Run to the hills: aprender (más y mejor) como estrategia de supervivencia profesional

En noviembre en Sevilla “estrené” la charla que he había estado preparando durante semanas. “Run to the hills: aprender (más y mejor) como estrategia de supervivencia profesional”

La idea fuerza es que vivimos en un mundo complicado, que nos obliga a reinventarnos constantemente. Y que, en este escenario, desarrollar nuestras habilidades es una estrategia que incrementa nuestras posibilidades de que nos vaya bien. Pero es importante definir “qué aprender”, y sobre todo, “cómo aprender” para que los resultados sean los mejores posibles.

La charla pivota sobre varias de mis “obsesiones” últimamente: la tecnología y su relación con el empleo (aunque no es solo la tecnología; es la demografía, es la globalización, es el ritmo acelerado de la innovación…), y el desarrollo profesional como respuesta. Pero no “cualquier desarrollo profesional”, si no uno que de verdad permita expandir nuestras capacidades.

Creo que el resultado está bastante bien armado. Estoy disfrutando al profundizar en esta temática, y además creo que es uno de los “grandes temas” del futuro. Mi enfoque, además, se centra en lo que podemos hacer cada uno de nosotros, aquí y ahora.

Mi objetivo es seguir tirando de este hilo. La charla, tal y como la tengo, permite hacer intervenciones cortas (como los 20 minutos de esta charla) o profundizar más en sesiones más largas. Estoy buscando activamente ocasiones para darle visibilidad (tanto en el ámbito educativo como en el profesional; creo que en ambos contextos tiene sentido como llamada de atención y como guía de actuación), así que si lees esto y crees que puede resultar interesante estaré encantado de que hablemos.

También he puesto en marcha un espacio en Facebook (Skillopment) para compartir allí recursos, enlaces y demás cosas de interés relacionadas con esta idea (como dicen los youtubers, “like & suscribe” :D).

Irán viniendo más cosas. De momento, me gusta el color que está cogiendo :).



El metepatas de la semana

Errores

¿Cuando fue la última vez que metiste la pata? ¿Que te equivocaste? ¿Que la cagaste, Burt Lancaster? (lo siento, tengo una edad…).

A buen seguro que lo tienes fresco en la memoria. Y con casi total seguridad te has encargado de barrerlo discretamente bajo la alfombra, “espero que nadie se haya dado cuenta”.

En general, convivimos mal con el error. Las equivocaciones no cuadran con esa imagen perfecta que nos gusta proyectar hacia afuera, ni con la imagen que tenemos de nosotros mismos. Nos hace quedar mal. Queremos que la gente vea la Cara A, lo brillante, lo exitoso, lo perfecto; y procuramos que nadie vea la Cara B.

Lo malo es que resulta que el error es normal. Es incluso deseable, subproducto lógico cuando uno está intentando desarrollarse, aprender cosas nuevas, innovar. Pruebas, te equivocas, aprendes. Si eliminamos el “te equivocas”, trasladas una visión completamente irreal del “éxito”. Generas (para los demás y para ti mismo) unas expectativas irreales. Inalcanzables. Cada vez que silenciamos nuestros errores, o que señalamos los ajenos, estamos fomentando una cultura de “vergüenza por el error”. Si equivocarse está mal, si los buenos no se equivocan, entonces nadie querrá equivocarse. Nadie querrá atreverse a hacer nada diferente. Nadie intentará nada nuevo. Nadie se arriesgará a hacer nada por lo que puedan señalarle. Nos limitaremos a lo que ya hacemos bien. Inmovilismo. Parálisis. Decadencia.

Queremos lo contrario. Queremos (necesitamos) innovar, mejorar, desarrollarnos, aprender. Y eso es incompatible con la vergüenza por el error. Por lo tanto, tenemos que luchar activamente para normalizar el error. Para que nadie sienta miedo de equivocarse, para que lo veamos como parte normal y necesaria del proceso. Tenemos que compartir nuestros propios errores, tenemos que crear espacios donde, de forma sistemática, se pongan encima de la mesa nuestras equivocaciones. Donde podamos no señalarlos, si no utilizarlos para reflexionar y aprender.

Ya sé, ya sé. De forma racional todo el mundo entiende esto, y está de acuerdo. Pero hagamos examen de conciencia… ¿somos consecuentes? ¿Cuáles son nuestras reacciones cuando nos equivocamos? ¿Y cuando se equivocan otros?

Quizás deberíamos integrar todo esto en nuestros procesos, en nuestras rutinas. Un espacio en la newsletter corporativa para indicar un error (a ser posible de los altos directivos) y reflexionar sobre él. Un tiempo, al inicio de las reuniones de seguimiento, para exponer “cosas en las que nos hemos equivocado”. Un repositorio de “lecciones aprendidas” al que demos tanta visibilidad como a esos “casos de éxito” que tanto nos gustan. No de forma anecdótica, si no sistemática. Incidiendo una y otra vez, hasta que asumamos (pero de verdad) que “errar es humano”, que “el mejor escriba hace un borrón”, que “pasa en las mejores familias”.



Cuadernos Rubio para el desarrollo profesional

RubioOperaciones2Son, quizás junto a las gomas de Milan de NATA, uno de los iconos que más recuerdo de los primeros años de colegio. Los cuadernos Rubio, aquellos con tapas amarillas que te enseñaban a hacer tus primeras sumas, y tus primeras letras.

Pasados treinta años vuelvo, ahora como padre, a la etapa de la educación primaria. Las gomas de Milan cayeron por el camino (siguen existiendo, pero ya sin su olor característico… una goma más), pero los cuadernos Rubio ahí siguen al pie del cañón.

