Tecnología y aprendizaje: donde la tecnología no llega

Hoy escribo en el blog de Javier Leiva. Javier profundiza cada día más en la tecnología como medio para el aprendizaje y la enseñanza, y se me ocurrió hacer un poco de “abogado del diablo” con él. Porque sí, la tecnología nos puede ayudar de mil y una maneras a la hora de aprender y desarrollar nuestras habilidades, pero hay un punto fundamental al que no llega.

Cuando me paro a pensar, creo que la capacidad de la tecnología para resolver esas dificultades es limitada. Porque no se trata de un problema externo, si no de un problema interno. Un problema de visión, de saber qué queremos aprender, y sobre todo por qué y para qué queremos aprenderlo.

Podéis leer el artículo allí: Donde la tecnología no llega



[Vídeo] Mi primer vídeo en Youtube

A principios de año me preguntaba si “haría un videoblog en 2017“, y durante unos cuantos párrafos me dedicaba a pensar en voz alta. ¿Tiene sentido? ¿No tiene sentido?

Bueno, pues como suelo comentar mucho con Alfonso Romay, nadie tiene la respuesta. Hay unos grados de incertidumbre que siempre van a estar ahí, y que no se van a despejar nada más que probando. “Demasiada gente se queda bloqueada esperando a que alguien más sabio le muestre el camino, pero no hay camino”. Ya lo decía Machado, se hace camino al andar.

Así que ahí voy, con mi primer vídeo en Youtube.

¿Por qué ahora? Pues la cosa es que estaba preparando una versión online del curso “Aprende mejor”. Escribiendo el guión, etc. Y cuando intentaba visualizarme grabando los recursos en vídeo… uf, me costaba un mundo. Siempre me he sentido incómodo delante de la cámara. No me gusta cómo me veo, no me gusta cómo sueno, me siento bastante… ridículo. Y eso, claro, es una barrera importante si quieres producir un curso online.

En mi libro sobre aprendizaje eficaz dedico todo un capítulo a hablar sobre esa sensación de incomodidad del que está desarrollando una habilidad. Esos momentos iniciales donde te sientes torpe, vulnerable, plenamente consciente de tu incompetencia. Y lo difícil que es enfrentar esas sensaciones, aguantar el tirón y sobreponerse para empezar a mejorar. Difícil, desagradable… pero imprescindible. Así que decidí que, en vez de rehuir esa sensación (como posiblemente he hecho en el pasado), esta vez me iba a aplicar mi propia medicina. ¿Quieres desarrollar esta habilidad? Pues hala, de cabeza fuera de la zona de confort.

Otro de los puntos del libro hace mención a la importancia de “poner en marcha un proyecto práctico” en el que puedas aplicar esa habilidad que estás desarrollando. Por eso, en vez de hacer mis pinitos “en privado”, he decidido volcarlos en el canal de Youtube, un medio que me “obligue”, que tire de mí. Y al final, una parte importante de “superar la sensación de ridículo” tiene que ver con exponerse, con que otros te vean. Así que dos pájaros de un tiro.

La verdad es que, una vez tomada la decisión, luego el proceso está siendo menos “doloroso” de lo que pensaba. Sí, me sigo encontrando incómodo; y sí, tengo cierta aprensión respecto a “qué pensará la gente”. Pero es lo que tiene la zona de “inconfort”… mientras la conquistas.

PD.- ¿Cuáles son mis planes con el canal en Youtube? Pues tal y como lo visualizo, será un complemento al blog. Si me lees habitualmente ya sabes de qué palo voy, los temas que trato… aunque también imagino que poco a poco iré explorando contenidos más adaptados al vídeo… iremos viendo :)



Éstos son los problemas que tienes para aprender

¿Cuáles son los problemas a los que se enfrenta la gente que quiere aprender cosas nuevas?

Desde que hace unas semanas lancé mi curso gratis para aprender mejor, más de 250 personas han tenido la oportunidad de seguirlo. Al inicio del curso, lo que hago es plantear dos preguntas: “¿Qué estás intentando aprender en tu vida actualmente?” y “¿Qué dificultades encuentras?”. Y si bien no todos los que han hecho el curso han participado, sí que hay una base de varias decenas de respuestas a partir de las cuáles extraer conclusiones.

Cuando planteé este arranque, me interesaba sobre todo visualizar la parte de las dificultades. ¿Cuál es el “dolor” percibido por la gente que quiere aprender cosas? ¿Qué es lo que sienten como una barrera para su aprendizaje? El objetivo es por un lado generar una reflexión a cada participante respecto a su experiencia personal, y por otro tener un input (muy valioso) respecto a cómo puedo yo aportarles valor.

Éstos son los resultados, que para mí son bastante reveladores:

Hay cuatro elementos que destacan entre los demás: la falta de constancia (mencionada por casi el 60% de los participantes), la dispersión, la falta de tiempo y la sensación de que olvidamos lo que aprendemos.

