mundo de la publicidad, pero es fácil extrapolarlo a muchos otros ámbitos.

El hundimiento de la publicidad

La tesis de Javier es que los modelos de publicidad tradicional, que durante tantos años funcionaron, ya no funcionan más. Inventarios poco relevantes, eficacia decreciente… y aun así hay toda una industria que sigue agarrada a los viejos métodos;  “hacen lo que hacen porque es lo que saben hacer, no porque funcione”. Pero los clientes compran, las agencias venden, y la noria sigue girando; hay mucha gente comiendo de eso como para desmontar el chiringuito.

Y aunque todo el mundo sabe hacia dónde quiere ir, la realidad es que todavía se está demasiado lejos. Lo antiguo no funciona, lo nuevo no está todavía (y quizás nunca esté, en formato cómodamente digerible), pero ante esa incertidumbre siempre hay quien vende “certidumbres” y muchos dispuestos a comprarlas. Si hay vendemotos es porque hay quien las compra.

Las mentiras reconfortantes

¿Os habéis fijado con la facilidad con que compramos argumentos e ideas que no admiten un mínimo escrutinio crítico? Hace un tiempo lo comentaba yo: nos creemos cualquier mierda con tal de que nos resulte conveniente. Esto funciona también a la hora de vender una idea, un producto, un servicio. No nos importa si es verdad o mentira; lo que importa es si nos resulta cómodo o incómodo.

¿Algunas mentiras reconfortantes?

  • Funcionará seguro.
  • Soy un experto, conozco las respuestas.
  • Esto se explica fácilmente.
  • Está bajo control.
  • Si me haces caso, te irá bien.
  • Tendrás resultados a corto plazo.
  • No te costará apenas esfuerzo.
  • Si haces A y B, obtendrás el resultado C.
  • No vas a tener ningún problema.
  • No hay riesgo.
  • Depende de ti.

Estas mentiras reconfortantes las vemos a diario en cualquier ámbito: una dieta de adelgazamiento que te hará perder no sé cuántos kilos en dos semanas, un coche que te convertirá en un triunfador, un proyecto de consultoría que le dará la vuelta a los resultados de tu empresa, el curso de inglés que te hará bilingüe en un mes, los hábitos mañaneros de los triunfadores, las profesiones que te aseguran un trabajo, cómo seducir a una mujer en tres pasos, el debate político entre “los buenos” y “los malos”… da igual el objetivo, siempre encontrarás un “método infalible y conveniente”.

Las verdades incómodas

Pero… ¿qué hay debajo de esas mentiras reconfortantes? Normalmente verdades incómodas que no queremos aceptar. Cosas como:

  • Puede que funcione, pero también puede que no. Muchos lo intentaron y no lo consiguieron.
  • Soy un experto, y hay muchas cosas sobre las que tengo dudas.
  • No hay forma fácil de explicarlo, y de hecho hay partes que no sé explicar.
  • Hay una gran parte que está fuera de nuestro control.
  • Si me haces caso tienes más probabilidades de que te vaya bien, pero no hay garantías.
  • Los resultados vendrán, si acaso, a largo plazo.
  • Vas a tener que hacer un esfuerzo importante: sangre, sudor y lágrimas.
  • Si haces A y B, se desencadenarán una serie de consecuencias (algunas imprevistas) que esperamos que nos acerque a C.
  • Surgirán problemas, que lo sepas.
  • Corremos riesgos.
  • Hay una gran parte que no depende de ti, y no puedes hacer nada para evitarlo.

Lo curioso es que estas verdades incómodas están habitualmente más que demostradas: por datos, por experiencias ajenas e incluso experiencias propias. Y a pesar de ello…

La gente compra mentiras reconfortantes

Hace tiempo que tengo esta viñeta como una de mis preferidas. Un vendedor de “mentiras reconfortantes” ante cuyo puesto hay una larga cola de clientes interesados; y a su lado, un vendedor de “verdades incómodas” que no vende una escoba.

Poco importa que el camino de lo “simple pero falso” lleve al abismo, y que sólo el camino “correcto pero complejo” tenga posibilidad de llevarnos a algún sitio. Siempre habrá más gente escogiendo el primero. Porque, al menos durante un tiempo, tranquiliza nuestra mente y nos hace pensar que tenemos el control. Las consecuencias rara vez son inmediatas, así que… Y cuando vengan las consecuencias pues ya encontraremos una justificación externa, una cabeza de turco a la que culpar. “No, es que no lo hiciste bien”, “es que surgieron circunstancias imprevistas”, “es que la gente no puso de su parte”, “es que la crisis”, “es que el mundo está contra mí”, “es que se aprovecharon de mi buena fe”… O simplemente habremos desaparecido del mapa y el marrón se lo comerá otro. Y a otra cosa, mariposa.

