[Entrevista] David Barreda y los profesionales prescindibles

Un nuevo episodio del podcast de Skillopment, en esta ocasión con David Barreda. David es consultor, formador y coach, y es el autor del blog procesosyaprendizaje.es. David escribió hace unas semanas un post con el que me sentí rápidamente identificado, y que fue el germen de esta conversación, y que venía a advertirnos de que todos somos profesionalmente prescindibles. ¿Cómo gestionar esa incertidumbre, esa espada de Damocles que pende sobre nuestras cabezas?

Recuerda que puedes revisar todos los episodios del podcast, y suscribirte al mismo tanto en iVoox como en iTunes.

Éstos son los temas que han ido saliendo en la conversación:

  • 00:26 David nos cuenta su experiencia en procesos de intervención tanto individuales como colectivos. Hablamos de la importancia de “lo humano” en esos procesos de transformación, y de cómo contrasta esa necesidad con la absurda deshumanización del management que muchas veces impera en las organizaciones. Y no lo planteamos desde una visión “buenista” y “buenrollista”, si no directamente desde una visión de eficacia y de beneficios reales.
  • 07:02 Desarrollamos la idea de los profesionales prescincibles, una realidad incómoda a la que a todos nos toca enfrentarnos. Hablamos de las creencias (“el trabajo para toda la vida”, “si no me quieren es porque no valgo”, etc.) que nos dificultan afrontar esa realidad con un enfoque positivo, y de dónde nacen esas creencias (con especial mención al sistema educativo). Vemos cómo tenemos tendencia a la evitación (en cierta forma natural, porque entran en juego los miedos, las resistencias al cambio, los apegos a lo que nos da seguridad…), y hablamos de cómo enfrentar todo eso a base de tomar conciencia, activar nuestra voluntad para actuar y diseñar una estrategia de acción.
  • 19:54 La importancia de determinar tu propuesta de valor profesional: analizar qué competencias tienes, qué problemas puedes resolver con esas competencias, identificar dónde es útil, para quién es útil… Hablamos de las dificultades de este proceso, y de cómo enfocarlo. Mencionamos Business Model You, y la importancia de asumir que “generar valor para alguien” es la piedra angular sobre la que construir esa propuesta.
  • 26:40 Hablamos sobre las dificultades de analizarse/valorarse uno mismo en un entorno de tanta inestabilidad. David advierte contra el riesgo de que la precariedad externa contamine nuestra percepción interna: que el entorno sea VUCA no quiere decir que nosotros seamos personas VUCA. A veces nos puede la impaciencia, la inquietud, la angustia por no poder controlar el resultado… pero no debemos dejarnos llevar por esas sensaciones. Debemos ser conscientes de que tenemos que actuar, y de que aunque no tengamos control sobre el resultado sí podemos tener control sobre nuestras acciones, asumiendo en todo caso que es un proceso de exploración que cada uno hace a su ritmo, en sus circunstancias, generando hábitos…
  • 33:30 ¿Qué hábitos y actitudes son relevantes para afrontar este entorno? Mencionamos la capacidad de estar abiertos al aprendizaje, de generar habilidades como elemento clave para la adaptación. También la necesidad de pararse y observar. Y de “aprender a estar incómodos”, de someterse paulatinamente a situaciones incómodas para entrenar ese músculo. David apunta a la importancia de que la persona perciba un beneficio claro en todo ello (tanto “a futuro” como también en el corto plazo) porque si no nuestra impaciencia, nuestra inseguridad… harán que abandonemos el proceso.
  • 43:50 Hablamos del papel de la formación dentro del proceso de aprendizaje, entendiendo que éste es mucho más amplio (es necesario que empiece antes, con la motivación y la inquietud por aprender; y cristaliza después, cuando esa “instrucción” recibida se hace tangible en nuestro día a día), y que por lo tanto la formación no es suficiente (y en muchos casos, ni siquiera necesaria).  Comentamos también dos elementos fundamentales para una formación eficaz: que los beneficios obtenidos sean mayores que el coste, y que la experiencia formativa sea más satisfactoria que la incomodidad que asumimos; y la importancia de dedicar tiempo al diseño de la formación para que estas condiciones se cumplan.
  • 58:27 David nos habla de la estrategia de la hormiga: la necesidad de irse capitalizando poco a poco, día a día, para poder cubrirnos en el futuro. Pero para que esa estrategia sea sostenible es importante también disfrutar del proceso.
  • 1:00:14 Hablamos sobre los condicionantes para el aprendizaje, la falta de tiempo… y precisamente por eso en la importancia de ser tremendamente efectivos en el tiempo/esfuerzo que dediquemos al aprendizaje. Reflexionamos sobre nuestra ausencia de habilidades para ser eficaces en el aprendizaje, la oportunidad perdida del sistema educativo para proporcionarnos esas herramientas, y la importancia de diseñar nuestros procesos de aprendizaje para que sean eficaces.
  • 1:08:10 David plantea una realidad clave: a la gente le gusta sentirse útil, y adquirir conocimientos para resolver problemas. Es más, añado yo, la realidad es que estamos continuamente aprendiendo cosas, cuando estas cosas efectivamente nos resuelven problemas. Es prácticamente imposible “no aprender”, la cuestión es que ese aprendizaje sucede cuando alguien es consciente de un problema (por sí mismo, no porque otros le digan que lo es) y tiene la inquietud por resolverlo.
  • 1:11:52 Hablamos sobre el carácter “personal e intransferible” del aprendizaje, y la necesidad de que desde la formación se asuma esa realidad, fomentando por un lado la autoresponsabilidad con los procesos de aprendizaje y también facilitando espacios (a veces más implícitos y otras más explícitos) para que cada persona adapte los contenidos a sus circunstancias.