A nivel personal hago una valoración muy positiva de estos resultados, porque vienen a confirmar mis sensaciones previas, y a validar en gran medida el modelo Skillopment que estoy desarrollando. A veces tendemos a pensar que “aprender mejor” es una cuestión de tener mejores técnicas, o de revelar secretos conocidos solo por unos privilegiados; y en realidad el problema es mucho más sencillo (que no fácil de resolver). Como decía Aristóteles, “la victoria más dura es la victoria sobre uno mismo”.

¡Seguiremos trabajando en ello!

 

 



Siete actitudes imprescindibles para aprender a aprender

Learning to learnUno de los elementos fundamentales cuando uno quiere aprender mejor es darse cuenta de que “aprender a aprender” es una habilidad en sí misma. Y como tal, tiene una serie de mecanismos que es bueno dominar para aprender aquello concreto que queríamos, pero que además nos abre la puerta a aprender cualquier otra cosa que nos planteemos.

De alguna manera, esta revelación nos permite elevarnos respecto al aprendizaje concreto en el que estábamos metidos, y nos abre la perspectiva sobre nuestro “rol de aprendiz“.

Hace unos años se llevó a cabo el proyecto “Learning2learn” a nivel europeo en el que se exploraba esta “meta-competencia”. En uno de los documentos resultantes del proyecto (gracias a Juanda de LearningLegendario por la referencia), se plantean una serie de actitudes imprescindibles para ser un buen aprendiz:

  • Entender el aprendizaje más como un proceso que como un objetivo: porque al final, el aprendizaje no sale de la nada, sino que es el resultado de una cadena de acciones sobre las que podemos influir. Es ahí donde podemos concentrar nuestros esfuerzos.
  • Aceptar la responsabilidad propia sobre el proceso de aprendizaje: nosotros somos únicos; nuestro pasado, nuestras circunstancias, nuestros objetivos… y también somos nosotros quienes vamos a disfrutar/sufrir las consecuencias de lo que hagamos. Más nos vale asumir que debemos llevar el timón.
  • Ser consciente de tus propias preferencias respecto al aprendizaje: ¿cómo aprendo mejor? ¿Soy más de leer, de escuchar? ¿De trabajar solo o acompañado? ¿De explorar, o de ser guiado? Darse cuenta de todas esas cosas nos ayuda a tomar decisiones conscientes más adelante.
  • Ser capaz de planificar tu aprendizaje y valorar tus avances: si queremos que el aprendizaje sea eficaz, no podemos dejar que suceda de forma accidental y tácita. Tenemos que ser capaces de dirigirlo, aplicando lógica de gestión al proceso.
  • Ser capaz de observarse y evaluarse a uno mismo: verse desde fuera, abstraerse y analizarse con el menor sesgo posible, nos ayuda a dirigir de forma eficaz nuestro esfuerzo.
  • Autoconfianza para compartir el proceso con otros: porque el aspecto social del aprendizaje es relevante. Y aunque implica exponerse, y hacerse vulnerable, hay que afrontarlo con autoestima para poder extraer los frutos.
  • Dar y recibir feedback: dentro de ese componente social, debemos ser capaces de interactuar con los demás, ofreciendo nuestra opinión y a la vez escuchando y asimilando las ajenas.

En definitiva, “aprender a aprender” exige activarse uno mismo en ese rol de “aprendiz”, y empezar a contemplar el aprendizaje como un proceso que exige sus propias reglas y formas de afrontarlo.



[Entrevista] Gonzalo Álvarez Marañón y el Arte de Presentar

Entrevista Gonzalo Alvarez El Arte de PresentarHace unas semanas estaba comiendo con un buen amigo, y le contaba mi aventura de Skillopment. Y de repente me dijo: “te tengo que poner en contacto con una persona… estuve haciendo un proceso de coaching con él para temas de hablar en público y hacer presentaciones… y los ejercicios que hacíamos iban mucho en esa línea que me cuentas. Mira, se llama Gonzalo Álvarez, y su web es algo así como El Arte de Presentar”…

Lo que mi amigo no sabía es que yo a Gonzalo le tenía ubicado desde hace casi diez años. Por aquel entonces él empezaba su aventura con su blog “El Arte de Presentar“, y yo no hacía tanto que había dejado de ser el “consultor anónimo”. Seguía interesado por los temas de “presentaciones eficaces”, escribía sobre ello… y de hecho por ahí anda un comentario de Gonzalo en este mismo blog de aquella época :).

Lo cierto es que no habíamos tenido mayor contacto en estos años. Pero a raíz de la conversación con mi amigo, pensé que podía ser interesante tener una charla con él. Tenía curiosidad por ver cómo aplica él en concreto, cuando trabaja con sus clientes ayudándoles a desarrollar las habilidades de comunicación, los principios de los que yo hablo de forma más genérica en Skillopment. Se lo propuse, y aceptó muy amablemente.

