Tres pasos para generar un ebook en pdf, epub y mobi

¿Os he contado ya que he escrito un libro sobre Aprendizaje y Desarrollo Eficaz de Habilidades? Bueno, aprovechando el tirón pensé que podía estar bien compartir el proceso que seguí para generar los formatos definitivos (PDF, epub y mobi), por si a alguien le puede servir de referencia.

Lo primero fue escribir el texto, y para ello usé el editor de Google Docs. Para mí era importante tener el documento en la nube por aquello de poder acceder a él con comodidad, y también tener un editor sencillo sin preocuparme del formato; en este momento de lo que se trataba era de escribir sin más. Hay muchos otros editores de texto (leo que mucha gente usa Scrivener, por ejemplo), pero para mí éste era el más conveniente por costumbre.

Cuando tuve el texto más o menos hilado, llegó la hora de darle formato. Para ello creé un documento en Microsoft Word y pegué el texto en él. Aquí ya es donde (en paralelo con hacer alguna revisión/corrección de última hora) trabajé mínimamente la apariencia. Para esto tampoco me volví muy loco:

  • Crear el formato de página para ajustar el tamaño (en este caso, formato A5) y los márgenes.
  • Asegurarme de aplicar los estilos de párrafo de Word. Un error que a estas alturas comete todavía mucha gente es que, si quiere poner un título, selecciona directamente el texto y cambia a mano el tamaño de letra, la tipografía, el color… ¡una mala práctica espantosa! Para eso existen los “estilos de párrafo”: seleccionas el texto, y dices “esto va a ser estilo “Título 2”. Y luego, si quieres, entras a cambiar las características del estilo “Título 2”. Esto es importante porque permite darle homogeneidad al documento (luego se puede cambiar el estilo de todo lo que has etiquetado como “título 2” con un solo clic) y además es información que luego permite darle estructura al documento (muy útil, por ejemplo, para crear índices de forma automática). Si hacía algún cambio (p.j. incluir un salto de página antes de cada título) asegurarme también de que ese cambio se incorporaba al estilo (para que así se replicase automáticamente en todos los capítulos). En serio, si no controlas lo de los “estilos de párrafo”, dedícale un rato a aprender lo básico: ¡te ahorrará mucho tiempo y trabajo después!
  • Añadir el pie de página, con un texto y el número de página la misma.
  • Aplicar uno de los temas predefinidos de Word: los “temas” son combinaciones de colores, tipografía, tamaño de letra… que se aplican a los distintos estilos de párrafo definidos. Hay un montón, suficientes como para darle un aspecto propio (por favor, ¡no dejar el tema por defecto!) y a la vez suficientemente bien trabajados como para que sean bonitos sin necesidad de hacer nosotros ningún trabajo de diseño. Si has hecho bien lo de formatear tu texto con “estilos de párrafo” (y no has hecho la barbaridad de ir cambiando a mano cada párrafo), puedes cambiar la imagen de todo el libro con un solo clic aplicándole un “tema” nuevo.
  • Añadir la portada. Puede parecer engañosamente fácil (solo es cuestión de añadir una imagen que había creado previamente en Photoshop, ¿no?), pero tiene su truco porque si insertas una imagen directamente te la va a meter dentro del texto (= respetando los márgenes). Y tú quieres que la imagen llene la página. La solución es dejar la primera página en blanco (con un salto de página), pegar la imagen en ella, y luego en las opciones de alineación seleccionar imagen “detrás del texto”. De esta forma se puede gestionar su tamaño ignorando los márgenes hasta ajustarla al borde.
  • Crear el índice de forma automatizada, algo que de nuevo es un clic siempre que hayamos usado los estilos de párrafo (que es lo que usa el programa para identificar dónde empiezan los capítulos, o su relación jerárquica).

Al final, el objetivo es tener un texto con un formato aparente sin haberle dedicado miles de horas. Por supuesto, si lo que quieres es un libro con una apariencia visual deslumbrante, con imágenes por todos los lados, páginas con distribución de contenido muy barroca, etc… pues tendrás que hacer muchas más cosas y dedicar mucho más tiempo (y probablemente el Word no sea la herramienta adecuada).

Y ya lo tienes, con su formato .docx. Pero además, puedes usar el propio Word para generar una versión .PDF del libro “tal cual es”, a través de la opción “Imprimir como PDF”. En muchos casos, éste puede ser el punto final del viaje, ¡ya tienes tu ebook preparado para distribuirlo!

En mi caso quise también generar versiones para dispositivos móviles, .epub y .mobi. Para ello utilicé la herramienta Calibre, que es la que uso para gestionar mi biblioteca de ebooks y que tiene una utilidad para convertir entre formatos. Tenía miedo de que fuese un proceso difícil, pero nada más lejos de la realidad: a partir del documento .docx fue cosa de darle a un botón el generar la versión .epub, y otro botón el generar la versión .mobi. Al ser el archivo .docx original un archivo muy limpio (texto plano + algunos títulos con estilos de párrafo homogéneos), la conversión se hizo muy fácil.

Y ya está. Tengo el formato original .docx preparado para poder modificarlo en futuras versiones, y generado a partir de él las versiones en .pdf, .epub y .mobi

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Historias que contar en Snapchat

Han pasado unos días en los que he seguido explorando el maravilloso mundo de Snapchat, haciéndome un poco más a la idea de cómo funciona y para qué puede tener sentido.

Hace unos días Jeroen Sangers hacía una reflexión muy pertinente: “Veo gente explorando Snapchat, pero lo que veo es que, como yo, todavía no tenemos muy claro para qué usarlo… ¿y tú para qué usas Snapchat? ¿cuál es tu objetivo?” (hay que ver estos señores de la efectividad, siempre metiendo el dedo en la llaga :D).