Y no es de extrañar. La metodología que siguen estos cuadernos parece imbatible. Empiezas sumando “manzanas”. Luego pasas a hacer sumas de 2 números de una cifra; primero los facilitos (1+2, 2+1, 3+1…), y luego los más difíciles. Repites una y otra vez operaciones en ese nivel, hasta que has interiorizado el concepto. Y entonces pasas a las sumas en las que incorporas dos cifras (10+2, 11+1…). Repites, y repites. Y luego pasas a sumar números de dos cifras, y repites, y repites. Y luego introduces el concepto de “llevadas” (19+2, 28+3…). Y vuelta a repetir. Hasta que, oh maravilla, has acabado automatizando (a base de repetir y repetir, y de incrementar paulatinamente el nivel de dificultad) la habilidad de sumar; y lo sabrás toda la vida.

Práctica deliberada en su máxima expresión. La misma metodología que se sigue con otras disciplinas: así te enseñan a escribir, a leer, algo de inglés, música… introduciendo conceptos poco a poco, en niveles crecientes de dificultad, y machacando mucho con ejercicios muy focalizados y repetitivos con el objetivo de interiorizar el conocimiento.

Sin embargo, ay, en algún momento esa forma de enseñar/aprender se deja de lado, y se pasa a un formato mucho más de consumo rápido: te explico un tema, con suerte te planteo cuatro o cinco ejercicios… y rápido, al tema siguiente que si no no nos da el curso. La introducción de conceptos deja de ser incremental y pasa a ser secuencial: hoy una cosa, mañana otra diferente. Se deja de dedicar tiempo a “machacar” los conceptos a base de ejercicios focalizados y repetitivos. No se refrescan los conocimientos (con suerte, un “control” al final del trimestre y a correr). En definitiva, renunciando a algunos de los métodos esenciales del aprendizaje. ¿El resultado? Conocimientos superficiales (cuando no directamente olvidados), abordados desde un prisma consciente y racional (“a ver si consigo acordarme”), en vez de interiorización y aprendizaje real (susceptible de ser puesto en práctica, que es de lo que se trata). Podría argumentarse que hay materias que son más “conocimiento” que “habilidades”, y que por lo tanto no son susceptibles de “interiorizarse”… pero yo tengo mis dudas de que, en ese caso, merezca la pena dedicarse a aprender cosas que no se interiorizan.

Todo esto viene a una reflexión que vengo haciendo en las últimas semanas. Creo que, en el mundo profesional, hay una serie de habilidades clave que tienen un gran impacto en tu desempeño sea cual sea el sector en el que te muevas. Habilidades que, más allá del componente técnico de tu profesión, te dan un plus fundamental para tu trabajo y para tu carrera profesional. Podemos debatir cuáles son esas habilidades (de hecho lancé una pregunta en twitter al respecto, con respuestas variadas), pero lo que me interesa hoy es otra cosa.

¿Quién y cómo enseña esas habilidades? Mi sensación, a estas alturas de la película, es que nadie se encarga de desarrollar de verdad esas habilidades. En la formación más académica se pone mucho énfasis en la adquisición de conocimientos “técnicos”, y muy poco en estas habilidades “soft”. Y en el mundo de la empresa tres cuartas partes de lo mismo: la formación que se da tiene más que ver con “lo directamente aplicable en el trabajo”, más que con esa nebulosa de habilidades.

Y luego, ¿cómo es esa formación, cuando existe? El típico “curso de liderazgo”, o el típico “curso de comunicación eficaz”. Cuatro, ocho o dieciséis horas en aula. Conceptos en una pizarra (o en post its de colorines, que es lo que se lleva), puesta en común de ideas, un video simpático, una dinámica que permita la reflexión, un rolplay rapidito y un powerpoint encuadernado de recuerdo. Fin del curso, y si se tercia a ver si te acuerdas de poner algo en práctica la próxima vez que lo necesites. ¿Es así como se desarrolla una habilidad? Obviamente no; la próxima vez que te enfrentes a una situación de la vida real tu mente tira de automatismos; rara vez te vas a parar, en medio de un fregao, a ver si recuerdas cuáles eran los cinco pasos que aquel simpático consultor escribió en la pizarra, ni a sacar la ficha plastificada (que a saber dónde coño metiste; estará en una de esas carpetas que acumulan polvo en la estantería) que te dieron de recuerdo.

En la realidad, solo aplicas lo que has interiorizado. Y la forma de interiorizar es la de los cuadernos Rubio. La repetición, la focalización, la introducción creciente de dificultad.

¿Cuál es el problema? Que, desde el punto de vista del mundo adulto y profesional, esa es una forma de aprender casi implanteable. ¿Cómo que vamos a pasarnos tres meses haciendo ejercicios repetitivos? Venga ya, que ya somos mayorcitos, aquí se explican una vez las cosas y ya cada uno que se arregle; y si no ahí tienes el manual en la web corporativa. Y el individuo igual, “si estoy ya me lo han contado, así que ¿para qué voy a practicar y practicar? Como si no tuviera yo otra cosa que hacer, ¿acaso soy un crío pequeño?”

Y qué decir de la logística… se puede pagar por un consultor de formación que venga 4 horas y me encapsule la formación, ¿pero tener a una persona durante semanas o meses dando seguimiento a los avances de tortuga de los alumnos? ¿Estamos locos? Lo dicho, un cursito y gracias me deberías estar dando.

Y así llegamos al punto del absurdo habitual en el terreno de la formación: dinero, esfuerzo y tiempo empleados en algo que no vale para nada y que tiene un impacto limitadísimo en el mejor de los casos. Que sí, que es más barato que la otra opción en términos absolutos… pero si no funciona, ¿entonces para qué?