El resultado es esta conversación, que quizás sea el inicio de una nueva aventura “podcastera”. Lo cierto es que ha sido un rato muy agradable, Gonzalo es (como podréis escuchar, y como posiblemente no podría ser de otra manera) un excelente comunicador, ameno e interesante. Así, la verdad, da gusto estrenarse.

Os dejo aquí insertado el audio; también podéis encontrarlo en Ivoox.

Éstos son los temas de los que hemos estado hablando:

  • 1:20 – La historia de Gonzalo, o de cómo un Ingeniero de Telecomunicaciones experto en seguridad y criptografía acaba formando en habilidades de comunicación.
  • 5:10 – La importancia de la habilidad de comunicación para casi cualquier profesional, y el contraste con lo poco y mal que se cultiva tanto en el ámbito académico como en el empresarial.
  • 17:00 – El objetivo de la comunicación, y cómo las metáforas que utilizamos (“enfrentarnos al público”) revelan nuestro modelo mental. Deberíamos considerar la comunicación como “hacer un regalo” (me recordó a Tamariz en esto), en el espacio de intersección entre la pasión y la aportación de valor.
  • 24:22 – No hay aprendizaje sin esfuerzo y sin dedicación. No hay pastillas mágicas. De nuevo, aquello de las verdades incómodas y las mentiras reconfortantes.
  • 27:42 – No todo el tiempo que pasamos practicando es igual de eficaz. La práctica deliberada, de nuevo a escena.
  • 30:58 – Estamos rodeados de ejemplos, y a veces puede ganarnos la ansiedad de “no ser tan bueno como…”. Pero no todos tenemos que ser el número uno; cada uno tenemos nuestros objetivos de aprendizaje, y podemos disfrutar igual a nuestro nivel.
  • 34:10 – El talento vs. el trabajo, y las distintas mentalidades con las que afrontamos este dilema. La mentalidad de crecimiento y la mentalidad fija a las que aludía Carol Dweck en su “Mindset“, y cómo para crecer, para diferenciarnos… hay que asumir riesgos y aceptar la posibilidad del error sin complejos. Pero siempre riesgos controlados, suficientes como para hacernos crecer pero no tan grandes como para garantizarnos el fracaso.
  • 45:35 – La importancia de tener referencias externas que nos sirvan para ir probando cosas, pero también de irnos llevando las cosas a nuestro terreno, destilando nuestra propia manera de hacer las cosas.
  • 48:48 – La figura del maestro, en dos roles diferentes: la figura que nos inspira, que nos impulsa a ser como él; y la que desde su conocimiento y su experiencia nos ayuda a corregir lo que hacemos mal.
  • 49:54 – La eficacia del aprendizaje, lo importante que es obtener el máximo rendimiento al tiempo y al esfuerzo que realizas, y hacerlo de forma que ese aprendizaje se consolide y sea real; porque si no sabes aplicarlo, en realidad no lo has aprendido.
  • 51:55 – Cómo se equilibran las acciones formativas puntuales (cursos) con la necesidad de persistir en el esfuerzo para un desarrollo real de las habilidades.
  • 54:58 – Cómo se plantea habitualmente la formación en las empresas, y cómo a veces se pone más énfasis en indicadores fácilmente controlables más que en lo que de verdad importa.
  • 58:04 – Consejos para mejorar tus habilidades de comunicación, con dos grandes protagonistas: cambiar el concepto de la comunicación tradicional (el del emisor y el receptor) por un enfoque mucho más centrado en la empatía, en ser capaz de ponerse en el lugar del otro y, desde ahí, entender qué mensajes necesita y cómo podemos hacérselos llegar. A nivel táctico, grabarse y verse en una cámara (superando el primer trago de “qué mal nos vemos”) ayuda a observarnos desde una posición externa, y a mejorar desde ahí.
  • 1:05:45 – El aprendizaje como proceso en el que, más que ser “ingeniero”, hay que ser constante y enfrentarse a una serie de miedos, y cómo en ese proceso el papel protagonista corresponde al aprendiz mucho más que al maestro (recupero mi “modelo curling de desarrollo“), y donde lo que puedes aportar al que aprende es gradualidad y acompañamiento.


Los ocho errores que cometemos al tomar notas

Tomar notas¿Tienes costumbre de tomar notas cuando consumes contenidos? Quizás estás viendo un vídeo en youtube, leyendo un libro, asistiendo a una charla, siguiendo un curso online… o quizás leyendo un post en internet, como éste. Al final, dedicamos muchas horas de nuestra vida a exponernos a nuevos conocimientos y fuentes de información. Y en el momento, a medida que lo procesamos, parece que todo tiene sentido. Lo entendemos y nos parece evidente que lo recordaremos pasado un tiempo. Pero tras unos días, incluso unas horas… ¿cuántas de esas cosas que nos parecían tan claras nos lo siguen pareciendo? ¿Cuántas hemos, directamente, olvidado? Y si lo hemos olvidado… ¿de qué ha servido?