Le respondí con una serie de snaps, que podéis ver a continuación. No os riáis, que hacer el ganso es parte de la diversión (no es un medio para vergonzosos)

Yo me reafirmo en lo que decía en una primera sensación: lo que más me atrae es la funcionalidad de “my story”, la posibilidad de utilizar las posibilidades del “lenguaje snapchat” para contar historias. En problema es… ¿qué historias?

Hice un pequeño gráfico que, a mi entender, refleja el “sweet spot” de las historias que tiene sentido contar en Snapchat:

snapchat

  • Tiene que tener sentido para ti, servirte para algo. No creo en una visión 100% utilitarista del mundo, pero al final si dedicamos tiempo y esfuerzo a algo (y más si tiene que ser algo sostenido en el tiempo) más nos vale que nos refuerce de alguna manera. Como decía Covey, “empezar con un fin en mente”.
  • Tiene que resultar interesante, entretenido, útil… para quienes lo vean. Que pueden ser muchos o pocos. Pero si la gente ve tus snaps y piensa “pfff…” difícilmente van a interesarse por seguir viéndolos. Y para predicar en el desierto pues mejor nos quedamos callados, ¿no?
  • Tiene que adaptarse al “lenguaje Snapchat”. Cada medio tiene sus pros y sus contras, y Snapchat también. La vinculación con “el entorno inmediato”, la imagen, lo “informal”, la caducidad… son características que se pueden aprovechar, pero que también restringen.

A mí particularmente me está costando encontrar el punto. He ido alimentando “my story” estos días, y creo que “el lenguaje Snapchat” lo voy pillando. El problema es que no acabo de saber qué contar: he puesto cómo hacía una tortilla de patata, cómo me iba a cortar el pelo o cómo estaba un rato en el gimnasio. Dudo mucho que eso interese a nadie (aunque oye, cada uno con sus filias :D), y me cuesta ver de qué manera eso me va a aportar nada a mí.

La cuestión es que, viendo lo que publican otras personas a las que sigo, tampoco acabo de ver ejemplos que me inspiren. Uno lleva a cortar jamón, otro se va a hacer unas plantillas para los pies, otro pasea al perro… Todo muy costumbrista, muy cotidiano. También están los que encadenan snaps para hacer un monólogo a cámara fija… ¿no tenías youtube para eso?. Quizás Snapchat me recuerde a aquel twitter original, que con su pregunta “qué estás haciendo” invitaba a ser muy descriptivo. Luego el medio evolucionó. ¿Puede que con Snapchat pase igual? Quizás, pero una de sus características principales es la vinculación con lo que tienes alrededor, lo que puedes captar con el móvil… lo cual te lleva casi de forma inevitable a ceñirte al “mira lo que estoy haciendo justo ahora” que, la verdad, da para lo que da.

Quizás, si tienes una vida muy interesante y muy movida, dé para “retransmitirla”. Mira, hoy he viajado aquí. Mira, hoy he comido allí. Mira, hoy he hecho no sé qué actividad. Pero si tu vida es más o menos normal (de la de levantarte, trabajar, pasar el rato en tu casa con tu familia, ver una serie) pues te quedas pronto sin “aventuras” que retransmitir. La variedad en mi vida está en el ámbito intelectual (lo que leo, lo que escribo, los trabajos que hago), no tanto en el ámbito físico. Y quizás por eso me sigue costando ver cómo hacerle hueco.

Pero bueno, seguimos explorando. Ah, por cierto, mi “snapcode” por si os apetece uniros. Por nombre de usuario, allí soy raulherngonz

snapcode

 

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Nuestro tiempo secuestrado por diseño

Hace unas semanas hablaba del control que muchas veces es posible realizar sobre las personas, de forma sutil e inconsciente, explotando algunas vulnerabilidades y automatismos de nuestra forma de procesar la información. El caso es que poco después he llegado a un artículo donde se ejemplifica cómo desde el mundo de la tecnología se utiliza el diseño precisamente para llevarnos, sin darnos cuenta, por donde a ellos les interesa.

¿Cómo?