Creo que debe haber otra forma de hacer las cosas. Creo que hay un espacio para aplicar la filosofía de los cuadernos de Rubio al desarrollo de habilidades profesionales. Creo que el potencial de impacto es muy grande, tanto para las empresas (¿no se van a beneficiar de individuos que comuniquen mejor, que lideren mejor, que gestionen mejor su tiempo, etc, etc.?) como para los individuos; en estos tiempos que corren, invertir en tus habilidades es el mejor favor que puedes hacerte a ti mismo porque es de las pocas cosas a las que podrás agarrarte cuando mañana cambies de empresa, de sector o de orientación profesional.



Aprendiendo a aprender

Este es un post recopilatorio después de varias semanas trabajando sobre el concepto de “aprender a aprender”. En él he intentado resumir y dar homogeneidad a un conjunto de ideas procedentes de diferentes fuentes. Obviamente, el resultado es muy personal, y abierto a mejora y a crítica. Y desde luego, no pretende ser un tratado académico; apenas unos apuntes básicos. Sin embargo, para mí y en mi momento actual creo que recoge y documenta bien los aspectos esenciales relacionados con la idea.

Introducción: ¿por qué aprender a aprender?

Empecé a interesarme por este tema unas semanas atrás. “Quiero aprender algo, ¿pero qué?“, me preguntaba. Alguien sugirió entonces que una habilidad muy importante, precisamente por su impacto en futuros procesos, que es “aprender a aprender”. Efectivamente, esta habilidad se convierte en una especie de catalizador del aprendizaje, en la medida en que permite hacer más eficiente cualquier esfuerzo posterior aplicado a otras materias. Así pues, me pareció un buen punto de partida al que dedicar un primer proceso de “aprendizaje focalizado”.

“¿Aprender a aprender? ¿A tu edad?”. Alguno dirá que, con casi 40 años, ya era hora. Posiblemente. Pero lo cierto es que hasta hoy mis procesos de aprendizaje han sido bastante… desordenados, desestructurados. Orgánicos, podríamos decir. Soy mucho de picotear de aquí y de allá, de interesarme por un tema y por otro, de “chapotear en muchos charcos”, de actuar a impulsos, de leer, tuitear y no consolidar. Sin duda he aprendido cosas a lo largo del tiempo, y no me ha ido precisamente mal ni a nivel académico ni a nivel profesional. Algo habré aprendido. Pero si soy un poco crítico, creo que mi aprendizaje puede ser muchísimo más eficiente. Por eso decidí empezar a trabajar en bloques de aprendizaje focalizado, intentando dar sistemática y estructura a ese proceso. Decidir algo que quiero aprender, dedicarle unas semanas a profundizar en ello (sin dispersarme en otros asuntos) hasta llegar a un punto de conocimiento satisfactorio, recopilar dicho conocimiento y estructurar los mecanismos necesarios para mantenerlo fresco a lo largo del tiempo. Y teniendo en cuenta el carácter multiplicador de la habilidad de “aprender a aprender”, decidí que fuese ésta la protagonista del primer ciclo. Este artículo es el resultado, mi resumen particular.

Contenido

He estructurado el contenido en seis bloques principales, como refleja el mapa mental que he elaborado.

Aprender a aprender mapa mental

Visión

Como decía Covey, “empezar con un fin en mente”. ¿Qué voy a aprender? ¿Por qué? ¿Para qué? Tener claras las respuestas a estas preguntas es importante. “It’s hard to learn if you’re not into it”, dice el doctor Terry Sejnowski. Sobre todo porque el proceso puede ser largo, dificultoso, frustrante en algunos puntos. Requiere esfuerzo y dedicación, y más en escenarios de autoaprendizaje donde tú eres el motor y no dependes de nadie que tire de ti. Habrá momentos en los que sea necesario recordarte a ti mismo “por qué” y “para qué” estás haciéndolo.

En este sentido, también es interesante el concepto de “Target Performance Level” que esboza Josh Kaufman: ¿cuál es el nivel de profundidad que queremos alcanzar en el desarrollo de un conocimiento o habilidad? ¿qué es lo que nos vemos haciendo una vez hallamos hayamos llegado a dicho nivel? No es lo mismo aprender inglés lo suficiente como para ayudar a los niños a hacer los deberes, como para defenderse en cuatro conversaciones sencillas en un viaje de dos días, como para ver series en versión original, como para desarrollar una actividad profesional bilingüe… Tener claro este “nivel deseado” permite dirigir mucho mejor los esfuerzos (qué debo aprender, y también qué debo ignorar), y nos da un criterio para valorar nuestros avances.

Materia

Una vez que sabemos qué queremos aprender, y con qué objetivo, tenemos que ser capaces de crear nuestro propio programa académico. Cualquier materia que queramos abordar va a ser más amplia y más profunda de lo que vamos a poder abarcar, por lo que es necesario reducirla a elementos más manejables. Deconstruirla, y seleccionar aquellos elementos que resulten prioritarios, las “piedras angulares” que sean más relevantes para alcanzar nuestro objetivo con la mayor rapidez posible. Y estructurarlos de forma que sigan una secuencia lógica, ya que el aprendizaje es más sólido si se va construyendo sobre elementos previamente aprendidos.

Este proceso de configuración de la materia es difícilmente lineal, requiere sucesivas aproximaciones, borradores que se van asentando poco a poco. Necesitas investigar a lo ancho, para entender la amplitud de lo que estás abordando y tener el máximo contexto posible, y a la vez realizar catas que te permitan asomarte a la profundidad, al detalle. Contamos con ayuda, claro: bibliografía introductoria, cursos básicos, expertos que nos puedan dar su visión… Aun así, es fundamental el componente crítico; al fin y al cabo estamos elaborando nuestro propio programa, para nuestros propios fines. Solo nosotros sabemos lo que queremos y lo que no, dónde queremos profundizar y dónde no.

Técnicas

Llega el momento de incorporar toda ese conocimiento a nuestro bagaje. Seguramente en el proceso de investigación que nos ha llevado a definir nuestro “programa académico” hemos ido adquiriendo una visión más o menos difusa, pero hay que consolidarla, darle más solidez.