Lo cierto es que tomar notas es una de las claves del aprendizaje eficaz, pero hay que hacerlo bien. Éstos son los errores más habituales que cometemos al tomar notas:

  • No tomar notas: vale, es una pequeña trampa. Pero es sorprendente la cantidad de personas que se pasan la vida consumiendo contenidos sin tomar notas. Puede que a ti también te pase. ¿Y por qué es un error? Primero porque el mero hecho de tomar notas nos involucra de una forma mucho más activa en la comprensión de lo que estamos leyendo/escuchando. Focaliza nuestra atención. Y por si fuera poco, las notas resultantes se convierten en una herramienta muy interesante. Nos sirven de referencia futura, base para el recuerdo, la relación y la acción.
  • Tomar notas literales: hay veces que nos esforzamos en que nuestras notas sean una transcripción casi literal de lo que leemos/escuchamos. Y eso inhabilita en gran medida el poder de la herramienta. Cuando estamos transcribiendo nos convertimos en máquinas de “registrar palabras”, sin que medie un esfuerzo de compresión, filtrado, priorización, relación… de la información que estamos recibiendo. Así que en realidad estamos trasladando a un momento posterior esa labor (si es que llegamos a hacerla), perdiendo un tiempo precioso.
  • No dejar espacio: quizás por una mala concepción del “aprovechamiento del espacio”, podemos tender a abigarrar nuestras notas. Márgenes estrechos, poca separación entre párrafos y entre líneas… El problema es que, por un lado, conseguimos un resultado denso y visualmente poco atractivo. Y eso tiene impacto a la hora de trabajar con nuestras notas (¿a quién le apetece enfrentarse a una página de texto pequeño y apretado, sin estructura aparente, sin espacio para respirar?). Y por otro, estamos quedándonos sin margen de maniobra para completar, añadir información o elementos gráficos… en un momento posterior.
  • No procesar las notas: como en algunos sistemas electorales, las notas requieren de una “segunda vuelta”. No es suficiente con el trabajo que hacemos en el momento de consumir el contenido (si bien no es lo mismo leer un libro que asistir a una charla). Es bueno volver sobre ellas para revisarlas, completarlas, resaltar las ideas clave, identificar elementos accionables (¿hay información en la que quiera profundizar? ¿hay cosas concretas que puedo aplicar? )… En definitiva, se trata a la vez de hacer un segundo ejercicio de incorporación del conocimiento, y a la vez de pulir la nota de cara a su utilidad futura.
  • No añadir elementos gráficos: el texto es importante, pero no es la única forma en la que nuestros cerebros procesan la información. De hecho, las imágenes pueden incorporar mucha información de forma directa, y añadir estructura a nuestras notas. Diagramas, separadores, llamadas de atención, dibujos metafóricos… sin necesidad de irse al extremo del sketchnoting, añadir elementos visuales a nuestras notas las enriquece y las hace más útiles.
  • Abusar de destacados, subrayados y colores: recordando el viejo aforismo, “cuando todo es importante, nada es importante”. La misión del subrayado (o de cualquier elemento visual asimilable) es destacar las ideas principales. Por propia definición, tienen que ser una proporción pequeña del total del contenido. El objetivo es poder procesar la información de forma rápida, y si destacamos casi todo no estaremos cumpliendo con nuestro objetivo.
  • No archivar las notas: tomamos notas, las procesamos… ¿y luego qué? ¿Dónde acaban? Papeles sueltos, cuadernos amontonados, archivos desperdigados en nuestro disco duro… Sí, han cumplido parte de su misión, pero en el medio y largo plazo las notas tienen también una función. Si no somos capaces de tenerlas ordenadas y accesibles perderemos esa parte de su poder. Tampoco hace falta un sistema complejo de archivo: basta con que, en formato físico o digital, seamos capaces de recuperarlas y trabajar con ellas.
  • No trabajar con las notas: una vez elaboradas y procesadas, las notas siguen teniendo una función. La primera, es que nos sirven para consolidar el conocimiento a través de la repetición espaciada; es decir, se trata de integrar una rutina de “repaso de notas” a lo largo del tiempo de forma que seamos capaces de trasladar esa información a nuestra memoria a largo plazo. Pero además, si las hemos procesado adecuadamente, las notas son la base para fases posteriores del proceso de aprendizaje, como la relación de conceptos, la identificación de acciones prácticas que se deriven de ese conocimiento o de áreas en las que profundizar a futuro.