  • Ofreciéndonos un abanico de opciones. A veces, con apariencia de ser muy variado, “aquí tienes todo lo que necesitas, fíjate todo lo que puedes hacer”. Paradójicamente, el propio hecho de ofrecernos esa selección de opciones nos está condicionando para que elijamos una de ellas, y nos vuelve prácticamente ciegos a “otras opciones que no estén en el menú”. Parece que te ofrecen la libertad de elegir a tu gusto, pero en realidad te están condicionando a que elijas entre las opciones que ellos te presentan… ¿que son las que más te interesan a ti, o las que más les interesan a ellos?
  • El efecto tragaperras; ofrecer una recompensa variable e intermitente ante una acción. Igual que cuando echas una moneda en la tragaperras a veces tienes premio y a veces no (y eso te genera la compulsión de volver a echar), la tecnología nos aplica la misma medicina. Abres el correo y “oh, ¡notificación de nuevo mensaje!”. Abres Instagram y “oh, que suerte, dos likes y tres comentarios… a ver qué hay luego”. Entras en Facebook “a ver qué novedades hay en el newsfeed”. Etc. Como consecuencia, entras de forma compulsiva “a ver qué me encuentro”, y ya que estás allí te quedas un rato.
  • El efecto “si parpadeas te lo pierdes”. Explotar la sensación de que “en cualquier momento puede pasar algo interesante” (una noticia, una actualización de un amigo, una oferta alucinante, una oportunidad de interactuar con alguien, un artículo imprescindible) y que, si no estás atento, se te puede pasar. La aversión al riesgo es un poderoso enemigo, nos da miedo “perder la oportunidad” (Snapchat es un maestro en esto, con sus actualizaciones “que desaparecen”).
  • La aprobación social. La tiranía de los “likes”, los comentarios, las páginas vistas. Sentirnos mejor cuando otros nos validan… ¿y cómo se explota esta vulnerabilidad? ¿Te has fijado lo fácil que te ponen comentar, darle al like, hacer un endorsement en Linkedin, etiquetar a alguien en una foto, agregar nuevas personas a una red social, felicitar un cumpleaños? A veces es más fácil hacerlo que no hacerlo. Y en el otro lado… ¿lo visible que resulta esa acción para quien lo recibe? “¡Enhorabuena, te han etiquetado!” “¡Qué bien, 12 personas le han dado a me gusta en tu foto!” “¡Un retuit!”. Y nos sentimos encantados, felices de que los otros nos consideren. Y volvemos en busca de más.
  • La reciprocidad. Estamos programados para “devolver los favores”, si alguien hace algo por nosotros nos sentimos impulsados a hacer algo por ellos. Si alguien nos hace un comentario o una mención, nos sentimos más favorables a hacer lo mismo, o algo equivalente. Unido al punto anterior (lo fácil que nos ponen “tomar la iniciativa” para interactuar, y con qué énfasis nos lo hacen saber) es fácil desencadenar una espiral de interacciones.
  • El saco sin fondo. Abres twitter, o Facebook, o Instagram, o… y ahí tienes el scroll infinito, donde apenas tienes que deslizar un dedo para tener una lista interminable de contenidos a tu disposición. Pones un video de Youtube, y al terminar ya tienes el siguiente vídeo en reproducción automática, además de un listado de “otros vídeos que te gustará ver”. Acabas un episodio en Netflix, y ya tienes el siguiente preparado. Has entrado en la madriguera del conejo, y van a hacer que sea muy sencillo que te dejes llevar y te quedes allí. La fuerza de voluntad la tienes que hacer para salirte, no para quedarte.
  • El poder de la interrupción. Reaccionamos automáticamente ante las interrupciones, nos sentimos impelidos a actuar casi sin reflexionar. Y ellos lo saben, así que lo explotan tanto como pueden: las notificaciones, el numerito que te avisa de las nuevas interacciones, el mensaje de recordatorio. La chispa que desencadena tu reacción… y ya estás dentro otra vez. Distraído, interrumpido… pero “engaged”.
  • Utilizar tus motivos para disfrazar los suyos. Facebook no te dirá que busca maximizar tu tiempo de presencia en sus redes (más oportunidades de mostrarte publicidad, de provocar que interactúes, de venderte como consumidor de contenidos), si no que “te ayuda a mantener el contacto”. LinkedIn lo mismo, “te ayuda con tu carrera profesional”, nada de engordar sus estadísticas y maximizar la posibilidad de venderte una cuenta premium. Etc. La utilización de tus motivaciones para endosarte su interés.
  • Hacer difíciles las opciones “inconvenientes”. Por supuesto, siempre puedes desuscribirte, darte de baja… ahora, no te lo vamos a poner fácil. Estas opciones siempre suelen estar bien escondidas, en pequeñito, e incorporar dos o tres pasos (“tienes que mandar un email”, “¿estás seguro?”, “te mantenemos el nombre de usuario durante unas semanas”, “sabemos que te dimos de baja, pero… ¿quieres volver?”. Quedarse es fácil, salirse no.
  • Facilitar la entrada. La técnica del pie en la puerta. Ofrecerte una primera interacción aparentemente sencilla e inofensiva (“fulanito te etiquetó en una foto, ¿quieres verla?”… ¿cómo vas a decir que no?), y a partir de ahí engancharte con sucesivas interacciones. Ya que estás aquí…

El punto que defiende el artículo es que debería existir una “ética del diseño”, es decir, que las aplicaciones se diseñasen pensando más en el usuario, en lo que realmente necesita más que en el aprovechamiento de sus debilidades. Yo, personalmente, lo veo ligeramente utópico. Las aplicaciones son negocios, tienen sus intereses propios (ganar dinero) y van a estirar la cuerda todo lo que puedan para arrimar el ascua a su sardina. Si puede ser sin que te des cuenta, y sin que reacciones negativamente, mucho mejor.

Así que nos toca a nosotros, individuos, hacer la reflexión y tomar decisiones de “contradiseño”. Deshabilitar notificaciones, desinstalar aplicaciones, cambiar configuraciones por defecto, etc. Esto supone en muchas ocasiones luchar contra la corriente de nuestros propios impulsos y de un montón de gente muy lista que busca explotarlos. Pero está en juego nuestra atención… y no es poca cosa.

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Señores mayores que exploran Snapchat

Aun a riesgo de acabar siendo “otro caso de adulto que intenta entender Snapchat“, me dispuse hace unos días a explorar esta herramienta de comunicación móvil que lo está petando en los últimos meses, especialmente entre la chavalería, y en la que han puesto los ojos todos los “gurús digitales” (donde hay chavalería, hay negocio y hay que ver por dónde meterle mano).

snapchat

Yo, a diferencia de los que están en el sector, no tengo un interés crematístico en esta exploración. No tengo clientes a los que asesorar en el uso de Snapchat, ni marcas a las que “colar” en la fiesta a ver si pillan cacho. Exploro por explorar, como hacía antaño con los blogs, o con el twitter, o con los videoblogs… una sensación rara, porque hace tiempo que me he bajado del tren de “estar a la última” (y de hecho, pionero lo que se dice pionero tampoco soy, pero bueno).