Aprender o no aprender: costes y beneficios

Pesas

“¿Por qué no aprenden? ¡Yo quiero que aprendan!”. Vale, quizás no se exprese así de claro, pero ese sentimiento está detrás de no pocos razonamientos que escucho: en profesores, en padres, y también en empresas. Queremos que otros aprendan cosas, y cuando no lo hacen nos frustra.

Y eso, claro, porque es más fácil hablar de otros que de nosotros mismos. Tendemos a mirar para otro lado cuando somos nosotros quienes fallamos en nuestros propósitos de aprendizaje.

Aprender, como tantas otras cosas en la vida, tiene mucho de análisis (muchas veces inconsciente) de coste y beneficio. Hacemos las cosas cuando los pros son más fuertes que los contras. Pero ah, amigo, los pros y los contras tal y como nosotros los vemos, de forma completamente individual y subjetiva. No cuenta la valoración que pueda hacer un externo sobre “lo que nos conviene” o “lo poco que te cuesta”. Somos cada uno de nosotros los que ponemos cosas en cada lado de la balanza, les atribuimos pesos… y en función de eso actuamos.

Los costes de aprender

“El saber no ocupa lugar”, dice la sabiduría popular. Bueno, quizás “lugar” no ocupe (y hasta eso es discutible), pero sin duda tiene costes:

  • Dinero: no siempre, pero muchas veces sí. Pagar un curso, comprar unos libros… hay un coste directo y evidente ahí. Contante y sonante.
  • Tiempo: puede que no cueste dinero, pero aprender siempre requiere dedicación. Horas destinadas a la adquisición de conocimientos, a la exploración, a la lectura, a asistir a clases, a hacer ejercicios, a practicar, a repasar…
  • El coste de oportunidad: aplica tanto al tiempo como al dinero. Porque lo que dediquemos a aprender, no podemos dedicarlo a otra cosa. ¿A qué le robamos el tiempo? ¿Al ocio? ¿A la familia? ¿Al descanso? ¿Al trabajo? Esto último… ¿es realmente así? Si hago un curso “en horario de trabajo”… ¿mis responsabilidades desaparecen, o se acumulan para que las atienda más tarde?
  • El esfuerzo: por definición, aprender implica “salirse de lo conocido”. Literalmente, obligamos a nuestro cerebro a salirse de las pautas neuronales ya establecidas y a formar otras nuevas. Eso es incómodo, y requiere esfuerzo. Nuestra tendencia natural es a transitar por el camino ya trillado. Lo necesario para aprender (el comprender lo desconocido, la repetición, la práctica…) implica andar cuesta arriba.
  • La torpeza: aprender implica fallar, equivocarse. Sentirse torpe. Una sensación desagradable cuando sucede en privado, y no digamos ya si sucede en público. Nuestro ego se resiente, no le gusta. Gestionar esa sensación es un coste en sí mismo.

Los beneficios de aprender

Obviamente, no todo son apuntes en el “debe”. También podemos anotar unas cuantas cosas en el “haber”:

  • El disfrute del proceso: sí, aprender puede ser muy satisfactorio. Apela a nuestra naturaleza curiosa, y a nuestro cerebro le gusta “dar sentido” a lo que le rodea. Lo malo de esto es que el disfrute muchas veces es incompatible con la obligatoriedad, o con las fechas límite, con que sean otros los que decidan qué o cómo tengo que aprender…
  • La satisfacción de “saber más”: a nuestro ego le gusta sentirse importante. Sentirse listo. Sentir que “es mejor”. Finalizado el proceso, siempre viene bien tener una medallita más de la que poder presumir. ¿A quién no le gustaría?
  • Las oportunidades: lo digo siempre, “cuantas más habilidades tengas y más desarrolladas estén, más probable es que tengas suerte”. Esta mejora de tus probabilidades puede enfocarse en positivo (la posibilidad de que se te abran puertas: un ascenso, un nuevo trabajo…), o con una perspectiva defensiva (cuando vengan mal dadas, tendrás más recursos para enfrentar la situación).
  • Mejores resultados: lo que aprendes puede hacer que tu día a día sea más fácil. ¿Resuelvo un problema? ¿Trabajo de forma más eficaz? ¿Libero tiempo para otras cosas? ¿Vendo más? ¿Trabajo con más seguridad y menos estrés? ¿Destaco frente a los que me rodean? ¿Los demás me hacen más caso? ¿Consigo un retorno económico mejor, en forma de más sueldo, más facturación, bonus por resultados…?

Costes concretos, beneficios inconcretos

Y llegamos a la que probablemente es la madre del cordero de todo este razonamiento. Y es que mientras que los costes de aprender son muy tangibles y concretos, y se producen desde el primer minuto… los beneficios están en su gran mayoría en el terreno del “futuro deseable”, lo cual hace que su peso en la balanza disminuya considerablemente. Sí, yo puedo creer que “aprender inglés” me abrirá una serie de puertas en el futuro… así en genérico… supongo… pero lo cierto es que las horas las tengo que dedicar ahora, el precio del curso lo pago ya, la incomodidad del aprendizaje la sufro durante todo el proceso… y los beneficios, si llegan, lo harán en el medio/largo plazo. Eso si llegan, que estamos hablando muchas veces de “probabilidades” y nadie me asegura el resultado.

Pongámonos en la piel de un adolescente, obligado a ir al colegio y someterse a horas sin fin de clases, más deberes, más estudiar para exámenes… con la promesa difusa de que “es por su bien” o “para prepararse para el futuro”. Pongámonos en la piel de esa persona a la que sacamos de su trabajo para meterla en un aula a darle un curso de “no sé muy bien qué” mientras se le acumulan las tareas que tendrá que resolver a la vuelta. O en la de esa persona que después de la jornada laboral “se obliga” a ir a una clases, llegando tarde y cansado a su casa.