El aprendizaje eficaz tiene dos componentes importantes: uno, que nos permita incorporar conocimientos y desarrollar habilidades de forma sólida y utilizable a largo plazo. Y dos, que se haga de la manera más eficiente posible, sacando el máximo partido del tiempo y esfuerzo que dediquemos. Para ambos objetivos, tomar notas es un elemento clave, y por eso en los cursos para aprender mejor tiene un papel protagonista.



El mejor curso es el que haces

Buscando un curso

Quieres aprender algo, desarrollar una nueva habilidad. Necesitas un curso, un método, un libro de referencia, un maestro. Hay que elegir bien, porque de eso depende tu éxito. Y hay tantas opciones… ¿cuál es la mejor? Entonces empiezas a recabar información, a pedir opiniones, a investigar. No te ayuda demasiado, porque sigue habiendo muchas opciones válidas. Le sigues dando vueltas. Empiezas uno, y no te convence, y piensas que tiene que haber una mejor alternativa. Culpa tuya, deberías haber investigado mejor. Y lo dejas, y vuelves a buscar, el curso perfecto está a la vuelta de la esquina y sólo es cuestión de buscarlo bien.

La paradoja de la elección

Barry Schwartz definía esta situación en la que la abundancia de opciones nos lleva a la parálisis. Enfrentados a un número casi infinito de alternativas, acabamos enredados en el proceso de decidir. Incapaces de comprometernos con una opción sin pensar si no nos estaremos equivocando, y demorando la decisión final.

Lo curioso es que en este proceso tenemos la sensación de que estamos dedicando horas al aprendizaje. Que lo estamos haciendo porque efectivamente estamos comprometidos con lo que queremos aprender. Por eso precisamente estamos poniendo tanto esfuerzo en elegir bien, ¿no? Pero la realidad es que ese tiempo es básicamente inútil en términos de aprendizaje real. Cada minuto que pasas eligiendo es un minuto que no pasas aprendiendo.

La ilusión del curso perfecto

Nos obsesionamos con la idea del curso “perfecto”. Creemos que, si dedicamos el tiempo suficiente a investigar, acabaremos encontrando ese recurso infalible que hará que nuestro aprendizaje sea sencillo, fluido, eficiente… inmejorable.

Nos olvidamos de la cruda realidad: que no hay curso perfecto. Todos van a tener puntos positivos y puntos negativos, cosas que nos gusten más y cosas que nos gusten menos. La fantasía de que existe un curso perfecto sólo nos va a generar una gran pérdida de tiempo en su búsqueda, y unas grandes dosis de frustración cuando finalmente elijamos y veamos que, ay, nuestra elección “perfecta” también tiene sus problemas. ¡Deberíamos haber investigado más!

Pero no. Más investigación no hubiese resuelto nuestros problemas. No es cuestión de que hubiese una “letra pequeña” que no hemos sido diligentes en leer. Es que la vida es así, no hay nada perfecto, todo tiene una “cara B” con la que tenemos que saber lidiar.

Done is better than perfect

Sabiendo esto, un enfoque mucho más eficiente para nuestro aprendizaje consiste en acortar de forma consciente la fase de elección. Seleccionar rápidamente un curso (o un libro, o un método… lo que sea), olvidarnos de las alternativas y dedicar nuestro tiempo, nuestro esfuerzo y nuestro foco a seguirlo con todas las consecuencias. No se trata de “coger lo primero que se me presente”, pero casi; si cumple unos requisitos mínimos (¿un autor o una institución de cierto prestigio? ¿cierto reconocimiento público? ¿opiniones decentes?) y se adapta a nuestros condicionantes (económicos, logísticos) seguro que es una opción razonablemente buena. ¿Es “la mejor”? Seguramente no, porque seguramente no existe tal cosa como “la mejor”. Lo importante es que nos ayude a avanzar.

Y es haciendo este curso que hemos elegido como vamos a avanzar. Lo que hace buena una decisión no es la decisión en sí misma, si no nuestro compromiso con ella. De las opciones que tenemos que delante, cualquiera podemos convertirla en “buena” si nos empeñamos en llevarla a buen puerto. Seguro que a medida que avanzamos habrá cosas que no nos gusten, y otras que no nos aporten; pero habrá muchas otras que sí, y ésas son las importantes.

Lo que nos aportará cualquier curso

Cualquier curso “imperfecto” pero seguido con dedicación adecuada nos va a proporcionar un avance. Nos va a dar perspectiva. Nos va a permitir profundizar en algunos aspectos. Nos va a dar herramientas y conocimientos útiles. Va a consolidar nuestra habilidad. Nos va a reforzar cosas que ya sabemos. Nos va a abrir nuevos caminos. Nos va a revelar aspectos que necesitamos trabajar más. Incluso nos va a dar mayor criterio a la hora de seleccionar nuestros siguientes pasos.