  • ¿Cómo codificamos el conocimiento para que permanezca con nosotros? Nuestro cerebro funciona de forma básicamente relacional; cualquier contenido tiene más probabilidades de ser incorporado si está relacionado con un conocimiento anterior. El uso de analogías (“esto es como aquello”) es por lo tanto muy poderoso. Del mismo modo, la utilización de recursos visuales ayuda al recuerdo y la relación. Las técnicas mnemotécnicas nos permiten aprender “de memoria” (una habilidad largamente denostada, pero que tiene sin duda su utilidad). La capacidad de comprimir el conocimiento (agrupando elementos relacionados entre sí para ser tratados como uno solo) nos permite, mediante el uso de esquemas, mapas mentales, etc… consolidar grandes cantidades de información relacionada en poco espacio.
  • La práctica/repetición es el elemento fundamental de incorporación de conocimientos. Debe prolongarse en el tiempo, con una cantidad de descanso adecuada entre sesiones. Entremezclar la práctica de distintas habilidades parece que refuerza el proceso (“a change is as good as a rest”, dicen los anglosajones).
  • Dentro de ese escenario, es importante el concepto de práctica deliberada. Es decir, no vale con dedicar horas de cualquier manera. La práctica deliberada hace énfasis en empezar despacio, asentando las bases, prestando atención a los detalles… antes de empezar a coger velocidad y refinamiento. También resalta la importancia de centrarse en practicar y repetir aquello que nos resulta difícil, que no nos sale.
  • Por último, entre las técnicas para reforzar el aprendizaje destaca frente a otras técnicas la realización de pruebas, exámenes. Cuestionarnos sobre lo aprendido nos permite, mediante el esfuerzo necesario para responder, consolidar lo que ya sabemos y descubrir aquellos puntos que debemos reforzar.

Teoría

Algunos conceptos teóricos subyacentes, y que me han resultado especialmente interesantes:

  • La sinapsis como mecanismo principal del funcionamiento cerebral. La creación de conexiones entre neuronas es la responsable de lo que aprendemos. El cerebro es plástico, ya que constantemente están formándose esas conexiones.
  • El “chunking“, o la agrupación de elementos, es la capacidad que tiene el cerebro para tratar un conjunto de elementos relacionados como si fuera uno solo, permitiéndonos ampliar nuestra capacidad de proceso. Por eso funcionan los resúmenes, como una agrupación máxima de elementos que posteriormente se van desplegando en varios niveles de detalle.
  • El modo de pensamiento focalizado en contraposición al difuso. El focalizado, relacionado con el trabajo consciente, es el que nos permite manejar un número limitado de elementos. El difuso, relacionado con el trabajo inconsciente (el que se produce cuando estamos pensando en otra cosa, incluso cuando estamos descansando) permite la relación de muchos más elementos, la creación de conexiones menos evidentes. Ambos son necesarios, y para ambos hay que dejar tiempo.
  • La memoria a corto plazo y la memoria a largo plazo. La primera nos permite trabajar con lo que tenemos aquí y ahora; pero si queremos consolidar conocimientos debemos hacer un esfuerzo consciente en trasladarlos a la memoria a largo plazo. Las técnicas de trabajo están muy relacionadas con este objetivo.
  • Conocer la curva de aprendizaje (distinguiendo además entre aprendizaje percibido y real) nos permite fijar expectativas, conocer de antemano las distintas etapas que aparecen de forma recurrente. Al enfrentarnos a una nueva actividad nos sentiremos abrumados, pero enseguido empezaremos a hilar cosas y tendremos un progreso muy rápido. Tras esa etapa de euforia, sufriremos una cierta regresión que transcurre paralela a la conciencia de cuánto nos queda por saber. A partir de ahí, el conocimiento se va consolidando de una forma mucho más realista.
  • Teoría vs práctica: la teoría es relevante solo en la medida en que nos resulte útil para alcanzar el nivel que nos hemos prefijado.

Hábitos

  • Descansar: los ciclos de esfuerzo y descanso son necesarios para facilitar el funcionamiento cerebral. Mientras descansamos, además de recuperar energía para el trabajo focalizado, permitimos que el cerebro entre en el modo difuso.
  • Sueño: el sueño forma parte de los ciclos de descanso (en el sentido en que permiten a nuestro cerebro trabajar en modo difuso, inconsciente) pero además parece que tiene un efecto fisiológico de limpieza de toxinas en el cerebro, una especie de lavado y puesta a punto que permite que los procesos cognitivos continúen funcionando correctamente.
  • Ejercicio: parece que la ciencia corrobora el viejo dicho de “mens sana in corpore sano”. De hecho, la actividad física parece que es capaz incluso de promover la regeneración neuronal.
  • Eliminar barreras: disponer de todos los materiales que vayamos a necesitar durante nuestras sesiones de aprendizaje, eliminar distracciones, tener un entorno adecuado… va a facilitar que nos sumerjamos en el estudio. Se trata de ponérnoslo fácil.
  • Compromisos: la asunción de compromisos (monetarios, con otras personas, público) parece que refuerza los procesos de aprendizaje (en realidad, cualquier proceso de adquisición de hábitos)
  • Persistencia: el proceso puede alargarse, ser frustrante… por eso es importante crear hábitos que transformen el aprendizaje en rutina, utilizar mecanismos (como la técnica pomodoro) que nos ayuden a vencer a la procrastinación, incluso asumir un compromiso inicial (como el de las 20 horas de Kaufman) que nos evite abandonar cuando las cosas se pongan feas.