Ponte tú mismo a pensar en tus esfuerzos de aprendizaje, en cuáles son sus costes y sus beneficios, en cómo juegan cada uno de ellos en esa balanza. Piensa en los procesos que has cubierto con éxito, ¿por qué resultaron bien? Y en todos los que fallaron, a pesar de tu buena disposición… ¿en qué momento los costes ganaron a los beneficios?

Trucando la balanza

Si queremos promover, en nosotros mismos o en otros, procesos de aprendizaje exitosos… tenemos que considerar cuáles son esos costes y esos beneficios. Y en la medida de lo posible trabajar para que los costes sean menos costes (y no vale solo con “te pago el curso”), y para que los beneficios sean más tangibles y concretos, y se produzcan en el corto plazo.

De esta manera, haremos más fácil que el cálculo de coste/beneficio salga a favor, y el proceso salga adelante. Si no, se parará tarde o temprano.

[Entrevista] Cristina Chaus y los cangrejos ermitaños


Un nuevo episodio del podcast de Skillopment, en esta ocasión con Cristina Chaus. Cristina es la autora del blog Cangrejo Ermitaño, en el que vuelca reflexiones e ideas a partir de su experiencia como asesora/orientadora de formación. Me pareció que ese contacto de primera mano con ese momento de transición entre el mundo educativo y el “mundo real” tenía todos los ingredientes para darnos una conversación interesante… y así ha sido :).

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Éstos son los temas que han ido saliendo en la conversación:

  • 00:53 Cristina nos cuenta su experiencia como asesora/orientadora de formación, y qué ha observado a lo largo de los años desde esa posición privilegiada: mucha gente llena de vértigo e incertidumbre, buscando alguna certeza en forma de “la carrera que me dará trabajo” o “el máster que me asegure el futuro”. Hablamos de cómo el sistema educativo nos tiene durante más de 20 años en un entorno de certidumbre para luego soltarnos a una realidad completamente diferente, y de la “crisis del cuarto de siglo” a la que eso aboca a mucha gente. Y de cómo “estudiar algo más” (¿otra carrera? ¿otro master? ¿más idiomas?) a veces no es más que la búsqueda (inútil) de refugio frente a la incertidumbre.
  • 08:10 Hablamos de las dificultades del aprendizaje preventivo, frente al aprendizaje que nace de un dolor, de resolver un problema.
  • 13:30 El mundo académico está basado sobre el concepto de “certificación”. Cuestionamos hasta qué punto esas “certificaciones” reflejan adecuadamente o no el aprendizaje y la adquisición de habilidades. Y cómo el mundo corporativo sigue utilizando la titulitis, el CV… como indicadores la valía de una persona, y hasta qué punto eso tiene sentido en el mundo de hoy o no.
  • 21:50 Hablamos sobre por qué la incertidumbre es incómoda, y de cómo la aceptación de esa incertidumbre (y no su evitación) es el camino para poder adaptarse a ella. Y a partir de ahí, asumir las riendas del propio aprendizaje.
  • 26:12 Cristina plantea algunas habilidades importantes para navegar este entorno de incertidumbre: la capacidad de hacerse preguntas, de cuestionarse, y de reflexionar sobre cómo queremos que sea nuestra vida. Si no nos enfrentamos a esas preguntas (por incómodas que sean) nuestra vida será el producto de la inercia y de los elementos externos.
  • 37:50 Hablamos de los microaprendizajes como vía de crecimiento, frente a la tradicional oferta de cursos, másters y demás fuentes que obligan a grandes compromisos. Y cómo para poder hacer frente a tanta oferta es necesario tener muy claro lo que uno quiere y para qué lo quiere. Además, comentamos las ventajas de este tipo de aprendizaje más flexible de cara a la adaptación a una realidad en permanente cambio.
  • 45:19 Uno de los temas favoritos de Cristina es el “desaprendizaje“, la capacidad de deshacerte de cosas que te han servido hasta ahora (como la concha del cangrejo ermitaño) para poder hacer espacio a lo nuevo. Hablamos del apego, y de cómo nos puede llegar a frenar en nuestro proceso de crecimiento. Lo vinculamos también al minimalismo, y las dificultades que muchas veces surgen para deshacernos de “cosas”.
  • 53:55 Recuperamos la importancia de la visión, de saber qué queremos aprender, por qué y para qué, de cara a mantener el rumbo de nuestro aprendizaje, en ve de dejarnos vencer por la pereza, la falta de motivación o deslumbrarnos cada vez por un aprendizaje diferente.
  • 59:36 Cerramos hablando del proyecto Cangrejo Ermitaño, de su origen a partir de la experiencia de Cristina y de su vocación de dar respuesta a la inquietud de las personas que se enfrentan a ese vértigo del que hablábamos al principio. Y de la dificultad de “hacerle ver” a quien tiene unas expectativas diferentes que ese mundo que esperaba… en realidad no existe.