Cuando lo hayamos terminado estaremos mejor de lo que estábamos al principio, más cerca de esa “visión” que guía nuestros esfuerzos. Porque el avance no dependerá tanto curso en sí, si no del aprovechamiento que nosotros hayamos hecho de él y de la actitud con la que lo hayamos afrontado.

Y a partir de ahí estaremos en condiciones de seguir iterando. Porque el aprendizaje es un proceso de exploración, de experimentación, de mejora continua. Como dijo el poeta, “se hace camino al andar”.



¿Por qué ahora me cuesta aprender, si siempre fui buen estudiante?

¿Tienes la sensación de que te cuesta aprender? ¿Echas de menos la etapa de estudiante, cuando parece que aprender era más fácil?

Yo siempre fui un buen estudiante. En el colegio las cosas (menos la “educación física”, ¡ouch!) se me dieron bien sin demasiado esfuerzo. Terminé el instituto con matrícula de honor. En la Universidad no fue tan bien (¡hasta llegué a suspender dos o tres asignaturas!), pero acabé “Licenciado con Sobresaliente”. Otras cosas igual no tanto, pero estudiar se me daba bien (“¡Empollón!” – sí, soy culpable, deténganme).

Buen estudiante

Luego empecé a trabajar. Y ahí la cosa cambió. No es que no haya aprendido nada, claro; pero sobre todo aprendes “sobre la marcha”, a medida que te vas enfrentando a responsabilidades y desafíos. Aprender “como lo hacías en el colegio” es más difícil, cuesta mucho más trabajo. Es complicado poner en marcha procesos de “aprendizaje sistematizado”, y acabas teniendo la sensación de que te dispersas con facilidad, que vas picoteando de aquí y de allá, que eres incapaz de concentrarte durante el tiempo necesario, que vas a salto de mata… y al final tus esfuerzos no dan los resultados apetecidos. Sí, algo aprendes, claro; pero de forma poco eficaz. ¿Por qué?

Aprender cuando eres estudiante

Aprender siendo estudiante

Lo cierto es que, aunque no nos demos cuenta, cuando eres estudiante estás inmerso en una dinámica que juega a tu favor en muchos frentes:

  • Estás sometido a una sistemática y a unas rutinas: hay que ir a clase, hay unos horarios, hay que hacer ejercicios y deberes, hay que presentar trabajos, hay exámenes… hay alguien que va marcando el paso, y tú sigues el ritmo.
  • El aprendizaje (o su ausencia) tiene consecuencias directas: si no aprendes hay una mala nota, un examen suspendido, una charla en familia, la sensación de fracaso. También hay consecuencias positivas, claro; la satisfacción de una buena nota, la palmadita en la espalda, la posibilidad de acceder a una beca o a determinados estudios…
  • No hay otras prioridades en colisión: vale, sí, a todo el mundo le apetece más dedicarse a estar con sus amigos y a disfrutar de tiempo libre. Pero a la hora de la verdad (en términos generales; ya sé que hay gente que trabaja para poder pagarse los estudios, o que estudia mientras tiene cargas familiares) tu mayor responsabilidad como estudiante es… estudiar.
  • Le dedicas horas: al final, incluso si tienes tendencia a “saltarte clases” o a vaguear, hay un importante número de horas a la semana que dedicas a escuchar, leer, estudiar, practicar…
  • No estás solo: estás rodeado de decenas de otros estudiantes que están en la misma dinámica que tú. Y aunque también puedan ser fuentes de distracción (“¿una pocha?”, “¿una cerveza rápida y nos volvemos?”)… al final todos tienen clases, todos tienen deberes, todos tienen exámenes, y es más fácil “ir con la corriente”.
  • Hay unos planes de estudios: por mucho que los critiquemos, y por mejorables que puedan ser, al final están ahí. Hay alguien que se ha ocupado de definir qué conocimientos tiene sentido aprender, cómo se relacionan unos con otros, qué materiales le dan soporte, qué actividades y ejercicios conviene realizar, qué bibliografía interesa investigar…

Aprender cuando trabajas

Aprender cuando trabajasLa realidad es que, una vez estás en el mundo laboral, toda aquella dinámica que antes jugaba a tu favor desaparece, y de hecho se ve sustituida por muchos elementos de fricción que juegan en tu contra:

  • No hay sistemática ni rutina: tu rutina tiene que ver con “ser productivo”en tu trabajo, con llevar el día a día familiar y con distraerte, y no hay ni rastro de sistemáticas exógenas orientadas a tu aprendizaje. Eso es una inversión a largo plazo que depende de ti (y de nadie más) poner en marcha.
  • No hay consecuencias directas: ¿qué sucede si no aprendes algo esta semana? En realidad, nada; tu vida sigue. ¿Si no aprendes algo en un mes? Lo mismo. ¿En un año? Pues en realidad tampoco… hasta que un día las consecuencias aparecen de golpe. Porque por supuesto que hay consecuencias si dejas de aprender: pero son más difusas, indirectas y a largo plazo… y ésas suelen tener menos poder incentivador.
  • Hay otras prioridades en colisión: tienes unas responsabilidades profesionales, unas responsabilidades familiares, la presión por pagar las facturas… ya no es una cuestión de ocio o de pasarlo bien; hay otras cosas “serias” que no puedes ignorar y que compiten por tu atención y tu tiempo.
  • No le dedicas horas: como consecuencia de lo anterior (hay otras prioridades, y no hay un sistema que te lleve), el número de horas que dedicas a aprender y desarrollarte es mucho menor. E inconstante. Básicamente cuando puedes, y eso si llegado el momento te apetece; que no suele apetecerte.
  • Estás solo: alrededor de ti la gente está pensando en otras cosas, no en aprender. ¿Que no puedes salir de fin de semana porque estás estudiando? ¿Que no sigues la serie de moda porque dedicas tu tiempo a formarte? Eres el raro, el que va nadando contra corriente. Y eso no ayuda.
  • El plan de estudios lo defines tú: salvo que estés yendo a algunas clases, o siguiendo algún plan formativo, lo cierto es que tú te lo guisas y tú te lo comes. A la responsabilidad de “estudiar” le tienes que añadir la de “diseñar tu aprendizaje”, filtrar, priorizar, crear ejercicios. Y lo normal es que no tengas esa habilidad desarrollada.

¡Con razón tenemos la sensación de que “ahora nos cuesta más”! Y es que son muchos los factores que, sin darnos cuenta, antes jugaban a nuestro favor y ahora lo hacen en nuestra contra. ¿Podemos hacer algo para cambiar las condiciones y transformarlas en más favorables?

Recupera la dinámica del buen estudiante

Back to schoolMe temo que, salvo muy contadas excepciones, no será posible replicar todas las condiciones de las que disfrutabas cuando eras estudiante. Aun así, sí hay algunas cosas que puedes hacer para, aunque sea en parte, volver a activar alguna de esas palancas para favorecer el aprendizaje “como cuando eras estudiante”:

  • Sigue un método y/o busca un maestro: valoro mucho el autoaprendizaje, pero creo que un maestro y/o un método siempre nos van a facilitar mucho el camino. Sobre la base de la experiencia habrán hecho un filtrado de contenidos, habrán diseñado un itinerario, incluirán ejercicios relevantes… subirnos en ese tren hará que podamos centrarnos más en aprender, y menos en “diseñar el aprendizaje”. Si uno de nuestros problemas es el tiempo, dediquémoslo a lo fundamental.
  • Crea rutinas: acostúmbrate a tomar notas de determinada manera, lleva un archivo con todo lo que aprendas, haz revisiones frecuentes, haz una planificación semanal. Se trata de hacer hueco en nuestra vida a esos hábitos, de forma que no tengamos que plantearnos cada día “si lo vamos a hacer”, si no que simplemente los automaticemos y los hagamos.
  • Busca un hueco, aunque sea pequeño: de acuerdo, tenemos trabajo. Y tenemos familia. Y en general no vamos a renunciar a ninguna de esas cosas por aprender. Pero… ¿hay otras cosas que hagamos a las que sí podamos renunciar? Busquemos un hueco en nuestro día a día para dedicarlo a aprender (si realmente es importante para nosotros) y defendámoslo; se trata de sumar horas de forma constante, aunque sea poco a poco.
  • Establece consecuencias: comprométete con alguien a hacer algo relacionado con tu aprendizaje (¿dar una charla? ¿escribir un libro? ¿presentarte a una certificación?). Se trata de transformar esas consecuencias difusas, indirectas y a largo plazo… en cosas mucho más concretas y con un plazo definido.
  • Rodéate de gente que aprenda: bien sea de forma presencial, bien sea a través de tus relaciones online, busca un colectivo que esté inmerso en procesos de aprendizaje y acércate a él. La interacción con ellos hará que entres en una dinámica de refuerzo positivo. Y resultará más fácil dar continuidad a tus esfuerzos si ves que otros también lo hacen y no eres “el bicho raro”.

En definitiva, se trata de poner en marcha cambios ambientales y de hábitos que, sin necesidad de hacer un “ejercicio de voluntad” en el día a día, nos lleven hacia donde queremos ir, en vez de dejar que la inercia nos siga arrastrando. Difícilmente vamos a poder replicar nuestra “vida de estudiante” pero intentaremos, al menos, que se le parezca lo más posible.