Empecemos por el principio. ¿Qué es Snapchat?

  • Básicamente, una aplicación para mandarse mensajes uno a uno
  • Los mensajes pueden ser fotos, videos cortos…
  • Las fotos y los vídeos pueden ser “embellecidos” con texto, con “stickers”, pintando sobre ellas… ah, y con filtros (ponerse cara de zombi, o de perrito, o de…)
  • Los mensajes “se destruyen automáticamente” una vez que el destinatario los lee
  • Aparte de las conversaciones individuales, se pueden publicar los mensajes en tu “story”, una especie de tablón público donde cualquiera puede verlos… eso sí, solo durante 24 horas.
  • Y luego hay una sección “Discover”, con una serie de canales ofrecidos por la propia herramienta, con contenidos “de marca” elaborados “al estilo Snapchat”. Una forma de dar contenido a los chavales en su lenguaje y en su aplicación  que parece que está funcionando bien.

Visto esto… ¿dónde está la gracia? Francamente, no lo sé. No sé por qué esta aplicación ha cuajado y otras no. No veo ninguna funcionalidad que me parezca definitiva. Y sin embargo ahí está, los adolescentes y postadolescentes lo han adoptado casi como un standard de comunicación. Supongo que construye sobre la cultura del selfie, y viene al pelo en esa etapa de la vida en la que “la conexión con tus amigos” es lo más importante. Snapchat es la herramienta, pero la necesidad de autoafirmación y de conexión es el motivo que la alimenta, tan viejo como el mundo.

Sin esa motivación no es posible “entender” Snapchat. Yo hace ya muchos años que pasé esa etapa (y francamente, creo que ni siquiera entonces fui muy “adolescente”), por lo que la dinámica de Snapchat me resulta muy ajena. Entre mis “amigos de Snapchat” solo hay un puñado de cuarentones frikituiteros, y ya estamos mayores para relacionarnos con pegatinas y selfies. No soy adolescente, así que no voy a usar ninguna herramienta “como los adolescentes”. Ellos ahora usan Snapchat, como los de hace unos años usaban el messenger, como los de antes se pasaban la tarde en un banco del parque.

Ahora bien, hay una funcionalidad que me está llamando la atención, y es la de “my story”. La posibilidad de contar algo a base de snaps, pequeñas escenas con las que conformar una pequeña historia. Es como hacer un vídeo pero de forma muy ágil, mezclando escenas en movimiento con imágenes fija, rótulos para añadir información, detallitos graciosos en forma de stickers… tacatacataca, muy “picadito” como dicen en la tele. Lejos de la “solemnidad” de grabar un video para Youtube (donde o haces “plano secuencia” o ya te ves obligado a editar previamente el video), mucho más ágil que la retransmisión en streaming al estilo Periscope, mucho más rico que una mera sucesión de imágenes, con un punto desenfadado y por eso mismo cercano. He hecho un par de experimentos al respecto, y creo que es algo que podría tener posibilidades. Por ejemplo, esta chorradilla grabada al hilo del post que escribí el otro día sobre los robots y el futuro del trabajo.

En este sentido, algunas consideraciones:

  • La forma de crear las historias es añadiendo snaps de forma secuencial. Esto podría considerarse un handicap (no puedes “preparar las escenas”, si no que tienes que ir grabando y añadiendo en el orden definitivo), pero también ayuda a darle frescura al resultado final. No se trata de hacer la gran película americana, solo de contar una historia rápida.
  • Lo de que las historias “caduquen” a las 24 horas nos suena raro, hasta agresivo. ¡Yo quiero mi archivo histórico! Y sin embargo, como ya he dicho en alguna ocasión, lo de los “archivos” es más una ilusión que otra cosa: en twitter, en los blogs… los contenidos tienen visibilidad en el momento de publicarse; después, por muy archivados que estén, nadie se molesta en verlos.
  • Tienes, claro, la limitación de “tu audiencia en Snapchat”. Pero vamos, como en cualquier red anterior: los posts de tu blog solo los ven quienes te siguen, tus tuits por muy ingeniosos que sean no los ven más que tus followers, etc. Creo que se puede “compartir historia de otro usuario”, pero no estoy del todo seguro.
  • Aun así, las historias se pueden exportar (y así compartirlas en otros lugares, por ejemplo). No es un proceso muy sencillo (básicamente porque las historias no están individualizadas: tu historia son todos los snaps de tus últimas 24 horas, da igual si tienen conexión entre sí o no) y te obliga a dar dos o tres pasos, pero poderse hacer se puede.
  • Eso sí, esto no es apto para señores con demasiado sentido del ridículo; aquí se viene un poco a hacer el ganso, a poner caras. A quitarse un poco el almidón de lo “impecable” y del “qué pensarán”.

¿Seguiré usando Snapchat? Pues vaya usted a saber. Recuerdo cuando dije que twitter me parecía una gilipollez y mira, 7 años y 35.000 tuits allí sigo. Puede que sí, o puede que no, el tiempo lo dirá.

Si alguno quiere añadirme, allí soy raulherngonz

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Entornos de roce para que un desconocido acabe siendo tu amigo

El pasado miércoles estuve viendo el fútbol con unos amigos, pasando un buen rato. Lo cual tiene mérito a estas alturas, teniendo en cuenta que nos conocemos desde hace más de media vida; en concreto desde el inicio del curso del 94, cuando llegamos a Bilbao para iniciar la etapa universitaria. Por aquel entonces éramos auténticos desconocidos, a los que el azar había asignado a un mismo piso del Colegio Mayor. Todavía recuerdo nuestro primer encuentro, cuando ellos (que sí se conocían entre sí; venían del mismo colegio en Logroño) aparecieron en el piso por la noche, después de haber estado “escaqueándose” todo el día de la presión de los veteranos.