Y mientras tanto ahí está el negocio. El que vende “verdades reconfortantes” captura un valor inexistente, pero así obtiene beneficios, da de comer a sus hijos y paga las facturas. Al lado, el de las “verdades incómodas” se queda como un profeta que clama en el desierto. Sí, tiene razón; obtiene cierta satisfacción intelectual, e incluso moral, pero sus hijos no comen y las facturas quedan sin pagar.

¿Y qué puedes hacer tú?

Supongo que cuando no eres consciente de esta realidad, no hay realmente una decisión que tomar: participas en el juego, y ya está. El problema nace cuando te das cuenta. ¿Qué haces?

Puedes “taparte la nariz” y, de forma cínica, jugar. Ahí está el beneficio, y haces lo que tengas que hacer para obtenerlo. Y el que venga detrás, que arree.

La otra opción es aceptar quedarte, con “tu verdad” y sobre todo “tus dudas”, en el margen. Allí donde hace frío, donde el dinero no fluye con facilidad, intentando convencer y dándote golpes contra la pared, viendo con una mezcla variable de frustración y resignación cómo la gente sigue haciendo cola en la tienda de las “verdades reconfortantes” y cómo su dueño cuenta los billetes.

 



El alumbramiento del modelo Skillopment

En las últimas semanas he estado trabajando en dar forma a una herramienta que me ayude a explicar las claves del aprendizaje y el desarrollo eficaz de habilidades. Y el resultado es el modelo Skillopment.

Un poco de contexto

Cuando hace unos meses “puse de largo” la charla sobre la importancia que tiene el desarrollo de habilidades en el entorno actual, y en las ocasiones en las que la he utilizado después (incluyendo el ebook que edité), me di cuenta de una cosa.

Y es que así como la primera parte (donde hablo de “lo complicado que está el mundo” y “cómo el desarrollo de habilidades tiene sentido para afrontar la incerticumbre”) estaba hilada y fluía con facilidad, la segunda parte (donde reflexiono sobre cuáles son las claves para que ese desarrollo de habilidades se produzca con eficacia) se me atragantaba un poco. No porque no tuviese sentido lo que decía, si no porque le faltaba un poco de estructura, de hilazón. Al final, acababa resultando una amalgama de ideas, todas creo que útiles, pero que acababan siendo poco memorables.

¿Qué aporta el modelo Skillopment?

Pues precisamente creo que viene a solventar ese problema. El modelo Skillopment organiza las ideas sobre el aprendizaje y el desarrollo eficaz de habilidades, y permite contarlas siguiendo una estructura lógica. Además le he dado un carácter gráfico propio, que también ayudará a recordarlas mejor.

La verdad es que estoy satisfecho. Desde luego, yo ahora me siento más cómodo con el discurso, lo encuentro fluido y coherente; y con quienes he hecho “pruebas de concepto” también me han transmitido un buen feedback.

Un curso gratuito para saber más

He creado un curso gratuito para aprender mejor, en el que aprovecho para desgranar los elementos del modelo uno a uno. Son seis “lecciones” que, durante una semana, irán llegando al correo electrónico de quienes se suscriban y que al finalizar les dará una visión muy concreta de cuáles son las claves del aprendizaje y el desarrollo eficaz de habilidades; claves que podrán aplicar siempre que quieran, aprovechando mejor el esfuerzo y consiguiendo mejores resultados de forma más rápida y duradera.

¿Te interesa?


* Curso gratuito por correo electrónico



Desaprender: la trampa del pasado

Una dirección

Todos tenemos un pasado, que es el que nos ha traído hasta aquí. Pero… ¿te has planteado hasta qué punto ese pasado restringe nuestras opciones? ¿Es útil aferrarnos a él? Y si la respuesta es no… ¿cuánto nos cuesta olvidarlo y desaprender?

Atrapados por nuestro pasado

En la peli de los 90 “Atrapado por su pasado” se cuenta la historia de un narcotraficante que, después de pasar una larga temporada en la cárcel, sale con la intención de alejarse de ese mundo. Sin embargo, a pesar de su firme voluntad, el entorno le acaba volviendo a atrapar, y no consigue escapar de su quizás inevitable destino.

Recordaba esta peli hace poco, mientras reflexionaba sobre el futuro. Y es que, cuando uno se pone a pensar en definir su “visión”, resulta muy complicado abstraerse de lo que arrastra. Y cuanto más años pasan, mayor es el equipaje. Qué estudiaste, en qué trabajaste, qué decisiones tomaste… determinan, de forma casi inconsciente, el rango de opciones que te planteas. No nos damos cuenta, pero el pasado puede ser una losa. Desaprender, deshacernos de ese lastre, es necesario. Aunque cueste.