Filosofía

Aquí recojo algunas notas que me han resultado interesantes a la hora de abordar cualquier proceso de aprendizaje

  • Mentalidad de crecimiento: frente a la visión de mentalidad fija, la mentalidad de crecimiento defiende que independientemente de nuestros condicionantes de partida todos somos susceptibles de mejorar. Que es más importante centrarse en el proceso (que es algo que está a nuestro alcance manejar) que en el resultado.
  • Mentalidad de principiante: tenemos que luchar contra la ilusión de conocimiento (esa sensación que tenemos a veces de “yo ya lo sé”, y que nos impide sumergirnos en el aprendizaje), y también asumir que el proceso de aprendizaje estará lleno de errores. De nada vale quedarnos en la seguridad de lo que ya hacemos bien, sino que debemos buscar deliberadamente aquello que hacemos mal para mejorarlo. Debemos invertir en la pérdida, saber que es fallando cuando aprendemos.
  • Interiorización: el proceso de aprendizaje, si está correctamente desarrollado, acaba resultando en una asimilación tan completa de lo aprendido que dejamos de percibirlo conscientemente. Hacemos entonces las cosas de forma automática, inconsciente; pero sólo después de haberlas repetido una y otra vez de forma consciente. La intuición, dicen, es todo aquello que hemos olvidado que un día aprendimos; o también que es el puente entre nuestro consciente y nuestro inconsciente. Una vez que hemos interiorizado algo, somos capaces de ver más allá, de prestar atención a un montón de detalles y matices adicionales que, cuando estamos en un nivel de desarrollo inferior, nos pasan completamente por alto porque nuestra atención consciente está preocupada de lo básico que todavía no dominamos.
  • Personalización: en última instancia, sea lo que sea lo que aprendamos, debemos permitir que se fusione con nuestra esencia, nuestro yo más profundo. No debemos autoimponernos una visión de la práctica que no vaya con nosotros, que se aleje de nuestra forma de ser y de ver el mundo.

Fuentes

Algunas fuentes que he utilizado para documentarme:
Curso “Learning how to learn” de la Universidad de California – San Diego
The 4-hour chef, de Tim Ferriss
The Art of Learning, de Josh Waitzkin
The first 20 hours, de Josh Kaufman
Conferencia de Anxo Pérez en Mentes Creativas

Y por supuesto, artículos, webs, etc… que he ido enlazando dentro del texto.

Seguro que en el futuro habrá más lecturas, que quizás me lleven a modificar este esquema. Pero de momento, para mis objetivos, este resumen me vale.



Dedica 20 horas a aprender

En esta charla, Josh Kaufman plantea las claves principales de su libro “The first 20 hours“. Intentando pasar por encima de barniz “marketiniano” que tienen los lanzamientos editoriales (“cómo aprender cualquier cosa de forma rápida”, dice… como si te vendiera el bálsamo de Fierabrás que todo lo cura), creo que hay algunas ideas interesantes que merece la pena rescatar:

  • La visión. Como dice Covey, “empezar con un fin en mente”. ¿Qué quieres aprender? ¿Para qué? ¿Con qué profundidad? El ser capaz de visualizar “qué somos capaces de hacer” una vez hayamos concluido el proceso de aprendizaje es el primer paso para saber cómo focalizar nuestros esfuerzos. No es lo mismo tocar la guitarra para dar un concierto de música clásica, que aprenderse cuatro acordes básicos con los que tocar alrededor del fuego en un campamento. Él lo llama el “target performance level”, pero vamos, es eso.
  • La deconstrucción y la investigación. Aunque él lo menciona como dos aspectos separados, para mí son dos caras de la misma moneda. El objetivo (como también mencionaba Anxo Pérez en su conferencia que referenciaba hace unas semanas) es “modularizar” la materia, romperla en trozos más pequeños, y ser capaz de priorizar cuáles son los más importantes, aquellos que nos van a llevar a cubrir el objetivo. La investigación es necesaria para saber “cómo partir” el contenido, y para saber la importancia relativa de cada uno de los trozos.
  • El aprendizaje es un proceso costoso en sí mismo, por lo que debemos tratar de “ponérnoslo fácil”. Eliminar distracciones, tener a mano todos los recursos necesarios… en definitiva, eliminar en la medida de lo posible cualquier fricción externa que nos dificulte poner foco.
  • El compromiso de las 20 horas, que es el leitmotiv de su libro. Es decir, si decidimos aprender algo, que sea por lo menos durante 20 horas. ¿Por qué? Su planteamiento es que 20 horas es una barrera suficientemente ambiciosa como para servir de criba inicial a nuestra voluntad real de aprendizaje. No es lo mismo decir “voy a aprender a tocar la guitarra” (así en genérico) que decir “voy a dedicar al menos 20 horas a tocar la guitarra”; si nos da pereza ese compromiso, mejor dejarlo antes de empezar.
  • Además, entiende que 20 horas es una cantidad de tiempo que nos puede hacer adquirir un conocimiento significativo como para que merezca la pena (puede parecer poco, pero piensa… ¿cuándo fue la última vez que dedicaste 20 horas de esfuerzo consciente y orientado hacia un objetivo concreto? ¿mejoraste significativamente o no?).
  • Considerar esas 20 horas como un único bloque nos va a permitir “aguantar el tirón” de la frustración inicial (donde todo es confuso, cometemos errores, no sabemos por dónde nos da el aire…) y llegar a un punto donde empecemos a tener la sensación de que sabemos de qué va la cosa.
  • Por último, si resulta que pasadas esas 20 horas concluimos que aquello que decidimos aprender no nos aporta demasiado, y que no queremos profundizar más… la inversión realizada habrá estado limitada.


¿Qué quieres aprender? Y sobre todo, ¿por qué?

Con esto de mi cambio de ciclo, estoy sintiendo una efervescencia interior, así como “ganas de hacer cosas”, que durante una época habían estado un poco sepultadas. Tengo más tiempo, y sobre todo menos “preocupaciones” de esas que te roban la energía aunque no les dediques atención. Y una de las cosas que me apetecía hacer era “aprender algo nuevo”. Porque, aunque soy un firme defensor de que siempre hay que estar aprendiendo, la realidad es que yo llevaba ya mucho sin someterme a un proceso de aprendizaje “estructurado” (sí, incoherente, lo sé).