Obviamente no nos hicimos amigos en ese mismo momento. Fue algo gradual, poco a poco, a base de “mareos” compartidos, cenas, pochas, pelis, farras, partiditas al Civil… primero en grupos grandes, luego en grupos más pequeños… Un largo camino en el que otros fueron cayendo, un proceso a lo largo del cual se van identificando y fortaleciendo afinidades, y donde se produce una especie de “selección natural” que hace que acabes siendo amigo de unos y no de otros.

¿Y por qué cuento esto? Resulta que a raíz de mi “historia de dos tuiteros” del otro día surgió una conversación interesante sobre “el ámbito privado” y “el ámbito público”, y la transición que hacen las relaciones desde el uno hasta el otro. De acuerdo a este enfoque, tendríamos el “ámbito público” en el que todos aparecemos como desconocidos, y nos comportamos con pulcritud exquisita, ciñéndonos a nuestro “personaje”. No decimos nada que pueda parecer ni remotamente inapropiado, ni dejamos apenas que nuestra personalidad aflore. Aplicado a internet, sería el uso de twitter que yo veía el otro día con malos ojos; cero riesgos, que las redes las carga el diablo. Y por otro lado tendríamos el “ámbito privado”, donde ya somos colegas y podemos comportarnos tal y como somos sin peligro, sabiendo que eso no va a salir de allí. Chistes, chorradas, comentarios inapropiados, charlas a “calzón quitao”… todo tiene cabida, al fin y al cabo ya somos amigos; alguien mencionaba “los grupos de Whatsapp” como representación.

Por supuesto que estoy de acuerdo en esta categorización. Hay un espacio para la interacción con desconocidos, y hay un espacio para la interacción con amigos. La cuestión es que para mí no es algo binario (o estás en un entorno o estás en otro), si no que son más bien los dos extremos de un continuo; todos iniciamos las relaciones como desconocidos, y lo interesante es ver cómo esas relaciones van progresando hacia la amistad.

Esto es algo que cada uno puede validar con su propia experiencia. Las amistades del colegio… ¿cómo se forjan? A base de horas y horas de pupitre compartido, de juegos en el patio, de paseos de ida y de vuelta. Las amistades del trabajo, lo mismo; proyectos compartidos, horas de pradera y de máquina de café, viajes… En definitiva, se trata de entornos “de roce”, donde todo el mundo empieza “tieso como un palo” y poco a poco va relajándose, dejando traslucir su personalidad, juntándose con los afines y alejándose de los que no lo son, tomando iniciativas y viendo si hay reciprocidad… un proceso largo, no exento de idas y vueltas, en el que mucha gente se va quedando por el camino. Defiendo, además, que en el ámbito de las relaciones personales pesa mucho lo “banal”, lo cotidiano, las “chorradillas del día a día”, y que es ahí donde calibras lo “a gusto” que estás con alguien. Uno no se hace amigo de otro por lo bien que hace los powerpoints, o lo bien que escribe artículos, o lo listo que sea. Necesitas detectar algo de “chispa” en su forma de comportarse, de afinidad en la forma de ver el mundo y transitar por él, que es difícil de detectar cuando nos ceñimos a nuestro personaje intachable, que solo habla “de cosas serias” y siempre en un tono “apropiado”.

Para mí es importante que en el ámbito de las redes sociales exista también ese “entorno de roce”, ese espacio donde poder hacer una transición entre “desconocido” y “amigo”. Creo que “el twitter de los primeros años” era un poco así, y creo también que se está perdiendo. Lo cual es una pena, porque de esta forma resulta muy difícil hacer esa transición. Puedo identificar a un perfil interesante por lo que cuenta, pero si no me abre la puerta a interactuar, si no me deja ver “cómo es”, si no puedo hacer una cata de su forma de ver el mundo, de sus ideas, de su comportamiento… difícilmente voy a dar pasos (y hacen falta muchos) para acercar posiciones. Si se limita a hablar de “su tema” se restringen también las oportunidades de interacción.

Me recomendaban que, si creo que alguien es interesante, debería explorar esa relación sin esperar a “testarla” antes. “Hola, mira, te sigo en twitter y me parece interesante lo que publicas sobre #insertetema, puede que seas una persona agradable aunque igual no, pero… ¿quedamos a tomar unas cañas a ver qué tal?”. Yo sé que peco de introvertido, pero ¿soy el único al que un salto de este tipo le resultaría violento, tanto si soy yo quien lo promueve como si alguien me viene con esto?

En conclusión: creo en las redes sociales como “medio de conexión entre personas”. No aspiro a tener, como decía Roberto Carlos, “un millón de amigos”; pero sí a rodearme de una buena nube de esas conexiones que llaman “difusas” o “débiles”, que no llegan a ser amigos del alma (y si es así, ¡bienvenido sea!) pero que sí son más que un avatar y un personaje “siempre pulcro”, gente con la que puedas compartir en un momento dado algo más que un intercambio formal de ideas sobre una temática restringida. Y creo que para que esas relaciones fructifiquen y se mantengan hacen falta esos “entornos de roce” donde poder interactuar (poco a poco, de forma natural) como las personas completas e imperfectas que somos.

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Historia de dos tuiteros

R y M coincidieron hace algunos años por esos “mundos de internet”, y se cayeron bien. Tenían un perfil personal parecido, por edad, por formación, por intereses… aunque claro, cada uno tenía su vida y no era fácil el poder mantener el contacto, y tampoco es que tuviesen una relación tan cercana como para andarse llamando cada dos por tres.