Lombrices a medianoche

Hace unos días, en el transcurso de uno de mis talleres, estábamos hablando de las dificultades que encontramos en el día a día para aprender, y más concretamente de la omnipresente “falta de tiempo“. En un determinado momento, uno de los asistentes confesó: “¿Y sabes lo más curioso de todo? Que resulta que yo anoche estaba en la cama con la tablet viendo vídeos sobre cómo hacer un compostero con lombrices”.

Son las doce de la noche. Has pasado un día exigente en términos de responsabilidades profesionales, personales… estás cansado, te vas a la cama… pero de la nada aparece el tiempo y la energía para dedicárselo a aprender algo nuevo. ¿Cómo es posible?

La libertad de aprender lo que quieras

Apuesto a que todos hemos tenido momentos así, momentos en los que ni la “falta de tiempo” ni el cansancio han sido obstáculos para hacer algo. ¿Por qué para unas cosas sí, y para otras nos topamos con un muro infranqueable?

El principal factor sea, posiblemente, la completa libertad. Hacer algo porque uno quiere y le apetece de verdad. No porque en la escuela te lo manden, no porque en la empresa te digan que es una competencia a desarrollar, no porque tú mismo (en un ejercicio intelectual) pienses que “es bueno para mi futuro”. Simplemente te sale de dentro, y lo haces.

Es más, si no lo haces… no pasa nada. No hay un compromiso externo, más allá del que tú quieras asumir contigo mismo. Nadie te fuerza a hacerlo, ni a ir más allá de donde quieras ir. ¿Quieres enterarte de qué va eso de las lombrices? Perfecto. ¿Quieres convertirte en un experto? Tú mismo. ¿Quieres montar un compostero en tu terraza? Es tu proyecto, tú decides. ¿Te aburres del tema? Lo dejas, y santas pascuas.

La inquietud real

Esa motivación interna nace de una inquietud. Y es una inquietud real, no impostada ni generada desde fuera. A veces serás capaz de identificar por qué te nace, y a veces te sorprenderás a ti mismo. ¿Qué es lo que ha hecho que surja? ¿Por qué ahora, y no hace tres meses ni dentro de dos años? En realidad da igual, el hecho es que está ahí, y que es una fuerza motivadora que te impulsa a actuar.

Este impulso te lleva a generar un microaprendizaje. Ese chispazo de inquietud te hará aprender hasta que esa inquietud quede satisfecha. Aquí no se trata de “hacer una carrera”, ni de “hacer un curso”, ni de “leer un libro completo”. No buscas dominar una materia en general. Buscas calmar el picor. A veces ese picor será más fuerte, y te llevará a profundizar más y más. A veces te bastará con satisfacer una curiosidad de forma más superficial, y entonces la inquietud desaparecerá. Volverás a estar demasiado cansado, y a no tener tiempo. Hasta el próximo chispazo.