El caso es que te pones a pensar y… ¿qué me pongo a aprender? A día de hoy, con la cantidad de recursos disponibles, las posibilidades son infinitas. Nadie se puede refugiar en el “no tengo acceso al conocimiento” para no aprender. Y quizás por esa inmensidad de opciones, aplicando la paradoja de la elección, me siento un poco abrumado.

Lo que más me inquieta, en realidad, no es elegir algo “que me sirva” (que podría ser un proceso racional tras el cual podrías llegar a determinadas conclusiones), sino elegir algo “que me apetezca”. La motivación es esencial en el aprendizaje, como lo es en cualquier empresa a largo plazo. Es la motivación la que te hace ser un agente activo del proceso de aprendizaje (eres tú el que busca, el que estructura, el que aprovecha lo que aprende), y la que te hace superar los inevitables baches que se producirán en él (cuando estés cansado, cuando no te apetezca, cuando te tengas que quitar tiempo de otras cosas).

Y en esas estamos. Transformar ese etéreo deseo de aprender en un aprendizaje concreto me está resultando difícil. A cada cosa que me planteo aprender la someto a un tercer grado: ¿realmente quieres aprender esto? ¿por qué? ¿para qué?

Aunque quizás el enfoque deba ser otro. Coger una materia y empezar a trabajarla. Irse “enamorando” poco a poco de ella. Hacer un esfuerzo consciente en sacarle partido. Quizás esperar a una especie de iluminación sea la mejor forma de no empezar nunca.



Una rutina contra el aprendizaje desordenado

Cuando hace unos días reseñaba una charla sobre aprendizaje, uno de los puntos que más me llamó la atención fue precisamente uno que se suele pasar por alto: la importancia de consolidar lo que uno aprende. Efectivamente, muchos métodos se centran en “dar el temario” y se olvidan precisamente de lo importante que es “no olvidar”. La metáfora del grifo que echa continuamente agua a la bañera sin fijarse en lo que se va por el desagüe.

Dentro del aprendizaje, tal y como yo lo entiendo (y es obvio que no soy un experto), hay tres fases importantes:

  • El consumo: consiste en la recopilación de información. Lees un libro, escuchas una charla, ves un tutorial en youtube… el caso es que hay elementos nuevos que llegan desde el exterior a tu cabeza.
  • El entendimiento: es el procesado de la información que consumes. Se trata de filtrarla, priorizarla, darle sentido, analizarla, asociarla, sintetizarla, completarla. Es el trabajo necesario para “interiorizar”
  • La memorización: en la fase de entendimiento estamos trabajando con la memoria a corto plazo. Es a lo que estamos dedicando nuestro foco inmediato. Sin embargo, en un momento dado debemos dejar de trabajar en esa información y pasar a hacer otras cosas. Pero es fundamental ser capaz de recuperar ese trabajo más adelante, bien para poder seguir trabajando en él, o bien para sacarle partido. Este viaje de la memoria a corto plazo a la memoria a largo plazo es esencial. Y no, esto no significa “estudiar de memoria” (que para mí supondría saltarse la fase de “entendimiento”), sino completar el estudio de forma racional.

Tony Buzan, en su libro “Use your head”, hacía una defensa del proceso de “repasar” como método para consolidar el conocimiento en la memoria a largo plazo. Según él, el aprendizaje que no se repasaba sufría un deterioro de casi el 80%. Es decir, si simplemente nos quedamos en la primera y segunda fase del aprendizaje, las cosas se nos olvidan. Sin embargo, con una rutina de repaso podemos traspasar el conocimiento a la memoria a largo plazo y aprovecharlo prácticamente al completo, tanto de forma directa como para que sirva de vínculo a nuevos aprendizajes.

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Reflexionando sobre estos temas, me doy cuenta de cuántas veces nos sometemos a un aprendizaje desordenado. Consumimos mucha información a salto de mata (¿cuántos libros lees? ¿cuántos artículos? ¿cuántas charlas? ¿de cuántas temáticas distintas?), la elaboramos entre poco y nada (¿cuánto tiempo dedicamos a resumir, esquematizar, integrar con el conocimiento previo… todo aquello que consumimos?), y recordamos menos. Consecuencia: un montón de tiempo y esfuerzo que nos deja un rédito escaso.

Creo que tenemos (desde luego yo sí) un enorme margen de mejora. Lo bueno es que esa mejora es fácilmente alcanzable. Es solo cuestión de poner un poco más de foco (hacer un consumo consciente de información… ¿qué quiero aprender? ¿qué fuentes me lo pueden proporcionar?), trabajo (ese material que consumes hay que moldearlo para interiorizarlo) y rutina (para consolidar el aprendizaje).



Ideas sobre enseñanza y aprendizaje de Anxo Perez

El otro día estuve viendo esta charla de Anxo Pérez. En ella, desgrana ocho claves que le llevan a concluir que es posible aprender un idioma en 8 meses. Partamos de la base de que este tipo tiene una empresa y un método para aprender chino en 8 meses… así que su charla está bastante influenciada por esta circunstancia (incluso el empeño en estructurar su charla en 8 argumentos… que alguno se queda un poco flojo). En el fondo, tiene parte de venta de “estas son las razones por las que mi método funciona”. Sin embargo, pese a ese sesgo, tiene algunas claves interesantes sobre el proceso de aprendizaje, y cómo merece la pena tenerlas en cuenta en procesos de enseñanza.

¿Cuáles son los argumentos que más me han gustado?