Pero ocurrió que por aquella época aparecía una herramienta llamada “twitter”, una especie de sitio donde podías responder a la pregunta “qué estás haciendo” para que la gente que decidiese seguirte (tus “followers”) pudieran saber de ti, y tú a su vez podías seguir a otras personas para enterarte de lo que ellos hacían. La gente lo usaba de forma muy ingenua (“me voy a tomar un café”, “pues hoy estoy cansado” y cosas por el estilo), pero cogió fuerza primero en el mundillo de internet, y luego poco a poco pasó a ser más de uso generalizado.

La cuestión es que R y M se dieron de alta, y entre muchos otros se hicieron seguidores el uno del otro. Allí iban contando sus cosillas para el que quisiera leerlas. A veces comentaban alguna noticia, o se mojaban con algún asunto polémico, o se empanaban con el fúbtol… otras veces compartían un enlace que les había parecido interesante o recomendaban un libro o una película… pero en realidad la mayor parte del tiempo compartían banalidades cotidianas respecto a su vida profesional, o a sus aficiones, a su ocio, a sus viajes o a su familia. Muchas cosas “sin chicha”, pero que les permitían al uno saber del otro, interactuar de vez en cuando con un reply o un retuit… y así mantener un cierto contacto cotidiano. Claro, poder quedar a tomar cañas hubiese sido un mejor plan (de hecho alguna vez cuando se alineaban los astros pudieron hacerlo), pero ya sabemos todos cómo son las cosas en la vida real; el trabajo, la familia, los amigos, las obligaciones… y ellos tampoco es que fuesen “amigos del alma”, simplemente conocidos que se caían bien.

Así estuvieron durante un tiempo. Pero al cabo de los meses, M empezó a cambiar su forma de usar la herramienta. Cada vez eran menos frecuentes las chorradillas cotidianas, parecía como si se hubiese autoimpuesto algún tipo de censura. Seguía tuiteando, sí, pero se limitaba casi al 100% a temas profesionales, además en un tono neutro, aséptico… Un día R le preguntó, “oye, hace tiempo que no cuentas nada”. “Bueno, es que estoy intentando darle un poco de valor a lo que publico por aquí… ¿no has pensado nunca que esto es nuestra imagen digital, y que tenemos que cuidarla, ponerle un poco de foco? ¿Construir nuestra marca? ¿A quién le interesa lo que yo haga o deje de hacer en mi día a día?” R asintió, aunque por dentro pensó “pues a mí me interesaba”…

R siguió leyendo la cuenta de M. Lo que publicaba seguía siendo interesante, sí, aunque muy limitado a una faceta de su vida. Echaba de menos los chascarrillos, la oportunidad de intercambiar algún comentario sobre el fútbol, o sobre la política, o saber cómo andaban las cosas por casa…

Con el paso de los meses, R empezó a notar un incremento en la frecuencia de publicación de M. Pero no fue una buena noticia. Aquello estaba lleno de retuits que, al pinchar en ellos, llevaba a noticias que no tenían demasiada chicha. Los enlaces que retuiteaba eran repetitivos, volvían una y otra vez sobre los mismos temas, eso sí siempre acompañados con su correspondiente hashtag. Cuatro o cinco veces al día, como un martillo pilón, la cuenta de M escupía nuevos contenidos. Bueno, nuevos… cuando no eran tuits antiguos repescados (a veces avisando, y a veces sin avisar). R dejó de hacer click en ellos, porque la mayor parte del tiempo eran completamente intrascendentes. Muy focalizados, eso sí, pero no le aportaban nada. Para colmo, M empezó con la costumbre de retuitear las menciones que le hacían. Cuando alguien enlazaba uno de sus contenidos, él lo tuiteaba (a pesar de que él mismo ya lo había publicado antes). Cuando alguien le hacía una alabanza, él lo tuiteaba. Si había un evento en el que fuese a participar, tuiteaba cada una de las menciones que se hiciesen al evento (como si una vez no fuese suficiente).

Llegó un punto en el que a R le irritaba la cuenta de M. Durante semanas estuvo luchando contra el impulso de dejar de seguirle, pero se arrepentía en el último momento. Porque le parecía un buen tío, y le daba pena cortar ese vínculo. Pero cada día se le hacía más insoportable; le caía bien la persona, pero como tuitero era un coñazo. Hasta que un día se hartó, y lo hizo. Unfollow.

PD.- De vez en cuando, R se acuerda de M, y se pregunta qué habrá sido de él. Entra en su cuenta de twitter, y ve que sigue con la misma dinámica. No encuentra allí nada que le permita saber de su vida, ni una excusa para interactuar. Cierra el navegador, y sigue con su vida.

PD2.- R sí soy yo. M no es nadie en concreto, y a la vez es una mezcla de unos cuantos. M es el arquetipo de esas personas interesantes que, en aras de un supuesto beneficio mayor, decidieron limitar su actividad en internet a “lo útil”, “lo focalizado”, “lo que refuerza mi presencia online”. Aquellos que en la búsqueda de followers, de retuits y de “impacto”… se olvidaron de que el verdadero impacto se consigue a través de relaciones de confianza, y que esas conexiones reales entre personas se crean y se refuerzan en lo cotidiano, en lo banal.

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La evolución de las publicaciones

Hace unos días, en el transcurso de una comida, comentaba Antonio Ortiz sus nuevas responsabilidades dentro de Weblogs SL: centrarse en labores de investigación e innovación sobre cómo evoluciona la creación y distribución de contenido online, para así poder dirigir a la empresa en el camino correcto con el transcurso de los años.

