Ser formador

El otro día hablábamos de lo mal que se plantea a veces la formación por parte de las empresas. En uno de los comentarios, Jerónimo venía a decir que, dado que la formación tal y como está planteada es un negocio, ser formador sería una salida estupenda para emprendedores frustrados…

Que no digo yo que, en el sentido puramente económico del término, no sea un negocio “rentable”: el factor “productivo” esencial son las horas de uno mismo, que se suelen pagar a buen precio. Si se consigue hacer un curso más o menos estandar, los costes fijos (diseño de la formación) se diluyen, y entonces te conviertes en una máquina de ganar dinero…

Pero aquellos que hemos experimentado en nuestras carnes eso de “ser formador”… uf, creo que es una forma dura de ganar dinero!!!. Sí, probablemente haya trabajos más duros, pero éste también tiene lo suyo…

Para empezar, la movilidad: todos los domingos por la tarde a hacer la maleta y a coger un medio de transporte para poder estar a las 9:00 del lunes en vete tú a saber que sitio. Bueno, a las 9:00 no, porque un formador medianamente apto sabe que tiene que estar un buen rato antes para tomar “posesión” de su sala y solucionar los n inconvenientes que pueden surgir (ejemplos verídicos:”¿curso? ¿qué curso?” o “las llaves las tenía Fulanito, pero hoy no ha venido…” o “hemos puesto el proyector de diapositivas tal y como nos pidieron”…).

No hablemos de los inconvenientes logísticos: mesas distribuídas “en anfiteatro” cuando lo que tú querías eran “grupos de trabajo”, faltan sillas, o sobra gente, o “¿dónde cuelgo yo mis papelotes?, habrá que quitar ese cuadro”, o “el material del curso no ha llegado” o hace mucho frío, o hace mucho calor, o la sala huele sospechosamente parecido al baño que hay al lado, o…

Metamos además a un grupo de personas que, probablemente, desearían estar en cualquier sitio antes que ahí (incluso en sus puestos de trabajo). Que van a soportar “un rollo” sobre el que nadie les ha consultado. Que, en el mejor de los casos, se olvidan de todo y se dedican a participar, pero que en el peor, tratan de boicotear (pasivamente=a bostezos, o activamente=protestas contínuas) el desarrollo del curso.

A eso le metemos una jornada de unas 7-8 horas de pie, en el “candelero”, manejando un grupo, sin poder mostrar debilidad ni cansancio, intendando además ser amable y simpático, con el añadido en muchos casos de tener que comer con los asistentes y no poder desconectar ni ese ratito…

¿Y todo para qué? Para en el transcurso de un día, o de una semana si el curso es largo, reiniciar el proceso y recibir a un nuevo grupo de personas que en el fondo es igual que el anterior, repetir las mismas palabras, las mismas anécdotas, responder las mismas preguntas, mantener las mismas conversaciones intrascendentes en los descansos…

¡¡¡Vamos, un verdadero chollo!!!

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La nieve y las metodologías

Hay que fastidiarse con el temporal de frío polar… ¡¡al final iban a tener razón los de Protección Civil!!

Ayer mientras viajaba, contemplando la nieve que caía alrededor, no pude por menos que hacer una reflexión que hoy traigo aqui. Dicen los que saben de esto que es difícil, por no decir imposible, encontrar dos copos de nieve iguales. La estructura de cristales que los compone se forma de tal manera que la hace irrepetible. Así, cada copo de nieve resulta único…

Las empresas, en este sentido, son como copos de nieve. Lo que es cada empresa en la actualidad está definido por un número tal de factores que hace imposible encontrar dos iguales. Desde la personalidad de su fundador, pasando por las circunstancias históricas que haya atravesado, al impacto que cada una de las personas que se han relacionado con ella (trabajadores, clientes, proveedores, competencia), las decisiones estratégicas que se han tomado… son elementos que configuran un ente único, irrepetible, como es cada una de las empresas existentes.

Si uno asume esta realidad (lo difícil sería no hacerlo), resulta extraña una de las costumbres más arraigadas de los consultores: las “metodologías”.

Casi todos los consultores del mundo dedican una ingente cantidad de recursos (tiempo de sus profesionales, dinero, materiales, instalaciones…) a la elaboración de metodologías. Las empresas más grandes, incluso, dedican recursos a tiempo completo a esta tarea, creando “El Centro para la Excelencia” y cosas similares. Todos estos esfuerzos cristalizan, en un momento u otro, en la plasmación de dicha metodología en un esquema más o menos sencillo, una especie de “receta” o “guiaburros” que promete, con la solvencia que le dan todos los expertos que hay detrás de su elaboración, una especie de “solución universal”, una piedra filosofal que permita, por su mera alicación en una empresa, la resolución de los problemas que pudiesen aquejarla.

Estas metodologías se convierten así en la piedra angular de la labor de muchos consultores. La incluyen en todas sus presentaciones, propuestas, folletos de publicidad… habitualmente, la metodología es patentada y eso se proclama a los cuatro vientos como un elemento más que demuestra su exclusividad. Y si es exclusivo… tiene que ser bueno. Así, los consultores utilizan sus “inventos” como un presunto elemento de diferenciación, la demostración más palpable de que su trabajo va a ser mejor que el de otros. Y, en consecuencia y para ser coherentes consigo mismos, cuando abordan un trabajo lo hacen siguiendo su metodología contra viento y marea.

Pero… ¿no habíamos dicho que cada empresa es un ente completamente único? Entonces… ¿cómo es posible que los consultores insistan en vender y aplicar, como algo diferenciador, una metodología que se basa precisamente en eso, en un procedimiento “estándar”?.

Como cualquiera que se haya metido alguna vez en una cocina sabe, las “recetas” no determinan hacer un buen plato. Pueden ser una guía, sí. Pero lo fundamental, cuando se cocina, es la capacidad del cocinero, su sensibilidad para captar los matices de los productos, para ajustar las cantidades de los ingredientes, para alcanzar el punto exacto de cocción, para adaptarse a las características de su cocina o para dar ese toque adecuado para el comensal. La cocina es, en el fondo, un oficio artesano, y nunca un proceso industrial (regido por una “receta” que se aplica una y otra vez) podrá alcanzar los matices de un buen artesano…

En consultoría, en fin, pasa exactamente lo mismo. Aplicar una metodología es la forma “industrial” de abordar un proyecto. Es más sencillo, sí, ya que se trata de seguir unos pasos preestablecidos. Y más barato, y rentable por lo tanto, porque casi cualquiera puede seguir una metodología, incluyendo consultores con poca o ninguna experiencia. Sin embargo, la calidad de la solución nunca podrá ser la misma que la proporcionada por un consultor experto que, por encima de la metodología, es capaz de poner su sensibilidad, su conocimiento intrínseco y, en el fondo, su oficio, a disposición esa entidad única, irrepetible y maravillosa que es cada empresa.

Yo, desde luego, si fuera un copo de nieve pediría a mis consultores que me tratasen como tal.

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