  • Priorizar: a la hora de abordar el aprendizaje de una materia, no todos los elementos tienen la misma importancia. Es el principio de Pareto en su esplendor. Puestos a dedicar tiempo y esfuerzo a aprender algo, mejor centrarse primero en aquello que aporte más.
  • Conectar: aprender cosas relacionadas con cosas ya conocidas ayuda a la asimilación (por asociación) y a la retención. Así que es importante diseñar itinerarios de aprendizaje que vayan construyendo sobre lo ya aprendido. Un continente que se expande frente a multitud de islotes desperdigados.
  • Resultados inmediatos: poder aplicar lo aprendido de forma inmediata refuerza la motivación (¡el esfuerzo me ha servido de algo!) y la retención.
  • Alumno protagonista: no es el maestro el que enseña; es el alumno el que aprende. Y por lo tanto, debe ser él (de acuerdo a sus circunstancias e intereses) el que marque el ritmo, la evolución, lo que le interesa y lo que no, incluso la forma de aprender. El “enseñante” debe ser flexible al máximo, y acompañar al alumno en ese proceso.
  • Teoría al servicio de la práctica: la práctica manda. La teoría solo tiene sentido en la medida en que facilite la práctica. A nadie le interesa saber cómo funciona un motor para aprender a conducir, ni tiene que ser un experto en física para entender cómo trazar una curva.
  • Cuantificar: la importancia de dividir el aprendizaje en “tramos más asequibles” (la escalera y los escalones). De esta forma trasladamos el objetivo a largo plazo (que puede quedar diluido por lejano) en miniobjetivos a corto plazo que nos ayudan a tener un mayor sentimiento de logro en el proceso. Realmente este argumento me deja un poco más frío, aunque quizás tenga su base.
  • Retención: un concepto interesante que, si nos damos cuenta, es obviado de forma frecuente. El aprendizaje tradicional se centra mucho en “echar agua en la bañera” (introducir muchos conocimientos) y pasa de puntillas sobre el “desagüe” (todo lo que olvidamos). Dedicar tiempo e introducir técnicas específicas para la retención es tan importante o más que “dar todo el temario”. Es absurdo (y una pérdida de tiempo) “aprender” mucho si olvidamos mucho.

Como decía al principio, aquí hay bastantes puntos para la reflexión. Quizás el problema que le veo es “a quién va dirigido”. Creo que quienes más jugo pueden extraer de ello son quienes “diseñan experiencias de aprendizaje para otros”. Es decir, tú eres un experto en un área, y diseñas un método para que otros aprendan. Ahí sí puedes saber cuál es el conocimiento importante y cuál no, qué conocimientos están mejor conectados con otros, qué teoría es pertinente y cuál no, qué variedad de metodologías pueden aplicarse a los distintos tipos de alumnos para acompañar su proceso, etc… Estas son cosas que un “aprendiz” no puede, en gran medida, decidir por sí mismo porque carece de la visión global de la materia.

Aun así, también hay reflexiones rescatables que podemos aplicar a nuestros propios procesos de aprendizaje. ¿Estamos poniendo en práctica lo que aprendemos? ¿Estamos haciendo un esfuerzo consciente por retener (trasladando el conocimiento de la memoria a corto plazo a la de largo plazo)? ¿Somos capaces de conectar lo nuevo con lo que ya sabemos? ¿Somos críticos con los materiales que nos ofrecen, discriminamos… o nos tragamos todo sin chistar? ¿Adaptamos el aprendizaje a nuestra forma de aprender?

Mucha miga. Lo de los idiomas es la excusa… :D

PD.- Bonus track… hice un sketchnote rápido mientras seguía la charla. Y una frase que me gustó: “el conocimiento no hace tu vida más larga… pero sí más ancha”

aprender idiomas 8 meses

 



La importancia de la práctica deliberada

Hace unas semanas estuve leyendo un libro llamado “Moonwalking with Einstein“. Se trata de un relato, bastante entretenido, de cómo un periodista se acerca al mundo de la mnemotecnia (técnicas de memorización) y los concursos de memoria, y decide prepararse para competir en uno de ellos. A lo largo de su periplo va haciendo un repaso tanto de la historia de la disciplina, como de distintas técnicas. Y todo de una forma bastante desmitificadora, además.

El caso es que el autor cuenta cómo se empieza a preparar, comienza a utilizar técnicas mnemotécnicas… y empieza obteniendo resultados soprendentes, dando un salto cualitativo enorme en sus capacidades. Y así continúa, dedicándole horas, incrementando su nivel por encima de la media… hasta que llega un punto en el que, a pesar de la dedicación, se estanca. No consigue mejorar sus “marcas personales”. Y entonces se frustra: “¿cómo es posible, con la de tiempo que le estoy dedicando, que no mejore?”

En ese punto interviene uno de sus mentores, que le da una serie de consejos, gracias a los cuales consigue salir de ese estancamiento y volver a coger la senda de la mejora.

El caso es que el autor, después de completar su aventura, remarca este punto como uno de los más importantes de todo el proceso. Y de hecho lo extrapola (y ahí es donde a mí me resulta aleccionador) a cualquier otra práctica. Porque yo mismo lo he vivido (en mi caso, por poner el ejemplo más reciente, con la guitarra), y sus reflexiones me pueden servir para “desbloquearme”.