Para poner en contexto a quienes no conozcan la historia, Weblogs SL es una empresa que nació hace más de diez años alrededor del concepto de los “blogs temáticos”. Antonio es uno de los socios fundadores, y durante un tiempo yo estuve vinculado a la empresa (como editor y coordinador de alguno de los blogs, y luego realizando labores de servicios a empresas). El caso es que, por aquel entonces, los blogs eran “el futuro”. Todos los que nos acercábamos a ese mundillo teníamos la sensación de estar explorando nuevos caminos (“cómo, ¿que cualquiera puede publicar lo que quiera en internet así sin más?”), y compartíamos la excitación de sentirnos pioneros.

Pero claro, han pasado diez años, y con ellos muchas cosas. Vinieron las redes sociales, vino el video, y muchos otros cambios en la forma de publicar, consumir y distribuir contenidos en la red. Lo que hace diez años era “lo novedoso” ya se ha quedado no sé si obsoleto, pero sí “viejuno”. Más de una vez se ha proclamado su muerte, y aunque es verdad que aquí seguimos, a veces tiene uno la sensación de ser unos “abueletes de internet”, contando batallitas de los “buenos viejos tiempos”.

En este sentido, es obvio que el planteamiento de Antonio de “buscar alternativas/complementos” al blog como concepto tiene todo el sentido. Y de alguna manera vino a ponerle el cascabel a una sensación que yo he venido teniendo en los últimos tiempos. Llevo escribiendo este blog más de 11 años, me siento muy cómodo con él. Me permite expresar ideas e inquietudes, desarrollar razonamientos… Creo que escribo cosas interesantes, sin mucho “bullshit”, que pueden servir como elemento de reflexión a otras personas, y que en paralelo pueden reforzar mi “marca personal”. Y sin embargo, tengo la sensación de que su alcance cada vez es más limitado. Cuando publico algo, me leen un “puñado de incondicionales” que todavía siguen viniendo vía RSS (gracias, amigos :D) o incluso de forma directa (hola, mamá). Si pongo el enlace en twitter o en linkedin, se suma otro piquito de visitas. En algunas ocasiones se genera un pequeño efecto viral gracias a algún retuit o alguna mención, efecto que muere pronto. Y ya, el ciclo de vida del contenido muere ahí.

Siempre he dicho que mi blog tiene mucho de “espacio de reflexión personal” (y por eso escribo lo que quiero, cuando quiero y como quiero) pero sería poco honesto decir que “me daría igual si no me leyese nadie”: a todos nos gusta la sensación de que lo que hacemos gusta a otros, y si son más, mejor. ¿Qué es lo que me gustaría entonces? Desde luego no se trata de “número de visitas” así en bruto: no vendo publicidad por miles de visitas, así que en general lo relacionado con el SEO, el “clickbaiting” y similares me interesa más bien poco. Más bien se trata de buscar visibilidad e interacción, pero sin cambiar el “fondo” de lo que publico (que al fin y al cabo es lo que me gusta y lo que me interesa). Me gustaría llegar a más gente interesante, provocar más reflexiones y más curiosidad, generar más posibilidades de interacción, de debate, de colaboración… en el fondo, recuperar las sensaciones que tenía al principio de mi historia bloguera.

Le estoy dando vueltas a lo que cuento (quizás sea menos interesante de lo que yo mismo creo), a cómo lo cuento (quizás mi estilo no es muy apetecible), a dónde lo cuento (a lo mejor el blog debería mutar en otra cosa, en otros medios, en otros formatos), a cómo lo “muevo”… Por otro lado, siempre me ha dado pereza “fingir”: la idea de tener un calendario editorial, o de seleccionar temas no por lo que a mí me apetezca sino “por lo visible o lo viral que pueda resultar”, o de recurrir a técnicas baratas (en plan “lo que sucedió a continuación te parecerá increíble”), o de ser intencionadamente polémico y macarra para generar ruido, o de ser más “ligero” para ser compartido sin necesidad de pensar mucho, o de ser más “sesudo” para producir contenidos “de referencia”, o…

Hace unos días repescaba un artículo de Blogoff donde se reflexionaba sobre los contenidos que triunfan en redes sociales, y cómo en esta dinámica los contenidos de más “chicha” quedan relegados en favor de contenidos más ligeros, más intrascendentes… pero a la vez más fácilmente consumibles y compartibles. Decía Nicholas Carr que internet nos estaba volviendo tontos, y yo no sé si es que nos vuelve tontos o si simplemente nos pone muy fácil hacer caso a nuestro instinto primario de evasión.

La duda que tengo es… ¿hay espacio, en este contexto, para el tipo de contenido que a mí me apetece y me interesa generar? ¿Puedo hacer algo para que encaje mejor en esta dinámica de consumo y difusión de contenidos, sin “estrujarlo” hasta cambiar su esencia? ¿O debo asumir que la visibilidad y la viralidad están reservados para otro tipo de historias, incompatibles con mi estilo? ¿O directamente hacerme caso a mí mismo y asumir que lo que hacemos en realidad no le importa a (casi) nadie?

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Cambia de avatar, que también caduca

avatares

Desde que ando por estos mundos internéticos de dios (o más exactamente, desde que empecé a dar la cara en ellos) tengo por costumbre cambiar de avatar (esa foto que te identifica) más o menos cada año. No es que me aburra de verme siempre igual, aunque algo de eso también hay. No, la cuestión es que siempre he pensado que la gracia de esa foto es que la gente te identifique, que “te vean la cara”… y tu cara va cambiando con el tiempo. Claro, a ti no te lo parece porque te ves todos los días. Pero… ¿no os ha pasado alguna vez que te encuentras a alguien, ves su careto y lo comparas con el que pone en internet, y piensas “eh, que esa foto lleva unos añitos de retraso, majo”? Los avatares caducan, y si bien tampoco me gusta esa gente que cambia de avatar cada dos por tres (que te despistan, coño), lo que no puede uno es aferrarse a una imagen de un pasado tan lejano que “canta”.