 

 

Da igual lo que quieras ser de mayor

Estuve en este evento sobre “el futuro del empleo” (está bastante interesante, especialmente la mesa redonda) y, en un momento dado, el divulgador Pere Estupinyà planteaba una reflexión interesante sobre esa pregunta tan clásica… “¿Qué quieres ser de mayor?”

¿Qué quieres ser de mayor?

Es la típica pregunta que se les hacía (y todavía se les hace, supongo) a los niños. Es gracioso ver como sus mentes infantiles van respondiendo según los estereotipos sociales. Quiero ser astronauta, o policía, o médico/a, o veterinario/a, o profesor/a, o artista, o cocinero/a, o escritor/a, o youtuber… Evidentemente en niños pequeños es totalmente intrascendente, su conocimiento del mundo es limitado y cualquier respuesta que den no va más allá de generar un momento “cuqui”.

La cuestión es que, a medida que van creciendo, la pregunta se les va repitiendo. Y ya no tiene tanta gracia. “¿Ya tienes pensado a qué te quieres dedicar? ¿Qué vas a estudiar?”. Su conocimiento del mundo sigue siendo limitado (aún me acuerdo de mí mismo diciéndome que querría ser “ingeniero”, sin tener ni puñetera idea de lo que implicaba ser un ingeniero… no, al final no fui por ahí), pero la presión crece.

Y no desaparece. En realidad a medida que transcurre nuestra vida seguimos azotándonos con la pregunta… “¿Dónde te ves dentro de cinco años?” no deja de ser la traslación adulta del “qué quieres ser de mayor”. Si en vez de “cinco años” pensamos en veinte, o en treinta… dan escalofríos.

De mayor vas a ser muchas cosas…

La cuestión es que, como planteaba Pere, se trata de una pregunta que si en algún momento tuvo sentido, desde luego ahora ya no lo tiene. “De mayor” vas a ser muchas cosas, porque no vas a tener una “profesión para toda la vida”. Vas a ir desempeñando muchos roles a lo largo de los años, y seguramente sean muy dispares. Distinta ocupación, distinta responsabilidad, distinto sector, distinto lugar, distintas habilidades requeridas…

A veces, de hecho, esos roles se desarrollarán en paralelo: vas a participar en un proyecto ejerciendo de una cosa, mientras que eres voluntario en una asociación, das clases en un master, eres presidente de la comunidad, inversor en un negocio, entrenador del equipo de fútbol de los niños, cuidador de una persona mayor… todo a la vez, sin posibilidad de separar lo uno de lo otro.

Es más, de todas esas ocupaciones diversas que vas a tener a lo largo de tu vida, muchas de ellas ni siquiera eres capaz de conceptualizarlas, ni de saber que van a existir. Piensa en cómo ha cambiado el mundo en los últimos 30 años… ¿te imaginas cómo puede ser dentro de otros 30? Y si piensas en tus hijos… ¿cómo era la vida 50 años de que ellos nacieran, y cómo será cuando ellos tengan esos 50 años? ¿Cómo les vas a pedir que sean capaces de imaginar “qué van a ser de mayores”?

Una pregunta inútil

En este contexto de incertidumbre y de dispersión de opciones, parece claro que “qué quieres ser de mayor” no es una pregunta especialmente útil. Quizás haya que pensar en otras. Como por ejemplo, “qué herramientas vas a desarrollar para poder adaptarte a todos esos cambios”.

Por eso lo que estoy haciendo con Skillopment me resulta estimulante; porque desde esa perspectiva de incertidumbre (o mejor aún, de certidumbre en la inestabilidad y en la variabilidad) es clave ser consciente de que tus habilidades son las que te van a permitir adaptarte a los escenarios que surjan. Y que cuanto más ágil seas a la hora de desarrollar esas habilidades, mejor.

En la vida te va a tocar tirar muchas veces los dados. Y ya sabes, cuantas más habilidades tienes y más desarrolladas están, más probable es que tengas suerte.