En cualquier disciplina que emprendes, el inicio de la curva de aprendizaje es bastante rápido. A poquito que practicas, aunque sea sin ningún orden ni concierto, pasas de “la nada” al “algo”, y el retorno de cada minuto de práctica es muy elevado. Sin embargo, a medida que avanzas, las cosas se complican. Cada nuevo paso cuesta más, mientras que el resultado no es tan aparente. Hasta que llega un punto en el que te estancas: por ti mismo no eres capaz de avanzar más, y eso aunque le dediques tiempo (que normalmente se centra en volver una y otra vez sobre lo ya conocido). No es extraño que aparezca la frustración (si tienes voluntad de seguir avanzando) o el acomodamiento (si piensas “bueno, con este nivel ya me vale”). De hecho, se suele denominar este punto el “OK Plateau

Este fenómeno ha sido estudiado por la psicología. En el libro se mencionan los estudios de Fitts y Posner, en los años 60, en los que se describen tres etapas en la adquisición de una nueva habilidad: la fase cognitiva (en la que prestamos atención consciente, con una perspectiva analítica, al aprendizaje), la fase asociativa (en la que cada vez interiorizamos más la práctica)… hasta llegar a la fase autónoma, en la que nuestro cerebro “da por aprendida” la habilidad, y deja de prestar atención a la misma. Es ese punto en el que se produce el estancamiento, el tiempo dedicado a la práctica no se traduce en ninguna mejora porque nuestro cerebro simplemente está “ejecutando algo ya sabido”, no aprendiendo nada nuevo.

¿Es insuperable ese estancamiento? No. De nuevo el libro menciona a Anders Ericsson (experto en análisis de rendimiento), que se refiere a un conjunto de técnicas orientadas a sacar a nuestro cerebro de la “fase autónoma” y obligarle a devolverle a las etapas previas del proceso de adquisición de la habilidad. Rutinas muy focalizadas, muy concretas, a las que denomina “práctica deliberada“, y que se basan en las ideas de centrarse en la técnica, orientación a resultados y feedback constante e inmediato.

Estas reflexiones me hicieron pensar, y reflexionar sobre algunas de mis propias experiencias de aprendizaje. Por ejemplo, conducir. Cuando “aprendes a conducir” pasas la fase cognitiva (“embrague, freno, acelerador”, o aprenderte las señales o las prioridades en un cruce, o “cuando las revoluciones lleguen a 3000 cambia de marcha”). Durante las prácticas y primeros meses de conductor, pasar por la fase asociativa (interiorizas y automatizas esos conocimientos). Y luego… simplemente conduces. Tu cerebro “da por aprendida” la habilidad, alcanzas un nivel que consideras adecuado… y a otra cosa mariposa. Salvo que seas un profesional de la conducción, que entonces seguirás desarrollando técnicas específicas (p.j. conducción en mojado, habilidades acrobáticas, gestión de la electrónica, etc.).

O, como decía antes, aprender a tocar la guitarra: empiezas analizando el mástil, los trastes, las notas. Aprendes a leer diagramas para poner acordes. Todo fase cognitiva… que va dando paso a la fase asociativa (los acordes empiezas a automatizarlos, etc.). Hasta que llega un punto en el que eres capaz de tocar algunas cancioncillas… y entonces sientes que ya no estás aprendiendo, sino simplemente poniendo en práctica lo ya aprendido. Tocas, pero no mejoras.

A los músicos dedica el autor un párrafo: “Los músicos amateurs, por ejemplo, tienden más a dedicar su tiempo de práctica a tocar canciones; por el contrario, los profesionales tienden más a realizar tediosos ejercicios o a practicar las partes más difíciles de las piezas”. Práctica deliberada.

Algo parecido he oído (esto no es experiencia de primera mano :D) sobre el deporte. Alguien empieza a correr, y simplemente con la práctica va mejorando sus tiempos. Hasta que llega un punto que el mero hecho de “salir a correr” no le mejora. Necesita empezar a desarrollar técnicas específicas (series, sprints, correr con resistencia) para mejorar. Y si nos vamos a nivel profesional, en el que ya analizan y practican la pisada, la zancada, el estiramiento de cada músculo…

En definitiva, y parafraseando de nuevo al libro: “Cuando quieres ser realmente bueno en algo, el cómo practicas es más importante que el cuánto practicas“. Hay que desafiarse continuamente a uno mismo, analizarse, fallar y aprender de los errores.

Y sólo por esta reflexión, leer el libro ya mereció la pena.



Leer y aprehender

Leía hace unas semanas una entrevista a Iñaki Gabilondo en la, por otra parte muy recomendable, revista JotDown. Gabilondo es un tipo que en términos generales me cae muy bien; incluso con las diferencias que pudiese tener respecto a su línea de pensamiento (especialmente la política), me parece un tío normalmente sensato, ponderado… y una entrevista como ésta, donde se tratan muchos temas, pues fue muy agradable de leer.

El caso es que, de todo lo que dice, hubo algo que se me clavó. Hablan de su afición a la lectura, sobre cuánto lee, cuánto relee… y cuánto olvida. Y dice…

“Sí, se me olvida todo, pero hace ya mucho tiempo que no me importa. Hubo un momento, cuando era más joven, que además de aprender quería aprehender, y cuando me di cuenta de que se me iban olvidando títulos, autores… sufría, porque me daba la impresión de que no estaba convirtiendo en útil lo que estaba aprendiendo. Pero hace ya unos 30 años que eso no me importa absolutamente nada, porque lo que pretendo me satisface y disfruto es la impregnación. Igual que con la música, no la quiero para nada más, para ningún uso posterior, lo que me haya dejado me vale. “

Si la wikipedia anda bien, Gabilondo debe andar ya rozando los 70. Es decir, que sus “hace unos 30 años” a los que se refiere encajan más o menos con mi momento actual. Me hizo pensar su frase, porque yo estoy viviendo ahora con esa sensación de que “no convierto en útil lo que aprendo”. Me interesan cosas, leo sobre ellas, muchos inputs entran en mi mente, intento que pasen a formar parte de lo que ya sé, hacer mapas mentales, tal y cual… pero tengo la percepción de que me dejo mucho en el camino. De que leo, y luego no hago nada con ello. De que aprehendo poco.

Quizás sea un signo de madurez llegar a lo que Gabilondo ha llegado. A que te dé igual, a que te baste con disfrutar del momento sin aspirar a más.