Run to the hills: aprender (más y mejor) como estrategia de supervivencia profesional

En noviembre en Sevilla “estrené” la charla que he había estado preparando durante semanas. “Run to the hills: aprender (más y mejor) como estrategia de supervivencia profesional”

La idea fuerza es que vivimos en un mundo complicado, que nos obliga a reinventarnos constantemente. Y que, en este escenario, desarrollar nuestras habilidades es una estrategia que incrementa nuestras posibilidades de que nos vaya bien. Pero es importante definir “qué aprender”, y sobre todo, “cómo aprender” para que los resultados sean los mejores posibles.

La charla pivota sobre varias de mis “obsesiones” últimamente: la tecnología y su relación con el empleo (aunque no es solo la tecnología; es la demografía, es la globalización, es el ritmo acelerado de la innovación…), y el desarrollo profesional como respuesta. Pero no “cualquier desarrollo profesional”, si no uno que de verdad permita expandir nuestras capacidades.

Creo que el resultado está bastante bien armado. Estoy disfrutando al profundizar en esta temática, y además creo que es uno de los “grandes temas” del futuro. Mi enfoque, además, se centra en lo que podemos hacer cada uno de nosotros, aquí y ahora.

Mi objetivo es seguir tirando de este hilo. La charla, tal y como la tengo, permite hacer intervenciones cortas (como los 20 minutos de esta charla) o profundizar más en sesiones más largas. Estoy buscando activamente ocasiones para darle visibilidad (tanto en el ámbito educativo como en el profesional; creo que en ambos contextos tiene sentido como llamada de atención y como guía de actuación), así que si lees esto y crees que puede resultar interesante estaré encantado de que hablemos.

También he puesto en marcha un espacio en Facebook (Skillopment) para compartir allí recursos, enlaces y demás cosas de interés relacionadas con esta idea (como dicen los youtubers, “like & suscribe” :D).

Irán viniendo más cosas. De momento, me gusta el color que está cogiendo :).



El metepatas de la semana

Errores

¿Cuando fue la última vez que metiste la pata? ¿Que te equivocaste? ¿Que la cagaste, Burt Lancaster? (lo siento, tengo una edad…).

A buen seguro que lo tienes fresco en la memoria. Y con casi total seguridad te has encargado de barrerlo discretamente bajo la alfombra, “espero que nadie se haya dado cuenta”.

En general, convivimos mal con el error. Las equivocaciones no cuadran con esa imagen perfecta que nos gusta proyectar hacia afuera, ni con la imagen que tenemos de nosotros mismos. Nos hace quedar mal. Queremos que la gente vea la Cara A, lo brillante, lo exitoso, lo perfecto; y procuramos que nadie vea la Cara B.

Lo malo es que resulta que el error es normal. Es incluso deseable, subproducto lógico cuando uno está intentando desarrollarse, aprender cosas nuevas, innovar. Pruebas, te equivocas, aprendes. Si eliminamos el “te equivocas”, trasladas una visión completamente irreal del “éxito”. Generas (para los demás y para ti mismo) unas expectativas irreales. Inalcanzables. Cada vez que silenciamos nuestros errores, o que señalamos los ajenos, estamos fomentando una cultura de “vergüenza por el error”. Si equivocarse está mal, si los buenos no se equivocan, entonces nadie querrá equivocarse. Nadie querrá atreverse a hacer nada diferente. Nadie intentará nada nuevo. Nadie se arriesgará a hacer nada por lo que puedan señalarle. Nos limitaremos a lo que ya hacemos bien. Inmovilismo. Parálisis. Decadencia.

Queremos lo contrario. Queremos (necesitamos) innovar, mejorar, desarrollarnos, aprender. Y eso es incompatible con la vergüenza por el error. Por lo tanto, tenemos que luchar activamente para normalizar el error. Para que nadie sienta miedo de equivocarse, para que lo veamos como parte normal y necesaria del proceso. Tenemos que compartir nuestros propios errores, tenemos que crear espacios donde, de forma sistemática, se pongan encima de la mesa nuestras equivocaciones. Donde podamos no señalarlos, si no utilizarlos para reflexionar y aprender.

Ya sé, ya sé. De forma racional todo el mundo entiende esto, y está de acuerdo. Pero hagamos examen de conciencia… ¿somos consecuentes? ¿Cuáles son nuestras reacciones cuando nos equivocamos? ¿Y cuando se equivocan otros?

Quizás deberíamos integrar todo esto en nuestros procesos, en nuestras rutinas. Un espacio en la newsletter corporativa para indicar un error (a ser posible de los altos directivos) y reflexionar sobre él. Un tiempo, al inicio de las reuniones de seguimiento, para exponer “cosas en las que nos hemos equivocado”. Un repositorio de “lecciones aprendidas” al que demos tanta visibilidad como a esos “casos de éxito” que tanto nos gustan. No de forma anecdótica, si no sistemática. Incidiendo una y otra vez, hasta que asumamos (pero de verdad) que “errar es humano”, que “el mejor escriba hace un borrón”, que “pasa en las mejores familias”.