La inconsciente necesidad de ser consistentes

Porque dicen que uno de los sesgos psicológicos que tenemos los humanos es la necesidad (casi enfermiza) de “ser coherentes con nosotros mismos”. Somos capaces de alterar nuestros recuerdos (o inventárnoslos, directamente) si eso hace que nuestras acciones tengan “lógica” para nosotros mismos. De hecho, este rasgo puede ser utilizado como mecanismo (perverso) de influencia: si conseguimos que una persona nos diga que sí a algo pequeño, luego le resultará difícil decirnos que no cuando le pidamos algo más grande. Romper con nuestro pasado exige asumir un cierto nivel de incoherencia, o en su defecto buscar una explicación que nos permita justificarnos la transición.

Pero es que además, dirá alguno, es normal. Si siempre has hecho una cosa, es ahí donde tienes experiencia relevante. Serán esas, y no otras, las habilidades que has desarrollado. Tu círculo de contactos está en ese mundillo, así que lo normal es que te vuelvas sobre ellos. Sí, quizás sea lógico. Has “invertido”, y no vas a deshacerte de tu inversión, ¿no? Y sin embargo…

Sostenella y no enmendalla

¿Recuerdas la fiebre de las .com de principios de siglo? ¿Recuerdas Terra? Hubo un momento en el que “comprar acciones de Terra” parecía la forma más segura de ganar dinero, y que eras tonto si no lo hacías. La cotización subía y subía, y muchos se subieron al carro. Pero inevitablemente la cotización llegó a su máximo, y empezó a bajar. Muchos de los que habían comprado mantuvieron sus acciones, con la esperanza de que fuese un ajuste temporal. Incluso cuando ese ajuste llevó la cotización por debajo del precio al que habían comprado: “no, ¿cómo voy a vender ahora y perderle dinero?“. Pero la acción no volvió a subir, y perdió prácticamente todo su valor.

Esa sensación de “estar invertido” en algo es muy habitual. Cuando uno hace una inversión financiera, debe tener claro que en la decisión de mantener o vender no debe influir para nada el precio al que compró; únicamente las expectativas de futuro. Y aun sabiéndolo, resulta casi imposible no mirar de reojo ese punto de referencia del pasado.

Hemos invertido tiempo y esfuerzo en desarrollar unas habilidades, en conocer un sector, en formar una red de contactos, en tener una presencia en el mercado. ¿Cómo vamos a renunciar a todo ello? ¿Cómo vamos a “desperdiciar” esa inversión? Y sin embargo, la forma racional de afrontar esa decisión no es mirando al pasado, si no al futuro. ¿Qué crees que va a pasar en el futuro? ¿Qué quieres que pase? Esa inversión que hiciste… ¿es útil? ¿te lleva a donde quieres ir? Si no… ¿tiene sentido mantenerla solo por esa sensación de “no desperdiciarla”?

Soltar lastre para decidir mejor

En un entorno incierto y cambiante, la habilidad de desaprender, de desembarazarse del pasado por útil que fuese en su momento, es fundamental para poder adaptarse y evitar que las inercias te arrastren.



Ser, o no ser (tú mismo)

“Sé tú mismo. Excepto si eres gilipollas; entonces mejor intenta ser otro”. Una frase irónica, que al final refleja bastante bien la realidad.

Ah, qué difícil paradoja. “Ser uno mismo” parece que es un objetivo que todos deberíamos tener. Dirigir nuestra vida conforme a nuestra propia esencia, dejar que se transmita a lo que hacemos, lo que decidimos, con quién nos relacionamos. Ser fieles a nosotros mismos.

Pero claro, “ser uno mismo” tiene consecuencias. Cuando “somos nosotros mismos” al 100% puede que nos miren raro. Pueden generarse conflictos con quienes tenemos alrededor. Podemos tener dificultades para encajar en nuestro círculo social, o en el ámbito profesional. A veces parece que se hace imprescindible renunciar aunque sea en parte a “ser nosotros mismos”, o por lo menos disimular, para evitar esas consecuencias negativas. Pero a su vez esa renuncia también tiene un coste, en términos de incomodidad, de alienación, de insatisfacción.

Cuando tienes hijos, intentas darles pautas. Quieres que sean ellos mismos, pero a la vez quieres que encajen. Y el mensaje se vuelve ambiguo y hasta contradictorio: “es importante que seas tú mismo, pero es importante que renuncies a ser tú mismo”. Te das cuenta, y te da rabia. Pero… ¿cómo puedes darles una pauta mejor, si tú no la has resuelto todavía?