No sé si será pereza para escoger una nueva foto, una coquetería mal entendida o simple negación de la realidad… pero venga, que de vez en cuando toca actualizarse.

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De nada sirve atesorar tus ideas

Leía el otro día una advertencia sobre publicación de contenidos en internet: “si es una idea no trivial, publícala en tu web“. La tesis es que publicar en servicios de terceros (lease twitter, medium o cualquier otra plataforma) supone arriesgarse a que esas ideas desaparezcan en algún momento, bien por una descontinuación del servicio, o bien enterradas por la propia dinámica de publicación.

Bah. Creer que por publicar en tu propia web tus ideas van a tener más visibilidad en el futuro es una ilusión. Es verdad que puedes estar más protegido (si tomas las precauciones adecuadas; copias de seguridad y esas cosas) frente a una hipotética caída del servicio. Pero en condiciones normales, tus publicaciones van a caer en el olvido igualmente.

De entrada, debemos asumir que a (casi) nadie le importa lo que publicas. Si les pasa a los sesudos estudiosos universitarios, imagina lo que puede pasar con tus posts y tus tuits.

Así que, en el mejor de los casos, cuando publicas algo lo ve un puñado de personas. Ese día, y quizás alguna más al día siguiente. Si por lo que sea tu publicación tiene un cierto efecto viral, tu “minuto de gloria” se extiende un poquito más. Y luego… la nada. Si tienes “suerte” (y lo pongo entre comillas, porque su relevancia es nula) un contenido posiciona en buscadores y atrae más visitas a lo largo del tiempo, la mayoría de las cuales ni se van a molestar en leer lo que pones. Analizar (con un poquito de rigor y sentido crítico) las estadísticas de tus contenidos no dejan lugar a muchas dudas: todas tus ideas, todos tus brillantes artículos… acaban siendo pasto del olvido, por muy “en tu web” que las hayas publicado. Nadie usa el buscador en tu web, nadie va a los archivos a repasar qué publicaste en agosto de 2009, nadie navega por las tags a ver “qué otras ideas brillantes tuvo este señor”.

Desengañate. Nadie va a a hacer una recopilación de tus mejores pensamientos, una antología de tus ideas; igual que tú no lo haces de los demás. . Así que tampoco te obsesiones con guardar tus contenidos como un tesorito, porque nadie va a venir a abrirlo.

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A (casi) nadie le importa

A casi nadie le importa lo que escribes en tu blog, por muy bueno que tú creas que es lo que escribes. A casi nadie le importa lo que pones en tu twitter. A casi nadie le importan las fotos que haces, los relatos que escribes, los dibujos que pintas, la música que escuchas, las canciones que compones, los videos que cuelgas en youtube. A casi nadie le importa los sitios donde vas de copas, las comidas que te gustan, el lugar donde has ido de vacaciones. A casi nadie le importan los libros que lees, ni las series que sigues, ni las pelis que has visto, ni tu opinión sobre ellas. A casi nadie le importa que hayas escrito un artículo en quién sabe qué revista sectorial, o que hayas publicado un libro, o que hayas dado una conferencia. A casi nadie le importan tus planes y tus proyectos.

Y sin embargo, cada día son más los vehículos que tenemos para “hacer público” y compartir cualquiera de esas cosas. Y con mecanismos de retroalimentación, encima. Followers, likes, visitas, comentarios… que nos hacen mantener una vana expectativa de que efectivamente “le importa” a alguien. Pero desengañate, como he dicho antes incluso cuando tus métricas están bien, lo cierto es que a casi nadie le importa.

Si vas a hacer algo, hazlo porque te apetece. Escribe tus relatos, pinta, haz fotos, expón tus teorías… porque te gusta a ti, porque te sirve para entretenerte o para mejorar tus habilidades, porque te sirve para aprender, o para evadirte. Hazlo a tu ritmo, según te apetezca. No te dejes engañar, no tienes un “público” que esté esperando ansioso tus “pepitas de oro” y que se sentirá decepcionado si no lo haces. Realmente, si mañana dejases de hacerlo, si mañana dejas tu blog, o dejas de colgar fotos, o dejas de actualizar el Facebook, o abandonas twitter, o dejas de escribir libros, o… casi nadie se daría cuenta. La popularidad es una mentira; lo es incluso para esas “grandes estrellas” (del cine, de la música, del deporte, de la literatura) que tienen su época de gloria (basada sobre todo en unos desmedidos esfuerzos de marketing realizados por las grandes compañías que deciden lucrarse a su costa) pero que después desaparecen sin que nadie nunca se vuelva a acordar de ellas. Así que imaginate para ti.

Haz las cosas porque sí, no porque esperes algo a cambio. Úsalas para conectar con la gente que te rodea. Regalale una foto bonita a tus padres, hazle a tu hija un dibujo personalizado, escribe un relato para leer en tu boda, compón una canción especial para tu aniversario. Disfruta de tu habilidad con tu entorno, con tu familia, con tus amigos, con tus compañeros… con todas esas personas que ya existen en tu vida.

Y aprovecha también, si surge, para conectar con ese pequeño número de personas a las que en un momento dado sí les pueda importar lo que haces. No van a ser muchas, pero puede que sea la excusa para descubrir a un puñado de personas afines que incorporar a tu vida.

Lo que haces le importa a muy poca gente. Disfrútalo con ellos, y olvida a los demás.

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